El Universo Prohibido: Los Orígenes Ocultos De La Ciencia Moderna — Lynn Margaret Picknett & Clive Prince / The Forbidden Universe: The Occult Origins of Science and the Search for the Mind of God by Lynn Margaret Picknett & Clive Prince

Interesante libro que sostiene que la concepción del universo que proponen los últimos descubrimientos científicos, sobre todo en el ámbito de la física cuántica y la cosmología, parece revindicar la antigua creencia hermética en un universo en evolución, vivo y consciente. Clave para el futuro de la humanidad.

Este libro se divide en dos partes que se suman a un único tema: los científicos modernos están regresando a las intuiciones que eran intuitivamente obvias para los pensadores medievales y, antes que ellos, para los antiguos egipcios.
La primera parte del libro describe cómo los grandes pensadores que desarrollaron la cosmovisión científica moderna, como Copérnico, Galileo y Newton, tomaron en serio y se inspiraron en ideas esotéricas, especialmente la Hermetica, una colección de escritos religioso-filosóficos compilados en los primeros siglos DC . Además, argumenta que los escritos herméticos se basan y expresan conceptos mucho más antiguos tomados del pensamiento egipcio antiguo. Finalmente, sugiere que las preocupaciones esotéricas se suprimieron en gran parte por razones políticas, no porque los científicos las consideraran intrínsecamente sin mérito, sino que esto condujo a la mentalidad moderna en la que las especulaciones espirituales sobre el significado y el propósito del cosmos, su creador y el lugar de la humanidad dentro de ella, se consideran casi diametralmente opuestos al método científico mecanicista y materialista. Por supuesto, mucha gente sabrá que Newton dedicó tanta energía a cuestiones místicas como la profecía bíblica y las dimensiones del templo de Salomón como lo hizo con sus teorías de la óptica y la gravitación. Sin embargo, lo que hace esta parte del libro es mostrar que la influencia de lo esotérico fue mucho más fundamental y de mayor alcance de lo que generalmente se nos hace creer. Sugiere que hemos sido tratados con una versión desinfectada de la historia científica según la cual los científicos eliminaron heroicamente el desconcierto del pensamiento esotérico, mientras que la verdad es que los primeros científicos modernos no podrían haber hecho lo que hicieron sin la base establecida por textos esotéricos tales como el Hermetica. [La afirmación de un crítico aquí que Newton logró a pesar de no por sus influencias ocultas es precisamente lo que los autores intentan mostrar es un mito moderno distorsionado.] Un aspecto clave del argumento es que los primeros problemas de los científicos con la iglesia católica no provenía del contenido “científico” de su trabajo, sino de sus fundamentos esotéricos, que entraban en conflicto con la ortodoxia cristiana y, lo que era más importante, socavaban la autoridad de la iglesia. Por lo tanto, Copérnico citó a Hermetica como una fuente de su teoría heliocéntrica. En su vida, la iglesia no fue hostil a la afirmación específica de que la tierra giraba alrededor del sol. El Papa incluso escuchó con interés una conferencia sobre el tema y fue un cardenal romano quien alentó a Copérnico a hacerse público. La iglesia solo se volvió hostil más adelante debido a la estrecha asociación de la teoría heliocéntrica con la visión hermética del mundo y sus afirmaciones de que los humanos eran o podían llegar a ser divinos por derecho propio. El hecho de que la iglesia católica estuviera luchando contra la reforma luterana en este momento lo hacía especialmente delicado sobre las especulaciones teológicas independientes que ocurren fuera de su ámbito.
La segunda parte del libro describe cómo los científicos modernos están descubriendo cada vez más que el universo parece haber sido ideado (o diseñado) para sustentar la existencia de la vida. Parece haber numerosas peculiaridades en las leyes de la física sin las cuales nada como el universo que conocemos podría no existir. Por ejemplo, el proceso triple alfa que conduce a la creación de carbono en las estrellas se basa en una aparente coincidencia en los niveles de energía de ciertos núcleos atómicos, y si este no fuera el caso, el universo consistiría en nada más que hidrógeno y helio. Mientras tanto, en biología, algunos eventos cruciales en la historia de la vida, como los orígenes del código genético o la célula eucariota, son muy difíciles de explicar en términos evolutivos y se ven más y no menos misteriosos a medida que pasa el tiempo, con teóricos que no tienen mejor explicación que un giro afortunado de los eventos. Luego pasamos a la mecánica cuántica y al “efecto observador” según el cual el comportamiento de un sistema cuántico (específicamente si actúa como una partícula o una onda) depende de la forma en que se observa. Parece que el efecto del observador puede incluso retroceder en el tiempo: la forma en que un sistema debe haber actuado en el pasado depende de cómo elijamos observarlo aquí y ahora, y, aunque esto solo se ha demostrado en intervalos muy pequeños, en principio podría aplicarse en escalas de tiempo cosmológicas. Esto sugiere que el universo necesita mentes conscientes para observarlo para poder existir: no solo nuestra observación de él hace que el universo sea una cosa u otra, en lugar de una combinación difusa de todas las posibilidades, sino que esto se aplica a través del tiempo. al comienzo mismo del universo aunque no estábamos nosotros en ese momento. Estas ideas no son los desvaríos personales de los autores, sino que representan la línea de pensamiento de algunos científicos muy eminentes, sobre todo John Archibald Wheeler. Y lo que es notable es cómo se hacen eco de las ideas ocultas de la Hermética, como que los humanos tienen un lugar único en la creación y que ellos mismos son parte de la fuerza creativa divina.
El aspecto claro de este libro es que las nociones descritas en la segunda parte como surgidas de la consideración de los problemas científicos modernos se consideran muy cercanas a las nociones herméticas esotéricas a partir de las cuales la ciencia moderna creció en primer lugar como se describe en la primera parte. Creo que muy poco de esto es el trabajo original de los autores, y sugiero volver a las fuentes que citan para obtener una visión más justa de hasta qué punto está respaldado por la evidencia, pero lo que han hecho es crear una síntesis accesible de un rango diverso pero finalmente conectado de descubrimientos académicos y especulaciones de los últimos cincuenta años más o menos. La propuesta de que, al ser conscientes, somos los creadores de nuestro propio cosmos parece sumamente importante como una forma de desbloquear el enigma fundamental de por qué el universo debería existir en absoluto. Dicho esto, tal propuesta podría considerarse filosóficamente vieja, pero este es en gran parte el punto de los autores: las ideas de la esoterica antigua llegan a profundas verdades científicas y no debemos suponer que cuando mentes brillantes como Newton las tomaron en serio fue porque no sabía lo que estaban haciendo. La implicación del libro, que las formas espirituales y materialistas de entender la realidad no son hostiles entre sí, sino que están íntimamente relacionadas, deberían ser bienvenidas a todos aquellos que no están satisfechos con la visión jejune del secularismo militante moderno.
El libro tiene un estilo legible, buenas notas, una extensa bibliografía y un índice útil.

Hay tres acontecimientos clave que los historiadores de la ciencia citan como hitos en el largo camino que llevó de la superstición a la ilustración intelectual: la propuesta de Copérnico de la teoría heliocéntrica (1543), el proceso de la Iglesia contra Galileo por divulgar esta teoría como un hecho irrefutable (1633) y la publicación de Principia Mathematica de Isaac Newton (1687), que expuso las principales leyes físicas, especialmente las del movimiento y la gravedad.
El acontecimiento que se considera el punto de inflexión, el momento en que se separaron los caminos de la magia y la ciencia, fue la propuesta de la teoría heliocéntrica del cosmos, la cual sostenía que la Tierra orbita alrededor del Sol y no al revés, como se había pensado hasta entonces. Esta nueva y radical idea había sido planteada por Nicolás Copernicus (1473-1543).
En Sobre las revoluciones presentó tres nuevas ideas controvertidas: que la Tierra se mueve en el espacio, que rota sobre su propio eje y que tanto ella como el resto de los planetas orbitan alrededor del Sol. Copérnico señaló los defectos del viejo sistema tolemaico y expuso las observaciones que le habían llevado a proponer un nuevo modelo del universo. En la página 31 plantea una proposición revolucionaria, incluso escandalosa, en la forma de un diagrama que muestra los planetas, en su orden correcto, orbitando alrededor del Sol. Y, cuatro líneas por debajo de este revelador diagrama, hace una afirmación extraordinaria:
 
Por lo tanto [teniendo en cuenta la posición central del Sol], no es extraño que se lo haya denominado la lámpara del universo, o su mente, o su soberano. [Es] el Dios visible de Trismegisto…
 
Copérnico relacionó el lugar físico del Sol en el sistema solar con conceptos decididamente trascendentales: es decir, que el Sol es la «mente» del universo o la sede del poder que gobierna la creación, o «el Dios visible de Trismegisto». Y es en estas tres palabras donde se encuentra la pista más importante para comprender la teoría de Copérnico, porque apuntan a la verdadera herejía que hizo temblar los cimientos del Vaticano.

El único libro hermético completo que se conocía en Europa en la Edad Media era el Asclepio, o El discurso perfecto, una traducción al latín del siglo XIV de un original griego perdido que consistía en una sesión de preguntas y respuestas entre Hermes y su alumno epónimo. Asclepio era el dios griego de la curación; en este tratado, el alumno es también descendiente del dios, aunque no compartía su naturaleza divina.
Los textos herméticos son una mezcla de, por un lado, conocimientos filosóficos y cosmológicos y, por el otro, de astrología, alquimia y magia. Durante siglos, e incluso hoy día, se ha intentado separar estas disciplinas porque se consideraba que la filosofía es sofisticada y coherente mientras que la astrología y la magia son primitivas e incoherentes (una edición de la década de 1920 sencillamente borró toda referencia a estas). Algunos consideran el Corpus Hermeticum es un intento de purgar el canon de los textos más manifiestamente mágicos. De todos los textos herméticos conocidos, los del Corpus son, con diferencia, los menos mágicos, pero incluso en ellos se pueden hallar algunos elementos arcanos, lo cual no nos debe sorprender puesto que la filosofía y la cosmología son indivisibles en la visión del mundo oculto.
La visión hermética no solo proporciona una explicación más satisfactoria de por qué existe el universo, sino que también asigna a los humanos, potencialmente, un papel de primer orden, aunque es un papel que deben ganarse por sí mismos.
En realidad, Bruno fue un mártir del hermetismo. Aunque había una conexión con la teoría copernicana, no lo condenaron por predicar el heliocentrismo, sino por el significado especial que tenía para él y, sobre todo, por su convicción de que demostrarlo conllevaría la llegada de la era hermética.
Incluso hoy día la actitud de la Iglesia católica respecto a Bruno no ha cambiado mucho. Cuando en el Jubileo del año 2000 se sugirió que el papa Juan Pablo II podría perdonarlo finalmente —como se había hecho con Galileo—, la respuesta oficial fue que Bruno «se había desviado demasiado de la doctrina cristiana como para merecer el perdón cristiano».
Pero una pregunta sigue sin contestarse: ¿por qué tardaron ocho años en condenar a Bruno? ¿Por qué sus enseñanzas de repente se volvieron tan problemáticas para la Inquisición?.
Las respuestas se encuentran en una serie de acontecimientos que tuvieron lugar unos meses antes, en un intento de establecer a la fuerza la república hermética en la Tierra.

Giordano hizo del heliocentrismo el fundamento de su revolución hermética, la señal que desencadenaría la caída o la reforma de la Iglesia, una perspectiva que obviamente no entusiasmaba al Vaticano. Para Bruno y los giordanistas, el heliocentrismo no era solo una teoría: creían que su aceptación daría pie a una nueva utopía hermética. Y, aunque se hubieran deshecho de Bruno, en el Vaticano temían que hubiera organizado una sociedad secreta —quién la componía y dónde se hallaba, nadie lo sabía— decidida a promover una revolución hermética.
La causa hermética sufrió varios reveses severos durante los primeros años del siglo XVII y durante un tiempo debió de parecer que las esperanzas de una nueva era dorada se habían desvanecido para siempre. El primer revés, por descontado, fue la truculenta ejecución del audaz artífice Giordano Bruno en 1600; el segundo ocurrió catorce años después, y proporcionó más munición para aquellos que estaban en contra del movimiento hermético.
Cuando el Corpus Hermeticum se redescubrió a mediados del siglo XV, todos —ya apoyaran o se opusieran el hermetismo— aceptaron que los textos se remontaban a las épocas más antiguas de la civilización egipcia. Pero, de repente, una obra académica apareció en escena sosteniendo la sorprendente afirmación de que los textos eran mucho más recientes y que no se escribieron hasta el segundo o el tercer siglo después de Cristo. Esta obra desestabilizante, que cayó como una bomba, fue Sobre las cosas sagradas y eclesiásticas (De rebus sacris et ecclesiasticis), escrito por un tal Isaac Casaubon.
Con la fuerza e influencia de Descartes, la filosofía que había prevalecido durante el Renacimiento llegó a su punto más hondo y parecía que iba a extinguirse. En medio siglo, Casaubon la había puesto en duda históricamente, la guerra de los Treinta Años había acabado con sus esperanzas políticas y Descartes la había socavado filosóficamente. Pero no fue el final de la historia. Hubo aquellos que mantuvieron la antorcha hermética encendida, incluso en la misma Roma. Y todavía tenía que ver su mayor triunfo en el mundo científico.
El elemento más fundamental de la visión hermética del mundo es que, como hemos visto, el cosmos no carece de significado, no es inerte o aleatorio, sino que, incluso en su manifestación más modesta, está vivo y tiene un propósito.
Al contrario que los creyentes de la versión bíblica de la creación, en la que Dios se limita a crear la vida y el universo aparentemente por capricho, para los hermetistas y sus predecesores, los sacerdotes de Heliópolis, el universo material es nada menos que una emanación de Dios. De una manera majestuosamente trascendental pero también práctica en última instancia, el cosmos representa su pensamiento. Obviamente, esta no es la perspectiva que comparte la gran mayoría de los científicos.

Las únicas teorías científicas, aceptadas y aceptables, sobre el origen y el desarrollo de los seres vivos rechazan incluso el más mínimo atisbo de diseño. En lugar de ello, todo el proceso que ha llevado a la creación increíble de animales, plantas y microorganismos que cubren la Tierra es, según nos dicen, producto en última instancia del puro azar.
La evolución se ha convertido en el gran campo de batalla para los justos —o, quizá, más precisamente, los que se consideran a sí mismos de esta forma— en el conflicto entre la ciencia y la religión, sobre todo entre los ateos militantes y los fundamentalistas cristianos.
Para quienes se toman el Génesis al pie de la letra, la teoría de la evolución no solo debe rechazarse, sino que se tiene que anatemizar activamente. El primer libro de la Biblia afirma que Dios creó todas las plantas, seres marinos, aves y seres terrestres (en este orden) «según su género», como especies individuales y, por consiguiente, fijas. Si, como asegura la ciencia actualmente, las diferentes especies se desarrollaron unas a partir de otras, entonces el relato bíblico está básicamente equivocado.
El primer gran misterio es cómo apareció el ADN. Al fin y al cabo, toda la variación vital en la Tierra proviene esencialmente de componer y recomponer su código básico. Como afirmó recientemente un investigador, el ADN «se ha multiplicado a sí mismo en un número incalculable de especies, al tiempo que permanece exactamente igual».[8]
El origen de la vida es un pez que se muerde la cola. Para poder replicarse, el ADN requiere ciertas proteínas en la forma de enzimas que actúan como catalizadores, pero no se puede producir ninguna proteína sin que, anteriormente, haya ADN. Por el momento, solo hay teorías que intentan explicar cómo pudo ocurrir esto, unas teorías que, debido a su propia naturaleza, son imposibles de probar.
Una comprensión cabal de la evolución sí requiere algún factor creativo, algo que de alguna forma pueda explicar el proceso en su conjunto. Esto, por descontado, encaja perfectamente en el guion de un universo diseñado, y apoya las pruebas cosmológicas de que el universo fue ajustado precisamente para la vida inteligente. También implica, no obstante, que la evolución tiene un fin específico y que el desarrollo de vida cada vez más compleja es la base del proceso. Esto, a su vez, supone que la humanidad representa su vanguardia.
Pero ¿hay alguna prueba de que las facultades humanas como la inteligencia y la consciencia sean algo más que un producto estrambótico de un universo ciego? Y, de alguna forma, ¿podrían ser fundamentales para el cosmos?.

Como mínimo, habría que reconocer a los textos herméticos la enorme influencia que han tenido sobre nuestra cultura e historia desde el siglo XV, sobre todo en su faceta de generadores de ciencia, a pesar de que los practicantes actuales no son conscientes de ello o no están dispuestos a aceptar este hecho. Como escribe Richard Westfall refiriéndose a Newton:
 
Los elementos herméticos en el pensamiento de Newton no son, en última instancia, antitéticos al proyecto científico. Más bien al contrario, al aunar dos tradiciones, la hermética y la mecánica, estableció el linaje familiar cuyo descendiente directo, la misma ciencia, se burla hoy, incomprensiblemente, de las ideas ocultas relacionadas con la filosofía hermética.
 
Esta convergencia de lo mecánico con lo místico es reconocida, aunque al parecer de forma inconsciente, por científicos como Wheeler, que repetidamente asociaron su obra con la de Leibniz.
Pero la ciencia, como las religiones judeocristianas, cortó sus lazos con Sophia, su otra mitad. Y, aunque puede calibrar, medir, calcular y enviar a un hombre a jugar al golf a la Luna, la verdadera gloria y asombro del universo reside en el corazón y el alma humana. Si permitimos que sean un todo. Este fue el mensaje de Bruno. En esto consistía la sabiduría antigua. Y, por muy sencillo que parezca, es uno de los secretos más profundos que existen.
Ha llegado el momento de restaurar la sensación de maravilla. No ha habido un mejor momento para dejar que vuelva de nuevo el «milagro del hombre».

Las creencias de los hermetistas del Renacimiento, que Giordano Bruno expresó con contundencia al afirmar que Jesús intentó llevar de vuelta al judaísmo a sus raíces egipcias. Bruno enseñaba que Jesús practicaba magia egipcia. En parte basado en esta comparación con Simón el Mago y en parte en otras pruebas históricas, en Las máscaras de Cristo sostenemos que, en su propio tiempo, a Jesús lo consideraban principalmente como un mago de estilo egipcio.
Estas conexiones suscitan entusiasmo y son prometedoras, y además preparan el terreno para descubrimientos más profundos, incluso sensacionales, sobre el verdadero legado de Egipto a la vida intelectual, emocional y espiritual de Occidente.

Interesting book that argues that the conception of the universe proposed by the latest scientific discoveries, especially in the field of quantum physics and cosmology, seems to vindicate the ancient hermetic belief in an evolving universe, alive and conscious. Key to the future of humanity.

This book is in two parts which add up to a single theme: modern scientists are clawing their way back to insights that were intuitively obvious to medieval thinkers, and before them the ancient Egyptians.
The book’s first part describes how the great thinkers who developed the modern scientific worldview, such as Copernicus, Galileo and Newton, took seriously and were inspired by esoteric ideas, especially the Hermetica, a collection of religio-philosophical writings compiled in the early centuries AD. It argues further that the Hermetic writings draw on and express much older concepts taken from ancient Egyptian thought. Finally, it suggests that esoteric concerns became suppressed largely for political reasons, not because scientists saw them as intrinsically without merit, but that this then led to the modern mindset in which spiritual speculations–about the meaning and purpose of the cosmos, its creator and humanity’s place within it–are seen as almost diametrically opposed to the mechanistic and materialist scientific method. Of course, many people will know that Newton devoted as much energy to mystical issues like biblical prophecy and the dimensions of Solomon’s temple as he did to his theories of optics and gravitation. However, what this part of the book does is show that the influence of esoterica was much more fundamental and far-reaching than we are generally led to believe. It suggests that we have been treated to a sanitised version of scientific history according to which scientists heroically threw off the befuddlement of esoteric thinking, whereas the truth is that early modern scientists could not have done what they did without the groundwork laid by esoteric texts such as the Hermetica. [The statement of one reviewer here that Newton succeeded in spite of not because of his occult influences is precisely what the authors attempt to show is a distorted modern myth.] A key aspect of the argument is that early scientists’ problems with the Catholic church stemmed not from the ‘scientific’ content of their work but from its esoteric underpinnings, which conflicted with Christian orthodoxy and more importantly undermined the church’s authority. Thus, Copernicus cited the Hermetica as a source of his heliocentric theory. In his lifetime, the church was not hostile to the specific claim that the earth went round the sun. The pope even listened with interest to a lecture on the subject and it was a Roman cardinal who encouraged Copernicus to go public. The church only became hostile later on because of the close association of the heliocentric theory with the Hermetic world-view and its claims that humans were or could become divine in their own right. That the Catholic church was fighting the Lutheran reformation at this time made it especially touchy about independent theological speculations occurring outside its purview.
The second part of the book describes how modern scientists are increasingly finding that the universe seems to have been contrived (or designed) to support the existence of life. There appear to be numerous quirks in the laws of physics without which anything like the universe we know could not exist. For instance, the triple alpha process that leads to the creation of carbon in stars relies on an apparent coincidence in the energy levels of certain atomic nuclei, and if this were not the case the universe would consist of nothing but hydrogen and helium. Meanwhile, in biology, some crucial events in the history of life, such as the origins of the genetic code or the eukaryotic cell, are very difficult to explain in evolutionary terms and look more not less mysterious as time goes on, with theoreticians having no better explanation than a lucky turn of events. We then move on to quantum mechanics and the ‘observer effect’ whereby a quantum system’s behaviour (specifically whether it acts like a particle or a wave) depends on the way in which it is observed. It seems the observer effect can even work backwards in time: the way a system must have acted in the past depends on how we choose to observe it in the here and now, and, although this has only been demonstrated over very tiny intervals, in principle it might apply on cosmological timescales. This suggests that the universe needs conscious minds to observe it in order to come into existence: not only does our observation of it cause the universe to be one thing or another, rather than a diffuse combination of all possibilities, but this applies back through time to the universe’s very beginning even though we weren’t ourselves around at that time. These ideas are not the personal ravings of the authors but represent the trains of thought of some very eminent scientists, most notably John Archibald Wheeler. And what is remarkable is how they echo the Hermetica’s occult ideas such as that humans have a unique place in creation and are themselves part of the divine creative force.
The neat aspect of this book is that the notions described in the second part as growing out of consideration of modern scientific problems are seen to be very close to the notions of the Hermetic esoterica out of which modern science grew in the first place as described in the first part. I believe very little of this is the authors’ own original work, and I would suggest going back to the sources they cite to get a fairer view of how far it is supported by evidence, but what they have done is create an accessible synthesis of a diverse but ultimately connected range of scholarly discoveries and speculations from the last fifty or so years. The proposal that, by being conscious, we are the creators of our own cosmos seems hugely important as a way of unlocking the fundamental conundrum of why the universe should exist at all. That said, such a proposal could be considered philosophically old hat, but this is largely the authors’ point: the insights of ancient esoterica get at deep scientific truths and we should not assume that when brilliant minds like Newton took them seriously it was because they did not know what they were doing. The book’s implication, that spiritual and materialist ways of understanding reality are not inimical to each other but intimately related, should be welcome to all those who are dissatisfied with the jejune vision of modern militant secularism.
The book has a readable style, good notes, an extensive bibliography and a useful index.

There are three key events that historians of science cite as milestones on the long road that led from superstition to intellectual enlightenment: Copernicus’s proposal of the heliocentric theory (1543), the Church’s process against Galileo for divulging this theory as an irrefutable fact (1633) and the publication of Principia Mathematica by Isaac Newton (1687), which exposed the main physical laws, especially those of movement and gravity.
The event that is considered the turning point, the moment in which the paths of magic and science were separated, was the proposal of the heliocentric theory of the cosmos, which held that the Earth orbits around the Sun and not the other way around, as had been thought until then. This new and radical idea had been raised by Nicolás Copernicus (1473-1543).
In On revolutions he presented three new controversial ideas: that the Earth moves in space, that it rotates on its own axis and that both it and the rest of the planets orbit around the Sun. Copernicus pointed out the defects of the old Ptolemaic system and exposed the observations that had led him to propose a new model of the universe. On page 31 he presents a revolutionary proposition, even scandalous, in the form of a diagram showing the planets, in their correct order, orbiting the Sun. And, four lines below this revealing diagram, he makes an extraordinary statement:

Therefore [taking into account the central position of the Sun], it is not strange that he has been called the lamp of the universe, or his mind, or his sovereign. [It is] the visible God of Trismegistus …

Copernicus related the physical place of the Sun in the solar system with decidedly transcendental concepts: that is, that the Sun is the “mind” of the universe or the seat of power that governs creation, or “the visible God of Trismegistus.” And it is in these three words that the most important clue is found to understand the theory of Copernicus, because they point to the true heresy that shook the foundations of the Vatican.

The only complete hermetic book known in Europe in the Middle Ages was the Asclepius, or The Perfect Discourse, a Latin translation of the fourteenth century from a lost Greek original that consisted of a question and answer session between Hermes and his eponymous student . Asclepius was the Greek god of healing; In this treatise, the student is also a descendant of the god, although he did not share his divine nature.
Hermetic texts are a mixture of, on the one hand, philosophical and cosmological knowledge and, on the other, astrology, alchemy and magic. For centuries, and even today, an attempt has been made to separate these disciplines because philosophy was considered to be sophisticated and coherent while astrology and magic are primitive and incoherent (an edition of the 1920s simply erased all references to these). . Some consider the Corpus Hermeticum is an attempt to purge the canon of the most manifestly magical texts. Of all the known hermetic texts, those of the Corpus are, by far, the least magical, but even in them you can find some arcane elements, which should not surprise us since philosophy and cosmology are indivisible in the world view hidden.
The hermetic vision not only provides a more satisfactory explanation of why the universe exists, but also potentially assigns humans a role of the first order, although it is a role that they must gain on their own.
Actually, Bruno was a martyr of secrecy. Although there was a connection with the Copernican theory, he was not condemned for preaching heliocentrism, but for the special meaning he had for him and, above all, for his conviction that proving it would lead to the arrival of the hermetic age.
Even today the attitude of the Catholic Church towards Bruno has not changed much. When it was suggested in the Jubilee of the year 2000 that Pope John Paul II could finally forgive him – as had been done with Galileo – the official response was that Bruno “had deviated too much from Christian doctrine to deserve Christian forgiveness.”
But one question remains unanswered: why did it take eight years to condemn Bruno? Why did his teachings suddenly become so problematic for the Inquisition?
The answers are found in a series of events that took place a few months earlier, in an attempt to forcibly establish the Hermetic Republic on Earth.

Giordano made heliocentrism the foundation of his hermetic revolution, the signal that would unleash the fall or reform of the Church, a perspective that obviously did not excite the Vatican. For Bruno and the Giordanists, heliocentrism was not just a theory: they believed that its acceptance would give rise to a new hermetic utopia. And, although they had rid themselves of Bruno, in the Vatican they feared that he had organized a secret society – who composed it and where it was, nobody knew – determined to promote a hermetic revolution.
The hermetic cause suffered several severe setbacks during the first years of the seventeenth century and for a time it must have seemed that the hopes of a new golden age had vanished forever. The first setback, of course, was the truculent execution of the audacious architect Giordano Bruno in 1600; the second occurred fourteen years later, and provided more ammunition for those who were against the Hermetic movement.
When the Corpus Hermeticum was rediscovered in the middle of the 15th century, all – whether they supported or opposed Hermeticism – accepted that the texts went back to the oldest epochs of Egyptian civilization. But, suddenly, an academic work appeared on the scene supporting the surprising assertion that the texts were much more recent and that they were not written until the second or third century after Christ. This destabilizing work, which fell like a bomb, was On Sacred and Ecclesiastical Things (De rebus sacris et ecclesiasticis), written by one Isaac Casaubon.
With the strength and influence of Descartes, the philosophy that had prevailed during the Renaissance reached its deepest point and seemed to be extinguished. In half a century, Casaubon had historically questioned her, the Thirty Years War had ended her political hopes and Descartes had undermined her philosophically. But it was not the end of the story. There were those who kept the hermetic torch lit, even in Rome itself. And he still had to see his greatest triumph in the scientific world.
The most fundamental element of the hermetic vision of the world is that, as we have seen, the cosmos is not without meaning, it is not inert or random, but, even in its most modest manifestation, it is alive and has a purpose.
Unlike believers in the biblical version of creation, in which God is limited to creating life and the universe apparently on a whim, for the Hermeticists and their predecessors, the priests of Heliopolis, the material universe is nothing less than a emanation of God. In a majestically transcendental but ultimately practical way, the cosmos represents your thinking. Obviously, this is not the perspective shared by the vast majority of scientists.

The only scientific theories, accepted and acceptable, about the origin and development of living beings reject even the slightest hint of design. Instead, the entire process that has led to the incredible creation of animals, plants and microorganisms that cover the Earth is, we are told, ultimately the product of pure chance.
Evolution has become the great battleground for the righteous – or, perhaps, more precisely, those who consider themselves in this way – in the conflict between science and religion, especially among militant atheists and the Christian fundamentalists.
For those who take Genesis literally, the theory of evolution must not only be rejected, but must be actively anathematized. The first book of the Bible states that God created all plants, marine beings, birds and terrestrial beings (in this order) “according to their gender”, as individual species and, therefore, fixed. If, as science currently claims, different species developed from one another, then the biblical account is basically wrong.
The first great mystery is how the DNA appeared. After all, all the vital variation on Earth comes essentially from composing and recomposing its basic code. As one researcher recently stated, DNA “has multiplied itself in an incalculable number of species, while remaining exactly the same”. [8]
The origin of life is a fish that bites its tail. In order to replicate, DNA requires certain proteins in the form of enzymes that act as catalysts, but no protein can be produced without DNA being in the past. At the moment, there are only theories that try to explain how this could happen, some theories that, due to their own nature, are impossible to prove.
A thorough understanding of evolution does require some creative factor, something that in some way can explain the process as a whole. This, of course, fits perfectly into the script of a designed universe, and supports the cosmological tests that the universe was adjusted precisely for intelligent life. It also implies, however, that evolution has a specific purpose and that the development of life increasingly complex is the basis of the process. This, in turn, assumes that humanity represents its vanguard.
But is there any proof that human faculties such as intelligence and consciousness are more than a bizarre product of a blind universe? And, in some way, could they be fundamental for the cosmos?.

At a minimum, the Hermetic texts should be recognized for the enormous influence they have had on our culture and history since the 15th century, especially in their role as generators of science, despite the fact that current practitioners are not aware of it or not. They are willing to accept this fact. As Richard Westfall writes about Newton:

The hermetic elements in Newton’s thought are not, in the last analysis, antithetical to the scientific project. Quite the contrary, by combining two traditions, hermeticism and mechanics, he established the family lineage whose direct descendant, science itself, today mocks, incomprehensibly, the hidden ideas related to Hermetic philosophy.

This convergence of the mechanical with the mystical is recognized, though apparently unconsciously, by scientists like Wheeler, who repeatedly associated his work with that of Leibniz.
But science, like the Judeo-Christian religions, severed its ties with Sophia, its other half. And, although you can calibrate, measure, calculate and send a man to play golf at the Moon, the true glory and awe of the universe resides in the human heart and soul. If we allow them to be a whole. This was Bruno’s message. In this consisted ancient wisdom. And, however simple it may seem, it is one of the deepest secrets that exist.
The time has come to restore the feeling of wonder. There has not been a better time to let the “miracle of man” return again.

The beliefs of the Renaissance Hermetists, which Giordano Bruno expressed forcefully in stating that Jesus tried to bring Judaism back to its Egyptian roots. Bruno taught that Jesus practiced Egyptian magic. Partly based on this comparison with Simon the Magician and partly on other historical evidence, in The Masks of Christ we argue that, in his own time, Jesus was considered primarily as an Egyptian-style magician.
These connections arouse enthusiasm and are promising, and also pave the way for deeper, even sensational, discoveries about the true legacy of Egypt to the intellectual, emotional and spiritual life of the West.

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