Las Cenizas Del Califato — Mikel Ayestaran / Caliphate’s Ashes by Mikel Ayestaran (spanish book edition)

Es otro libro refrescante sobre El polvorín de Oriente y que el autor nos narra en primera persona, absorbente a la vez que duro para el lector donde sobre el terreno no había nada que celebrar: la herencia del califato son cientos de pueblos y ciudades fantasma a las que los civiles no pueden regresar debido a la destrucción, la falta de servicios y, sobre todo, al miedo y a la inseguridad generados por Estado Islámico, que, lejos de desaparecer, ha pasado a ser el terror en la sombra.
El califato ha sido una consecuencia más de un siglo cuyo síndrome es «el ascenso del fanatismo, el chovinismo y la intolerancia religiosa en todo el mundo. Ante problemas cada vez más complejos, la gente busca respuestas fáciles de una frase: eslóganes. Quiere saber quiénes son los malos, a quiénes echar la culpa de todos los males. Quieren culpar a alguien, y creen que si destruyen a los malos empezará el paraíso, pero no se dan cuenta de que las respuestas simples son peligrosas».

Citando a Amos Oz: La mayoría de los musulmanes no son fanáticos religiosos, ni tampoco violentos. Cada vez que vemos en televisión a las multitudes árabes gritando eslóganes ante la cámara, hay que mirar con cuidado, pues millones de personas se han quedado en sus casas comiéndose las uñas, avergonzadas por esas imágenes. Los musulmanes no inventaron la Inquisición o las cruzadas, ni los gulags, ni los campos de concentración o las cámaras de gas; ellos inventaron la yihad, es cierto, pero alguien debería explicarme la diferencia entre esta última y las cruzadas, porque para mí son lo mismo. ¡Y ahora encima tenemos un presidente en Estados Unidos que habla de la cruzada contra la yihad!
El máximo exponente de esa «cruzada contra la yihad» de la que habla Oz fue la batalla para liberar Mosul, la capital del califato en Irak, en julio del 2017.

Barack Obama, que acababa de retirar a sus tropas del país, respondió únicamente cuando EI le cortó el cuello al periodista James Foley ante las cámaras. Esa imagen llevó a los estadounidenses a bombardear al califato y a formar una alianza internacional. El EI cambió entonces de estrategia, y pidió a sus seguidores que, en vez de viajar a la guerra santa, la pusieran en práctica en sus propios hogares: «Sal y mata al infiel desde tu casa». Este fue el gran salto cualitativo que nos convirtió a todos en objetivo a manos de unos seguidores del califa que no solo no tenían miedo a morir, sino que querían morir por su causa. ¿Cómo se combate a semejante fenómeno? La opción que se adoptó fue la de arrasar ciudades enteras, como Mosul, pero el problema de esta gente estaba en la cabeza, y no se puede acabar con una ideología a base de bombardeos. Solo existe una fórmula definitiva: la educación. El problema es que lleva tiempo. Aunque la vía militar es la manera rápida, no es la más efectiva. El enemigo es una ideología: por más que su legado sea ceniza, al final acabará volviendo. Por supuesto que lo hará.
En julio del 2014, Bagdad es el nuevo objetivo de Estado Islámico, como insisten en cada mensaje que lanzan desde la caída de Mosul, la tercera ciudad más importante del país, con setecientos mil habitantes, y cuna de Nínive, una de las urbes más destacadas de la historia de Oriente Medio. Para entender la irrupción de este grupo, hay que abrir una ventana al pasado y mirar la cadena de desastres que asolan a la región desde la invasión de Estados Unidos, en el 2003. Una ventana que nos permita mirar también a la vecina Siria, país que, desde la revuelta contra el régimen que estalló en el 2011, se ha partido en mil pedazos.
El EI es el último eslabón de la lista de formaciones radicales que surgieron con la misión de expulsar a las fuerzas estadounidenses y a sus aliados. Una vez lo hubo conseguido, el grupo puso en su punto de mira a los Gobiernos de Bagdad y Damasco. Bush dio la guerra por terminada el 1 de mayo del 2003, al proclamar «Misión cumplida» a bordo del portaviones USS Abraham Lincoln. Sin embargo, catorce años y doscientos mil civiles muertos después, según los datos de la organización Iraq Body Count, Irak se desangraba de nuevo y, esta vez, en compañía de Siria.
El 60 por ciento de los iraquíes sigue el chiismo duodecimano, el mismo que rige en el vecino Irán, frente al 30 por ciento suní, rama a la que pertenecía Sadam y que es la mayoritaria en el islam. Durante la dictadura de Sadam fue la minoría suní del país la que ocupó los puestos de poder, mientras que la mayoría chií se sentía discriminada y vio cómo sus principales líderes religiosos eran perseguidos y asesinados, lo que los llevó a buscar refugio en países como Irán.
En diciembre del 2012 y enero de 2013, las principales ciudades suníes de Irak empezaron a organizar protestas semanales contra el Gobierno de Nuri al Maliki, el político cuyo nombramiento como primer ministro de Irak había sido saludado como «un logro histórico» por Bush.

Palmira es uno de los pocos sitios que conozco que ha caído dos veces en manos del califato, la primera fue en mayo de 2015 y la ocupación se alargó por espacio de diez meses. Fue toda una exhibición de fuerza de los hombres de Abu Bakr al Bagdadi cuando el califato estaba a punto de cumplir su primer año de vida. Ese logro fue una especie de regalo para un califa tan poderoso entonces como enigmático, ya que nunca se mostraba en público. El sueño de los yihadistas estaba en plena expansión y ya controlaban «el 50 por ciento de Siria», tal y como repetían en su propaganda. Los llamamientos de socorro de la Dirección General de Antigüedades y Museos de Siria a la comunidad internacional no surtieron efecto, y su director, Mamun Abdelkarim, confesó a los medios: «Esto es la caída de la civilización; los humanos, la sociedad civilizada, han perdido la batalla contra la barbarie. Y yo he perdido toda la esperanza».
Palmira y los vecinos de Tadmur nunca volverán a ser los mismos después de esta doble invasión yihadista.

El salafismo es una escuela dentro del islam suní, y está en plena expansión en todo el mundo musulmán y en las comunidades musulmanas de Occidente gracias a los petrodólares de Arabia Saudí, reino en el que esta corriente es la dominante desde el siglo XVIII. Aunque la rama yihadista es minoritaria, se ha ido abriendo paso con el tiempo debido a las aportaciones de diferentes teólogos e intelectuales, como Qutb, que han situado la lucha armada como pieza clave para obtener sus objetivos. Las intervenciones extranjeras en Afganistán (2001) e Irak (2003) han dado alas a los más radicales para justificar todas sus operaciones, tanto en casa como en el extranjero. Para ellos, todos los atentados son «respuestas» a la violencia de Occidente, e insisten en el «carácter pacífico» de una religión que «prohíbe hasta matar a una mosca».
Destacamos las opiniones de Inbar, veterano profesor sobre la política regional del Estado judío:
 
“Israel nunca ha sentido la amenaza de EI, como tampoco la ha sentido Irán, y el motivo de ello es que somos países fuertes. Está claro que no nos quieren, pero no somos una prioridad para ellos. Todas las declaraciones de nuestros dirigentes sobre el peligro que suponía EI para Israel eran exageradas: nunca ha sido para tanto. La prioridad para nosotros es nuestra seguridad, y es por eso que no hemos dudado en establecer coordinación con grupos armados sirios en la frontera norte, algunos de ellos en la órbita de Al Qaeda. Son débiles, así que nos necesitan para hacer frente al ejército sirio; mientras que a nosotros nos sirven ellos para frenar a iraníes y a Hizbulá. Pero nunca nos fiaremos de un árabe. Ni siquiera de Arabia Saudí, aunque ahora mantengamos relaciones aparentemente cordiales.”

El Gobierno de Irak ofrece una pensión mensual de un millón y medio de dinares (unos mil euros) a las familias que han perdido a alguno de sus miembros en un atentado. Esta es la cantidad que llega a esta casa por más que se trate de tres muertos, de la que viven ahora el padre, la madre y Mustafá, el único hijo que queda vivo, y que fue quien tuvo que ir a Karrada para sacar los cuerpos de sus hermanos, pues los servicios de rescate estaban desbordados. El cabeza de familia ha dejado su trabajo para cuidar a su esposa —teme que intente suicidarse—, y Mustafá ya no estudia ni sale a la calle por temor a un secuestro. Para el mundo, se trata de un atentado más en la negra estadística de este país golpeado por el terror de forma sistemática desde el 2003, pero para los Abdulrahim supone un infierno en vida. «Los civiles de Irak somos los que pagamos el precio más alto. En Europa, los atentados son puntuales; aquí, diarios, y nosotros ponemos los muertos: la gente normal, no los políticos ni los militares. Es una guerra contra los civiles, y no sabes cuándo te puede tocar».

El califato es historia, pero la guerra sigue. Lo que para nosotros es una pesadilla puntual, para iraquíes y sirios es una realidad diaria. El apenas ha podido capturar unas cápsulas de ese dolor, y ha terminado este viaje con más preguntas que respuestas respecto a un grupo eternamente rodeado por alguna teoría de la conspiración, siempre presentes en Oriente Medio. Pero, por encima de todas las teorías y explicaciones de grandes analistas o servicios de inteligencia, me quedo con las palabras, las miradas y los silencios de todos los sirios e iraquíes que me han dedicado parte de su tiempo. Ellos han pasado de ser una fuente de información a convertirse en compañeros de viaje. El final del califato ha sido una orgía militar con ofensivas por tierra y aire a gran escala, en las que todos los que participaron han superado cualquier línea roja imaginable en nombre de la «guerra contra el terrorismo». La misma guerra que lanzó George Bush tras el 11-S y cuya última consecuencia ha sido EI. Todos los implicados insisten en que es imposible la victoria únicamente por la vía militar, pues el enemigo es una ideología; sin embargo, una vez se han callado las armas, no ha visto que se hagan demasiados esfuerzos para acelerar la reconstrucción y ayudar a los civiles a empezar una nueva vida. O, por lo menos, estos esfuerzos no se llevan ni una mísera parte de la inversión realizada durante la fase militar.
Por más banderas negras de EI que borremos de las paredes, su mensaje sigue vivo; tanto que incluso puede llegar a resurgir de las cenizas y los cascotes que conforman ahora sus antiguos bastiones. Este viaje es solo una etapa más en la larga travesía autodestructiva que sufre Oriente Medio y que pagan todos sus habitantes, las grandes víctimas de esta especie de mala hierba capaz de crecer hasta en la ceniza.

It’s another refreshing book on The powder magazine of the East and that the author tells us in first person, absorbing while hard for the reader where on the ground there was nothing to celebrate: the legacy of the caliphate are hundreds of ghost towns and cities those that civilians can not return due to destruction, lack of services and, above all, fear and insecurity generated by the Islamic State, which, far from disappearing, has become terror in the shadows.
The caliphate has been a consequence of more than a century whose syndrome is “the rise of fanaticism, chauvinism and religious intolerance throughout the world. In the face of increasingly complex problems, people look for easy answers to a phrase: slogans. He wants to know who the bad guys are, who to blame for all the evils. They want to blame someone, and believe that if they destroy the bad guys, paradise will begin, but they do not realize that simple answers are dangerous”

Quoting Amos Oz: Most Muslims are not religious fanatics, nor are they violent. Every time we see the Arab crowds on television shouting slogans before the camera, we have to look carefully, because millions of people have stayed at home eating their nails, embarrassed by these images. The Muslims did not invent the Inquisition or the crusades, nor the gulags, the concentration camps or the gas chambers; They invented jihad, it is true, but someone should explain to me the difference between the latter and the crusades, because for me they are the same. And now we have a president in the United States who talks about the crusade against jihad!
The greatest exponent of that “crusade against jihad” spoken of by Oz was the battle to liberate Mosul, the capital of the caliphate in Iraq, in July of 2017.

Barack Obama, who had just withdrawn his troops from the country, responded only when EI cut the neck of journalist James Foley before the cameras. That image led the Americans to bomb the caliphate and form an international alliance. The IS then changed its strategy, and asked its followers, instead of traveling to the holy war, to put it into practice in their own homes: “Go out and kill the infidel from your home.” This was the great qualitative leap that made us all targets at the hands of followers of the Caliph who not only were not afraid to die, but wanted to die for their cause. How do you fight against such a phenomenon? The option that was adopted was to devastate whole cities, such as Mosul, but the problem of these people was in the head, and you can not end an ideology based on bombings. There is only one definitive formula: education. The problem is that it takes time. Although the military route is the fast way, it is not the most effective. The enemy is an ideology: even if its legacy is ashes, in the end it will end up coming back. Of course he will.
In July 2014, Baghdad is the new target of the Islamic State, as they insist on every message they have launched since the fall of Mosul, the third most important city in the country, with seven hundred thousand inhabitants, and the cradle of Nineveh, one of the most important cities in the world. highlights of the history of the Middle East. To understand the irruption of this group, we must open a window to the past and look at the chain of disasters that have plagued the region since the invasion of the United States, in 2003. A window that allows us to also look at neighboring Syria, a country that, since the revolt against the regime that broke out in 2011, has broken into a thousand pieces.
The IS is the last link in the list of radical formations that emerged with the mission to expel US forces and their allies. Once it had succeeded, the group targeted the Governments of Baghdad and Damascus. Bush ended the war on May 1, 2003, by proclaiming “Mission Accomplished” aboard the USS Abraham Lincoln aircraft carrier. However, fourteen years and two hundred thousand civilians died later, according to data from the Iraq Body Count organization, Iraq was bleeding again and, this time, in the company of Syria.
Sixty percent of Iraqis follow Twelver Shiism, the same rule in neighboring Iran, compared to 30 percent Sunni, the branch to which Saddam belonged and which is the majority in Islam. During the dictatorship of Saddam it was the Sunni minority of the country that held the positions of power, while the Shia majority felt discriminated against and saw their main religious leaders being persecuted and killed, which led them to seek refuge in countries like Iran. .
In December 2012 and January 2013, Iraq’s main Sunni cities began to organize weekly protests against the government of Nuri al Maliki, the politician whose appointment as Iraq’s prime minister had been hailed as “a historic achievement” by Bush.

Palmira is one of the few places I know that has fallen twice into the hands of the Caliphate, the first was in May 2015 and the occupation was extended for ten months. It was a show of force from the men of Abu Bakr to Baghdadi when the Caliphate was about to complete its first year of life. That achievement was a kind of gift for a caliph so powerful then as enigmatic, since he never showed himself in public. The jihadists’ dream was in full expansion and they already controlled “50 percent of Syria”, as they repeated in their propaganda. The appeals of aid of the General Direction of Antiquities and Museums of Syria to the international community did not have effect, and its director, Mamun Abdelkarim, confessed to the means: «This is the fall of the civilization; humans, civilized society, have lost the battle against barbarism. And I have lost all hope ».
Palmira and the residents of Tadmur will never be the same after this double jihadist invasion.

Salafism is a school within Sunni Islam, and is in full expansion throughout the Muslim world and Muslim communities in the West thanks to the petrodollars of Saudi Arabia, kingdom in which this current is the dominant since the eighteenth century. Although the jihadist branch is a minority, it has been opening up over time due to the contributions of different theologians and intellectuals, such as Qutb, who have placed the armed struggle as a key to achieve their goals. Foreign interventions in Afghanistan (2001) and Iraq (2003) have given wings to the most radical to justify all their operations, both at home and abroad. For them, all the attacks are “answers” to the violence of the West, and they insist on the “pacific character” of a religion that “prohibits even killing a fly”.
We highlight the opinions of Inbar, a veteran professor on the regional policy of the Jewish State:

“Israel has never felt the threat of EI, nor has Iran felt it, and the reason for this is that we are strong countries. It is clear that they do not want us, but we are not a priority for them. All the statements of our leaders about the danger that IS posed to Israel were exaggerated: it has never been so bad. The priority for us is our security, and that is why we have not hesitated to establish coordination with Syrian armed groups on the northern border, some of them in the orbit of Al Qaeda. They are weak, so they need us to deal with the Syrian army; while they serve us to stop Iranians and Hezbollah. But we will never trust an Arab. Not even from Saudi Arabia, although we now maintain seemingly cordial relations. ”

The Government of Iraq offers a monthly pension of one and a half million dinars (a thousand euros) to families who have lost one of their members in an attack. This is the amount that arrives at this house, even though it is three dead, of which the father, the mother and Mustafa live, the only son that remains alive, and who was the one who had to go to Karrada to get the bodies of his brothers, because the rescue services were overwhelmed. The head of the family has left his job to take care of his wife – he has tried to commit suicide – and Mustafa no longer studies or goes out for fear of kidnapping. For the world, this is another attack on the black statistics of this country hit by terror systematically since 2003, but for the Abdulrahim it is a living hell. “Iraq’s civilians are the ones who pay the highest price. In Europe, the attacks are punctual; here, newspapers, and we put the dead: normal people, not politicians or the military. It is a war against civilians, and you do not know when it may touch you”.

The caliphate is history, but the war continues. What for us is a specific nightmare, for Iraqis and Syrians is a daily reality. He has barely been able to capture a few capsules of that pain, and this trip has ended with more questions than answers regarding a group eternally surrounded by some theory of conspiracy, always present in the Middle East. But, above all the theories and explanations of great analysts or intelligence services, I am left with the words, the looks and the silences of all the Syrians and Iraqis who have dedicated part of their time to me. They have gone from being a source of information to becoming travel companions. The end of the caliphate has been a military orgy with large-scale ground and air offensives, in which all those who participated have surpassed any red line imaginable in the name of the “war against terrorism.” The same war that George Bush launched after 9/11 and whose last consequence has been EI. All those involved insist that victory is impossible only through military means, since the enemy is an ideology; However, once the weapons have been silenced, he has not seen too much effort being made to accelerate the reconstruction and help the civilians to start a new life. Or, at least, these efforts do not take even a paltry part of the investment made during the military phase.
For more black EI flags that we erase from the walls, his message is still alive; so much that it can even rise from the ashes and rubble that now make up its old bastions. This trip is just one more stage in the long self-destructive journey that the Middle East undergoes and that all its inhabitants pay, the great victims of this species of weed able to grow up in the ash.

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