Four: El Adn Secreto De Amazon, Apple, Facebook Y Google — Scott Galloway / The Four: The Hidden DNA of Amazon, Apple, Facebook and Google by Scott Galloway

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La prosa es ágil e ingeniosa. Algunos de los ingeniosos, sin duda, se basan en más que una pizca de cinismo: «En esencia, Apple cumple dos necesidades instintivas: sentirse más cerca de Dios y ser más atractiva para el sexo opuesto». Y, «Facebook es una plataforma para pavonearse y preening … Pocas personas publican fotos de sus documentos de divorcio o lo cansados ​​que se ven el jueves. «Sin embargo, sonreirás.
Y el libro está repleto de trivialidades interesantes: «El cóctel de productos de bajo costo y precios premium ha desembarcado a Apple con una cantidad de dinero en efectivo mayor que el PIB de Dinamarca, el mercado de valores ruso y la capitalización bursátil de Boeing, Airbus y Nike combinado «.
Al final, si bien el libro admira lo que ha logrado cada uno de los Cuatro, se plantea cada vez más la pregunta: ¿cuál es nuestro futuro digital y estamos mejor para ello?
Es una pregunta legítima. Google tiene más poder que Standard Oil o AT & T alguna vez soñó y, sin embargo, al gobierno y sus reguladores parece no importarles. El gobierno, de hecho, anima a la consolidación, a pesar del grado en que los Cuatro contribuyen de manera muy real a la debilitante polarización política y social del país. «Entonces, Facebook y el resto de los medios impulsados ​​por algoritmos apenas se preocupan por los moderados». Y «Así es como estos algoritmos refuerzan la polarización en nuestra sociedad».
Las noticias falsas y la influencia rusa son las noticias del día, pero, como señala Galloway, esta es la punta del iceberg. Google, al final, es una utilidad pública administrada como si no lo fuera y Facebook no es menos una compañía de medios que el New York Times o la CNN. Desestimar el poder de Facebook sobre la idea de que es una mera plataforma para la expresión personal desafía el sentido común. «No te engañes: la única misión de Facebook es ganar dinero. Una vez que el éxito de la compañía se mide en clics y dólares, ¿por qué favorecer las historias reales sobre las falsas?
Cada uno de los cuatro, además, proporciona poder financiero monopólico en el mercado, lo que les permite hacer grandes apuestas en cosas como inteligencia artificial y vehículos sin conductor; apuestas que los gustos de General Motors e IBM y sus empleados no pudieron comenzar a financiar con sus retornos comparativamente peatonales y competitivamente restringidos.
Mientras que Galloway claramente tiene una relación de amor / odio con cada uno de los Cuatro e intenta proporcionar una evaluación equilibrada, la prosa dedicada a lo negativo es definitivamente más mordaz y más que un poco personal. Admito una incomodidad particular en su interpretación de Steve Jobs, sugiriendo que fanáticos como yo «ignoraron convenientemente el hecho de que Steve Jobs no dio nada a la caridad, contrató casi exclusivamente a hombres blancos de mediana edad, y era una persona horrible».
Sin cuestionar la humanidad de Jobs, como yo no lo conocía, él era una persona con pasión y autenticidad; dos cualidades que carecen por completo en muchas C-suites toady. Hay una delgada línea entre no necios (algo bueno) y acoso (algo malo), pero todavía elijo creer que Jobs estuvo en el lado correcto de esa línea.
Dejando a un lado el estilo y la sustancia discreta, creo que el tema principal de Galloway es exacto. «Una bestia devoradora, Facebook continuará con más de lo mismo. Con su alcance global, su capital casi ilimitado y su cada vez más inteligente máquina de inteligencia de datos, Facebook, en combinación con Google, arruinará gran parte de los mundos de medios analógicos y digitales. «Y los Cuatro» persiguen a un darwinista , un camino rapaz hacia las ganancias e ignorar la destrucción laboral que tiene lugar todos los días en sus manos «. Cualesquiera que sean las intenciones y la buena voluntad de sus líderes, estamos permitiendo una consolidación del poder corporativo nunca antes visto en la historia. Napoleón, Alejandro Magno y Genghis Khan eran simples tipos duros de la esquina en comparación.
Además estoy de acuerdo con Galloway en que la noción de que estamos promoviendo una cultura que cree que los individuos, emprendedores o no, deberían ser recompensados ​​con pagos de mil millones de dólares es peligrosa e indefendible. En definitiva, ninguna persona, ningún negocio ni ninguna idea existe aisladamente. El individualismo fuerte es un mito romántico. Cada uno de nosotros se beneficia de nuestra membresía en una sociedad que nos protege, nos educa y nos da caminos para seguir adelante. Todas las empresas, incluidas las Cuatro, disfrutan de estas ventajas y de los beneficios de los mercados crediticios seguros y accesibles, la protección de la propiedad intelectual y un conjunto de investigaciones financiadas con fondos públicos que pueden arrendar por centavos de dólar.
La escuela filosófica del escepticismo, más a menudo asociada con Pirrón de Elis, que vivió en el siglo IV aC y viajó a la India con los ejércitos de Alejandro Magno, lo expresó mejor. El escepticismo es la suspensión del juicio, llamada epoché, que surge de la paradoja de que lo que sabemos y cómo lo conocemos no puede conocerse independientemente, lo que impide una respuesta definitiva a cualquiera de las dos preguntas. Por muy emocionante que sea, la cultura empresarial que potencia el mundo digital se basa en un dogma bien definido y, por lo tanto, es digna de nuestro legítimo escepticismo.
Galloway finalmente nota que cada perro tiene su día. Todos los Cuatro enfrentan un gran riesgo en el futuro; riesgo que claramente no ha sido cocido en sus valoraciones de mercado. Es probable que Google sea visto por la utilidad pública que es. Es probable que Facebook se vea obstaculizado en su esfuerzo por facilitar comunidades significativas debido a la inevitable erosión en la confianza pública estructuralmente inherente a su modelo algorítmico. Amazon, señala Galloway, enfrentará reacciones negativas potenciales sobre el impacto de su eficiencia digital en el empleo minorista y de última milla. Y Apple, como todas las empresas, se enfrenta al riesgo de equivocarse de administrador y cambiar los gustos, aunque ninguno lo ha amenazado hasta la fecha.
No comparto el pesimismo de Galloway con respecto al futuro de las marcas, pero sí estoy de acuerdo en que «ninguna empresa de tecnología ha resuelto el problema de la relevancia de pérdida de envejecimiento». Refleja, en parte, la onda sinusoidal de desarrollo que parece inherente al el universo mismo. Solo Apple, señala Galloway, aún ha sobrevivido más allá del culto de su (s) fundador (es) original (es).
En las dos últimas secciones del libro, Galloway aborda lo que se necesitará para ser el quinto de cinco, o un reemplazo para uno de los cuatro, (lo que él llama el algoritmo T) y ofrece consejos a los jóvenes que recién comienzan su carrera. Las ideas están bien, pero son un poco superficiales. Todos deberían ser agradables, por ejemplo. Si tus padres no te enseñaron que estás admitiendo que estás empezando en un hoyo. Es una cualidad que debes esperar de tus mascotas, y mucho menos de ti mismo.
La última parte del libro pierde algo de intensidad, como resultado. Parte del material, como la necesidad de curiosidad, la inteligencia emocional y un título universitario son un tanto redundantes. Y hace muchas generalizaciones, como su tendencia observada de los hombres jóvenes a acicalarse en las reuniones y lo que él considera el ancho de banda limitado del CEO promedio. Admite fácilmente sus propios excesos, que a veces son un poco desalentadores, aunque la autenticidad, en mi opinión, al final triunfa.
El libro, al final, es una lectura digna sobre un tema importante. El autor a veces es una víctima de exceso, pero no somos todos.

Amazon: Sin grandes esfuerzos: nada de caza y muy poca recolección, solo (un) clic. Su fórmula: una inversión sin parangón en la infraestructura de «último kilómetro» posibilitada por una entidad de crédito que se muestra generosa hasta lo irracional; inversores del sector de la venta al detalle que tienen ante sus ojos la historia más convincente y sencilla jamás contada del mundo empresarial: la de la tienda más grande del mundo.
Apple: El logo de Apple, que adorna los ordenadores portátiles y los dispositivos móviles más codiciados, es la insignia global de la riqueza, la educación y los valores occidentales. En lo fundamental, Apple consigue satisfacer dos necesidades instintivas: estar más cerca de Dios y resultarle más atractivo al sexo opuesto. Con su propio sistema de creencias, sus objetos venerados, sus fieles y su figura de Cristo, Apple emula a una religión. Apple se ha convertido en la compañía más rentable de la historia gracias a haber conseguido un objetivo paradójico en el mundo de la empresa: crear un producto de bajo coste que se vende a un precio exorbitante.
Facebook: Si lo medimos en términos de adopción y uso, Facebook es el invento de mayor éxito en la historia de la humanidad. En el mundo hay un total de siete mil quinientos millones de personas, y mil doscientos millones de ellas se relacionan con Facebook todos los días.
Google: Google es el Dios del hombre moderno. Es nuestra fuente de conocimiento; omnipresente, está al corriente de nuestros secretos más íntimos; nos confirma dónde estamos y hacia dónde tenemos que ir, y responde a todas nuestras preguntas, desde las triviales a las más profundas. No hay otra institución que cuente con la confiabilidad y la credibilidad de Google: entre una y seis de las consultas que se teclean en su buscador nunca antes habían sido formuladas. A diferencia de la mayoría de los productos, Google envejece al revés: se vuelve más valioso cuanto más se usa. Emplea la potencia de dos mil millones de personas que están conectadas, veinticuatro horas al día, por sus intenciones (lo que desean) y sus decisiones (lo que eligen), lo que produce un todo que es infinitamente mayor que la suma de sus partes. La información sobre el comportamiento del consumidor que Google obtiene a partir de tres mil quinientos millones de consultas diarias convierten a este jinete en el verdugo de las marcas y de los medios tradicionales. Tu nueva marca favorita será la que Google te devuelve en 0,0000005 segundos.

En la década de los noventa, el e-commerce era un negocio muy flojo, muy poco gratificante para casi todas las empresas que solo tenían presencia online (y lo sigue siendo). En el comercio electrónico, la clave del éxito no estaba en la ejecución, sino en ser capaz de generar un enorme bombo publicitario sobre el potencial de la empresa y vendérsela a algún ricachón antes de que el castillo de naipes se derrumbara. El ejemplo más reciente son los sitios web que adoptaron el modelo de flash sales, prometían lanzar ofertas increíbles pero no se especificaba el momento. La prensa se volvió loca. ¿Ves el patrón? El bombo publicitario no equivale a ventas.
La combinación de tener demasiadas tiendas, unos salarios que apenas suben, unos gustos que van cambiando y Amazon, han creado la tormenta perfecta en el sector de la venta al detalle. En la actualidad, la mayoría de estos comercios están siendo bombardeados. La mayoría, pero no todos.
Amazon se ha convertido en el Príncipe de las Tinieblas del sector minorista, y ocupa una posición única, en relación inversa con el resto del sector.
La verdad es que la cuestión de la desaparición de las tiendas físicas es algo que se ha exagerado mucho. En realidad, lo que está muriendo no son las tiendas, sino la clase media y con ella todas las empresas que prestan servicios a ese gran segmento de población y a sus barrios. El mayor propietario de un centro comercial en los Estados Unidos es el Simon Property Group. Sus accionistas han recibido un duro golpe en 2017 después de que hubieran alcanzado un máximo histórico en 2016.
Amazon ha decidido que quiere bajarse de ese tiovivo que empareja, en lo tocante al cliente, adquisición onerosa y lealtad cero. Por eso, a través de la política de precios y de su oferta de contenido y productos exclusivos, la empresa le está diciendo a la gente que o se una a Amazon Prime o se largue. Los suscriptores Prime suponen un ingreso constante, lealtad y un volumen de compra anual un 140 por ciento mayor que el de los clientes que no son Prime. Si Prime sigue creciendo al ritmo actual y la gente sigue cortando su cordón umbilical, en los próximos ocho años habrá más hogares suscritos a Amazon Prime que con televisión por cable.
En términos relativos, Google está perdiendo frente a Amazon. Amazon es el mayor cliente de Google y sabe optimizar las búsquedas mejor de lo que Google sabe optimizar Amazon. No es que Google no sea una empresa alucinante, pero las apuestas están en que va a ser Amazon quien venza a Google en la carrera hacia el billón. Las búsquedas de productos son lucrativas: obtienen ofertas boyantes pues pueden acabar en la realización de una compra, y no espiando a tu amor del instituto. Puede que, algún día, la franquicia de búsqueda de Amazon termine rivalizando en valor con la de Google, ya que quienes tienen pensado hacer un gasto suelen empezar sus búsquedas en Amazon. Pero la verdadera víctima es el comercio minorista tradicional, sobre cuyo único canal de crecimiento, el online, se está cerniendo el ocaso por cuenta de Amazon. Cada año, Google y todas las marcas.com pierden volumen de búsqueda de productos en favor de Amazon (del 6 al 12 por ciento para los minoristas de 2015 a 2016).
Los consumidores ya no van a las tiendas en busca de productos que son más fáciles de obtener de Amazon. Van a las tiendas en busca de personas/expertos.

Hemos convertido el iPhone en un objeto fetiche y, en ese proceso abrimos la puerta a un nuevo tipo de extremismo corporativo. Y aunque este extremismo no supone un peligro físico real (no creo que los empleados de Apple sean radicales violentos), esta forma de adoración secular es peligrosa. ¿Por qué? Porque cuando permitimos que una empresa se mantenga sin control y sin ley, es que hemos perdido el respeto por los estándares adecuados con los que ellos, a diferencia de otras empresas, funcionan. El sistema resultante, de dos niveles, produce un entorno en el que el ganador se lo lleva todo y que añade más gasolina a la hoguera de la desigualdad. En pocas palabras, el Apple de la época de Steve Jobs se fue de rositas de algunas acciones por las que el CEO de cualquier otra empresa estadounidense habría tenido que responder, en particular con el tema de las stock options con fecha falsificada que Apple había adjudicado al propio Jobs.
El héroe anónimo del éxito de Apple es Shawn Fanning, el fundador de Napster, que sembró el miedo en la industria de la música provocando así que esta cayera en los brazos de Apple, que se dispuso a asociarse con ella de forma similar al modo en que un vampiro se asocia con una bolsa de sangre.
¿Hubiera podido Apple seguir manteniendo ese ritmo en la década actual si Steve Jobs hubiera sobrevivido a su enfermedad? Es probable. Porque al margen de sus características menos agradables, Jobs consiguió un gran hito: hizo de Apple, después de los años al mando de John Sculley, que estuvieron marcados por la aversión al riesgo, una empresa, puede que la mayor de la historia, la primera opción de la cual era asumir riesgos. A diferencia de cualquier otro CEO de la lista Fortune 500, Steve Jobs castigaba el pensamiento cauto, y los resultados han quedado para la historia. La primera persona que consiguió fundar una empresa y convertirla después en la más valiosa del mundo fue Steve Jobs, ni Bob Noyce de Intel ni David Packard de HP. Tiendas, pantallas táctiles y el refrito de un reproductor de MP3, en su momento, ninguna de esas cosas tenía sentido.
A pesar de todas las cosas buenas que Jobs hizo por Apple, también fue una fuerza destructora dentro de la empresa. Maltrataba a los empleados; su actitud respecto a la filantropía y la inclusión era minúscula; y su personalidad voluble y megalómana mantuvieron a Apple perpetuamente al borde del caos. Su muerte puso fin a la histórica carrera por la innovación de la empresa, pero también permitió que Apple, bajo la dirección de Tim Cook, se centrase en la previsibilidad, la rentabilidad y la escala.
En el éxito de Apple es clave una especie de meta-escasez. Es posible que venda millones de iPods, iPhones, iWatches y Apple Watches, pero con toda probabilidad, solo el 1 por ciento del mundo puede (racionalmente) costeárselos…, y eso es exactamente lo que quiere Apple.
A algunos clientes de Apple no les hace mucha gracia saber que su compra se basa en impulsos irracionales. Se creen inteligentes y sofisticados, y, por tanto, lo que hacen es racionalizar que fue su cerebro el que llevó la voz cantante en aquella decisión. Es que el teléfono es mejor, dicen. El software tiene una interfaz de usuario intuitiva. Y fíjate en todas esas fabulosas apps de productividad. El portátil funciona mejor. El reloj me anima a caminar tres mil pasos más al día. Que el precio sea más alto está totalmente justificado, se dicen.
Y puede ser cierto. La gente sigue un razonamiento similar cuando paga precios desorbitados por un Mercedes o un Bentley. Los productos de lujo tienen que ser fabulosos, pero también son signos de estatus.
Yo diría que Apple carece de una visión; sin embargo, la empresa sigue prosperando: hacer el iPhone más grande y luego más pequeño otra vez es una idea genial en su simplicidad (cojamos el mejor pan del mundo y cortémoslo de varias maneras distintas). La firma también ha comprado tiempo, pues se ha dado cuenta de que tiene la marca, y los activos suficientes como para hacer unas inversiones costosas (tanto de capital como de tiempo) para convertirse en una marca de lujo que otras empresas tecnológicas no se pueden permitir.
Apple cuenta con el efectivo, la marca, las competencias y la apertura de mercado como para dejar realmente su huella en el universo.

Si es verdad que el tamaño importa (sí que lo es), bien podría ser que el de Facebook sea el mayor éxito en la historia de la humanidad.
Hay mil cuatrocientos millones de chinos y mil trescientos millones de católicos, y diecisiete millones de personas sobreviven a su paso por Disney World todos los años. Facebook, Inc., por su parte, mantiene una relación significativa con dos mil millones de personas.
La influencia de Facebook está creciendo a un ritmo mayor que el de cualquier otra empresa de la historia. Y eso ocurre porque lo que codiciamos es… lo que está en Facebook. Si observamos el tipo de influencias que hacen que un consumidor se gaste dinero, verás que Facebook ha copado la fase de conocimiento de marca del embudo de marketing.
Facebook es ahora mismo el mayor vendedor de publicidad display del mundo, lo cual es un logro extraordinario, teniendo en cuenta la cantidad de ingresos en publicidad que Google fue capaz de birlarles a los medios tradicionales hace solo unos años.
Lo irónico es que Facebook, al analizar hasta el último ápice de información sobre cada uno de nosotros, puede llegar a entendernos mejor que nuestros amigos. Facebook acaba registrando un retrato detallado, y muy preciso, a partir de nuestros clics, palabras, movimientos y redes de amigos.
Sin embargo, al operador de cámara (Facebook) no lo engañan. Facebook ve la verdad, y los anunciantes también. Esto es lo que la convierte en una compañía tan poderosa. El lado que vemos nosotros, los usuarios de Facebook, es el cebo para que les entreguemos nuestra verdadera esencia.
Las mayores amenazas para la civilización moderna han venido de personas y movimientos que tenían una cosa en común: haber controlado y pervertido los medios para que estos sirvieran a sus fines, en ausencia de un cuarto poder que contara con cierto nivel de protección ante las intimidaciones, y del que se esperara que buscase transmitir la verdad. Un aspecto desasosegante del actual duopolio mediático de Facebook y Google es el argumento de «No nos llaméis medios, somos una plataforma». Con esta abdicación de toda responsabilidad social, que permite a los líderes de perfil autoritario y a los actores hostiles echar mano, muy hábilmente, de noticias falsas, nos arriesgamos a que el próximo gran medio puedan ser, de nuevo, las paredes de una cueva.

Apple está considerada como la empresa más innovadora del mundo. Amazon, la de mejor reputación (sea lo que sea lo que signifique eso). Y Facebook como la mejor empresa en la que trabajar. Pero la confianza que depositamos en Google no tiene parangón.
Uno de los sentidos en los que Google es nuestro dios moderno es el hecho de que conoce nuestros secretos más profundos. Lo ve todo y mantiene un recuento de todos nuestros pensamientos e intenciones. Con nuestras consultas, confesamos a Google cosas que no compartiríamos con nuestro sacerdote o rabino, ni con nuestra madre, mejor amigo, ni médico.
Google no es Microsoft (todavía). El gigante de las búsquedas sigue presumiendo de tener la mayor suma de cocientes intelectuales de la historia. Los empleados de Google no solo dan por hecho que son más listos que nadie; es que resulta que lo son. Se sabe que la empresa espera que sus trabajadores dediquen un 10 por ciento de su semana laboral a tener ideas nuevas… Por lo tanto, ¿no es de esperar que podamos ver un montón de cosas interesantes paridas por sesenta mil genios?
En última instancia, puede ser que ni siquiera importe. Internet no se va a mover de donde está y seguramente Google siga creciendo, o acelerando, más bien, en lo que constituye el grueso de su negocio. Nuestra búsqueda de conocimiento jamás podrá ser saciada. Y el caso es que Google tiene el monopolio de la oración, mientras el resto sigamos con la mirada gacha.

Los pecados de los jinetes tienen que ver con timos de dos tipos. El primero es tomar, lo que a menudo significa robar, la propiedad intelectual de otra empresa y reutilizarla con fines de lucro, para después, una vez la han acumulado en grandes cantidades, protegerla de forma mezquina. El segundo es buscar una forma de aprovechar los activos desarrollados por otra persona que no resulte accesible para su creador original. Lo que significa el primero es que los futuros jinetes no necesitan depender de su propio ingenio para encontrar ideas innovadoras; y, después, echarle los abogados encima a cualquiera que intente hacerles lo mismo a ellos significará que tampoco serán víctimas. El segundo nos recuerda que la llamada ventaja del primer jugador generalmente no es una ventaja. Los pioneros de la industria acaban a menudo con puñales clavados en la espalda, mientras que los jinetes, que llegan más tarde (Facebook detrás de Myspace, Apple después de los primeros creadores de PC, Google después de los primeros motores de búsqueda, Amazon después de las primeras empresas de e-commerce), pueden alimentarse del cadáver de sus predecesores, aprender de sus errores, comprar sus activos y llevarse a sus clientes.
Tanto Facebook como Google afirmaron, a principios de la década, que no compartirían información entre silos (Facebook con Instagram, Google con Gmail con YouTube con DoubleClick). Sin embargo, ambos mintieron, han cambiado sigilosamente sus políticas de privacidad, y ahora se requiere una solicitud específica de exclusión si no quieres que crucen la información de tus movimientos y tu actividad con la de tu ubicación y tus búsquedas. No hay pruebas de que los datos se utilicen para otra cosa que para afinar la labor de targeting. En el mundo del marketing digital, lo inquietante y lo relevante están íntimamente ligados. Hasta la fecha, los consumidores y los anunciantes han votado a través de sus acciones y han expresado que les merece la pena pagar el precio de lo inquietante por conseguir lo relevante.

Aplicar el Algoritmo T es bastante fácil. Tenemos la percepción de que estas grandes empresas deben de estar creando muchos puestos de trabajo, pero en realidad tienen un pequeño número de empleados bien remunerados, y todos los demás se pelean por los desperdicios. Estados Unidos está en camino de ser el hogar de 3 millones de señores y 350 millones de siervos. Insisto, nunca ha sido más fácil ser multimillonario y tan difícil ser millonario. Puede resultar vano, o simplemente incorrecto, combatirlas o etiquetar a estas increíbles empresas como «malas». No lo sé. Sin embargo, estoy seguro de que entender cómo funcionan los Cuatro nos da un buen conocimiento de nuestra era digital y una mayor capacidad para crear seguridad económica para ti y para tu familia.

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The prose is quick and witty. Some of the witty is admittedly built on more than a whiff of cynicism: “At its core, Apple fills two instinctual needs: to feel closer to God and be more attractive to the opposite sex.” And,“Facebook is a platform for strutting and preening…Few people post pictures of their divorce papers or how tired they look on Thursday.” You will, nonetheless, smile.
And the book is chock full of interesting trivia: “The cocktail of low-cost product and premium prices has landed Apple with a cash pile greater than the GDP of Denmark, the Russian stock market, and the market cap of Boeing, Airbus, and Nike combined.”
In the end, while the book admires what each of the Four has accomplished, it begs the question being increasingly asked: What is our digital future and are we better off for it?
It is a legitimate question. Google has more power than Standard Oil or AT&T ever dreamed of and yet the government and its regulators seem not to care. The government, in fact, cheers on the consolidation, despite the degree to which the Four contribute in a very real way to the country’s debilitating political and social polarization. “So, Facebook, and the rest of the algorithm-driven media, barely bothers with moderates.” And “This is how these algorithms reinforce polarization in our society.”
Fake news and Russian influence are the news stories of the day, but, as Galloway points out, this is the tip of the iceberg. Google, in the end, is a public utility managed as if it weren’t and Facebook is no less a media company than the New York Times or CNN. To dismiss Facebook’s power on the notion that it is a mere platform for personal expression defies common sense. “Don’t kid yourself: Facebook’s sole mission is to make money. Once the company’s success is measured in clicks and dollars, why favor true stories over false ones?”
Each of the four, moreover, yields monopoly-enabled financial power in the market, allowing them to make huge bets in things like artificial intelligence and driverless vehicles; bets that the likes of General Motors and IBM and their employees could not begin to finance out of their comparatively pedestrian and competitively constrained returns.
While Galloway clearly has a love/hate relationship with each of the Four and attempts to provide a balanced assessment, the prose devoted to the negative is definitely more acerbic in tone and more than a tad personal. I admit particular discomfort in his portrayal of Steve Jobs, suggesting that fans like myself “conveniently ignored the fact that Steve Jobs gave nothing to charity, almost exclusively hired middle-aged white guys, and was an awful person.”
Without disputing Jobs’ humanity tit for tat, as I didn’t know him, he was a person with passion and authenticity; two qualities sorely lacking in many C-suites toady. There is a fine line between not suffering fools (a good thing) and bullying (a bad thing), but I still choose to believe Jobs was on the right side of that line.
Style and discrete substance aside, I do think Galloway’s main theme is accurate. “A devouring beast, Facebook will continue with more of the same. With its global reach, its near-limitless capital, and its ever-smarter data-crunching AI machine, Facebook, in combination with Google, will lay waste to much of the analog and digital media worlds.” And the Four “pursue a Darwinian, rapacious path to profits and ignore the job destruction taking place at your hands every day.” Whatever the intentions and good will of their leaders, we are allowing a consolidation of corporate power never before seen in history. Napoleon, Alexander the Great, and Genghis Khan were mere street corner tough guys in comparison.
I further agree with Galloway that the notion that we are promoting a culture that believes that individuals, entrepreneurial or not, should be rewarded with billion dollar paydays is both dangerous and indefensible. Ultimately, no person, no business, and no idea exists in isolation. Rugged individualism is a romantic myth. Every one of us benefits from our membership in a society that protects us, educates us, and gives us roads to drive on. Every company, the Four included, enjoys both these advantages and the benefits of sound and accessible credit markets, the protection of intellectual property, and a body of publicly funded research that they can lease for pennies on the dollar.
The philosophical school of skepticism, most often associated with Pyrrho of Elis, who lived in the fourth century BCE and traveled to India with the armies of Alexander the Great, put it best. Skepticism is the suspension of judgment, called epoché, that flows from the paradox that what we know and how we know it cannot be known independently, thus precluding a definitive answer to either question. However exciting it may be, the entrepreneurial culture that empowers the digital world is built on a well-defined dogma, and is thus worthy of our legitimate skepticism.
Galloway ultimately notes that every dog has its day. All of the Four face great risk going forward; risk that has clearly not been baked into their market valuations. Google is likely to be seen for the public utility it is. Facebook will likely be stymied in its effort to facilitate meaningful communities by the inevitable erosion in public trust that is structurally inherent in its algorithmic model. Amazon, Galloway notes, will face potential backlash over the impact of its digital efficiency on retail and last mile employment. And Apple, like all companies, faces the risk of management missteps and changing tastes, although neither has threatened it to date.
I don’t share Galloway’s pessimism regarding the future of brands, but I do agree that, “No technology firm has solved the problem of aging—losing relevance.” It reflects, in part, the sine wave of development that seems inherent to the universe itself. Only Apple, Galloway notes, has yet survived beyond the cult of its original founder(s).
In the last two sections of the book Galloway tackles what it will take to be the fifth of Five, or a replacement for one of the Four, (What he calls the T Algorithm) and offers advice to young people just starting their career. The ideas are okay but a bit superficial. Everyone should be likeable, for example. If your parents didn’t teach you that you’re admittedly starting in a hole. It’s a quality you should expect of your pets, much less yourself.
The latter part of the book does lose some intensity, as a result. Some of the material, such as the need for curiosity, emotional intelligence, and a college degree are a bit redundant. And he makes a lot of generalizations, such as his observed tendency of young men to preen in meetings and what he considers the limited bandwidth of the average CEO. He readily admits his own excesses, which are, at times, a bit off-putting although the authenticity, I think, ultimately wins out.
The book, in the end, is a worthy read on an important topic. The author is sometimes a victim of excess, but aren’t we all.

Amazon: No big efforts: no hunting and very little collection, just (one) click. Its formula: an unparalleled investment in the «last kilometer» infrastructure made possible by a credit institution that is generous to the irrational; retail investors who have before their eyes the most convincing and simple story ever told of the business world: that of the largest store in the world.
Apple: The Apple logo, which adorns the most coveted laptops and mobile devices, is the global badge of wealth, education and Western values. In the main, Apple manages to satisfy two instinctive needs: to be closer to God and to be more attractive to the opposite sex. With its own belief system, its venerated objects, its faithful and its figure of Christ, Apple emulates a religion. Apple has become the most profitable company in history thanks to having achieved a paradoxical goal in the world of the company: create a low-cost product that is sold at an exorbitant price.
Facebook: If we measure it in terms of adoption and use, Facebook is the most successful invention in the history of mankind. In the world there are a total of seven thousand five hundred million people, and one thousand two hundred million of them relate to Facebook every day.
Google: Google is the God of modern man. It is our source of knowledge; omnipresent, is aware of our most intimate secrets; It confirms where we are and where we need to go, and answers all our questions, from the trivial to the most profound. There is no other institution that has the reliability and credibility of Google: between one and six of the queries that are typed into your search engine have never been made before. Unlike most products, Google ages backwards: it becomes more valuable the more it is used. It employs the power of two billion people who are connected, twenty-four hours a day, by their intentions (what they want) and their decisions (what they choose), which produces a whole that is infinitely greater than the sum of its parts . The information about the behavior of the consumer that Google obtains from three thousand five hundred million daily consultations turn this rider into the hangman of the brands and traditional media. Your favorite new brand will be the one that Google returns in 0.0000005 seconds.

In the nineties, e-commerce was a very weak business, not very rewarding for almost all companies that only had online presence (and still is). In e-commerce, the key to success was not in the execution, but in being able to generate a huge hype about the potential of the company and sell it to some rich man before the house of cards collapsed. The most recent example is the websites that adopted the flash sales model, promised to launch incredible offers but did not specify the moment. The press went crazy. Do you see the pattern? The hype does not equal sales.
The combination of having too many stores, barely rising salaries, changing tastes and Amazon have created the perfect storm in the retail sector. Currently, most of these businesses are being bombed. Most, but not all.
Amazon has become the Prince of Darkness of the retail sector, and occupies a unique position, in inverse relationship with the rest of the sector.
The truth is that the question of the disappearance of physical stores is something that has been greatly exaggerated. In reality, what is dying is not the stores, but the middle class and with it all the companies that provide services to this large segment of the population and its neighborhoods. The largest owner of a shopping center in the United States is the Simon Property Group. Its shareholders have been hit hard in 2017 after having reached a record high in 2016.
Amazon has decided that it wants to get off of that merry-go-round that matches, in terms of customer, onerous acquisition and zero loyalty. Therefore, through the pricing policy and its exclusive content and products offer, the company is telling people to either join Amazon Prime or leave. Prime subscribers represent a constant income, loyalty and an annual purchase volume 140 percent higher than that of non-Prime customers. If Prime continues to grow at the current rate and people continue to cut their umbilical cord, in the next eight years there will be more households subscribed to Amazon Prime than with cable television.
In relative terms, Google is losing to Amazon. Amazon is the largest customer of Google and knows how to optimize searches better than Google knows how to optimize Amazon. Not that Google is not an amazing company, but the stakes are that it will be Amazon who beat Google in the race to the trillion. Product searches are lucrative: they get buoyant deals because they can end up in the realization of a purchase, and not spying on your love of the institute. Maybe, one day, the Amazon search franchise end up rivaling in value with Google, since those who plan to make an expense often start their searches on Amazon. But the real victim is the traditional retail, whose only channel of growth, the online, is closing the sunset on Amazon’s account. Each year, Google and all brands.com lose volume of product search in favor of Amazon (from 6 to 12 percent for retailers from 2015 to 2016).
Consumers no longer go to stores looking for products that are easier to obtain from Amazon. They go to stores looking for people / experts.

We have turned the iPhone into a fetish object and, in that process, we open the door to a new kind of corporate extremism. And while this extremism does not pose a real physical danger (I do not believe that Apple employees are violent radicals), this form of secular worship is dangerous. Why? Because when we allow a company to remain uncontrolled and without law, we have lost respect for the appropriate standards with which they, unlike other companies, work. The resulting two-tier system produces an environment in which the winner takes everything and adds more gas to the bonfire of inequality. In short, the Apple of the era of Steve Jobs was out of control of some actions for which the CEO of any other American company would have had to respond, in particular with the issue of the stock options with falsified date that Apple had awarded to Jobs himself.
The anonymous hero of the success of Apple is Shawn Fanning, the founder of Napster, which sowed fear in the music industry causing it to fall into the arms of Apple, which set out to associate with it in a similar way to the way that a vampire is associated with a bag of blood.
Would Apple have been able to maintain that rhythm in the current decade if Steve Jobs had survived his illness? It is probable. Because apart from its less pleasant characteristics, Jobs achieved a great milestone: he made Apple, after years under John Sculley, who were marked by risk aversion, a company, perhaps the largest in history, the first option of which was to take risks. Unlike any other CEO on the Fortune 500 list, Steve Jobs punished cautious thinking, and the results are left to the story. The first person who managed to found a company and turn it into the most valuable company in the world was Steve Jobs, Bob Noyce from Intel and David Packard from HP. Stores, touch screens and the rehash of an MP3 player, at the time, none of those things made sense.
Despite all the good things that Jobs did for Apple, it was also a destructive force within the company. He mistreated the employees; his attitude to philanthropy and inclusion was minuscule; and his fickle, megalomaniac personality kept Apple perpetually on the edge of chaos. His death put an end to the company’s historic race for innovation, but it also allowed Apple, under the direction of Tim Cook, to focus on predictability, profitability and scale.
In the success of Apple, a kind of meta-shortage is key. It is possible to sell millions of iPods, iPhones, iWatches and Apple Watches, but in all likelihood, only 1 percent of the world can (rationally) afford them … and that is exactly what Apple wants.
Some Apple customers are not very happy to know that their purchase is based on irrational impulses. They think themselves intelligent and sophisticated, and, therefore, what they do is rationalize that it was their brain that took the lead in that decision. Is that the phone is better, they say. The software has an intuitive user interface. And look at all those fabulous productivity apps. The laptop works better. The clock encourages me to walk three thousand more steps a day. That the price is higher is fully justified, they say.
And it may be true. People follow similar reasoning when paying exorbitant prices for a Mercedes or a Bentley. Luxury products have to be fabulous, but they are also signs of status.
I would say that Apple lacks a vision; however, the company continues to thrive: making the iPhone bigger and then smaller again is a great idea in its simplicity (take the best bread in the world and cut it in several different ways). The firm has also bought time, because it has realized that it has the brand, and enough assets to make expensive investments (both capital and time) to become a luxury brand that other technology companies can not. allow.
Apple has the cash, the brand, the skills and the market opening to really make its mark on the universe.

If it is true that size matters (yes it is), it could well be that Facebook is the greatest success in the history of mankind.
There are one thousand four hundred million Chinese and one thousand three hundred million Catholics, and seventeen million people survive their passage through Disney World every year. Facebook, Inc., meanwhile, maintains a significant relationship with two billion people.
The influence of Facebook is growing at a higher rate than any other company in history. And that happens because what we covet is … what is on Facebook. If we observe the type of influences that cause a consumer to spend money, you will see that Facebook has taken over the brand awareness phase of the marketing funnel.
Facebook is now the largest seller of display advertising in the world, which is an extraordinary achievement, considering the amount of advertising revenue that Google was able to cheat traditional media only a few years ago.
The irony is that Facebook, by analyzing every last bit of information about each one of us, can get to understand us better than our friends. Facebook ends up recording a detailed and very precise portrait, based on our clicks, words, movements and networks of friends.
However, the camera operator (Facebook) is not deceived. Facebook sees the truth, and advertisers too. This is what makes her such a powerful company. The side that we see, the users of Facebook, is the bait for us to deliver our true essence.
The greatest threats to modern civilization have come from people and movements that had one thing in common: having controlled and perverted the means for them to serve their ends, in the absence of a fourth power that had a certain level of protection from intimidation. , and from which one would expect it to seek to transmit the truth. A disquieting aspect of the current media duopoly of Facebook and Google is the argument «Do not call us media, we are a platform». With this abdication of all social responsibility, which allows the leaders of authoritarian profile and hostile actors to use, very cleverly, false news, we risk that the next great medium may be, again, the walls of a cave.

Apple is considered to be the most innovative company in the world. Amazon, the one with the best reputation (whatever that means). And Facebook as the best company to work for. But the trust we place in Google is unparalleled.
One of the senses in which Google is our modern god is the fact that he knows our deepest secrets. He sees everything and keeps a record of all our thoughts and intentions. With our consultations, we confess to Google things that we would not share with our priest or rabbi, or with our mother, best friend, or doctor.
Google is not Microsoft (yet). The search giant continues to boast of having the largest sum of intellectual quotients in history. Google employees not only assume that they are smarter than anyone; It turns out that they are. It is known that the company expects its workers to dedicate 10 percent of their working week to new ideas … So, is not it expected that we can see a lot of interesting things delivered by sixty thousand geniuses?
Ultimately, it may not even matter. The Internet is not going to move from where it is and surely Google will continue to grow, or accelerate, rather, in what constitutes the bulk of its business. Our search for knowledge can never be quenched. And the fact is that Google has a monopoly on prayer, while the rest of us keep our eyes down.

The sins of the riders have to do with scams of two types. The first is to take, what often means to steal, the intellectual property of another company and reuse it for profit, for later, once they have accumulated it in large quantities, protect it in a petty way. The second is to find a way to take advantage of the assets developed by another person that is not accessible to its original creator. What the first means is that future riders do not need to rely on their own ingenuity to find innovative ideas; and then, throwing the lawyers on anyone who tries to do the same to them will mean that they will not be victims either. The second one reminds us that the so-called advantage of the first player is generally not an advantage. The industry pioneers often end up with daggers stuck in their backs, while the riders, who arrive later (Facebook behind Myspace, Apple after the first PC creators, Google after the first search engines, Amazon after of the first e-commerce companies), can feed on the corpse of their predecessors, learn from their mistakes, buy their assets and take their customers.
Both Facebook and Google claimed, at the beginning of the decade, that they would not share information between silos (Facebook with Instagram, Google with Gmail and YouTube with DoubleClick). However, both lied, they have quietly changed their privacy policies, and now a specific request for exclusion is required if you do not want them to cross the information of your movements and activity with your location and your searches. There is no evidence that the data is used for anything other than to fine tune the work of targeting. In the world of digital marketing, the disturbing and the relevant are intimately linked. To date, consumers and advertisers have voted through their actions and have expressed that they are worth paying the price of the disturbing to get the relevant.

Applying Algorithm T is quite easy. We have the perception that these big companies must be creating many jobs, but in reality they have a small number of well-paid employees, and everyone else is fighting over the waste. The United States is on track to be home to 3 million lords and 350 million serfs. I insist, it has never been easier to be a multimillionaire and it is so difficult to be a millionaire. It can be futile, or simply wrong, to fight them or label these incredible companies as «bad.» I do not know. However, I am sure that understanding how the Four works gives us a good knowledge of our digital era and a greater ability to create economic security for you and your family.

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