El Porqué De Los Populismos — Fran Carrillo, Daniel Lacalle, José Luis Villacañas Berlanga, Esteban Hernández Jiménez, Juan Ramón Rallo, Aurora Nacarino-Brabo, Patrycia Centeno Vispo, Federico Steinberg, Narciso Michavila, Juan Puértolas … / The Reasons Of The Populisms by Fran Carrillo, Daniel Lacalle, José Luis Villacañas Berlanga, Esteban Hernández Jiménez, Juan Ramón Rallo, Aurora Nacarino-Brabo, Patrycia Centeno Vispo, Federico Steinberg, Narciso Michavila, Juan Puértolas … (spanish book edition)

El populismo en Europa en un problema que hay que evitar, una opcion es la educacion desde temprana edad con buenos valores. El coordinador de este libro, Fran Carrillo, es un profesional en el ámbito de la comunicación sobradamente acreditado que se embarcó en este proyecto y cuyo resultado es irregular, no va más allá de los argumentos ya escuchados y leídos en los medios de comunicación habituales, previsible y poco original.

El ser populista, tiene propiedades que además están relacionadas entrer sí, a saber:
a) La existencia de dos unidades de análisis homogéneas: élite y pueblo.
b) Una relación de amor odio entre ambas, que conforma visiones e interpretaciones antagónicas entre soportes externos.
c) Valoraciones contrapuestas: a la positiva del pueblo se contrapone la negativa de la élite.
d) La idea de soberanía popular, entendida como la voluntad general que prevalece sobre el resto y que es monopolizada por quienes se consideran garantes y deudores de dicha soberanía. El todo por la parte.

Populismo es el síntoma de la contingencia de la relación entre una sociedad democrática de masas y poder político. En este sentido, el populismo puede adoptar los más variados aspectos y figuras. Todos ellos parten, sin embargo, del supuesto de la formación democrática del poder basada en decisiones de masas. Sin democracia social de masas no hay populismo, aunque esto no quiere decir que el populismo no pueda cambiar de forma drástica el sentido de la democracia e incluso, llegado el caso, de eliminarla; o que no sea también posible en regímenes autoritarios sin una genuina democracia política. Pero sólo hay populismo porque el poder debe conformarse o apoyarse en las masas.
Estas técnicas de gobierno de masas no han caído en el olvido. Porque el Estado no olvida nada. Al contrario, las sociedades modernas las han transformado y revitalizado mediante las técnicas actuales de la teatralización y el espectáculo. Mucho antes de que se inventaran las formas de la propaganda actual a través del cine y luego de la televisión y las redes sociales, fue la propia filosofía política la que impulsó esa vinculación de la política con el teatro, y luego esa revitalización del gobierno de las masas a través de las formas espectaculares. Nos parece que éste es un asunto nuevo, pero en realidad es tan viejo como la modernidad y la impregna por entero.
Hoy hay una intensa polémica acerca de si hay populismo de derechas y de izquierdas. Creo que la cuestión profunda es diferente: se trata de si los poderes vigentes son capaces de mantener o no la confianza de las masas en situaciones de riesgo y de cambio de escenario. Sólo en el caso de que no sean capaces de hacerlo, pueden surgir otros sistemas de representación que reocupan esos espacios de confianza. Esto es: los populismos son hegemónicos (tienden a mantener una confianza anterior por medios más intensos) o contrahegemónicos (perciben las probabilidades de desplazamiento de esa confianza y las intensifican con ofertas más radicales). Dicho de otro modo: sostienen una dimensión hegemónica en riesgo o se lanzan a otros sistemas de representación de masas para forjar sistemas hegemónicos alternativos, ante la percepción de que los vigentes dan síntomas de no haber logrado ese plus de fidelidad de las masas en situaciones de cambio y de riesgo.
Lo que hace de la irrupción del peronismo un arquetipo de movimiento populista es el hecho de la dualización radical de la sociedad y de la representación política que produjo. Perón era un recién llegado al sistema de representación. Pero había gozado de poder suficiente para reunir a las masas obreras en la Confederación General del Trabajo. Gozar de esa fidelidad de las masas obreras fue lo determinante.

Algo está cambiando en nuestro mundo globalizado. La caída del Muro de Berlín inauguró un tiempo en el que la democracia liberal y la economía de mercado parecían no tener contestación.
La crisis económica global que tendrá lugar a partir de 2007 supondrá un frenazo para las expectativas materiales de millones de personas en todo Occidente. Con ella, la confianza en un progreso lineal que había dominado las últimas décadas se pierde. El cambio tecnológico cada vez permite automatizar un número mayor de funciones, haciendo prescindibles muchos puestos de trabajo que requieren una cualificación media o baja. Por otro lado, la aceleración del proceso de globalización ensancha las fronteras de los mercados laborales, facilitando el flujo de migraciones y haciendo posible la externalización y deslocalización de la producción de las grandes empresas. Se pone de manifiesto que no todos sufrirán de forma uniforme las consecuencias de la recesión, produciéndose una escalada de las desigualdades, y muchos jóvenes comienzan a asumir que vivirán peor que sus padres. El mundo globalizado, parece, no será un lugar de oportunidades para todos.
En 2016 asistimos al auge de movimientos populistas que despegaron al calor del descontento y que han planteado el mayor reto para el ordenamiento liberal desde la caída del telón de acero. También ahora las grandes transformaciones inducidas por la crisis, la globalización y la tecnología han hecho que muchos añoraran un mundo que ya no existe. La promesa emancipadora del liberalismo se ha tornado para algunos en desarraigo, y la individualidad ha comenzado a sentirse como una pesada carga que la colectividad puede aliviar, del mismo modo que la fe, la nación o la clase representaron, en momentos de crisis anteriores, identidades colectivas que dotaban de sentido y de pertenencia.
El fenómeno populista ha obtenido gran atención mediática desde que los líderes de derecha alternativa e izquierda antiestablishment comenzaran a cosechar éxitos electorales. 2017 se presenta como un año en el que los partidos populistas continuarán recogiendo buenos resultados, mientras sus adversarios políticos siguen sin encontrar la tecla para contener su ascenso. La alt-right ha demostrado poder competir en nichos de votantes que otrora se consideraban feudos socialistas, y la nueva izquierda antisistema ha hecho gala de una transversalidad que le permite liderar la competición electoral. Muchos partidos tradicionales, especialmente los socialdemócratas, han perdido el rumbo.

La izquierda les dice que si las cosas van mal es por su culpa, porque se han quedado anclados en el pasado del hombre blanco de mediana edad, y que son un conjunto de racistas, sexistas, homófobos y en el fondo fascistas, y que si les va mal mejor para todos. Ahí está la clave de que los barrios populares voten a Le Pen, de que Trump o el UKIP funcionen muy bien en las clases obreras y medias, y de que Podemos tenga su representación entre los hijos con menos posibilidades de las clases medias. El populismo de derechas ofrece una salida a esa impotencia desde el proteccionismo, la promesa de la reactivación del empleo y la contención de la amenaza de los inmigrantes; el de izquierdas, en lugar de brindarles una solución, les insiste en que lo importante son los derechos y las libertades o, aún peor, los desprecia.
Un error en el populismo posmoderno es entender la política como un ámbito dominado esencialmente por las emociones.
En un tiempo como el nuestro, que está viviendo grandes transformaciones productivas, que se mueve aceleradamente y que está sometido a la incertidumbre, la izquierda debe ser consciente de que sólo una contestación convincente al problema de la seguridad material le puede otorgar un lugar importante en la escena política. Y esa respuesta hoy, como ocurrió con el viejo populismo, tiene que ver con enfrentarse a un sistema en decadencia, que ha sido tomado por un establishment que perjudica a la mayor parte de la gente y que está pervirtiendo las bases ideológicas en las que se asentaba. El populismo de derechas lo ha hecho por un camino convincente para poblaciones de países como Estados Unidos o Francia, y lo seguirá haciendo. Estamos en un momento de cambio profundo, lo que genera una inestabilidad enorme, y eso se verá reflejado de un modo evidente en el entorno político. Vienen tiempos muy agitados.
En definitiva, el futuro está por escribir, pero la única forma que tendría Trump de consolidar el populismo en su país sería aprovechar la bonanza económica que proporcionará la previsible menor carga fiscal de empresas y ciudadanos para embarcarse, por un lado, en un masivo programa de inversiones públicas en infraestructuras y, por el otro, en una especie de socialismo bolivariano que incremente rápidamente las rentas de los colectivos más afectados por la globalización en Estados Unidos. Lo primero sería fiscalmente irresponsable y lo segundo políticamente revolucionario. Pero nada puede excluirse ante un personaje que ha desafiado tantas convenciones tenidas anteriormente como inmutables.

1) El futuro no existe, conserva lo mejor del pasado. Poniendo en el espejo de tu cerebro aquellas conquistas sociales que como colectivo no volverán mientras el establishment siga mandando.
2) Tienes derecho a recuperar lo que la élite te ha robado. Ellos son tu enemigo, no lo olvides. A ese establishment hay que darle una lección, porque nos ha fallado, nos ha abandonado. El ojo por ojo político no admite más contemplaciones ni retórica buenista. Queremos alguien que diga lo que pensamos, que sienta lo que sentimos. Y nos da igual si es deslenguado (de hecho, cuanto más lo sea mejor) o que no sea un modelo que seguir en cuanto a escala de valores. El populista juega con la verdad de unas expectativas bajas y una sinceridad perceptiva errónea.
3) El poder del ciudadano es más grande que el poder del sistema. Y es que no hay héroe sin antihéroe. El héroe representa la justicia frente al conformismo. Este discurso te dice que los políticos tradicionales son quienes te han quitado tu trabajo, tu modo de vida, tus referentes morales, para convertirte en un mero consumista de un sistema diseñado para que ellos dicten a conveniencia qué hacer y qué no.

El populismo, en sí mismo y por lo que estamos comentando, no es stricto sensu político, pero se sirve de la política para laminar las virtudes de la democracia representativa. Para ello es determinante la forma en la que primero contactan con la gente y luego conectan con ella. Como estrategia aplican lo que yo denomino el discurso boomerang, esto es, primero se estudia el contexto, preguntando a esos segmentos sociales perdedores de la crisis, olvidados por el sistema o desencantados con el inmovilismo y conformismo de la política tradicional qué quieren, qué buscan, qué les ha defraudado, quiénes son los culpables de su situación, por qué están enfadados, qué necesitan para sentirse realizados en la sociedad. Acto seguido, omertá informativa previa retirada al laboratorio a conformar el argumentario que dará forma a la retahíla de mensajes que en el futuro, ya en plena campaña, saldrán a la luz, con la estética adecuada y el barniz preciso. Cuando los receptores del mensaje se identifican con quienes lo lanzan, pocos caen en la cuenta de que son sus propios mensajes tamizados bajo el paraguas dicotómico.
Al populismo no se lo derrota menospreciando a quienes han votado esas políticas o las propuestas de sus portavoces. Porque causa el efecto contrario. No se lo elimina electoralmente con manifestaciones esnobs de enrabietados que de repente deciden que lo ocurrido no les gusta y que se debe reiniciar la partida. Porque logran aumentar más el apoyo a esas propuestas. Frente a esa policía del pensamiento, conformada en las tribunas académicas y mediáticas, los seguidores de Trump, Pablo Iglesias, Marine Le Pen y demás líderes populistas seguirán defendiendo con más ahínco los postulados «sinceros» de aquéllos. Al populismo se lo derrota aceptando que ya forma parte del juego político, que ha calado la figura del outsider antisistema o anti este sistema en muchos sectores de la población y que la indiferencia o el menosprecio no hacen sino alentar el deseo de lucha de los que quieren que permanezca (y crezca) en el inconsciente colectivo. El futuro será populista sólo si no aceptamos que el presente ya está empezando a serlo.

El mundo es hoy un lugar más rico y más igualitario que en los noventa, los ochenta o los setenta. Pero imaginemos que no fuera de ese modo y que, como denuncia el populismo de derechas —en ocasiones con el aplauso de la izquierda anticapitalista—, la globalización esté sacando de la pobreza a 4.000 personas a costa de estancar los estándares de vida de los ciudadanos occidentales. Aun así, constituiría una enorme canallada coaccionar con aranceles y trabas comerciales al Primer Mundo para empobrecer a unos ciudadanos del Tercer Mundo, que apenas están comenzando a levantar cabeza desde una situación de cuasisubsistencia a la que, en parte, los abocó el disruptor imperialismo occidental. Bernie Sanders o Alberto Garzón, en demasiadas ocasiones el populismo de izquierdas escoge abrazar las mentiras nacionalistas y antiglobalizadoras del populismo de derechas por mera sintonía ideológica de corte anticapitalista y por su fanática ambición de capitalizar electoralmente la crisis que ellos mismos han generado artificialmente.
El populismo, el de izquierdas y el de derechas, constituye una frontal amenaza no sólo para nuestras libertades, sino también para nuestra prosperidad. El discurso visceralmente antiglobalización de ambas corrientes populistas busca eliminar el motor del mayor proceso de reducción de la pobreza jamás vivido en la historia de la humanidad. El mundo nunca ha sido un lugar mejor de lo que es ahora y, en gran medida, ello es gracias a la globalización. Lo anterior no significa que debamos caer en la autocomplacencia paralizante y que dejemos de querer prosperar: todavía nos enfrentamos a numerosísimos retos tanto en el Primer Mundo (superar las secuelas de la crisis económica y ampliar las oportunidades de quienes más duramente han sido golpeados por ella) como en el Tercer Mundo (consolidar su desarrollo para que, poco a poco, vayan acercándose a estándares de vida similares a los del Primer Mundo). Pero, desde luego, tampoco deberíamos caer en las falaces retóricas de los populismos de izquierdas y de derechas, para quienes la globalización está engendrando un planeta en el que únicamente un puñado de millonarios (el 1 por ciento) se están enriqueciendo a costa de unas masas cada vez más depauperadas (el 99 por ciento). Ese relato, es un grotesco y desvergonzado embuste.

Lo que ocurrió en Grecia es típico del populismo en sus diferentes vertientes. La promesa de soluciones mágicas se convierte en la realidad de la crisis económica. Prometen «subir los impuestos a los ricos» y, para mantener el elefantiásico Estado depredador griego, se los suben hasta a los agricultores. Y estas medidas no son «exigencias de la troika» como repiten los populistas. La troika sugirió reducir gasto público en áreas innecesarias y reducir presión burocrática y el gobierno de Tsipras lo rechazó. De hecho, aumentó la partida de gastos y personal en áreas tan necesarias para una «emergencia social» como la televisión pública.
La presión fiscal en Grecia no es solamente creciente, sino que tiene el mercado laboral más rígido, y con ello el mayor paro, de Europa. El gobierno de Tsipras, ante el rescate, se ha negado a tomar ninguna medida de las propuestas por la troika.
Es preciso luchar contra la falsa premisa de la superioridad moral autoconcedida, de la infalibilidad del «bienintencionado», sabiendo que no son dementes ni ignorantes ni conforman una anécdota de la historia.
Repitamos: ¡es la economía, estúpido! El populismo ignora y rechaza los principios básicos de la lógica económica para convencer a los ciudadanos de que dos más dos suman veintidós. Y cuando alcanzan el poder hacen que todo empeore. Depende de la ciudadanía cabal y reflexiva permitir este dislate o no.
Para finalizar, quisiera mostrar mi rechazo radical al intento por parte de algunos medios de equiparar las tendencias populistas ocasionales de cualquier administración estadounidense, actual o pasada, o británica con el movimiento liberticida, dictatorial y opresor que suponen los populismos fascistas y comunistas europeos y latinoamericanos. En el Reino Unido y Estados Unidos hay una sociedad civil y unas instituciones que garantizan la libertad, la democracia y el respeto a la propiedad, la ley y los derechos civiles, sea quien sea el gobernante y sus opiniones personales. Desde hace décadas, ambos países han sido y son ejemplo global de libertad y prosperidad, y lo seguirán siendo. Comparar de cualquier manera a esos países con los totalitaristas intervencionistas y liberticidas no ayuda a combatir el populismo, lo blanquea, bajo la premisa de que todo es lo mismo. Y no lo es. Roosevelt o Churchill, con todos sus aciertos y errores, serían algo populistas o proteccionistas, pero no eran lo mismo que Stalin ni Hitler.

Hay dos hipótesis para el auge populista, en la primera sostienen que la revuelta populista se alimenta de votantes de clase media y baja que ven cómo sus ingresos están estancados y que están convencidos de que sus hijos vivirán peor que ellos. Como ha demostrado Branko Milanović, éstos son los perdedores de la globalización. Se trata en su mayoría de trabajadores poco cualificados de los países occidentales, que no se están pudiendo adaptar a la nueva realidad económica y tecnológica global y que, al perder sus empleos por la deslocalización y la competencia de los productos de países con salarios bajos y ver como el Estado del Bienestar no los ayuda lo suficiente, optan por dar su apoyo a quienes prometen protegerlos cerrando las fronteras.
La segunda hipótesis, también plausible, es que los votantes no se están yendo a la derecha por cuestiones económicas, sino por elementos identitarios y culturales. Así, el racismo y la xenofobia latentes que siempre han existido en Occidente (pero cuyas expresiones eran políticamente incorrectas desde el final de la segunda guerra mundial), estarían saliendo del armario debido al impacto social y cultural del aumento de la inmigración de las últimas décadas. Los votantes apoyarían así a partidos con líderes fuertes (cuyos postulados rozan el autoritarismo, como vemos en el caso de Orbán en Hungría) que ofrecen recetas para proteger la «identidad nacional» y frenar el proceso de cambio y disolución de los valores y la cultura tradicionales que la apertura y el multiculturalismo han traído. El miedo a los ataques terroristas de grupos islámicos extremistas facilita este discurso porque permite concentrar el odio al extranjero en el inmigrante de origen musulmán (que se mezcla con el debate sobre los refugiados en Europa), colocando a la seguridad en el centro del debate político, algo que no sucedía desde hace mucho tiempo en Europa.

Muchos millennials (nacidos entre 1980 y 2000), por ejemplo, raramente van a la sucursal del banco y la gestión de la cartera de sus ahorros la hacen a través del logaritmo de un roboadvisor (es decir, a través de la pantalla del ordenador). Todo esto está creando una brecha tecnológica importante entre los profesionales más cualificados, que ven como sus ingresos suben y por lo tanto se encuentran cómodos en un mundo cada vez más competitivo, cosmopolita y globalizado, y los que no lo están. Esta división explica en parte por qué el medio rural haya votado a favor de Trump y el brexit mientras que las grandes ciudades se hayan decantado por Hillary Clinton y la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea.
Otra causa que puede explicar el rechazo al orden liberal es la creciente desconfianza que amplios grupos de la población tienen en las instituciones democráticas. Esto se debe a varios factores. Por un lado, en muchos países occidentales se ha desarrollado una especie de partitocracia, principalmente de los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que ha dominado excesivamente la vida política. Para muchos electores, este centro liberal se turna en el poder, pero sus políticas son muy parecidas y, desde la caída del Muro de Berlín, han sucumbido a las tesis del neoliberalismo. Además, existe cada vez más la sensación de que esta partitocracia está a merced de una plutocracia, formada por grandes intereses económicos, que se beneficia desproporcionadamente del funcionamiento del sistema. Esto hace que haya una falta de conexión y confianza entre las élites y el resto de la población. El principio de autoridad mismo está en entredicho. Muchos ciudadanos piensan que la clase política no los representa, que no tienen voz (ni altavoces para expresar sus ideas como lo hacen a través de las redes sociales) y además piensan que los expertos forman parte de esa élite que se beneficia del sistema actual, por lo que no ofrecen soluciones que favorezcan a la mayoría de la ciudadanía.
La victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, el brexit británico y el auge de partidos como el Frente Nacional francés o Alternativa por Alemania han sorprendido al establishment y han puesto en cuestión décadas de alternancia política entre fuerzas moderadas en los países occidentales. Las causas de este fenómeno son múltiples. Engloban desde el enfado de los perdedores de la globalización, el temor de muchos a la pérdida de la identidad nacional en sociedades cada vez más diversas y cosmopolitas, la ansiedad en relación con el cambio tecnológico y su impacto sobre el empleo, la frustración ante los mermantes recursos para mantener el Estado del Bienestar y la indignación ante la falta de representatividad de muchos aspectos del sistema democrático en un mundo cada vez más globalizado que ha dejado obsoleto el concepto de soberanía nacional.
Tampoco es probable que ni el brexit ni la eventual llegada al poder de líderes antiestablishment pueda generar una implosión de la Unión Europea. Es más, desde una interpretación más optimista, el propio brexit y la victoria de Trump pueden resultar estimulantes para integrar más la zona euro y para coordinar mejor la política exterior y de seguridad común.

Populism in Europe in a problem to be avoided, an option is education from a young age with good values. The coordinator of this book, Fran Carrillo, is a well-accredited professional in the field of communication who embarked on this project and whose result is irregular, does not go beyond the arguments already heard and read in the usual media, foreseeable and unoriginal.

Being populist, has properties that are also related to each other, namely:
a) The existence of two homogeneous analysis units: elite and people.
b) A relationship of love hate between the two, which forms visions and antagonistic interpretations between external supports.
c) Opposed assessments: the negative of the elite is opposed to the positive of the people.
d) The idea of ​​popular sovereignty, understood as the general will that prevails over the rest and that is monopolized by those who consider themselves guarantors and debtors of said sovereignty. The whole for the part.

Populism is the symptom of the contingency of the relationship between a democratic society of masses and political power. In this sense, populism can adopt the most varied aspects and figures. All of them, however, depart from the assumption of the democratic formation of power based on mass decisions. Without mass social democracy there is no populism, although this does not mean that populism can not drastically change the meaning of democracy and even, if necessary, eliminate it; or that is not also possible in authoritarian regimes without a genuine political democracy. But there is only populism because power must conform or rely on the masses.
These techniques of mass government have not fallen into oblivion. Because the State does not forget anything. On the contrary, modern societies have transformed and revitalized them through the current techniques of dramatization and entertainment. Long before the forms of current propaganda were invented through cinema and then television and social networks, it was political philosophy itself that drove that linkage of politics with theater, and then that revitalization of the government of the masses through the spectacular forms. We think this is a new issue, but in reality it is as old as modernity and pervades it entirely.
Today there is an intense controversy about whether there is populism of right and left. I believe that the profound question is different: it is about whether the current powers are able to maintain or not the confidence of the masses in situations of risk and change of scenery. Only in the case that they are not able to do so, other systems of representation can arise that reoccupy those spaces of trust. That is, populisms are hegemonic (they tend to maintain an earlier confidence through more intense means) or counterhegemonic (they perceive the probability of displacement of that trust and intensify it with more radical offers). In other words: they maintain a hegemonic dimension at risk or are thrown into other systems of mass representation to forge alternative hegemonic systems, given the perception that the current ones give symptoms of not having achieved that extra of fidelity of the masses in situations of change and risk.
What makes the irruption of Peronism an archetype of populist movement is the fact of the radical dualization of society and the political representation it produced. Perón was a newcomer to the system of representation. But he had enjoyed enough power to gather the working masses in the General Confederation of Labor. Enjoying that fidelity of the working masses was the determining factor.

Something is changing in our globalized world. The fall of the Berlin Wall inaugurated a time in which liberal democracy and the market economy seemed to have no answer.
The global economic crisis that will take place from 2007 will mean a slowdown for the material expectations of millions of people throughout the West. With it, the confidence in a linear progress that had dominated the last decades is lost. The technological change every time allows to automate a greater number of functions, making dispensable many jobs that require a medium or low qualification. On the other hand, the acceleration of the globalization process widens the borders of the labor markets, facilitating the flow of migrations and making possible the outsourcing and offshoring of the production of large companies. It is clear that not all will suffer in a uniform way the consequences of the recession, resulting in an escalation of inequalities, and many young people begin to assume that they will live worse than their parents. The globalized world, it seems, will not be a place of opportunity for all.
In 2016, we witness the rise of populist movements that took off in the heat of discontent and that have posed the greatest challenge to the liberal order since the fall of the iron curtain. Also now the great transformations induced by the crisis, globalization and technology have caused many to yearn for a world that no longer exists. The emancipatory promise of liberalism has become for some people uprooted, and individuality has begun to feel like a heavy burden that the community can alleviate, in the same way that faith, the nation or the class represented, in moments of previous crises, collective identities that gave meaning and belonging.
The populist phenomenon has garnered great media attention since the leaders of the alternative right and left anti-establishment began to reap electoral successes. 2017 is presented as a year in which the populist parties will continue to collect good results, while their political adversaries still can not find the key to contain their rise. The alt-right has proven to be able to compete in voter niches that were once considered socialist fiefdoms, and the new anti-system left has shown a transversality that allows it to lead the electoral competition. Many traditional parties, especially the Social Democrats, have lost their way.

The left tells them that if things go badly it is their fault, because they have stayed anchored in the past of the white middle-aged man, and that they are a bunch of racists, sexists, homophobes and in the bottom fascists, and that if They do badly better for everyone. There is the key that popular neighborhoods vote for Le Pen, for Trump or the UKIP to work very well in the working and middle classes, and for Podemos to have representation among the children with fewer possibilities of the middle classes. Right-wing populism offers an outlet for that impotence from protectionism, the promise of reactivating employment and containing the threat of immigrants; On the left, instead of offering a solution, he insists that the important thing is rights and freedoms or, even worse, he despises them.
An error in postmodern populism is to understand politics as an area dominated essentially by emotions.
In a time like ours, which is experiencing great productive transformations, which is moving rapidly and which is subject to uncertainty, the left must be aware that only a convincing answer to the problem of material security can give it an important place in the political scene. And that answer today, as it happened with the old populism, has to do with facing a decadent system, which has been taken by an establishment that harms the majority of the people and that is perverting the ideological bases in which it is based. settled Right-wing populism has done it in a convincing way for populations of countries like the United States or France, and will continue to do so. We are in a moment of profound change, which generates enormous instability, and this will be reflected in a clear way in the political environment. There are very hectic times.
Ultimately, the future is to be written, but Trump’s only way of consolidating populism in his country would be to take advantage of the economic bonanza that will provide the foreseeable lower tax burden for businesses and citizens to embark, on the one hand, in a massive program of public investments in infrastructures and, on the other, in a kind of Bolivarian socialism that rapidly increases the incomes of the groups most affected by globalization in the United States. The first would be fiscally irresponsible and the second politically revolutionary. But nothing can be excluded before a character who has challenged so many conventions previously held as immutable.

1) The future does not exist, it preserves the best of the past. Putting in the mirror of your brain those social conquests that as a collective will not return while the establishment keeps on sending.
2) You have the right to recover what the elite has stolen from you. They are your enemy, do not forget it. We have to teach this establishment a lesson, because it has failed us, it has abandoned us. The political eye for an eye does not allow for more contemplations or goodwill rhetoric. We want someone to say what we think, to feel what we feel. And we do not care if it is disqualified (in fact, the more it is better) or that it is not a model to follow in terms of the scale of values. The populist plays with the truth of low expectations and erroneous perceptual sincerity.
3) The power of the citizen is greater than the power of the system. And there is no hero without an antihero. The hero represents justice against conformism. This speech tells you that traditional politicians are those who have taken away your work, your way of life, your moral referents, to become a mere consumer of a system designed for them to dictate what to do and what not to do.

Populism, in itself and for what we are commenting on, is not political stricto sensu, but it uses politics to laminar the virtues of representative democracy. For this, the way in which they first contact people and then connect with them is decisive. As a strategy, they apply what I call the boomerang discourse, that is, first study the context, asking those social segments that are losers of the crisis, forgotten by the system or disenchanted with the immobility and conformism of traditional politics. What do they want? , what has disappointed them, who are responsible for their situation, why are they angry, what do they need to feel fulfilled in society? Then, informative omertá previous withdrawal to the laboratory to conform the argument that will shape the string of messages that in the future, already in the middle of the campaign, will come to light, with the appropriate aesthetics and precise varnish. When the recipients of the message identify with those who launch it, few realize that they are their own messages sifted under the dichotomous umbrella.
Populism is not defeated by belittling those who have voted for these policies or the proposals of their spokespersons. Because it causes the opposite effect. It is not eliminated electorally with snobbish manifestations of enraged people who suddenly decide that what happened they do not like and that the game must be restarted. Because they manage to increase more support for these proposals. Faced with that police of thought, formed in the academic and media stands, the followers of Trump, Pablo Iglesias, Marine Le Pen and other populist leaders will continue to defend with more zeal the “sincere” postulates of those. Populism is defeated by accepting that it is already part of the political game, that the figure of the anti-system or anti-system outsider has been engrained in many sectors of the population and that indifference or contempt do nothing but encourage the desire of those who fight they want me to remain (and grow) in the collective unconscious. The future will be populist only if we do not accept that the present is already beginning to be.

The world today is a richer and more egalitarian place than in the nineties, the eighties or the seventies. But imagine that it was not that way and that, as right-wing populism denounces – sometimes with the applause of the anti-capitalist left -, globalization is lifting 4,000 people out of poverty at the cost of stagnating citizens’ living standards. Western Even so, it would be a huge ruse to coerce the First World with tariffs and trade barriers to impoverish Third World citizens, who are just beginning to raise their heads from a situation of quasi-subsistence to which, in part, the Western imperialism disrupted them. . Bernie Sanders or Alberto Garzón, on too many occasions left-wing populism chooses to embrace the nationalist and anti-globalist lies of right-wing populism simply because of an anti-capitalist ideological tune and because of their fanatical ambition to capitalize electorally on the crisis they themselves have artificially generated.
Populism, the left and the right, constitute a frontal threat not only to our freedoms, but also to our prosperity. The viscerally anti-globalization discourse of both populist currents seeks to eliminate the engine of the greatest process of poverty reduction ever lived in the history of humanity. The world has never been a better place than it is now and, to a large extent, it is thanks to globalization. This does not mean that we should fall into paralyzing self-complacency and stop wanting to prosper: we still face many challenges in the First World (overcome the aftermath of the economic crisis and expand the opportunities of those who have been hit hardest by it ) as in the Third World (consolidate their development so that, little by little, they are approaching standards of life similar to those of the First World). But, of course, we should not fall into the rhetorical fallacies of the left and right populisms, for whom globalization is engendering a planet in which only a handful of millionaires (1 percent) are getting rich at the expense of more and more impoverished masses (99 percent). That story is a grotesque and shameless lie.

What happened in Greece is typical of populism in its different aspects. The promise of magical solutions becomes the reality of the economic crisis. They promise to “raise taxes on the rich” and, in order to maintain the elephantian Greek predatory state, they are even raised to farmers. And these measures are not “demands of the troika” as the populists repeat. The troika suggested reducing public spending on unnecessary areas and reducing bureaucratic pressure and the Tsipras government rejected it. In fact, the expenditure and personnel item increased in areas that are so necessary for a “social emergency” like public television.
The tax burden in Greece is not only increasing, but has the most rigid labor market, and with it the biggest strike, in Europe. The government of Tsipras, before the rescue, has refused to take any measure of the proposals by the troika.
It is necessary to fight against the false premise of self-granted moral superiority, the infallibility of the “well-meaning”, knowing that they are not demented or ignorant nor do they make up an anecdote of history.
Let’s repeat: it’s the economy, stupid! Populism ignores and rejects the basic principles of economic logic to convince citizens that two plus two add twenty-two. And when they reach power they make everything worse. It depends on the full and reflective citizenship to allow this dislate or not.
To conclude, I would like to express my radical rejection of the attempt by some media to equate the occasional populist tendencies of any current or past British or British administration with the liberticidal, dictatorial and oppressive movement posed by European and Latin American fascist and communist populisms. . In the United Kingdom and the United States there is a civil society and institutions that guarantee freedom, democracy and respect for property, law and civil rights, whoever the ruler and his personal opinions. For decades, both countries have been and are a global example of freedom and prosperity, and will continue to be so. To compare in any way to those countries with the interventionist totalitarians and liberticides does not help to combat populism, it whitens it, under the premise that everything is the same. And it is not. Roosevelt or Churchill, with all their successes and mistakes, would be somewhat populist or protectionist, but they were not the same as Stalin or Hitler.

There are two hypotheses for the populist rise, in the first they maintain that the populist revolt feeds on middle and lower class voters who see their income stagnating and who are convinced that their children will live worse than them. As Branko Milanović has shown, these are the losers of globalization. Most of them are low-skilled workers from Western countries, who are not being able to adapt to the new global economic and technological reality and who, by losing their jobs due to the relocation and competition of products from low-wage countries and see how the Welfare State does not help them enough, they choose to give their support to those who promise to protect them by closing the borders.
The second hypothesis, also plausible, is that voters are not going to the right for economic reasons, but for identity and cultural elements. Thus, the latent racism and xenophobia that have always existed in the West (but whose expressions were politically incorrect since the end of the Second World War), would be coming out of the closet due to the social and cultural impact of the increase in immigration of recent decades . Voters would thus support parties with strong leaders (whose postulates border on authoritarianism, as we see in the case of Orbán in Hungary) that offer recipes to protect “national identity” and stop the process of change and dissolution of values ​​and culture. traditional that openness and multiculturalism have brought. The fear of terrorist attacks by extremist Islamic groups facilitates this speech because it allows to concentrate the hatred of foreigners on the immigrant of Muslim origin (which is mixed with the debate on refugees in Europe), placing security at the center of the political debate , something that has not happened in Europe for a long time.

Many millennials (born between 1980 and 2000), for example, rarely go to the branch of the bank and manage the portfolio of their savings through the logarithm of a roboadvisor (that is, through the computer screen) . All this is creating an important technological gap between the most qualified professionals, who see their incomes rise and therefore are comfortable in an increasingly competitive, cosmopolitan and globalized world, and those that are not. This division partly explains why the rural milieu has voted in favor of Trump and Brexit while the big cities have opted for Hillary Clinton and the United Kingdom’s membership in the European Union.
Another cause that may explain the rejection of the liberal order is the growing distrust that broad groups of the population have in democratic institutions. This is due to several factors. On the one hand, in many Western countries a kind of partitocracy has developed, mainly from the center-left and center-right parties, which have dominated political life excessively. For many voters, this liberal center takes turns in power, but its policies are very similar and, since the fall of the Berlin Wall, they have succumbed to the theses of neoliberalism. In addition, there is a growing feeling that this partitocracy is at the mercy of a plutocracy, formed by large economic interests, which benefits disproportionately from the functioning of the system. This causes a lack of connection and trust between the elites and the rest of the population. The principle of authority itself is in question. Many citizens think that the political class does not represent them, that they have no voice (or speakers to express their ideas as they do through social networks) and also think that experts are part of that elite that benefits from the current system, so they do not offer solutions that favor the majority of citizens.
The victory of Donald Trump in the United States elections, the British Brexit and the rise of parties like the French National Front or Alternative for Germany have surprised the establishment and have questioned decades of political alternation between moderate forces in Western countries. The causes of this phenomenon are multiple. They range from the anger of the losers of globalization, the fear of many to the loss of national identity in increasingly diverse and cosmopolitan societies, the anxiety in relation to technological change and its impact on employment, the frustration with wasteful resources to maintain the Welfare State and indignation at the lack of representativeness of many aspects of the democratic system in an increasingly globalized world that has rendered obsolete the concept of national sovereignty.
Nor is it likely that neither the brexit nor the eventual rise to power of anti-establishment leaders could generate an implosion of the European Union. Moreover, from a more optimistic interpretation, the brexit itself and Trump’s victory can be stimulating to integrate more the euro zone and to better coordinate the common foreign and security policy.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .