La Izquierda Fen-Shui: Cuando La Ciencia Y La Razón Dejaron De Ser Progres — Mauricio-José Schwarz / The Left Fen-Shui: When Science and Reason Stopped Being Modern Thing by Mauricio-José Schwarz

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El libro sigue la línea de los libros de J.M.Mulet, reseñados en mi blog. Certero y clarificador libro que desvela la pérdida de sentido común de cierto sector de la izquierda que prefiere argumentos de trazo grueso basados en «iluminados» y caraduras a realizar un análisis crítico y matizado (científico) de realidades que afectan o pudieran afectar sectores de la sociedad a priori desfavorecidos.
Un libro necesario y de obligada lectura para dejar de hacer el ridículo en nombre del bien común y comenzar a trabajar por éste desde la seriedad y el análisis crítico e informado.

La crítica de la izquierda desde la izquierda parece necesaria. Sobre todo cuando asume una militancia en pro de la superstición, contra la ciencia, el conocimiento, la inteligencia, los datos y el sentido común mismo, no por motivos filosóficos o epistemológicos sujetos a larguísimos análisis críticos, sino porque funciona.
Detrás de este tipo de actitudes y posiciones está la idea central de que la ciencia y sus conocimientos no son de fiar ni pueden traer nada bueno. Que los resultados obtenidos mediante el uso del método científico son, en realidad, producto de la ideología dominante o del capricho de hombres y mujeres que, en laboratorios secretos, actúan como siervos del poder para atender las necesidades y deseos de los malvados que controlan el mundo dentro de una vasta y siniestra conspiración.
Exactamente igual que la derecha anticiencia.
La que he llamado «izquierda feng-shui» es una especie de caricatura de las causas más nobles, de luchas razonables y de asuntos a todas luces relevantes. Es la izquierda que renuncia, cuando le conviene, a la idea de que el universo es material y naturalista, y adopta en cambio la visión new age de un universo que la ciencia es incapaz de explicar, para defender a la población contra amenazas fantasiosas, negando hechos y apuntándose a todo lo que parezca lucha social sin cuestionarla. No es toda la izquierda, por supuesto, pero tampoco es demasiado minoritaria ni despreciable

El feng-shui es la decoración de interiores llevada al absurdo con unos precios más altos que los de cualquier decorador de interiores que haya estudiado arquitectura e historia del arte. Con la ventaja añadida de que uno puede ser «consultor feng-shui», nombre que impresiona con gran contundencia, sin estudiar prácticamente nada. Basta con leer cuatro o cinco páginas web y está usted listo.
Pero esta creencia/sistema filosófico/decoración de interiores incorpora muchos de los conceptos esenciales para las creencias que adopta la izquierda feng-shui.
Define a la parte de la izquierda caracterizada por su misticismo, su adscripción a la anticiencia y su actitud contrailustrada. Una parte que no es forzosamente privativa de ningún partido, grupo, organización o sindicato de izquierda, y que además no siempre se expresa directamente a través de ellos. Así, el peligrosísimo Josep Pàmies recorre España diciendo que la medicina es mortal y que él puede curar el cáncer, el ébola, el sida y la diabetes; al mismo tiempo, algunos partidos locales le abren las puertas de las escuelas públicas, como ocurrió cuando Mario Suárez del Fueyo, director del colegio público Jovellanos y secretario general de Podemos Gijón, le permitió en dos ocasiones utilizar esa escuela pagada con el dinero de todos para difundir su mensaje brujeril. O la monja Teresa Forcades, quien ataca la medicina en una serie de vídeos y, como contrapartida, ofrece cursos de una curación imaginaria llamada EFT (siglas de Emotion Freedom Technique, es decir, Técnica de Liberación Emocional) que pretende resolver los problemas de salud golpeteando puntos mágicos del paciente con las puntas de los dedos. Sin olvidar las ONG de ecologistas políticos, las plataformas antiantenas y antiwifi, las organizaciones antivacunas y de autogestión de la salud…
La llamada «corrección política» ha sustituido en no pocos casos a la ciencia, ya sea cuando el conocimiento científico apunta en una dirección que ideológicamente se considera inadecuada, o cuando rehúsa sustentar las ideas que se consideran aceptables.
Y, sin embargo, que algo esté o no científicamente demostrado sigue teniendo relevancia. Es nuestra única manera de conocer realmente cosas significativas acerca del universo a todos los niveles, incluido el ámbito social.

En el siglo XVI se desarrolló otra forma de enfocar los problemas, recurriendo a lo que hoy se conoce como «los métodos de la ciencia»: la experimentación, la medición, la observación sistemática, el tratamiento matemático de los datos y, sobre todo, la verificación independiente de todo lo anterior, la comprobación de que lo dicho por un estudioso era preciso sin importar si se compartían o no sus opiniones, creencias, religión o gustos musicales. Gracias a ellos se pudo concluir que había datos sólidos para afirmar con razonable certeza que hay entre once y veinticuatro partículas realmente elementales que no pueden subdividirse: quarks, leptones y bosones. Y esos métodos permiten saber también que, si tales partículas pueden subdividirse.
Los grupos de illuminati eran secretos porque los monarcas europeos y la Iglesia, de manera nada sorprendente, no veían con buenos ojos a quienes buscaban quitarles el poder y establecer sistemas con valores satánicos como la democracia y la igualdad ante la ley. El grupo de los Illuminati de Baviera —conocidos originalmente como «perfectibilistas», nombre que resultaba un tanto pomposo— había sido fundado el 1 de mayo de 1776 por Adam Weishaupt, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Ingolstadt, junto con cuatro de sus alumnos. Sus metas eran oponerse a la superstición y al oscurantismo, a la influencia religiosa sobre la vida pública y a los abusos del poder del Estado… En principio, todo suena enormemente razonable y muy poco siniestro. La orden de los Illuminati de Weishaupt tuvo sus altibajos, con alianzas y confrontaciones con otros grupos más o menos místicos de ideas similares, como los masones y los rosacruces.
El que la búsqueda fuera legítima no excluye, sin embargo, que el campo del ocultismo, la comunicación con los espíritus y los poderes «psíquicos», estuviera plagado de estafadores hábiles. Entre ellos estaban Daniel Douglas Home, cuyos trucos incluían la aparente levitación y la capacidad de provocar ruidos de golpeteo; la italiana Eusapia Palladino, que hacía levitar mesas y hablaba con los muertos, además de afirmar que le respondían, lo cual es la verdadera hazaña, por supuesto; y, sobre todo, las iniciadoras del fenómeno espiritista, las hermanas neoyorquinas Kate y Margaret Fox, siempre representadas por su sagaz hermana mayor Leah.
El legado de Krishnamurti a los nuevos gurús fueron sus dictados impenetrables, del tipo de los que el médico, escritor y conferenciante Deepak Chopra, que llegó a Estados Unidos de la mano del Maharishi, convertiría en su especialidad. Estas afirmaciones, en apariencia profundas, son vacuas, están tan abiertas a la interpretación que pueden significar lo que se quiera o bien son obviedades dichas con contundencia.
Krishnamurti fue también uno de los predecesores de esa plaga que es la autoayuda.

La escritora y teosofista Alice Bailey, quien, como Madame Blavatsky, afirmaba que escribía lo que le dictaba telepáticamente un maestro tibetano, fue la base del new age como movimiento de la contracultura que tomó forma hacia 1970-1971, junto con Argüelles y con David Spangler, otro místico estadounidense que se creía clarividente y que aportó al new age una de sus ideas principales: la canalización. Spangler afirmaba que el clarividente era un canal a través del cual varias entidades no físicas, como los espíritus de los muertos, se comunicaban con los seres humanos. Si esto recuerda mucho a los médiums —los «medios» a través de los cuales hablaban los espíritus— del siglo XIX, es porque se trata exactamente de la misma estafa.
El new age repasado por éstos y otros místicos, empaquetado y comercializado de manera mucho más adecuada a las inquietudes de las décadas de 1960 y 1970, ofrecía lo que hasta ese momento el marxismo había prometido sin capacidad de cumplir: una utopía realizable. En lugar de partir del materialismo, el new age surgía de la convicción de que, gracias al mero movimiento de los astros —es decir, sin que el ser humano tuviera que ocuparse demasiado—, se desarrollaría una conciencia espiritual enorme entre todos los seres humanos, o al menos entre los iniciados que buscaban su transformación y crecimiento espiritual por medio de los procedimientos traídos por los gurús, particularmente la meditación y el yoga. Esta transformación haría que desaparecieran finalmente el hambre, las enfermedades, la pobreza, el racismo, la destrucción del medio ambiente, el sexismo, la guerra, el capitalismo, la ambición y los intereses económicos, sustituidos por una hermandad cósmica que se parecería mucho al Edén perdido de los contrailustrados.
Y todo ello estaría presidido por el karma, basado en la creencia de que existe una ley de causa y efecto en el mundo espiritual según la cual las acciones e intenciones de una persona se reflejan en su futuro.
El new age, la crítica a la tecnología y la ciencia, la rebeldía ante la patente imperfección del mundo, dieron lugar a la contracultura que además hacía la crítica a las religiones institucionalizadas. En un movimiento centrado en la lucha contra una guerra brutal, convivía la admiración por revolucionarios clásicos: los latinoamericanos, la Fracción del Ejército Rojo de lo que entonces era la República Federal Alemana, la Weather Underground Organization, que declaró la guerra al Gobierno estadounidense en 1970 y realizó numerosos atentados con bombas, el Black Panther Party, las luchas por la liberación nacional de viejas colonias como Argelia, Angola y Kenia; la lucha contra el Apartheid en Sudáfrica, y, en general, por quien se opusiera al «Sistema» pacífica o violentamente. A ello se añadió la solidaridad con quienes no habían sido integrados en los beneficios del American Way of Life: mujeres, altersexuales, ancianos, discapacitados, etc.
Parte del movimiento era ideológica. Pero la contaminación mística, esotérica e irracional se convertiría en integrante inseparable de una parte él. La confusión acabaría pasando factura.

Suena especialmente raro que alguien advierta contra los «químicos» en nuestro entorno. Este término, así utilizado, no es más que una pésima traducción del término inglés chemicals, que significa «sustancias químicas», mientras que los químicos son los profesionales de esta disciplina, que en inglés se llaman chemists. Pero como todas las modas de la izquierda feng-shui provienen de Estados Unidos, el error de traducción se ha generalizado (y se mantiene en este libro para no complicar el asunto).
«Estar contra los químicos» significa estrictamente rechazar toda la materia conocida del universo, lo cual no deja de ser raro. El miedo a las sustancias químicas y a sus efectos, sobre todo en los seres vivos, se conoce como quimiofobia. Los creadores de este neologismo señalan que es una fobia por ser totalmente irracional, aunque se racionalice a posteriori, como cualquier otro temor enfermizo.
El mejor ejemplo de la irracionalidad de la quimiofobia han sido las campañas emprendidas contra el monóxido de dihidrógeno desde 1983. Sobre esta sustancia se ha informado, entre otras muchas cosas, de lo siguiente, todo ello rigurosamente cierto:
• Contribuye de manera importante al efecto invernadero responsable del calentamiento global.
• Puede ocasionar fallos eléctricos y un rendimiento insatisfactorio de los frenos de los vehículos, con el consiguiente riesgo de accidentes y muertes.
• Es una sustancia fundamental en las plantas de energía nuclear.
• Se emplea como retardante del fuego.
• Se administra a los animales utilizados como sujetos de investigación.
• Es responsable de miles de muertes al año.
• Está presente en mayor o menor medida en todos nuestros alimentos y bebidas, e incluso en el aire, sin que nadie haga nada por evitarlo.

Aprovechándose del temor al wifi, la telefonía móvil, los microondas y otros aparatos y sistemas relacionados, diversas organizaciones se dedican directamente a la promoción del miedo electromagnético —o electrofobia, como la llamaba la doctora Eleanor Adair— para vender diversos productos y servicios.
Los síntomas que atribuyen a ese «océano invisible de ondas y radiaciones» («ondas» y «radiaciones» son lo mismo, pero este último término suena mucho más amenazante) son variopintos y vagos.
Estas sensaciones o percepciones son vagas y no pueden medirse de manera objetiva, y algunas de ellas son francamente ofensivas para la inteligencia. Tener «algún tipo de malestar» que no se alivie con medicamentos es tremendamente común, una simple gripe responde a esa descripción. Y cuando aseguran que las responsables de que nos sintamos «peor» o incluso «mejor» por una mudanza o cambio de trabajo son las malvadas ondas electromagnéticas, y no otro de los muchísimos factores que intervienen, se demuestra que los promotores del miedo están a su libre albedrío.
La promoción de una preocupación legítima, que podría resolverse claramente acudiendo a los estudios realizados desde que empezó a usarse la electricidad o la radio, desde que se hicieron comunes los teléfonos móviles o se implantaron las redes wifi, se convierte así en un negocio bastante más dudoso que el de las propias compañías de telefonía móvil, sean los prestadores del servicio o los fabricantes de los dispositivos.
Es la izquierda disparándose nuevamente en un pie, promoviendo un negocio dudoso con la mejor voluntad del mundo y presta a ser engañada por cualquiera que diga lo correcto, que toque los botones precisos, que mencione las palabras mágicas. Aunque utilice el miedo para vender.

En 1991, la pintora Susan Jeffers publicó un libro para niños con sus ilustraciones para la famosa carta, que llegó a estar en el quinto lugar de la reseña de libros del mismo periódico. En 1992, la organización del Día de la Tierra en Estados Unidos envió por correo la espuria carta a 6.500 líderes religiosos. Poco después, Al Gore la citó en su libro La Tierra en juego. Y así, año tras año, este texto apócrifo se ha perpetuado en todos los lugares y formatos que puedan imaginarse, ilustrado, comentado, recitado, editado para que sea más acorde a tales o cuales intereses e incluso usado como inspiración de canciones lamentables.
La omnipresente carta del jefe Seattle se hizo viral cuando internet apenas nacía, y así ha tenido más éxito que falsificaciones cuidadosamente pergeñadas como las de los diarios de Hitler, y además nada parece indicar que algún día los adeptos a este texto vayan a admitir que, en realidad, son las palabras de un joven guionista blanco «verde». En palabras del propio Ted Perry, que por lo demás no suele hablar del tema: «¿Por qué estamos tan dispuestos a aceptar un texto como éste si se le atribuye a un nativo americano? Es otro caso de colocar a los nativos americanos en un pedestal y no responsabilizarnos de nuestras propias acciones».

La mitología sobre las «toxinas» incluye una larga serie de conceptos e ideas erróneos:
1. Las «toxinas» son productos del mundo industrial, moderno, contaminador. Se trata de sustancias antinaturales, químicas y producidas por irresponsabilidad o maldad. Una mezcla perfecta de neofobia, quimiofobia y conspiranoia.
2. Es imposible huir de ellas. Las «toxinas» están en el aire y en los alimentos, en la ropa y en el agua, en los medicamentos y en todo lo que tocamos.
3. Las «toxinas» se acumulan en el cuerpo insidiosamente, y cuantas más hayamos reunido en nuestro interior por vivir en el mundo moderno, ser consumistas y estar sometidos a los sospechosos habituales, peor nos sentiremos.
4. Hay una serie de procedimientos o rituales más o menos mágicos que, según los depredadores de estos miedos, tienen por objeto «limpiar», «desintoxicar», «depurar» y «armonizar» nuestro cuerpo eliminando las «toxinas».
5. Las «toxinas» son las responsables de todas las enfermedades. Entre ellas, y de modo muy especial, por supuesto, el cáncer.
En cuanto a los dos primeros puntos, las toxinas reales son productos naturales al cien por cien, pero debemos evitarlas porque han evolucionado justo para ser ferozmente dañinas, en muchos casos mortales. Por ejemplo, para matar a un ser humano bastan dos millonésimas de gramo de una de las más potentes toxinas conocidas, la de la rana dardo dorada del Amazonas (Phyllobates terribilis).
El punto tercero, sin embargo, puede ser uno de los más aterradores: las «toxinas» se acumulan en nuestro cuerpo. ¿Es cierto?
No. O al menos no de modo común.
Las sustancias que sí lo hacen son algunas muy concretas (asbesto en pulmones)

La ingeniería genética puede suprimir la expresión de ciertos genes y, por tanto, de las proteínas que estos producen. Así lo hizo el investigador español Francisco Barro en el Instituto de Agricultura Sostenible de Córdoba, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), al desarrollar una variedad de trigo que no produce la reacción que sufren los celíacos al consumir gluten.
El trabajo científico se publicó en 2011 como un gran logro de la biotecnología española y tres años después, en 2014, comenzaron los estudios con pan elaborado con este trigo modificado a fin de determinar no sólo si era realmente seguro para los celíacos, sino también para probar si sus características de textura, sabor y aspecto eran similares a las que tanto gustan en el pan con gluten.
Desafortunadamente, Greenpeace anunció de inmediato que haría todos los esfuerzos necesarios para impedir que este trigo se cultivara y comercializara en España. El motivo: era un transgénico, es decir, producto de la ingeniería genética. La organización de consumidores Facua —estrechamente vinculada a Podemos—, la Plataforma Andalucía Libre de Transgénicos y su Red Andaluza de Semillas también expresaron su oposición. Entre otras acciones, se montaron boicots «ecológicos» contra los hospitales en los que se realizaron los estudios clínicos del pan sin gliadinas.
Finalmente, la patente del trigo del CSIC fue adquirida por la compañía británica Plan Bioscience Limited. No sería de extrañar que este trigo modificado se cultivara fuera de España y de la Unión Europea para regresar después, en forma de harina, al país donde nació.

La conspiranoia según la cual la fluoración del agua —que tiene por objeto disminuir la incidencia de la caries fortaleciendo el esmalte de los dientes— es esencialmente dañina, peligrosa y no merece el consenso médico respecto de su utilidad y seguridad apareció en la década de 1940. Esa creencia, al igual que la oposición a las vacunas, se mantiene hoy desde grupos de la ultraderecha que invocan la libertad individual, en lugar de denunciar sus miedos de control mental por parte de los comunistas, de otros colectivos como los partidos verdes del Reino Unido, Canadá y Nueva Zelanda.
Por cierto, en España también hay quien cree que la fluoración del agua es una conspiración, pero de la derecha, para controlarnos y dominarnos.

¿Qué política se puede hacer de espaldas a la realidad? ¿Qué justicia se puede buscar a partir de interpretaciones sesgadas e injustas contra enormes colectivos como los médicos, los investigadores científicos, el personal sanitario, los responsables de la seguridad alimentaria, los agricultores que no se pliegan al dogma? ¿Es demasiado descabellado soñar con una izquierda racional, inteligente, pensante, materialista, naturalista, informada, crítica y cuestionadora de sus propios dogmas (incluidos los políticos)? ¿Una izquierda que regule sus políticas basándose en el más avanzado conocimiento científico de cada momento, y que rechace y denuncie las seudociencias, todo misticismo, todas las religiones? ¿Una izquierda que enarbole los valores de la Ilustración como los cimientos de su propio pensamiento y convicciones?
La respuesta seguramente no está en el mundo de lo sobrenatural, de la mística, de la izquierda feng-shui, del rechazo a los únicos métodos que nos han permitido realmente abordar con alguna esperanza de éxito los desafíos que nos impone la existencia.
Está en el universo real, físico y material, y en nuestra capacidad de hacerle preguntas y conseguir, poco a poco, usando los métodos de la ciencia y la duda sistemática, el conocimiento que hace mejor la vida de todos.

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