El Reino Ignorado. Una Sorprendente Visión Del Mundo De Las Plantas — David G. Jara / The Ignored Kingdom. A Surprising World View Of Plants by David G. Jara (spanish book edition)

Muy buen libro que encuentro didáctico, la palabra «vegetal» como sinónimo de «inerte» o «pasivo» constituye un error muy generalizado en nuestra sociedad, pero no es sino el reflejo en el lenguaje de la creciente desvinculación del ser humano con la naturaleza. Cabe señalar que el alejamiento entre uno y otra no ha sido físico (nunca hemos dependido de las plantas tanto como ahora), sino emocional: no vemos a las plantas como los increíbles organismos que en realidad son, sino como un inagotable manantial que nos suministra la materia prima con la que saciar nuestras necesidades. El absoluto desconocimiento sobre ellas —o, mejor dicho, la profunda falta de interés que muchos individuos de nuestra especie muestran hacia el extraordinario reino de las plantas— nos ha arrastrado a situar a tan complejos organismos al mismo nivel que los minerales, las rocas o los metales: en el estante de lo útil pero inerte.
Otra forma de mirar a la plantas —radicalmente opuesta a la primera, aunque igualmente equivocada— es la que atribuye a los vegetales características y cualidades que solo se encuentran en el ser humano.

Una de esas plantas ornamentales que aúna una hermosa y atrayente fisonomía con la letalidad más refinada es la adelfa (Nerium oleander), la misma planta de porte arbustivo y grandes flores blancas o rosas que acostumbramos a observar separando ambos sentidos de las innumerables autopistas que cicatrizan la superficie de nuestro país. La adelfa es una planta nativa de las regiones mediterráneas poseedora de unas hojas similares, aunque más alargadas, a las del laurel; capaz de soportar estoicamente largos períodos de sequía, bruscas variaciones de temperatura y el insolente humo con el que diariamente la riegan los tubos de escape. Pero bajo tan extraordinaria belleza y pertinaz resistencia se esconde una planta dueña de una enorme variedad de sustancias químicas capaces de ocasionarnos un severo disgusto. En todas las estructuras del vegetal —pero especialmente en la raíz y en sus semillas— se acumulan una serie de compuestos que los químicos etiquetan bajo el nombre de «glucósidos cardíacos» y que, haciendo honor a su denominación, pueden dañar irreversiblemente el corazón de aquel que ose ir más allá de la simple contemplación de esta bonita planta.
Bajo el frágil aspecto herbáceo de la cicuta —similar al de otros pacíficos, por domesticados, miembros de su familia, como el apio o el perejil— se esconde un vegetal poseedor de un tóxico mortal denominado «cicutina». Los investigadores han comprobado que un solo gramo de cicutina bastaría para terminar con la vida de 150 ratones de laboratorio. El veneno de la cicuta provoca la pérdida de la tonicidad del músculo, dejándolo tan flácido como el abdomen de un hooligan desparramado al sol en la playa; y, teniendo en cuenta que la acción muscular se muestra imprescindible para la respiración, una parálisis prolongada de los músculos respiratorios conduce irremediablemente a la muerte por asfixia del individuo. No obstante, aunque a tenor de lo expresado en anteriores líneas así pudiera parecerlo, la cicutina no ataca directamente nuestros músculos, pues se trata de una neurotoxina y, por tanto, su objetivo no es el aparato locomotor, sino el sistema nervioso.

Hay un aspecto referente a la toxicidad que poseen los vegetales que no deja de resultar ciertamente sorprendente, y es que, a pesar de la enorme variedad de tóxicos de los que dispone el reino vegetal y de la ingente cantidad de plantas venenosas que nos rodean, los envenenamientos accidentales en humanos (si excluimos de la estadística a los niños pequeños) son muy infrecuentes. Una posible explicación a esta circunstancia podríamos encontrarla en la función defensiva que las sustancias tóxicas desempeñan en los vegetales. Las plantas poseen venenos que, a diferencia de los empleados por serpientes, arañas o escorpiones para capturar a sus presas, no tienen por objetivo terminar con la vida de otro organismo, sino proteger la integridad del propio vegetal. A una planta venenosa de nada le sirve la muerte del animal que la ha devorado; la naturaleza no entiende de venganzas, sino de supervivencia, y si la planta quiere sobrevivir, por muy tóxica y letal que sea, debe avisar a su depredador del peligro que corre si decide comérsela.
En realidad, las plantas (especialmente las angiospermas) acostumbran a utilizar los colores como una estrategia que no tiene por objetivo ahuyentar a otros organismos, sino atraerlos. Los hermosos colores de las flores de un almendro, de un cerezo o de un rosal se combinan con las fragancias que estas exhalan para atraer a los insectos polinizadores; sin embargo, algunos investigadores empiezan a considerar que cuando estos colores aparecen tiñendo las espinas de una planta, el propósito puede ser totalmente diferente al buscado por sus coloridas flores. Precisamente esta circunstancia se produce en el majuelo (Crataegus monogyna), cuyas espinas presentan un color rojizo que las hace destacar sobre el resto de elementos de la planta y que podríamos considerar como una señal aposemática. También en la palmera datilera (Phoenix dactylifera) encontramos espinas que combinan, con el verde de la planta, los típicos colores aposemáticos amarillo y negro que, reconocidos por los herbívoros de mediano y gran tamaño, protegen al vegetal de su depredación por parte de estos animales.

El engaño y la mentira conforman una rentable y eficaz estrategia defensiva en plantas y también en animales; sin embargo, las sociedades humanas, basadas en la cooperación entre sus individuos, no pueden sustentarse en base a la mentira, el fraude y la picardía. Tan solo desde la honradez y la sinceridad —que debemos inculcar en las generaciones futuras— podremos construir una sociedad más justa, equitativa y solidaria; en definitiva… una sociedad mejor.
Los humanos tenemos cuatro tipos de receptores para la luz en nuestra retina: los conos rojo, verde y azul, que nos permiten discriminar los colores; y los bastones, a través de los cuales percibimos las formas en la oscuridad. Las plantas, en cambio, poseen en cualquiera de sus células trece fotorreceptores que les permiten ver desde algunos rangos del espectro ultravioleta, pasando por el visible y hasta el infrarrojo cercano.

Las plantas son expertas en adaptarse a las condiciones ambientales más extremas, y esta capacidad les ha permitido colonizar todos los ecosistemas del planeta. Los vegetales han ajustado su fisonomía y su metabolismo tanto a la escasez de agua como a los niveles más exagerados de humedad, tanto a la ausencia de luz como a su exceso, tanto a las bajas como a las altas temperaturas… La forma y tamaño de las hojas, las diferentes estrategias fotosintéticas, el calor que desprenden y que algunas, incluso, pueden regular, y, por supuesto, los colores del otoño constituyen solo una pequeña muestra de la enorme plasticidad adaptativa que la selección natural confiere a estos increíbles organismos.
Los pueblos esquimales han sabido adaptarse y sobrevivir. Del mismo modo, las plantas han desarrollado increíbles adaptaciones e inverosímiles comportamientos, asociándose con bacterias, hongos e insectos, para conseguir superar con notable éxito las restricciones que impone un suelo escaso en nutrientes. Así, si en las sociedades humanas los inuit representan el paradigma de adaptación a las más duras y limitantes condiciones ambientales, dentro del reino vegetal.

Los colores que pigmentan los pétalos y las fragancias que la flor esparce por el aire conforman las estrategias de marketing más llamativas de entre las implementadas por las angiospermas, ya que no solo llaman poderosamente la atención a unos espectadores inertes como somos nosotros, sino, sobre todo, a los polinizadores (a los que realmente van dirigidas estas señales). Sin embargo, existe otro elemento floral que probablemente a los humanos nos pase más inadvertido —aunque no así a los polinizadores—, y es que los vegetales también han ido modelando la apariencia física de sus flores con el objetivo de asegurarse la polinización.
Los polinizadores no eligen una flor basándose exclusivamente en su olor o en su color: también tienen muy en cuenta la morfología y el grado de adecuación que esta presenta a las estructuras anatómicas y al comportamiento del propio polinizador. Así, los escarabajos se decantan por las flores con pétalos muy abiertos, pues exponen atrevidamente las estructuras reproductoras que suelen masticar estos insectos. Los dípteros poseen una probóscide reducida, lo que motiva que solo polinicen flores cuyo néctar se localiza en receptáculos muy cortos y expuestos. Las mariposas pueden libar con sus largas trompas en busca del néctar en receptáculos más profundos, pero acostumbran a hacerlo reposando sobre la flor, por lo que una plataforma floral donde apoyarse constituye un requerimiento indispensable.
La estrategia de polinización que utilizan las orquídeas del género Ophrys no podría ser más curiosa: consiste en atraer hasta su flor a los machos de algunas especies de abejas, avispas e incluso escarabajos para que intenten copular con una parte de la propia flor (a la que han dado forma imitando el abdomen de una hembra). Cuando un macho de abeja localiza una orquídea del género Ophrys con este tipo de labelo, no duda en intentar montarse sobre la estructura de la flor, realizando una seudocópula que solo puedo imaginar frustrante e infructuosa para el insecto. Con frecuencia, el insecto engañado por la planta lleva adherido en su cuerpo las polinias de otras orquídeas a las que ha visitado con anterioridad, y durante lo que para él es una simple refriega sexual con la que busca fertilizar a una hembra, lo que realmente está haciendo es polinizar a la planta que lo ha engañado.
Como todos los seres vivos, las plantas invierten gran parte de sus recursos materiales y energéticos en garantizarse la descendencia. Recursos que la mayoría de las veces emplean —para sorpresa de los absorbentes padres y madres de mi generación— en desarrollar estrategias con las que alejar lo máximo posible a su futura prole. Eso no quiere decir que se despreocupen por su descendencia, sino todo lo contrario, y es que ya sabemos que las pequeñas plantas necesitan crecer lejos de sus progenitores. Así pues, podríamos asegurar, tomando prestada una emoción esencialmente humana, que las plantas quieren a sus retoños… pero de lejos.

Las zonas tropicales del continente asiático constituyen un verdadero vergel para los vegetales parásitos: allí se desarrollan, a lo grande, las plantas del género Rafflesia y Rhizanthes, pero también en ese lugar crecen las pequeñas y extrañas plantas del género Epirixanthes. Este género vegetal posee tan solo seis especies, y todas ellas son consideradas micoheterotróficas (¿a qué no lo decís todo de un tirón?). Esto significa que estas plantas, al igual que la Cuscuta o la Rafflesia, no van a realizar la fotosíntesis; aunque las Epirixanthes, a diferencia de todos los parásitos anteriores, no van a obtener su alimento directamente de una planta, sino que se lo van a quitar a un hongo.

El mundo de las plantas aglutina toda la complejidad, la belleza y el misterio que caracterizan a la propia vida. Las plantas son seres sensibles que se comunican, capaces de percibir e interpretar multitud de estímulos y de elaborar recuerdos; organismos que establecen vínculos de colaboración con sus amigos y se defienden sin piedad de sus enemigos, que no dudan en engañar y aprovecharse de los otros para sobrevivir; y dotadas de una plasticidad y capacidad de adaptación sin igual, que les ha permitido colonizar todos, absolutamente todos los ecosistemas del planeta. Pero, a pesar de la enorme y sorprendente complejidad que estos organismos presentan, constituye un error tratar de encontrar entre los vegetales las características que definen a nuestra especie; debemos renunciar a la antropocentrista estrategia de otorgar valor únicamente a aquellos seres que más se nos parecen.

A very good and didactic book, the word “vegetal” as synonymous with “inert” or “passive” is a very generalized error in our society, but it is only the re fl ection in the language of the growing dissociation of the human being from nature. It should be noted that the distance between one and another has not been physical (we have never depended on plants as much as now), but emotional: we do not see plants as the incredible organisms they really are, but as an inexhaustible source that supplies us the raw material with which to satisfy our needs. The absolute lack of knowledge about them – or, rather, the profound lack of interest that many individuals of our species show towards the extraordinary kingdom of plants – has led us to place such complex organisms at the same level as minerals, rocks or the metals: in the shelf of the useful but inert.
Another way of looking at the plants -radically opposed to the first, although equally wrong- is that which attributes to the vegetables characteristics and qualities that are only found in the human being.

One of those ornamental plants that combines a beautiful and attractive fi somy with the most relevant lethality is the oleander (Nerium oleander), the same shrubby plant and large white or pink fl owers that we usually observe separating both senses from the innumerable freeways that heal the surface of our country. The oleander is a plant native to the Mediterranean regions with similar leaves, although more elongated, to those of the laurel; able to endure stoically long periods of drought, abrupt temperature variations and the insolent smoke with which the exhaust pipes irrigate daily. But under such extraordinary beauty and stubborn resistance lies a plant that owns a huge variety of chemical substances capable of causing us severe disgust. In all the structures of the vegetable – but especially in the root and in its seeds – a series of compounds accumulate that the chemists label under the name of “cardiac glycosides” and that, honoring their denomination, can irreversibly damage the heart of the one that dares to go beyond the simple contemplation of this beautiful plant.
Under the fragile herbaceous aspect of the hemlock – similar to that of other pacifics, by domesticated, members of his family, such as celery or parsley – there is hidden a vegetable possessing a deadly toxin called “cicutina”. Researchers have found that a single gram of cicutin would be enough to end the life of 150 laboratory mice. The poison of the hemlock causes the loss of the tonicity of the muscle, leaving it as fl as the abdomen of a hooligan scattered in the sun on the beach; and, taking into account that muscle action is essential for breathing, a prolonged paralysis of the respiratory muscles inevitably leads to death by asphyxia of the individual. However, although it may seem so in previous lines, the cicutin does not directly attack our muscles, since it is a neurotoxin and, therefore, its objective is not the locomotor system, but the nervous system.

There is an aspect referring to the toxicity of vegetables that is certainly surprising, and that is despite the enormous variety of toxins available to the plant kingdom and the huge amount of poisonous plants that surround us, accidental poisonings in humans (if we exclude small children from statistics) are very rare. A possible explanation to this circumstance could be found in the defensive function that toxic substances play in vegetables. Plants have poisons that, unlike those used by snakes, spiders or scorpions to capture their prey, are not intended to end the life of another organism, but to protect the integrity of the plant itself. A poisonous plant is useless for the death of the animal that has devoured it; nature does not understand revenge, but survival, and if the plant wants to survive, no matter how toxic and lethal, it must warn its predator of the danger it takes if it decides to eat it.
In fact, plants (especially angiosperms) usually use colors as a strategy that does not aim to scare away other organisms, but to attract them. The beautiful colors of the flowers of an almond tree, a cherry tree or a rose are combined with the fragrances they exhale to attract pollinating insects; however, some researchers begin to consider that when these colors appear by dyeing the thorns of a plant, the purpose may be totally different from that sought by their colorful fl owers. Precisely this circumstance occurs in the hawthorn (Crataegus monogyna), whose thorns have a reddish color that makes them stand out from the rest of the elements of the plant and that we could consider as an aposematic signal. Also in the date palm (Phoenix dactylifera) we find thorns that combine, with the green of the plant, the typical yellow and black aposematic colors that, recognized by the herbivores of medium and large size, protect the vegetable from its predation by these animals.

Deception and lies make up a profitable and effective defensive strategy in plants and also in animals; However, human societies, based on cooperation among their individuals, can not be sustained on the basis of lies, fraud and mischief. Only from honesty and sincerity -which we must inculcate in future generations- can we build a more just, equitable and solidary society; in short … a better society.
Humans have four types of receptors for light in our retina: the red, green and blue cones, which allow us to discriminate colors; and the canes, through which we perceive the forms in the darkness. Plants, however, have thirteen photoreceptors in any of their cells that allow them to see from some ranges of the ultraviolet spectrum, passing through the visible and even the near infrared.

The plants are experts in adapting to the most extreme environmental conditions, and this ability has allowed them to colonize all the ecosystems of the planet. Vegetables have adjusted their physiognomy and their metabolism both to water scarcity and to the most exaggerated levels of humidity, both in the absence of light and its excess, both at low and high temperatures … The shape and size of the leaves, the different photosynthetic strategies, the heat that they give off and that some even regulate, and, of course, the colors of autumn are only a small sample of the enormous adaptive plasticity that natural selection confers on these incredible organisms.
The Eskimo peoples have known how to adapt and survive. In the same way, the plants have developed incredible adaptations and implausible behaviors, associating with bacteria, fungi and insects, in order to overcome with notable success the restrictions imposed by a soil lacking in nutrients. Thus, if in Inuit societies they represent the paradigm of adaptation to the harshest and most limiting environmental conditions, within the plant kingdom.

The colors that pigment the petals and the fragrances that the fl ower spreads through the air make up the most striking marketing strategies among those implemented by the angiosperms, since they not only powerfully call the attention of inert spectators like we are, but, on all, to the pollinators (to whom these signals are really directed). However, there is another fl oral element that is probably more unnoticed by humans -but not by pollinators-, as vegetables have also been modeling the physical appearance of their fl owers in order to ensure pollination.
Pollinators do not choose a flower based exclusively on its smell or its color: they also take into account the morphology and the degree of adaptation it presents to the anatomical structures and the behavior of the pollinator itself. Thus, beetles opt for fl owers with very open petals, as they boldly expose the reproductive structures that these insects usually chew. Diptera have a reduced proboscis, which motivates them to only pollinate fl owers whose nectar is located in very short and exposed receptacles. Butterflies can suck with their long horns in search of nectar in deeper receptacles, but they usually do so by resting on the flower, so that a fl oating platform to lean on is an indispensable requirement.
The pollination strategy used by orchids of the genus Ophrys could not be more curious: it consists of attracting up to the fl ower the males of some species of bees, wasps and even beetles to try to copulate with a part of the fl ow itself (to the that have shaped imitating the abdomen of a female). When a male bee locates an orchid of the genus Ophrys with this type of lip, he does not hesitate to try to mount on the structure of the fl ower, making a pseudo-copula that I can only imagine frustrating and unsuccessful for the insect. Frequently, the insect deceived by the plant has attached to its body the pollinia of other orchids that it has visited previously, and during what for him is a simple sexual fight with which he seeks to fertilize a female, which really is doing is pollinate the plant that has deceived him.
Like all living beings, plants invest a large part of their material and energy resources in guaranteeing offspring. Resources that most of the time employ – to the surprise of the absorbing fathers and mothers of my generation – to develop strategies with which to get as much away as possible from their future offspring. That does not mean that they do not care about their offspring, but quite the opposite, and that is because we already know that small plants need to grow far from their parents. So, we could assure, by borrowing an essentially human emotion, that the plants love their offspring … but from afar.

The tropical zones of the Asian continent constitute a true orchard for the parasitic plants: the plants of the genus Raf fl esia and Rhizanthes develop there, in a big way, but also in that place grow the small and strange plants of the genus Epirixanthes. This plant genus has only six species, and all of them are considered mycoheterotrophic (why do not you say it all at once?). This means that these plants, like the Cuscuta or the Raf fl esia, are not going to carry out photosynthesis; although the Epirixanthes, unlike all the previous parasites, are not going to obtain their food directly from a plant, but they are going to remove it from a fungus.

The world of plants brings together all the complexity, beauty and mystery that characterize life itself. Plants are sentient beings that communicate, capable of perceiving and interpreting a multitude of stimuli and of making memories; organisms that establish collaborative links with their friends and de fi ne mercilessly their enemies, who do not hesitate to deceive and take advantage of others to survive; and endowed with a plasticity and capacity of adaptation without equal, that has allowed them to colonize all, absolutely all the ecosystems of the planet. But, despite the enormous and surprising complexity that these organisms present, it is an error to try to find among the vegetables the characteristics that de fi ne our species; we must renounce the anthropocentric strategy of giving value only to those beings that most resemble us.

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