El Fin Del Primer Mundo — David Lizoain Bennett / The End Of The First World by David Lizoain Bennett (spanish book edition)

Este libro explica las causas del descontento generalizado de las sociedades occidentales hacia la política y una de las consecuencias de él que es el auge electoral de la derecha radical. Reconociendo el autor que el actual modelo económico capitalista no será capaz de frenar la creciente desigualdad en nuestras sociedades, propone como alternativa a la ola iliberal y de sesgo nacionalista una coalición transnacional e inclusiva que aúne las diversas tendencias progresistas. Y que esta coalición apueste por encarar el reto ecológico mediante una “descarbonizacion” de la economía que revierte lo que el autor define como “ecoapartheid”, o el destino de nuestras sociedades si no mitigamos el cambio climático.
Además lo interesante del libro es que propone soluciones y eso es de agradecer.
A partir de 2010, la ortodoxia neoliberal volvió a imponerse, y esta vez con bríos renovados. Se introdujeron recortes en los sistemas de pensiones de casi todos los países europeos (con España en una posición muy destacada), se impusieron las políticas de ajuste en un momento de contracción de la demanda (la famosa “austeridad”) y se desregularon aún más los mercados de trabajo (de nuevo, con España como alumno especialmente aplicado). Los partidos socialdemócratas, lejos de protagonizar la salida de la crisis, han quedado diezmados en casi todos los países, obteniendo sus peores resultados desde la Segunda Guerra Mundial.
La explosión de las burbujas ha dado paso a un panorama de estancamiento económico, sin expectativa de tasas de crecimiento como las que se producían gracias a la especulación financiera e inmobiliaria; la esperanza de que las generaciones futuras vayan a vivir mejor que las precedentes se está desvaneciendo; la desigualdad parece ya una característica intrínseca del sistema; la clase media va menguando, cayendo una parte significativa de sus efectivos hacia posiciones más bajas en la escala social; el Estado de bienestar, tanto por la evolución demográfica como por la presión que introducen las políticas neoliberales, se encuentra en una posición crecientemente precaria; y la vivienda se constituye como fuente última de protección de las personas ante las incertidumbres vitales y económicas, produciéndose una nueva y profunda división social entre propietarios y no propietarios.
Todos estos cambios han generado miedo y ansiedad. Según una de las tesis fuertes del libro, es la pérdida de seguridad económica lo que explica los desarrollos políticos tan desconcertantes a los que estamos asistiendo (la elección de Trump, el Brexit, el auge de partidos xenófobos y chovinistas en casi toda Europa).

La crisis no sirvió para romper el vínculo entre la vivienda y el sector financiero; de hecho, sirvió más bien para intensificarlo. En un contexto de crecimiento débil y tipos de interés bajos, los inversores asustadizos están a la búsqueda de lugares seguros en los que depositar su dinero. Para los especuladores, el sector inmobiliario es un lugar especialmente atractivo en el que colocar sus activos. Se congregan en los centros urbanos dinámicos y contribuyen a que se produzcan subidas de precio que expulsan a las personas del mercado, intensificando así la desigualdad y dejando vacíos una enorme cantidad de pisos.
Al tiempo que los propietarios se van haciendo más ricos y poderosos, se va desarrollando a cámara lenta una crisis de vivienda. El alquiler es caro, comprar una casa lo es aún más y la vivienda social se ha recortado hasta el límite. Los precios aumentan más rápido que los salarios, lo que significa que cada vez más y más personas están sobrecargadas por el alquiler. La afluencia de profesionales ricos y cualificados desplaza a los residentes más pobres y menos cualificados fuera de los centros de la ciudad.
La crisis de acceso a la vivienda es también una crisis de la reproducción de la clase media. La propiedad separa y define cada vez más a unas clases sociales de otras; y lo hace de forma que adquiere un elemento generacional. El hecho de que el aumento de los precios desplace a una generación de jóvenes cada vez más lejos de los centros urbanos es un indicador de que la situación será aún más desigual en el futuro.

El empleo industrial ha caído en todos los países del mundo rico, a pesar de que su producción haya subido. La globalización ha sido un chivo expiatorio oportuno, pero solo sirve para explicar una parte de la historia. La fuente más peligrosa de mano de obra barata no son los extranjeros o los inmigrantes, sino las máquinas. Hacen falta menos manos para realizar la misma cantidad de trabajo; así, en la principal planta de acero de Austria, catorce trabajadores son suficientes para poder producir 500.000 toneladas al año.
Estados Unidos ha pasado de tener a uno de cada cuatro empleados trabajando en la industria manufacturera a tener a uno de cada diez; el sector ha perdido más de siete millones de trabajos desde que alcanzó su punto álgido. Muchos de ellos eran puestos bien remunerados y sindicalizados que permitían a los obreros sin estudios universitarios disfrutar de niveles de prosperidad sin precedentes. Esto mismo sucede cuando el servicio postal o los bancos minoristas…
Las puertas giratorias entre la política y la elite empresarial son una forma más sutil de corrupción. Una vez dejan sus cargos, a menudo los ministros forman parte de lobbys u obtienen puestos en grandes multinacionales, permitiendo de este modo el acceso a sus agendas de contactos a cambio de dinero. Un ejemplo emblemático de esto es el de Goldman Sachs. De esta empresa provienen varios secretarios del Tesoro de Estados Unidos, así como el actual presidente del BCE, Mario Draghi, y a ella se fue a trabajar José Manuel Durão Barroso al finalizar su mandato como presidente de la Comisión Europea. Se calcula que en Bruselas hay aproximadamente un total de 30.000 lobbyists. El 90% de los lobbys europeos representan empresas privadas y se estima que influyen en el 75% de la legislación europea. La corrupción sistémica salpica a todos: aquellos que participan en un sistema cada vez más dominado por los lobbies, la financiación opaca, los oligarcas de la prensa y los políticos venales dispuestos a cumplir sus órdenes se exponen a que se les meta en el mismo saco.
La confianza es un elemento imprescindible para construir un Estado de bienestar.

Los verdaderos ganadores de la nueva economía se concentran en las grandes ciudades. En Londres las finanzas, en San Francisco la tecnología; Toronto, por su parte, se ha ido convirtiendo en la capital minera del mundo. La riqueza fluye hacia las potencias urbanas desde el interior. La ciudad prospera mientras que las regiones circundantes crecen más lentamente, si no se estancan. La España rural se caracteriza por su despoblación, ya que los jóvenes acuden en masa a las grandes ciudades en busca de oportunidades. Cuanto más cerca estés del centro, mejores serán tus posibilidades porque es en las ciudades donde se encuentra la mayor parte de los trabajos de calidad. Parte de lo que se está viviendo se explica por la reacción de esos electores perjudicados o, en el caso de las grandes ciudades, expulsados o excluidos de las mismas.
Las ciudades funcionan como máquinas para el crecimiento porque, gracias a su densidad e interconectividad, reúnen ideas y personas.

Los mercados laborales son mecanismos para reproducir la desigualdad, no para aumentar la libertad. Los gobiernos tienen el poder de disminuir estos efectos porque pueden intervenir para aumentar los salarios mínimos, fortalecer la negociación colectiva y aplicar medidas de predistribución más ambiciosas. Sin embargo, dado el contexto de debilidad sindical, lograr avances salariales y laborales va a estar muy complicado.
Es hora de dejar de fingir que el empleo remunerado es el camino hacia la seguridad económica. No lo es para la mayoría de la gente. Rechazar esta ficción ideológica es el primer paso que se debe dar; el segundo es reaccionar en consecuencia. Es necesario cortar definitivamente el vínculo que relaciona el empleo remunerado con la seguridad económica: el primero nunca será suficiente para garantizar lo segundo. Subir los salarios mínimos sería positivo, pero insuficiente. Se necesitarán, por lo tanto, mecanismos de redistribución más generosos para ayudar a proteger a los trabajadores de las abrumadoras realidades del mercado.

La Unión Europea gasta más dinero por cada vaca que por cada joven parado. El paro juvenil no es muy prioritario y tendrá efectos negativos en el futuro. Deja cicatrices que tardarán mucho tiempo en desaparecer. El desempleo prolongado es malo en el ámbito personal, ya que se asocia a tasas de empleo y salarios más bajos en el futuro, pero también es perjudicial para el conjunto de la economía. Disminuye la producción, estimula la emigración, socava la cohesión social, puede estimular la delincuencia y hace que sea más difícil hacer frente al gasto social (en especial a los costes del envejecimiento); y pese a todo esto, las políticas públicas conservan un sesgo gerontocrático.
Cuando las protecciones son marginales o inexistentes y la mitad de los jóvenes en el mercado laboral no puede encontrar trabajo, se vuelve más fácil despedir a los trabajadores en cualquier momento: no faltan candidatos dispuestos a ocupar su lugar. Esta es una situación muy beneficiosa para esos jefes que buscan tratar a los empleados como usar y tirar.
El Estado de bienestar fue diseñado, en el contexto del baby boom, para una población con una distribución de edad muy diferente. Esto ha llegado a su fin. El envejecimiento del Primer Mundo es un hecho. Japón, donde las ventas de pañales para adultos han superado ya las ventas de pañales para bebés, es el caso paradigmático. Uno de cada cuatro japoneses tiene más de 65 años de edad y uno de cada diecisiete japoneses padece demencia. La población de Europa estará estancada durante las próximas décadas, y ya hay más muertes que nacimientos, una disminución natural. Se espera que la población de cerca de la mitad de los países de la Unión Europea descienda de aquí al 2060. Se nos acerca el mundo sin hijos de se describía en Hijos de los hombres.
El hecho de que el nacionalismo sea tan prevalente no significa que tenga que ser permanente: la grandilocuencia de sus defensores impide ver su debilidad, pero está ahí. Sus orígenes son recientes, su futuro incierto. El gran desafío será crear comunidades sin exaltar la esencia de la nación. Solo de esta conseguirá se podrá irradiar solidaridad hacia afuera, en lugar de replegarse hacia adentro; se logrará hacer frente a realidades complicadas sin verse abrumado por su complejidad y se podrá casar lo local con lo global y con todo lo que está entre medias.
Los problemas más graves de nuestra era tienen causas transnacionales y, por lo tanto, necesitarán soluciones transnacionales. Una coalición progresista del futuro tendrá que ser necesariamente plural. Tendrá que tener en cuenta un abanico de puntos de vista, perspectivas y discriminaciones específicas. Para lograr sus objetivos mínimos, sus ambiciones deberán ser planetarias.

La crisis en Europa ha provocado la erosión de la confianza en las instituciones europeas. Se ha abierto una brecha de confianza entre los países del Norte y los del Sur, que se han visto mucho más afectados por la crisis económica. La Unión Europea está más presente en el discurso público y es menos simpática. En Europa, los que menos confían en los extranjeros son también los que menos confían en la Unión y en sus propios gobiernos. No podemos esperar que una solidaridad que brilla por su ausencia dentro de una comunidad autóctona dada vaya a extenderse más allá de las fronteras de la misma. Aquellos que no tienen fe en sus propios países son menos propensos a apoyar los procesos de construcción europea.
El resultado neto es que la falta de confianza puede generar una falta de bienestar y viceversa. La descomposición de la confianza opera paralelamente a un aumento de la desigualdad. Los altos grados de confianza están vinculados a una baja desigualdad y a mayores niveles de redistribución. Y aunque una mayor redistribución podría aumentar de forma generalizada la confianza social, la falta de confianza dificulta esa redistribución. Esto plantea un dilema. En lugar de ser capaces de lidiar con un mayor sentimiento de vulnerabilidad a través de más solidaridad y más redistribución, lo que gana adeptos son las fórmulas que prometen más protección a través de la exclusión.
El principal obstáculo de cara a encontrar soluciones compartidas es que, de manera recurrente, se niega que la responsabilidad respecto a muchos de nuestros problemas deba ser compartida.
Combinar la descarbonización con la abundancia energética no es ciencia ficción. La fotosíntesis captura solo entre el 0,1% y el 0,5% de toda la energía que llega a la superficie de la Tierra desde el sol. Si se desarrollaran tecnologías que permitieran aprovechar aproximadamente un 10% de esta energía, sería suficiente para satisfacer las necesidades humanas previsibles159. Al menos en lo que respecta al desafío técnico, parece que llevar a cabo la transición no va a ser tan complicado como se pensaba.
Todas las señales apuntan hacia un futuro basado en las energías renovables. En Europa, los precios de las renovables están cayendo. En 2014, en un día de julio especialmente ventoso, Dinamarca fue capaz de satisfacer más del 140% de sus necesidades de electricidad gracias a la energía eólica. Portugal funcionó durante cuatro días consecutivos exclusivamente con energía renovable en mayo de 2016. La planta de carbón de Nanticoke (Ontario), que en su día fue la más grande de América del Norte, se está convirtiendo ahora en una instalación de energía solar. Japón está construyendo la mayor planta solar flotante del mundo y a día de hoy tiene ya menos gasolineras que puntos de recarga para coches eléctricos.
A pesar de todas estas buenas noticias, las transiciones energéticas suelen llevar décadas, y la transición actual no se está llevando a cabo con la urgencia suficiente. Las emisiones no están disminuyendo al ritmo necesario para cumplir con los objetivos acordados. El cambio climático representa el mayor fracaso del mercado en la historia de la humanidad, y el sector privado no lo resolverá por sí solo. La financiación estatal ha sido el motor de una gran cantidad de tecnologías modernas. Provisionalmente, está jugando el mismo papel en el sector de las renovables. Pero una inversión pública masiva en la I+D necesaria para la producción, distribución y almacenamiento de las energías alternativas es el complemento necesario a la correcta fijación del precio del carbono.
El cambio climático necesita de una acción pública a gran escala. La historia proporciona varios casos análogos al respecto. Muchas veces se ha propuesto un Green New Deal (un nuevo Pacto Verde), orientado a combinar la creación de empleo con la transición energética. Del mismo modo, otros solicitan un nuevo Programa Apolo para aprovechar la potencia energética del sol.
La falta de solidaridad externa provoca una falta de solidaridad interna. Una mayor solidaridad externa es, entonces, la condición previa para una mayor solidaridad interna.

Dos posturas fatalistas, e igualmente erróneas, lastran la política contemporánea. La primera dice que no hay alternativa, la segunda que la reforma bajo el capitalismo es imposible. Estas posturas, en realidad, son las dos caras de una misma moneda. Nuestras instituciones no son inamovibles, y la política es lo que determinará en qué tipo de sociedades vamos a acabar viviendo. Lograr un mundo que sea mucho mejor es posible y depende de nuestra acción política. Colectivamente, somos los protagonistas de la trama del guion social.
No será posible tomar medidas si no dejamos antes de creer que carecemos totalmente de poder. El mayor triunfo para los defensores del statu quo es convencer a la gente de que esto es así. Es muy fácil ser cínico acerca de cómo funciona la política, y escéptico respecto a la capacidad de los partidos y del proceso político a la hora de lograr objetivos. Si todos los partidos son iguales (o, peor aún, si son todos unos ladrones) y nunca va a cambiar nada.
El cambio no vendrá si no es de la mano de un compromiso ciudadano con el proceso democrático que sea más profundo y más amplio. Hacen falta mayores niveles de movilización y participación para lograrlo. La democracia no es solo un fin sino también un medio; el objetivo y el método para alcanzarlo. En base a sus intereses creados, los conservadores tratan de convencer a la gente de que la política no importa. Esta es la razón por la cual puede constatarse su tendencia a promover el abstencionismo. Saben que la participación determina los resultados, sobre todo en las urnas.
El síntoma de vivir en un mundo altamente desigual es que no se toman en consideración a los pobres. La democracia es a la vez la expresión formal de la igualdad —el voto de todas las personas vale lo mismo— y el mejor mecanismo para lograr una distribución más justa y limitar el poder de los más ricos. Las prioridades globales se formularían de una manera diferente si nos tomáramos en serio la idea de que cada persona debe contar lo mismo. Respecto a un tema como el cambio climático, la política sería radicalmente diferente si todo el mundo tuviera voto. Si hay un gran problema con la democracia es que todavía no hay suficiente en el mundo. Y, concretamente, que no hay suficientes pobres que voten.
Cualquier proyecto que desee tener éxito debe tener un espíritu modernizador y dirigirse hacia el futuro. No solo tiene que deshacer el daño causado por la crisis más reciente, sino que debe evitar la próxima y mostrar el camino hacia nuevas conquistas sociales. Si no se presenta una alternativa, la derecha radical se aprovechará del vacío y llevará a cabo su proyecto de ecoapartheid.
El cambio es tan necesario como posible.

This book explains the causes of the widespread discontent of Western societies towards politics and one of the consequences of it, which is the electoral boom of the radical right. Recognizing the author that the current capitalist economic model will not be able to stop the growing inequality in our societies, proposes as an alternative to the illiberal wave and nationalist bias a transnational and inclusive coalition that unites the various progressive tendencies. And that this coalition bets to face the ecological challenge by means of a “decarbonization” of the economy that reverts what the author defines as “eco-apartheid”, or the destiny of our societies if we do not mitigate climate change.
Also the interesting thing about the book is that it proposes solutions and that is to be appreciated.
As of 2010, neo-liberal orthodoxy was once again imposed, and this time with renewed vigor. Cuts were introduced in the pension systems of almost all European countries (with Spain in a very prominent position), adjustment policies were imposed at a time of contraction of demand (the famous “austerity”) and were further deregulated labor markets (again, with Spain as a specially applied student). The social democratic parties, far from staging the exit from the crisis, have been decimated in almost all countries, obtaining their worst results since the Second World War.
The explosion of bubbles has given way to a scenario of economic stagnation, with no expectation of growth rates such as those produced by financial and real estate speculation; the hope that future generations will live better than the preceding generations is fading; inequality already seems an intrinsic characteristic of the system; the middle class is decreasing, a significant part of its members falling to lower positions in the social scale; The welfare state, both because of the demographic evolution and because of the pressure introduced by neoliberal policies, finds itself in an increasingly precarious position; and housing is the ultimate source of protection for people in the face of vital and economic uncertainties, producing a new and profound social division between owners and non-owners.
All these changes have generated fear and anxiety. According to one of the strong theses of the book, it is the loss of economic security that explains the so disconcerting political developments we are witnessing (the election of Trump, the Brexit, the rise of xenophobic and chauvinist parties in almost all of Europe).

The crisis did not serve to break the link between housing and the financial sector; in fact, it served rather to intensify it. In a context of weak growth and low interest rates, scary investors are looking for safe places to deposit their money. For speculators, the real estate sector is an especially attractive place to place your assets. They congregate in dynamic urban centers and contribute to price increases that expel people from the market, thus intensifying inequality and leaving a huge amount of flats empty.
As the owners get richer and more powerful, a housing crisis develops in slow motion. Rent is expensive, buying a house is even more expensive and social housing has been cut to the limit. Prices rise faster than wages, which means that more and more people are overburdened by rent. The influx of wealthy and skilled professionals displaces the poorest and least qualified residents outside the city centers.
The crisis of access to housing is also a crisis of the reproduction of the middle class. Property separates and defines more and more social classes from others; and it does so in a way that acquires a generational element. The fact that the increase in prices displaces a generation of young people increasingly away from urban centers is an indicator that the situation will be even more unequal in the future.

Industrial employment has fallen in all the countries of the rich world, although its production has risen. Globalization has been a timely scapegoat, but it only serves to explain a part of the story. The most dangerous source of cheap labor is not foreigners or immigrants, but machines. It takes less hands to do the same amount of work; Thus, in Austria’s main steel plant, fourteen workers are sufficient to produce 500,000 tons per year.
The United States has gone from having one in four employees working in the manufacturing industry to having one in ten; the sector has lost more than seven million jobs since it reached its peak. Many of them were well-paid and unionized positions that allowed workers with no university education to enjoy unprecedented levels of prosperity. The same happens when the postal service or the retail banks …
The revolving doors between politics and the business elite are a more subtle form of corruption. Once they leave their positions, often the ministers are part of lobbies or obtain positions in large multinationals, thus allowing access to their contact agendas in exchange for money. An emblematic example of this is Goldman Sachs. Several secretaries of the Treasury of the United States come from this company, as well as the current president of the ECB, Mario Draghi, and José Manuel Durão Barroso went to work at the end of his term as president of the European Commission. It is estimated that there are approximately 30,000 lobbyists in Brussels. 90% of European lobbies represent private companies and it is estimated that they influence 75% of European legislation. Systemic corruption spreads to everyone: those who participate in a system increasingly dominated by lobbies, opaque financing, the oligarchs of the press and venal politicians willing to comply with their orders are exposed to being put in the same bag .
Trust is an essential element to build a welfare state.

The true winners of the new economy are concentrated in the big cities. In London finance, in San Francisco technology; Toronto, on the other hand, has been becoming the mining capital of the world. Wealth flows to the urban powers from the inside. The city thrives while the surrounding regions grow more slowly, if they do not stagnate. Rural Spain is characterized by its depopulation, as young people flock to large cities in search of opportunities. The closer you are to the center, the better your chances because it is in the cities where most of the quality jobs are located. Part of what is being lived is explained by the reaction of those injured voters or, in the case of large cities, expelled or excluded from them.
Cities function as machines for growth because, thanks to their density and interconnectivity, they gather ideas and people.

Labor markets are mechanisms to reproduce inequality, not to increase freedom. Governments have the power to diminish these effects because they can intervene to increase minimum wages, strengthen collective bargaining and apply more ambitious pre-distribution measures. However, given the context of union weakness, achieving wage and labor advances will be very complicated.
It’s time to stop pretending that paid employment is the path to economic security. It is not for most people. Rejecting this ideological fiction is the first step that must be taken; the second is to react accordingly. It is necessary to definitively cut the link between paid employment and economic security: the first will never be enough to guarantee the second. Raising minimum wages would be positive, but insufficient. Therefore, more generous redistribution mechanisms will be needed to help protect workers from the overwhelming realities of the market.

The European Union spends more money for each cow than for each young unemployed person. Youth unemployment is not a high priority and will have negative effects in the future. It leaves scars that will take a long time to disappear. Prolonged unemployment is bad at the personal level, as it is associated with lower employment and salary rates in the future, but it is also detrimental to the economy as a whole. It reduces production, stimulates emigration, undermines social cohesion, can stimulate crime and makes it more difficult to cope with social spending (especially the costs of aging); and despite all this, public policies retain a gerontocratic bias.
When protections are marginal or non-existent and half of young people in the labor market can not find work, it becomes easier to dismiss workers at any time: there are no shortages of candidates willing to take their place. This is a very beneficial situation for those bosses who seek to treat employees how to use and throw away.
The welfare state was designed, in the context of the baby boom, for a population with a very different age distribution. This has come to an end. The aging of the First World is a fact. Japan, where the sales of diapers for adults have already surpassed the sales of baby diapers, is the paradigmatic case. One in four Japanese is over 65 years old and one in seventeen Japanese people suffer from dementia. The population of Europe will be stagnating for the next decades, and there are already more deaths than births, a natural decrease. It is expected that the population of about half of the countries of the European Union will descend from here to 2060. We are approaching the childless world described in Sons of men.
The fact that nationalism is so prevalent does not mean that it has to be permanent: the grandiloquence of its defenders prevents seeing its weakness, but it is there. Its origins are recent, its future uncertain. The great challenge will be to create communities without exalting the essence of the nation. Only from this will it be possible to radiate solidarity outwards, instead of retreating inwards; you will be able to face complicated realities without being overwhelmed by its complexity and you can marry the local with the global and everything in between.
The most serious problems of our age have transnational causes and, therefore, they will need transnational solutions. A progressive coalition of the future will have to be necessarily plural. It will have to take into account a range of points of view, perspectives and specific discriminations. To achieve its minimum objectives, its ambitions must be planetary.

The crisis in Europe has caused the erosion of confidence in the European institutions. A breach of confidence has been opened between the countries of the North and those of the South, which have been much more affected by the economic crisis. The European Union is more present in public discourse and less sympathetic. In Europe, those who least trust foreigners are also those who least trust the Union and their own governments. We can not expect that a solidarity that shines by its absence within a given autochthonous community will extend beyond the borders of it. Those who have no faith in their own countries are less likely to support the processes of European construction.
The net result is that lack of confidence can generate a lack of well-being and vice versa. The decomposition of trust operates in parallel with an increase in inequality. High levels of confidence are linked to low inequality and higher levels of redistribution. And although greater redistribution could increase social trust widely, lack of confidence hinders this redistribution. This poses a dilemma. Instead of being able to deal with a greater sense of vulnerability through more solidarity and more redistribution, what wins over are the formulas that promise more protection through exclusion.
The main obstacle in the face of finding shared solutions is that, on a recurrent basis, it is denied that responsibility for many of our problems must be shared.
Combining decarbonization with energy abundance is not science fiction. Photosynthesis captures only between 0.1% and 0.5% of all the energy that reaches the surface of the Earth from the sun. If technologies were developed that would allow approximately 10% of this energy to be used, it would be sufficient to satisfy foreseeable human needs159. At least as regards the technical challenge, it seems that carrying out the transition will not be as complicated as previously thought.
All signs point to a future based on renewable energies. In Europe, the prices of renewables are falling. In 2014, on a particularly windy July day, Denmark was able to meet more than 140% of its electricity needs thanks to wind energy. Portugal operated for four consecutive days exclusively with renewable energy in May 2016. The Nanticoke (Ontario) coal plant, once the largest in North America, is now becoming a solar power facility. Japan is building the largest floating solar plant in the world and today has fewer gas stations than charging points for electric cars.
Despite all this good news, energy transitions often take decades, and the current transition is not taking place with sufficient urgency. The emissions are not decreasing at the necessary pace to meet the agreed objectives. Climate change represents the biggest market failure in the history of mankind, and the private sector will not solve it alone164. State funding has been the engine of a lot of modern technologies. Provisionally, it is playing the same role in the renewable sector. But a massive public investment in R & D necessary for the production, distribution and storage of alternative energies is the necessary complement to the correct fixing of the carbon price.
Climate change needs public action on a large scale. History provides several analogous cases in this regard. Many times a Green New Deal (a new Green Pact) has been proposed, aimed at combining job creation with the energy transition. In the same way, others request a new Apollo Program to take advantage of the energetic power of the sun.
The lack of external solidarity causes a lack of internal solidarity. Greater external solidarity is, then, the precondition for greater internal solidarity.

Two fatalistic positions, and equally erroneous, weigh on contemporary politics. The first says there is no alternative, the second that reform under capitalism is impossible. These positions, in fact, are two sides of the same coin. Our institutions are not immovable, and politics is what will determine what kind of societies we will end up living. Achieving a world that is much better is possible and depends on our political action. Collectively, we are the protagonists of the plot of the social script.
It will not be possible to take action if we do not leave before believing that we are totally powerless. The greatest triumph for the defenders of the status quo is to convince people that this is the case. It is very easy to be cynical about how politics works, and skeptical about the ability of parties and the political process to achieve objectives. If all the matches are the same (or, worse, if they are all thieves) and will never change anything.
The change will not come if it is not by the hand of a citizen commitment to the democratic process that is deeper and wider. Greater levels of mobilization and participation are needed to achieve this. Democracy is not only an end but also a means; the objective and the method to achieve it. Based on their vested interests, conservatives try to convince people that politics does not matter. This is the reason why its tendency to promote abstentionism can be verified. They know that participation determines the results, especially at the polls.
The symptom of living in a highly unequal world is that the poor are not taken into consideration. Democracy is both the formal expression of equality – the vote of all people is the same – and the best mechanism to achieve a fairer distribution and limit the power of the richest. Global priorities would be formulated in a different way if we took seriously the idea that each person should have the same. Regarding an issue such as climate change, politics would be radically different if everyone had a vote. If there is a big problem with democracy, there is still not enough in the world. And, specifically, that there are not enough poor people to vote.
Any project that wishes to succeed must have a modernizing spirit and be directed towards the future. Not only does he have to undo the damage caused by the most recent crisis, but he must avoid the next one and show the way to new social conquests. If an alternative is not presented, the radical right will take advantage of the vacuum and carry out its eco-apartheid project.
The change is as necessary as possible.

3 pensamientos en “El Fin Del Primer Mundo — David Lizoain Bennett / The End Of The First World by David Lizoain Bennett (spanish book edition)

  1. Con tu extenso resumen, bien logrado, no queda ganas de comprar el libro. Hoy en día los cambios de tendencias, han variado la política en varios países y su implicación a futuro es incierta. Como siempre, tus apreciaciones de los libros, son de lo mejor como críticos literarios. Un abrazo grande.

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