El Imperio Del Oro Rojo: Una Apasionante Investigación Sobre Las Consecuencias Del Consumo Globalizado — Jean-Baptiste Malet / L’Empire De L’or Rouge : Enquête Mondiale Sur La Tomate D’industrie (The Empire of Red Gold: An Exciting Research on the Consequences of Globalized Consumption) by Jean-Baptiste Malet

Por supuesto, todos sabemos que hay injusticias en el mundo del trabajo en todas las naciones, ¡pero es tan fácil olvidarlo! Por supuesto, todos sabemos que los grandes fideicomisos agroalimentarios nos envenenan. Por supuesto, también sabemos con qué frecuencia los periodistas de investigación tienen el corazón hacia la izquierda … ¡Y sin embargo! Lo que no se conoce, sin duda, y que aprendemos en el libro de JB Malet es que el tomate es un indicador económico, ya través de ella, de alguna manera, un indicador de la salud pública: los niños chinos lamiendo pesticidas, la pequeña africanos que fueron refile lo occidental -gooders no quiere que se acaba que abogan “sin lactosa”, el “gluten” y orgánica (Una vez más, Malet haría bien en hacer una investigación!), Y continúa mordisqueando la pizza del viernes por la noche comprada en el acogedor rincón italiano …
¿Fácil de leer? No, no realmente. Mientras que algunos pasajes son parte de la novela policíaca, otros son bastante fuertes. Pero terminamos cerrando este libro preguntando: ¿cuándo etiquetar con honestidad los alimentos? Básicamente, y para cumplir con uno de los comentarios, yo quiero decir que si nos atrevemos marca en cosméticos: “No probado en animales,” ¿por qué no tenemos el valor para marcar nuestras latas: “¿La cosecha y el acondicionamiento no están garantizados por los niños?”.
Sí, amargo destino de este libro, y aunque algunos ya saben mucho de lo que revela, muchos aprenden, o refrescamos la memoria. El imperio del tomate, o cómo mantenerse en guardia. Una lectura que no deja indiferente.
El periodista Jean-Baptiste Malet ha estado investigando durante varios años la industria del tomate en todo el mundo. Su trabajo es a la vez emocionante y edificante. Esta industria es un resumen perfecto de la globalización a través de un ángulo original: el comercio globalizado y las relaciones Norte-Sur a menudo han sido estudiados a través de la electrónica y textiles, nunca a través de un producto de consumo de alimentos como el tomate! El autor conoció a algunos de los magnates de la industria (China, Italia y Estados Unidos) y visitados partes fábricas de las cuales le fueron prohibidos (entendemos por qué …). Al final, se reveló prácticas terribles concentrados de tomate totalmente obsoletos enviados a África, campamentos de inmigrantes ilegales en Italia que testifican en la UE de mantener una esclavitud moderna, donde las autoridades hacen la vista gorda … Bien hecho para la encuesta y el consumidor es muy cuidadoso con lo que compra.

Cofco Tunhe es la primera compañía procesadora de tomates de industria en China. Y la segunda del sector a nivel mundial. Cofco, acrónimo de China National Cereals, Oils and Foodstuffs Corporation, figura en la lista Global 500 de la revista Fortune entre las multinacionales más poderosas del planeta por su facturación. Ese gigantesco conglomerado chino reúne bajo su nombre a un gran número de entidades creadas en la época de Mao Zedong, cuando Cofco era la única empresa estatal china autorizada a importar y exportar productos agrícolas. Tunhe es una filial de Cofco especializada en el azúcar y el tomate de industria. La empresa posee quince fábricas procesadoras del tomate: cuatro se hallan en Mongolia Interior y once en Xinjiang, siete en el norte de la región autónoma y cuatro en el sur. Cofco Tunhe abastece de concentrado de tomate a las multinacionales agroindustriales más importantes, como Kraft Heinz, Unilever, Nestlé, Campbell Soup, Kagome, Del Monte, PepsiCo o el grupo americano McCormick, líder mundial de las especias y propietario en Europa de las marcas Ducros y Vahiné. Cada año, Cofco Tunhe también produce 700.000 toneladas de azúcar, compradas en parte por Coca-Cola, Kraft Heinz, Mars Food y Mitsubishi así como por el gigante chino de la leche Mengniu Dairy, cuyos principales accionistas son Cofco y Danone. Cofco Tunhe es, además, uno de los mayores productores del mundo de puré de albaricoque.
El gigante chino procesa anualmente 1,8 millones de toneladas de tomates frescos para producir 250.000 toneladas de concentrado de tomate, es decir, un tercio de la producción china. Obtenido a partir de los frutos recogidos en miles de campos de Xinjiang plantados de tomates, como el de Wusu, el concentrado de tomate Cofco es una verdadera materia prima, que se exporta a más de ochenta países.
En la actualidad Heinz Seeds es el número uno mundial en semillas de tomate de industria, por delante de los gigantes del sector, como HM Clause, del grupo Limagrain, cuarto semillista mundial, o Bayer Crop Sciences, filial del grupo químico y farmacéutico Bayer, número uno mundial de la industria de las semillas, que fue comprado por la compañía Monsanto en noviembre de 2016 por 66.000 millones de dólares. Ciertas variedades híbridas, los tomates Heinz, que no son organismos genéticamente modificados, entran en la composición de muchos productos alimentarios que se consumen a diario en todo el planeta. Productos que no son de la marca Heinz. Las variedades de tomates de industria Heinz son cultivadas por el sector a escala mundial, en todos los continentes.

Si los tomates de los supermercados están cargados de agua —un agua que pesa lo suyo—, los tomates de industria contienen la menor cantidad posible. No son jugosos, al contrario. En la fábrica, todo el trabajo de procesado consiste en llevar a cabo su evaporación para lograr una pasta muy densa. Un tomate de supermercado, tanto si procede de un invernadero como de un campo, no es apto para producir concentrado de tomate según los estándares industriales vigentes. Si bien en el siglo XX ha habido conserveras que han procesado excedentes de tomates destinados inicialmente al mercado de verduras frescas para no desperdiciarlos, esta práctica es rarísima hoy en día.
Procesar tomate en concentrado según los estándares del sector mundial implica cultivar variedades de tomates industriales que estén adaptadas a las máquinas de las fábricas y, al mismo tiempo, adaptar estas últimas a los tomates industriales. A partir de unas variedades de tomates seleccionadas, las máquinas de procesado fabrican unas pastas que serían totalmente imposibles de obtener en una cocina doméstica. El agua de los tomates se extrae mediante potentes evaporadores a presión y a una temperatura inferior a 100 °C, de manera que los tomates no se cuezan, el azúcar que contienen no se caramelice y, por tanto, el producto no se queme ni se degrade, evitando así que su color se altere, es decir, que tire a marrón. El procesado industrial tiende a preservar al máximo las cualidades del fruto. Al menos este es, en teoría, el procedimiento óptimo aplicado para obtener un concentrado de buena calidad.

Heinz Company se hace famosa en el mundo de los negocios por ser una empresa que no ha conocido ni una sola huelga, incluso en un periodo de mucha agitación social.
Sobre el concentrado chino únicamente efectuamos controles de tipo sanitario —me explica el agente de aduanas antifraude del puerto de Salerno, Emiliano Granato—. El concentrado de tomate no es una mercancía que consideremos de riesgo. Por tanto, no se controla mucho.
Por control sanitario se entiende sin duda que las aduanas italianas exigen que el concentrado sea apto para el consumo humano.
Cuando no cumple los estándares de higiene, la mercancía no se destruye —añade el agente—. Por regla general, se devuelve a China.
No conforme desde el punto de vista higiénico y no destruida, la mercancía es devuelta al exportador, que si quiere podrá reexpedirla a otra parte, hacia otro puerto del planeta, uno menos quisquilloso. A un puerto africano, por ejemplo. Esta práctica desgraciadamente no es excepcional, pues hay agentes del tomate de industria que tienen la desagradable tendencia, como otros agentes de la economía mundial, a considerar el continente africano como un gran basurero. Porque a África no solo van a parar los productos rechazados por la aduana italiana: según Sophie Colvine, secretaria general del Consejo Mundial del Tomate de Industria (WPTC), que federa a todo el sector a escala mundial, «cuando ciertos agentes del sector tienen stocks demasiado importantes de concentrado y empiezan a caducar, algunos empresarios poco escrupulosos los venden en África».
En el mercado mundial, un lote de concentrado que no cumpla las normas sanitarias de un país siempre puede saldarse en otra parte, viajar a un país más acogedor, donde la reglamentación sea más flexible o pueda soslayarse más fácilmente por falta de controles a causa de la corrupción. Esos lotes podridos se venden primero a precio de saldo y luego son reelaborados en alguna fábrica a bajo coste y revendidos.
Todos los profesionales del sector son unánimes en lo que a África se refiere: allí el mercado solo es una cuestión de precio, la calidad no es un criterio. El concentrado más barato es el más demandado y, tarde o temprano, cualquier lote de mala calidad encontrará comprador… Es esencialmente en África donde se vende lo que en el sector mundial llaman black ink: «la tinta negra», la peor calidad que existe, pero sobre todo la pasta más barata del mercado. Un concentrado tan viejo, tan oxidado y tan podrido que ha perdido el color rojo. Es negro, como su nombre indica. Para vender toneles de tinta negra, algunos optan a veces por mezclar el concentrado podrido con lotes más coloreados, de mejor calidad, pero esta práctica es poco frecuente. Porque el método más común es cortarlo con ingredientes más baratos que el concentrado de tomate, como el almidón o la fibra de soja, y añadirle después colorantes rojos para darle apariencia de frescura…

Una mano de obra casi gratuita. La llegada al mercado mundial de un concentrado chino ultracompetitivo. Unos industriales italianos corruptos que funcionan como un cartel. Unos napolitanos ávidos de pasta de tomate a precios irrisorios. Unos políticos chinos afanosos por industrializar Xinjiang, por poner en valor el territorio y llenarse los bolsillos. Una demanda mundial de tomate de industria que aumenta un 3 % cada año. Unos constructores de fábricas decididos a vender muchos equipamientos… Todos los ingredientes conspiraban para acelerar el mecanismo, para que el sector chino conociera un ascenso fulgurante; que China sobreprodujera, que se sobreequipara masivamente con fábricas. Y eso fue exactamente lo que pasó.
Kissinger se pone al servicio de Heinz. Organiza la llegada de la multinacional a China. Al año siguiente, en 1984, Heinz firma un acuerdo de joint venture con una fábrica china en la provincia de Guangdong para producir alimentos destinados a bebés. El trato se cierra en solo siete meses. La fábrica se inaugura en junio de 1986 con gran pompa, asisten funcionarios del Partido Comunista de China y directivos de la multinacional norteamericana: las fotos del acontecimiento muestran a Henry John Jack Heinz II, nieto del fundador de Heinz Company, y a Tony O’Reilly, su sucesor, rodeados para la ocasión de una multitud de niños chinos agitando globos con el logotipo de Heinz Company. La población local, por su parte, lleva ese día uniformes maoístas y sombreros con la marca Heinz.
Al cabo de dos años, la fábrica ha doblado su tamaño. Heinz es la primera multinacional occidental que emite anuncios en la televisión china; también es la primera empresa que se lanza a vender y distribuir alimentos etiquetados con la marca de un país capitalista. A partir de 1990, es decir, menos de un año después de la represión de las manifestaciones en la plaza Tiananmén, Heinz comercializa sus productos.

Diferentes calidades, un repertorio variado de discursos, una paleta de falsas calidades:
• Calidad D: «Ponemos banderas italianas en nuestras latas para recordar que Italia es el país del tomate».
• Calidad C: «Nuestra calidad es una de las mejores del mercado. ¿Una degustación?».
• Calidad B: «Mire. (Abren una lata.) ¿Ve qué color tan bonito tiene el concentrado? (Es oscuro.) Así es como le gusta a la gente en África».
• Calidad A: «No hay nada ilegal en el hecho de añadir almidón o soja. No, no figura en la etiqueta. Pero no es nada grave. Todo el mundo lo hace».
Entre los representantes de las conserveras chinas, trabo conocimiento con un comercial gastrónomo:
—Algunos prefieren que añadamos almidón; otros, soja o zanahoria en polvo. Nosotros nos adaptamos a los gustos de los consumidores africanos.
También me topo con un proveedor prudente:
—Cuando empezamos a hacer negocios con alguien, al principio solo le proponemos la calidad A para asegurarnos de que todo va sobre ruedas. Si solo compra algunos contenedores, no podré hacerle ofertas interesantes. En cambio después, cuando ya hay confianza, o si sus pedidos son mayores, podemos encontrar soluciones para bajar los precios, añadiendo almidón…
Además, está el comercial pragmático:
—No, realmente es inútil que le dé una muestra de la calidad A para Gabón. Mejor es que tome este.
La calidad A tal vez sea la mejor, aunque ningún proveedor chino afirma que sea pura. «Los controles del puerto de Cantón son más estrictos que en Tianjin o en Shanghái», me informa un comercial que presume de honradez: sus latas solo contienen, según él, un 5 % de almidón. ¿Es verdad? ¿Es mentira?.

En 2015, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de un millón de inmigrantes llegaron a Europa por vía marítima. En 2016, el número total de personas que alcanzaron las costas europeas por mar se redujo a un tercio de esa cifra. Esta reducción se explica en parte por el acuerdo firmado entre Turquía y la Unión Europea en marzo de 2016, un acuerdo destinado a impedir la llegada de refugiados sirios a las costas griegas en el cual se prevé que la UE abone a Turquía 6.000 millones de euros hasta junio de 2018.
El número de refugiados africanos que han desembarcado en Italia, sin embargo, ha permanecido estable, y tanto en 2015 como en 2016 fue de 150.000 personas al año. La ruta del Mediterráneo central, entre Libia e Italia, la más peligrosa de todas, representa ahora casi la mitad de las travesías: 3.771 inmigrantes murieron en el Mediterráneo en 2015, y más de 5.000 al año siguiente.
Pero se habla poco del contexto económico global de ese fenómeno: el de una guerra económica desatada en toda la superficie del globo, inherente a la naturaleza capitalista de la economía mundial. En efecto, muchos de los 300.000 africanos llegados a Italia durante los años 2015 y 2016 trabajaban en África antes de venir a Europa, especialmente en las superficies agrícolas del continente. Ahora trabajan en Europa.
Actualmente, detrás de muchos productos comercializados por la gran distribución europea, tanto si es una botella de aceite de oliva, una botella de refresco con sabor a naranja, una fruta, una verdura, un producto biológico o con denominación de origen controlada made in Italy, con frecuencia se esconde la explotación ilegal de centenares de miles de trabajadores, italianos o extranjeros. El principio de esa explotación es el caporalato: el trabajo está dirigido y organizado por unos caporali, unos gestores de mano de obra ilegal conectados con las amplias redes criminales de la agromafia. Esta mecánica de explotación combatida por los sindicatos es muy conocida en Italia. El caporalato afecta a toda la agricultura italiana, incluida la del norte del país. Es objeto de una abundante cobertura mediática y hasta se debate en la Cámara de los Diputados, donde se votan leyes contra el caporalato. Sin embargo, el sistema perdura.
El sur de Italia realiza el 77 % de las exportaciones mundiales de conservas de tomate. Muy a su pesar, esas conservas se han convertido en el emblema del caporalato.
Cualquiera que sea su nacionalidad, los africanos que llegan a Italia trabajan. Son acogidos, aunque proletarizados. Miles de ellos viven en barrios de chabolas que en Italia se denominan comúnmente guetos. Esos lugares aislados del resto de la población están, sin embargo, conectados con la economía global.
Como en todo fenómeno complejo dentro del capitalismo globalizado, el caporalato tiene sus raíces en un marco económico e institucional global. Ese fenómeno de explotación de los trabajadores, ese resurgir de la esclavitud, no es más que la consecuencia de unas ideas liberales en acción: las ideas según las cuales el Estado debe hacerse a un lado para «dejar hacer, dejar pasar».
La historia recuerda hasta qué punto la esclavitud es compatible con el liberalismo: la trata de seres humanos nunca fue tan boyante como entre los siglos XVI y XVIII, un periodo durante el cual los teóricos de la libertad reinventaron gracias al dinero nuevas aristocracias, que todavía hoy constituyen el armazón ideológico del capitalismo globalizado.
Hoy, en la agricultura del sur de Italia, la libertad solo beneficia a la voluntad particular de intereses privados. En otros términos, a la arbitrariedad. La existencia de innumerables guetos dentro de la Unión Europea, y la impunidad con la que los caporali circulan por las carreteras para explotar a los trabajadores, sembrar el terror y, en ocasiones, asesinar a los bracianti africanos que reclaman lo que se les debe, no son más que sus ilustraciones más llamativas.

Of course, we all know that there are injustices in the world of work in all nations, but it is so easy to forget! Of course, we all know that the big agri-food trusts poison us. Of course, we also know how often investigative journalists have their hearts to the left … And yet! What is not known, without a doubt, and that we learn in JB Malet’s book is that the tomato is an economic indicator, and through it, in some way, an indicator of public health: Chinese children licking pesticides, the Small Africans who were refile the western -gooders do not want to end up advocating “lactose-free,” the “gluten” and organic (Once again, Malet would do well to do some research!), and continues to nibble at Friday’s pizza by the night bought in the cozy Italian corner …
Easy to read? No, not really. While some passages are part of the detective novel, others are quite strong. But we end up closing this book asking: when to label food honestly? Basically, and to fulfill one of the comments, I want to say that if we dare brand in cosmetics: “Not tested on animals,” why do not we have the courage to mark our cans: “Harvesting and conditioning are not guaranteed for children “?
Yes, bitter destiny of this book, and although some already know much of what it reveals, many learn, or refresh the memory! The empire of the tomato, or how to stay on guard! A reading that does not leave indifferent.
The journalist Jean-Baptiste Malet has been researching the tomato industry all over the world for several years. Your work is both exciting and uplifting. This industry is a perfect summary of globalization through an original angle: globalized trade and North-South relations have often been studied through electronics and textiles, never through a product of food consumption such as tomato! The author met some of the magnates of the industry (China, Italy and the United States) and visited factories parts of which he was banned (we understand why …). In the end, it was revealed terrible practices of totally obsolete tomato concentrates sent to Africa, camps of illegal immigrants in Italy that testify in the EU to maintain a modern slavery, where the authorities turn a blind eye … Well done for the survey and the The consumer is very careful with what he buys.

Cofco Tunhe is the first industry tomato processing company in China. And the second of the sector worldwide. Cofco, acronym for China National Cereals, Oils and Foodstuffs Corporation, is included in Fortune magazine’s Global 500 list among the most powerful multinationals on the planet due to its turnover. That giant Chinese conglomerate gathers under its name a large number of entities created in the time of Mao Zedong, when Cofco was the only Chinese state company authorized to import and export agricultural products. Tunhe is a subsidiary of Cofco specialized in sugar and tomato industry. The company owns fifteen tomato processing factories: four are in Inner Mongolia and eleven in Xinjiang, seven in the north of the autonomous region and four in the south. Cofco Tunhe supplies tomato concentrate to the most important agroindustrial multinationals, such as Kraft Heinz, Unilever, Nestlé, Campbell Soup, Kagome, Del Monte, PepsiCo or the American group McCormick, world leader in spices and European owner of Ducros brands and Vahiné. Each year, Cofco Tunhe also produces 700,000 tonnes of sugar, bought in part by Coca-Cola, Kraft Heinz, Mars Food and Mitsubishi as well as by Chinese milk giant Mengniu Dairy, whose main shareholders are Cofco and Danone. Cofco Tunhe is also one of the world’s largest producers of apricot puree.
The Chinese giant annually processes 1.8 million tons of fresh tomatoes to produce 250,000 tons of tomato concentrate, that is, one third of Chinese production. Obtained from the fruits collected in thousands of fields of Xinjiang planted with tomatoes, such as Wusu, Cofco tomato concentrate is a real raw material, which is exported to more than eighty countries.
At present Heinz Seeds is the world number one in seeds of tomato of industry, ahead of the giants of the sector, like HM Clause, of the group Limagrain, fourth semillista world, or Bayer Crop Sciences, subsidiary of the chemical group and pharmacist Bayer, world number one seed industry, which was bought by the company Monsanto in November 2016 for 66,000 million dollars. Certain hybrid varieties, Heinz tomatoes, which are not genetically modified organisms, are part of the composition of many food products that are consumed daily throughout the planet. Products that are not of the Heinz brand. Heinz industry tomato varieties are grown by the sector on a global scale, on all continents.

If the tomatoes in the supermarkets are loaded with water – a water that weighs its own -, the tomatoes of industry contain the lowest possible quantity. They are not juicy, on the contrary. In the factory, all the work of processing consists in carrying out its evaporation to achieve a very dense paste. A supermarket tomato, whether it comes from a greenhouse or a field, is not suitable to produce tomato concentrate according to current industry standards. Although in the twentieth century there have been canneries that have processed surplus tomatoes initially intended for the market of fresh vegetables so as not to waste them, this practice is very rare nowadays.
Processing tomato in concentrate according to the standards of the world sector involves cultivating varieties of industrial tomatoes that are adapted to the machines of the factories and, at the same time, adapt the latter to industrial tomatoes. From selected varieties of tomatoes, the processing machines make pastas that would be totally impossible to obtain in a domestic kitchen. The water of the tomatoes is extracted by means of powerful evaporators under pressure and at a temperature lower than 100 ° C, so that the tomatoes are not cooked, the sugar they contain does not caramelize and, therefore, the product does not burn or degrade , thus avoiding that its color is altered, that is to say, that it throws to brown. The industrial processing tends to preserve the maximum qualities of the fruit. At least this is, in theory, the optimal procedure applied to obtain a good quality concentrate.

Heinz Company is famous in the business world for being a company that has not known a single strike, even in a period of great social upheaval.
We only carry out sanitary controls on the Chinese concentrate, “explains the antifraud customs agent of the port of Salerno, Emiliano Granato. Tomato concentrate is not a commodity that we consider to be risky. Therefore, it is not controlled much.
By sanitary control it is undoubtedly understood that Italian customs require that the concentrate be fit for human consumption.
When it does not meet hygiene standards, the goods are not destroyed, “the agent adds. As a rule, it is returned to China.
Not conformed from the hygienic point of view and not destroyed, the merchandise is returned to the exporter, who if he wants, can send it to another party, to another port of the planet, a less fussy one. To an African port, for example. This practice is unfortunately not exceptional, because there are industry tomato agents who have the unpleasant tendency, like other agents of the world economy, to consider the African continent as a great dump. Because not only the products rejected by Italian customs go to stop in Africa: according to Sophie Colvine, general secretary of the World Tomato Industry Council (WPTC), which federates the entire sector worldwide, “when certain agents of the sector have too important stocks of concentrate and they begin to expire, some unscrupulous entrepreneurs sell them in Africa ».
In the world market, a batch of concentrate that does not meet the sanitary standards of a country can always be settled elsewhere, travel to a more welcoming country, where regulation is more flexible or can be more easily avoided due to lack of controls because of the corruption. Those rotten lots are sold first at the price of balance and then reworked in a factory at low cost and resold.
All professionals in the sector are unanimous in what Africa is concerned: there the market is only a question of price, quality is not a criterion. The cheapest concentrate is the most demanded and, sooner or later, any batch of poor quality will find a buyer … It is essentially in Africa where what in the global sector is called black ink is sold: «the black ink», the worst quality that exists, but especially the cheapest pasta on the market. A concentrate so old, so rusty and rotten that it has lost its red color. It is black, as the name suggests. To sell barrels of black ink, some sometimes choose to mix the rotten concentrate with more colored, better quality batches, but this practice is rare. Because the most common method is to cut it with ingredients cheaper than tomato concentrate, such as starch or soy fiber, and then add red dyes to give it the appearance of freshness…

An almost free labor force. The arrival on the world market of an ultracompetitive Chinese concentrate. Some corrupt Italian industrialists that function like a cartel. Neapolitans hungry for tomato paste at ridiculous prices. Chinese politicians eager to industrialize Xinjiang, to put in value the territory and fill their pockets. A worldwide demand for tomato industry that increases 3% every year. Factory builders determined to sell many equipment … All the ingredients conspired to accelerate the mechanism, so that the Chinese sector knew a brilliant rise; that China overproduced, that it overcame massively with factories. And that was exactly what happened.
Kissinger puts himself at the service of Heinz. Organize the arrival of the multinational to China. The following year, in 1984, Heinz signs a joint venture agreement with a Chinese factory in Guangdong province to produce food for babies. The deal closes in just seven months. The factory opened in June 1986 with great pomp, attended by officials of the Communist Party of China and directors of the North American multinational: photos of the event show Henry John Jack Heinz II, grandson of the founder of Heinz Company, and Tony O’Reilly , his successor, surrounded for the occasion of a crowd of Chinese children waving balloons with the Heinz Company logo. The local population, on the other hand, is wearing Maoist uniforms and hats with the Heinz brand that day.
After two years, the factory has doubled in size. Heinz is the first Western multinational that broadcasts advertisements on Chinese television; It is also the first company that launches to sell and distribute food labeled with the brand of a capitalist country. Since 1990, that is, less than a year after the repression of demonstrations in Tiananmen Square, Heinz markets its products.

Different qualities, a varied repertoire of discourses, a palette of false qualities:
• Quality D: «We put Italian flags in our cans to remember that Italy is the tomato country».
• Quality C: «Our quality is one of the best in the market. A tasting? ».
• Quality B: «Look. (They open a can.) See what a pretty color the concentrate has? (It’s dark.) This is how people in Africa like it. ”
• Quality A: “There is nothing illegal in adding starch or soy. No, it does not appear on the label. But it’s nothing serious. Everybody does it”.
Among the representatives of the Chinese canneries, I bring knowledge with a gourmet commercial:
-Some prefer that we add starch; others, soy or carrot powder. We adapt to the tastes of African consumers.
I also run into a prudent provider:
-When we start doing business with someone, at first we only propose quality A to make sure everything goes smoothly. If you only buy some containers, I will not be able to make you interesting offers. However, afterwards, when there is already confidence, or if their orders are greater, we can find solutions to lower prices, adding starch …
In addition, there is the pragmatic commercial:
-No, it is really useless to give you a sample of quality A for Gabon. It is better that I take this one.
Quality A may be the best, although no Chinese supplier claims it to be pure. “The controls of the port of Canton are stricter than in Tianjin or Shanghai,” a commercial tells me that boasts of honesty: your cans only contain, according to him, 5% starch. It is true? Is a lie?.

In 2015, according to the United Nations High Commissioner for Refugees (UNHCR), more than one million immigrants arrived in Europe by sea. In 2016, the total number of people who reached the European coasts by sea was reduced to one third of that figure. This reduction is partly explained by the agreement signed between Turkey and the European Union in March 2016, an agreement aimed at preventing the arrival of Syrian refugees to Greek coasts in which the EU is expected to pay Turkey 6 billion euros until June 2018.
The number of African refugees who have landed in Italy, however, has remained stable, and in both 2015 and 2016 was 150,000 people per year. The central Mediterranean route, between Libya and Italy, the most dangerous of all, now represents almost half of the crossings: 3,771 immigrants died in the Mediterranean in 2015, and more than 5,000 the following year.
But little is said about the global economic context of this phenomenon: that of an economic war unleashed on the entire surface of the globe, inherent in the capitalist nature of the world economy. Indeed, many of the 300,000 Africans who arrived in Italy during the years 2015 and 2016 worked in Africa before coming to Europe, especially in the agricultural areas of the continent. Now they work in Europe.
Currently, behind many products marketed by the large European distribution, whether it is a bottle of olive oil, a bottle of orange-flavored soft drink, a fruit, a vegetable, a biological product or with a controlled designation of origin made in Italy The illegal exploitation of hundreds of thousands of workers, Italians or foreigners, is often hidden. The principle of this exploitation is the caporalato: the work is directed and organized by some caporali, managers of illegal labor connected with the extensive criminal networks of the agromafia. This mechanism of exploitation fought by the unions is well known in Italy. Caporalato affects all Italian agriculture, including that of the north of the country. It is subject to an abundant media coverage and is even discussed in the Chamber of Deputies, where laws against the caporalato are voted. However, the system lasts.
Southern Italy makes 77% of world exports of canned tomatoes. Much to their dismay, these preserves have become the emblem of caporalato.
Whatever their nationality, Africans who come to Italy work. They are welcomed, although proletarianized. Thousands of them live in slums that in Italy are commonly called ghettos. Those places isolated from the rest of the population are, however, connected to the global economy.
As in any complex phenomenon within globalized capitalism, the caporalato has its roots in a global economic and institutional framework. This phenomenon of exploitation of the workers, that resurgence of slavery, is nothing more than the consequence of liberal ideas in action: the ideas according to which the State must step aside to “let go, let go.”
History reminds us of the extent to which slavery is compatible with liberalism: trafficking in human beings was never as buoyant as it was between the 16th and 18th centuries, a period during which freedom theorists reinvented new aristocracies thanks to money. today they constitute the ideological framework of globalized capitalism.
Today, in agriculture in southern Italy, freedom only benefits the private will of private interests. In other words, to arbitrariness. The existence of innumerable ghettos within the European Union, and the impunity with which the caporali circulate on the roads to exploit the workers, sow terror and, on occasion, kill African bracianti who demand what they are owed, they are nothing but their most striking illustrations.

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