No, No Te Equivoques, Trump No Es Liberal: Por qué Trump Es Populista, Proteccionista, Machista, Autoritario Y Nacionalista, Pero En Ningún Caso Liberal — John Müller / No, Don’t Defy, Trump Isn’t Liberal: Why Trump Is Populist, Protective, Machist, Authoritarian And Nationalist, But In No Liberal Case by John Müller (spanish book edition)

CB3425C1-0A80-49D6-B9FD-6FC3FB0AF5A5
Debo decir que este libro que se compone de 9 artículos sobre el presidente Trump me parecen muy interesantes para intentar comprender lo que realmente oculta y como maneja los hilos de su producto en la Casa Blanca. Muy interesante su lectura compilada por John Freddy Müller.

Trump es uno de los campeones mundiales del proceso que podemos bautizar como «desglobalización», un fenómeno por el cual los llamados perdedores de la globalización han empezado a articularse políticamente y a condicionar los procesos políticos en diferentes países.
El más veterano de los líderes que se han apuntado a esta desglobalización es el autocrático presidente ruso, Vladimir Putin, quien cree en los Estados-nación a la antigua, con fronteras bien definidas, a ser posible ampliables a costa de los vecinos más débiles, donde un poder central materializa la soberanía estatal hasta el último de sus confines. Pero Putin se halla en ese lado de la desglobalización porque su visión del poder tiene una base nacional, no porque los ciudadanos rusos sean genuinas víctimas de este fenómeno. Quienes sí tienen perdedores de este proceso entre sus votantes son Estados Unidos, el Reino Unido y el resto de la Unión Europea. Y es a estos perdedores a los que Trump, Theresa May, Marine Le Pen y otros políticos populistas están reclutando para ganar elecciones.
Frente a la globalización, Donald Trump ofrece como alternativa una receta simple: la conversión de Estados Unidos en una potencia extractiva que gracias a su liderazgo político y militar pueda instalar en el planeta relaciones de señorío y vasallaje con los demás países. Ésta es una política profundamente antiliberal.

Cuando Trump ataca a los medios de comunicación no hace más que dar rienda suelta a su temperamento visceral. De la misma manera que cuando se pone a tuitear amenazas contra Corea del Norte o a dar órdenes a los empresarios que planean deslocalizar sus empresas. No hay nada racional en ello, salvo la constatación —descubierta por su asesor Stephen Bannon— de que esta forma de ser, testeada hasta el cansancio en los reality shows como The Apprentice, conecta con un vasto sector del público norteamericano que se identifica con su estilo y con sus mensajes. Los norteamericanos no toleran la incompetencia, pero sí respetan el carácter y ésa quizá sea la clave por la que a Trump se le han llegado a perdonar.

El éxito del populismo en Estados Unidos, símbolo de la democracia liberal, es una pésima noticia para un mundo en el que la democracia iliberal, como ha escrito Fareed Zakaria goza de un creciente atractivo. Con sus defectos y con sus virtudes, con sus luces y con sus sombras, Estados Unidos ha sido desde el final de la segunda guerra mundial la «reluciente ciudad sobre la colina», la salvaguarda de los valores de la sociedad abierta. Ahora existe el riesgo claro de que ese referente desaparezca cuando su permanencia es más necesaria.
La versión «progre» populista dirige sus ataques hacia las clases altas de la sociedad, en especial hacia la plutocracia y hacia sus paladines intelectuales. Las élites han traicionado los intereses de los hombres y mujeres que trabajan. Su concepción del pueblo es de raíz clasista y no se identifica con ningún grupo (étnico, religioso, etc.) concreto. Se trata por tanto de una reacción contra el «poder del dinero», representado por las grandes corporaciones y las finanzas, causantes efectivos de la pobreza de sus principales clientes: los electores rurales y los trabajadores urbanos. Su programa era extender las funciones del Estado para servir a la gente de a pie y acabar con el laissez-faire, laissez-passer imperante.
La segunda forma de populismo, la derechista, también ataca a las élites, pero su definición del pueblo explotado es más estrecha y tiene un indudable componente étnico. Aparece muy ligado a la defensa de los ciudadanos norteamericanos de ascendencia europea. La expresión dialéctica de su mensaje es la presencia de una nefasta alianza entre las clases dirigentes que controlan el sistema y los grupos o segmentos de la población con bajos niveles de renta y de formación de procedencia no anglosajona.
Cuando el populismo se extiende como la peste por Occidente, la adopción por el Gobierno norteamericano de ese ideario es una verdadera tragedia para el mundo. Ésta sí es una muestra del declive de Estados Unidos, el abandono de los ideales que la hicieron la nación más rica y poderosa de la Tierra, un poderoso imán, un espejo para los países que aspiraban a prosperar y a crear sociedades abiertas. A diferencia de lo ocurrido en el pasado, el futuro de la libertad no se juega fuera de las fronteras norteamericanas, sino dentro de ellas. Mr. Trump puede desnaturalizar el ordenamiento político, social y económico de Estados Unidos y conducir al país hacia un terreno inimaginable para los Padres Fundadores y para las sucesivas generaciones que crearon la nación. En Estados Unidos no se ha producido una mera alternancia de Gobierno, sino que existe el evidente riesgo de que se produzca un cambio de régimen; esto es, la transformación del país en una democracia iliberal, precisamente el peligro que intentaron conjurar los Fundadores. En lo que suceda en Estados Unidos, el mundo libre se juega su porvenir.

En materia económica, Donald Trump siempre ha exhibido una frontal oposición a la libertad comercial. Su discurso de investidura fue, de hecho, un canto al nacionalismo y al proteccionismo: «Somos una nación y el sufrimiento de los demás es nuestro sufrimiento. Compartimos un corazón, un hogar y un destino glorioso». Unidad de destino en lo universal que, como decíamos, subyuga todo lo particular o todo lo ajeno al vaporoso interés general de la nación: «Nos hemos reunido hoy aquí para emitir un nuevo decreto que va a ser escuchado en todas las ciudades, en todas las capitales extranjeras y en todos los centros de poder. Desde hoy en adelante, un nuevo paradigma gobernará nuestra tierra. De hoy en adelante, Estados Unidos será lo primero: lo primero». Desde su perspectiva, la principal causa de la decadencia económica de Estados Unidos ha sido que «durante décadas, hemos enriquecido a la industria extranjera a costa de la industria estadounidense».
En contra del relato proteccionista de Trump, México y China han tenido una influencia absolutamente marginal sobre la desindustrialización de Estados Unidos.
Cuando Trump asegura defender «los intereses de Estados Unidos» mediante sus promesas proteccionistas, parece evidente que no se está refiriendo a los intereses de aquellos consumidores estadounidenses que actualmente importan mercancías extranjeras por cuanto son más baratas o de mejor calidad que las fabricadas en el interior de Estados Unidos: a todos ellos los castigará con impuestos o costes regulatorios más elevados para forzarlos a adquirir la peor mercancía local. El nacionalismo económico cae en un evidente reduccionismo al sugerir que todos los ciudadanos comparten los mismos intereses, que son los impulsados por el Estado: las políticas proteccionistas dan lugar a ganadores y perdedores entre los estadounidenses, de manera que en el fondo no promueven «el interés de Estados Unidos» sino los intereses de algunos estadounidenses a costa de los de otros estadounidenses.
En definitiva, Trump no reduce el volumen del Estado: sólo modifica las prioridades del gasto público (menos diplomacia, menos sanidad, menos educación o menos agricultura a cambio de más defensa). Y sin reducción del tamaño del Estado, su prometida rebaja histórica de impuestos se convertirá, simple y llanamente, en un estallido histórico de la deuda. No es liberalismo: a lo sumo un keynesianismo por el lado de los ingresos análogo al que le reprochábamos a Podemos cuando prometía implementarlo por el lado del gasto.
Trump no es un gobernante liberal: ni en el ámbito comercial ni tampoco en el ámbito fiscal. Eso no significa que Trump, como cualquier otro político, no pueda adoptar en ocasiones políticas que tangencialmente sean del agrado de los liberales (reducción de la carga regulatoria o aumento de la libertad de elección de centros de enseñanza, por ejemplo). Pero tanto su retórica como el grueso de sus políticas responden al típico populismo nacionalista y globalofóbico.

En el ámbito de la política exterior, Donald Trump ha recibido algunas alabanzas, pero son más numerosas las críticas por lo que se percibe como una improvisación constante, actuaciones impulsivas, defensa de posturas contradictorias y falta de objetivos claros. Hay por eso quien con honestidad se pregunta si Trump tiene realmente una política exterior, y la interrogación es legítima.
Donald Trump ha entrado como un huracán en un mundo en cambio profundo como consecuencia del proceso de introspección norteamericana iniciada ya por su predecesor Barack Obama, por la «crisis existencial» (Juncker dixit) que atraviesa Europa y por la aparición de nuevos actores (BRICS y otros) con voluntad de protagonismo en un contexto de aceleración del tempo histórico, de globalización, de crisis económica y de progresiva influencia de la economía sobre la política con todas las consecuencias de transparencia y de legitimidad democrática que eso implica. Un mundo complejo en el que Occidente pierde peso (en 1960 Estados Unidos, Europa y Japón tenían el 70 % del PIB mundial y hoy están en torno al 50%, razón por la que ha habido que inventar el G-20 que representa el 85%), el centro de gravedad del planeta se traslada a la cuenca del Pacífico y los «países nuevos» reclaman un reparto diferente y acusan de falta de transparencia y de democracia al complejo entramado de instituciones internacionales inventadas tras la segunda guerra en las conferencias de Yalta, Potsdam, Teherán, Bretton Woods, San Francisco… Un mundo donde las crisis son tanto globales (pobreza, clima, proliferación nuclear, hambrunas, ciberterrorismo, pandemias…) como locales.
Uno de los aspectos que me parecen más graves es la retórica de Trump de sembrar dudas sobre si Estados Unidos estaría dispuesto a ser el primero en usar el arma nuclear en un conflicto. La política norteamericana hasta la fecha era decir que no, que Estados Unidos nunca sería el primero en recurrir a ella. Ahora se juega con la duda y eso beneficia a países como Corea del Norte, que pueden así argüir que no son los únicos en considerar la opción al uso de esas armas. Peor aún, porque es una política que pone en duda los encomiables esfuerzos en favor de la desnuclearización que lanzó Obama a bombo y platillo en su conferencia de Praga en 2009 y que siguió luego con varias cumbres dedicadas al tema, enmarcadas en una política tradicionalmente favorable a un mundo desnuclearizado (al menos para los demás).
Con Europa, Trump no se ha estrenado bien. No cree en Europa y en eso no se diferencia de otros presidentes anteriores que «no ven» a la Unión Europea sino a los países que la integran tratados individualmente. Se atribuye a Kissinger la broma de preguntar cuál era el número de teléfono de Europa, a lo que después del Tratado de Lisboa en 2010 se contesta que el asunto se ha solucionado pues ahora ya hay número para llamar: el 1 es Berlín, el 2 es Paris, el 3 es Madrid… y así hasta llegar al 27. Pero Trump va más allá pues ha llegado a decir la bobada de que Europa se hizo «para destruir América» y que «los conflictos en Europa no justifican la pérdida de vidas norteamericanas».
Una de las primeras medidas de la administración Trump ha sido retirarse del TPP (Transpacific Partnership Agreement) por considerarlo «un desastre» aunque llevaba diez años negociándose. Trump prefiere sustituirlo con acuerdos bilaterales donde la capacidad de presión de un gran país como Estados Unidos es mayor.
El TPP es más que un acuerdo comercial que elimina tarifas a 18.000 categorías de productos pues enfrenta problemas de medioambiente, de propiedad intelectual, de protección de derechos individuales (sindicatos) o de prohibición de apoyos estatales. Además, era una pieza esencial de la política de contención de China, que no había sido invitada a participar. Su denuncia puede beneficiar a Pekín, que se presenta ahora como el líder mundial del libre comercio (Xi Jinping presumió de ello este año en Davos) y que ha aprovechado para relanzar su propia Asociación Comercial Regional (Regional Comprehensive Trade Partnership) que reúne a 16 países que representan el 30 % del PIB y el 50 % de la población mundiales pero que es mucho menos ambicioso que el TPP porque no cubre servicios, inversiones o propiedad intelectual, ni menos aún reformas democráticas o derechos humanos. La consecuencia final es que Estados Unidos perderá influencia en la zona de Asia-Pacífico en beneficio de China.
Muchas de estas tendencias estaban en marcha antes de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca (cansancio norteamericano, crisis europea, emergencia de nuevos actores, fin del dominio occidental, etc.) pero no cabe duda de que se han intensificado con él y su forma caótica de gobernar. Se abre así un período de inestabilidad e incertidumbre a escala global hasta que el nuevo orden se asiente, porque si Estados Unidos abandona el sistema de alianzas tejido desde 1945, el mundo será más inseguro, y si abandona el libre comercio en favor del proteccionismo y del Buy American, el mundo será más pobre.
No hay que perder la esperanza, pues hay algunos signos alentadores de que Trump va abandonando poco a poco la retórica de campaña en favor de políticas más sólidas y que «el sistema» y algunos asesores moderan algunas de sus ideas iniciales.

El vilipendio de Trump hacia los inmigrantes no sólo agravia a los 11 millones que se encuentran en el país en condición ilegal —y que él aseguró expulsaría si llegara a ser presidente— sino también a los legales. Trump propuso reducir la cantidad de extranjeros que van a Estados Unidos a trabajar y reciben «Green Cards» o residencias permanentes, así como reducir las posibilidades de que sus familiares puedan legalmente emigrar al país.
En la Casa Blanca, Trump ha intentado llevar a cabo algunas de sus promesas. Insiste en construir el muro y restringir aún más la llegada de inmigrantes que considera peligrosos. Los sentimientos nacionalistas que informan la estrategia del nuevo presidente, sin embargo, se basan en falacias respecto al impacto económico supuestamente negativo de los trabajadores extranjeros y demás inmigrantes en Estados Unidos, su presunta falta de asimilación cultural y política, y la amenaza que éstos representan respecto a la criminalidad o al terrorismo islámico. En la práctica, estas ideas implican políticas que no sólo serían difíciles o a veces imposibles de implementar, sino que también serían ineficaces y muchas veces contraproducentes. La aplicación de barreras más severas a la inmigración vulneraría aspectos importantes del intercambio voluntario, derechos de propiedad, privacidad, tolerancia y otros principios y valores liberales tradicionales estadounidenses.
El problema migratorio de Estados Unidos es que existe una brecha enorme entre las leyes migratorias y la realidad. Trabajan 11 millones de ilegales en el país, una muestra clara de que además de que existen millones de norteamericanos que demandan los servicios de los inmigrantes, el intercambio voluntario entre las dos partes se da porque ambas se benefician. La propuesta liberal es abrir más ese mercado y legalizar el flujo de trabajadores para así reducir el enorme mercado informal que las leyes vigentes han creado y gozar del aumento de la productividad que implica la formalización. La liberalización de la migración sería consistente con los principios liberales tradicionales sobre los que se fundó Estados Unidos.
La visión de Trump representa todo lo contrario. Se basa en prejuicios absolutamente infundados, valora conceptos nacionalistas en lugar de las preferencias de los individuos, lleva a implementar medidas poco informadas, se despreocupa de las consecuencias no esperadas, promueve la intolerancia y un mayor papel del Estado en la sociedad, y menosprecia la institucionalidad que representan el Congreso, los tribunales, el federalismo y la propiedad privada. Las propuestas de Trump ni siquiera son eficaces. En otras palabras, el populismo antiinmigrante de Trump es muy poco americano.

Los detractores de Trump, y especialmente sus detractoras, pecan exactamente de lo que critican: de una actitud sexista que los descalifica y los pone en el mismo nivel de Trump, personaje al que detestan.
Para empezar, los miles de veces que Hillary Clinton ha recordado que es mujer y que por eso las mujeres tenían que votarle es un uso político de su condición de mujer. Incluso se llegó a crear una página web «If she wins, we win» [Si ella gana, nosotras ganamos], en la que se exponen los logros de Hillary para la causa, su agenda feminista, las palabras más desentonadas de Trump, y la enorme cantidad de apoyos de organizaciones y celebridades. Y lo deja muy claro: «Ésta es una lista parcial. Hillary tiene unos 2.100 apoyos de celebridades incluyendo 150 congresistas y 38 senadores». Y con todo eso, perdió frente a Trump.
Las mujeres que votaron a Trump no han encontrado otro candidato mejor y eso no lleva a una profunda reflexión a las mujeres demócratas de Estados Unidos, ni a la izquierda en general. Ésa es la peor señal, por un lado, de prepotencia del feminismo de izquierdas, y por otro de desamparo de las mujeres que no se someten ni a Hillary ni al estatismo, incluido el del propio Trump.
Si los ciudadanos aceptamos un comportamiento inapropiado deberíamos ser coherentes. Si las mujeres nos sentimos ofendidas por Trump y a pesar de ello le votan, tal vez los candidatos alternativos demócratas deberían revisar su desempeño. Si Trump es lo mejor que el Partido Republicano puede ofrecer para dirigir la nación, entonces esa formación tiene un problema de liderazgo. Ni las mujeres, ni los demócratas ni los republicanos solucionan nada lanzando bombas de humo o culpando a los dioses de su infortunio.
El único que no tiene un problema es Trump. Él afirmaba durante la campaña que, aunque saliera a la calle disparando con un arma y se emitiera por televisión, aun así ganaría las elecciones. Y ahí está, vencedor después de todas las barbaridades que ha dicho, la mala educación y la falta de respeto hacia todo el que se ponga por delante, el flamante presidente de Estados Unidos, encumbrado gracias a la negligencia de todos. Porque la democracia requiere vigilancia permanente y compromiso serio para evitar que los intereses creados, incluso los disfrazados de la causa más noble, la causa de la libertad, ensombrezcan y dañen la salud institucional y aniquilen la verdadera libertad individual, unida a la responsabilidad individual. Y en esos principios no caben cabildeos como los de Trump ni escurrir el bulto de la responsabilidad como todos los demás.

La retórica y el discurso de Donald Trump, una mezcla poco sofisticada e incluso brutal de amenazantes declaraciones xenófobas centradas en ataques a los mexicanos y a los musulmanes; en una marcada, expresa y primitiva misoginia; en paranoicas teorías conspiratorias; en burdas descalificaciones ad hominem de sus adversarios políticos y de sus críticos y en políticas autárquicas bajo el lema «America First» han logrado captar la atención de millones de norteamericanos y el voto de muchos de ellos; el suficiente y necesario para llegar al poder.
Si el consumo está creciendo ¿por qué los norteamericanos se sienten peor? ¿Por qué la percepción de cómo están es mucho peor a cómo realmente están? Hay tres explicaciones a mano:
1. Es posible que la calidad de algunos servicios, como la educación y la sanidad, esté cayendo para algunos grupos.
2. Quizá el «falaz» incremento de la desigualdad de la renta en términos reales junto al aumento de la información sobre lo que consumen otros colectivos con niveles de ingreso más elevados, puede hacer a los norteamericanos ubicados en las capas medias y medias-bajas sentirse relativamente peor, aunque su consumo esté creciendo.
3. Los cambios en la estructura de las familias (el importante incremento de los hogares monoparentales), incremento en el número de personas con pensión o aumento de la drogadicción puede hacer sentirse a determinadas personas peor, aunque su riqueza material no haya decrecido.
El votante de Trump: hombre, de cuarenta y cinco años, blanco no hispano y sin titulación universitaria

El crony capitalism o capitalismo de amiguetes es un sistema en el que no existe igualdad de oportunidades en el mercado. El éxito empresarial depende en mayor o menor medida de la cercanía al poder político. Los empresarios con buenas relaciones (a menudo grandes empresas con mucha influencia) utilizan sus conexiones para desarrollar su actividad económica en régimen de ventaja sobre los demás. Las manifestaciones prácticas del capitalismo de amiguetes son múltiples y variadas: barreras arancelarias muy altas para importaciones (Trump, por ejemplo, propone unos aranceles del 45 % a las importaciones Chinas), limitaciones al libre comercio (Trump quiere acabar con un buen número de acuerdos comerciales), créditos ventajosos (¿les suenan las cajas de ahorro?), favoritismo en los concursos o contrataciones (piensen en autopistas, aeropuertos, promociones inmobiliarias en la España del boom), expedición de licencias para importar productos estratégicos, exenciones fiscales, subvenciones a dedo, tipos impositivos especiales, etc. A menudo, esa relación perversa tiene ventajas para ambas partes del contrato: los políticos o burócratas también reciben algo a cambio, ya sea en formato de sobornos para conseguir licencias, ya sea a través de donaciones para sus partidos o directamente con transferencias a bancos en paraísos fiscales.
Los efectos perversos del crony capitalism los terminan sufriendo, lógicamente, los ciudadanos. La mala asignación de recursos tiene un enorme coste en términos de productividad para la economía.
Aunque es todavía pronto para valorar cómo será la administración Trump, sí empieza a parecer evidente que Trump es de todo menos un liberal. Cuando las líneas de separación entre el poder político y el poder económico se difuminan, las instituciones empiezan a debilitarse. Y con unas instituciones débiles o capturadas, los necesarios equilibrios que permiten que no haya abusos de poder en el juego económico desaparecen. El intervencionismo en defensa de los campeones nacionales es enormemente perjudicial para la productividad de la economía, y en el largo plazo son los ciudadanos los que pagan. Ya sea a través de costes más altos de los servicios o productos, ya mediante subvenciones a empresas improductivas, ya sea a través de pérdidas de competitividad que resultarán en menos trabajos y de peor calidad.
Es cierto que en Estados Unidos es menos sencillo instaurar un sistema basado en el crony capitalism que en otros lugares con instituciones más débiles. El presidente de Estados Unidos está limitado por un sistema bicameral, una justicia independiente, reguladores de mercados (hasta ahora) independientes, gobiernos estatales y regionales y un complejo entramado de agencias federales con funcionarios profesionalizados. Esperemos que resistan la embestida para preservar lo que queda del sueño americano.

Con la aparición de internet, las posibilidades del nuevo universo digital modificaron de modo irreversible el consumo de información, así como la naturaleza de la relación entre representantes y representados. El espacio mediático se fragmentó y las condiciones para la viabilidad en el mundo virtual se facilitaron: la audiencia se hizo todavía más masiva que para las tradicionales prensa, radio y televisión; la reducción de costes permitió la rentabilidad económica de muchos más medios; y la disposición de espacio ilimitado ensanchó abruptamente el mercado.
Sin embargo, este hecho propiciado por el progreso científico ha dado lugar a paradojas que parecen haberse vuelto en contra del liberalismo. La aparición de las redes sociales ha dado lugar a burbujas de socialización en las que los individuos pueden rodearse de afines y aislarse de todas las opiniones e informaciones que contradicen sus posiciones previas. Por otro lado, la multiplicación de la competencia ha generado una necesidad de diferenciación y atracción en los medios que, a menudo, se traduce en amarillismo y falta de rigor periodísticos. Estos procesos han conducido a la polarización y la crispación políticas, desvirtuando el principio liberal que promovía la convivencia en el pluralismo.
Numerosos medios de nicho han servido durante años de incubadora de las ideas antiliberales y reaccionarias de las que Donald Trump puede ser considerado un producto.
La influencia de ciertos medios y de las personas detrás de ellos —decisiva o no, pero en cualquier caso notable—, no sólo en la campaña del candidato, sino en su propia construcción y en la conformación de los temas, discursos y memes de que se ha nutrido, abre nuevos interrogantes en torno a Trump desde un punto de vista liberal. Por un lado, el poder del dinero o de determinados entrepreneurs políticos, Gobiernos extranjeros incluso, para condicionar el resultado de unas elecciones. Algo que no es en absoluto nuevo, pero para lo que se abren nuevas posibilidades dado el nuevo escenario de medios de comunicación, las redes sociales y el uso de big data.
Por otra parte, la segmentación del espacio público que hace posibles fenómenos de nicho pero a la postre influyentes como Breitbart.
En un mundo en el que parte de la población se aislase en burbujas cognitivas o ideológicas a su gusto, y en el que cada cual seleccionase totalmente las influencias y las ideas a las que se expone como si escogiese champú o cereales en un supermercado, la ficción de comunidad, de una empresa política común e inclusiva, que inaugura el liberalismo en el siglo XVII podría peligrar seriamente.
Finalmente, no puede dejar de mencionarse la propia naturaleza ideológica del medio que más estrechamente se ha asociado al trumpismo. Un conglomerado de temas provenientes del conservadurismo republicano clásico, de las nuevas derechas europeas y neofascismos, de supremacismo racial y de colectivismo económico o poujadismo, que ponen a esta referencia en las antípodas del liberalismo, tanto del político como del económico.

To my way of thinking this book that is composed of 9 articles about President Trump seems very interesting to me to try to understand what he really hides and how he manages the threads of his product in the White House. Very interesting reading compiled by John Freddy Müller.

Trump is one of the world champions of the process that we can call «deglobalization», a phenomenon by which the so-called losers of globalization have begun to politically articulate and condition political processes in different countries.
The most veteran of the leaders who have signed up for this deglobalization is the Russian autocratic president, Vladimir Putin, who believes in the old-fashioned nation-states, with well-defined borders, ideally expandable at the expense of the weakest neighbors, where a central power materializes the state sovereignty until the last of its confines. But Putin is on that side of deglobalization because his vision of power has a national basis, not because Russian citizens are genuine victims of this phenomenon. Those who do have losers in this process among their voters are the United States, the United Kingdom and the rest of the European Union. And it is to these losers that Trump, Theresa May, Marine Le Pen and other populist politicians are recruiting to win elections.
Faced with globalization, Donald Trump offers as an alternative a simple recipe: the conversion of the United States into an extractive power that thanks to its political and military leadership can install on the planet relationships of lordship and vassalage with other countries. This is a deeply anti-liberal policy.

When Trump attacks the media he does nothing but unleash his visceral temper. In the same way as when he starts tweeting threats against North Korea or giving orders to entrepreneurs who plan to relocate their businesses. There is nothing rational about it, except the finding – discovered by his advisor Stephen Bannon – that this way of being, tested until exhaustion in reality shows like The Apprentice, connects with a vast sector of the American public that identifies with its style and with your messages. Americans do not tolerate incompetence, but they do respect character and that may be the key to why Trump has been forgiven.

The success of populism in the United States, a symbol of liberal democracy, is a terrible news for a world in which illiberal democracy, as Fareed Zakaria has written, enjoys a growing attraction. With its flaws and its virtues, with its lights and its shadows, the United States has been since the end of the Second World War the «shining city on the hill», the safeguarding of the values ​​of the open society. Now there is a clear risk that this referent disappears when its permanence is more necessary.
The «progressive» populist version directs its attacks on the upper classes of society, especially the plutocracy and its intellectual paladins. The elites have betrayed the interests of the men and women who work. His conception of the people is rooted in class and does not identify with any specific group (ethnic, religious, etc.). It is therefore a reaction against the «power of money», represented by large corporations and finance, effective causes of the poverty of its main customers: rural voters and urban workers. Its program was to extend the functions of the State to serve the ordinary people and to put an end to the prevailing laissez-faire, laissez-passer.
The second form of populism, the right wing, also attacks the elites, but its definition of the exploited people is narrower and has an undoubted ethnic component. Appears closely linked to the defense of American citizens of European descent. The dialectical expression of his message is the presence of a nefarious alliance between the ruling classes that control the system and the groups or segments of the population with low levels of income and training of non-Anglo-Saxon origin.
When populism spreads like the plague to the West, the adoption by the US Government of that ideology is a real tragedy for the world. This is a sign of the decline of the United States, the abandonment of the ideals that made it the richest and most powerful nation on Earth, a powerful magnet, a mirror for countries that aspired to prosper and to create open societies. Unlike what happened in the past, the future of freedom is not played outside the US borders, but within them. Mr. Trump can denaturalize the political, social and economic order of the United States and lead the country into an unimaginable terrain for the Founding Fathers and for the successive generations that created the nation. In the United States, there has not been a mere alternation of government, but there is a clear risk of a regime change; that is, the transformation of the country into an illiberal democracy, precisely the danger that the Founders tried to conjure up. In what happens in the United States, the free world is gambling its future.

In economic matters, Donald Trump has always exhibited a frontal opposition to commercial freedom. His inauguration speech was, in fact, a song of nationalism and protectionism: «We are a nation and the suffering of others is our suffering. We share a heart, a home and a glorious destiny. » Unity of destiny in the universal that, as we said, subjugates all the particular or everything foreign to the general interest of the nation: «We have gathered here today to issue a new decree that will be heard in all cities, in all foreign capitals and in all centers of power. From now on, a new paradigm will govern our land. From now on, the United States will come first: the first ». From his perspective, the main cause of the economic decline of the United States has been that «for decades, we have enriched foreign industry at the expense of American industry.»
Against Trump’s protectionist narrative, Mexico and China have had an absolutely marginal influence on the deindustrialization of the United States.
When Trump claims to defend «the interests of the United States» through his protectionist promises, it seems clear that he is not referring to the interests of those American consumers who currently import foreign goods because they are cheaper or of better quality than those manufactured in the interior. of the United States: all of them will be punished with taxes or higher regulatory costs to force them to acquire the worst local merchandise. Economic nationalism falls into a clear reductionism by suggesting that all citizens share the same interests, which are those driven by the State: protectionist policies give rise to winners and losers among Americans, so that deep down they do not promote «the US interest «but the interests of some Americans at the expense of those of other Americans.
In short, Trump does not reduce the volume of the State: it only modifies the priorities of public spending (less diplomacy, less health, less education or less agriculture in exchange for more defense). And without reducing the size of the State, your promised historical tax reduction will become, quite simply, a historic burst of debt. It is not liberalism: at most a Keynesianism on the income side analogous to the one we reproached to Podemos when he promised to implement it on the expenditure side.
Trump is not a liberal ruler: neither in the commercial sphere nor in the fiscal sphere. That does not mean that Trump, like any other politician, can not sometimes adopt policies that tangentially appeal to liberals (reducing the regulatory burden or increasing the freedom to choose schools, for example). But both its rhetoric and the bulk of its policies respond to the typical nationalist and global-phobic populism.

In the field of foreign policy, Donald Trump has received some praise, but there are more criticisms for what is perceived as constant improvisation, impulsive actions, defense of contradictory positions and lack of clear objectives. That is why who honestly asks if Trump really has a foreign policy, and the interrogation is legitimate.
Donald Trump has entered like a hurricane into a world in deep change as a result of the process of American introspection already initiated by his predecessor Barack Obama, by the «existential crisis» (Juncker dixit) that crosses Europe and by the appearance of new actors (BRICS and others) with the desire to be protagonists in a context of acceleration of the historical tempo, of globalization, of economic crisis and of progressive influence of the economy on politics with all the consequences of transparency and democratic legitimacy that implies. A complex world in which the West loses weight (in 1960 the United States, Europe and Japan had 70% of world GDP and today they are around 50%, which is why they have had to invent the G-20 that represents the 85 %), the center of gravity of the planet moves to the Pacific basin and the «new countries» demand a different distribution and accuse of lack of transparency and democracy to the complex network of international institutions invented after the second war in the conferences of Yalta, Potsdam, Tehran, Bretton Woods, San Francisco … A world where crises are both global (poverty, climate, nuclear proliferation, famine, cyberterrorism, pandemics …) and local.
One of the aspects that seems most serious to me is Trump’s rhetoric of casting doubt on whether the United States would be willing to be the first to use the nuclear weapon in a conflict. The American policy to date was to say no, that the United States would never be the first to resort to it. Now it is played with doubt and that benefits countries like North Korea, which can argue that they are not the only ones to consider the option to use these weapons. Worse still, because it is a policy that calls into question the praiseworthy efforts in favor of the denuclearization that Obama launched with great fanfare at his Prague conference in 2009 and that followed with several summits devoted to the subject, framed in a traditionally favorable policy to a denuclearized world (at least for others).
With Europe, Trump has not been released well. He does not believe in Europe and that is not unlike other previous presidents who «do not see» the European Union but rather the countries that make it up individually. Kissinger is credited with the joke of asking what was the telephone number of Europe, to which after the Treaty of Lisbon in 2010 it is answered that the matter has been solved because now there is already a number to call: 1 is Berlin, 2 is Paris, 3 is Madrid … and so on until 27. But Trump goes further because he has come to say the silly thing that Europe was made «to destroy America» ​​and that «conflicts in Europe do not justify the loss of American lives ».
One of the first steps of the Trump administration has been to withdraw from the TPP (Transpacific Partnership Agreement) because it considered it «a disaster» although it had been negotiating for ten years. Trump prefers to replace it with bilateral agreements where the pressure capacity of a large country like the United States is greater.
The TPP is more than a commercial agreement that eliminates tariffs to 18,000 categories of products because it faces environmental problems, intellectual property, protection of individual rights (unions) or prohibition of state support. In addition, it was an essential piece of China’s containment policy, which had not been invited to participate. His complaint can benefit Beijing, which is now the world leader in free trade (Xi Jinping bragged about it this year in Davos) and has taken the opportunity to relaunch its own Regional Trade Association (Regional Comprehensive Trade Partnership) that brings together 16 countries that represent 30% of the GDP and 50% of the world population but that is much less ambitious than the TPP because it does not cover services, investments or intellectual property, let alone democratic reforms or human rights. The final consequence is that the United States will lose influence in the Asia-Pacific area for the benefit of China.
Many of these trends were underway before the arrival of Donald Trump to the White House (American fatigue, European crisis, emergence of new actors, end of Western domination, etc.) but there is no doubt that they have intensified with him and its chaotic form of governing. This opens a period of instability and uncertainty on a global scale until the new order is settled, because if the United States abandons the system of alliances woven since 1945, the world will be more insecure, and if it abandons free trade in favor of protectionism and of the Buy American, the world will be poorer.
We must not lose hope, because there are some encouraging signs that Trump is gradually abandoning campaign rhetoric in favor of stronger policies and that «the system» and some advisors moderate some of their initial ideas.

Trump’s vilification of immigrants not only offended the 11 million people in the country illegally – and that he said he would expel if he became president – but also the legal ones. Trump proposed reducing the number of foreigners who go to the United States to work and receive «Green Cards» or permanent residences, as well as reduce the chances of their relatives being able to legally emigrate to the country.
In the White House, Trump has tried to carry out some of his promises. He insists on building the wall and further restricting the arrival of immigrants he considers dangerous. The nationalist sentiments that inform the new president’s strategy, however, are based on fallacies regarding the supposedly negative economic impact of foreign workers and other immigrants in the United States, their alleged lack of cultural and political assimilation, and the threat they represent. regarding criminality or Islamic terrorism. In practice, these ideas imply policies that would not only be difficult or sometimes impossible to implement, but would also be ineffective and often counterproductive. The application of tougher barriers to immigration would violate important aspects of voluntary exchange, property rights, privacy, tolerance and other traditional American liberal values ​​and principles.
The immigration problem in the United States is that there is a huge gap between immigration laws and reality. There are 11 million illegal workers in the country, a clear sign that besides there are millions of Americans who demand the services of immigrants, the voluntary exchange between the two parties occurs because both benefit. The liberal proposal is to open up this market and legalize the flow of workers in order to reduce the huge informal market that the laws in force have created and enjoy the increase in productivity that formalization implies. The liberalization of migration would be consistent with the traditional liberal principles upon which the United States was founded.
Trump’s vision represents the opposite. It is based on absolutely unfounded prejudices, values ​​nationalist concepts instead of the preferences of individuals, leads to the implementation of less informed measures, is unaware of the unexpected consequences, promotes intolerance and a greater role of the State in society, and belittles the institutions that represent the Congress, the courts, federalism and private property. Trump’s proposals are not even effective. In other words, Trump’s anti-immigrant populism is very un-American.

The detractors of Trump, and especially his detractors, sin exactly what they criticize: a sexist attitude that disqualifies them and puts them on the same level as Trump, a character they detest.
To begin with, the thousands of times that Hillary Clinton has remembered that she is a woman and that’s why women had to vote for her is a political use of her status as a woman. She even created a web page «If she wins, we win», which exposes Hillary’s achievements for the cause, her feminist agenda, Trump’s most out-of-words words, and the huge amount of support from organizations and celebrities. And he makes it very clear: «This is a partial list. Hillary has about 2,100 celebrity props including 150 congressmen and 38 senators. » And with all that, he lost to Trump.
The women who voted for Trump have not found another better candidate and that does not lead to a deep reflection of the Democratic women of the United States, nor of the left in general. That is the worst sign, on the one hand, of the arrogance of feminism on the left, and on the other, the helplessness of women who do not submit to Hillary or statism, including that of Trump himself.
If citizens accept inappropriate behavior, we should be consistent. If we women are offended by Trump and still vote for him, perhaps the alternative Democratic candidates should review his performance. If Trump is the best that the Republican Party can offer to lead the nation, then that formation has a leadership problem. Neither women, nor Democrats nor Republicans solve anything by throwing smoke bombs or blaming the gods for their misfortune.
The only one who does not have a problem is Trump. He claimed during the campaign that, even if he went out shooting with a gun and broadcast on television, he would still win the elections. And there he is, winner after all the atrocities he has said, the bad manners and the lack of respect towards all those who put themselves ahead, the new president of the United States, encumbrado thanks to the negligence of all. Because democracy requires permanent vigilance and serious commitment to avoid that vested interests, even those disguised as the noblest cause, the cause of freedom, overshadow and damage institutional health and annihilate real individual freedom, together with individual responsibility. And in those principles do not fit lobbying like Trump or drain the bulk of responsibility like everyone else.

The rhetoric and discourse of Donald Trump, an unsophisticated and even brutal mixture of threatening xenophobic statements focused on attacks on Mexicans and Muslims; in a marked, express and primitive misogyny; in paranoid conspiracy theories; in gross ad hominem disqualifications of their political opponents and their critics and in autarkic policies under the slogan «America First» they have managed to capture the attention of millions of Americans and the vote of many of them; enough and necessary to get to power.
If consumption is growing, why do Americans feel worse? Why is the perception of how they are much worse than how they really are? There are three explanations at hand:
1. It is possible that the quality of some services, such as education and health, is falling for some groups.
2. Perhaps the «fallacious» increase in income inequality in real terms, together with the increase in information about what other groups with higher income levels consume, can make Americans located in the middle and lower-middle classes. feel relatively worse, even if your consumption is growing.
3. Changes in the structure of families (the significant increase in single-parent households), increase in the number of people with a pension or increase in drug addiction can make certain people feel worse, even if their material wealth has not decreased.
The voter of Trump: male, of forty-five years, white non-Hispanic and without university degree.

Crony capitalism or friendship capitalism is a system in which there is no equal opportunity in the market. Business success depends to a greater or lesser extent on the closeness to political power. Entrepreneurs with good relationships (often large companies with a lot of influence) use their connections to develop their economic activity in an advantage over others. The practical manifestations of friendship capitalism are multiple and varied: very high tariff barriers for imports (Trump, for example, proposes tariffs of 45% to Chinese imports), limitations on free trade (Trump wants to end with a good number of agreements commercial), advantageous loans (do they sound like savings banks?), favoritism in contests or contracts (think of highways, airports, real estate promotions in the boom Spain), issuance of licenses to import strategic products, tax exemptions, subsidies by finger, special tax rates, etc. Often, this perverse relationship has advantages for both parties to the contract: politicians or bureaucrats also receive something in return, either in the form of bribes to obtain licenses, either through donations for their parties or directly with transfers to banks in tax havens.
The perverse effects of crony capitalism end up suffering, logically, citizens. The misallocation of resources has a huge cost in terms of productivity for the economy.
Although it is still too early to assess what the Trump administration will be like, it does begin to seem obvious that Trump is anything but a liberal. When the lines of separation between political power and economic power fade, institutions begin to weaken. And with weak or captured institutions, the necessary balances that allow no abuses of power in the economic game disappear. The interventionism in defense of the national champions is enormously detrimental to the productivity of the economy, and in the long term it is the citizens who pay. Either through higher costs of services or products, or through subsidies to unproductive companies, either through losses of competitiveness that will result in fewer jobs and lower quality.
It is true that in the United States it is less easy to establish a system based on crony capitalism than in other places with weaker institutions. The president of the United States is bound by a bicameral system, independent justice, independent market regulators (until now), state and regional governments and a complex network of federal agencies with professionalized officials. Hopefully they will resist the onslaught to preserve what is left of the American dream.

With the emergence of the internet, the possibilities of the new digital universe irreversibly modified the consumption of information, as well as the nature of the relationship between representatives and represented. The media space was fragmented and the conditions for viability in the virtual world were facilitated: the audience became even more massive than for the traditional press, radio and television; the reduction of costs allowed the economic profitability of many more means; and the unlimited space layout abruptly widened the market.
However, this fact, fostered by scientific progress, has given rise to paradoxes that seem to have turned against liberalism. The appearance of social networks has given rise to bubbles of socialization in which individuals can surround themselves with affinities and isolate themselves from all the opinions and information that contradict their previous positions. On the other hand, the multiplication of competition has generated a need for differentiation and attraction in the media that often translates into journalism and lack of journalistic rigor. These processes have led to polarization and political tension, undermining the liberal principle that promoted coexistence in pluralism.
Numerous niche media have served for years as an incubator of the anti-liberal and reactionary ideas of which Donald Trump can be considered a product.
The influence of certain media and the people behind them -decisive or not, but in any case remarkable-, not only in the campaign of the candidate, but in their own construction and in the conformation of the themes, speeches and memes that has been nourished, opens new questions around Trump from a liberal point of view. On the one hand, the power of money or of certain political entrepreneurs, even foreign governments, to condition the outcome of an election. Something that is not new at all, but for what new possibilities open up given the new scenario of media, social networks and the use of big data.
On the other hand, the segmentation of the public space that makes possible niche phenomena but ultimately influential as Breitbart.
In a world in which part of the population isolates itself in cognitive or ideological bubbles to their liking, and in which each one totally selects the influences and the ideas to which it is exposed as if he chose shampoo or cereals in a supermarket, the Community fiction, of a common and inclusive political enterprise, that inaugurated liberalism in the seventeenth century could be seriously endangered.
Finally, we can not fail to mention the very ideological nature of the medium that has been most closely associated with Trumpism. A conglomerate of themes from classical republican conservatism, the new European and neo-fascist rights, racial supremacism and economic collectivism or poujadism, which place this reference at the antipodes of liberalism, both political and economic.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.