El Viaje De La Impaciencia — Luis Gonzalo Díaz / Impatience’s Journey by Luis Gonzalo Díaz (spanish book edition)

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Es un libro interesante más allá de Herder y sus postulados, la palabra cultura, tan fundamental a la hora de entender la política contemporánea supone aventurarse en territorio desconocido. Más aún cuando uno asume como propósito tratar de establecer aproximativamente la relación existente entre la cultura y el nacionalismo. Este último, dentro de las ideologías políticas, sigue siendo un modo de pensamiento ambiguo y desconcertante. A diferencia del liberalismo, el socialismo o el conservadurismo, todos ellos bien identificados en términos de sus orígenes y significados ideológicos, de sus creadores intelectuales y de su peripecia histórica, el nacionalismo sigue presentando importantes lagunas desde el punto de vista de la historia intelectual. Lo que contrasta con el hecho de su trascendente importancia en las batallas políticas de los siglos XIX, XX y comienzos del XXI. Es como si la indeterminación sentimental del nacionalismo, verdadera matriz de sus usos y abusos ideológicos, hubiese contribuido a difuminar el sentido intelectual del mismo, los elementos conceptuales vinculados con su fabricación, que, como veremos, tanta influencia poseen en aquella indeterminación sentimental que late en el fondo de la subversión nacionalista.

Herder es el eje para permitirnos entender aquel significado, dilucidar aquel lugar y explorar aquella relación. Su defensa de la singularidad de los pueblos y culturas, su visión del lenguaje como elemento clave de la identidad cultural, su crítica acerba del racionalismo ilustrado, que tanta repercusión ha tenido en la crítica actual de la globalización como forma estandarizada de vida, su humanitarismo pacifista y, en fin, su propia condición de intelectual impaciente, insatisfecho y marginal en un mundo que le dio la espalda hacen de él una atalaya privilegiada para entender el fenómeno nacionalista en sus orígenes.
Herder, junto con Goethe y otros jóvenes airados, fue uno de los impulsores del movimiento prerromántico alemán conocido como Sturm und Drang (tempestad y empuje). Movimiento que se alzaba contra el filisteísmo burgués de los sentimientos convencionales e hipócritas y propugnaba una existencia pura y auténtica de pasiones naturales no traicionadas por los artificios sociales. La profunda visión histórica de Herder, que tanto influirá en el nacionalismo posterior, de un mundo de diversidad cultural respetuoso con la identidad originaria de cada pueblo y nación surge de una revuelta contra la sociedad establecida. Los jóvenes airados del Sturm und Drang crearon una literatura subversiva y trágica donde la escisión entre el alma bella y la realidad corrupta no se curaba mediante ningún paliativo, haciendo del suicidio una posibilidad siempre presente.

Herder asigna al término cultura un significado diferente del predominante en su época. No lo presenta en relación con el mundo civilizado y la sofisticación intelectual, sino como elemento variable y diferenciador de un amplio espectro de actividades humanas.
El término cultura carece de una determinación clara, aunque de las palabras de Herder se desprenden dos ideas asociadas con él:
Una, que forma parte de la experiencia histórica de los pueblos en que la humanidad se ha organizado a lo largo del tiempo.
Otra, que contrasta, en su sentido histórico y antropológico, con la versión unilateral y etnocéntrica del mismo suministrada por esa Europa ilustrada que desprecia Herder.
La cultura de la que habla el autor alemán no es la de la filosofía ni la de los salones, la de ese mundo elitista y cosmopolita de origen francés que Federico el Grande se empeñó en importar a Berlín gracias a su amistad con un Voltaire o un Mapertuis. Herder reaccionó furibundamente en 1769 contra esta atmósfera de literatos y filósofos que, pregonando la autonomía de la razón, se olvidaban de las raíces populares del pensamiento y la literatura y establecían un régimen cultural tutelado por la monarquía.

La argamasa de la cultura, el cimiento del Volk, la plasmación de la creatividad humana, donde se hallan involucrados imaginación, inteligencia y capacidad de adaptación al entorno, es el lenguaje. Para Herder, el hombre, a diferencia de los animales, carece de instintos que le permitan vincularse a un hábitat determinado. Esta carencia biológica hace del hombre un ser flexible e indigente que debe servirse de su inaudita apertura al mundo para lograr aclimatar éste a su condición despojada. El hombre, en diálogo con la naturaleza, debe crear su realidad y a este proceso lo llamamos historia. Según Herder, el lenguaje constituye la herramienta fundamental del hombre a la hora de colonizar culturalmente su amenazador entorno. La diversidad infinita de esta colonización, de las formas culturales y sociales creadas a lo largo de la historia, arraiga en la experiencia lingüística y simbólica que define lo humano.
La diversidad creadora de la cultura y la nacionalidad posee un lado violento y sórdido. Herder, y esto le honra, llegó a percibir y atribularse con esta némesis que ponía en solfa su utopía. Posiblemente porque, a diferencia de muchos nacionalistas posteriores, fue un reformador bienintencionado cuya meta no era el poder, sino el bien de la humanidad.

El concepto de cultura elaborado por Herder, decisivo a la hora de entender la génesis intelectual del nacionalismo, opera en unas coordenadas ideológicas muy definidas: las de una crítica radical del statu quo formado por la alianza entre príncipes reformistas y filósofos racionalistas. Esta alianza no cuestionaba el poder absolutista y aristocrático del Antiguo Régimen, sino que lo reforzaba ampliando sus mecanismos de control sobre la sociedad, contribuyendo a uniformar ésta en un grado desconocido hasta entonces. El racionalismo era la otra cara de una política burocratizadora y militarmente activa que un Federico el Grande representaba a la perfección.
La ciencia del hombre pergeñada por Herder asume un tono radical en su particular búsqueda del Volk, de la identidad cultural de los pueblos de la tierra a lo largo de la historia. Como si las tradiciones populares de la humanidad y los antiguos documentos que dan cuenta de su intensidad oral, poética y mitológica dibujasen el arco del porvenir en la forma de un mesianismo redentor. Al basar su ciencia del hombre en una ruptura política con lo establecido y al orientarla hacia un Volk originario, Herder, con gran audacia, inventó un concepto subversivo de tradición. Ésta, en su original planteamiento, no sería ya el sostén del statu quo, sino el horizonte progresista de su superación. La humanidad atribuye un sentido universal al particularismo de las culturas, al tiempo que atisba un porvenir limpio de poder y desigualdad.

El nacionalismo ocultó esa necesidad y la realidad del poder al vincularlas causalmente con un malestar que la reactivación histórica del Volk permitiría superar. El problema de semejante ocultación es que, detrás de dicho malestar y, en fin, del poder y la desigualdad, reside la ambivalencia pasional del hombre. Por haber obviado ésta, el nacionalismo, vía Herder, cargaría con el problema de ensalzar lo puro, incorrupto y auténtico hasta el punto de hacer una invocación de la simplicidad popular nefasta para el desarrollo de las facultades humanas. Las cuales, en su mecánica interna, en los impulsos que las animan, son todo menos simples y puras.
El Estado amigo es, al fin y al cabo, el que respeta su dinámica intrínseca y les permite organizar la sociedad. En el de las identidades, más bien, es quien les demuestra a éstas su inconsistencia política al subsumirlas dentro de su maquinaria burocrática y propagandística por el solo hecho de pregonarse representante suyo. El Estado liberal representa a los intereses en tanto les deja regular por sí mismos el tráfico social. El Estado nacionalista representa la identidad del pueblo en tanto convierte a ésta en una pieza fundamental de su legitimación y expansión sin límites. Alain Finkielkraut sostiene que «una nación cuya vocación primera consiste en aniquilar la individualidad de sus ciudadanos no puede desembocar en un Estado de derecho».

El problema de Herder fue no haber entendido que, incluso, una propuesta radical de Ilustración debía habérselas con la cuestión del poder y no podía despachar ésta de un plumazo. En este punto radica, la principal diferencia de Herder con esos otros dos radicales ilustrados que fueron Paine y Sieyès: mientras el radicalismo del primero derivó hacia la utopía, el de los otros siempre tuvo los pies políticamente en el suelo. De ahí que la diferencia original entre nación de lengua y nación de ciudadanos afecte a dos géneros distintos de radicalismo ilustrado: el que podemos llamar utópico y el que podemos llamar realista, el que rompe no con un poder determinado, sino con la idea misma de poder y el que trata de organizar el poder desde una nueva planta, la de la soberanía popular, los derechos humanos y la representación política.
La vertiente antilustrada del nacionalismo lingüístico (apología de la identidad, desprecio del diferente, silenciamiento de la crítica, destrucción del pluralismo) sería la consecuencia histórica sobrevenida de un planteamiento, en su origen, radicalmente ilustrado que cayó en el error de hacer oídos sordos a la insoslayable cuestión del poder.
El legado de Herder se manifiesta en el hecho de que muchos nacionalistas posteriores sean unos insatisfechos políticos a la espera de que la recalcitrante realidad se amolde a sus expectativas; unos activistas ideológicamente orientados que anhelan remotos y melancólicos orígenes.

El nacionalismo recibe de Herder muchos de sus rasgos decisivos:
La historia entendida como enclave de plenitud y autenticidad.
Las carencias históricas identificadas como causa de orfandad espiritual y desasosiego afectivo.
El mesianismo regenerador planteado como activismo ideológico.
La cultura popular convertida en emblema de una política superadora de lo existente, radical y rupturista, con lo que esto entraña para una idea subversiva de la tradición.
El progreso concebido como una reactualización permanente del Volk mediante la producción de nuevas mitologías adaptadas al espíritu de cada época.
La tragedia intelectual e histórica del nacionalismo es ser una ideología de origen utópico que:
Si reniega del poder, pierde su oportunidad de realizarse históricamente, quedando enclaustrada en la prosa sublime de autores impacientes como Herder.
Si asume estratégicamente el poder, destruye su sentido emancipador original, quedando reducida a la condición de propaganda en manos de los nuevos gobernantes.

Otros libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/22/la-barbarie-de-la-virtud-luis-gonzalo-diez/

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It’s an interesting book beyond Herder and postulates, the word culture, so fundamental when it comes to understanding contemporary politics involves venturing into unknown territory. Even more so when one assumes as a purpose to try to approximate the relationship between culture and nationalism. The latter, within political ideologies, remains an ambiguous and disconcerting mode of thought. Unlike liberalism, socialism or conservatism, all of them well identified in terms of their origins and ideological meanings, their intellectual creators and their historical vicissitudes, nationalism continues to present important gaps from the point of view of intellectual history. What contrasts with the fact of its transcendent importance in the political battles of the nineteenth, twentieth and early twenty-first centuries. It is as if the sentimental indeterminacy of nationalism, the true matrix of its ideological uses and abuses, has contributed to blur the intellectual sense of the same, the conceptual elements linked to its manufacture, which, as we shall see, have such influence on that sentimental indeterminacy that beats at the bottom of nationalist subversion.

Herder is the axis to allow us to understand that meaning, elucidate that place and explore that relationship. Its defense of the uniqueness of peoples and cultures, its vision of language as a key element of cultural identity, its acerbic criticism of enlightened rationalism, which has had such an impact on the current critique of globalization as a standardized way of life, its humanitarianism pacifist and, in short, his own condition of impatient intellectual, dissatisfied and marginal in a world that turned his back on him make him a privileged watchtower to understand the nationalist phenomenon in its origins.
Herder, along with Goethe and other angry young men, was one of the promoters of the German pre-Romantic movement known as Sturm und Drang (storm and thrust). Movement that rose against the bourgeois philistinism of conventional and hypocritical sentiments and advocated a pure and authentic existence of natural passions not betrayed by social artifices. The profound historical vision of Herder, which will influence the subsequent nationalism so much, of a world of cultural diversity respectful of the original identity of each people and nation arises from a revolt against established society. The angry young people of Sturm und Drang created a subversive and tragic literature where the split between the beautiful soul and the corrupt reality was not cured by any palliative, making suicide a possibility always present.

Herder assigns to the term culture a meaning different from the predominant one in his time. It does not present it in relation to the civilized world and intellectual sophistication, but as a variable and differentiating element of a wide spectrum of human activities.
The term culture lacks a clear determination, although Herder’s words reveal two ideas associated with it:
One, which is part of the historical experience of the peoples in which humanity has organized itself over time.
Another, that contrasts, in its historical and anthropological sense, with the unilateral and ethnocentric version of it provided by that enlightened Europe that Herder despises.
The culture of which the German author speaks is not that of philosophy or that of the salons, that of the elitist and cosmopolitan world of French origin that Frederick the Great insisted on importing into Berlin thanks to his friendship with a Voltaire or a Mapertuis Herder reacted furiously in 1769 against this atmosphere of literati and philosophers who, proclaiming the autonomy of reason, forgot the popular roots of thought and literature and established a cultural regime ruled by the monarchy.

The mortar of culture, the foundation of the Volk, the embodiment of human creativity, where imagination, intelligence and ability to adapt to the environment are involved, is the language. For Herder, man, unlike animals, lacks instincts that allow him to link to a specific habitat. This biological deficiency makes man a flexible and destitute being who must use his unprecedented openness to the world in order to acclimatize it to his deprived condition. Man, in dialogue with nature, must create his reality and we call this process history. According to Herder, language constitutes the fundamental tool of man at the time of culturally colonizing his threatening environment. The infinite diversity of this colonization, of the cultural and social forms created throughout history, takes root in the linguistic and symbolic experience that defines the human.
The creative diversity of culture and nationality has a violent and sordid side. Herder, and this honors him, came to perceive and distress with this nemesis that put in solfa his utopia. Possibly because, unlike many later nationalists, he was a well-intentioned reformer whose goal was not power, but the good of humanity.

The concept of culture elaborated by Herder, decisive when it comes to understanding the intellectual genesis of nationalism, operates in very defined ideological coordinates: those of a radical critique of the status quo formed by the alliance between reformist princes and rationalist philosophers. This alliance did not question the absolutist and aristocratic power of the Old Regime, but reinforced it by expanding its control mechanisms over society, helping to standardize it to a degree unknown until then. Rationalism was the other side of a bureaucratizing and militarily active policy that a Frederick the Great represented to perfection.
Herder’s science of man assumes a radical tone in his particular search for the Volk, the cultural identity of the peoples of the earth throughout history. As if the popular traditions of humanity and the ancient documents that account for their oral, poetic and mythological intensity draw the arc of the future in the form of a redemptive messianism. By basing his science of man on a political rupture with the established and orienting it towards an original Volk, Herder, with great audacity, invented a subversive concept of tradition. This, in its original approach, would no longer be the support of the status quo, but the progressive horizon of its overcoming. Humanity attributes a universal sense to the particularism of cultures, while at the same time glimpsing a clean future of power and inequality.

Nationalism hid that need and the reality of power by causally linking them with a malaise that the historical reactivation of the Volk would allow to overcome. The problem of such concealment is that, behind this discomfort and, in short, of power and inequality, lies the passionate ambivalence of man. For having obviated this, nationalism, via Herder, would carry the problem of extolling the pure, incorrupt and authentic to the point of making an invocation of popular simplicity harmful to the development of human faculties. Which, in their internal mechanics, in the impulses that animate them, are anything but simple and pure.
The friendly State is, after all, the one that respects its intrinsic dynamics and allows them to organize society. In the case of identities, rather, it is he who shows them their political inconsistency by subsuming them within their bureaucratic and propaganda machinery by the mere fact of proclaiming their representative. The liberal state represents the interests insofar as it allows them to regulate social trafficking by themselves. The nationalist state represents the identity of the people insofar as it converts it into a fundamental piece of its legitimation and unlimited expansion. Alain Finkielkraut argues that «a nation whose primary vocation is to annihilate the individuality of its citizens can not lead to a State of law”.

Herder’s problem was not to understand that even a radical proposal of Enlightenment had to deal with the question of power and could not dispatch it in a stroke. At this point lies the main difference of Herder with those other two illustrated radicals who were Paine and Sieyès: while the radicalism of the former led to utopia, that of the others always had their feet politically on the ground. Hence, the original difference between nation of language and nation of citizens affects two different genres of enlightened radicalism: what we can call utopian and what we can call realist, the one that breaks not with a determined power, but with the very idea of power and the one that tries to organize the power from a new plant, the one of the popular sovereignty, the human rights and the political representation.
The antilustrated aspect of linguistic nationalism (apology of identity, disregard of the different, silencing of criticism, destruction of pluralism) would be the historical consequence of an approach, in its origin, radically enlightened that fell into the error of turning a deaf ear to the unavoidable question of power.
Herder’s legacy is manifested in the fact that many later nationalists are dissatisfied politicians waiting for the recalcitrant reality to conform to their expectations; some ideologically oriented activists who long for remote and melancholic origins.

Nationalism receives from Herder many of its decisive features:
History understood as an enclave of fullness and authenticity.
The historical deficiencies identified as a cause of spiritual orphanage and emotional distress.
Regenerative messianism posed as ideological activism.
Popular culture turned into an emblem of a politics that overcomes the existing, radical and rupturist, with what this implies for a subversive idea of ​​tradition.
The progress conceived as a permanent updating of the Volk through the production of new mythologies adapted to the spirit of each era.
The intellectual and historical tragedy of nationalism is to be an ideology of utopian origin that:
If he renounces power, he loses his chance to perform historically, remaining cloistered in the sublime prose of impatient authors like Herder.
If it takes power strategically, it destroys its original emancipatory sense, being reduced to the condition of propaganda in the hands of the new rulers.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/22/la-barbarie-de-la-virtud-luis-gonzalo-diez/

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