La Influencia Silenciosa. Cómo El Clima Ha Condicionado La Historia — Roberto Brasero / The Silent Influence. How Climate Has Conditioned History by Roberto Brasero (spanish book edition)

Didáctico y curioso. Profundiza lo suficiente, con un lenguaje claro y ameno, al alcance de cualquier aficionado o curioso del tema.
Muy interesante ligar el clima a la Historia de la Humanidad (un nexo de unión algo olvidado en ocasiones). Con gran sencillez, el autor nos aclara arduos asuntos sobre el clima y su devenir en la historia de la Tierra. Y no solo en su pasado remoto, sino en la historia inmediata….Y en el futuro.
Un libro que enseña, con gran facilidad, accesible para cualquier persona con inquietudes.

Para que cualquier máquina se ponga en funcionamiento necesita una fuente de energía y, en el caso de la dinámica atmosférica, ese motor es la radiación del Sol.
El clima de la Tierra es una respuesta a la búsqueda de equilibrio entre la energía que recibe el planeta y la que emite de vuelta hacia el espacio. Si toda la energía que nos llega del Sol se marchase, la vida tal como la conocemos no sería posible, aparte de que los hombres del tiempo nos aburriríamos muchísimo: poco tendríamos que informar de un tiempo en el que apenas habría cambios. El mecanismo que impide que escape una porción de esa energía, logrando así que la temperatura media en nuestro planeta sea más elevada, se llama efecto invernadero. Y las piezas que lo forman son los gases así denominados, los GEI, principalmente el vapor de agua, el CO2 y el metano.
¿Cómo funciona este mecanismo? Por una mezcla de física y química. La energía que llega del Sol lo hace en forma de luz, cuya longitud de onda es corta. De esta manera puede atravesar la atmósfera y llegar hasta la superficie terrestre, ya que los GEI son permeables a la radiación de onda corta. Sin embargo, cuando la energía vuelve rebotada hacia el espacio lo hace en forma de calor o radiación infrarroja, que tiene una longitud de onda más larga, y esa sí puede ser atrapada por algunos de los gases presentes en la atmósfera, los mencionados gases de efecto invernadero.
Además los océanos: una gran cinta trasportadora de energía formada por las corrientes oceánicas que recorren nuestro planeta. Los intercambios entre distintas masas de agua se producen por variaciones en su temperatura o en su densidad, lo que depende fundamentalmente de la salinidad de las mismas, y por eso este mecanismo climático se conoce como circulación termohalina. Finalmente, los trasvases de energía entre el océano y la atmósfera acaban determinando el clima de las distintas regiones de la Tierra, así que cualquier modificación en esta relación podrá derivar a su vez en cambios climáticos de diversa magnitud.

Los primeros registros fiables de las condiciones atmosféricas mediante instrumentos proceden del siglo XVIII. En España, las primeras series de observaciones se iniciaron en Madrid en 1737, y hacia mitad de siglo comenzaron en Barcelona y Cádiz. Recogían datos básicos, sobre todo de presión y temperatura, y sufrieron numerosas interrupciones. A mitad del XIX comienzan a ser más constantes, ya extendidas a muchos más puntos repartidos por España. A partir de 1865 existen estaciones meteorológicas completas —que recopilan datos de presión, temperatura, viento, humedad y precipitaciones— en casi todas las capitales de provincia. Algo similar ocurre en el resto del mundo.

La Tierra ha tenido en muchas ocasiones una temperatura media mucho más alta que la actual. Alguna vez muy superior incluso a los escenarios futuros más extremos que dibujan las previsiones del IPCC (siglas inglesas del Panel Intergubernamental del Cambio Climático). Pero en aquellas ocasiones no había humanos sobre el planeta. En una de ellas, por ejemplo, vivían los dinosaurios.
En aquel planeta, que ahora es el nuestro, la temperatura media global rondaba los 22 ºC, la atmósfera tenía una concentración de CO2 hasta ocho veces superior a la actual y proliferaban los pantanos, los humedales y las plantas de hojas gigantes. Los dinosaurios reinaban felices en un mundo de calor y humedad donde no escaseaba la comida.
Para conocer en profundidad el clima en el que desarrollaron su existencia los «lagartos terribles» —eso es lo que significa en griego «deinós saûros», etimología de dinosaurio— tenemos que trasladarnos a la era Mesozoica.
Los últimos 800.000 años las glaciaciones y los periodos interglaciares se han ido alternando, pero, esto es lo más curioso, lo han hecho de manera casi cíclica. Hay una glaciación cada 100.000 años, superponiéndose a otras que parecen repetirse en ciclos de 41.000 y 21.000 años. Entre una y otra tenemos el periodo interglaciar, en el que las temperaturas van recuperándose respecto al periodo anterior y en la Tierra va disminuyendo la cantidad de hielo sin llegar a desaparecer del todo.
El último de esos periodos interglaciares, en el que actualmente nos encontramos, se inició hace 11.700 años. Antes de esa fecha ya había humanos sobre la Tierra: de hecho la expansión del Homo sapiens estaba en pleno apogeo, y tuvo que hacer frente a las rigurosas condiciones del clima glacial. De ahí las pieles y las cuevas. Enseguida conoceremos cómo era el mundo en el que vivían nuestros antepasados y la influencia decisiva que tuvo el clima en aquellas primeras vidas, pero antes sepamos por qué se producían esas glaciaciones, otro de los mecanismos fundamentales de esta máquina climática que vamos conociendo mientras recorremos la historia de nuestro planeta.
Hace 115.000 años comenzó la última glaciación. El Sol calentaba menos: la excentricidad de la órbita, mayor que la actual, y la inclinación del eje, en este caso menor, se aliaban para que llegara menos insolación, sobre todo en los meses de verano. Las nieves que habían caído durante el invierno en el norte de América, lo que hoy sería Canadá, comenzaban a resistir y permanecían también durante las estaciones cálidas, sin desaparecer del todo.

Hace 11.700 años entramos en el Holoceno, periodo en el que aún nos encontramos en la actualidad. El paso de la glaciación a este periodo cálido fue realmente rápido, en comparación con lo que nos tenían acostumbrados los anteriores cambios climáticos. En tan solo unos siglos, la temperatura media del planeta subió unos 5 ºC o 6 ºC, cuando antes un cambio de esas características se producía a lo largo de varios milenos. La subida en Groenlandia, siempre más sensible a los cambios, fue mayor, de hasta 10 ºC: su temperatura alcanzó entonces una media solo 5 ºC menor que en la actualidad. ¿Dónde está la causa de este gran calentamiento o súbito calentón que nos metió de lleno en el Holoceno? De nuevo debemos buscar la respuesta en la conjunción de varios motivos, pero, sobre todo, en una nueva variación de la radiación solar que nuestro planeta recibe en verano en el hemisferio norte.
Al aumentar el calor retenido subía la temperatura, pero con mayor insolación veraniega también eran más frecuentes y profundas las borrascas en verano, conocidas en meteorología con el nombre de «baja térmica». En España tenemos habitualmente alguna baja térmica en los meses de julio y agosto, sobre todo en zonas de La Mancha o Andalucía, cuando tras varios días de cielos despejados y encadenando máximas de 38 ºC o 40 ºC se trasfiere el calor al suelo por conducción y se genera una zona de bajas presiones. En este caso apenas suele llover porque no hay humedad, y tan solo se levanta viento o tenemos tormentas secas. Pero si esas bajas térmicas tienen cerca una masa de agua donde «succionar» su vapor, ya sí tendríamos el aire lo suficientemente saturado como para producir precipitaciones. Y eso es lo que pudo ocurrir en aquella Tierra de hace 8000 años, cuando nuestro planeta se calentó muy deprisa y, además de subir la temperatura, también aumentaron las lluvias.

La influencia silenciosa del clima, con un periodo de dos siglos de buenas condiciones para el auge de cereales y pastos, estaba detrás del que fue el primer gremio ganadero y una de las agrupaciones corporativas más poderosas de Europa. Y así continuaría siéndolo hasta comienzos del siglo XIX, cuando una progresiva decadencia conduce a la desaparición definitiva de la Mesta en 1836.
Pero de ella nos han quedado aquellos itinerarios concretos que, bajo la protección del rey, permitían el paso del ganado dos veces al año, atravesando España. Ocho grandes autopistas para la numerosa cabaña ovina, que cuando llegaba el calor protagonizaba una auténtica operación salida no muy distinta a la imagen que ofrecen hoy los coches camino de las playas en el inicio del verano. Solo que entonces eran ovejas camino de los pastos frescos o agostaderos donde pasar los meses estivales. En su recorrido, los rebaños debían sortear los numerosos ríos que riegan nuestra península, entonces más anchos y crecidos gracias a las abundantes lluvias. Para ellos, y para otros transeúntes mucho más piadosos, se levantarían muchos de los maravillosos puentes románicos que aún hoy podemos contemplar por todo el país. Otra influencia silenciosa del clima de aquel tiempo que ha llegado hasta nuestros días.

En el XIV —antes en el norte de Europa— esas condiciones ya comienzan a cambiar, y en los archivos históricos empiezan a predominar las crónicas relacionadas con inviernos fríos y años extremadamente lluviosos. Sobre todo lo fue el de 1315, conocido como el del «gran diluvio». El norte de Europa fue barrido por una sucesión de borrascas que empezaron con el año y no pararon hasta después del verano. Los campos no tenían tiempo para asimilar el agua y enseguida brotaban charcos por todos lados, convirtiendo las calles en ríos de barro y los campos recién arados en lagunas de lodazal. «Durante casi todo mayo, junio, julio y agosto no paró de llover», cuentan las crónicas de la época que recopiló Willian Johnson y recoge Brian Fagan en su libro La Pequeña Edad de Hielo. En muchos casos los bueyes ni podían entrar a arar, aunque tampoco había mucho que sembrar… Y luego, en consecuencia, casi nada que recoger. La cosecha de 1315 fue un total desastre. Y luego llegó la temporada siguiente, y fue peor: «El año 1316 fue el peor de toda la Edad Media en lo que a cultivo de cereales se refiere. En muchos sitios las plantas no medraron y las de aquellos lugares donde se pudo cosechar el trigo eran raquíticas y la producción lamentable», escribe Fagan. También la producción de vino se resintió, atacadas las viñas por el mildiu, una plaga que se propaga con facilidad en condiciones de gran humedad.

Los pozos de nieve son un excelente ejemplo de cómo se hicieron de frecuentes los inviernos de fuertes nevadas en prácticamente toda España, incluidas las islas Baleares y el resto de la región mediterránea. Son además ejemplo del ingenio del ser humano para aprovechar la situación climática que le toca vivir en su beneficio y crear en base a ella una industria nueva, un negocio floreciente en aquellos años, aunque ahora ya desaparecido. Y también de cómo el clima, a lo largo de los años y silenciosamente, influyó en las costumbres, los negocios y la vida de un largo periodo de nuestra historia reciente, aunque sea en algo tan pequeño como tomar un granizado en un café del Madrid del siglo XIX o encontrarte en alguna excursión por la montaña esas construcciones de piedra donde antaño se guardaba la nieve.
Estas fábricas de hielo naturales dejaron de tener sentido cuando llegó el hielo industrial, a principios del siglo XX, y cuando se popularizó el hielo artificial y doméstico en las neveras que invadieron los hogares españoles a partir de los años 50 y 60 del pasado siglo. Pero también dejaron de ser rentables cuando llegó un nuevo tiempo en el que empezaría a ser más difícil obtener una materia prima que durante el siglo XVI, XVII y XVIII la naturaleza ofrecía generosa y gratuitamente. El clima se fue calentando, y el comercio de la nieve comenzó a menguar.

Quizá lo que más nos llame la atención en el día a día son estos fenómenos meteorológicos extremos: olas de calor, lluvias torrenciales, huracanes, etc. Cuando se produce alguno, siempre cae la pregunta de algún amigo o incluso algún compañero periodista: «Y estas inundaciones, ¿son culpa del cambio climático?». La rapidez con la que el oficio periodístico demanda respuestas a veces no es compatible con el análisis necesario para que puedan tener una base científica coherente. El titular exige una contestación inmediata, para ese mismo día, y la evaluación científica suele tardar algunos meses más. Pasado este tiempo ya nadie se acuerda de aquellas inundaciones, o quizá sucedieron otras que desplazaron el interés de las anteriores, pero el informe climatológico siguió su curso y la respuesta, como hemos visto, existe.
Pero quizá los efectos más obvios del calentamiento, sean aquellos más generales y que implican no solo a un episodio meteorológico concreto sino también a los procesos que desencadena. Son lo que se denomina «impactos observados atribuidos al cambio climático», y el IPCC se encarga de recabar aquellos acontecimientos de los que se dispone de alguna evidencia que permita dicha atribución.
La consecuencia más conocida del calentamiento global es la desaparición del hielo, tanto continental como marino.
La segunda es el ascenso del nivel del mar. Durante el siglo XX sus aguas subieron entre 1,5 y 2 mm al año, y en lo que llevamos de siglo XXI el ritmo ha aumentado hasta los 3 mm anuales. Los datos antiguos recopilados con sondeos en puertos de todo el mundo se han visto reforzados desde hace veinticinco años por las mediciones de los satélites, que llevan a bordo instrumentos cada vez más sofisticados para el análisis de la masa oceánica desde el espacio.
La tercera consecuencia diagnosticada corresponde a la modificación de las precipitaciones a escala planetaria. Aquí es donde nos encontramos una mayor diferencia entre las distintas regiones del mundo, pero, paradójicamente, donde quizá se haga más patente el calificativo de global que siempre acompaña al sustantivo calentamiento. Con una mayor temperatura se da una mayor evaporación en los océanos y, siguiendo el ciclo hidrológico, las precipitaciones son mayores. Por ello los últimos años son más húmedos a escala global, pero con grandes diferencias regionales: Oriente Medio, el sur de Australia o gran parte de nuestro Mediterráneo son zonas donde se han reducido significativamente las precipitaciones.
La influencia silenciosa que el clima puede representar en la contaminación de las grandes ciudades tiene, no obstante, un recorrido de vuelta beneficioso: al reducir las emisiones de GEI en busca de combatir el calentamiento global, se contribuirá también, aunque sea de rebote, a disminuir la presencia en la atmósfera de gases contaminantes y partículas en suspensión. Si se cumplen las regulaciones necesarias para limitar a 2 ºC el calentamiento global a finales del siglo XXI podría también reducirse la presencia de ozono en el aire de las principales ciudades de Europa hasta un 16 % en verano y rebajar los niveles de NO2 entre un 33 % y un 51 %, según estudios recientes del Centro Nacional de Investigaciones Meteorológicas de Francia. También frenando la desertización habrá menos posibilidades de que se produzcan episodios de intensa calima, esos que oscurecen el cielo y complican la calidad del aire de las grandes ciudades hasta las que llega de vez en cuando el polvo del desierto.

Qué podemos hacer:
Por un lado, combatir el forzamiento radiativo para logar que provoquemos el menor calentamiento posible del clima. Por otro, preparar los ecosistemas y los sistemas humanos, tanto sociales como económicos, para reducir su vulnerabilidad antes de la llegada de las consecuencias negativas que conllevará ese calentamiento. Es decir, mitigación y adaptación.
Varias opciones para mitigar el forzamiento radiativo, ese extra de energía que, fruto de la actividad humana, estamos inyectando en el sistema climático y que conduce a su recalentamiento. Básicamente se trata de (1) reducir, (2) eliminar y (3) transformar las fuentes de las que llega esa energía excedente.
Disminuir la fuente del forzamiento puede parecer lo más fácil: se trataría tan solo de poner freno a las emisiones. Pero ya solo la experiencia de los últimos años nos demuestra lo complicado que es llegar al consenso para reducir la generación de gases de efecto invernadero.
Otra opción es la de eliminar la presencia de los GEI retirándolos de la atmósfera. Aquí entran los métodos encaminados al «secuestro» del dióxido de carbono. Por un lado, está la potenciación de sus sumideros naturales y, por otro, la creación de nuevos sumideros de manera artificial a través de la ingeniería climática.
Los océanos son, hoy en día, el mayor sumidero de carbono existente en el planeta de forma natural. En el ciclo del carbono, el CO2 que llega al mar es captado por millones de organismos marinos, como los foraminíferos y las algas calcáreas, que lo emplean para hacer sus pequeñas cáscaras. Cuando mueren y caen al fondo del mar, ese CO2 se transforma en rocas calcáreas sedimentarias en las que el carbono queda atrapado. Esos acantilados blancos de roca caliza que tan bellos pueden llegar a resultarnos son en realidad enormes depósitos de CO2 solidificado a nuestra vista. También los corales y el fitoplancton marino asimilan el carbono para realizar la fotosíntesis. Uno de los métodos en los que se ha pensado consiste en fertilizar el océano con hierro y nutrientes para incrementar la presencia de fitoplancton y aumentar el efecto sumidero del océano en este sentido.
Otro sumidero natural de carbono son las plantas y, por volumen efectivo, los grandes bosques. Los árboles capturan el CO2 para realizar la fotosíntesis, y como resultado el carbono se acumula en su madera.
Otra opción para mitigar el forzamiento radiativo estaría encaminada a paliar su exceso por otros caminos, como por ejemplo la modificación artificial del albedo. Sabemos que hay superficies que reflejan mejor la radiación del Sol que otras, y cuanto más radiación se refleja, menor es la cantidad que se queda en el sistema y, por lo tanto, menor el calentamiento. Por eso, uno de los mecanismos de los que siempre se habla sería producir nubes de manera artificial para que, con mayor cobertura nubosa, menos rayos de sol alcancen la superficie terrestre. Se ha llegado a hablar de la posibilidad de una gran flota de barcos que inyectaran en la troposfera grandes cantidades de pequeñas gotas de agua marina. Al evaporarse el agua de esas gotas quedarían flotando en el aire minúsculas partículas de sal que funcionarían como núcleos higroscópicos que pudiesen actuar como generadores de nubes, ya que estas no son más que múltiples gotitas de agua condensadas alrededor de pequeñas partículas flotantes en el aire. Por último, y con el mismo objetivo de reducir la cantidad de rayos solares que llegan a la tierra, algunos científicos e ingenieros han planteado colocar una multitud de pequeños discos reflectantes entre el Sol y la Tierra, a una distancia de un millón y medio de kilómetros de nuestro planeta.

El hombre deberá adaptarse, y está claro que lo haremos. No nos queda otra. Es lo que tenemos que hacer para poder habitar la Tierra. Desde que nació hace más de 4500 millones de años, ella nos ha demostrado en innumerables ocasiones su capacidad de adaptación ante los cambios. Ahora somos nosotros, los humanos, los que tenemos que aprender y desarrollar esa capacidad de adaptación, que comienza por ponernos de acuerdo entre nosotros y actuar en consecuencia.

Didactic and curious book. Deepen enough, with a clear and enjoyable language, available to any amateur or curious about the subject.
It is very interesting to link the climate to the History of Humanity (a link sometimes forgotten). With great simplicity, the author clarifies arduous matters about the climate and its evolution in the history of the Earth. And not only in its remote past, but in the immediate history …. And in the future.
A book that teaches, with great ease, accessible to anyone with concerns.

For any machine to be put into operation, it needs a source of energy and, in the case of atmospheric dynamics, that engine is the Sun’s radiation.
Earth’s climate is a response to the search for balance between the energy received by the planet and the energy it emits back into space. If all the energy that comes to us from the Sun were to leave, life as we know it would not be possible, apart from the fact that we men of the time would get very bored: we would have little to report of a time when there would hardly be changes. The mechanism that prevents a portion of that energy from escaping, thus making the average temperature on our planet higher, is called the greenhouse effect. And the pieces that form it are the so-called gases, the GHGs, mainly water vapor, CO2 and methane.
How does this mechanism work? For a mixture of physics and chemistry. The energy that comes from the Sun does so in the form of light, whose wavelength is short. In this way it can cross the atmosphere and reach the earth’s surface, since GHGs are permeable to short-wave radiation. However, when energy returns bounced back into space it does so in the form of heat or infrared radiation, which has a longer wavelength, and that can be trapped by some of the gases present in the atmosphere, the aforementioned gases greenhouse effect.
In addition, the oceans: a large conveyor belt of energy formed by the ocean currents that run through our planet. The exchanges between different bodies of water are produced by variations in their temperature or in their density, which depends fundamentally on the salinity of them, and for that reason this climatic mechanism is known as thermohaline circulation. Finally, the energy transfers between the ocean and the atmosphere end up determining the climate of the different regions of the Earth, so any change in this relationship may result in climate changes of varying magnitude.

The first reliable records of atmospheric conditions using instruments come from the eighteenth century. In Spain, the first series of observations began in Madrid in 1737, and by mid-century began in Barcelona and Cádiz. They collected basic data, especially pressure and temperature, and suffered numerous interruptions. In the middle of the XIX they begin to be more constant, already extended to many more points distributed by Spain. As of 1865, there are complete meteorological stations – which collect data on pressure, temperature, wind, humidity and rainfall – in almost all provincial capitals. Something similar happens in the rest of the world.

The Earth has had on many occasions a much higher average temperature than the current one. Once very superior even to the most extreme future scenarios drawn by the forecasts of the IPCC (English acronym of the Intergovernmental Panel on Climate Change). But on those occasions there were no humans on the planet. In one of them, for example, dinosaurs lived.
On that planet, which is now ours, the average global temperature was around 22 ° C, the atmosphere had a concentration of CO2 up to eight times higher than today and the marshes, wetlands and giant leaf plants proliferated. The dinosaurs reigned happily in a world of heat and humidity where food was not scarce.
To know in depth the climate in which the “terrible lizards” developed their existence -this is what Greek means “deinós saûros”, etymology of dinosaur- we have to move to the Mesozoic era.
The last 800,000 years the glaciations and interglacial periods have been alternating, but, this is the most curious thing, they have done it almost cyclically. There is an ice age every 100,000 years, overlapping others that seem to repeat themselves in cycles of 41,000 and 21,000 years. Between one and the other we have the interglacial period, in which the temperatures are recovering with respect to the previous period and on Earth the amount of ice decreases without disappearing altogether.
The last of these interglacial periods, in which we currently find ourselves, began 11,700 years ago. Before that date there were already humans on Earth: in fact the expansion of Homo sapiens was in full swing, and had to cope with the harsh conditions of the glacial climate. Hence the skins and caves. Immediately we will know what was the world in which our ancestors lived and the decisive influence that the climate had in those first lives, but first we know why these glaciations occurred, another of the fundamental mechanisms of this climatic machine that we know while we go through the history of our planet.
115,000 years ago the last ice age began. The sun warmed less: the eccentricity of the orbit, greater than the current one, and the inclination of the axis, in this case smaller, allied for less insolation, especially in the summer months. The snows that had fallen during the winter in the North of America, what today would be Canada, began to resist and also stayed during the warm seasons, without disappearing altogether.

11,700 years ago we entered the Holocene, a period in which we still find ourselves today. The passage of the glaciation to this warm period was really fast, in comparison with what we were accustomed to the previous climatic changes. In just a few centuries, the average temperature of the planet rose by 5 ° C or 6 ° C, when before a change of these characteristics occurred over several millennia. The rise in Greenland, always more sensitive to changes, was greater, up to 10 ° C: its temperature then reached an average only 5 ° C lower than today. Where is the cause of this great heating or sudden heating that got us fully into the Holocene? Again we must look for the answer in the conjunction of several reasons, but, above all, in a new variation of the solar radiation that our planet receives in summer in the northern hemisphere.
As the heat retained increased, the temperature increased, but with greater summer insolation, the summer storms, known in meteorology under the name of “thermal low”, were also more frequent and deeper. In Spain we usually have some thermal low in the months of July and August, especially in areas of La Mancha or Andalusia, when after several days of clear skies and chaining maximum of 38 ºC or 40 ºC heat is transferred to the ground by conduction and a zone of low pressures is generated. In this case, it usually does not rain because there is no humidity, and only the wind rises or we have dry storms. But if these thermal drops are close to a body of water where they “suck” their vapor, we already have air saturated enough to produce precipitation. And that is what could have happened in that Earth of 8000 years ago, when our planet warmed up very quickly and, in addition to raising the temperature, the rains also increased.

The silent influence of climate, with a period of two centuries of good conditions for the boom of cereals and pastures, was behind what was the first livestock guild and one of the most powerful corporate groupings in Europe. And so it would continue to be until the early nineteenth century, when a progressive decline leads to the definitive demise of the Mesta in 1836.
But it has left us those specific itineraries that, under the protection of the king, allowed the passage of cattle twice a year, crossing Spain. Eight large highways for the large sheep farm, which when the heat arrived, led to an authentic operation that was not very different from the image offered today by cars on the way to the beaches at the beginning of summer. Only then they were sheep on the way to fresh pastures or pastures to spend the summer months. During their journey, the flocks had to overcome the numerous rivers that irrigate our peninsula, then wider and bigger thanks to the abundant rains. For them, and for other, much more pious passers-by, many of the wonderful Romanesque bridges that we can still contemplate throughout the country would rise up. Another silent influence of the climate of that time that has survived to this day.

In the XIV – before in the north of Europe – these conditions are beginning to change, and in the historical archives the chronicles related to cold winters and extremely rainy years begin to predominate. Above all it was the one of 1315, known as the “great flood”. Northern Europe was swept by a succession of storms that began with the year and did not stop until after the summer. The fields did not have time to assimilate the water and soon puddles sprouted everywhere, turning the streets into rivers of mud and the newly plowed fields into muddy lagoons. “During almost all May, June, July and August it did not stop raining”, tell the chronicles of the time that collected Willian Johnson and collects Brian Fagan in his book The Little Ice Age. In many cases the oxen could not enter to plow, although there was not much to sow … And then, consequently, almost nothing to pick up. The harvest of 1315 was a total disaster. And then the next season came, and it was worse: “The year 1316 was the worst of all the Middle Ages in terms of cereal cultivation. In many places the plants did not thrive and those in those places where the wheat could be harvested were stunted and the production was unfortunate, “writes Fagan. Also wine production suffered, attacked vines by mildew, a plague that spreads easily in conditions of high humidity.

The snow wells are an excellent example of how winters of heavy snow were frequent in practically all of Spain, including the Balearic Islands and the rest of the Mediterranean region. They are also an example of the ingenuity of the human being to take advantage of the climatic situation that he has to live for his benefit and create based on it a new industry, a flourishing business in those years, although now gone. And also how the climate, over the years and quietly, influenced the customs, business and life of a long period of our recent history, even if it was something as small as taking a granita in a café in Madrid of the nineteenth century or find yourself on some excursion in the mountains those stone constructions where once the snow was kept.
These natural ice factories stopped making sense when the industrial ice arrived, at the beginning of the 20th century, and when artificial and domestic ice became popular in the refrigerators that invaded Spanish homes from the 50s and 60s of the last century. But they also stopped being profitable when a new time arrived in which it would begin to be more difficult to obtain a raw material that during the sixteenth, seventeenth and eighteenth centuries nature offered freely and generously. The weather warmed up, and the snow trade began to wane.

Perhaps what most strikes us on a day-to-day basis are these extreme weather phenomena: heat waves, torrential rains, hurricanes, etc. When one occurs, the question of a friend or even a fellow journalist always falls: “And these floods, are they the fault of climate change?” The rapidity with which the journalistic profession demands answers sometimes is not compatible with the necessary analysis so that they can have a coherent scientific basis. The holder requires an immediate response, for that same day, and the scientific evaluation usually takes a few more months. After this time no one remembers those floods, or perhaps others happened that displaced the interest of the previous ones, but the climatological report followed its course and the answer, as we have seen, exists.
But perhaps the most obvious effects of warming are those that are more general and involve not only a specific meteorological episode but also the processes that it triggers. These are what are called “observed impacts attributed to climate change”, and the IPCC is in charge of collecting those events for which there is some evidence that allows such attribution.
The most well-known consequence of global warming is the disappearance of ice, both continental and marine.
The second is the rise in sea level. During the twentieth century its waters rose between 1.5 and 2 mm per year, and in what we have been in the 21st century, the rhythm has increased to 3 mm per year. The old data collected with surveys in ports around the world have been reinforced for twenty-five years by the measurements of the satellites, which carry on board increasingly sophisticated instruments for the analysis of the ocean mass from space.
The third diagnosed consequence corresponds to the modification of precipitation on a planetary scale. This is where we find a greater difference between the different regions of the world, but, paradoxically, where perhaps the qualification of global that always accompanies the substantive warming becomes more evident. With a higher temperature there is greater evaporation in the oceans and, following the hydrological cycle, rainfall is greater. Therefore, the last few years are more humid on a global scale, but with great regional differences: the Middle East, South Australia or a large part of our Mediterranean are areas where rainfall has been significantly reduced.
The silent influence that climate can represent in the pollution of large cities has, however, a beneficial return route: by reducing GHG emissions in order to combat global warming, it will also contribute, even if it is rebounding, to decrease the presence in the atmosphere of polluting gases and particles in suspension. If the necessary regulations are complied with to limit global warming to 2 ° C at the end of the 21st century, the presence of ozone in the air of the main cities of Europe could also be reduced up to 16% in summer and reduce NO2 levels by 33%. % and 51%, according to recent studies of the National Center for Meteorological Research of France. Also curbing desertification will be less likely to produce episodes of intense haze, those that darken the sky and complicate the air quality of large cities to which the dust of the desert comes from time to time.

What can we do:
On the one hand, to combat the radiative forcing to achieve that we cause the least possible warming of the climate. On the other hand, prepare ecosystems and human systems, both social and economic, to reduce their vulnerability before the arrival of the negative consequences that this warming will entail. That is, mitigation and adaptation.
Several options to mitigate the radiative forcing, that extra energy that, fruit of human activity, we are injecting into the climate system and that leads to its overheating. Basically it is about (1) reducing, (2) eliminating and (3) transforming the sources from which this surplus energy arrives.
Reducing the source of the forcing may seem the easiest: it would be just a matter of curbing emissions. But only the experience of recent years shows us how complicated it is to reach consensus to reduce the generation of greenhouse gases.
Another option is to eliminate the presence of GHG by removing them from the atmosphere. Here enter the methods for the “sequestration” of carbon dioxide. On the one hand, there is the enhancement of its natural drains and, on the other hand, the creation of new drains in an artificial way through climate engineering.
The oceans are, today, the largest sink of carbon on the planet naturally. In the carbon cycle, the CO2 that reaches the sea is captured by millions of marine organisms, such as foraminifera and calcareous algae, which use it to make their small shells. When they die and fall to the bottom of the sea, that CO2 is transformed into sedimentary calcareous rocks in which the carbon is trapped. Those white cliffs of limestone that can be so beautiful can be really huge deposits of CO2 solidified to our eyes. Corals and marine phytoplankton also assimilate carbon to carry out photosynthesis. One of the methods in which it has been thought is to fertilize the ocean with iron and nutrients to increase the presence of phytoplankton and increase the effect of the ocean sink in this regard.
Another natural carbon sink is plants and, by effective volume, large forests. Trees capture CO2 for photosynthesis, and as a result, carbon accumulates in their wood.
Another option to mitigate the radiative forcing would be aimed at alleviating its excess by other ways, such as the artificial modification of the albedo. We know that there are surfaces that better reflect the Sun’s radiation than others, and the more radiation is reflected, the lower the amount that stays in the system and, therefore, the lower the heating. Therefore, one of the mechanisms that is always talked about would be to artificially produce clouds so that, with greater cloud cover, less sunlight reaches the Earth’s surface. There has been talk of the possibility of a large fleet of ships injecting large amounts of small drops of seawater into the troposphere. When the water evaporated from these drops, tiny particles of salt would remain floating in the air, functioning as hygroscopic nuclei that could act as cloud generators, since these are nothing more than multiple droplets of water condensed around small floating particles in the air. Finally, and with the same objective of reducing the amount of solar rays reaching the earth, some scientists and engineers have proposed placing a multitude of small reflective discs between the Sun and the Earth, at a distance of one and a half million kilometers of our planet.

Human beings must adapt, and it is clear that we will. We have no other. It is what we have to do to be able to inhabit the Earth. Since she was born more than 4,500 million years ago, she has shown us on countless occasions her ability to adapt to changes. Now it is us, the humans, who have to learn and develop that capacity for adaptation, which begins by agreeing with each other and acting accordingly.

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