Noticiero Sideral — Galileo Galilei / Siderevs Nvncivs by Galileo Galilei

57D18355-14FA-4D96-877F-3CF9F7CFE537
Fue publicado en Venecia en marzo de 1610. Fue el primer tratado científico basado en observaciones astronómicas realizadas con un telescopio. Contiene los resultados de las observaciones iniciales de la Luna, las estrellas y las lunas de Júpiter. Su publicación se considera el origen de la moderna astronomía y provocó el colapso de la teoría geocéntrica. Es una joya.

Sin saber exactamente cómo eran todos estos instrumentos, lo que resulta indudable es que hacia 1608 el «catalejo para mirar de lejos» era una curiosidad cuya existencia estaba algo extendida.
El ataque frontal que Galileo realizó con los catalejos que construyó no se limitó a las observaciones —la estructura de la superficie lunar, el número de estrellas fijas, la naturaleza de la Vía Láctea y los satélites de Júpiter— que presentó en Sidereus nuncius. También están las que hizo de Saturno, Venus y las manchas en el Sol. En un mundo más pausado, con menos competencia, probablemente todas habrían aparecido reunidas en un gran, más acabado y perfecto, Sidereus nuncius. Pero eso, un mundo pausado, sin competencias, es no solo difícil de imaginar sino, seguramente, imposible.

Hermosísimo y agradabilísimo es ver el cuerpo lunar, alejado de nosotros casi sesenta semidiámetros terrestres, tan cerca como si distase tan solo dos de esas medidas, de modo que el diámetro de la propia Luna parezca casi treinta veces más grande, la superficie sin la menor duda novecientas y, por lo tanto, el cuerpo sólido alrededor de veintisiete mil veces mayor que cuando se mira solo a simple vista. Entonces, pues, cualquiera es capaz de comprender con razonable certidumbre que la Luna de ninguna manera está cubierta por una superficie lisa y pulida, sino áspera y desigual; y que a semejanza de la faz de la propia Tierra se encuentra llena de grandes protuberancias, profundas lagunas y anfractuosidades.
No creo que haya de menospreciarse, además, el hecho de haber puesto fin a la controversia sobre la Galaxia o Círculo Lácteo, y haber logrado poner de manifiesto su esencia tanto a los sentidos como al intelecto. Asimismo, resultará grato y hermosísimo demostrar, materialmente, que la sustancia de las estrellas que hasta hoy los astrónomos llamaron nebulosas dista mucho de ser lo que se ha creído hasta ahora.
A través de los rumores de un neerlandés y el diseño de un catalejo. En seguida, me esforcé en hacer otro más exacto, que representaba los objetos más de sesenta veces más grandes. Al fin, sin ahorrar ningún esfuerzo ni coste, sucedió que fui capaz de construirme un instrumento tan excelente, que las cosas vistas por medio de él aparecen casi mil veces mayores, y más de treinta veces más próximas que si se mirasen solo con las facultades naturales. Estaría de más exponer en qué medida y qué grande sería la utilidad de este instrumento, tanto en las necesidades terrestres como en las marítimas. Pero decidí olvidar las cosas terrenales y me dediqué a la observación de las celestes. Primero, observé la Luna tan de cerca como si apenas distase dos diámetros terrestres. Después, observé a menudo con increíble placer tanto las estrellas fijas como las vagabundas.
La faz de la Luna que mira hacia nosotros, en la que, para una más fácil comprensión, distingo dos partes: una naturalmente más clara, otra más oscura. La más clara semeja rodear e invadir todo el hemisferio. Por el contrario, la más oscura recubre la misma cara a modo de una especie de nubes y nos la devuelve manchada. Pero esas manchas, algo oscuras y bastante amplias, son para todos obvias y en todos los tiempos se vieron. Por lo cual, llamaremos a estas grandes o antiguas, a diferencia de las otras manchas de menor extensión, pero de tal manera numerosas y trabadas entre sí, que se esparcen por toda la superficie lunar, sobre todo por la parte más luminosa. Estas, ciertamente, nadie antes que nosotros las contempló. De la observación tan reiterada de las mismas llegamos a la conclusión, que tenemos por cierta, de que la superficie de la Luna no es alisada, uniforme y de esfericidad exactísima, tal como la inmensa mayoría de filósofos opinó de la misma y de los restantes cuerpos celestes, sino al contrario: desigual, arrugada, y llena de huecos y protuberancias, absolutamente como la faz de la Tierra, en la que se distinguen aquí y allá las cumbres de los montes y las profundidades de los valles.
Además, una gran cantidad de pequeñas manchas negruzcas separadas por completo de la parte tenebrosa, se esparcen por toda la extensión ya alcanzada por la luz del Sol, únicamente excepto aquella parte cubierta por las manchas grandes y antiguas. Hemos observado que las pequeñas manchas mencionadas concuerdan todas ellas en estas características: en tener la parte negruzca mirando a donde está el Sol, mientras que por la parte opuesta al Sol están coronadas por lindes más luminosos, casi como cumbres de montaña resplandecientes. Precisamente tenemos una visión completamente similar en la Tierra, tras la salida del Sol, cuando, aún sin estar los valles cubiertos de luz, vemos, con todo, que los montes que los circundan están ya refulgentes de esplendor por la parte que mira al Sol. De modo que, lo mismo que las tinieblas de las cavidades terrestres disminuyen cuando el Sol alcanza más altura, así también estas manchas lunares pierden las tinieblas, cuando crece la parte luminosa.
Luna creciente, como en la menguante, siempre en la línea del linde entre la luz y las tinieblas, los bordes de la parte más luminosa destacan más que el contorno de las manchas grandes tal y como detallamos al trazar las figuras. Y no solo los bordes de dichas manchas están más hundidos, sino que son más uniformes, y no están interrumpidos por rugosidades y asperezas. Incluso la parte más brillante se destaca sobre todo cerca de las manchas.

Es importante señalar la diferencia entre el aspecto de los planetas y las estrellas fijas. En efecto, los planetas muestran sus globos exactamente redondos, circulares y esféricos, a modo de ciertas lunillas, rodeadas de luz por todas partes. No obstante, las estrellas fijas nunca se ven delimitadas por un perímetro circular, sino por ciertos resplandores, que liberan rayos brillantes y muy titilantes todo alrededor. Finalmente, aparecen con el catalejo en una forma semejante a cuando las vemos a simple vista, pero de tal modo más grandes, que una estrellita de quinta o sexta magnitud parece igualar al Perro que es la mayor de todas las estrellas fijas. Ahora bien, con el catalejo hemos de ver, más allá de las estrellas de sexta magnitud, una numerosa grey de otras que se escapan a la visión natural, lo que cuesta trabajo creer: permitirnos ver más estrellas, incluso, que cuantas están en todos los otros seis grados de magnitud. Las mayores de estas, aquellas que podríamos llamar de séptima magnitud, o de primera magnitud de las invisibles, gracias al catalejo se muestran más grandes y más brillantes, que los astros de segunda magnitud.
La Estrella más oriental era mayor que la más occidental, pero ambas perfectamente visibles y esplendorosas. Una y otra distaban de Júpiter dos minutos. También una tercera estrellita, nunca antes visible, comenzó a aparecer a la tercera hora. Casi tocaba a Júpiter por la parte oriental y era bastante pequeña. Todas estaban en la misma recta y colocadas según la longitud de la eclíptica.

No se debe olvidar tampoco por qué razón sucede que los Astros MEDICEOS, en cuanto llevan a cabo rotaciones muy cortas alrededor de Júpiter, ellos mismos parezcan a veces más del doble más grandes. En absoluto podemos achacar la causa a los vapores terrestres, pues estos astros aparecen aumentados o disminuidos, en tanto el tamaño de Júpiter y de las estrellas fijas más próximas no se observa cambiado en absoluto. No es fácil pensar que la causa de semejante cambio se encuentre en el hecho de que se acerquen o se separen de la Tierra en el perigeo o el apogeo de sus propias revoluciones, pues un movimiento circular tan cerrado de ninguna manera puede ser responsable de este hecho. Por otro lado, un movimiento oval (que en este caso sería casi recto) es difícil de imaginar, y para nada está de acuerdo con las apariencias. Expongo con gusto lo que en esta cuestión se me ocurre, y lo ofrezco claramente al juicio y censura de los filósofos. Me consta que el Sol y la Luna aparecen mayores debido a la interposición de vapores terrestres, mientras que las estrellas fijas y los planetas aparecen menores. De aquí que, cerca del horizonte, esas lumbreras parezcan más grandes, y las estrellas parezcan más pequeñas y a menudo invisibles. Disminuyen en la medida en que esos vapores están inundados de luz, de manera que las estrellas aparecen absolutamente débiles de día y durante los crepúsculos, no así la Luna como también advertimos arriba. Además, que no solo la Tierra, sino también la Luna tiene su propia esfera envuelta en vapores de esos se sabe por lo que antes dijimos, y sobre todo, por lo que se explicará más ampliamente en nuestro Sistema. Pero podemos aplicar adecuadamente esta opinión a los otros planetas, de manera que en absoluto parece impensable que haya alrededor de Júpiter una esfera más densa de éter en torno a la cual giren los Planetas MEDICEOS, a la manera de la Luna alrededor de la esfera de los elementos. Y por causa de la interposición de esta esfera, sean más pequeños cuando estén en el apogeo, en cambio más grandes cuando estén en el perigeo, de acuerdo con la desaparición o atenuación de esa misma esfera.

E9200BFB-CBFF-4631-BF01-0327B37883EA

It was published in Venice in March 1610. It was the first scientific treatise based on astronomical observations made with a telescope. It contains the results of the initial observations of the Moon, the stars and the moons of Jupiter. Its publication is considered the origin of modern astronomy and caused the collapse of the geocentric theory. It is a jewel.

Without knowing exactly how all these instruments were, what is certain is that by 1608 the «spyglass to look from afar» was a curiosity whose existence was somewhat widespread.
The frontal attack that Galileo made with the telescopes he built was not limited to observations – the structure of the lunar surface, the number of fixed stars, the nature of the Milky Way and the satellites of Jupiter – that he presented in Sidereus nuncius. There are also those that made of Saturn, Venus and the spots on the Sun. In a more leisurely world, with less competition, probably all would have appeared together in a great, more finished and perfect, Sidereus nuncius. But that, a slow world, without competences, is not only difficult to imagine but, surely, impossible.

It is very beautiful and very nice to see the moon body, away from us almost sixty terrestrial semidiariams, as close as if it were only two of those measurements, so that the diameter of the Moon itself seems almost thirty times larger, the surface without the least doubt nine hundred and, therefore, the solid body around twenty-seven thousand times greater than when it is only seen by the naked eye. So, then, anyone is able to understand with reasonable certainty that the Moon is in no way covered by a smooth and polished surface, but rough and unequal; and that like the face of the Earth itself it is full of great protuberances, deep lagoons and irregularities.
I do not think that the fact of having put an end to the controversy over the Galaxy or the Milky Circle, and having managed to show its essence both to the senses and to the intellect, should be underestimated. Likewise, it will be pleasing and beautiful to demonstrate, materially, that the substance of the stars that until today astronomers called nebulae is far from being what has been believed until now.
Through the rumors of a Dutchman and the design of a spyglass. Next, I made an effort to make another more exact one, which represented objects more than sixty times larger. Finally, without saving any effort or cost, it happened that I was able to build myself such an excellent instrument, that the things seen through it appear almost a thousand times greater, and more than thirty times closer than if they were viewed only with the faculties natural It would be of more expose to what extent and how great would be the utility of this instrument, both in the terrestrial and maritime needs. But I decided to forget the earthly things and I dedicated myself to the observation of the celestial ones. First, I observed the Moon as closely as if I were just two Earth’s diameters apart. Afterwards, I often observed with incredible pleasure both the fixed stars and the vagabonds.
The face of the Moon that looks towards us, in which, for a more easy understanding, I distinguish two parts: one naturally clearer, another darker. The clearest seems to surround and invade the entire hemisphere. On the contrary, the darkest covers the same face as a kind of clouds and returns it to us stained. But those spots, somewhat dark and quite broad, are for everyone obvious and at all times they were. Therefore, we will call these large or ancient, unlike the other spots of smaller extent, but in such a way numerous and locked together, that they spread over the entire lunar surface, especially in the most luminous part. These, certainly, nobody before us contemplated them. From the repeated observation of them we come to the conclusion, that we have for certain, that the surface of the Moon is not smoothed, uniform and of very exact sphericity, as the vast majority of philosophers thought of it and the rest celestial bodies, but on the contrary: uneven, wrinkled, and full of gaps and protrusions, absolutely like the face of the Earth, in which the peaks of the mountains and the depths of the valleys are distinguished here and there.
In addition, a large number of small blackish spots completely separated from the dark part, are scattered throughout the extent already reached by sunlight, except for that part covered by large and ancient spots. We have observed that the small spots mentioned all agree on these characteristics: to have the black part looking at where the Sun is, while on the opposite side to the Sun are crowned by brighter borders, almost like shining mountain peaks. Precisely we have a completely similar vision on Earth, after the sunrise, when, even without the valleys covered with light, we see, however, that the mountains that surround them are already shining with splendor on the part that looks at the Sun. So, just as the darkness of the earth cavities diminish when the Sun reaches more height, so also these lunar spots lose the darkness, when the luminous part grows.
Crescent moon, as in the waning, always on the line of the border between light and darkness, the edges of the brightest part stand out more than the outline of the large spots as we detail when drawing the figures. And not only the edges of these spots are more sunken, but they are more uniform, and are not interrupted by roughness and roughness. Even the brightest part stands out above all near the spots.

It is important to note the difference between the appearance of the planets and the fixed stars. Indeed, the planets show their globes exactly round, circular and spherical, like certain lunnels, surrounded by light everywhere. However, the fixed stars are never delimited by a circular perimeter, but by certain flashes, which release bright and very twinkling rays all around. Finally, they appear with the telescope in a similar way to when we see them with the naked eye, but in such a way bigger, that a fifth or sixth magnitude star seems to equal the Dog that is the biggest of all the fixed stars. Now, with the telescope we have to see, beyond the stars of the sixth magnitude, a large flock of others that escape the natural vision, what it is hard to believe: allow us to see more stars, even, that how many are in all the other six degrees of magnitude. The largest of these, those that we could call the seventh magnitude, or the first magnitude of the invisible ones, thanks to the spyglass, are bigger and brighter than the stars of the second magnitude.
The easternmost Star was greater than the westernmost, but both perfectly visible and splendid. One and the other were two minutes away from Jupiter. Also a third star, never before visible, began to appear at the third hour. It almost touched Jupiter on the eastern side and it was quite small. All were on the same line and placed according to the length of the ecliptic.

One should not forget either why it happens that MEDICEOS stars, in so far as they carry out very short rotations around Jupiter, they themselves sometimes seem more than twice as large. In no way can we attribute the cause to the terrestrial vapors, because these stars appear increased or diminished, while the size of Jupiter and the closest fixed stars is not changed at all. It is not easy to think that the cause of such change lies in the fact that they approach or separate from the Earth in the perigee or the apogee of their own revolutions, because such a closed circular movement can in no way be responsible for this fact. On the other hand, an oval movement (which in this case would be almost straight) is difficult to imagine, and it does not agree with appearances at all. I expose with pleasure what in this question occurs to me, and I offer it clearly to the judgment and censure of the philosophers. I know that the Sun and the Moon appear larger due to the interposition of terrestrial vapors, while the fixed stars and the planets appear smaller. Hence, near the horizon, these luminaries appear larger, and the stars appear smaller and often invisible. They diminish to the extent that these vapors are flooded with light, so that the stars appear absolutely weak during the day and during the twilight, but not the Moon as we also notice above. Also, that not only the Earth, but also the Moon has its own sphere wrapped in vapors of these is known from what we said above, and above all, so it will be explained more widely in our System. But we can properly apply this opinion to the other planets, so that it does not seem at all unthinkable that around Jupiter there is a denser sphere of ether around which the MEDICIOUS Planets rotate, in the manner of the Moon around the sphere of The elements. And because of the interposition of this sphere, they are smaller when they are in the apogee, instead larger when they are in the perigee, according to the disappearance or attenuation of that same sphere.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.