ISIS En Guerra: Cómo Piensa. Por qué Mata. Quién Lo Financia — Mariano Beldyk / ISIS In War: How You Think. Why Mata. Who Finances It by Mariano Beldyk (spanish book edition)

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Este es un libro interesante para tener unas nociones de lo que es ISIS y que se confunde en Occidente, como primera aproximación es digno de leerse.
La noche del 13 de noviembre de 2015, ISIS tuvo su bautismo de fuego en el corazón de Europa. En un ataque coordinado, nueve hombres desataron el infierno durante tres horas en las calles de París. Asesinaron a 130 civiles y otros 368 resultaron heridos, no menos de 100 de gravedad. De los atacantes, siete murieron matando y los dos restantes cayeron cinco días después en una batalla de una hora y cinco mil balas contra un centenar de policías en un departamento de Saint-Denis, al norte de la ciudad.
Lo que más estremeció al mundo, lo que puso a ISIS en un nivel superior de logística fue no solo haber planificado el ataque y entrenado a sus “leones” —así bautizó a sus hombres— dentro de los límites de su Califato, sino la capacidad como organización extranjera para volver a los asesinos contra su propia sangre y ejecutar el golpe más letal, en suelo francés, desde la Segunda Guerra Mundial.
“Creían que sus fortalezas los protegerían de Alá, pero Alá cayó sobre ellos desde donde no lo esperaban y liberó el terror en sus corazones”.
El sectarismo que impulsó ISIS no fue odio por el odio mismo. Aunque lo haya vestido con ropajes divinos, hubo un plan de acción detrás, un curso planificado para capitalizar el caos. Aunque se haya culpado a ISIS de los peores crímenes de guerra y de lesa humanidad, sus líderes y juristas jamás lo vieron de ese modo, ni siquiera como acciones malvadas. Eran los medios necesarios para lograr sus objetivos. ISIS formaba parte del Apocalipsis: siempre se consideró un actor fundamental para el cumplimiento de la profecía, la última batalla contra los cruzados y Roma. Por ello, el grueso de su guerra fue dentro de los límites del Califato y su periferia. Pero cuando hizo falta librar la guerra ante el Enemigo Lejano, lo hizo con una letalidad temeraria, a veces, a través de sus operarios y otras, de los furtivos “lobos solitarios”.

Las raíces de ISIS se hunden en el tiempo y en países que no son Irak ni Siria, sino Jordania y Afganistán. Como todo imperio, su poder no se construyó en un día. Es el resultado de acciones y reacciones, de ideas y creencias, y de una espiral de violencia. Es una criatura hija de fracturas sociales, venganzas, el colapso de un país y la desintegración de otro, en el marco de la polarización ideológica y social que convulsiona a Medio Oriente, al golfo Pérsico y a Asia Central desde hace décadas e, incluso, siglos.
ISIS fue ISI y, antes de eso, Al Qaeda en Irak. En árabe es conocido como Dawla al Islamiya fi al Iraq wa al Sham y también por el acrónimo Da’ish o Daesh, que ellos detestan por su carga peyorativa. El primero se asocia fonéticamente con el plural árabe daw’aish, que significa ‘fanáticos’: se lo asignaron sus enemigos más próximos. Daesh, en cambio, es el nombre que le impuso Francia: en la fonética gala, dèche alude a ‘miseria’ y tache, a ‘mancha’. La sigla ISIS corresponde a la traducción al inglés de su nombre árabe: Islamic State of Syria and Sham (Estado Islámico de Irak y el Levante).
La segunda “S” no se refiere a la Siria actual, sino al Levante, región de la Siria histórica que incluye el Líbano, Jordania y Palestina.
Menos conocido es el nombre que le asignó Egipto a través del Instituto Dar al-Ifta, autoridad legal del mundo islámico: QSIS, por Al Qaeda Separatists in Iraq and Syria (Separatistas de Al Qaeda en Irak y Siria).

Solo puede haber un Califato. Proclamarlo coloca a las otras organizaciones islamistas en la disyuntiva de aceptarlo y prestar juramento, o desconocerlo y enfrentarlo. Que haya tenido relativo éxito en su funcionamiento interno lo vuelve, además, un caso sui generis. Definitivamente, ISIS no es una criatura simple, aunque cabe preguntar si alguna organización lo es.
Posee una faceta religiosa y una política, también una psicológica y hasta una tecnológica.
Poder y victoria. Lo que atrajo del Califato a miles de seguidores del mundo no difiere tanto de aquello que hizo grande a otros imperios. Aunque en perspectiva el de ISIS resulta pequeño, y nadie sepa a ciencia cierta cuánto durará, tampoco los romanos, los persas o cualquiera de los otros conquistadores imaginaban cuán grande sería su sombra y cuándo llegaría su final. ISIS promete la gloria a sus militantes. La reviste de una misión divina. Abraza esa fe con vehemencia. De la convicción, del credo más absoluto toma la determinación para resistir el cerco de las potencias y hasta para devolver los golpes letales.
Se nutrió, en esencia, de dos tipos de seguidores: sirios e iraquíes, oriundos de las tierras que proclamó como propias, y extranjeros de todos los rincones del mundo.
Un porcentaje alto de los soldados de ISIS son conversos, es decir, nuevos dentro de la religión musulmana. Muchos son segunda o tercera generación de inmigrantes en sus países de origen. Muy pocos tuvieron conexión previa con Siria.
Si bien ISIS es una organización sui generis en muchos aspectos, no es la primera que toma el control de un territorio y lo coloca bajo su administración. Nelson Kasfir, profesor del Dartmouth College, y Zachariah Mampilly, director de Estudios Africanos del Vassar College, elaboraron un patrón de gobernabilidad de los grupos rebeldes durante las guerras civiles y, al contrastarlo con el Califato, concluyeron que ISIS no persigue la gobernabilidad con el fin de un reconocimiento desde el exterior.

En el Califato, se reconocieron tres categorías de delitos: los más graves eran los que atentaban contra la Organización y el orden público —espionaje, traición, colaboración con el enemigo, malversación de fondos públicos—; le seguían las faltas contra la religión y la moral —adulterio, blasfemia, apostasía, sodomía, pornografía—; por último, aquellos contra la propiedad —hurto y violación de domicilio— y contra las personas —violación, asesinato, robo con armas, consumo de sustancias prohibidas—. Según Naciones Unidas, la carga de la prueba se invertía en las tierras de ISIS: “Uno es culpable hasta que pueda demostrar lo contrario.

ISIS se formó bajo las narices de Estados Unidos. Fueron ellos quienes, en tiempos de la ocupación, reunieron a islamistas y exmilitares de Saddam Hussein en las diversas prisiones. Una mezcla impensada décadas atrás: la del régimen de Baaz, encarnación política del panarabismo laico y nacionalista en Irak y en Siria, y los islamistas, a los que ellos reprimieron durante años. En guerra contra un mismo enemigo, supieron converger en esa arrolladora máquina de guerra llamada ISIS.
Gran parte del éxito de ISIS en su batalla contra Occidente radicó en la capacidad de autofinanciarse. También en este aspecto se ha convertido en un caso atípico dentro de esta clase de organizaciones islamistas. Una cuota importante de su potencial se apoyó en el control del territorio, pero no cualquier porción de tierra, sino una franja rica en petróleo, pese a que el recurso descendió drásticamente de precio durante el Califato. De haber ocurrido esto cinco años antes, ISIS hubiera al menos triplicado su poder financiero.
El petróleo ocupó un lugar importante en esta máquina recaudadora, pero no era la única fuente de ingresos. Desde que ISIS se pensó a sí mismo como un Estado, enfrentó las mismas disyuntivas que cualquier otro Estado moderno: necesitaba de ingresos para mantener en funcionamiento su intrincada maquinaria bélico-administrativa. Por ende, no podía limitarse a un solo canal si no quería correr el riesgo de cualquier Estado monoexportador cuando su oro se volviera plomo.
La logística de recaudación giró sobre una matriz doble y opuesta: una ilegal, en vista del amplio abanico de rubros del mercado negro con el que operan estas organizaciones, y otra revestida de cierta legalidad en sus términos, que partía de su condición de dominación y gobierno sobre una porción de territorio, y del contrato de derechos y deberes que suscribía con quienes habitaban su Estado. Esto no modifica la percepción del sistema internacional sobre el Califato: lo que ISIS denomina contribuciones o impuestos era extorsión a ojos del mundo que lo combatía.
Si bien ISIS promovía el uso personal de las redes sociales como vidriera de legitimación y captación, más allá de los mensajes centralizados desde su oficina de propaganda, ciertos retrocesos en la marcha de la guerra lo tornaron más cauteloso. Por ejemplo, la advertencia a su tropa de limitar el uso de redes sociales, teléfonos móviles y televisión satelital para evitar la fuga de información que permitiera a sus enemigos localizar a sus jerarcas y eliminarlos.
Por supuesto, dicha maniobra generó el efecto conexo de hermetizar el mensaje, reduciendo el margen de influencias externas indeseadas. Forma parte de la reacción sociológica natural de los grupos que viven en la clandestinidad.

ISIS no es Al Qaeda aunque algún tiempo cargó con ese nombre y peleó bajo su bandera entre 2004 y 2010. Luego, los caminos se abrieron a tal punto que se convirtieron en dos organizaciones muy distintas y hasta enfrentadas en el campo de batalla.
Durante los dos años siguientes a la creación del Califato, entre junio de 2014 y septiembre de 2016, ISIS golpeó 143 veces en 29 países. Mató a 2043 personas. Algunas veces lo hizo a través de sus operarios. Otras, influyendo en terceros. En unos pocos casos, permanece sin esclarecer quién ordenó y ejecutó el ataque. Estos números no incluyen los atentados cometidos dentro de Siria e Irak, donde acumuló el mayor número de víctimas.
ISIS ha mostrado un gran conocimiento en el uso de tecnologías y redes sociales para fortalecer su perfil global y atraer a decenas de miles de combatientes —advirtió—. Su meta es convertirse en la nueva vanguardia de un movimiento extremista mundial. Se consideran los herederos legítimos de la obra de Osama Bin Laden.
Las victorias de ISIS no eran, necesariamente, derrotas para Arabia Saudita y sus aliados, que preferían que Irán fuera vencido y Bashar al-Assad se diera a la fuga. Después de todo, el objetivo de Riad al involucrarse en el conflicto sirio era destruir a ISIS y al Califato, que desafiaba su propio liderazgo sunita en el mundo musulmán, cercar a los ayatolás iraníes y retener cualquier pretensión expansiva, incluso la de sus socios en Damasco, Irak y Yemen. Mientras libraba su propia batalla interna por la sucesión dinástica: desde la muerte del rey fundador Abdelaziz bin Saúd en 1953, la corona fue pasando a sus hijos, pero al ser Salman el último de ellos, sobrevino una disputa sobre qué subclan tomaría el mando de la dinastía.

El problema de fondo, en todo caso, es que no hay un enemigo que cercar, atrapar y matar o condenar, porque este tiene muchas caras y se reproduce a mayor velocidad cuando se lo ataca solamente con fuego. El enemigo es una idea, y a estas no se las extingue con ninguna clase de arma. Por ello, esta historia no tiene un final, solo múltiples posibilidades.
¿Qué sucedería si la guerra la gana ISIS?
Es más que seguro que seguirá su inexorable camino hacia la concreción del Califato a imagen del Imperio abásida, su inspiración. Pero no se detendría allí, porque el Califato es una suerte de biopoder que requiere su expansión permanente como fundamento de existencia. En su Plan 2020, ISIS dejó claro que su objetivo final era el mundo, porque así lo entendía en su concepto de ummah, una comunidad universal de fieles, con acento en “universal”.
Un Califato cada vez más poderoso avanzaría sobre Irán y la península arábiga a la vez y, desde allí, hacia la dominación de Medio Oriente. Acorralado, Israel se involucraría en una nueva guerra de supervivencia, quizá la definitiva.
¿Qué sucedería si la guerra la ganan las coaliciones anti-ISIS?
Los escenarios que se abren son múltiples según quién venza a ISIS —los rusos con Al Assad e Irán o Estados Unidos y sus aliados—. Pensándolo en abstracto, y si la derrota solo fuera en el plano militar, sería la extinción del Califato y quizá de ISIS mismo, porque su génesis demanda la existencia del proto-Estado como fundamento, pero de ningún modo desaparecería la idea que les dio vida a ambos.
Occidente nunca terminó de comprender a Oriente Medio. Quizá, el mayor de los errores sea ese esfuerzo descomedido por decodificar la región bajo una lente ajena a su historia. Y durante la Primavera Árabe, Occidente saltó del enamoramiento al escepticismo, de allí al olvido, luego al temor y, finalmente, se decantó por la complicidad en los lugares donde viejos conocidos consiguieron recuperar el poder y restablecer cierto statu quo, como en Egipto. Donde no, estalló la guerra y eligieron algún bando, a la distancia.
ISIS, por su parte, nunca se pensó a sí mismo como un actor terrorista, sino como el protagonista de una gesta de liberación. Un independentismo que no tiene raíces nacionalistas al estilo de los antiguos colonialismos, más bien un carácter místico. Se trata no solo de destruir el imperio de Occidente y todo lo que representa, sino de zanjar añejas fracturas del mundo musulmán bajo la nueva y única bandera, la del Califato. Un enfoque solo militar no bastó para aplacar a Afganistán tras el derrumbe talibán o a Irak, otro ejemplo de lo que sucede cuando un Estado se desgarra desde adentro. ISIS llegó y propuso una alternativa, a su manera, y la hizo funcionar. Esto lo convirtió en un actor único y original. Ningún enfoque alternativo puede excluir este aspecto en un abordaje de la crisis desde Occidente, pero el Estado que sea debe nacer de mano de los propios habitantes, a su imagen y voluntad, para ser real. La solución es política, no militar, u Occidente jamás se deshará del estigma del invasor.
Ninguna bomba o bala podrá matarlo jamás, aunque sus enemigos aniquilen al Califa y hasta el último de sus jerarcas. ISIS muere solo si antes lo hace la idea que le dio vida. O, en unos años, renacerá. Quizá, se llame de otro modo. De seguro, el rostro de su líder y su nombre serán diferentes. E incluso no se anime a declarar un Califato. Pero la esencia de su mensaje, su lógica de acción y su misión serán las mismas que siempre movilizan al terror.

This is an interesting book to have some notions of what ISIS is and what is confused in the West, as a first approximation it is worth reading.
On the night of November 13, 2015, ISIS had its baptism of fire in the heart of Europe. In a coordinated attack, nine men unleashed hell for three hours on the streets of Paris. They killed 130 civilians and another 368 were injured, not less than 100 seriously. Of the attackers, seven died killing and the other two fell five days later in a battle of one hour and five thousand bullets against a hundred policemen in a department of Saint-Denis, north of the city.
What shocked the world the most, what put ISIS in a higher level of logistics was not only to plan the attack and train its «lions» -as he named his men- within the limits of his Caliphate, but the ability as a foreign organization to return the murderers against their own blood and execute the most lethal blow, on French soil, since the Second World War.
«They believed that their strongholds would protect them from Allah, but Allah fell on them from where they did not expect and released terror in their hearts.»
The sectarianism that drove ISIS was not hatred for hatred itself. Although he has dressed him in divine garments, there was an action plan behind, a course planned to capitalize on the chaos. Although ISIS has been blamed for the worst war crimes and crimes against humanity, its leaders and jurists never saw it that way, even as evil actions. They were the necessary means to achieve their objectives. ISIS was part of the Apocalypse: it was always considered a fundamental actor for the fulfillment of the prophecy, the last battle against the Crusaders and Rome. Therefore, the bulk of his war was within the limits of the Caliphate and its periphery. But when it was necessary to wage war against the Far Enemy, he did so with a reckless lethality, sometimes, through his operatives and others, of the furtive «lone wolves».

The roots of ISIS sink in time and in countries that are not Iraq or Syria, but Jordan and Afghanistan. Like every empire, its power was not built in a day. It is the result of actions and reactions, of ideas and beliefs, and of a spiral of violence. It is a creature born of social fractures, revenge, the collapse of one country and the disintegration of another, within the framework of the ideological and social polarization that has convulsed the Middle East, the Persian Gulf and Central Asia for decades and even centuries. .
ISIS was ISI and, before that, Al Qaeda in Iraq. In Arabic it is known as Dawla al Islamiya fi al Iraq wa al Sham and also by the acronym Da’ish or Daesh, which they detest for their pejorative charge. The first is phonetically associated with the Arabic plural daw’aish, which means ‘fanatics’: it was assigned by its closest enemies. Daesh, on the other hand, is the name that France imposed on him: in the French phonetics, dèche alludes to ‘misery’ and tache, to ‘stain’. The acronym ISIS corresponds to the English translation of its Arabic name: Islamic State of Syria and Sham (Islamic State of Iraq and the Levant).
The second «S» does not refer to current Syria, but to the Levant, a region of historic Syria that includes Lebanon, Jordan and Palestine.
Less known is the name given to him by Egypt through the Dar al-Ifta Institute, the legal authority of the Islamic world: QSIS, by Al Qaeda Separatists in Iraq and Syria (Al Qaeda separatists in Iraq and Syria).

There can only be one Caliphate. To proclaim it places the other Islamist organizations in the dilemma of accepting it and taking an oath, or ignoring it and confronting it. That it has had relative success in its internal functioning makes it, again, a sui generis case. Definitely, ISIS is not a simple creature, although it is worth asking if any organization is.
It has a religious facet and a policy, also a psychological and even a technological one.
Power and victory. What attracted thousands of followers of the world from the Caliphate does not differ so much from what made other empires great. Although in perspective that of ISIS is small, and nobody knows for sure how long it will last, neither the Romans, the Persians or any of the other conquerors imagined how big their shadow would be and when it would reach its end. ISIS promises glory to its militants. It covers you with a divine mission. Embrace that faith with vehemence. From the conviction, from the most absolute creed, it takes the determination to resist the encirclement of the powers and even to return the lethal blows.
He was nourished, in essence, by two types of followers: Syrians and Iraqis, natives of the lands he proclaimed as his own, and foreigners from all corners of the world.
A high percentage of the ISIS soldiers are converts, that is, new within the Muslim religion. Many are second or third generation of immigrants in their countries of origin. Very few had previous connection with Syria.
While ISIS is a sui generis organization in many aspects, it is not the first to take control of a territory and place it under its administration. Nelson Kasfir, professor at Dartmouth College, and Zachariah Mampilly, director of African Studies at Vassar College, developed a pattern of governance of rebel groups during civil wars and, in contrast to the Caliphate, concluded that ISIS does not pursue governance with the end of a recognition from the outside.

In the Caliphate, three categories of crimes were recognized: the most serious were those that threatened the Organization and public order-espionage, treason, collaboration with the enemy, embezzlement of public funds; his faults against religion and morality followed him – admonition, blasphemy, apostasy, sodomy, pornography; finally, those against property – theft and violation of domicile – and against people – rape, murder, robbery with weapons, consumption of prohibited substances. According to the United Nations, the burden of proof was on the lands of ISIS: «One is guilty until proven guilty.

ISIS was formed under the noses of the United States. It was they who, at the time of the occupation, brought together Islamists and ex-soldiers of Saddam Hussein in the various prisons. A mixture unthinkable decades ago: that of the Ba’ath regime, the political embodiment of secular and nationalist pan-Arabism in Iraq and Syria, and the Islamists, whom they repressed for years. In war against the same enemy, they knew how to converge in that overwhelming war machine called ISIS.
Much of the success of ISIS in its battle against the West was the ability to self-finance. Also in this aspect it has become an atypical case within this class of Islamist organizations. An important part of its potential was based on the control of the territory, but not on any piece of land, but on a strip rich in oil, despite the fact that the resource fell drastically during the Caliphate. Had this happened five years earlier, ISIS would have at least tripled its financial power.
Oil occupied an important place in this collection machine, but it was not the only source of income. Ever since ISIS thought of itself as a state, it faced the same dilemmas as any other modern state: it needed revenues to keep its intricate war machine machinery functioning. Thus, it could not be limited to a single channel if it did not want to risk the risk of any single-exporting state when its gold became lead.
The collection logistics revolved around a double and opposite matrix: an illegal one, in view of the wide range of black market items with which these organizations operate, and another one covered with a certain legality in its terms, which started from its condition of domination and government on a portion of territory, and the contract of rights and duties that subscribed with those who lived in his State. This does not change the perception of the international system on the Caliphate: what ISIS calls contributions or taxes was extortion in the eyes of the world that fought against it.
While ISIS promoted the personal use of social networks as a showcase for legitimization and recruitment, beyond the messages centralized from its propaganda office, certain setbacks in the course of the war made it more cautious. For example, the warning to his troops to limit the use of social networks, mobile phones and satellite television to prevent the leakage of information that would allow their enemies to locate their hierarchies and eliminate them.
Of course, this maneuver generated the related effect of sealing the message, reducing the margin of unwanted external influences. It is part of the natural sociological reaction of the groups that live in hiding.

ISIS is not al Qaeda but some time it carried that name and fought under its flag between 2004 and 2010. Then, the roads were opened to such an extent that they became two very different organizations and even confronted on the battlefield.
During the two years following the creation of the Caliphate, between June 2014 and September 2016, ISIS hit 143 times in 29 countries. He killed 2043 people. Sometimes he did it through his operators. Others, influencing third parties. In a few cases, it remains unclear who ordered and executed the attack. These numbers do not include the attacks committed within Syria and Iraq, where it accumulated the highest number of victims.
ISIS has shown great knowledge in the use of technologies and social networks to strengthen its global profile and attract tens of thousands of combatants – he warned -. Its goal is to become the new vanguard of a global extremist movement. They are considered the legitimate heirs of the work of Osama Bin Laden.
The victories of ISIS were not necessarily defeats for Saudi Arabia and its allies, who preferred that Iran be defeated and Bashar al-Assad take the flight. After all, the objective of Riyadh to get involved in the Syrian conflict was to destroy ISIS and the Caliphate, which challenged its own Sunni leadership in the Muslim world, to encircle the Iranian ayatollahs and to retain any expansive pretension, including that of its partners in Damascus, Iraq and Yemen. While he fought his own internal battle for the dynastic succession: since the death of the founding king Abdelaziz bin Saud in 1953, the crown was passed on to his sons, but being Salman the last of them, a dispute ensued about which subclan would take the command of the dinasty.

The bottom problem, in any case, is that there is no enemy to surround, trap and kill or condemn, because it has many faces and reproduces at a higher speed when attacked only with fire. The enemy is an idea, and these are not extinguished with any kind of weapon. Therefore, this story does not have an end, only multiple possibilities.
What would happen if the war is won by ISIS?
It is more than certain that it will continue its inexorable path towards the concretion of the Caliphate in the image of the Abbasid Empire, its inspiration. But it would not stop there, because the Caliphate is a kind of biopower that requires its permanent expansion as a foundation of existence. In its 2020 Plan, ISIS made it clear that its ultimate goal was the world, because that is how it understood it in its concept of ummah, a universal community of the faithful, with a «universal» accent.
An increasingly powerful Caliphate would advance over Iran and the Arabian peninsula at the same time and, from there, towards the domination of the Middle East. Cornered, Israel would engage in a new war of survival, perhaps the final one.
What would happen if the war is won by anti-ISIS coalitions?
The scenarios that are opened are multiple depending on who defeats ISIS – the Russians with Al Assad and Iran or the United States and their allies. Thinking in the abstract, and if the defeat were only on the military level, it would be the extinction of the Caliphate and perhaps of ISIS itself, because its genesis demands the existence of the proto-State as a foundation, but in no way would the idea that gave them life disappear. to both.
The West never finished understanding the Middle East. Perhaps, the biggest mistake is that uncommon effort to decode the region under a lens alien to its history. And during the Arab Spring, the West jumped from falling in love to skepticism, from there to oblivion, then to fear and, finally, opted for complicity in places where old acquaintances managed to regain power and restore a certain status quo, as in Egypt. Where not, the war broke out and they chose some side, at a distance.
ISIS, for its part, never thought of itself as a terrorist actor, but as the protagonist of a liberation gesture. A separatism that has no nationalist roots in the style of the old colonialisms, rather a mystical character. It is not only about destroying the Western empire and everything it represents, but about breaking old fractures of the Muslim world under the new and unique flag, that of the Caliphate. A military-only approach was not enough to placate Afghanistan after the Taliban collapse or Iraq, another example of what happens when a state is torn from within. ISIS arrived and proposed an alternative, in its own way, and made it work. This made him a unique and original actor. No alternative approach can exclude this aspect in an approach to the crisis from the West, but the State that is must be born from the hands of the inhabitants themselves, in their image and will, to be real. The solution is political, not military, or the West will never get rid of the stigma of the invader.
No bomb or bullet can ever kill him, although his enemies annihilate the Caliph and even the last of his hierarchs. ISIS dies only if the idea that gave it life does it before. Or, in a few years, it will be reborn. Maybe, it’s called differently. Surely, the face of its leader and its name will be different. And even do not encourage to declare a Caliphate. But the essence of his message, his logic of action and his mission will be the same ones that always mobilize terror.

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