Lo Que Esconde El Agujero — Analía Iglesias & Martha Zein / What Hides the Hole by Analía Iglesias & Martha Zein (spanish book edition)

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Me ha parecido un interesante libro sobre la importancia del porno y sus connotaciones múltiples en la sociedad actual.
“Deseo” y “moderación” son quizá dos de las palabras más utilizadas de la época. En el plano económico, se ha liberalizado el deseo, que ahora constituye otro producto de oferta y demanda. En el plano sociopolítico, es este un tiempo de obscena inequidad que clama por individuos moderados para ejercer de dique contra la sublevación de las naciones.
Parecen términos dicotómicos el desbocado deseo y la prudente moderación y, en cambio, son piezas que mantienen funcionando (casi) a la perfección el engranaje financiero del beneficio creciente y la “paz social” en nues­­tras sociedades occidentales.
El individuo moderado del siglo XXI se impone sobre el moralista decimonónico, con el deseo como derecho y la libertad labelizada. Los estados garantizan al ciudadano la ex­­plotación sin moderación de su capital erótico y la libre competencia de las mercancías emanadas del cuerpo y los sentidos. La austeridad solo será aplicable al gasto público.
Mientras los estados ahorran en bienestar colectivo, en paralelo aumenta la cifra de negocios de la industria del entretenimiento, el ocio, el turismo y el placer. En la esfera del entretenimiento, hay una relación inversa entre la búsqueda de placeres con precio y la espontánea oferta de disfrutes cotidianos, gratuitos. Somos eyaculadores insatisfechos.

¿Por qué nos pone el porno? Quizá justamente
porque nos ayuda a desembarazarnos de nuestras situaciones y volvernos rápidamente carne o, lo que es lo mismo, desatar un orgasmo como espasmo físico liberador. Con cada encuentro amoroso renovamos el repertorio físico, pero mucho más ampliamos las posibilidades imaginarias. Es raro, pero así sucede: muchas veces es el porno el que nos proporciona las fantasías a las que echamos mano en ese momento crucial antes del clímax.
Occidente lleva, desde su cuna, huyendo del cuerpo. La tradición grecolatina en la que se arraiga nuestra cultura defiende la separación del cuerpo del alma.
Los historiadores de la pornografía sitúan su nacimiento, como relato diferenciado del resto de la literatura, en el siglo XV. La imprenta había democratizado el acceso a los textos escritos, lo que favoreció que aquellos en los que sus protagonistas se limitaban a gozarse pudieran ser leídos en tronos y en pajares. Hasta ese momento, para la mayoría de las personas, la parte etérea del binomio era la única que había logrado que el ser humano recorriera el camino hacia el paraíso. El cuerpo era tan vil que era villano y el alma era una incógnita, una aspiración, algo que no pasaba sed, ni hambre, ni moría… ni tenía orgasmos. De hecho, no será hasta principios del siglo XIX que el concepto de “orgasmo” adquiera la naturaleza que hoy día conocemos.

La pornografía es el resultado de enhebrar dos términos procedentes de la Grecia clásica, porne y graphe. Que la suma de estos dos conceptos venga a expresar “la escritura de la puta” no es inocente. La palabra porne fue concebida en la Grecia antigua para representar a uno de los cuatro tipos de mujeres que hacían de su actividad sexual un modo de vida. Se utilizaba concretamente para referirse a las esclavas propiedad de un proxeneta, que trabajaban en prostíbulos frecuentados por los hombres menos pudientes. Los otros tres grupos de mujeres que comerciaban sus habilidades sexuales eran las prostitutas independientes, las hetairas y las sacerdotisas entregadas al culto de Afrodita. A diferencia de ellas, la sexualidad a la que remitía el término porne era una sexualidad no elegida al servicio del placer del hombre y en beneficio de otra persona, el proxeneta. Por aquel entonces, la filosofía negaba a la mujer la condición de sujeto y, más allá de sus apetitos sexuales, su pasividad la convertía en un no hombre tanto moral como físicamente.
La primera definición moderna apareció en 1864, en el Webster’s Dictionary. Antes de llegar a ocupar un sitio en el diccionario, durante su trayecto secular, la “escritura de la puta” había ido dirigida hacia la única mirada capaz de sostener su propio placer: la de quienes poseen un falo excluyente y aislado.

En el año 2008, la revista Forbes calculaba que 30 millones de personas estaban diariamente conectadas a la red en busca de imágenes de sexo explícito en alguna de las 260 millones de páginas web que ofrecen pornografía. En todo el mundo, el negocio registra beneficios de unos 60.000 millones de dólares anuales.
Se calcula que, en Estados Unidos, los vídeos porno generan más dinero que los ingresos combinados de las franquicias de fútbol profesional, béisbol y baloncesto. Sus empresas transnacionales cotizan en bolsa. Playboy Enter­­prises se pasea por la alfombra roja de Wall Street junto con la compañía online FriendFinder Networks Inc. (incluye el grupo mediático de revistas pornográficas de Penthouse, webs y videochats de alto contenido erótico), la alemana Beate Uhse…
Si nos hace felices y nos da dinero, ¿cuál es el problema del relato pornográfico? Quizá la respuesta más obvia sea poner el foco en una de las derivas de la pornocultura: el porno nos pide más. Contemplarlo produce una especie de inundación de dopamina en nuestro cerebro, que, con tan altas dosis de hormonas del bienestar, reduce su actividad en los centros de recompensa, el aprendizaje y la memoria. Al producirse y agotarse esta descarga, el organismo necesita producirla nuevamente, por lo que las descargas hormonales promueven la repetición de conductas. No todas las personas que consumen porno son adictas, por supuesto, pero la sociedad en la que nos movemos es adictiva.
No se trata de demonizar las redes: ya estamos en ellas y forman parte de nuestras prácticas cotidianas. No se trata de domar el porno. No se trata de dejar de masturbarnos. Sin embargo, va siendo hora de ir entendiendo el recorrido que trazamos.
Somos nodos, fragmentarios y romanticones. La tarea más generalizada y ambivalente de todas, en este mundo de individuación creciente, parece ser la de buscar una relación, porque conlleva el placer del vínculo y el pavor al encierro. Parece que con esta búsqueda sostenida de amor en todos los amores estamos empeñados en que ningún vínculo cuaje. Quizá porque ser dos multiplicaría las incertidumbres.

Paul Preciado inventa el término “pornotopía” para definir ese hogar cargado de significado pornográfico al que regresamos, en el que hay una puerta de acceso a otro espacio privado: la pantalla de un ordenador. Hasta ahora, cualquier usuario de Internet que posea un cuerpo, un ordenador, una cámara de vídeo y una conexión a la red puede crear su propio “espacio dentro de otro espacio”, su propia pornotopía.

De lleno en la era digital y ya en plena crisis de las empresas puntocom, un veinteañero informático llamado Fabian Thylmann (capaz de crear un programa de tracking de afiliación que permitía recopilar estadísticas de tráfico de datos) decidió indagar en el mundo del porno. Descubrió que la pornografía online estaba imitando cada vez más a YouTube y la demanda parecía ir en aumento, de modo que compró las páginas que estaban subiendo contenido gratuito para ver en streaming. En menos de un año creaba la empresa Manwin, un portal que en 2007 ya difundía porno gratuito, a través de sitios web. En pocos meses, la iniciativa resultó ser un bombazo empresarial: los usuarios subían los vídeos, las mismas piezas se replicaban una y otra vez por diferentes canales y existía un vacío legal en torno a esta forma de distribución.
Se abría un mercado de consumidores infinito por incontrolado, todos los relatos pornográficos podían encontrar un sitio en esta nueva Arcadia. La fábrica del porno parecía entrar en un nuevo frenesí del que se beneficiaban nuevos empresarios: los del entorno virtual. Los festivales eran una forma de salir de la pequeña pantalla y hacerse cuerpo gracias a la alfombra roja, entre otras posibilidades.
Hoy Manwin se denomina MindGeek y posee el 90 por ciento de los sitios web que ofrecen vídeos en Internet. Está detrás de los portales más visitados en la red: Pornhub, RedTube y YouPorn. En 2009, estos portales su­­maron, juntos, cien millones de usuarios. En diciembre de 2014 se estimaba que los tres portales recibían 50 millones de visitas (gratuitas) al día. A estos canales se añaden GayTube, Peeperz, Pornlq, Pornmdm Pornhub, Thumbzilla, Tube8, Xvideos…

El porno se ha convertido en uno de los rostros del neoliberalismo. De hecho, se ha construido con él: se convirtió en un producto de masas en los setenta, década en la que se abandona el patrón oro, estalla la crisis del petróleo, la inflación se dispara, la actividad económica se detiene, aumenta el paro, las grandes potencias apuestan por la desregularización financiera y se promueve que los mercados se abran al comercio mundial mediante la manipulación del crédito y la gestión de la deuda, impulsando el proceso de globalización en todas sus manifestaciones. No extraña que los primeros sistemas de cobro online salieran de páginas porno y que la mayoría de sus negocios se realicen a través del uso de tarjetas de crédito. Precisamente por esta facilidad, las mafias del fraude del dinero de plástico han utilizado el porno en sus campañas de spamvertising: envían imágenes en vez de textos; distorsionan las palabras rudas que llaman la atención duplicando las letras o insertando diferentes símbolos (por ejemplo: vio’lacion, extr-emo); adjuntan vídeos para evitar la decodificación, para burlar todos los filtros, incluidos los parentales. Junto con las pastillas y el póker, el porno forma el conjunto de “las tres pes” de un modelo de negocio corrupto que genera beneficios económicos en la contabilidad B de este planeta.

La clave quizás sea educar para recuperar la confianza, aprender la paciencia y los encuentros. Porque las ideas creativas ocurren en los tiempos muertos, durante las charlas inútiles, en los en­­cuentros desinteresados, sin filtros ni tapones. En los poscoitos sin fotos.

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