La Trampa De La Diversidad — Daniel Bernabé / Diversity Trap by Daniel Bernabé (spanish book edition)

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Interesante breve libro, muy ameno, gracias a una multitud de referencias políticas y culturales que van desde Thatcher y Reagan a Tarantino y Kevin Smith. Pone sobre la mesa el individualismo al que nos lleva el activismo actual. Un activismo que no se encuadra en una colectividad mayor, la defensa de la clase trabajadora, será un activismo «progre» o de «derechas» (puede lograr pequeños cambios, con los que satisfacer egos, pero no cambiar la estructura productiva). Activismo frente a Militancia.

Desde los años sesenta vivimos un repliegue ideológico en el que hemos ido abandonando la lucha colectiva para entregarnos a la individualidad. El gran invento de la diversidad es convertir nuestra individualidad en aparente lucha política, activismo social y movilización. La bandera deja de ser colectiva para ser expresión de diversidad, diversidad hasta el límite, es decir, individualidad. En inglés, unequal quiere decir «desigual». Los hombres y mujeres que luchaban por una sociedad más justa combatían la desigualdad. El nuevo giro, que denuncia Daniel Bernabé, es que «unequal» también significa «diferente». Ahora se reafirma y reivindica la diferencia sin percibir que, tras ella, podemos estar defendiendo lo que siempre combatimos: la desigualdad, unequal.
El neoliberalismo ha estado décadas reivindicando el derecho a la diferencia y a la individualidad, frente a lo que ellos llamaban la uniformidad colectivista y socialista, que tanto rechazaban. En cambio, la izquierda entendía que, frente a la individualidad, la desigualdad, la diferencia, había que esgrimir la lucha colectiva (o nos salvamos todos, o no se salva ni Dios), que la unidad nos hace fuertes, que nadie se debe quedar atrás, que queremos derechos para todos, que los convenios laborales son colectivos y no contratos individuales.
Por su parte, la clase media, en realidad la mayoría de las clases, ansía diferenciarse del resto, reafirmándose en su identidad. Nada mejor para ello que una oportuna oferta de diversidades, inocuas para el capitalismo, individualistas y competitivas entre ellas cuando buscan presencia en los medios, reconocimiento de los políticos y significación social.

Tras el confinamiento de la mujer en el hogar, impuesto por el sistema de familia victoriano, existía la convención de que las mujeres no debían fumar en público, desde luego nunca en la calle y menos aún sin sus parejas delante. Fumar era un acto social que requería de códigos y etiquetas, promocionados culturalmente, y se había convertido en algo eminentemente masculino por exclusión: si ellas no podían hacerlo, era, por tanto, algo apropiado para ellos. Las únicas mujeres que fumaban solas y en la calle eran las prostitutas, como señal de que estaban infringiendo una norma y, por tanto, indicando su disponibilidad para un encuentro sexual al margen de las convenciones.
La rigidez victoriana entró en contradicción con el capitalismo industrial del nuevo siglo y, desde luego, con la agilidad que la economía norteamericana requería.
Detrás del éxito de las antorchas de la libertad se encontraba el deseo de las feministas por liberarse de los convencionalismos de la sociedad patriarcal, pero quien las encendió fue la industria tabacalera estadounidense, ayudada por un nuevo poder persuasivo, por una ingeniería social sin precedentes.
El episodio de las antorchas de la libertad tiene una importancia notoria en el desarrollo de las relaciones entre política, consumismo y publicidad. Quizá les pueda parecer que vender productos asociados a la política es algo que han visto a menudo.
Existe una línea en la que política y consumo se entrecruzan: cuando una figura explícitamente política es descontextualizada para encajar como elemento asumible en nuestra sociedad. La pintora Frida Kahlo es el ejemplo perfecto.
Es cierto que Frida Kahlo fue una mujer peculiar para su época, que rompió roles de género con su vestimenta o con la exposición orgullosa de su vello facial (algo también relacionado con cómo entendía el nacionalismo popular mexicano), que mantuvo relaciones sentimentales con otras mujeres (algo que no tiene por qué ser obligatoriamente feminista) y con otros hombres, a menudo como respuesta a los desmanes sexuales de su marido, que llegó incluso a serle infiel con su hermana. Es cierto, en definitiva, que Kahlo puede ser reinterpretada como una mujer que luchó contra algunos roles de su época, pero no lo es menos, como expresa la carta al director, que atendiendo a los hechos es muy difícil catalogar a la pintora como un modelo para el feminismo. De hecho, la propia Herrera, autora de su biografía canónica en EEUU, no cita en la edición de 1983 ni una sola vez la palabra feminismo. Es a través de esos seis años cuando se obra el milagro, cuando Frida Kahlo ha abandonado el olvido pagando el alto precio de dejar de ser quien era, para pasar a convertirse en un contenedor vacío, útil a un contexto donde ante la pérdida de identidades colectivas fuertes se buscan otras individuales, frágiles y a la carta. Por supuesto, en este proceso, su actividad política comunista, unida indefectiblemente a su vida y obra, fue eliminada por completo.
Al igual que existen dos Frida Kahlo, la real y el objeto de consumo, existen dos Theresa May, una quien es realmente, otra quien pretende ser, o mejor dicho, quien puede pretender ser gracias a unas identidades volubles y un lenguaje percibido como progresista pero enormemente consustancial al orden establecido. Quizá a los políticos, especialmente a los que trabajan para que todo siga dentro de los parámetros del orden capitalista, sí les interesa convertirse en objetos vacíos, rellenados con cualquier elemento agradable y vendidos en un mercado antes conocido como arena política.
Este nuevo paradigma va más allá de la promoción clásica del candidato que se llevaba a cabo en las campañas electorales. Si la divisa del político en el siglo xix era su oratoria, en la segunda parte del siglo xx se hizo ineludible que además tuviera una buena imagen. La aparición de los medios de comunicación de masas, pero en especial de la televisión, destapó la necesidad no sólo de hablar bien sino de quedar bien ante las cámaras.

Lo realmente novedoso que aportó la noción de progreso fue que por primera vez se empezó a pensar en términos de cambio, que si bien existían innumerables problemas a los que se enfrentaba el ser humano, este podía salir victorioso ya que existía la posibilidad, el método, de encontrar una serie de soluciones únicas y universales a los mismos. Fueron precisamente estas premisas, este nuevo espíritu de época, lo que dio pie a la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776 y a la Revolución francesa en 1789, acontecimientos fundacionales de nuestra contemporaneidad.
De lo eterno de Dios y lo inmutable del clasicismo se pasó a pensar que el mundo cambiaba, pero sobre todo que podía ser cambiado. Para que esta renovación se llevara a cabo hacía falta una pulsión creadora, pero también una destructora. Ya no bastaba sólo con avanzar, sino que para lograr el progreso era indispensable cortar las amarras con lo anterior. Artistas, pintores, músicos, políticos, filósofos y escritores se ven imbuidos en un contexto que no sólo les permite innovar, sino que casi se lo exige, que les da la facultad de crear un mundo nuevo.
Si existe una época de esplendor de la modernidad ese es el primer tercio del siglo xx. Cuando decimos esplendor no nos referimos, obligatoriamente, a algo positivo, sino al auge que las características que definían a este espíritu de época tuvieron en ese periodo.
Todo podía ser cuestionado, todo podía ser replanteado, permanentemente. Lo cual trajo unas posibilidades inéditas para las ideologías que buscaban un cambio, pero también una sensación permanente de que había pocas cosas seguras a las que agarrarse, una angustia ante la indeterminación.
A finales de los sesenta, en cambio, la modernidad, como ideario general de la sociedad, hace agua. Una nueva generación parece empezar a pensar en términos diferentes a lo que hasta entonces habían sido las pautas de este periodo. Las preocupaciones se centran en la lucha contra la burocracia estatal, la exploración de la individualidad, el rechazo de Occidente como referencia, la pluralidad filosófica, la diversidad ideológica. La ola revolucionaria de 1968, una conmoción que pasa por lugares tan distantes como París, Praga, Tokio, Ciudad de México o Chicago, fracasa en sus aspiraciones de lograr un nuevo mundo que vaya más allá de una subida de sueldo o más días de vacaciones. Pero deja la semilla de algo con lo que hemos hablado: la llegada del posmodernismo.

El SRI, desarrolló en 1978 el VALS (Values and Lifestyles), un sistema de segmentación de los consumidores basado en sus valores y estilos de vida. La industria, hasta entonces diseñada para obtener rentabilidad produciendo bienes a gran escala, se había encontrado con el problema de que había una nueva capa de consumidores a los que no conseguía llegar, que resultaban impredecibles respecto a las respuestas frente a los nuevos productos.
El VALS categorizaba a los consumidores en una gráfica con dos ejes, el vertical donde estarían los recursos y el horizontal donde estarían las motivaciones primarias. Así se obtendrían ocho tipologías de consumidores:
• Innovadores: Estos consumidores están a la vanguardia del cambio, tienen los ingresos más altos y una autoestima tan alta que pueden permitirse en cualquiera o todas las autoorientaciones. Están ubicados arriba del rectángulo. La imagen es importante para ellos como una expresión de gusto, independencia y carácter. Sus elecciones de consumo están dirigidas a las «cosas buenas de la vida».
• Pensadores: Estos consumidores con recursos altos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por ideales. Son profesionales maduros, responsables y bien educados. Sus actividades de ocio se centran en sus hogares, pero están bien informados sobre lo que sucede en el mundo y están abiertos a nuevas ideas y cambios sociales. Son consumidores prácticos y tomadores de decisiones racionales.
• Creyentes: Estos consumidores con bajos recursos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por ideales. Son consumidores conservadores y predecibles que favorecen los productos locales y las marcas establecidas. Sus vidas se centran en la familia, la comunidad y la nación.
• Triunfadores: consumidores con recursos altos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por los logros. Son personas exitosas orientadas al trabajo, que obtienen su satisfacción de sus empleos y familias. Son políticamente conservadores y respetan la autoridad y el statu quo. Son favorables a productos y servicios establecidos que muestran su éxito a sus pares.
• Luchadores: Estos consumidores con bajos recursos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por los logros. Tienen valores muy similares a los triunfadores.
• Experimentadores: Estos consumidores con recursos altos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por la autoexpresión. Son los más jóvenes de todos los segmentos, con una edad media de veinticinco años. Tienen mucha energía, que invierten en ejercicio físico y actividades sociales. Son consumidores ávidos que gastan mucho en ropa, comida rápida, música y otras actividades juveniles, con especial énfasis en nuevos productos y servicios.
• Creadores: Estos consumidores con bajos recursos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por la autoexpresión. Son personas prácticas que valoran la autosuficiencia. Están enfocados en lo familiar y tienen poco interés en el mundo en general. Como consumidores, aprecian los productos prácticos y funcionales.
• Supervivientes: Estos consumidores tienen los ingresos más bajos. Tienen muy pocos recursos para ser incluidos en cualquier autoorientación del consumidor y, por lo tanto, se ubican debajo del rectángulo. Son los más viejos de todos los segmentos, con una edad promedio de sesenta y un años. Dentro de sus limitados recursos, tienden a ser consumidores leales a la marca.

Clinton y Blair, que llegaron como héroes tras acabar con las largas décadas de dominio conservadoras acabaron sus mandatos de forma, más que triste, delincuencial. El norteamericano no por su bufonada sexual, sino por haber derogado la ley Glass-Steagall que separaba a las entidades bancarias de ahorro de las de inversión, poniendo la primera piedra para la crisis financiera de 2008. El británico por haber participado en la carnicería de Iraq, una guerra esencialmente aún en curso y que según el Opinion Research Business ha costado la vida en 2007 a más de un millón de personas.

Las nuevas preocupaciones y los miedos explicitan cómo funciona el sistema del individualismo de la diversidad simbólica. Un tema de una importancia real, el calentamiento global o el modelo de industria alimentaria, es reducido a una respuesta que simboliza un cambio pero nunca desde el esfuerzo grupal o la crítica sistémica, sino desde nuestra individualidad, lo que nos provoca una satisfacción al distanciarnos del de al lado. De la misma forma que consumimos carne o televisores, comida orgánica o teléfonos móviles, consumimos también identidades, de hecho relacionadas con esos productos. Si la respuesta de los hippies desencantados con la revolución que no llegaba.
Si el neoliberalismo dice creer en algo es en la competitividad. En el campo económico esta competitividad se da en ocasiones mucho más contadas de lo que nos cuentan. El neoliberalismo, insistimos, es experto en ensoñaciones, pantallas, espectáculos, incluso cuando lo que toca es hablar de sí mismo. Mientras que exige a los de abajo una competitividad brutal, vendida cada vez más como una forma de autorrealización, las grandes empresas compadrean con los reguladores, se reparten mercados y llegan a acuerdos bajo mesa permanentemente. La gran burguesía, desde luego, sigue conservando su conciencia de clase intacta, su pertenencia de grupo y recuerda perfectamente su papel histórico. Justo por esto los más ricos son los más colaboradores, reuniéndose constantemente para ver cómo pueden exprimir un poco más al personal y presentarlo como algo sensacional. La imagen del ejecutivo agresivo es cierta en la medida que el ejecutivo es el alto funcionario del gran capital, pero no su propietario.

En un supermercado los consumidores no siempre compran lo que más les conviene, a menudo pagando un alto precio. No lo hacen por una decisión meditada y racional sino porque el envase tiene colores llamativos o el producto ha sido situado convenientemente cerca de la caja. No se trata de que los trabajadores votaran con los sentimientos, el corazón o de manera irracional, sino más bien al contrario, lo hacían con la razón, con la ideología, a pesar de las terribles decepciones que sufrían a menudo por sus partidos. Y se puede decir, sin sombra de duda, que era una forma más coherente de relacionarse con la política que la de la clase media que no quería pagar impuestos aunque eso en última instancia la perjudicara.
Parece que, hasta la irrupción de la nueva ultraderecha en el escenario poscrisis, la diversidad era un consenso social, un valor considerado positivo por casi todos. Si hablamos de diversidad, nos viene la imagen de un escenario donde un grupo multicultural de músicos interpreta algún tipo de jazz fusión. La diversidad parecía un valor ético positivo cuando nos hablaba, o decía hablarnos, de heterogeneidad.
Lo homogéneo, en sociedad y política, nos retrotraía a la oscuridad de la peor cara de la modernidad, aquella que pretendía imponer a todos un sistema cerrado, uniforme y acabado, provocando graves afrentas a los derechos humanos.
El feminismo, por una cuestión de época, carece de un comité central que lo organice, de una teoría que lo unifique o de una forma reglada de militar en él, por lo que se estructura en redes dinámicas pero inestables, se pluraliza teóricamente volviéndose contradictorio y su pertenencia es más bien declarativa: se es feminista en cuanto que una mujer se dice feminista. Es esta naturaleza la que está permitiendo a este movimiento poder extenderse rápidamente, incluir con agilidad a quien desea ser incluido y haber levantado una bandera bien visible. Pero es también esta naturaleza la que puede funcionar como un caballo de Troya en la batalla que ya se libra entre su carácter ideológico y su forma de producto.
La sororidad, una buena idea en cuanto a crear conciencia y vínculos, tiene el reverso de que su amplitud de género entra en contradicción con sus límites ideológicos. Mientras que la idea de que una mujer debe ayudar e identificarse con el resto de mujeres, considerarlas sus hermanas, parece una buena manera de crear lazos de unión.
Multinacionales de la distribución que sobreexplotan a sus trabajadores tienen en sus comedores menús respetuosos con las prohibiciones religiosas alimentarias. Poderosas marcas cuya ropa es fabricada en Bangladés en régimen de semiesclavitud celebran las diferencias raciales en su publicidad. A la par que la brecha salarial de género permanece en la llamada Europa de los derechos, los suplementos de color salmón celebran el incremento de ejecutivas en los consejos de administración. Mientras que homosexuales de clase media alquilan a mujeres de países periféricos para que engendren a sus hijos, en algunos de esos países se persigue la homosexualidad. «La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones».

Decir que el fascismo es una continuación esencialista de la derecha liberal puede resultar provocador e incluso ofensivo para muchos conservadores. No decimos que cualquier liberal sea un ultraderechista, sí que en términos prácticos la derecha presuntamente demócrata vio en los fascistas una forma de frenar a comunistas y anarquistas, por lo que nunca les importó mantener hacia ellos unas relaciones de tolerancia. Supuestos héroes de la libertad como Churchill no difirieron demasiado de las actitudes totalitarias de los líderes fascistas, tanto en sus aventuras militares colonialistas en la India, Sudán y Galípoli, como en la admiración pública que el líder inglés manifestaba hacia Mussolini.
La relación de los ultras con la diversidad convertida en producto de consumo, sin embargo, es ambigua. A primera vista podría parecer que una ideología que patrocina el supremacismo racial estará, obligatoriamente, enfrentada a lo diverso. Pero, como ya se habrán acostumbrado en este libro, las cosas no son tan sencillas como cabría esperar.
A modo de resumen podríamos decir que la ultraderecha mantiene una relación ambigua con el mercado de la diversidad, aunque siempre satisfactoria para sus intereses. Por un lado, le vale como coartada para extender su ideología criminal, por otro, aunque parezca paradójico, para enmascararla.
El neofascismo, la alt-right, los nacionalismos excluyentes, la ultraderecha –da un poco igual la forma que la marca adopte– carecen de una normalización, es decir, de un movimiento ideológico duro que los acaudille. No estamos hablando aquí del fascismo de los años treinta, que, con diferencias entre sus versiones internacionales, tenía una serie de rasgos unificadores.

Los conflictos culturales y religiosos son la expresión de los conflictos que el capitalismo en su encarnación neoliberal ha sembrado por el mundo. Que la izquierda se enfrente a ellos desde el relativismo cultural, desde la defensa de una diversidad que hoy es correlato del mercado, con el objetivo de no caer en actitudes racistas, alimenta ese racismo. El primer derecho universal y humano es el de la vida, y su defensa debe ser constante en aquellos países que han sido utilizados como peones en un tablero de ajedrez para resolver disputas imperialistas, pero también en suelo europeo y norteamericano.
La idea de que las leyes civiles deben imponerse sobre las creencias religiosas debe ser un punto de partida común para resolver nuestros conflictos, es una buena idea que reivindicar. Al igual que la idea de que esas leyes civiles, impulsadas por el concepto de derechos humanos, deben ser aplicables en cualquier punto del planeta, independientemente de especificidades culturales y religiosas. Todo individuo debe tener el derecho de profesar una religión o sentirse representado en una cultura, como a ser ateo y poder abandonar la cultura de su grupo si lo desea. Ninguna cultura ni religión pueden imponerse, ninguna cultura ni religión pueden ir en contra de los derechos humanos. Esto es solidaridad, esto es una defensa de la diversidad real y no cosificada.
Sólo tenemos derecho a ser nosotros mismos si otros no pueden siquiera tener un nombre y una voz propias. Puede que en Wall Street no porten cruces gamadas ni enseñas negras del Dáesh, lo cual no implica que sean menos peligrosos.

La izquierda no puede ganar al neoliberalismo en su propio terreno de juego, con sus reglas, mediante atajos del lenguaje, fantasías tecnoutopistas y análisis de datos. Ahí es donde llevamos desde mediados de los noventa y es algo que sólo ha servido para vaciar los partidos, los sindicatos y los programas ideológicos. Para dejar nuestra identidad tiritando o, peor aún, sustituida por un doble funcional al sentido común dominante.
Si en toda esta historia las cosas no siempre son lo que parecen, si siempre hay un conejo que sale de la chistera para despertar nuestro entusiasmo, en este final no hay truco posible. Para revertir esta situación no hay atajos, no hay fórmulas mágicas, no existe una forma correcta de hacer política, de ser de izquierdas, que nos garantice volver a la senda correcta, a esa donde lo que ahora es ajeno es percibido como propio.

Interesting brief book, very enjoyable, thanks to a multitude of political and cultural references ranging from Thatcher and Reagan to Tarantino and Kevin Smith. It puts on the table the individualism to which current activism leads us. An activism that does not fit into a larger collective, the defense of the working class, will be a «progressive» or «right» activism (it can achieve small changes, with which to satisfy egos, but not change the productive structure). Activism against Militancy.

Since the sixties we lived an ideological retreat in which we have been abandoning the collective struggle to give ourselves to individuality. The great invention of diversity is to turn our individuality into apparent political struggle, social activism and mobilization. The flag stops being collective to be an expression of diversity, diversity to the limit, that is, individuality. In English, unequal means «unequal». The men and women who fought for a more just society fought against inequality. The new turn, denounced by Daniel Bernabé, is that «unequal» also means «different». Now the difference is reaffirmed and claimed without perceiving that, after it, we can be defending what we always fight: inequality, unequal.
The neoliberalism has been decades claiming the right to the difference and to the individuality, in front of what they called the collectivist and socialist uniformity, that so much they rejected. On the other hand, the left understood that, faced with individuality, inequality, difference, collective struggle had to be wielded (or we were all saved, or God was not saved), that unity makes us strong, that nobody should Be left behind, we want rights for all, that labor agreements are collective and not individual contracts.
On the other hand, the middle class, in fact the majority of the classes, is anxious to differentiate themselves from the rest, reaffirming their identity. Nothing better for this than a timely offer of diversities, innocuous for capitalism, individualistic and competitive among them when they seek presence in the media, recognition of politicians and social significance.

After the confinement of women in the home, imposed by the Victorian family system, there was a convention that women should not smoke in public, certainly never in the street and even less without their partners in front. Smoking was a social act that required codes and labels, promoted culturally, and had become something eminently masculine by exclusion: if they could not do it, it was, therefore, something appropriate for them. The only women who smoked alone and on the street were the prostitutes, as a sign that they were breaking a rule and, therefore, indicating their availability for a sexual encounter outside the conventions.
Victorian rigidity came into contradiction with the industrial capitalism of the new century and, of course, with the agility that the American economy required.
Behind the success of the torches of freedom was the desire of feminists to break free from the conventions of patriarchal society, but who lit them was the US tobacco industry, helped by a new persuasive power, by an unprecedented social engineering.
The episode of the torches of freedom has a notorious importance in the development of the relations between politics, consumerism and publicity. It may seem to them that selling products associated with politics is something they have often seen.
There is a line in which politics and consumption intersect: when an explicitly political figure is decontextualized to fit as an assumable element in our society. The painter Frida Kahlo is the perfect example.
It is true that Frida Kahlo was a woman peculiar to her time, who broke gender roles with her dress or with the proud exposure of her facial hair (something also related to how she understood Mexican popular nationalism), who maintained romantic relationships with other women (something that does not necessarily have to be a feminist) and with other men, often in response to sexual abuse of her husband, who even became unfaithful to his sister. It is true, in short, that Kahlo can be reinterpreted as a woman who fought against some roles of her time, but not least, as expressed in the letter to the director, that taking into account the facts is very difficult to classify the painter as a model for feminism. In fact, Herrera, author of her canonical biography in the US, does not mention the word feminism in the 1983 edition. It is through these six years when the miracle is performed, when Frida Kahlo has abandoned oblivion paying the high price of ceasing to be who she was, to become an empty container, useful to a context where before the loss of identities strong collectives are looking for other individual, fragile and a la carte. Of course, in this process, his communist political activity, unfailingly linked to his life and work, was completely eliminated.
Just as there are two Frida Kahlo, the real and the object of consumption, there are two Theresa May, one who is really, another who pretends to be, or better said, who can pretend to be thanks to some fickle identities and a language perceived as progressive but enormously consubstantial with the established order. Perhaps the politicians, especially those who work so that everything remains within the parameters of the capitalist order, they are interested in becoming empty objects, filled with any nice element and sold in a market formerly known as political arena.
This new paradigm goes beyond the classic promotion of the candidate that was carried out in the electoral campaigns. If the currency of the politician in the nineteenth century was his oratory, in the second part of the twentieth century it became unavoidable that he also had a good image. The emergence of mass media, but especially television, uncovered the need not only to speak well but to look good in front of the cameras.

The really novel thing that the notion of progress contributed was that for the first time people began to think in terms of change, that although there were innumerable problems faced by the human being, this could be victorious since there was the possibility, the method , to find a series of unique and universal solutions to them. It was precisely these premises, this new epoch spirit, that gave rise to the Declaration of Independence of the United States in 1776 and to the French Revolution in 1789, foundational events of our contemporaneity.
From the eternal of God and the immutable classicism, one began to think that the world was changing, but above all that it could be changed. For this renewal to take place, a creative drive was needed, but also a destructive one. It was not enough just to move forward, but to achieve progress it was essential to cut the ties with the previous. Artists, painters, musicians, politicians, philosophers and writers are imbued in a context that not only allows them to innovate, but almost demands it, that gives them the faculty to create a new world.
If there is a period of splendor of modernity that is the first third of the twentieth century. When we say splendor we are not referring, necessarily, to something positive, but rather to the boom that the characteristics that defined this epoch spirit had in that period.
Everything could be questioned, everything could be restated, permanently. Which brought unprecedented possibilities for ideologies that were looking for a change, but also a permanent feeling that there were few safe things to hold onto, an anguish in the face of indeterminacy.
At the end of the sixties, however, modernity, as the general ideology of society, is watering. A new generation seems to start thinking in different terms to what until then had been the guidelines of this period. The concerns are focused on the struggle against the state bureaucracy, the exploration of individuality, the rejection of the West as a reference, philosophical plurality, ideological diversity. The revolutionary wave of 1968, a commotion that passes through places as distant as Paris, Prague, Tokyo, Mexico City or Chicago, fails in its aspirations to achieve a new world that goes beyond a pay rise or more days of vacation . But leave the seed of something we have talked about: the arrival of postmodernism.

The SRI, developed in 1978 the VALS (Values ​​and Lifestyles), a system of segmentation of consumers based on their values ​​and lifestyles. The industry, until then designed to obtain profitability by producing goods on a large scale, had encountered the problem that there was a new layer of consumers who could not reach, who were unpredictable with respect to the responses to new products.
The VALS categorized the consumers in a graph with two axes, the vertical where the resources would be and the horizontal where the primary motivations would be. This would give eight types of consumers:
• Innovators: These consumers are at the forefront of change, have the highest incomes and a high self-esteem that can be allowed in any or all of the self-orientations. They are located above the rectangle. The image is important to them as an expression of taste, independence and character. Your consumer choices are directed to the «good things in life.»
• Thinkers: These consumers with high resources are part of the group of those who are motivated by ideals. They are mature, responsible and well-educated professionals. Their leisure activities are focused on their homes, but they are well informed about what is happening in the world and are open to new ideas and social changes. They are practical consumers and rational decision makers.
• Believers: These consumers with low resources are part of the group of those who are motivated by ideals. They are conservative and predictable consumers that favor local products and established brands. Their lives are centered on the family, the community and the nation.
• Achievers: consumers with high resources are part of the group of those who are motivated by achievements. They are successful people oriented to work, who get their satisfaction from their jobs and families. They are politically conservative and respect authority and the status quo. They are favorable to established products and services that show their success to their peers.
• Fighters: These consumers with low resources are part of the group of those who are motivated by the achievements. They have values ​​very similar to the winners.
• Experimenters: These consumers with high resources are part of the group of those who are motivated by self-expression. They are the youngest of all segments, with an average age of twenty-five. They have a lot of energy, which they invest in physical exercise and social activities. They are avid consumers who spend a lot on clothes, fast food, music and other youth activities, with special emphasis on new products and services.
• Creators: These consumers with low resources are part of the group of those who are motivated by self-expression. They are practical people who value self-sufficiency. They are focused on the family and have little interest in the world in general. As consumers, they appreciate practical and functional products.
• Survivors: These consumers have the lowest income. They have very few resources to be included in any consumer self-orientation and, therefore, they are located below the rectangle. They are the oldest of all segments, with an average age of sixty-one years. Within their limited resources, they tend to be consumers loyal to the brand.

Clinton and Blair, who arrived as heroes after ending long decades of conservative rule, ended their mandates in a more than sad, criminal manner. The American not for his sexual buffoonery, but for having repealed the Glass-Steagall law that separated the savings banks from the investment ones, laying the first stone for the 2008 financial crisis. The Briton for having participated in the carnage of Iraq, a war that is still essentially ongoing and that according to the Opinion Research Business has cost life in 2007 to more than one million people.

New concerns and fears explain how the system of individualism of symbolic diversity works. A topic of real importance, global warming or the food industry model, is reduced to a response that symbolizes a change but never from group effort or systemic criticism, but from our individuality, which causes us a satisfaction by distancing ourselves from next door. In the same way that we consume meat or televisions, organic food or mobile phones, we also consume identities, in fact related to those products. If the response of the hippies disenchanted with the revolution that did not come.
If neoliberalism says to believe in something it is in competitiveness. In the economic field, this competitiveness is sometimes much more than what we are told. Neoliberalism, we insist, is an expert in daydreams, screens, shows, even when what he touches is talking about himself. While demanding from the below a brutal competitiveness, increasingly sold as a form of self-realization, large companies compare with regulators, market outlets and come to agreements under a permanent table. The big bourgeoisie, of course, still retains its class consciousness intact, its group membership and perfectly remembers its historical role. This is why the richest are the most cooperative, constantly meeting to see how they can squeeze a little more staff and present it as something sensational. The image of the aggressive executive is true to the extent that the executive is the high official of the great capital, but not its owner.

In a supermarket, consumers do not always buy what is best for them, often paying a high price. They do not do it for a thoughtful and rational decision, but because the packaging has striking colors or the product has been conveniently located near the box. It is not about workers voting with their feelings, their hearts or irrationally, but rather the contrary, they did it with reason, with ideology, despite the terrible disappointments they often suffered for their parties. And it can be said, without a shadow of a doubt, that it was a more coherent way of relating to politics than that of the middle class that did not want to pay taxes even if that ultimately hurt it.
It seems that, until the emergence of the new ultra-right in the post-crisis scenario, diversity was a social consensus, a value considered positive by almost everyone. If we talk about diversity, we get the image of a stage where a multicultural group of musicians plays some kind of jazz fusion. Diversity seemed a positive ethical value when it spoke to us, or said to speak to us, of heterogeneity.
The homogeneous, in society and politics, took us back to the darkness of the worst face of modernity, the one that tried to impose a closed, uniform and finished system on everyone, causing serious affronts to human rights.
Feminism, for a matter of time, lacks a central committee that organizes it, a theory that unifies it or a regulated military form in it, so it is structured in dynamic but unstable networks, it is theoretically pluralized and becomes contradictory and her membership is rather declarative: she is feminist in that a woman calls herself a feminist. It is this nature that is allowing this movement to spread rapidly, to include with agility those who wish to be included and to have raised a visible banner. But it is also this nature that can work like a Trojan horse in the battle that is already fought between its ideological character and its product form.
Sorority, a good idea in terms of creating awareness and links, has the opposite that its gender breadth contradicts its ideological limits. While the idea that a woman should help and identify with the rest of women, consider them his sisters, it seems a good way to create bonds of union.
Multinationals of the distribution that overexploit their workers have in their dining rooms menus respectful with religious food prohibitions. Powerful brands whose clothing is manufactured in Bangladesh in a semi-slavery regime celebrate the racial differences in their advertising. While the gender wage gap remains in the so-called Europe of rights, the salmon-colored supplements celebrate the increase of executives on the boards of directors. While middle-class homosexuals rent out women from peripheral countries to father their children, in some of these countries homosexuality is persecuted. «Capitalist society relegates entire sectors of its citizenship to the landfill, but it shows an exquisite delicacy so as not to offend their convictions.»

To say that fascism is an essentialist continuation of the liberal right can be provocative and even offensive to many conservatives. We do not say that any liberal is an extreme right, but in practical terms the presumably democratic right saw in the fascists a way to stop communists and anarchists, so they never cared to maintain relations of tolerance towards them. Assumed heroes of freedom like Churchill did not differ too much from the totalitarian attitudes of the fascist leaders, both in their colonialist military adventures in India, Sudan and Gallipoli, and in the public admiration that the English leader manifested towards Mussolini.
The relationship of the ultras with the diversity turned into a consumer product, however, is ambiguous. At first glance it might seem that an ideology that sponsors racial supremacism will necessarily be faced with diversity. But, as you have already got used to in this book, things are not as simple as you would expect.
By way of summary, we could say that the ultra-right maintains an ambiguous relationship with the market of diversity, although always satisfactory for its interests. On the one hand, it serves as an alibi to extend his criminal ideology, on the other, paradoxical though it may seem, to mask it.
The neo-fascism, the alt-right, the exclusionary nationalisms, the far right-a little the same way the brand adopts-lack a normalization, that is to say, a hard ideological movement that leads them. We are not talking here about the fascism of the 1930s, which, with differences between its international versions, had a series of unifying features.

Cultural and religious conflicts are the expression of the conflicts that capitalism in its neoliberal incarnation has sown throughout the world. That the left faces them from the cultural relativism, from the defense of a diversity that today is a correlate of the market, with the objective of not falling into racist attitudes, fuels that racism. The first universal and human right is that of life, and its defense must be constant in those countries that have been used as pawns on a chessboard to resolve imperialist disputes, but also on European and North American soil.
The idea that civil laws should be imposed on religious beliefs should be a common starting point to resolve our conflicts, it is a good idea to vindicate. Like the idea that these civil laws, driven by the concept of human rights, should be applicable anywhere in the world, regardless of cultural and religious specificities. Every individual must have the right to profess a religion or feel represented in a culture, as to be an atheist and be able to leave the culture of their group if they wish. No culture or religion can be imposed, no culture or religion can go against human rights. This is solidarity, this is a defense of real and not reified diversity.
We only have the right to be ourselves if others can not even have a name and a voice of their own. Wall Street may not carry swastikas or black daesh signs, which does not mean they are less dangerous.

The left can not win neoliberalism in its own field of play, with its rules, through shortcuts in language, techno-pathistic fantasies and data analysis. That’s where we’ve been since the mid-nineties and it’s something that has only served to drain parties, unions and ideological programs. To leave our identity shivering or, worse still, replaced by a functional double to the dominant common sense.
If in all this history things are not always what they seem, if there is always a rabbit that comes out of the hat to wake up our enthusiasm, in this end there is no possible trick. To reverse this situation there are no shortcuts, there are no magic formulas, there is no correct way of doing politics, of being left-wing, that guarantees us to return to the right path, to that where what is now alien is perceived as our own.

2 pensamientos en “La Trampa De La Diversidad — Daniel Bernabé / Diversity Trap by Daniel Bernabé (spanish book edition)

  1. Muy bien el resumen del libro de Bernabé. El pasado abril leí un artículo suyo sobre este libro. El mensaje era que en los tiempos actuales parece que más que buscar tus iguales para sumar fuerzas, intentamos buscar nuestra diferencia para afirmarnos según lo que comemos, a quien rezamos, con lo que nos divertimos, cómo nos vestimos. Somos veganos, budistas, pansexuales, naturistas, antinatalistas… No se trata de no respetar esos estilos de vida, bien claro lo deja Bernabé, sino de advertir de la simbiosis entre esas competencias en el mercado de la diversidad y el neoliberalismo. Todo ello a costa de abandonar nuestro sentimiento de clase y, por tanto, las luchas colectivas que pasan a un segundo plano para ser absorbidas por esas identidades.

    • Exacto has dado en el clavo pero ya sabes aquí eso de sumar para nada mejor restar, somos así Alicia viajando por el mundo te das cuenta que pese a etiquetas tenemos una misma raíz y además la mayoría de hombres como mujeres similares, pero el negocio es negocio…
      Cuando quieras algún libro me lo pides…sin problemas 👍👍👍👍👏😋👏😋😋🥔🥔🥔🥔

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