El Dinero De Los Demás Y De Cómo Lo Utilizan Los Banqueros — Louis Dembitz Brandeis / Other People’s Money and How The Bankers Use It by Louis Dembitz Brandeis

Este libro que es un clásico pese a ser escrito a comienzos del s.XX nos demuestra que no se cambió en demasía.
Brandeis publicó por primera vez 10 artículos en Harper’s Weekly a partir de finales de 1913 (que se publicó como un libro en marzo de 1914) que están disponibles en línea de forma gratuita (pero no puedo publicar el enlace aquí). Los capítulos son: «Nuestra oligarquía financiera», «Cómo se combinan los Combiners», «Direcciones de enclavamiento», «Servir a un solo maestro», «Lo que la publicidad puede hacer», «Donde el banquero es superfluo», «Big Men and Little Business» , «Una maldición de grandeza», «El fracaso de la gestión bancaria» y «La ineficacia de los oligarcas».
Todo el mundo aprende en la escuela secundaria que el Sr. J. P. Morgan era una gran presencia de «buen carácter» en Wall Street que intervino en el Pánico de 1907, y cuya compañía también intervino durante el Crash de 1929. Pero Brandeis muestra que el Sr. J. P. Morgan era básicamente una gran fanfarrón inteligente y codiciosa que tenía un buen frente. Apuesto a que nadie jamás leyó en un libro de historia que alguien de JP Morgan era director de American Bank Note Company (y Morgan era uno de sus principales accionistas) que tenía «el privilegio exclusivo otorgado … por la Bolsa de Valores de Nueva York». Se denegó una cotización reciente de $ 60,000,000 de bonos de Nueva York en la Bolsa, porque la ciudad se negó a someterse a una exacción de $ 55,800 por American Bank Note Company por grabar los bonos, cuando la New York Bank Note Company haría el trabajo igualmente bien por $ 44,500 «. Hoy en día, esto se llamará un arreglo de entidad controlada (un arreglo de soborno para precios inflados).
Además, en aquel entonces, las comisiones de suscripción eran demasiado grandes y los bancos se aseguraron de esto colocando directores amigos en los consejos de administración de las compañías que se aseguraron de que las comisiones y otros shanagans no fueran cuestionados. Los gobiernos estatales y locales, y muchas otras entidades, podrían haber hecho sus propias ventas de bonos al público, eliminando los intermediarios y los costos de estafa. Además, las comisiones comerciales enriquecieron a los banqueros. Sorprendentemente, Brandeis señala el diferencial de oferta / demanda de 1/4-punto incluso en aquel entonces, que el Litigio antimonopolio In Re Nasdaq Securities de la década de 1990 provocó que fuera sustituido por una práctica de reparto de cotización / compra de centavos (decimal) que ha salvado grandes cantidades públicas de costos de comercialización. Uno se pregunta por qué hubo este diferencial de oferta / demanda de 1/4 punto (25 centavos) por tanto tiempo, donde ahora el spread es usualmente de solo 1 centavo. Solo piense en todos los beneficios logrados por los «creadores de mercado» a lo largo de los años solo a partir de este truco de 1/4-punto (más tarde típicamente 1/8-punto en acciones que cotizan en bolsa).
El libro también se mete en cooperativas y otras discusiones sobre simplemente eliminar a los intermediarios de la lixiviación, codiciosos, cargados de conflicto de intereses. Además, la consolidación de los negocios normalmente solo causaba que la administración se retirara al resto de la ciudad de Nueva York, lo que resultaba en una mala administración que simplemente quería extender las prácticas comerciales pasadas (¿por qué tomar nuevos riesgos?).
Creo que algunas de las oraciones se pueden volver a escribir para que sean más fáciles de leer, y tuve que leer algunas de ellas otra vez porque algunas son fragmentos que están escritos incorrectamente, y hay otros defectos que deberían editarse.

Este es un libro que todos deberíamos leer en este momento. Hoy, el modo primario de autodefensa de los bancos de inversión es argumentar que el capitalismo los necesita. Brandeis argumenta enérgicamente lo contrario, y no es en absoluto difícil llevar sus argumentos desde la década de los cincuenta hasta ahora.
Cuando inclinamos nuestro sombrero a los banqueros, generalmente honramos su papel como intermediarios: dirigen el dinero de los depositantes a valiosas oportunidades de inversión. No se puede esperar que la mayoría de los depositantes evalúen las reclamaciones de los empresarios, por lo que los banqueros funcionan como un vehículo para juzgar los riesgos y establecer reputaciones. De ahí el ahora famoso diálogo entre J.P. Morgan y Samuel Untermyer:
‘Untermyer: «¿El crédito comercial no se basa principalmente en dinero o propiedad?»
Morgan: «No señor. Lo primero es el carácter».
Untermyer: «¿Antes de dinero o propiedad?»
Morgan: «Antes del dinero o la propiedad o cualquier otra cosa. El dinero no puede comprarlo … porque un hombre en el que no confío no podría obtener dinero de todos los lazos de la cristiandad».

Presumiblemente encontrarán pocas personas hoy en día que vean a los banqueros como este tipo de übermenschen fríamente responsable y sostenido por la linterna.
En el otro lado de la moneda del riesgo, los banqueros deben financiar al pequeño. El emprendedor que acaba de comenzar y que necesita unos pocos dólares en el momento correcto: este hombre es el héroe del capitalismo, y es a él a quien se supone que los banqueros dirigen el dinero. Como héroe de los empresarios, se supone que el banquero también es nuestro héroe.
Piense de nuevo, dice Brandeis; los banqueros solo dan dinero a las empresas que han demostrado que no tienen riesgo alguno. En un capítulo absolutamente devastador titulado «Big Men and Little Business» (búsqueda más adelante en ese enlace para «Capítulo VII»), Brandeis da ejemplo sobre un ejemplo de cómo el ascenso de Estados Unidos al poder industrial no debió nada a los banqueros. De hecho, el trabajo principal de J.P. Morgan era combinar empresas preexistentes, en las que los inventores habían trabajado ingratamente durante años, en monopolios (los famosos «fideicomisos»). Para mí fue novedoso que la Casa de Morgan fuera responsable del gigante conocido como General Electric. Y me quedé impresionado por la descripción de Brandeis del papel de Morgan en la formación de AT & T, cuya versión corta es que los empresarios casi se llevaron a la bancarrota para financiar a Alexander Graham Bell, Western Union hizo un gran esfuerzo para matar a la nueva tecnología y Morgan solo apareció décadas después el destino del teléfono era seguro.
Entonces no necesitamos «los grandes bancos» para mantener el capitalismo en movimiento. Se pone peor, dice Brandeis: los «grandes bancos», en su manía de formar monopolios, destruyen empresas en el camino. Gran parte de la ira de Brandeis en el dinero de otras personas proviene de su lucha contra la adquisición de Morgan del ferrocarril de New Haven, que llenó a New Haven de una deuda que no podía soportar, y finalmente llevó a su colapso, una reminiscencia, el lector de hoy se dará cuenta de la locura de la compra apalancada de los años ochenta. «¿Hubo alguna vez un ferrocarril más embolsado que el New Haven?» pregunta Brandeis, a lo largo del camino, probablemente usando «be-bankered» por única vez en la historia del idioma inglés.
El fracaso de los bancos podría no ser tan ofensivo, ¿no estaban haciendo todo su trabajo con «el dinero de otras personas»? La tarea principal de los bancos es tomar $ 1 de los depositantes y convertirlo, a través de préstamos, en lo que el gobierno les permita convertir en $ 10, por ejemplo. La gente ha otorgado a los bancos ese derecho bajo la expectativa de que guarden esos depósitos con cuidado. Los bancos evidentemente no lo hicieron. El disgusto de Brandeis es palpable en cada página.
La solución, dice, es evitar a los bancos por completo. Formar cooperativas de propiedad de los depositantes. Si los ferrocarriles quieren recaudar dinero, no necesitan bancos; tienen (o tenían, al menos) miles de estaciones desde las cuales pueden solicitar capital a sus jinetes. Nos han engañado al pensar que necesitamos bancos, cuando lo que necesitamos es capital para impulsar la innovación.
Other People’s Money es un libro devastador, escrito con elocuencia, fuerza y ​​pasión. Esto corresponde a Brandeis, el futuro juez de la Corte Suprema y uno de los mayores estadounidenses de la historia. Resultó que él escribió un libro que se aplica tan bien a principios del siglo XXI como lo hizo a principios del siglo XX.
Quizás la mejor parte, para mis ocupados lectores, es que el dinero de otras personas solo tiene 100 páginas. Puedes pulirlo de una vez. Sospecho que estarás tan impresionado como yo por la facilidad con que los argumentos de Brandeis continúan hasta hoy.

En el oficio de banquero concurren dos circunstancias al menos que lo distinguen de las demás profesiones. En primer lugar, la materia prima sobre la que se trabaja es el dinero, símbolo en sí mismo y máxima representación de un sistema económico estructurado en torno al intercambio y cuyo objetivo es el lucro. Si la diosa riqueza se encarna en algún objeto material, ése es el dinero. En segundo lugar, en la ejécución de sus funciones, el banquero trabaja y se sirve del dinero que los demás ponen a su cuidado, confiriéndole así una influencia muy superior a la que resulta del mero cómputo de sus propios recursos. De ahí, de esa capacidad de utilizar el dinero de los demás, proviene ciertamente el poder y el aura del banquero, que le hacen destacar entre cualesquiera otros protagonistas de la actividad económica. El ejemplo más evidente de banquero es J.P.Morgan
El banquero de inversiones es el elemento dominante en nuestra oligarquía financiera. Sus herramientas son los bancos asociados, compañías financieras y compañías de seguros. Compañías ferroviarias, compañías de servicios públicos y compañías industriales son sus súbditos. En puridad meros intermediarios, estos banqueros se comportan como los dueños y señores de los negocios de América, hasta el punto de que prácticamente ninguna gran empresa puede ser acometida con éxito sin su participación o consentimiento. Estos banqueros son, por supuesto, hombres capaces, poseedores de grandes fortunas. Pero el factor más poderoso en su control de los negocios no es ni la posesión de un talento extraordinario ni de inmensas riquezas. La clave de su poder es la concentración —intensiva y extensiva—, que se mueve en tres direcciones distintas:
Primera. La obvia vinculación entre bancos y compañías financieras; las menos obvias influencias mediante participaciones en el capital, sindicatos de voto y el control de los consejos de administración entre instituciones bancarias no vinculadas desde la perspectiva legal; y las transacciones conjuntas; los pactos entre caballeros y la denominada «ética del banquero», que eliminan la competencia entre los banqueros de inversiones.
Segunda. La integración de líneas de ferrocarril en enormes sistemas viarios; las grandes combinaciones de compañías de servicios públicos, y la formación de trusts industriales, los cuales, hacen negocios tan «grandes» que exceden la capacidad de financiación de los bancos locales independientes; ello ha creado una dependencia respecto de los banqueros corresponsales de Nueva York.
Pero la concentración, por más intensiva que sea, no podría por los solos medios descritos haber generado el Trust del dinero: un tercer y más poderoso factor de combinación se le ha añadido.
Tercera. Los banqueros de inversiones —como J. P. Morgan & Co., operadores en obligaciones, acciones y pagarés— invadieron las actividades propias de las otras tres clases de compañías con las que su negocio les puso en contacto. Se convirtieron en la fuerza dirigente de las compañías Ferroviarias, de las compañías de servicios públicos y de las compañías industriales.

El pequeño inversor carece de la capacidad, de los medios, de la formación y del tiempo imprescindibles para una investigación rigurosa. Salvo que se conforme con dar a su inversión un carácter sólo ligeramente más sólido que el de una apuesta, necesitará el consejo de un experto que, combinando conocimientos especializados con buen criterio, disponga de los medios y de los incentivos para realizar un análisis concienzudo. Esta dependencia del banquero, tanto por parte de las compañías como de los inversores, ha aumentado en los últimos años desde que las mujeres y otros inversores que no participan en la gestión se han convertido en los titulares de una enorme porción de las acciones y obligaciones de nuestras grandes compañías.
La mayor parte de los depósitos de los bancos y de las compañías financieras no la constituyen los ahorros de la gente. sino los excedentes de tesorería de las empresas. Pero, desde que los bancos de inversiones adquirieron el control sobre bancos y compañías financieras, dichas instituciones se han convertido igualmente, del mismo modo que las compañías de seguros de vida, en adquirentes masivos de obligaciones y de acciones. Muchos de nuestros bancos nacionales han invertido así una gran parte de sus recursos, incluyendo capital, reservas y depósitos. Las inversiones en obligaciones por parte de algunos bancos exceden generosamente la suma de su capital y reservas, y casi alcanzan el importe de sus depósitos susceptibles de préstamo.

La transparencia, sin embargo, debe ser real. Y debe ser una transparencia en beneficio del inversor. No basta la mera exigencia de cumplimentar una declaración de datos al Comisionado para las Sociedades o de informar a otros funcionarios federales o estatales. Esto resultaría casi tan carente de efectos como si la Ley de pureza de los alimentos hubiera exigido a un fabricante el simple registro de una declaración de ingredientes en el departamento, en vez de exigir una etiqueta para contar toda la historia.
La abolición de la práctica de entrelazar los consejos de administración mediante la compatibilización de cargos recortará, en gran medida, el poder de los banqueros al finalizar con tantas combinaciones turbias. La publicidad de las comisiones bancarias, de los beneficios de los banqueros y de sus alianzas será una ayuda efectiva, particularmente, para poner límite a gabelas injustificables. Muchas de las medidas específicas recomendadas por la Comisión Pujol (algunas de las cuales están destinadas a solventar cuestiones técnicas) permitirán avanzar hacia la eliminación de abusos por parte de la banca, así como en el seno de las sociedades, y así se tenderá hacia la contención de la concentración financiera. Pero el banquero de negocios ha adquirido, dentro de sus legítimos dominios, un grado de control tan amplio que constituye una amenaza al bienestar del público en general, aun cuando su actuación discurra por cauces correctos.
El Trust del Dinero no puede desmantelarse si consentimos que su poder aumente constantemente. Para destruir el Trust del Dinero, debemos cortar ese poder de raíz. Los trusts industriales se cuentan entre sus más efectivas nodrizas. Deben ser disueltos los que sean ilegales. La creación de otros nuevos debe impedirse. Con esta finalidad, la Ley Sherman debe verse complementada tanto por la puesta en marcha de los más eficientes medios al servicio de los jueces y tribunales como mediante la creación de un ente administrativo dotado de competencias suficientes para ayudar a la efectiva aplicación de la ley. Cuando esto se haya hecho, otro importante paso se habrá dado para hacer posible la Nueva Libertad.
O nosotros destruimos al Trust del Dinero, o el Trust del Dinero nos destruirá. El fracaso de la gestión llevada a cabo por los banqueros no es sorprendente. Lo que causa sorpresa es que la gente creyese que iba a triunfar. Porque la asunción de la gestión por los banqueros contraviene las leyes fundamentales de las limitaciones humanas: primera, que ningún hombre puede servir a dos señores a la vez; segunda, que quien mucho abarca, poco aprieta.
El fracaso de los banqueros como gestores se debe en parte a que los intereses privados destruyen la integridad del juicio empresarial y socavan las lealtades. En parte, el fracaso obedece también a que los banqueros-consejeros, víctimas de su propio oficio (y, a menudo, también por causa de la lejanía física de las empresas que gestionan), aplican a sus decisiones un parámetro equivocado. En la mente del banquero, una preocupación destaca sobre las demás: «¿Cuál será el posible impacto de nuestra decisión sobre el valor de nuestras acciones y obligaciones o, en realidad, sobre los demás valores cotizados?» La Bolsa ocupa un papel tan importante dentro de la vida del banquero de negocios que éste no puede evitar sustraerse a sus efectos, por más desinteresado que sea. La Bolsa es un indicador sensible.

El presidente Wilson lo ha dicho con gran sabiduría:
Ningún país puede permitirse que su prosperidad pertenezca a una pequeña clase dominante. La riqueza de los Estados Unidos de América no reside en los cerebros del pequeño grupo de hombres que hoy controlan las grandes empresas. Esa riqueza depende de las invenciones de hombres desconocidos, de la iniciativa de hombres desconocidos, de las ambiciones de hombres desconocidos. Cada país se renueva merced a quienes irrumpen de entre las filas de los desconocidos, no de entre los ya famosos y poderosos que mandan.

This book, which is a classic despite being written at the beginning of the 20th century, shows us that it was not changed too much.

Brandeis first published 10 articles in Harper’s Weekly starting in late-1913 (which was published as a book in March 1914) which are available online for free (but I’m not allowed to post the link here). The chapters are: «Our Financial Oligarchy,» «How the Combiners Combine,» «Interlocking Directorates,» «Serve One Master Only,» «What Publicity Can Do,» «Where the Banker Is Superfluous,» «Big Men and Little Business,» «A Curse of Bigness,» «The Failure of Banker-Management,» and «The Inefficiency of the Oligarchs.»
Everyone learns in high school that Mr. J. P. Morgan was some towering presence of «good character» on Wall Street who intervened in the Panic of 1907, and whose company likewise stepped in during the 1929 Crash. But Brandeis shows that Mr. J. P. Morgan was basically just one big clever, greedy, slimeball who put on a good front. I bet nobody ever read in any history book that someone from J.P. Morgan was a director of American Bank Note Company (and Mr. Morgan one of its largest shareholders) which had «the exclusive privilege granted . . . by the New York Stock Exchange. A recent $60,000,000 issue of New York bonds was denied listing on the Exchange, because the city refused to submit to an exaction of $55,800 by the American Bank Note Company for engraving the bonds, when the New York Bank Note Company would do the work equally well for $44,500.» Today, this would be called a controlled entity arrangement (a kickback arrangement for inflated pricing).
Also, back then, underwriting commissions were grossly too much and the banks made sure of this by placing friendly directors on the boards of companies who made sure commissions and other shanagans were not questioned. State and local governments, and many other entities, could have done their own sales of bonds to the public, cutting out the middleman and the rip-off costs. Also, trading commissions made bankers rich. Amazingly, Brandeis points out the 1/4-point bid/ask spread even back then, which the In Re Nasdaq Securities Antitrust Litigation from the 1990s caused to be substituted by a pennies (decimal) bid/ask spread practice which has since saved the public huge amounts of trading costs. One wonders why there was this 1/4-point (25-cent) bid/ask spread for so long, where now the spread is usually just 1-cent. Just think of all profits made by the «market makers» over the years just from this 1/4-point (later typically 1/8-point on heavily-traded stocks) gimmick.
The book also gets into co-ops and other discussion of simply cutting out leaching, greedy, conflict-of-interest-laden, middlemen. Also, consolidation of business typically just caused management to be removed to the la-la-land of New York City resulting in bad management which simply wanted to extend past business practices (why take any new risks?).
I think some of the sentences can be re-written to be easier to read, and I had to read some of them over again because some are fragments that are improperly written, and there are other defects that should be edited.

This is a book that we all ought to be reading right now. Today, investment banks’ primary mode of self-defense is to argue that capitalism needs them. Brandeis argues vigorously to the contrary, and it’s not at all hard to carry his arguments from the nineteen-teens directly to now.
When we tip our hat to bankers, we typically honor their role as intermediaries: they direct money from depositors to valuable investment opportunities. Most depositors cannot be expected to evaluate the claims of businessmen, so bankers function as a vehicle for judging risk and establishing reputations. Hence the now-famous dialogue between J.P. Morgan and Samuel Untermyer:
‘Untermyer: «Is not commercial credit based primarily upon money or property?»
Morgan: «No sir. The first thing is character.»
Untermyer: «Before money or property?»
Morgan: «Before money or property or anything else. Money cannot buy it…because a man I do not trust could not get money from me on all the bonds in Christendom.»‘

You will presumably find few people today who view bankers as this sort of lantern-jaw-held-steady, coldly-responsible übermenschen.
On the other side of the risk-judging coin, bankers are supposed to finance the little guy. The entrepreneur just starting out who needs a few dollars at the right moment — this man is capitalism’s hero, and he’s the one to whom bankers are supposed to direct money. As the entrepreneurs’ hero, the banker is supposed to be our hero as well.
Think again, says Brandeis; bankers only give money to enterprises which have proven that they hold no risk whatsoever. In an absolutely devastating chapter entitled «Big Men And Little Business» (search ahead in that link for «Chapter VII»), Brandeis gives example upon example of how America’s rise to industrial might owed nothing to the bankers. In fact, J.P. Morgan’s main job was to combine pre-existing businesses — on which inventors had toiled thanklessly for years — into monopolies (the famous «trusts»). It was news to me that the House of Morgan was responsible for the behemoth known as General Electric. And I was floored by Brandeis’s description of Morgan’s role in forming AT&T, the short version of which is that entrepreneurs nearly bankrupted themselves to fund Alexander Graham Bell, Western Union tried very hard to kill the new technology, and Morgan only came along decades later after the phone’s fate was secure.
So we don’t need «the great banks» to keep capitalism churning. It gets worse, says Brandeis: the «great banks,» in their mania to form monopolies, destroy businesses along the way. A lot of Brandeis’s anger in Other People’s Money comes from his fight against the Morgan acquisition of the New Haven railroad, which larded the New Haven up with debt that it couldn’t support, and eventually led to its collapse — reminiscent, today’s reader will note, of the 1980s’ leveraged-buyout craze. «Was there ever a more be-bankered railroad than the New Haven?» asks Brandeis, along the way probably using «be-bankered» for the only time in the history of the English language.
The banks’ failure might not be quite so offensive, were they not doing all their work with «other people’s money.» The banks’ main chore is to take $1 from depositors and turn it, through loans, into whatever the government allows them to turn it into — $10, say. The people have granted banks that right under the expectation that they’ll guard those deposits carefully. The banks have manifestly failed to do so. Brandeis’s disgust is palpable on every page.
The solution, he says, is to sidestep the banks altogether. Form depositor-owned co-ops. If the railroads want to raise money, they don’t need banks; they have (or had, at least) thousands of stations from which they can solicit capital from their riders. We’ve been deceived into thinking that we need banks, when what we need is capital to fuel innovation.
Other People’s Money is a devastating book, written with eloquence, force, and passion. This befits Brandeis, the future Supreme Court justice and one of history’s greatest Americans. As it turns out, he wrote a book that applies just as well in the early 21st century as it did in the early 20th.
Perhaps the best part, for my busy readers, is that Other People’s Money is only 100 pages long. You can polish it off in one sitting. I suspect you’ll be as floored as I was by how effortlessly Brandeis’s arguments carry over to today.

In the office of banker concur two circumstances at least that distinguish him from other professions. In the first place, the raw material on which we work is money, a symbol in itself and the maximum representation of an economic system structured around exchange and whose objective is profit. If the goddess wealth is incarnated in some material object, that is the money. Secondly, in the exercise of his functions, the banker works and uses the money that others put in his care, thus giving him an influence far superior to that resulting from the mere calculation of his own resources. Hence, from that ability to use the money of others, certainly comes the power and the aura of the banker, which make him stand out among any other protagonists of economic activity. The most obvious example of a banker is J.P.Morgan
The investment banker is the dominant element in our financial oligarchy. Its tools are associated banks, financial companies and insurance companies. Railway companies, utility companies and industrial companies are its subjects. Purely mere intermediaries, these bankers behave like the owners and masters of American businesses, to the point that virtually no large company can be successfully undertaken without their participation or consent. These bankers are, of course, able men, possessors of great fortunes. But the most powerful factor in his control of business is neither the possession of extraordinary talent nor immense wealth. The key to its power is concentration -intensive and extensive-, which moves in three different directions:
First. The obvious link between banks and financial companies; the less obvious influences through participation in capital, voting unions and the control of boards of directors between banking institutions not linked from a legal perspective; and joint transactions; the pacts between gentlemen and the so-called «banker’s ethic», which eliminate competition among investment bankers.
Second. The integration of railway lines in huge road systems; the large combinations of public utility companies, and the formation of industrial trusts, which do such «large» businesses that exceed the financing capacity of independent local banks; this has created a dependence on correspondent bankers in New York.
But the concentration, however intensive, could not by the only means described have generated the Trust of money: a third and more powerful factor of combination has been added.
Third. Investment bankers – like J. P. Morgan & Co., operators in bonds, shares and promissory notes – invaded the activities of the other three kinds of companies with which their business put them in contact. They became the driving force of railway companies, utility companies and industrial companies.

The small investor lacks the capacity, the means, the training and the time necessary for a rigorous investigation. Unless you agree to give your investment a character only slightly stronger than that of a bet, you will need the advice of an expert who, by combining expert knowledge with good judgment, has the means and the incentives to conduct a thorough analysis. This dependence on the banker, both by companies and investors, has increased in recent years since women and other investors who do not participate in the management have become the holders of a huge portion of the shares and obligations of our big companies.
Most of the deposits of banks and financial companies are not made up of people’s savings. but the surpluses of treasury of the companies. But, since the investment banks acquired control over banks and financial companies, these institutions have also become, in the same way as life insurance companies, massive purchasers of bonds and shares. Many of our national banks have thus invested a large part of their resources, including capital, reserves and deposits. The investments in obligations by some banks generously exceed the sum of their capital and reserves, and almost reach the amount of their deposits susceptible to loan.

Transparency, however, must be real. And it must be a transparency for the benefit of the investor. The mere requirement to complete a statement of data to the Commissioner for Societies or to inform other federal or state officials is not enough. This would be almost as lacking in effect as if the Food Purity Law had required a manufacturer to simply record a declaration of ingredients in the department, rather than requiring a label to tell the whole story.
The abolition of the practice of interweaving boards of directors through the reconciliation of positions will, to a large extent, cut the power of the bankers at the end of so many murky combinations. The publicity of the banking commissions, the profits of the bankers and their alliances will be an effective aid, particularly, to limit unjustifiable gabions. Many of the specific measures recommended by the Pujol Commission (some of which are aimed at solving technical issues) will make it possible to move towards the elimination of abuses by banks, as well as within societies, and this will tend toward containment of financial concentration. But the business banker has acquired, within its legitimate domains, a degree of control so broad that it constitutes a threat to the well-being of the general public, even when its action proceeds through correct channels.
The Money Trust can not be dismantled if we allow its power to increase constantly. To destroy the Money Trust, we must cut that power at the root. Industrial trusts are among their most effective wet nurses. Those that are illegal must be dissolved. The creation of new ones must be prevented. To this end, the Sherman Act must be complemented both by the implementation of the most efficient means at the service of judges and courts and by the creation of an administrative body endowed with sufficient powers to help the effective implementation of the law. When this has been done, another important step will have been taken to make the New Freedom possible.

Either we destroy the Money Trust, or the Money Trust will destroy us. The failure of the management carried out by the bankers is not surprising. What is surprising is that people believed that I was going to succeed. Because the assumption of management by bankers contravenes the fundamental laws of human limitations: first, that no man can serve two masters at once; second, that who covers a lot, little squeezes.
The failure of bankers as managers is partly because private interests destroy the integrity of corporate judgment and undermine loyalties. In part, the failure is also due to the fact that the bankers-counselors, victims of their own trade (and, often, also because of the physical distance of the companies they manage), apply a wrong parameter to their decisions. In the mind of the banker, one concern stands out above the others: «What will be the possible impact of our decision on the value of our shares and obligations or, in reality, on the other listed securities?» The Stock Exchange occupies such an important role within the life of the business banker that this can not avoid evading its effects, no matter how disinterested it may be. The Exchange is a sensitive indicator.

President Wilson has said it with great wisdom:
“No country can afford its prosperity to belong to a small ruling class. The wealth of the United States of America does not reside in the brains of the small group of men who now control large companies. That wealth depends on the inventions of unknown men, on the initiative of unknown men, on the ambitions of unknown men. Each country is renewed thanks to those who break into the ranks of strangers, not among the already famous and powerful who rule”.

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