El Mundo Que Nos Viene: Retos, Desafíos Y Esperanzas Del Siglo XXI — Josep Piqué / The World that Comes to Us: Challenges, Challenges and Hopes of the 21st Century by Josep Piqué (spanish book edition)

CA3C5ECE-5D68-4CBC-A37F-7CB345CF9F69
Este libro me ha parecido irregular, se parece demasiado a libros como los de Kaplan, una obra que expone los escenarios pasados y presentes de la geopolítica, que intenta aclarar posibles futuros de las regiones más importantes del planeta. Lo hace de manera más que documentada y lúcida, sin embargo me ha aburrido, en ocasiones.
A destacar el autor avisa sobre los movimientos en Eslovenia en el capítulo de Europa y los resultados electorales le dan la razón.

Es innegable e irreversible el cambio del pivote estratégico del mundo hacia el este y hacia Asia, el peso occidental seguirá siendo tan determinante que ya no cabe hablar de sustitución de un mundo por otro. Sino de una síntesis en la que el peso económico de las nuevas potencias estará compensado por un esquema de valores de cariz occidental o, al menos, no ajeno a Occidente.
Siglos de comercio y décadas de globalización han hecho su trabajo. Han tejido una red que hace imposible plantear el futuro de las relaciones internacionales como un juego de suma cero. Por lo tanto, frente a los defensores de tesis deterministas, casi hegelianas, sobre el ascenso asiático, aquí plantearé la idea de una síntesis global que no sólo veo más probable, sino también más deseable.
Nos referimos a China, obviamente, pero no sólo. En realidad, estamos asistiendo a un retorno de la historia, que siempre acaba por volver. De la misma manera que la geografía siempre está presente. Y a esa historia rediviva llegan potencias que hablan de un pasado glorioso y cuya influencia reivindican. Por su parte, la geografía nos señala nuevas realidades pero también nos devuelve al concepto del «corazón del mundo»: ese gran corredor que conecta el este de Asia con Europa, algo que pone en cuestión la pertinencia de la costumbre de hablar de Europa como un continente, de India como un subcontinente y de China como un país.
La religión ha devenido, de nuevo, en un elemento central para explicar muchos de los acontecimientos del momento presente. Volvemos a vivir una nueva confusión entre religión y política que, por definición, suele tener consecuencias trágicas al alimentar la intolerancia y la exclusión del diferente, ya sea infiel o, lo que suele ser peor, el hereje. En el caso del islam es especialmente llamativo (como lo fue en determinados momentos históricos del cristianismo, algunos muy recientes y todavía vigentes) el sometimiento de la mujer.
Consideremos otra realidad innegable: el universo geopolítico pasó del mundo bipolar de la segunda mitad del siglo pasado propio de la guerra fría a uno aparente y efímeramente unipolar. En cambio, hoy hablamos de un nuevo bipolarismo imperfecto y asimétrico entre Estados Unidos y China, estación intermedia hacia una mayor multipolaridad, también asimétrica, en la que nadie podrá imponer sus criterios sin contar cada vez más con el resto de los actores relevantes.
La realidad es enormemente cambiante y compleja. No podemos hablar aún de un nuevo orden mundial y, por lo tanto, reina una inusitada incertidumbre.

La actuación de Trump aparece como tragicómica y que se basa en la retórica más simple: la del lenguaje de Twitter. Novedoso, sin duda. Insólito e inquietante, también. Estos cambios empiezan a concretarse en hechos, más allá de la retórica más o menos simplista y, con frecuencia, procaz. Hagamos un repaso.
A cualquier observador objetivo le parecería una obviedad que Estados Unidos reorientara su política exterior hacia Asia. Que lo hiciera un presidente nacido en Hawái y criado en Indonesia, mucho más. Otra cosa es que lo considerara, además, compatible con el compromiso atlántico y la alianza con Europa, como así fue. Sus apuestas eran claras. Entre ellas, una relación lo más amistosa posible, no exenta de contradicciones, con China, el gran poder global en disposición de disputar la hegemonía a Estados Unidos. Una estrategia consecuente con la política exterior norteamericana desde que el presidente Nixon hiciera su histórica visita a China hace ya más de cuarenta y cinco años.
El objetivo fundamental era hacer un frente común, cimentado más en la historia y los intereses nacionales que en la ideología, frente al «enemigo común»: la Rusia de siempre, encarnada en la Unión Soviética.
El presidente Trump parece decidido a modificar ese eje tradicional de la política exterior. Su intuición parece señalarle a China como el principal adversario estratégico en esta nueva fase de la historia. En consecuencia, a Estados Unidos le convendría un acercamiento a Rusia, país que, junto a Israel, es el único al que Trump no ha criticado. Como está quedando claro, buena parte del establishment de Washington no comparte tal aproximación, y el propio Trump en la Estrategia de Seguridad Nacional ha identificado a Rusia como un «competidor estratégico». Sin embargo, el planteamiento es contradictorio, no tanto por el enfoque hacia China, sino, sobre todo, por la actitud política frente a una Rusia envalentonada y orientada de nuevo a defender sin complejos su tradicional política exterior.
El enfoque de la nueva Administración, con todas sus improvisaciones, contradicciones y frivolidades está, pues, más allá de declaraciones. Estamos ya ante hechos y realidades que responden a la lógica antiglobalizadora propia de los populismos europeos. Y justifica que (con el brexit) pueda hablarse de un repliegue anglosajón que implica necesariamente un debilitamiento del propio concepto de Occidente como referente de valores para defender.
En resumen, la denuncia del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, aislando por completo a Estados Unidos del resto del mundo, el debilitamiento del vínculo atlántico, el cuestionamiento de valores comunes como la igualdad de sexos y razas y los derechos civiles o la defensa de los débiles y del Estado del bienestar nos lleva a una reflexión adicional sobre las consecuencias internas de la elección de Trump en los propios Estados Unidos.

Brexit
Hay, al menos, cuatro razones para sostenerlo, aunque tienen un elemento en común: una profunda fractura en el seno de la sociedad británica.
La primera es que se produce un comportamiento electoral diferente entre dos de los reinos y los otros dos que componen el país. Inglaterra y Gales votaron a favor del brexit con características sociológicas de ese voto bastante análogas, y Escocia e Irlanda del Norte votaron a favor del bremain, aunque por razones no tan análogas. Para Escocia (tanto para los nacionalistas escoceses como para los unionistas), la permanencia en la Unión Europea constituía una garantía. Para unos, de transmitir su compromiso europeo, con independencia de su permanencia o no en el Reino Unido, y para otros era la expresión de la voluntad de seguir siendo británicos y europeos. No es momento de abordar ahora el debate político interno sobre la cuestión independentista en Escocia, pero es obvio que más allá de las coyunturas electorales, el nacionalismo escocés dispone desde el brexit de un argumento político adicional para defender su independencia del Reino Unido.
Para Irlanda del Norte, la salida de la Unión supone cuestionar los Acuerdos de Paz de Viernes Santo de 1998 y su relación, cada vez más estrecha, con la República de Irlanda, con fronteras sumamente porosas y una creciente ósmosis social.
La segunda fractura es la que se produjo en el seno de la propia Inglaterra como la parte más significativa y núcleo del Reino Unido, entre la más metropolitana y urbana (Londres y, en particular, la City, aunque no sólo) y la rural. No es algo muy distinto de otros comportamientos electorales en Europa y en Estados Unidos que han dado sustento a los fenómenos populistas y nacionalistas. El caso de Cataluña es un buen ejemplo.
En tercer lugar se nutrió de otra fractura del contrato social de las últimas décadas, esta vez entre las élites dirigentes y las clases medias. Una división que tiene su origen y causa en las consecuencias devastadoras de la Gran Recesión de 2007 y el evidente empobrecimiento relativo y el empeoramiento de las condiciones de vida sufrido por buena parte de ellas. Sobre todo de aquellas que basaban sus rentas en actividades especialmente castigadas por dicha crisis.
Y, en cuarto lugar, la fractura del voto entre jóvenes y mayores. Y, si se quiere, entre los ciudadanos «digitales» y los «analógicos», aunque ambas características sociológicas no coinciden necesariamente. Se trata de unas fracturas muy presentes también en comportamientos electorales recientes en todo Occidente. Sobrepasan la tradicional distinción entre derecha e izquierda antes mencionada.

Queda aún mucho camino por recorrer, pero la aplicación del famoso artículo 50 de los tratados ya está en marcha y eso concede un plazo de dos años para una conclusión, salvo que se acuerde, por unanimidad, su ampliación. El Reino Unido ha fijado ya la fecha: el 29 de marzo de 2019. Veremos si es realista. Sólo será posible evitar una salida brusca si los avances son sustanciales y satisfactorios para la Unión. Los resultados están aún por verse. Por ahora, ese termómetro imperfecto que son los mercados no anticipa ningún cataclismo, más allá de la lenta pero perceptible pérdida de peso de la City de Londres como gran centro financiero del mundo. Una de las grandes víctimas del repliegue anglosajón.

Algunos creen que China va a entrar a corto plazo en una espiral insostenible. Lo argumentan diciendo que el reto medioambiental va a imponer límites infranqueables al actual modelo de crecimiento, o que la evolución demográfica (debida a la famosa política del hijo único) conduce a una decadencia irreversible del país por envejecimiento y pérdida de población. Además, debido a la corrupción y al inmovilismo del régimen político, la capacidad de innovación será relativamente escasa y generará pérdidas de competitividad relativa. Finalmente, en este tercer escenario el régimen autoritario y centralista no sería capaz de canalizar ni las demandas sociales y políticas ni las relacionadas con la diversidad y pluralidad interna desde el punto de vista de la cohesión nacional. Devolviéndole la pelota a Mao cuando decía que el imperialismo (norteamericano) era un tigre de papel, los defensores de la tesis «catastrofista» creen que el tigre de papel es, en realidad, la propia China.
Veremos a quién da la razón la historia, pero, a día de hoy, China juega un papel más importante que nunca en los dos últimos siglos. Nadie duda de que dispone de una estrategia clara y paciente para ser una potencia global, y que su rival en el escenario mundial es Estados Unidos. Mientras China parece actuar a largo plazo, Estados Unidos se presenta sumido en tácticas cortoplacistas y miopes, sin ninguna visión estratégica de su papel en el mundo que viene. Está en juego el mundo post-occidental.

Los conflictos en la convulsa y torturada región de Oriente Medio tienen, como hemos visto, múltiples aristas. Su complejidad tiene que evitar que caigamos en análisis simplistas que, demasiado a menudo, han servido como justificación de las intervenciones occidentales en la zona, tales como las más recientes en Irak, ya comentada, o previamente en Afganistán. La intervención en Irak ha resultado, a la postre, absolutamente contraproducente.
En Afganistán, con un amplio apoyo internacional tras los atentados del 11-S en Estados Unidos, sirvió para desalojar a Al Qaeda de su principal santuario y quebrar su alianza con los talibanes, que fueron desalojados del poder central. Pero no ha sido posible estabilizar un nuevo régimen político, pues el actual gobierno de Kabul apenas domina una parte menor del territorio y sigue en estado de guerra de baja intensidad, con un resurgimiento de los talibanes en buena parte del país y, particularmente, en las zonas fronterizas con el norte de Pakistán. Ambos países comparten lazos étnicos comunes (la etnia pastún) y la existencia de diversos grupos muyahidines que, a menudo, reciben el apoyo más o menos soterrado de los servicios de inteligencia militares pakistaníes.
Oriente Próximo y sus conflictos ocupan, por razones obvias, muchas horas en nuestros noticieros y en nuestra prensa. No obstante, el peso de la región en la configuración del nuevo orden mundial que llamamos síntesis neooccidental es más bien escaso. Si bien sus guerras, dramas humanitarios y movimientos terroristas condicionan nuestro presente, su peso en la redefinición del poder y los valores del mundo que viene es inversamente proporcional a su presencia mediática. El pensador indio Pankaj Mishra lo ha definido muy bien en su libro De las ruinas de los imperios. Aunque sus tesis son demasiado complacientes con cierta concepción hegeliana del auge asiático, sus reflexiones sobre el papel de Oriente Medio son bien interesantes. Mishra habla crudamente de una región «fracasada», sin capacidad de influencia pero sí de causar dramas e incomodidad en un orden nuevo «ajeno» a sus problemas.
No le falta razón cuando considera que, a medio y largo plazo, el papel del mundo arabo-musulmán en lo que denomino síntesis neooccidental es limitado aunque, como decimos, nos ocupe la agenda política y mediática a corto plazo. Paradojas de un mundo que se va y otro que no acaba de llegar.

El papel de América Latina en lo que hemos dado en llamar síntesis neooccidental no es fácil de discernir, o no de manera tan automática. Por su posición geográfica y su historia, creeríamos que es una región genuinamente occidental pese a sus dificultades en la implementación de reformas e instituciones de corte liberal-republicano. Pero esta impresión es falsa, por algunas razones: por un lado, el continente está lejos de ser ese conjunto homogéneo que se considera con demasiada facilidad; por otro, la desconfianza desde el sur de río Grande hacia Estados Unidos por las experiencias históricas está lejos de desaparecer. Por último, la penetración económica de China ha sido muy considerable, como hemos tenido ocasión de comentar.
Sin embargo, no cabe sino ser optimistas respecto a la región. Por un lado, aunque su economía esté más abierta también a países asiáticos, la proximidad geográfica así como algunos acuerdos regionales de libre comercio hacen pensar que la región seguirá, en lo económico, sin demasiados cambios en la relación de fuerzas geopolíticas. Por otro lado, la admiración de América Latina y de su juventud hacia la cultura popular norteamericana hace difícil concebir una pérdida del peso del soft power estadounidense. Algo que se refuerza por la creciente presencia de la minoría hispana en el propio Estados Unidos.
No obstante, cabe aquí añadir el papel que puede y debe jugar la Unión Europea, y especialmente España, en el papel de polo de atracción de una región que, en lo político y comercial, se siente más comprendida por el viejo continente que por el «imperialismo» americano de la mencionada Doctrina Monroe. Es poco probable, en definitiva, que América Latina desequilibre la mencionada síntesis neooccidental, pero hablamos de una región diversa, políticamente inmadura en muchos casos y con muchos agravios históricos hacia Occidente. Conviene no perder de vista la región para, sencillamente, no perderla en el nuevo equilibrio de poder.

Unión Europea.
Una crisis grave que se agudiza con la deriva similar en los otros tres países del Grupo de Visegrado, que además suelen apoyarse entre ellos en las instituciones comunitarias, donde muchas de las decisiones clave han de tomarse por unanimidad de los Estados miembros.
Es el caso de Hungría, que es un país de fuertes raíces cristianas y de mayoría católica, preocupa la política del primer ministro Viktor Orban, líder indiscutido del partido Fidesz-Unión Cívica Húngara que en coalición con los democratacristianos ostenta una mayoría de dos tercios en el parlamento de Hungría.
Eslovaquia es otro país de mayoría católica, escindido de la República Checa desde enero de 1993. Su primer ministro, Robert Fico, proviene de la izquierda democrática pero ha conformado sucesivas alianzas con un partido de extrema derecha, algo que ha condicionado la acción de gobierno y lo ha escorado hacia posiciones nacionalistas, populistas y cada vez más reticentes a la construcción política de Europa, aunque es el único que forma parte del euro.
La República Checa está formada por las históricas Bohemia y Moravia, también de mayoría católica. El triunfo en las elecciones legislativas de Andrej Babis, un candidato outsider de origen eslovaco, un millonario populista y propietario de una buena parte de los medios de comunicación checos (que le han generado problemas de incompatibilidad) y cuyo modelo político es el presidente Trump.
En definitiva, aunque cada país tiene sus propias especificidades y en muchas cosas no son comparables, sí comparten gobiernos de tendencia conservadora con tintes populistas y contrarios a la inmigración, se oponen a incorporarse al euro y a mayores dosis de integración europea, además de mostrar, en mayor o menor medida, rasgos autoritarios. Se presentan como un grupo homogéneo contra un eventual impulso en la profundización de las instituciones comunitarias sobre la mencionada Europa de dos velocidades. Los miembros de Visegrado se han posicionado contra cualquier intento de concertación entre los cuatro grandes países de la Unión (Alemania, Francia, Italia y España), particularmente en el ámbito de la unión económica y monetaria y en el de la seguridad y la defensa.
Puede que Europa pierda peso económico relativo o, lo que es peor, peso demográfico y competitividad, poniendo en riesgo la sostenibilidad de su Estado del bienestar. Puede que sea cada vez menos relevante en el escenario geopolítico global y alejarse del nuevo centro de gravedad del planeta. Pero sigue siendo la región en la que la paz, la democracia, la libertad, la igualdad de género y de oportunidades, la tolerancia y el respeto a las minorías o la cobertura de los derechos sociales han alcanzado las mayores cotas en todo el mundo. Y aunque algunos critiquen una suerte de relajación en nuestra determinación por defender nuestros valores y creencias, Europa sigue siendo un polo indiscutible de atracción para el resto de la humanidad. Y si se hacen las cosas razonablemente bien, seguirá siéndolo.
Europa representa cabalmente la síntesis neooccidental en un mundo post-occidental.

Hemos asistido a la profundización del enorme impacto que, como otra cara de la globalización, supone lo que denominamos revolución digital. Una transformación tecnológica profunda que está afectando sustancialmente las formas de producir y vender, de consumir y comprar o de trabajar o financiarse. Los mercados de bienes y servicios, de capitales y laboral o los flujos financieros están sufriendo unas modificaciones trascendentales cuyas consecuencias todavía no somos capaces de calibrar con un mínimo de certidumbre.
La desaparición, transformación y surgimiento de mecanismos de intermediación entre la oferta y la demanda, tales como el blockchain, base de las llamadas criptomonedas, implican un nuevo mundo, un auténtico cambio de era que está revolucionando las relaciones humanas en lo político, económico o social. También en la relación del hombre con la naturaleza y el espacio. Se abre un nuevo ámbito para el ejercicio de la libertad individual.
En contra de estos analistas están los pesimistas o, de nuevo recurriendo a Eco, los apocalípticos, que creen que estamos ante una era de incertidumbre y de inquietud por la imposibilidad del sistema de proveer trabajo y ocupación en el mercado laboral a unos trabajadores que serán desplazados irremisiblemente por el desarrollo tecnológico. Los optimistas, en cambio, opinan que esta situación abre un conjunto de inmensas posibilidades para simultanear condiciones de vida dignas y prósperas con oportunidades inéditas para el desarrollo humano en todas sus facetas.
No sabemos aún quién tiene razón.

En un mundo que hemos definido como post-occidental, España puede ser un magnífico exponente de sociedad neooccidental sobre la base de los valores de las sociedades abiertas. Como hemos analizado, Occidente ha perdido su hegemonía geopolítica pero no el atractivo universal de dichos valores. Somos o debemos aspirar a ser españoles, europeos, occidentales libres, iguales en derechos y oportunidades, dignos, prósperos y abiertos al mundo. Ciudadanos orgullosos de los principios propios de la democracia representativa, la economía de libre mercado y de las sociedades abiertas en un mundo post-occidental. Y dispuestos a defenderlos.

This book has seemed irregular, it is too similar to books like Kaplan’s, a work that exposes the past and present scenarios of geopolitics, which tries to clarify possible future of the most important regions of the planet. It does so in a way that is documented and lucid, however it has bored me, sometimes.
To emphasize the author warns about the movements in Slovenia in the chapter of Europe and the electoral results give him the reason.

It is undeniable and irreversible the change of the strategic pivot of the world towards the east and towards Asia, the western weight will continue to be so decisive that there is no longer any need to replace one world with another. But a synthesis in which the economic weight of the new powers will be compensated by a scheme of values ​​of western aspect or, at least, not foreign to the West.
Centuries of commerce and decades of globalization have done their job. They have woven a network that makes it impossible to pose the future of international relations as a zero-sum game. Therefore, in front of the defenders of deterministic, almost Hegelian theses, on the Asian ascent, here I will pose the idea of ​​a global synthesis that I not only see more probable, but also more desirable.
We refer to China, obviously, but not only. Actually, we are witnessing a return of history, which always ends up coming back. In the same way that geography is always present. And to that rediviva history come powers that speak of a glorious past and whose influence they claim. For its part, geography points out new realities but also brings us back to the concept of the «heart of the world»: that great corridor that connects East Asia with Europe, something that questions the relevance of the habit of speaking about Europe as a continent, of India as a subcontinent and of China as a country.
Religion has become, again, a central element to explain many of the events of the present moment. We are once again experiencing a new confusion between religion and politics, which, by definition, often has tragic consequences in feeding intolerance and the exclusion of the different, either unfaithful or, what is usually worse, the heretic. In the case of Islam it is especially striking (as it was in certain historical moments of Christianity, some very recent and still in force) the submission of women.
Let us consider another undeniable reality: the geopolitical universe passed from the bipolar world of the second half of the last century proper to the Cold War to one apparently and ephemerally unipolar. Instead, today we speak of a new imperfect and asymmetric bipolarism between the United States and China, an intermediate station towards a greater multipolarity, also asymmetric, in which no one can impose his criteria without counting more and more with the rest of the relevant actors.
Reality is enormously changing and complex. We can not speak yet of a new world order and, therefore, an unusual uncertainty reigns.

Trump’s performance appears as tragicomic and is based on the simplest rhetoric: that of the Twitter language. Novelty, without a doubt. Unusual and disturbing, too. These changes begin to materialize in facts, beyond the more or less simplistic and, often, rhetorical rhetoric. Let’s review.
It would seem obvious to any objective observer that the United States reoriented its foreign policy towards Asia. That a president born in Hawaii and raised in Indonesia did it, much more. Another thing is that I consider it, in addition, compatible with the Atlantic commitment and the alliance with Europe, as it was. His bets were clear. Among them, a relationship as friendly as possible, not without contradictions, with China, the great global power in a position to dispute the hegemony to the United States. A strategy consistent with US foreign policy since President Nixon made his historic visit to China more than forty-five years ago.
The fundamental objective was to make a common front, based more on history and national interests than on ideology, against the «common enemy»: the usual Russia, embodied in the Soviet Union.
President Trump seems determined to change that traditional axis of foreign policy. His intuition seems to point to China as the main strategic adversary in this new phase of history. Consequently, the United States would be better off approaching Russia, a country that, together with Israel, is the only one that Trump has not criticized. As is becoming clear, much of the Washington establishment does not share such an approach, and Trump himself in the National Security Strategy has identified Russia as a «strategic competitor.» However, the approach is contradictory, not so much because of the focus on China, but, above all, because of the political attitude towards an emboldened Russia that is once again oriented to defending its traditional foreign policy without complexes.
The approach of the new Administration, with all its improvisations, contradictions and frivolities, is therefore beyond declarations. We are already faced with facts and realities that respond to the anti-globalization logic of European populism. And it justifies that (with Brexit) we can speak of an Anglo-Saxon retreat that necessarily implies a weakening of the very concept of the West as a reference of values ​​to defend.
In short, the denunciation of the Paris Agreement on Climate Change, completely isolating the United States from the rest of the world, the weakening of the Atlantic link, the questioning of common values ​​such as equality of sexes and races and civil rights or defense of the weak and the welfare state leads us to an additional reflection on the internal consequences of Trump’s election in the United States itself.

Brexit
There are at least four reasons to sustain it, although they have one element in common: a deep fracture within British society.
The first is that there is a different electoral behavior between two of the kingdoms and the other two that make up the country. England and Wales voted in favor of brexit with sociological characteristics of that vote quite analogous, and Scotland and Northern Ireland voted in favor of the bremain, although for reasons not so analogous. For Scotland (for both Scottish nationalists and Unionists), staying in the European Union was a guarantee. For some, to transmit their European commitment, regardless of their permanence or not in the United Kingdom, and for others was the expression of the will to remain British and European. Now is not the time to address the internal political debate on the issue of independence in Scotland, but it is obvious that beyond the electoral conjunctures, Scottish nationalism has from the brexit an additional political argument to defend its independence from the United Kingdom.
For Northern Ireland, leaving the Union means questioning the Good Friday Peace Accords of 1998 and their ever closer relationship with the Republic of Ireland, with extremely porous borders and a growing social osmosis.
The second fracture is that which occurred within England itself as the most significant part and core of the United Kingdom, between the most metropolitan and urban (London and, in particular, the City, though not only) and the rural one. It is not something very different from other electoral behaviors in Europe and the United States that have supported populist and nationalist phenomena. The case of Catalonia is a good example.
In the third place it was nourished by another fracture of the social contract of the last decades, this time between the ruling elites and the middle classes. A division that has its origin and cause in the devastating consequences of the Great Recession of 2007 and the evident relative impoverishment and the worsening of the living conditions suffered by many of them. Especially those who based their income on activities especially punished by the crisis.
And, fourthly, the fracture of the vote between young and old. And, if you like, between «digital» and «analog» citizens, although both sociological characteristics do not necessarily coincide. These are fractures that are also present in recent electoral behavior throughout the West. They surpass the traditional distinction between right and left mentioned above.

There is still a long way to go, but the application of the famous article 50 of the treaties is already underway and that allows a period of two years for a conclusion, unless it is agreed, unanimously, its extension. The United Kingdom has already set the date: March 29, 2019. We will see if it is realistic. It will only be possible to avoid a sudden exit if the progress is substantial and satisfactory for the Union. The results are yet to be seen. For now, that imperfect thermometer that is the markets does not anticipate any cataclysm, beyond the slow but perceptible loss of weight of the City of London as the great financial center of the world. One of the great victims of the Anglo-Saxon withdrawal.

Some believe that China will enter an unsustainable spiral in the short term. They argue that the environmental challenge will impose insurmountable limits on the current growth model, or that the demographic evolution (due to the famous one-child policy) leads to an irreversible decline of the country due to aging and loss of population. In addition, due to the corruption and immobility of the political regime, the capacity for innovation will be relatively low and will generate losses of relative competitiveness. Finally, in this third scenario, the authoritarian and centralist regime would not be able to channel neither the social and political demands nor those related to internal diversity and plurality from the point of view of national cohesion. Returning the ball to Mao when he said that (American) imperialism was a paper tiger, the defenders of the «catastrophist» thesis believe that the paper tiger is, in reality, China itself.
We will see who the story is right for, but, to this day, China plays a more important role than ever in the last two centuries. No one doubts that he has a clear and patient strategy to be a global power, and that his rival on the world stage is the United States. While China seems to act in the long term, the United States appears plunged into short-sighted and short-sighted tactics, without any strategic vision of its role in the world to come. The post-western world is at stake.

The conflicts in the turbulent and tortured region of the Middle East have, as we have seen, multiple edges. Its complexity has to prevent us from falling into simplistic analyzes that, too often, have served as justification for Western interventions in the area, such as the most recent in Iraq, already discussed, or previously in Afghanistan. The intervention in Iraq has, in the end, been absolutely counterproductive.
In Afghanistan, with widespread international support after the 9/11 attacks in the United States, it served to dislodge al Qaeda from its main sanctuary and break its alliance with the Taliban, who were evicted from the central power. But it has not been possible to stabilize a new political regime, since the current government of Kabul barely dominates a smaller part of the territory and remains in a state of low intensity war, with a resurgence of the Taliban in a good part of the country and, particularly, in the border areas with northern Pakistan. Both countries share common ethnic ties (the Pashtun ethnic group) and the existence of various Mujahideen groups that often receive more or less buried support from Pakistani military intelligence services.
The Middle East and its conflicts occupy, for obvious reasons, many hours on our news and in our press. Nevertheless, the weight of the region in the configuration of the new world order that we call the neo-western synthesis is rather scarce. Although their wars, humanitarian dramas and terrorist movements condition our present, their weight in the redefinition of power and the values ​​of the world that comes is inversely proportional to their media presence. The Indian thinker Pankaj Mishra has defined it very well in his book On the ruins of the empires. Although his theses are too complacent with a certain Hegelian conception of the Asian boom, his reflections on the role of the Middle East are very interesting. Mishra speaks crudely of a «failed» region, without the capacity to influence but to cause dramas and discomfort in a new order «foreign» to its problems.
He is right when he considers that, in the medium and long term, the role of the Arab-Muslim world in what I call the neo-Western synthesis is limited, although, as we say, the political and mediatic agenda occupies us in the short term. Paradoxes of a world that is leaving and another that has not just arrived.

The role of Latin America in what we have called the neo-Western synthesis is not easy to discern, or not so automatically. Because of its geographical position and its history, we would believe that it is a genuinely western region despite its difficulties in the implementation of reforms and institutions of a liberal-republican nature. But this impression is false, for some reasons: on the one hand, the continent is far from being that homogeneous group that is considered too easily; On the other hand, distrust from the south of the Rio Grande towards the United States due to historical experiences is far from disappearing. Finally, China’s economic penetration has been very considerable, as we have had occasion to comment.
However, we can not but be optimistic about the region. On the one hand, although its economy is also more open to Asian countries, geographical proximity as well as some regional free trade agreements suggest that the region will continue, economically, without too many changes in the relationship of geopolitical forces. On the other hand, the admiration of Latin America and its youth towards American popular culture makes it difficult to conceive of a loss of the weight of American soft power. Something that is reinforced by the growing presence of the Hispanic minority in the United States itself.
However, we must add here the role that the European Union, and especially Spain, can and should play in the role of attraction pole of a region that, politically and commercially, feels more understood by the old continent than by the European Union. American «imperialism» of the aforementioned Monroe Doctrine. It is unlikely, in short, that Latin America unbalances the aforementioned neo-Western synthesis, but we speak of a diverse region, politically immature in many cases and with many historical grievances towards the West. It is convenient not to lose sight of the region, simply to not lose it in the new balance of power.

European Union.
A serious crisis that is exacerbated by the similar drift in the other three countries of the Visegrad Group, which also tend to rely on each other in the community institutions, where many of the key decisions have to be taken unanimously by the Member States.
This is the case of Hungary, which is a country with strong Christian roots and a Catholic majority, concerns the policy of Prime Minister Viktor Orban, undisputed leader of the Hungarian Civic Union Fidesz party, which in coalition with the Christian Democrats holds a two-thirds majority in the parliament of Hungary.
Slovakia is another country with a Catholic majority, split from the Czech Republic since January 1993. Its prime minister, Robert Fico, comes from the democratic left but has formed successive alliances with a far-right party, something that has conditioned government action and it has chosen it towards nationalist, populist and increasingly reticent positions towards the political construction of Europe, although it is the only one that is part of the euro.
The Czech Republic is formed by the historical Bohemia and Moravia, also of Catholic majority. The triumph in the legislative elections of Andrej Babis, an outsider candidate of Slovak origin, a populist millionaire and owner of a good part of the Czech media (which has generated problems of incompatibility) and whose political model is President Trump.
In short, although each country has its own specificities and in many things they are not comparable, they do share governments of a conservative tendency with populist overtones and against immigration, they are opposed to joining the euro and to greater doses of European integration, in addition to showing, to a greater or lesser extent, authoritarian features. They are presented as a homogeneous group against an eventual impulse in the deepening of the community institutions on the mentioned two-speed Europe. The members of Visegrado have positioned themselves against any attempt at concertation between the four major countries of the Union (Germany, France, Italy and Spain), particularly in the field of economic and monetary union and in the field of security and defense.
Europe may lose relative economic weight or, what is worse, demographic weight and competitiveness, putting the sustainability of its welfare state at risk. It may be less and less relevant in the global geopolitical scenario and move away from the new center of gravity of the planet. But it remains the region where peace, democracy, freedom, gender equality and opportunities, tolerance and respect for minorities, and coverage of social rights have reached the highest levels worldwide. And although some criticize a kind of relaxation in our determination to defend our values ​​and beliefs, Europe remains an undeniable pole of attraction for the rest of humanity. And if things are done reasonably well, it will continue to be so.
Europe fully represents the neo-Western synthesis in a post-Western world.

We have witnessed the deepening of the enormous impact that, as another face of globalization, supposes what we call the digital revolution. A deep technological transformation that is substantially affecting the ways of producing and selling, of consuming and buying or of working or financing. The markets of goods and services, capital and labor or financial flows are undergoing major changes whose consequences we are not yet able to measure with a minimum of certainty.
The disappearance, transformation and emergence of mechanisms of intermediation between supply and demand, such as the blockchain, basis of so-called cryptocurrencies, imply a new world, a real change of era that is revolutionizing human relations in the political, economic or Social. Also in the relationship of man with nature and space. A new field opens up for the exercise of individual freedom.
Against these analysts are the pessimists or, again resorting to Eco, the apocalyptists, who believe that we are facing an era of uncertainty and concern about the impossibility of the system of providing work and employment in the labor market to workers who will be displaced irremissibly by technological development. The optimists, on the other hand, believe that this situation opens a set of immense possibilities to combine dignified and prosperous living conditions with unprecedented opportunities for human development in all its facets.
We do not know yet who is right.

In a world we have defined as post-western, Spain can be a magnificent exponent of neo-Western society based on the values ​​of open societies. As we have analyzed, the West has lost its geopolitical hegemony but not the universal appeal of these values. We are or should aspire to be Spanish, European, Western free, equal in rights and opportunities, worthy, prosperous and open to the world. Citizens proud of the principles of representative democracy, the free market economy and open societies in a post-western world. And willing to defend them.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.