En Deuda: Una Historia Alternativa De La Economía — David Graeber / Debt – Updated and Expanded: The First 5,000 Years by David Graeber

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Por el título y el subtítulo podría pensarse que todo lo que explica este libro es nuevo. No lo es, pero trata el tema de la economia de una forma natural y diría que «fresca». Está muy bien documentado. Hay momentos en que parece una tesis doctoral, pero con un lenguaje llano, que desmonta tópicos sobre el dinero. Se dan por hechas muchas cosas que unos autores repiten y copian de los anteriores, no durante años sinó durante siglos. Parece que los manuales repiten los errores una y otra vez dando por sentado cosas acerca de las cuales el autor no se ha hecho ninguna pregunta. En cualquier caso, aunque no se trata de una economía alternativa, sinó de la misma de siempre, el autor nos la explica de otra forma, haciéndose preguntas y destapando tópicos que se han acumulado durante mucho tiempo.

El libro de Graeber es una lectura larga y lenta. Recomiendo encarecidamente este libro a cualquiera que disfrute investigando los misterios de la economía en nuestro mundo moderno y a cualquiera que disfrute de la historia, la sociología, la antropología o que busque las principales tendencias históricas que unen y explican los acontecimientos mundiales.
Soy un pensador multidisciplinario y leo mucho sobre historia, por lo que considero que la mayoría de las personas se equivoca cuando asumen que las complejidades del mundo moderno son nuevas y sin precedentes. Ciertamente hay cambios notables que ocurren, como Internet, pero la mayoría de las instituciones existentes se basan en las históricas y la naturaleza humana no se ha movido ni un milímetro.
Ocasionalmente, leeré un libro que arroja una gran luz sobre los grandes patrones que han dado lugar a nuestro mundo. Guns, Germs and Steel fue uno de estos. Era repetitivo y simplificaba demasiado, pero tocaba algo primario en la condición humana: lo que el autor llamó «el patrón más amplio de la historia».
La deuda trata con otra: la base misma del valor y la obligación, que están en la raíz de lo que vagamente llamamos economía.
La primera mitad de este libro me dejó alucinado. Coloca la deuda en el centro mismo de lo que significa vivir en una sociedad humana. Torpedece una serie de supuestos económicos fundamentales, y luego promete trazar una historia de la institución. Me quedé con la sensación de que si perseveraba a lo largo de las 544 páginas, se revelaría un gran secreto, un misterioso misterio de Eleusis. La segunda mitad no cumplió con esta promesa, pero eso no cambia el hecho de que cualquier persona interesada en política O economía O ser humano probablemente debería leer este libro.
Las ideas incluyen el ataque de Graeber al «mito del trueque». En general, las teorías económicas suponen que surgió el dinero para hacer frente al hecho de que el trueque fue incómodo. Debt argumenta que las sociedades de trueque nunca existieron realmente, y que el crédito y el dinero virtual siempre dominaron las interacciones humanas antes de la llegada de las monedas (aproximadamente 600 aC). Esto compro 100%. En mis lecturas sobre el mundo antiguo previo a la acuñación de moneda (principalmente el Antiguo Egipto y Mesopotamia), hace tiempo que tengo claro que el «dinero» existía, aunque solo fuera en papel (achem … tableta de arcilla). Diablos, la escritura, y por lo tanto la historia en sí misma, se inventó como una herramienta para registrar las deudas. Los documentos más antiguos son todos los libros mayores: «Fulano le debe al templo quince pollos y treinta y dos fanegas de cereales» y ese tipo de cosas. Las primeras civilizaciones generalmente convertían las producciones en una o más monedas «monetarias» virtualizadas, como arbustos de grano (¡no tan casualmente llamados shekels!). Pocos montones de granos arrastrados o pesos de plata con ellos, simplemente estuvieron de acuerdo con el valor común de diversos bienes en estas unidades. Por lo tanto: dinero!
Graeber hace pensar en los puntos de apertura sobre la relación entre la deuda, el dinero (que a menudo se trata de la medición exacta de la deuda), el estado y la política y las libertades humanas. Los Estados eran / son fundamentalmente militares y el dinero existe en gran medida como una oportunidad para abastecer al ejército. Él cuestiona una y otra vez la suposición de que «todos deben pagar sus deudas» y señala que realmente se traduce a «todos deben pagar sus deudas a menos que estén sosteniendo el arma». Esto lleva a abordar y explorar las condiciones que conducen a las tradiciones humanas más desagradables y duraderas: la esclavitud. Su discusión sobre la relación entre el «contexto humano» y la falta de un prerrequisito para la esclavitud de bienes muebles es lo único que vale la pena el precio de la admisión.
También explora la increíble relación entre deuda y moralidad. Nuestra relación con Dios generalmente está redactada en términos de crédito: cálculo de cuentas, redención, etc.
Gran parte de la mitad del libro explora cuatro grandes períodos de la historia. 1) los reinos de crédito previos a la acuñación del remoto mundo antiguo 2) los imperios axiales de la antigüedad media (600 AC – 600 DC) 3) la edad media y 4) la era imperialista moderna. Él señala que estos períodos oscilan entre las economías de crédito y las basadas en lingotes. También argumenta que recientemente nos hemos mudado a una nueva 5) economía de crédito. Yo no estoy seguro de que el período actual no sea más una evolución de la etapa imperialista / capitalista, pero de todos modos.
Sin embargo, Graeber no está exento de parcialidad. Parece despreciar las edades de acuñación y glorificar las basadas en crédito mientras veo las cosas como una progresión. Quizás tenga razón en que la «era axial» (600 AC – 600 DC) estuvo dominada por la economía de lingotes / militares / esclavitud y una tremenda escala de guerra. Pero parece ignorar la vida de subsistencia de la edad media y anterior y el salvaje crecimiento cultural y demográfico permitido por la expansión de la economía axial. Parece tener una historia de amor con la Edad Media, particularmente en su encarnación oriental (léase el período califal). No me malinterpreten, tengo un poco de mil y una noches fetiche yo mismo, pero este no era un momento y lugar libre de la miseria humana. Mucho mejor que Europa occidental durante la edad oscura, claro, pero todos lo sabíamos (o deberíamos tener).
En las últimas partes del libro, cuando se discuten las eras imperialista y moderna, Graeber sigue siendo fascinante, pero se vuelve un tanto confuso y político (en el sentido de tener un hacha de fuerza en oposición a discutir política, que, después de todo, son fundamentales al trabajo). No estoy seguro de dónde nos deja, en nuestro mundo de deuda, imperialismo y expansión obligatoria, pero sin duda proporciona una tremenda fuente de reflexión. Tiene una mente aguda que se resiste a tallar la cultura, la historia y todo eso en pequeños paquetes. La civilización es un nudo desordenado. Más escala, más personas, ciudades más grandes, ejércitos más grandes, todo requiere infraestructura. Los recursos deben ser movidos, los sistemas deben ser inventados, la maquinaria del estado y la codicia de los individuos deben ser alimentados. ¿Dónde termina todo esto? ¿Quién le debe a quién?

El mismo hecho de que no sepamos qué es la deuda, la propia flexibilidad del concepto, es la base de su poder. Si algo enseña la historia, es que no hay mejor manera de justificar relaciones basadas en la violencia, para hacerlas parecer éticas, que darles un nuevo marco en el lenguaje de la deuda, sobre todo porque inmediatamente hace parecer que es la víctima la que ha hecho algo mal.
Pero la deuda no es sólo la justicia del vencedor; puede ser también una manera de castigar a ganadores que no se suponía que debieran ganar. El ejemplo más espectacular de esto es la historia de la República de Haití, el primer país pobre al que se colocó en un estado de esclavitud mediante deuda. Haití era una nación fundada por antiguos esclavos de plantaciones que cometieron la temeridad no sólo de rebelarse, entre grandes declaraciones de derechos y libertades individuales, sino también de derrotar a los ejércitos que Napoleón envió para devolverlos a la esclavitud.
A veces, sin embargo, la deuda parece significar exactamente lo opuesto. Comenzando en la década de 1980, Estados Unidos, que insistió en los estrictos términos para el pago de la deuda del Tercer Mundo, acumuló deudas que dejaban en ridículo a las del Tercer Mundo sumadas, debidas sobre todo a gastos militares. La deuda exterior estadounidense, sin embargo, toma la forma de bonos del tesoro en poder de inversores institucionales en países (Alemania, Japón, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia, los países del Golfo) que son, muchas veces, de facto, protectorados estadounidenses, cubiertos de bases militares estadounidenses llenas de armas y equipamiento pagados con ese mismo gasto deficitario.
Como reza un Sutra: «Cuando no devolvemos lo que pedimos prestado, lo pagamos convirtiéndonos en un caballo o un buey». «El deudor es como un esclavo; el acreedor, como un amo». O «un deudor es como un faisán; su acreedor, como un halcón». Si te encuentras en situación de realizar un préstamo, no cargues demasiada presión sobre el deudor para que te lo devuelva. Si lo haces, renacerás como un caballo o un buey para trabajar para aquel que te debía, y devolverás muchas veces el precio.

La diferencia entre una deuda y una obligación es que la deuda se puede cuantificar con precisión. Esto requiere dinero.
No sólo es el dinero lo que hace que esto sea posible: dinero y deuda aparecen en escena exactamente al mismo tiempo. Algunos de los primeros documentos escritos que han llegado hasta nosotros son tablillas mesopotámicas con registros de créditos y débitos, raciones entregadas por templos, dinero adeudado por el arrendamiento de tierras de los templos, todos con valores especificados con precisión en cereales y plata. Algunas de las obras más antiguas de filosofía moral, a su vez, reflexionan sobre qué significa imaginar la moralidad como deuda, es decir, en términos económicos.
Así pues, una historia de la deuda es necesariamente una historia del dinero, y la manera más fácil de comprender el papel jugado por la deuda en la sociedad humana es, sencillamente, seguir las formas que ha adoptado el dinero, y las maneras en que se ha empleado, a lo largo de los siglos, así como los inevitables debates acerca de lo que esto significa.
Los economistas suelen citar tres funciones para el dinero: medio de intercambio, unidad de contabilidad y almacenamiento de valor. Todos los libros de texto económicos otorgan al primero el papel principal.
Para los economistas, la historia del dinero siempre empieza con el mundo fantástico del trueque. El problema es localizar este mundo en el espacio y el tiempo: ¿hablamos de los hombres de las cavernas, de los isleños del Pacífico, de la frontera americana? Un libro, escrito por los economistas Joseph Stiglitz y John Driffill, nos lleva a la que parece una imaginaria ciudad de Nueva Inglaterra o del Medio Oeste estadounidense.
Se dice que la sal fue el instrumento común de comercio e intercambios en Abisinia; en ciertas localidades costeras de la India, un tipo de conchas; bacalao seco, en Newfoundland; el tabaco, en Virginia; el azúcar, en algunas de nuestras colonias de las Indias Occidentales; las pieles curtidas en otros países; y me han dicho que incluso en nuestros días hay una aldea escocesa en la que no es infrecuente que la gente lleve clavos a la panadería o a la taberna en lugar de dinero.
El empleo de metales en este estado crudo parece que se vio plagado por dos incomodidades considerables: el primero, el problema del pesado; el segundo, el de la aleación. Con los metales preciosos, en que una mínima diferencia en la cantidad se convierte en una enorme diferencia de precio, poder pesar con la exactitud deseable exigía al menos pesos y escalas muy precisos. El pesado de oro, en especial, es una operación de considerable dificultad…
Es fácil ver hacia dónde lleva esto. Emplear lingotes irregulares de metal es más fácil que trocar, pero ¿no haría más fácil aún las cosas estandarizar las unidades (pongamos por caso, estampar las piezas de metal con designaciones uniformes que garanticen el peso y pureza, en diferentes denominaciones)? Evidentemente sí, y así nace la acuñación. Cierto, el empleo de monedas implicaba que los gobiernos tendrían que intervenir, dado que solían poseer las fábricas de moneda; pero en la versión estándar de la historia, los gobiernos sólo tenían este papel, el de garantizar el suministro de dinero, y tendían a hacerlo mal, dado que a lo largo de la historia, muchos reyes con pocos escrúpulos a menudo han hecho trampas devaluando la moneda, causando inflación y otros tipos de desastres políticos en lo que originariamente era un asunto de simple sentido común económico.
La historia estándar de la moneda está completamente trastocada. No comenzamos con trueques para descubrir el dinero y finalizar con sistemas de créditos. Primero vino lo que hoy llamamos dinero virtual. Las monedas aparecieron mucho más tarde, y su uso sólo se extendió de manera irregular, sin reemplazar nunca los sistemas de crédito. El trueque, a su vez, parece ser, en gran parte, un subproducto colateral del uso de monedas o papel moneda; históricamente ha sido lo que han practicado personas acostumbradas a transacciones en metálico cuando por una u otra razón no tenían acceso a moneda. Lo curioso es que nunca ocurrió.

El Mito del Trueque no puede desaparecer, porque es fundamental para todo el discurso de la economía.
El dinero no es importante. Las economías (las «economías reales») son en realidad vastos sistemas de trueque. El problema es que la historia demuestra que, sin dinero, esos vastos sistemas de trueque no se dan. Incluso cuando las economías «regresan al trueque», como se decía de Europa durante la Edad Media, no abandonan realmente el uso de dinero. En la Edad Media, por ejemplo, todo el mundo continuó tasando el valor de herramientas y ganado en la antigua moneda romana, pese a que las propias monedas habían dejado de circular.
Es el dinero el que nos hace posible imaginarnos a nosotros mismos como los economistas nos piden que lo hagamos: como un grupo de naciones e individuos cuya principal actividad es intercambiar cosas. Claro que la sola existencia del dinero en sí mismo no es suficiente para permitirnos ver de esta manera el mundo. Si así fuera, la disciplina de Economía se habría creado en la antigua Sumeria, o, en cualquier caso, mucho antes de 1776, cuando Adam Smith publicó La riqueza de las naciones.
En Madagascar: ya he mencionado que una de las primeras cosas que hizo el general francés Gallieni, conquistador de Madagascar, cuando hubo completado la conquista de la isla, en 1901, fue imponer un impuesto de capitación. No sólo se trataba de un impuesto bastante alto, sino que sólo era pagadero en los recién emitidos francos malgaches. En otras palabras, Gallieni imprimió dinero y exigió que todo el mundo en la isla le devolviera una parte de ese dinero.
Lo más chocante de todo, sin embargo, fue el lenguaje que empleó para describir la nueva tasa. La denominó «impot moralisateur,» es decir, impuesto «educativo» o «moralizador». En otras palabras, estaba diseñado para, adoptando el lenguaje de la época, enseñar a los nativos el valor del trabajo.
En las leyes galesas la compensación se paga sobre todo en ganado, y en la irlandesa, en ganado o esclavas (cumal), con considerable empleo, en ambos, de metales preciosos. En los códigos germánicos es sobre todo en metales preciosos. En los códigos rusos es en plata y pieles, graduadas de manera descendente desde la de marta hasta la de ardilla. El detalle es notable, no sólo por los daños personales que cubre (compensaciones específicas por la pérdida de un brazo, una mano, un dedo índice, una uña; por un golpe en la cabeza que deja el hueso a la vista o que lo proyecta) sino también por la cobertura que algunos daban a las posesiones de una casa individual. El título II de la Ley Sálica lidia con el robo de cerdos; el título III, con el de vacas; el título IV, con el de ovejas; el título V, con el de cabras; el título VI, con el de perros, cada uno de ellos con una elaborada enumeración que diferencia, en cada animal, las diferentes edades y sexos.
Podríamos incluso decir que lo que tenemos, en la idea de la deuda primordial, es el mito nacionalista definitivo. Antiguamente debíamos nuestras vidas a los dioses que nos habían creado, pagábamos los intereses de la deuda en forma de sacrificios de animales y finalmente pagábamos el monto total con nuestras vidas. Ahora se la debemos a la nación que nos ha formado, pagamos los intereses en forma de impuestos y cuando llega el momento de defender a la nación de sus enemigos, tenemos que ofrecer pagar la deuda con nuestras vidas.
Se trata de una gran trampa del siglo XX: por un lado está la lógica del mercado, en la que nos gusta imaginarnos que comenzamos como individuos que no deben nada a nadie. Por el otro lado está la lógica del Estado, donde todos comenzamos con una deuda que nunca podemos pagar del todo. Se nos dice continuamente que son opuestos, y que entre ellos se contienen todas las posibilidades humanas reales. Pero es una falsa dicotomía. Los Estados crearon los mercados. Los mercados necesitan Estados. Ninguno puede continuar sin el otro, al menos, de manera parecida a las formas en que los conocemos hoy en día.

Nuestras dos historias primordiales (el mito del trueque y el mito de la deuda primordial) pueden parecer lo más alejadas que pueda ser posible, pero, a su manera, son las dos caras de una misma moneda. Cada una asume a la otra. Tan sólo cuando somos capaces de imaginar la vida humana como una serie de transacciones comerciales somos capaces de ver nuestra relación con el universo en términos de deuda.
Para ilustrarlo, déjenme llamar al estrado al que puede resultar un testigo sorpresa, Friedrich Nietzsche, un hombre capaz de ver con una claridad poco común lo que ocurre cuando se intenta imaginar el mundo en términos comerciales.
Su obra La genealogía de la moral apareció en 1887. En ella Nietzsche comienza con un argumento que podría haber tomado directamente de Adam Smith… pero lo lleva un paso más lejos de lo que Smith jamás se hubiera atrevido a hacer, al insistir que no sólo el trueque, sino el propio acto de comprar y vender precede a cualquier otra forma de relación humana. El sentimiento de obligación, señala,
tuvo su origen en la forma más antigua y primitiva de relación personal que existe, la que hay entre vendedor y comprador.
A lo largo de la mayor parte de la historia, cuando ha aparecido un conflicto abierto entre clases, ha tomado forma de peticiones de cancelación de deudas: la liberación de quienes se encontraban en servidumbre por ellas y, habitualmente, una redistribución más justa de las tierras. Lo que vemos, en la Biblia y en otras tradiciones religiosas, son huellas de los argumentos morales con que se apoyaban estas peticiones, frecuentemente sometidas a todo tipo de circunloquios y giros imaginativos, pero que, inevitablemente, incorporan en mayor o menor grado el lenguaje del propio mercado.

Para contar la historia de la deuda, pues, es necesario también reconstruir cómo el lenguaje de los mercados ha llegado a permear todos los aspectos de la vida humana, hasta proporcionar la terminología que incluso portavoces morales y religiosos emplean ostensiblemente contra ellos. Ya hemos visto cómo tanto las enseñanzas védicas como las cristianas acaban realizando el mismo y curioso movimiento. Describir, en primer lugar, toda la moralidad como una deuda para luego, a su manera, demostrar que no puede reducirse a una deuda, que ha de basarse en algo más.
Por tanto, para comprender realmente qué es la deuda, será necesario distinguir en qué difiere de los demás tipos de obligación que los seres humanos pueden tener con otros; lo que, a su vez, implica describir qué son esos otros tipos de obligación. Hacerlo, sin embargo, presenta desafíos especiales. Las teorías sociales contemporáneas (incluida en ellas la antropología económica) ofrecen una ayuda sorprendentemente escasa a este respecto. Hay una gran cantidad de literatura antropológica acerca de los regalos, por ejemplo, comenzando por el ensayo del francés Marcel Mauss de 1925; incluso acerca de «economías de regalo», que funcionan con parámetros completamente diferentes a los de las economías de mercado, pero al fin y al cabo toda esta literatura se concentra en el intercambio de regalos, asumiendo que cada vez que alguien hace un regalo, el acto implica una deuda, y que en algún momento quien lo recibe debe hacer otro regalo similar para compensar. Como en el caso de las grandes religiones, la lógica del mercado se ha insinuado incluso en el pensamiento de quienes más explícitamente se oponen a ella. Por lo tanto, tendré que comenzar a crear aquí una nueva teoría partiendo de cero.
Parte del problema es el lugar extraordinariamente pronunciado que ocupa la economía en las ciencias sociales hoy en día. Se la trata, muchas veces, como a la disciplina maestra.

En Europa, en los siglos XVI y XVII, los aldeanos más jóvenes solían representar obras satíricas en que se reían de los maridos a los que golpeaban sus esposas; e incluso los hacían desfilar montados en un burro, mirando hacia atrás, para que todo el mundo se burlara de ellos. Hasta donde yo sé, ninguna sociedad africana llegó tan lejos. Pero tampoco ninguna sociedad africana quemó tantas brujas: Europa Occidental era, en aquella época, un lugar especialmente salvaje. Sin embargo, y como en casi todo el mundo, la asunción de que un tipo de brutalidad era al menos potencialmente legítima, y la otra no, era el marco en que se desarrollaban las relaciones entre los sexos.
Lo que deseo subrayar es que hay una relación directa entre este hecho y la posibilidad de intercambiar unas vidas por otras. A los antropólogos les encanta realizar diagramas para representar los patrones de matrimonio preferentes. A veces estos diagramas pueden ser bastante bonitos.
La esclavitud es tan sólo la consecuencia lógica, la forma más extrema de este desarraigo. Pero por esa misma razón nos proporciona una ventana al proceso como un todo. Es más: debido a su rol histórico, la esclavitud ha moldeado nuestras asunciones básicas y nuestras instituciones de maneras de las que ya no somos conscientes y cuya influencia, seguramente, desearíamos no conocer si lo friéramos. Si nos hemos convertido en una sociedad de deuda, es debido a que el legado de guerras, conquistas y esclavitud nunca nos ha abandonado del todo. Aún está aquí, alojado en nuestras convicciones más íntimas del honor, la propiedad e incluso la libertad. Tan sólo somos incapaces de verlo.
Thomas Jefferson, propietario de muchos esclavos, escogió comenzar la Declaración de Independencia contradiciendo directamente la base moral de la esclavitud, diciendo: «Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables…», cortando así de raíz toda argumentación de que los africanos sean racíalmente inferiores, así como de que sus ancestros pudieran haber sido privados de su libertad de manera justa y legal. Sin embargo, tras hacerlo no propuso ninguna concepción radical y diferente de los derechos y libertades. Tampoco lo han hecho los siguientes filósofos de la política. En su mayor parte se han quedado con las antiguas, pero insertando aquí y allá la palabra «no». La mayoría de nuestros preciados derechos y libertades no son sino excepciones a un marco moral y legal más general que sugiere que, en primer lugar, no deberíamos tenerlos.
La esclavitud formal se ha eliminado, pero (como puede corroborar cualquiera que trabaje de ocho a cinco) la idea de que uno puede alienar su libertad, al menos temporalmente, persiste. En realidad es la que determina qué debemos hacer la mayoría de nosotros en nuestras horas de vigilia, excepto , habitualmente, los fines de semana. La violencia se ha situado, en gran medida, apartada de la vista. Pero esto se debe, sobre todo, a que somos incapaces de imaginar cómo sería un mundo basado en arreglos sociales que no requiriera la constante amenaza de tásers y cámaras de videovigilancia.

El colapso de la antigua esclavitud no se limitó sólo a Europa. Hay que remarcar que hacia la misma época (alrededor del año 600) podemos comprobar que ocurría exactamente lo mismo en la India y China, donde, con el paso de los siglos, y entre mucha confusión y disturbios, la esclavitud dejó de existir. Lo que todo esto sugiere es que los momentos de oportunidad histórica (momentos en que son posibles cambios significativos) siguen un patrón distintivo e incluso cíclico, un patrón mucho más coordinado a través del espacio geográfico de lo que nos habíamos imaginado. El pasado tiene una forma, y tan sólo comprendiéndola podemos comenzar a hacernos una idea de las oportunidades históricas existentes en nuestro presente.
El origen de los intereses seguramente permanecerá desconocido, dado que precede a la invención de la escritura. La terminología empleada para «intereses» en la mayor parte de los lenguajes de la Antigüedad deriva de alguna palabra para definir «descendencia», por lo que hay quien especula que se origina en los préstamos de ganado, aunque esto parece excesivamente literal. Es más probable que los primeros préstamos con intereses generalizados fueran comerciales: templos y palacios adelantarían mercancías a los comerciantes y viajantes, que negociarían con ellas en los cercanos reinos montañosos o en expediciones comerciales de ultramar.
El Guanzi, una compilación que en los inicios de la China imperial se convirtió en el texto elemental de economía política, remarca: «Había personas que carecían incluso de gachas para comer, y que se vieron forzadas a vender a sus hijos. Para rescatar a esas personas Tang acuñó dinero».
La historia es, evidentemente, fantástica (los verdaderos orígenes de la moneda acuñada se remontan, al menos, a mil años después) y es difícil saber qué pensar de ella. ¿Refleja un recuerdo de niños empeñados como aval? En principio tiene más aspecto de tratarse de gente que, muriendo de hambre, vende literalmente a sus hijos, una práctica que se generalizaría, posteriormente, en muchos momentos de la historia china. Pero la yuxtaposición de préstamos y venta de niños es sugerente, especialmente teniendo en cuenta lo que ocurría al mismo tiempo en el otro extremo de Asia. El Guanzi relata, posteriormente, que los mismos gobernantes instituyeron la costumbre de guardar el 30 por ciento de la cosecha en graneros públicos para su redistribución en caso de emergencias, a fin de asegurarse de que esto nunca volviese a ocurrir. En otras palabras, comenzaron a erigir el mismo tipo de almacenes burocráticos que, en lugares como Egipto y Mesopotamia, había sido responsable de la creación del dinero como medida de contabilidad.
Los grandes logros históricos de los movimientos no son, precisamente, insignificantes. Conforme los movimientos arraigaban, las cosas comenzaban a cambiar. Las guerras fueron menos brutales y menos frecuentes. La esclavitud como institución se fue desvaneciendo, hasta tal punto que, para la Edad Media, era ya insignificante o inexistente en la mayor parte de Eurasia. Por todas partes, también, las nuevas autoridades religiosas comenzaron a encarar seriamente las fracturas sociales causadas por la deuda.

Gran parte de nuestra doctrina de libre mercado, pues, parece proceder de un universo social y moral muy diferente. Las clases mercantiles del Occidente Cercano medieval lograron una hazaña extraordinaria. Al abandonar las prácticas de usura que las habían hecho tan aborrecibles para sus vecinos unos siglos antes, consiguieron convertirse, junto con los maestros religiosos, en líderes de sus comunidades; comunidades que aun hoy se consideran organizadas, en gran medida, alrededor de dos polos: la mezquita y el bazar. La extensión del islam permitió que el mercado se convirtiera en un fenómeno global, que operaba en gran medida independientemente de los gobiernos, de acuerdo a sus propias leyes internas. Pero el hecho de que se tratara, en cierta manera, de un mercado genuinamente libre, no uno creado por el gobierno y respaldado por su policía y sus prisiones (un mundo de tratos sellados con un apretón de manos y promesas de papel sólo respaldadas por la integridad del firmante), significa que nunca pudo ser, en realidad, el mundo imaginado por quienes posteriormente adoptaron muchas de las mismas ideas y argumentos: el de individuos solamente interesados en su propia ganancia, compitiendo, por cualquier medio a su alcance, por obtener una ventaja material.
Evidentemente, han cambiado mucho a lo largo del tiempo. Las corporaciones medievales poseían tierras y a menudo se encontraban sumidas en complejos arreglos financieros, pero de ningún modo eran las empresas ávidas de beneficios de hoy en día. Las que más se acercaron a ello fueron, quizá no muy sorprendentemente, las órdenes monásticas (sobre todo los cistercienses) cuyos monasterios se acabaron convirtiendo en algo muy similar a los monasterios budistas de China, rodeados de herrerías y fábricas, practicando una agricultura comercial racionalizada con una fuerza laboral de «hermanos laicos» que eran, de facto, trabajadores a sueldo, hilando y exportando lana. Hay incluso quien habla de «capitalismo monástico». Aun así, el terreno sólo comenzó a estar preparado para el capitalismo, en el sentido de la palabra que nos resulta más conocido, cuando los mercaderes comenzaron a organizarse en cuerpos eternos como manera de obtener monopolios, legales o de facto, y evitar así los peligros habituales del comercio. Un ejemplo excelente fue la Society of Merchant Adventurers[*] (Sociedad de Mercaderes Aventureros) fundada por cédula del rey Enrique IV en Londres, en 1407, que, pese a las reminiscencias románticas de su nombre, se dedicaba sobre todo a comprar telas de lana británicas y venderlas en las ferias de Flandes. No era una compañía moderna, con accionariado, sino más bien un anticuado gremio medieval, pero proporcionó una estructura mediante la cual mercaderes más viejos y ricos podían proporcionar préstamos a mercaderes más jóvenes, y consiguió asegurarse un control tan exclusivo sobre el comercio de la lana que unos beneficios sustanciosos quedaban casi garantizados. Cuando este tipo de compañías comenzó a implicarse en viajes armados a ultramar, sin embargo, comenzó una nueva era en la historia de la humanidad.

El verdadero problema es que, todas las utopías, son imposibles. Es tan imposible tener un mercado mundial como tener un sistema en el que todo aquel que no sea un capitalista sea un trabajador asalariado respetable, que recibe puntualmente su paga y con acceso a una buena sanidad dental. Un mundo así nunca ha existido y nunca podrá existir. Es más, en el momento en que siquiera la posibilidad de que esto ocurriera comienza a materializarse, el sistema entero empieza a derrumbarse.
Los recientes acontecimientos parecerían corroborar esto. El periodo que lleva hasta 2008 fue uno en el que muchos comenzaron a creer realmente que el capitalismo duraría para siempre; como mínimo, nadie parecía capaz de imaginar una alternativa. El efecto inmediato fueron series de burbujas cada vez más arriesgadas que llevaron al aparato entero a estrellarse.
Mientras que los ricos, con sus influyentes compañías, son ahora los principales deudores. Éste es el argumento de la «democratización de las finanzas» y no es nada nuevo: cada vez que alguien pide la eliminación de la clase que vive de recaudar intereses habrá quien objete que esto destruirá las vidas de pensionistas y viudas.
Lo realmente notable es que hoy en día los defensores del sistema financiero están a menudo dispuestos a emplear ambos argumentos, recurriendo a uno o al otro en función de la conveniencia retórica del momento, recurriendo a uno o al otro en función de la conveniencia retórica del momento. Por una parte, tenemos «expertos» como Thomas Friedman celebrando que todo el mundo posee ahora un trozo de Exxon o de México, y que, por tanto, los deudores ricos deben responder ante los pobres.
Niall Ferguson, autor de The Ascent of Money («El ascenso del dinero»), publicado en 2009, puede anunciar como uno de sus mayores descubrimientos que:
La pobreza no es consecuencia de rapaces financieros explotando a los pobres. Tiene mucho más que ver con la carencia de instituciones financieras, con la ausencia de bancos, no con su presencia. Sólo cuando quien se endeuda tiene acceso a redes de crédito eficaces, puede escapar de las garras de los usureros, y sólo cuando los ahorradores pueden depositar su dinero en bancos fiables, éste se puede canalizar de los perezosos ricos a los industriosos pobres.
La clase gobernante de Estados Unidos parece haber tomado un enfoque notablemente similar, eliminando los peores abusos (por ejemplo, las prisiones para deudores), empleando los frutos del imperio para proporcionar subsidios, visibles y de otros tipos, al grueso de la población; en años más recientes, manipulando el flujo monetario para inundar el país con productos baratos fabricados en China, pero no permitiendo a nadie, nunca, cuestionar el sacrosanto principio de que hemos de pagar las deudas.
Sin embargo, llegados a este punto se ha demostrado que el principio es una flagrante mentira. Resulta que no «todos» hemos de pagar nuestras deudas, sólo algunos.
¿Qué es una deuda, al fin y al cabo? Una deuda es tan sólo la perversión de una promesa. Una promesa corrompida por la matemática y por la violencia. Si la libertad (la auténtica libertad) es nuestra capacidad para hacer amigos, también es, por tanto, nuestra capacidad para hacer promesas. ¿Qué tipo de promesas se hacen, unos a otros, los hombres y mujeres realmente libres?. Así como nadie tiene derecho a decirnos cuánto valemos realmente, nadie tiene derecho a decirnos realmente cuánto debemos.

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By the title and the subtitle it could be thought that everything that this book explains is new. It is not, but it deals with the subject of the economy in a natural way and I would say «fresh». It is very well documented. There are moments when it seems like a doctoral thesis, but with a plain language, which dismantles topics about money. Many things that some authors repeat and copy of the previous ones are taken for granted, not for years but for centuries. It seems that the manuals repeat the mistakes again and again taking for granted things about which the author has not asked any questions. In any case, although it is not an alternative economy, but the same as always, the author explains it in another way, asking questions and uncovering topics that have accumulated for a long time.

Graeber’s book is a long, slow read. I would highly recommend this book to anyone who enjoys investigating the mysteries of economics in our modern world and to anyone who enjoys history, sociology, anthropology, or looking for major historical trends which tie together and explain world events.
I’m a multi-disciplinary thinker and I read a lot about history, so I consider most people mistaken when they assume the complexities of the modern world are new and unprecedented. Certainly there are remarkable changes occurring, like the internet, but most existing institutions are grounded in historical ones and human nature hasn’t shifted a millimeter.
Occasionally, I’ll read a book that sheds a broad swath of light on the big patterns that have given rise to our world. Guns, Germs, and Steel was one of these. Repetitive and over-simplifying it was, but it touched on something primal in the human condition: what the author called «history’s broadest pattern.»
Debt deals with another: the very basis of value and obligation, which are at the root of what we vaguely call economics.
The first half of this book blew my mind. It places debt at the very core of what it means to live in a human society. It torpedoes a number of fundamental economic assumptions, and then promises to lay out a history of the institution. I was left with the feeling that if I persevered through all 544 pages a great secret would be revealed, an Eleusinian Mystery of sorts. The second half didn’t quite fulfill on this promise, but that doesn’t change the fact that anyone interested in politics OR economics OR being human should probably read this book.
Insights include Graeber’s attack on the «myth of barter.» Generally, economic theories assume that money arose to deal with the fact that barter was awkward. Debt argues that barter societies never really existed, and that credit and virtual money always dominated human interactions before the arrival of coinage (roughly 600 BC). This I buy 100%. In my readings about the pre-coinage ancient world (mostly Ancient Egypt and Mesopotamia) it has long been clear to me that «money» existed, if only on paper (achem… clay tablet). Heck, writing, and therefore history itself, was invented as a tool to record debts. The earliest documents are all ledgers: «so-and-so owes the temple fifteen chickens and thirty-two bushels of grain» and that sort of thing. Early civilizations usually converted productions into one or more virtualized «money» currencies, like bushes of grain (not so coincidentally called shekels!). Few lugged piles of grain or weights of silver around with them, they merely agreed to the common value of various goods in these units. Therefore: money!
Graeber makes mind opening points about the relationship between debt, money (which is often about exact measurement of debt), the state, and human politics and freedoms. States were/are fundamentally military and money exists in no small part as an expediency to supply the army. He questions again and again the assumption that «everyone should pay their debts» and points out that really translates to «everyone should pay their debts unless they are holding the gun.» This leads to tackling and exploring the conditions that lead to that most unpleasant and also long-lived of human traditions: slavery. His discussion of the relationship between «human context» and the lack of it being a prerequisite for chattel slavery is alone worth the price of admission.
He also explores the incredible tie between debt and morality. Our relationship with God is usually even couched in credit terms: reckoning, redemption, and so on.
Much of the middle of the book explores four big periods of history. 1) the pre-coinage credit kingdoms of the remote ancient world 2) the axial empires of middle antiquity (600BC – 600AD) 3) the middle ages and 4) the modern imperialist era. He points out that these periods oscillate between credit and bullion based economies. He also argues that we have recently moved into a new 5) credit economy. I’m not, myself, sure that the current period isn’t more of an evolution of the imperialist/capitalist stage, but anyway.
However, Graeber is not without bias. He appears to despise the coinage ages and glorify the credit based ones while I see things as more of a progression. He is perhaps right that the «axial age» (600BC – 600AD) was dominated by bullion/military/slavery economics and a tremendous scale of warfare. But he seems to ignore the subsistence living of the prior and middle ages and the wild cultural and population growth allowed by the expanding axial economy. He seems to have a love affair with the middle ages, particularly in their Eastern incarnation (read the Caliphate period). Don’t get me wrong, I have a bit of an Arabian Nights fetish myself, but this was not a time and place free of human misery. Far better that Western Europe during the dark ages, sure, but we all knew that (or should have).
In the later stages of the book, when discussing the Imperialist and modern eras, Graeber remains fascinating, but grows a bit confused and political (in the sense of having an axe to grind as opposed to discussing politics, which are, after all, fundamental to the work). I’m not sure where he leaves us, in our world of debt imperialism and mandatory expansion, but he certainly provides tremendous food for thought. His is a keen mind that resists carving culture, history, and all that into neat little bundles. Civilization is a messy knot. More scale, more people, bigger cities, bigger armies, it all requires infrastructure. Resources must be moved, systems must be invented, the machinery of state and the greed of individuals must be fed. Where does it all end? Who owes whom?.

The very fact that we do not know what the debt is, the very flexibility of the concept, is the basis of its power. If history teaches anything, it is that there is no better way to justify relationships based on violence, to make them seem ethical, than to give them a new framework in the language of debt, especially because it immediately makes it seem that it is the victim who has done something wrong.
But the debt is not only the victor’s justice; It can also be a way to punish winners who were not supposed to win. The most spectacular example of this is the history of the Republic of Haiti, the first poor country to which it was placed in a state of debt slavery. Haiti was a nation founded by former plantation slaves who committed the temerity not only of rebelling, between great declarations of rights and individual liberties, but also of defeating the armies that Napoleon sent to bring them back into slavery.
Sometimes, however, the debt seems to mean exactly the opposite. Beginning in the 1980s, the United States, which insisted on the strict terms for the payment of Third World debt, accumulated debts that ridiculed those of the Third World added, mainly due to military expenditures. The US foreign debt, however, takes the form of treasury bonds held by institutional investors in countries (Germany, Japan, South Korea, Taiwan, Thailand, the Gulf countries) that are, often, de facto, protectorates Americans, covered by US military bases full of weapons and equipment paid for that same deficit spending.
As a Sutra says: «When we do not return what we borrow, we pay for it by becoming a horse or an ox.» «The debtor is like a slave; the creditor, like a master ». Or «a debtor is like a pheasant; your creditor, like a hawk. » If you are in a situation to make a loan, do not put too much pressure on the debtor to return it to you. If you do, you will be reborn as a horse or an ox to work for the one who owed you, and you will often return the price.

The difference between a debt and an obligation is that the debt can be quantified accurately. This requires money.
It is not only money that makes this possible: money and debt appear on the scene at exactly the same time. Some of the first written documents that have reached us are Mesopotamian tablets with credit and debit registers, rations delivered by temples, money owed for the lease of temple lands, all with precisely specified values ​​in cereals and silver. Some of the oldest works of moral philosophy, in turn, reflect on what it means to imagine morality as debt, that is, in economic terms.
Thus, a history of debt is necessarily a history of money, and the easiest way to understand the role played by debt in human society is simply to follow the forms that money has adopted, and the ways in which it It has been used, over the centuries, as well as the inevitable debates about what this means.
Economists often cite three functions for money: means of exchange, accounting unit and storage of value. All economic textbooks give the first the main role.
For economists, the history of money always begins with the fantastic world of barter. The problem is locating this world in space and time: are we talking about the cavemen, the Pacific Islanders, the American frontier? A book, written by economists Joseph Stiglitz and John Driffill, takes us to what looks like an imaginary city in New England or the American Midwest.
It is said that salt was the common instrument of trade and exchange in Abyssinia; in certain coastal locations of India, a type of shells; dry cod, in Newfoundland; tobacco, in Virginia; sugar, in some of our colonies in the West Indies; tanned skins in other countries; and I have been told that even in our days there is a Scottish village in which it is not uncommon for people to carry nails to the bakery or the tavern instead of money.
The use of metals in this crude state seems to have been plagued by two considerable discomforts: the first, the problem of weighing; the second, that of the alloy. With precious metals, in which a minimum difference in quantity becomes a huge difference in price, weighing with desirable accuracy required at least very precise weights and scales. The heavy gold, in particular, is an operation of considerable difficulty …
It is easy to see where this leads. Using irregular ingots of metal is easier than trocar, but would not it make things even easier to standardize the units (say, stamping the metal pieces with uniform designations that guarantee weight and purity, in different denominations)? Obviously yes, and this is how the coinage was born. True, the use of currencies meant that governments would have to intervene, since they used to own the coin factories; but in the standard version of history, governments had only this role, to guarantee the supply of money, and tended to do it badly, since throughout history, many kings with few scruples have often cheated by devaluing the currency, causing inflation and other types of political disasters in what was originally a matter of simple economic common sense.
The standard history of the coin is completely upset. We do not start with barter to discover the money and end up with credit systems. First came what today we call virtual money. Coins appeared much later, and their use only spread irregularly, without ever replacing credit systems. Barter, in turn, seems to be, to a large extent, a collateral by-product of the use of coins or paper money; historically it has been what people accustomed to cash transactions have practiced when for one reason or another they did not have access to currency. The funny thing is that it never happened.

The Barter Myth can not disappear, because it is fundamental to the whole discourse of the economy.
Money is not important. Economies (the «real economies») are really vast barter systems. The problem is that history shows that, without money, these vast barter systems do not exist. Even when economies «return to barter,» as was said of Europe during the Middle Ages, they do not really abandon the use of money. In the Middle Ages, for example, everyone continued to value the value of tools and livestock in the old Roman coin, even though the coins themselves had stopped circulating.
It is money that makes it possible for us to imagine ourselves as economists ask us to do it: as a group of nations and individuals whose main activity is to exchange things. Of course, the mere existence of money in itself is not enough to allow us to see the world in this way. If so, the discipline of Economics would have been created in ancient Sumeria, or, in any case, long before 1776, when Adam Smith published The Wealth of Nations.
In Madagascar: I have already mentioned that one of the first things that made the French general Gallieni, conqueror of Madagascar, when he had completed the conquest of the island, in 1901, was to impose a capitation tax. Not only was it a fairly high tax, it was only payable on the newly issued Malagasy francs. In other words, Gallieni printed money and demanded that everyone on the island give him back some of that money.
Most shocking of all, however, was the language he used to describe the new rate. He called it «impot moralisateur,» that is, imposed «educational» or «moralizing.» In other words, it was designed to, by adopting the language of the time, teach the natives the value of work.
In the Welsh laws the compensation is paid mainly in cattle, and in the Irish, in cattle or slaves (cumal), with considerable employment, in both, of precious metals. In the Germanic codes it is mostly in precious metals. In the Russian codes it is in silver and skins, graduated in a descending manner from the marten to the squirrel. The detail is remarkable, not only for the personal injuries it covers (specific compensations for the loss of an arm, a hand, an index finger, a nail, by a blow to the head that leaves the bone in sight or that projects it ) but also because of the coverage that some gave to the possessions of an individual house. Title II of the Sálica Law deals with the theft of pigs; Title III, with that of cows; Title IV, with that of sheep; title V, with that of goats; the title VI, with the one of dogs, each one of them with an elaborated enumeration that differentiates, in each animal, the different ages and sexes.
We could even say that what we have, in the idea of ​​the primordial debt, is the definitive nationalist myth. Formerly we owed our lives to the gods that had created us, we paid the interest on the debt in the form of animal sacrifices and finally we paid the total amount with our lives. Now we owe it to the nation that has formed us, we pay interest in the form of taxes and when the time comes to defend the nation from its enemies, we have to offer to pay the debt with our lives.
It is a great trap of the twentieth century: on the one hand there is the logic of the market, in which we like to imagine that we begin as individuals who owe nothing to anyone. On the other side is the logic of the State, where we all begin with a debt that we can never pay at all. We are continually told that they are opposites, and that among them all real human possibilities are contained. But it is a false dichotomy. The States created the markets. The markets need States. No one can continue without the other, at least, similar to the ways we know them today.

Our two primordial stories (the myth of barter and the myth of primordial debt) may seem as far apart as possible, but, in their own way, they are two sides of the same coin. Each assumes the other. Only when we are able to imagine human life as a series of commercial transactions are we able to see our relationship with the universe in terms of debt.
To illustrate, let me call the podium that can be a surprise witness, Friedrich Nietzsche, a man able to see with unusual clarity what happens when you try to imagine the world in commercial terms.
His work The Genealogy of Morality appeared in 1887. In it Nietzsche begins with an argument that could have taken directly from Adam Smith … but takes it one step further than Smith would have ever dared to do, insisting that not only barter, but the act of buying and selling itself precedes any other form of human relationship. The feeling of obligation, he says,
it had its origin in the oldest and most primitive form of personal relationship that exists, that between seller and buyer.
Throughout most of history, when there has been an open conflict between classes, it has taken the form of requests for cancellation of debts: the release of those who were in bondage to them and, usually, a fairer redistribution of the land. What we see, in the Bible and in other religious traditions, are traces of the moral arguments with which these petitions were supported, frequently subjected to all kinds of circumlocutions and imaginative turns, but which inevitably incorporate the language to a greater or lesser degree. of the market itself.

Telling the story of the debt, then, it is also necessary to reconstruct how the language of markets has permeated all aspects of human life, to provide the terminology that even moral and religious spokesmen ostensibly use against them. We have already seen how both the Vedic and Christian teachings end up doing the same and curious movement. Describe, first, all morality as a debt and then, in its own way, demonstrate that it can not be reduced to a debt, which must be based on something else.
Therefore, to really understand what debt is, it will be necessary to distinguish how it differs from the other types of obligation that human beings can have with others; which, in turn, implies describing what these other types of obligation are. Doing so, however, presents special challenges. Contemporary social theories (including economic anthropology) offer surprisingly little help in this regard. There is a large amount of anthropological literature about gifts, for example, starting with the French essay Marcel Mauss of 1925; even about «gift economies», which work with parameters completely different from those of the market economies, but after all all this literature focuses on the exchange of gifts, assuming that every time someone makes a gift, the act implies a debt, and that at some moment whoever receives it must make another similar gift to compensate. As in the case of the great religions, the logic of the market has even insinuated itself into the thinking of those who most explicitly oppose it. Therefore, I will have to start creating a new theory here from scratch.
Part of the problem is the extraordinarily pronounced place that economics occupies in the social sciences today. It is treated, many times, as the master discipline.

In Europe, in the sixteenth and seventeenth centuries, the youngest villagers used to represent satirical works in which they laughed at husbands beaten by their wives; and even made them parade mounted on a donkey, looking back, for everyone to make fun of them. As far as I know, no African society went that far. But no African society burned so many witches: Western Europe was, at that time, an especially wild place. However, and as in most of the world, the assumption that one type of brutality was at least potentially legitimate, and the other not, was the framework in which relations between the sexes developed.
What I want to emphasize is that there is a direct relationship between this fact and the possibility of exchanging some lives for others. Anthropologists love to make diagrams to represent preferred marriage patterns. Sometimes these diagrams can be quite beautiful.
Slavery is only the logical consequence, the most extreme form of this uprooting. But for that very reason it provides a window into the process as a whole. Moreover, because of its historical role, slavery has shaped our basic assumptions and our institutions in ways that we are no longer aware of and whose influence, surely, we would like to know if we did not. If we have become a debt society, it is because the legacy of wars, conquests and slavery has never completely abandoned us. It is still here, lodged in our most intimate convictions of honor, property and even freedom. We are just unable to see it.
Thomas Jefferson, owner of many slaves, chose to begin the Declaration of Independence by directly contradicting the moral basis of slavery, saying: «We hold these truths to be self-evident: that all men are created equal; that they are endowed by their creator with certain inalienable rights … «, thus nipping in the bud any argument that Africans are racially inferior, as well as that their ancestors may have been deprived of their freedom in a just and legal manner. However, after doing so he did not propose any radical and different conception of rights and freedoms. Neither have the following philosophers of politics. For the most part they have kept the old ones, but inserting the word «no» here and there. Most of our precious rights and freedoms are but exceptions to a more general moral and legal framework that suggests that, in the first place, we should not have them.
Formal slavery has been eliminated, but (as anyone who works from eight to five can corroborate) the idea that one can alienate their freedom, at least temporarily, persists. It is actually what determines what most of us should do in our waking hours, except, usually, on weekends. Violence has been, to a large extent, out of sight. But this is mainly due to the fact that we are unable to imagine what a world based on social arrangements would be like that did not require the constant threat of tapes and video surveillance cameras.

The collapse of the old slavery was not limited only to Europe. It should be noted that around the same time (around the year 600) we can verify that exactly the same happened in India and China, where, over the centuries, and amid a lot of confusion and disturbances, slavery ceased to exist. What all this suggests is that moments of historical opportunity (moments when significant changes are possible) follow a distinctive and even cyclical pattern, a much more coordinated pattern across geographic space than we had imagined. The past has a form, and only by understanding it can we begin to get an idea of ​​the historical opportunities existing in our present.
The origin of the interests will surely remain unknown, since it precedes the invention of writing. The terminology used for «interests» in most of the languages ​​of antiquity derives from some word to define «offspring», so some speculate that it originates in livestock loans, although this seems excessively literal. It is more probable that the first loans with generalized interests were commercial: temples and palaces would advance merchandise to the merchants and travelers, who would negotiate with them in the nearby mountainous kingdoms or in overseas commercial expeditions.
The Guanzi, a compilation that in the beginnings of imperial China became the elementary text of political economy, remarks: «There were people who did not even have porridge to eat, and who were forced to sell their children. To rescue those Tang people, he coined money. »
The story is obviously fantastic (the true origins of the coined coin go back, at least, to a thousand years later) and it is difficult to know what to think of it. Does it reflect a memory of children engaged as an endorsement? In principle it looks more like people who, dying of hunger, sell literally to their children, a practice that would be generalized, later, in many moments of Chinese history. But the juxtaposition of loans and the sale of children is suggestive, especially considering what was happening at the same time in the other end of Asia. The Guanzi recounts, later, that the same rulers instituted the custom of keeping 30 percent of the harvest in public granaries for redistribution in case of emergencies, in order to make sure that this never happened again. In other words, they began to erect the same type of bureaucratic warehouses that, in places like Egypt and Mesopotamia, had been responsible for the creation of money as an accounting measure.
The great historical achievements of the movements are not, precisely, insignificant. As the movements took root, things began to change. The wars were less brutal and less frequent. Slavery as an institution was fading, to such an extent that, by the Middle Ages, it was already insignificant or nonexistent in most of Eurasia. Everywhere, too, the new religious authorities began to seriously address the social fractures caused by the debt.

The real problem is that all utopias are impossible. It is as impossible to have a world market as to have a system in which everyone who is not a capitalist is a respectable salaried worker, who receives punctually his pay and with access to a good dental health. Such a world has never existed and can never exist. Moreover, at the moment when even the possibility of this happening begins to materialize, the entire system begins to collapse.
Recent events would seem to corroborate this. The period leading up to 2008 was one in which many began to really believe that capitalism would last forever; At the very least, no one seemed capable of imagining an alternative. The immediate effect was a series of increasingly risky bubbles that led the entire apparatus to crash.
While the rich, with their influential companies, are now the main debtors. This is the argument of the «democratization of finance» and it is nothing new: every time someone asks for the elimination of the class that lives to collect interest there will be objection that this will destroy the lives of pensioners and widows.
What is really remarkable is that nowadays the defenders of the financial system are often willing to use both arguments, resorting to one or the other depending on the rhetorical convenience of the moment, resorting to one or the other depending on the rhetorical convenience of the moment. On the one hand, we have «experts» like Thomas Friedman celebrating that everyone now owns a piece of Exxon or Mexico, and that, therefore, rich debtors must respond to the poor.
Niall Ferguson, author of The Ascent of Money («The Ascent of Money»), published in 2009, can announce as one of his greatest discoveries that:
Poverty is not a consequence of financial rapaces exploiting the poor. It has much more to do with the lack of financial institutions, with the absence of banks, not with their presence. Only when the borrower has access to effective credit networks can he escape the clutches of the usurers, and only when the savers can deposit their money in reliable banks can it be channeled from the lazy rich to the industrious poor.
The ruling class in the United States seems to have taken a remarkably similar approach, eliminating the worst abuses (for example, prisons for debtors), using the fruits of the empire to provide subsidies, visible and otherwise, to the bulk of the population; in more recent years, manipulating the monetary flow to flood the country with cheap products manufactured in China, but not allowing anyone, never, to question the sacrosanct principle that we have to pay the debts.
However, at this point it has been shown that the principle is a flagrant lie. It turns out that not «all» we have to pay our debts, only some.
What is a debt, after all? A debt is just the perversion of a promise. A promise corrupted by mathematics and by violence. If freedom (authentic freedom) is our ability to make friends, it is also, therefore, our ability to make promises. What kind of promises are made, to each other, by the truly free men and women? Just as no one has the right to tell us how much we really are worth, no one has the right to really tell us how much we owe.

10 pensamientos en “En Deuda: Una Historia Alternativa De La Economía — David Graeber / Debt – Updated and Expanded: The First 5,000 Years by David Graeber

  1. Hoy en día no podemos darnos el lujo de dejar pasar este tema. Nos toca vivir una vida dependiendo de la parte económica y saber sobre ella, nos aclara un poco el panorama. Creo que con tu resumen tendré suficiente información. Se entiende a la perfección. Gracias.

  2. Es curioso que un antropólogo se dedique a hacer un análisis tan profundo de la economía. Como tú resumen está tan claro lo siento pero no me voy a leer el libro. Gracias!!! 😊😊😘

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