Revoluciones. Cincuenta Años De Rebeldía (1968-2018) — Joaquín Estefanía / Revolutions. Fifty Years of Rebellion (1968-2018) by Joaquín Estefanía (spanish book edition)

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Sin duda cada uno de los libros de este autor que me leo me gustan y este libro no es una excepción además de interesante y donde el autor nos ayuda a reflexionar sobre el futuro que nos viene.
Cada herejía tiene su apostasía. Ha tenido un correlato casi perfecto en los movimientos sociales en este último medio siglo. Revoluciones y contrarrevoluciones han estallado contra lo políticamente correcto en cada situación; se han sublevado contra cada statu quo. A cada Mayo del 68 le ha sucedido un Mayo del 68 en sentido inverso; a cada avance progresista, una revolución conservadora; a la formación de una izquierda alternativa, la creación de una nueva derecha neocon; a cada paso socialdemócrata, una oposición neoliberal. La historia continúa y analizar medio siglo es sólo una formalidad. En algún momento habrá que hacer balance y al final del mismo determinar quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos en esta dialéctica de confrontación sistemática.
A un lado del ring están los años mágicos, 1968 (mayo), 1999 (movimiento antiglobalización), 2011 (los indignados); en el otro, los reactivos, 1979 y 1980 (Margaret Thatcher y Ronald Reagan), 2001 (los neoconservadores) y 2016 (Donald Trump). Tan disímiles unos y otros.
Las revoluciones, en su sentido más amplio, son un legado incomparable que han pretendido, equivocadamente o no, quienes han luchado por la dignidad humana y por dejar tras de ellos un mundo mejor que el que encontraron al nacer.
El concepto de revolución comenzó a ser utilizado en política a partir del siglo XVII. Adquirió un aura mítica que siempre le ha rodeado. En este libro no se utiliza dicho concepto stricto sensu, esto es, como la toma violenta y rápida del poder político que genera en las sociedades transformaciones profundas y duraderas en el orden político, económico e institucional.

Estas revoluciones destacan por:
–1) La rebelión contra todo tipo de autoridad. Fueron pronunciamientos libertarios en el sentido extenso, no en la acepción ideológica (anarquista) del término. Lucharon contra el principio de autoridad en territorios tan esenciales para el sistema como la educación, la familia o los medios de comunicación tradicionales, los que antes se calificaban como aparatos ideológicos del Estado.
–2) La decepción, el enfado y la indignación no se formalizaban tanto por la dureza absoluta de las circunstancias políticas o económicas de los contestatarios (al fin y al cabo, no pertenecían mayoritariamente a los países más pobres o más sangrientos de la Tierra, sino al Primer o Segundo Mundo.
–3) Cada momento de la historia tiene sus poderes fácticos. Hubo un tiempo en que lo fueron la Iglesia, el Ejército y la banca. Los dos primeros se disolvieron en el ethos de las sociedades democráticas, y quedó el sistema financiero, los mercados, que devinieron en el enemigo principal de los jóvenes contestatarios. Para ellos, los políticos profesionales, los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), conformados por altos burócratas, no son sino los empleados de los poderes financieros que mueven los mercados, como si fueran marionetas.

Los neocons, en sus distintas variantes, son vanguardias de derechas que tratan de imponer a la sociedad propuestas y posiciones políticas que en muchas ocasiones presentan como espontáneas, que desacreditan la regulación, la administración pública o la intervención estatal, pero que en realidad han salido de sus laboratorios de ideas, financiados por las grandes empresas a las que sirven. En el extremo, esas ideas fueron tan asfixiantes en algunos momentos que devinieron en lo que se llamó «pensamiento único»: interpretar la sociedad fundamentalmente en clave económica y, consiguientemente, identificar la democracia con el mercado; considerar la solidaridad como subsidiaria de la eficacia y al ciudadano como un mero recurso humano; afirmar que el mercado es el que gobierna y el Gobierno quien administra lo que dice el mercado; el final de las ideologías y el fin de la historia…
Con la emergencia de los neocons en el marco de referencia de la globalización se asiste al advenimiento de una auténtica conciencia de clase a nivel internacional de las élites planetarias, que dirigen esa globalización conforme a sus intereses privados.

Los movimientos políticos y sociales del último medio siglo han girado en Europa alrededor del capitalismo de bienestar. El socialismo real estaba más allá, y nunca fue más que una posibilidad lejana y difícilmente factible en estos lares. Los otros capitalismos existentes –capitalismo del laissez-faire, financiero, tecnológico, poscapitalismo, o distintas mezclas entre ellos– tenían sus principales centros logísticos lejos de las capitales europeas, aunque éstas en muchos momentos de la historia reciente se contagiaron de algunas de las características de aquéllos.
El capitalismo de bienestar es un concepto muy europeo. Tiene básicamente dos componentes: las libertades públicas y el welfare. Algunos lo han denominado capitalismo de ciudadanía, siguiendo la interpretación que le dio el sociólogo británico Thomas H. Marshall a mediados del siglo XX. Una persona no es ciudadano si no es triplemente ciudadano: ciudadano civil, ciudadano político y ciudadano social.
En este último medio siglo la integridad del concepto de ciudadanía ha saltado hecho trizas en demasiadas ocasiones.
Se ha escrito que el 68 fue una variedad de revolución en la revolución, con algunas características muy peculiares en este tipo de revueltas. Fue una forma de rebelarse contra el sistema en la que muchos de sus participantes despreciaban el poder: querían la palabra, no el poder. Este error lo aprendieron muy pronto los indignados del siglo XXI. Aquéllos no querían morir por la revolución sino vivir a través de ella, querían cambiar el mundo y la vida pero que otros se comprometiesen con ello. Muchos años después, y en otro contexto muy diferente, el catedrático Antonio López Pina desarrolló el concepto de «inteligencia excéntrica» para referirse a aquella gente que, proveniente del mundo de la academia, la universidad o del pensamiento, procura un margen de autonomía personal más allá del mundo político institucional y económico-financiero. Personas con vocación de servicio público, comprometidas con el cambio, pero que procuran mantener la suficiente distancia del poder para preservar espacios de libertad.

El concepto de libertad era conjugado con frecuencia por Thatcher: formaba parte de su léxico más querido. Pero se trataba sobre todo de la libertad económica («No hay libertad a menos que haya libertad económica») e individual; por ejemplo, la libertad de no unirse a los sindicatos, la libertad de no hacer huelga, la libertad de comprar la casa propia en el distrito de residencia, la libertad de convertirse en accionista de las grandes empresas estatales, la libertad de hacer dinero, etcétera. Son libertades importantes, pero hay otras libertades políticas y civiles que no reivindicó nunca con la frecuencia y profundidad de las anteriores. Thatcher dio a mucha gente la posibilidad de escalar económicamente (a otros muchos los dejó desprotegidos en medio de la tormenta), pero no la consolidó como ciudadanos. Eran más individuos que ciudadanos. Con algo de suerte, muchos pudieron mejorar su renta disponible y su riqueza individual, pero tuvieron menos capacidad que antes de 1979 para ejercer su influencia en los acontecimientos más importantes. Se perfeccionaban como individuos, pero empeoraban como ciudadanos.
En materia económica, el thatcherismo se caracterizó por el capitalismo popular, las privatizaciones y la desregulación, además de por los recortes del gasto público. El capitalismo popular se inició con la entrega de viviendas sociales y el paso al sector privado de los grandes gigantes públicos en sectores estratégicos como British Gas, British Telecom…
Margaret Thatcher convirtió al Reino Unido en una nación de propietarios; la contrapartida fue que muchos se endeudaron hasta las cejas para conseguirlo, lo que generó muchos problemas a las familias, sobre todo en un entorno de tipos de interés crecientes para domeñar la inflación. Devinieron en propietarios de sus viviendas y en propietarios de las grandes empresas públicas privatizadas, a través de la compra de sus acciones. También en propietarios de sus créditos. Las «joyas de la corona» –desde las telecomunicaciones a las líneas aéreas, pasando por el transporte ferroviario, el metro, la industria eléctrica, el agua o el gas– fueron vendidas no por motivos instrumentales (reducir el déficit público), como más tarde se hizo en muchos países, sino por razones ideológicas. Thatcher declaró: «Estamos vendiendo la plata no de las familias, sino a las familias». El Instituto Adam Smith, un think tank neoliberal, opinó que se había tratado de la mayor transferencia de propiedad desde el sector público al privado «desde la disolución de los monasterios por Enrique VIII». Más de ochenta empresas de propiedad pública fueron transferidas a 11 millones de británicos. Durante mucho se ha discutido la ortodoxia de esas privatizaciones en términos de transparencia y de competencia.
Otro de los verbos más conjugados por el thatcherismo fue «desregular». El aparato productivo estaba atenazado, según sus profetas, por el burocratismo y la maraña de normas que le impedían dar de sí todo lo que llevaba dentro. Se imponía reducir el número de reglas del juego. De nuevo, la primera ministra aclaró las ideas de los confusos: «Cualquier regulación es una restricción de la libertad; cada regulación tiene un costo».

(Reagan) Las tesis de la Revolución conservadora que encarna el presidente y que él sustenta:
–1) La mentalidad distribucionista ataca al corazón mismo del capitalismo. Su efecto profundo es cambiar la regla de oro del capitalismo (la prosperidad de los demás acaba con la prosperidad propia), pervertir la relación natural entre ricos y pobres al presentar al sistema como un juego de suma cero en el que lo que gana uno lo pierde el otro.
–2) Los capitalistas son personas deseosas de comprender y actuar, de dominar algo y transformarlo, de resolver rompecabezas y aprovechar la solución, de descifrar un sector que le rodea y aplicar sus resultados al bien común. Los capitalistas son inventores y exploradores, promotores y solventadores de problemas. Se toman trabajos infinitos y actúan con rapidez cuando llega el momento.
–3) Hay que permitir a los empresarios que retraigan riqueza por la razón práctica de que sólo ellos, colectivamente, pueden saber dónde debe ir esa riqueza.
–4) En la medida en que el capitalista se alía con el Gobierno o utiliza otros métodos de fuerza en su afán de predeterminar los resultados pasa a ser «simplemente otro tipo de socialista, a veces llamado fascista, en vez de un inversor que hace sus contribuciones con la esperanza de que otros las encontrarán deseables y trabajarán con ahínco para conseguirlo».
–5) Nadie puede desempeñar con igual eficiencia el papel de los ricos en la asunción de riesgos. Los beneficios del capitalismo siguen dependiendo de los capitalistas. En un capitalismo que funciona, los ricos tienen un toque anti-Midas que transforma la liquidez timorata y los ahorros sin empleo en fábricas y edificios de oficinas, que convierte el oro en bienes, puestos de trabajo y arte.
–6) La auténtica pobreza es menos una cuestión de ingresos que de estado de ánimo. Las limosnas del Gobierno destrozan a la mayoría de quienes llegan a depender de ellas.
–7) El único camino seguro para salir de la pobreza es el que pasa por el trabajo, la familia y la fe. Después del trabajo, el segundo principio de la movilidad ascendente es la conservación del matrimonio monógamo y la familia.
–8) Los programas igualitarios son capaces de destruir familias y comunidades, llevándose en impuestos las ganancias de los que triunfan, y penalizando la ambición y la productividad, pero no fomentando la movilidad ascendente entre grupos carentes de una fuerte cultura comunitaria y familiar.
–9) La asistencia social perjudica a quienes la reciben, desmoralizándolos y reduciéndolos a seres dependientes, adictivos, que pueden arruinar sus vidas. Incluso las familias más indigentes estarán mejor bajo un sistema de libre empresa e inversión que acogidas a un subsidio exclusivamente compasivo que no pide nada a cambio.
–10) El Estado del Bienestar, esa actividad aseguradora de los sectores público y privado (desviar, difundir, igualar, ocultar, suavizar, evadir, relegar y colectivizar los riesgos y costes reales del cambio económico) insensibiliza la economía. El subsidio de desempleo promueve el desempleo; el seguro de incapacidad fomenta la conversión de pequeños males en incapacidad temporal, y de las incapacidades parciales en totales y permanentes; los cheques de la Seguridad Social pueden eliminar la preocupación por los viejos y acabar con los lazos entre generaciones…

La reaganomics era un intento de volver a un modelo estricto de capitalismo del laissez-faire, y de practicar los ajustes derivados de la antigua incapacidad política de aplicar dicho modelo con todas sus consecuencias. Las líneas maestras de la reaganomics devinieron en una especie de decálogo de alcance universal para neocons-neolibs de todo el mundo: equilibrio presupuestario, de tal manera que los Presupuestos del Estado dejasen de ser el principal instrumento contracíclico de la política económica; absoluta prioridad de la política monetaria para luchar contra la inflación. El objetivo número uno de esa política era el control sobre la cantidad de dinero como fórmula para unos precios estables; la reducción de los impuestos a las empresas y a los grandes contribuyentes por ser ellos los principales protagonistas de una mayor inversión y consumo; el incremento geométrico de los gastos de defensa para hacer de Estados Unidos la única superpotencia militar del mundo, evitando las tentaciones soviéticas de emulación y asustando a las potencias regionales o a pequeños países díscolos; la desregulación generalizada de los sectores productivos, especialmente de las finanzas, etcétera.
La realidad fue más compleja. Los ocho años de Reagan conllevaron reducciones de los impuestos a los ciudadanos más pudientes y a las empresas más poderosas y mantenimiento o subidas a las clases medias y desfavorecidas, y a las pequeñas y medianas empresas. El balance fue una reducción de los ingresos públicos al mismo tiempo que se aumentaban exponencialmente los gastos militares y se reducían los gastos sociales. El vector dominante de este experimento de ingeniería social quebraba el primer punto de la reaganomics: el equilibrio presupuestario. El déficit público se descontroló y se financió con enormes cantidades de deuda pública. Fue una especie de keynesianismo invertido.

El capitalismo de los neocons parecía un casino sin reglas o un juego de muñecas rusas en el que fallaban todas las murallas chinas: conflictos de intereses entre los consejos de administración y los accionistas, conflictos entre los accionistas y los ejecutivos, conflictos entre las empresas y sus compañías auditoras, conflictos entre los servicios de auditoría y de consultoría dentro de una misma auditora, conflictos entre los servicios de inversión y asesoramiento dentro de los bancos de inversión, etcétera. También entre las agencias de calificación de riesgos y los inversores, y entre los organismos reguladores y la Justicia. Una larga cadena.
La tercera oleada de revueltas de la tribu de los topos en el último medio siglo estalló en los albores del segundo decenio de la centuria actual con el movimiento de los indignados, el más planetario de todos los existentes hasta el momento, el más ilusionante, el más masivo. Fue una explosión de esperanza ante las inercias del sistema. Casi una fiesta. Su momento mágico fue el año 2011, cuando confluyó la contestación en muchos lugares a la vez. La mayoría de sus participantes creyeron, una vez más, que todo podía ser posible, a veces con la misma ingenuidad que tuvieron sus abuelos cuando soñaron en Mayo del 68. Una de las características de los sucesivos movimientos revolucionarios protagonizados por los jóvenes en este tiempo es que han tendido a devaluar la fuerza del oponente, tan gigantesca y dispuesta a utilizar las armas a su alcance.
Ese «todo podía ser posible» incluía la transformación del sistema político y del sistema económico existentes, tan dependientes el uno del otro. O más bien, tan dependiente el primero del segundo. Pensaron que podían derrotar a la hidra de dos cabezas.
Si en la imaginación de la gente Mayo del 68 fue París y ahora en 2011 fueron Madrid y Nueva York.
La coyuntura favorecía a la contestación: la crisis económica más fuerte desarrollada en el interior del capitalismo, si se exceptúan la Gran Depresión y las guerras mundiales, y que ha tenido en los jóvenes uno de los colectivos que más la han sufrido en forma de paro, pobreza, reducción de la protección social y, sobre todo, una precarización estructural de sus condiciones de vida; una gestión de la Gran Recesión, que es el nombre dado a lo acontecido a partir del año 2007, ineficaz, desigual e injusta, de modo que se está saliendo de ella con una acentuada redistribución negativa de la renta, la riqueza y el poder; y una crisis de representación política motivada por el hecho de que los jóvenes, en quienes se ha multiplicado de modo exponencial la desconfianza por las continuas promesas incumplidas, tampoco se fían de los partidos políticos tradicionales y miran a la aparición de nuevas formaciones que les hagan caso.
No fue sólo la pobreza y la desigualdad, o la crisis económica, o la falta de democracia la que provocó la rebelión. Fue la suma de los tres elementos, a los que se unió la humillación causada por el cinismo y la arrogancia de los poderosos, que simulando que no estaba pasando nada diferente…

El 15-M tuvo vida propia mientras duró y, como en el caso de Mayo del 68, ha dejado ya impactos de calado, como los que resume Cristina Monge en su libro:
–1) Aparición de nuevas opciones electorales que han tendido a romper el bipartidismo imperfecto que surgió de la Transición.
–2) Penetración del «temario» del 15-M en casi todas las formaciones y en la opinión pública.
–3) Surgimiento de iniciativas de economía colaborativa y social: cooperativas, grupos de consumo, crowdfunding… No son exclusiva del 15-M, pero sin este movimiento hubiera sido más difícil desarrollarlas.
–4) Inicio de un nuevo ciclo político, una especie de segunda transición (sin las connotaciones «científicas» de este concepto).
–5) Articulación de un discurso de defensa de los servicios públicos (las mareas sectoriales), más allá de las reivindicaciones laborales de sus trabajadores, subrayándolos como un bien común para la confianza de la sociedad.
–6) Desvelamiento definitivo del papel de los poderes financieros en la sociedad y su relación directa con los partidos políticos.
–7) Recuperación de la política y del debate público.
–8) Interiorización del mítico «Yes, we can» de Barack Obama.
–9) Multipertenencia a partidos, sindicatos, movimientos sociales diversos… y al 15-M.
–10) Nuevo eje arriba/abajo, que se une al de izquierda y derecha, y que en ocasiones se presenta como más fuerte que este último.
El 15-M fue diferente de otros movimientos de rebeldía, por su gran capacidad de movilización y por la enorme penetración de su «temario» en el conjunto de la sociedad. Muchos ciudadanos pueden asumir como propio el decálogo anterior, dada su amplitud y su transversalidad. Podemos es otra cosa, que se identifica crecientemente con la izquierda. La influencia del movimiento de los indignados en España se multiplicó cuando traspasó las fronteras y recibió el apoyo y la complicidad de sus colegas de otros lugares del mundo y, especialmente, de los del corazón mismo del sistema: Wall Street.
Cuando unos meses después el contagio de la Spanish Revolution llegó a la capital cultural y financiera del imperio americano, Nueva York, el «efecto emulación» prendió con rapidez y adquirió una relevancia cualitativamente más significativa.

Con Trump se inició la tercera fase de la Revolución conservadora en Estados Unidos, todavía más polémica que las anteriores, tras el paréntesis que supusieron los ocho años de mandato de Barack Obama. Tanto en la mayoría de los enunciados genéricos de su programa como en el ideario que emana de su persona y de su equipo más cercano predominaba la tensión restauradora del pasado y la furia con la que eliminar la herencia de su predecesor, al que probablemente odia. Simultáneamente a ese tempo restaurador surgieron amplias contradicciones con la primera y la segunda fase de esa revolución, las representadas por Ronald Reagan y George Bush II. El carácter hortera de Trump y su nacionalismo y xenofobia rampantes chocaban con una cierta sofisticación de los neocons y con su defensa a ultranza de la globalización neoliberal, que el nuevo presidente repele. Los tres presidentes conservadores coinciden en su estilo antiintelectual.
El discurso de Trump ha sido proteccionista en algunos asuntos como los acuerdos comerciales, pero se asemeja a la reaganomics en su defensa de la bajada de impuestos a las empresas y los más ricos (ya puesta en práctica), o en el incremento del gasto militar para aumentar la hegemonía de Estados Unidos sobre el resto de las potencias; es antiigualitario en relación a las políticas de género (mujeres) y de raza (inmigrantes), pero también pretende reducir las tímidas regulaciones que aprobó Obama en la vida económica; es negacionista del cambio climático y quiere reducir la burocracia federal… Esta mezcla impura y antinómica repugna a los teóricos neocons más ortodoxos. William Kristol comenta: «Hay mucha insatisfacción entre los votantes y él [Trump] lo ha aprovechado con brillantez. Es un demagogo. Las democracias corren el riesgo de tener demagogos. Uno espera que se puedan contener y que su atractivo se difumine».
Más insólito es que una de las personas que más se ha esforzado en marcar diferencias con Trump, rompiendo la tradición de que un presidente no critica a otro, haya sido el jefe político de los neocons en la Casa Blanca, George W. Bush (Bush II). Fue muy discreto hasta que en octubre de 2017, en un discurso pronunciado en Nueva York, sorpresivamente arremetió contra el aislacionismo, la xenofobia y la violencia discursiva de su sucesor: «El fanatismo parece fortalecido».
El eslogan «América primero» con el que Trump ganó las elecciones presidenciales había sido utilizado muchos años antes por Charles Lindbergh. En el año 1940, un aviador bastante iletrado, aislacionista y antisemita, ganó las elecciones presidenciales a Franklin Delano Roosevelt, el demócrata vencedor de la Gran Depresión. Estados Unidos empezó la «era Lindbergh». Charles Lindberg, que había cruzado el océano Atlántico por primera vez sin escalas, era el portavoz de un comité llamado «Estados Unidos primero» y había declarado sus simpatías por Adolf Hitler, que pocos meses antes había comenzado la Segunda Guerra Mundial.
Lo que se describe en el párrafo anterior es la trama de una extraordinaria novela de Philip Roth, publicada hace casi una década, titulada La conjura contra América. Leída después del triunfo de Trump, parece un texto de historia contrafactual. Y, sin embargo, sólo es ficción. En el famoso párrafo inicial de El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Karl Marx observa que todos los acontecimientos y personajes importantes de la historia ocurren dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa. Cuando llegó Trump se dio la asombrosa paradoja para la calidad de la democracia de que muchos pensaran que cuantas más promesas electorales incumpliera mejor sería para todos.
Es muy peculiar que un multimillonario, es decir, no un outsider de orígenes humildes (la fortuna de su padre está en la base de su acumulación originaria de capital), ganase las elecciones presidenciales como un enemigo acérrimo de «la casta» y de la mayoría de sus aparatos ideológicos acompañantes (medios de comunicación tradicionales, universidades, mundo de la cultura…). Alimentó durante la campaña electoral los resentimientos de una parte de las clases medias y bajas ante un orden injusto, y logró capitalizar el empobrecimiento relativo de unos sectores que atribuían éste, antes que a la revolución tecnológica que exige otro tipo de asalariados, al egoísmo de las élites (el enemigo interior) y a la competencia de la inmigración (el enemigo exterior).

El votante tipo de Trump, según esta analista, estaría compuesto fundamentalmente por cuatro categorías:
–a) Los hombres. Tradicionalmente el voto masculino había sido republicano, pero Trump obtuvo dicho voto con un margen superior al de comicios anteriores.
–b) Los blancos no hispanos. El voto de este grupo también ha sido tradicionalmente más republicano que demócrata. Trump ganó a Hillary Clinton por 21 puntos de diferencia en este segmento de población.
–c) Los mayores de edad. El sufragio de los jóvenes ha ido a los demócratas (aunque en menor proporción que con Obama) y los de las personas de más edad a Trump (aunque también en menor proporción que en otras presidenciales).
–d) Sin título universitario. Esta característica ha sido uno de los puntos más fuertes del millonario neoyorquino: dos de cada tres blancos de college degree le prefirieron a Clinton.
El trumpismo representa el descontento y el resentimiento de la parte baja de la población. Ha emergido una nueva clase baja en el interior de la clase blanca trabajadora, en cuyo seno la demagogia y las promesas trumpistas se han movido como pez en el agua. Los pilares básicos de la sociedad americana, el trabajo, la religión, el matrimonio, la familia, se están transformando y ello es visible a través de la geografía estadounidense: parados, separados, nihilistas… Los trabajadores blancos se sintieron preteridos en relación a las minorías (que se podían acoger al procedimiento de la discriminación positiva) y dijeron basta con su voto.
Las características centrales del proyecto Trump figura el capitalismo de amiguetes (crony capitalism). Es más pro-business que pro-market. Favorece a su entorno y no las condiciones que puedan permitir a los emprendedores competir en igualdad de condiciones.
Trump mantenía su fortaleza en los pequeños pueblos, en la América rural, blanca y pobre donde en 2016 casi duplicó en votos a sus adversarios. Hasta ese momento habían vuelto a fallar los que anticiparon un rápido deterioro de la fórmula Trump. Los corresponsales destacaron en general que ni la trama rusa, ni su fracaso con el Obamacare, ni sus delirios tuiteros le habían desgastado; en las grandes ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Miami seguían asustados, pero en la América profunda le apoyaban con fuerza. Un entrevistado en el reportaje de uno de esos corresponsales declara: «Trump es más americano que nadie. Él pone a América primero. Ya está bien con eso de la globalización y de eliminar fronteras. Por eso hay países. ¡Y yo quiero el mío!».
Más allá del desprecio que suscita entre los liberales americanos y entre los progresistas de todo el mundo, Donald Trump ha establecido una conexión elástica con sus votantes, a pesar de que sus índices de popularidad estén en mínimos históricos (los de los legisladores son aún más bajos). Posiblemente el trumpismo irá más allá de Trump, como el reaganismo trascendió a Reagan. La tercera fase de la Revolución conservadora, con sus peculiaridades y contradicciones, está en marcha.

La igualdad de oportunidades ha sido una de las banderas de nuestro tiempo.
Ahora, en plena hegemonía conservadora, se encuentran desconcertados, perplejos, inseguros. No sólo están atenazados por el miedo y la inseguridad, sino por la frustración de ver en peligro algunos de los derechos que creyeron adquiridos para siempre. El supremacismo de Donald Trump; la salida del Reino Unido de una Europa que nunca supusieron que retrocedería en su unidad (y que era uno de los grandes laboratorios para las utopías factibles no regresivas); la presencia de formaciones xenófobas o directamente nazis en los gobiernos o en la oposición de países tan centrales como Francia, Alemania, Italia, Dinamarca, Noruega, Suecia o Austria; la corrupción que está acabando con sistemas enteros (Brasil); el narcotráfico, que convierte a sociedades enteras en estados fallidos; el terrorismo indiscriminado y nada selectivo que socializa el dolor (todos son culpables); la brutal desigualdad en el seno de los países, etcétera, son síntomas de retroceso en las democracias representativas de las que se habían dotado y que quisieron fortificar.
A pesar de estas perversiones, futilidades y riesgos que llevan irremediablemente a la conclusión de que es mejor no hacer reformas ni revoluciones y que la vida fluya naturalmente, el mundo de hoy, contemplado en su conjunto, es mucho mejor que el de finales de la década de los años sesenta del siglo pasado. Es mejor en términos de cantidad (más países) y calidad (más profunda) de la democracia y del bienestar ciudadano, aunque ello haya sido al precio de sobresaltos y bancarrotas, desilusiones, picos de sierra, marchas adelante y hacia atrás, gente que se ha quedado por el camino pese a los sistemas de protección, etcétera. Es necesario remachar que en ese precio no figuran las conflagraciones generalizadas y las matanzas de decenas de millones de ciudadanos como las que tuvieron lugar en las décadas que van desde 1914 a 1945 (ha habido algunas excepciones genocidas, sobre todo en el continente africano).
La democracia como una «máscara» que se contrasta con la realidad, llevada al extremo y a la ausencia de matices, conduce a la impotencia democrática (para qué participar), a la irrelevancia del sistema de que nos hemos dotado para convivir (la democracia) y a la violencia de las vanguardias. Hay que volver a reivindicar el valor del contrato social democrático (los derechos que proporcionan las libertades y el Estado del Bienestar), adaptado a unas sociedades que son menos homogéneas y mucho más complejas que las de los años sesenta del siglo pasado. Ello requiere también nuevos instrumentos conceptuales…

No doubt each of the books of this author that I read I like and this book is not an exception as well as interesting and where the author helps us to reflect on the future that comes to us.
Each heresy has its apostasy. It has had an almost perfect correlate in the social movements in this last half century. Revolutions and counterrevolutions have exploded against the politically correct in every situation; they have revolted against every status quo. Every May of ’68 there was a May of ’68 in the opposite direction; to each progressive advance, a conservative revolution; to the formation of an alternative left, the creation of a new neocon right; at each social-democratic step, a neoliberal opposition. The story continues and analyzing half a century is just a formality. At some point it will be necessary to take stock and at the end of it determine who are the winners and who the losers in this dialectic of systematic confrontation.
On one side of the ring are the magical years, 1968 (May), 1999 (anti-globalization movement), 2011 (the outraged); in the other, the reagents, 1979 and 1980 (Margaret Thatcher and Ronald Reagan), 2001 (the neoconservatives) and 2016 (Donald Trump). So dissimilar to each other.
Revolutions, in their broadest sense, are an incomparable legacy that they have claimed, mistakenly or not, who have fought for human dignity and for leaving behind them a better world than they found at birth.
The concept of revolution began to be used in politics from the seventeenth century. He acquired a mythical aura that has always surrounded him. In this book, this concept is not used stricto sensu, that is, as the violent and rapid taking of political power that generates in societies profound and lasting transformations in the political, economic and institutional order.

These revolutions stand out for:
-1) The rebellion against all kinds of authority. They were libertarian pronouncements in the extended sense, not in the ideological (anarchist) meaning of the term. They fought against the principle of authority in territories as essential to the system as education, the family or the traditional media, which were previously qualified as ideological apparatuses of the State.
-2) The disappointment, the anger and the indignation were not formalized so much by the absolute hardness of the political or economic circumstances of the rebels (after all, they did not belong mostly to the poorest or bloodiest countries on Earth, but to the First or Second World.
-3) Every moment of history has its powers. There was a time when the Church, the Army and the banking were. The first two were dissolved in the ethos of democratic societies, and left the financial system, the markets, which became the main enemy of young contestants. For them, professional politicians, multilateral organizations such as the International Monetary Fund (IMF), the World Trade Organization (WTO) or the Organization for Economic Cooperation and Development (OECD), made up of high bureaucrats, are nothing but employees of the financial powers that move the markets, as if they were puppets.

The neocons, in their different variants, are right-wing vanguards that try to impose on society proposals and political positions that in many cases present as spontaneous, that discredit regulation, public administration or state intervention, but that have actually come out from their idea laboratories, financed by the large companies they serve. In the end, these ideas were so asphyxiating in some moments that they became what was called «unique thinking»: interpreting society fundamentally in an economic key and, consequently, identifying democracy with the market; consider solidarity as a subsidiary of efficiency and the citizen as a mere human resource; affirm that the market is the one that governs and the government that administers what the market says; the end of ideologies and the end of history …
With the emergence of neocons in the frame of reference of globalization, we are witnessing the advent of an authentic international class consciousness of the planetary elites, who direct this globalization according to their private interests.

The political and social movements of the last half century have revolved around welfare capitalism in Europe. Real socialism was beyond, and it was never more than a distant possibility and hardly feasible in these parts. The other existing capitalisms-laissez-faire capitalism, financial, technological, post-capitalism, or different mixtures between them-had their main logistical centers far from the European capitals, although these in many moments of recent history were infected by some of the characteristics of those.
Welfare capitalism is a very European concept. It has basically two components: public liberties and welfare. Some have called it capitalism of citizenship, following the interpretation given by the British sociologist Thomas H. Marshall in the mid-twentieth century. A person is not a citizen if he is not a threefold citizen: a civilian, a political citizen and a social citizen.
In this last half century the integrity of the concept of citizenship has jumped to shreds too many times.
It has been written that the 68 was a variety of revolution in the revolution, with some very peculiar characteristics in this type of revolt. It was a way of rebelling against the system in which many of its participants despised power: they wanted the word, not the power. This mistake was learned very quickly by the indignados of the 21st century. They did not want to die for the revolution but to live through it, they wanted to change the world and life but others to commit themselves to it. Many years later, and in another very different context, the professor Antonio López Pina developed the concept of «eccentric intelligence» to refer to those people who, coming from the world of academia, university or thought, seek a margin of personal autonomy beyond the political institutional and economic-financial world. People with vocation for public service, committed to change, but who seek to maintain sufficient distance from power to preserve spaces of freedom.

The concept of freedom was often conjugated by Thatcher: it was part of his most beloved lexicon. But it was above all about economic freedom («There is no freedom unless there is economic freedom») and individual freedom; for example, the freedom not to join unions, the freedom not to strike, the freedom to buy one’s own house in the district of residence, the freedom to become a shareholder in large state enterprises, the freedom to make money, etc. They are important freedoms, but there are other political and civil liberties that never claimed with the frequency and depth of the previous ones. Thatcher gave many people the chance to climb economically (many left them unprotected in the middle of the storm), but it did not consolidate them as citizens. They were more individuals than citizens. With some luck, many were able to improve their disposable income and individual wealth, but they had less capacity than before 1979 to exert their influence on the most important events. They perfected themselves as individuals, but worsened as citizens.
In economic matters, Thatcherism was characterized by popular capitalism, privatization and deregulation, in addition to cuts in public spending. Popular capitalism began with the delivery of social housing and the passage to the private sector of the great public giants in strategic sectors such as British Gas, British Telecom …
Margaret Thatcher made the United Kingdom a nation of owners; The counterpart was that many borrowed to the brows to get it, which generated many problems for families, especially in an environment of rising interest rates to tame inflation. They became the owners of their homes and the owners of the large privatized public companies, through the purchase of their shares. Also in owners of their credits. The «crown jewels» – from telecommunications to airlines, through rail, metro, electricity, water or gas – were sold not for instrumental reasons (to reduce the public deficit), as Later it was done in many countries, but for ideological reasons. Thatcher said: «We are selling the money not from families, but families.» The Adam Smith Institute, a neoliberal think tank, said that it had been the largest transfer of property from the public to the private sector «since the dissolution of the monasteries by Henry VIII.» More than eighty publicly owned companies were transferred to 11 million Britons. For a long time, the orthodoxy of these privatizations has been discussed in terms of transparency and competition.
Another of the verbs more conjugated by Thatcherism was «deregulate». The productive apparatus was gripped, according to its prophets, by bureaucratism and the tangle of rules that prevented it from giving itself everything it had inside. It was necessary to reduce the number of rules of the game. Again, the Prime Minister clarified the ideas of the confused: «Any regulation is a restriction of freedom; each regulation has a cost ».

(Reagan) The theses of the conservative Revolution that the president embodies and that he sustains:
-1) The distributive mentality attacks the very heart of capitalism. Its profound effect is to change the golden rule of capitalism (the prosperity of others ends with own prosperity), pervert the natural relationship between rich and poor by presenting the system as a zero-sum game in which what one earns lose the other.
-2) Capitalists are people who want to understand and act, to master something and transform it, to solve puzzles and take advantage of the solution, to decipher a sector that surrounds it and apply its results to the common good. Capitalists are inventors and explorers, promoters and solvers of problems. They take infinite jobs and act quickly when the time comes.
-3) We must allow entrepreneurs to retract wealth for the practical reason that only they, collectively, can know where that wealth should go.
-4) To the extent that the capitalist allies itself with the government or uses other methods of force in its eagerness to predetermine the results, it becomes «simply another type of socialist, sometimes called a fascist, instead of an investor who does their contributions with the hope that others will find them desirable and will work hard to achieve it ».
-5) Nobody can play with equal efficiency the role of the rich in the assumption of risks. The benefits of capitalism are still dependent on the capitalists. In a functioning capitalism, the rich have an anti-Midas touch that transforms timorata liquidity and jobless savings into factories and office buildings, which turns gold into assets, jobs and art.
-6) Real poverty is less a matter of income than of state of mind. The government’s handouts destroy the majority of those who come to depend on them.
-7) The only sure way out of poverty is through work, family and faith. After work, the second principle of upward mobility is the maintenance of monogamous marriage and family.
-8) The egalitarian programs are capable of destroying families and communities, taking in taxes the profits of those who succeed, and penalizing ambition and productivity, but not encouraging upward mobility among groups lacking a strong community and family culture.
-9) Social assistance hurts those who receive it, demoralizing them and reducing them to dependent, addictive beings, which can ruin their lives. Even the most destitute families will be better off under a system of free enterprise and investment than under an exclusively compassionate subsidy that does not ask for anything in return.
-10) The Welfare State, that insurance activity of the public and private sectors (divert, spread, equalize, hide, soften, evade, relegate and collectivize the risks and real costs of economic change) desensitizes the economy. Unemployment subsidy promotes unemployment; Disability insurance encourages the conversion of small ills into temporary disability, and of total partial and permanent incapacities; Social Security checks can eliminate worry for the old and end the bonds between generations …

The reaganomics was an attempt to return to a strict model of laissez-faire capitalism, and to practice the adjustments derived from the old political inability to apply this model with all its consequences. The main lines of the reaganomics became a kind of decalogue of universal scope for neocons-neolibs from all over the world: budgetary equilibrium, in such a way that the State Budgets ceased to be the main countercyclical instrument of economic policy; absolute priority of monetary policy to fight inflation. The number one objective of this policy was to control the amount of money as a formula for stable prices; the reduction of taxes to companies and large taxpayers because they are the main protagonists of greater investment and consumption; the geometric increase of defense expenditures to make the United States the only military superpower in the world, avoiding the Soviet temptations of emulation and frightening the regional powers or small unruly countries; the generalized deregulation of the productive sectors, especially of the finances, etcetera.
The reality was more complex. The eight years of Reagan led to tax reductions for the wealthiest citizens and the most powerful companies and maintenance or rises to the middle and underprivileged classes, and to small and medium enterprises. The balance was a reduction of public revenues at the same time as military expenditures were increased exponentially and social expenditures were reduced. The dominant vector of this social engineering experiment broke the first point of the reaganomics: the budgetary balance. The public deficit went out of control and was financed with huge amounts of public debt. It was a kind of inverted Keynesianism.

The capitalism of the neocons seemed like a casino without rules or a game of Russian dolls in which all the Chinese walls failed: conflicts of interest between the boards of directors and shareholders, conflicts between shareholders and executives, conflicts between companies and its auditing companies, conflicts between audit and consulting services within the same auditor, conflicts between investment services and advice within investment banks, and so on. Also between risk rating agencies and investors, and between regulatory agencies and Justice. A long chain
The third wave of revolts of the tribe of moles in the last half century broke out at the dawn of the second decade of the current century with the movement of the outraged, the most planetary of all the existing so far, the most exciting, the more massive. It was an explosion of hope before the inertia of the system. Almost a party. Its magic moment was the year 2011, when the answer came together in many places at once. Most of its participants believed, once again, that everything could be possible, sometimes with the same ingenuity that their grandparents had when they dreamed in May 68. One of the characteristics of the successive revolutionary movements carried out by young people in this time is that they have tended to devalue the strength of the opponent, so gigantic and willing to use the weapons at his reach.
That «everything could be possible» included the transformation of the existing political system and economic system, so dependent on each other. Or rather, so dependent the first of the second. They thought they could defeat the two-headed hydra.
If in the imagination of the people May 68 was Paris and now in 2011 were Madrid and New York.
The situation favored the answer: the strongest economic crisis developed within capitalism, except for the Great Depression and the world wars, and which has had among young people one of the groups that have suffered most in the form of unemployment , poverty, reduction of social protection and, above all, a structural precarization of their living conditions; a management of the Great Recession, which is the name given to what happened since 2007, ineffective, unequal and unjust, so that it is emerging from it with a sharp negative redistribution of income, wealth and power; and a crisis of political representation motivated by the fact that young people, in whom there has been an exponential multiplication of distrust for the continued unfulfilled promises, do not trust the traditional political parties and look to the emergence of new formations that make them case.
It was not only poverty and inequality, or the economic crisis, or the lack of democracy that provoked the rebellion. It was the sum of the three elements, which were joined by the humiliation caused by the cynicism and arrogance of the powerful, which simulated that nothing different was happening …

The 15-M had a life of its own while it lasted and, as in the case of May 68, it has already left significant impacts, such as those summarized by Cristina Monge in her book:
-1) Emergence of new electoral options that have tended to break the imperfect bipartisanship that emerged from the Transition.
-2) Penetration of the «agenda» of 15-M in almost all formations and public opinion.
-3) Emergence of collaborative and social economy initiatives: cooperatives, consumer groups, crowdfunding … They are not exclusive to 15-M, but without this movement it would have been more difficult to develop them.
-4) Start of a new political cycle, a kind of second transition (without the «scientific» connotations of this concept).
-5) Articulation of a discourse of defense of public services (sectoral tides), beyond the labor demands of its workers, underlining them as a common good for the trust of society.
-6) Definitive disclosure of the role of financial powers in society and its direct relationship with political parties.
-7) Recovery of politics and public debate.
-8) Interiorization of the mythical «Yes, we can» by Barack Obama.

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lógicos acompañantes (medios de comunicación tradicionales, universidades, mundo de la cultura…). Alimentó durante la campaña electoral los resentimientos de una parte de las clases medias y bajas ante un orden injusto, y logró capitalizar el empobrecimiento relativo de unos sectores que atribuían éste, antes que a la revolución tecnológica que exige otro tipo de asalariados, al egoísmo de las élites (el enemigo interior) y a la competencia de la inmigración (el enemigo exterior).
-9) Multiparty membership to parties, unions, diverse social movements … and to 15-M.
-10) New axis up / down, which joins the left and right, and sometimes appears stronger than the latter.
The 15-M was different from other movements of rebellion, due to its great capacity for mobilization and the enormous penetration of its «agenda» in society as a whole. Many citizens can assume as their own the previous decalogue, given its breadth and its transversality. Podemos is another thing, which is identified increasingly with the left. The influence of the movement of the indignant in Spain multiplied when it crossed borders and received the support and complicity of its colleagues from other parts of the world and, especially, from the very heart of the system: Wall Street.
When, a few months later, the contagion of the Spanish Revolution reached the cultural and financial capital of the American empire, New York, the «emulation effect» caught on quickly and acquired a qualitatively more significant relevance.

With Trump began the third phase of the Conservative Revolution in the United States, even more controversial than the previous ones, after the parenthesis that marked the eight-year term of Barack Obama. In most of the generic statements of his program as well as in the ideology that emanates from his person and from his closest team, the restorative tension of the past predominated and the fury with which to eliminate the inheritance of his predecessor, which he probably hates. Simultaneously with this restorative tempo, wide contradictions arose with the first and second phases of that revolution, those represented by Ronald Reagan and George Bush II. The tacky character of Trump and his rampant nationalism and xenophobia clashed with a certain sophistication of the neocons and with his defense at all costs of neoliberal globalization, which the new president repels. The three conservative presidents agree in their anti-intellectual style.
Trump’s speech has been protectionist on some issues such as trade agreements, but it resembles the reaganomics in its defense of tax cuts for businesses and the richest (already put into practice), or in the increase of military spending to increase the hegemony of the United States over the rest of the powers; it is anti-equality in relation to gender (women) and race (immigrants) policies, but it also aims to reduce the timid regulations that Obama approved in economic life; it is a denial of climate change and wants to reduce the federal bureaucracy … This impure and antinomian mixture disgusts the most orthodox neocons theoreticians. William Kristol comments: «There is a lot of dissatisfaction among the voters and he [Trump] has used it brilliantly. He is a demagogue. Democracies run the risk of having demagogues. One hopes that they can be contained and that their attractiveness diffuses ».
More unusual is that one of the people who has made the most effort to make a difference with Trump, breaking the tradition that one president does not criticize another, has been the political head of the neocons in the White House, George W. Bush (Bush II). He was very discreet until in October of 2017, in a speech delivered in New York, he suddenly attacked the isolationism, the xenophobia and the discursive violence of his successor: «Fanaticism seems strengthened».
The slogan «America first» with which Trump won the presidential election had been used many years before by Charles Lindbergh. In the year 1940, a very illiterate, isolationist and anti-Semitic aviator won the presidential election of Franklin Delano Roosevelt, the victor of the Great Depression. The United States began the «Lindbergh era.» Charles Lindberg, who had crossed the Atlantic Ocean for the first time non-stop, was the spokesman for a committee called «the United States first» and had declared his sympathies for Adolf Hitler, who had just begun World War II a few months earlier.
What is described in the previous paragraph is the plot of an extraordinary novel by Philip Roth, published almost a decade ago, entitled The plot against America. Read after Trump’s triumph, it seems a text of counterfactual history. And, nevertheless, it is only fiction. In the famous opening paragraph of The eighteenth Brumaire by Louis Bonaparte, Karl Marx notes that all events and important characters in history occur twice: the first as a tragedy, the second as a farce. When Trump arrived, there was the astonishing paradox for the quality of democracy that many people thought that the more electoral promises they failed to fulfill, the better it would be for everyone.
It is very peculiar that a billionaire, that is, not an outsider of humble origins (his father’s fortune is at the base of his original accumulation of capital), won the presidential elections as a staunch enemy of «the caste» and the most of its accompanying ideological apparatuses (traditional media, universities, world of culture …). During the electoral campaign, it fed the resentments of a part of the middle and lower classes to an unjust order, and managed to capitalize on the relative impoverishment of some sectors that attributed this, rather than the technological revolution demanded by other types of wage earners, to the selfishness of the elites (the enemy inside) and the competition of immigration (the outside enemy).

The Trump-type voter, according to this analyst, would be composed basically of four categories:
-a) Men. Traditionally the male vote had been republican, but Trump obtained that vote with a margin superior to that of previous elections.
-b) Non-Hispanic whites. The vote of this group has also traditionally been more Republican than Democrat. Trump won Hillary Clinton by 21 points of difference in this segment of the population.
-c) The adults. The suffrage of young people has gone to the Democrats (although in a smaller proportion than with Obama) and those of the older people to Trump (although also in a smaller proportion than in other presidential ones).
-d) Without university degree. This characteristic has been one of the strongest points of the New York millionaire: two out of three college degree whites preferred him to Clinton.
Trumpism represents the discontent and resentment of the lower part of the population. A new lower class has emerged within the white working class, in which the demagoguery and the trumpist promises have moved like fish in the water. The basic pillars of American society, work, religion, marriage, family, are being transformed and this is visible through the US geography: unemployed, separated, nihilistic … White workers felt left out in relation to the minorities (who could benefit from the positive discrimination procedure) and said enough with their vote.
The central characteristics of the Trump project include crony capitalism. It is more pro-business than pro-market. It favors its environment and not the conditions that can allow entrepreneurs to compete on equal terms.
Trump maintained its strength in small towns, in rural, white and poor America where in 2016 it almost doubled in votes to its adversaries. Until then, those who anticipated a rapid deterioration of the Trump formula had failed again. The correspondents emphasized in general that neither the Russian plot, nor its failure with Obamacare, nor its delirium twitters had worn out; In big cities like New York, Los Angeles and Miami they were still scared, but in the deep America they supported him with force. One interviewee in the report of one of those correspondents declares: «Trump is more American than anyone. He puts America first. It is already good with that of globalization and of eliminating borders. That’s why there are countries. And I want mine! »
Beyond the contempt he arouses among American liberals and among progressives around the world, Donald Trump has established an elastic connection with his voters, despite the fact that his popularity ratings are at historic lows (those of legislators are even more low). Possibly trumpism will go beyond Trump, as Reaganism transcended Reagan. The third phase of the Conservative Revolution, with its peculiarities and contradictions, is underway.

Equality of opportunity has been one of the flags of our time.
Now, in full conservative hegemony, they find themselves baffled, perplexed, insecure. Not only are they gripped by fear and insecurity, but by the frustration of seeing in danger some of the rights they believed acquired forever. The supremacism of Donald Trump; the exit of the United Kingdom from a Europe that never supposed that it would fall back in its unit (and that it was one of the great laboratories for the non-regressive feasible utopias); the presence of xenophobic or directly Nazi formations in governments or in the opposition of countries as central as France, Germany, Italy, Denmark, Norway, Sweden or Austria; the corruption that is destroying whole systems (Brazil); drug trafficking, which turns whole societies into failed states; indiscriminate and non-selective terrorism that socializes pain (everyone is guilty); the brutal inequality within the countries, etc., are symptoms of regression in the representative democracies that they had endowed and that they wanted to fortify.
In spite of these perversions, futilities and risks that irremediably lead to the conclusion that it is better not to make reforms or revolutions and that life flows naturally, the world of today, contemplated as a whole, is much better than that of the end of the decade of the sixties of the last century. It is better in terms of quantity (more countries) and (deeper) quality of democracy and citizen welfare, although this has been at the price of shocks and bankruptcies, disappointments, mountain peaks, forward and backward marches, people who it has been left on the road despite the protection systems, etcetera. It is necessary to emphasize that this price does not include the generalized conflagrations and massacres of tens of millions of citizens like those that took place in the decades from 1914 to 1945 (there have been some genocidal exceptions, especially in the African continent).
Democracy as a «mask» that is contrasted with reality, taken to the extreme and the absence of nuances, leads to democratic impotence (why participate), the irrelevance of the system that we have endowed to live together (democracy) and the violence of the vanguards. We must once again claim the value of the democratic social contract (the rights provided by freedoms and the Welfare State), adapted to societies that are less homogeneous and much more complex than those of the sixties of the last century. This also requires new conceptual instruments…

22 pensamientos en “Revoluciones. Cincuenta Años De Rebeldía (1968-2018) — Joaquín Estefanía / Revolutions. Fifty Years of Rebellion (1968-2018) by Joaquín Estefanía (spanish book edition)

  1. ¡Eres una maravilosa persona!
    Y no, no te voy a pegar, sólo siento gratitud por tus palabras tan amables y bonitas. Y te estoy agradecida porque transformas mi gratitud en actitud y ya sabes que la gratitud le da sentido a nuestra vida, nos trae paz y nos da un sentido. Gracias!!
    Te volveré a nominar 🤔… Qué me he acostumbrado a que digan cosas amables sobre mi 😄

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