La Huida De Las Ratas. Cómo Escaparon De Europa Los Criminales De Guerra Nazis — Eric Frattini / The Flight Of The Rats. How They Escaped From Europe The Nazi War Criminals by Eric Frattini (spanish book edition)

Muy buen libro, como todos los de este autor que comento en mi blog. El Holocausto supuso la persecución sistemática y el asesinato en masa de seis millones de judíos, pero también de gitanos sinti y roma, homosexuales, comunistas, liberales, conservadores, socialdemócratas, polacos, discapacitados, masones, testigos de Jehová y, así, un largo etcétera. Es decir, todos aquellos a quienes la Alemania nazi veía como ciudadanos de tercera en una Europa conquistada y diseñada para convertirse en lo que los altos líderes del Tercer Reich denominarían el «Reich de los Mil Años».
Aunque no se haya descubierto ningún documento firmado por Hitler en el que diera orden expresa de iniciar el Holocausto, no cabe duda de que este no habría sido posible sin el conocimiento del propio Hitler ni la complicidad del nacionalsocialismo.
Durante la Segunda Guerra Mundial fueron asesinadas en Europa más de 55 millones de personas, entre civiles y militares. Tras la caída de Alemania y la desintegración del Tercer Reich los responsables de aquellas atrocidades tuvieron que rendir cuentas. Sin embargo, muchos de los verdugos consiguieron huir a través de la conocida como Ruta de las Ratas: Klaus Barbie, el carnicero de Lyon; Gerhard Bohne, que gaseó a 62.000 minusválidos al amparo del programa Aktion T4; Kurt Christmann, jefe del Einsatzgruppen D, uno de los escuadrones de ejecución itinerantes de la SS;Adolf Eichmann, arquitecto de la Solución Final; Hans Fischbock, que se ocupó de las expropiaciones de propiedades judías en Austria y Holanda; Albert Ganzenmüller, subsecretario de Estado del Ministerio de Transportes del Reich y responsable de las deportaciones de alemanes; Fridolin Guth, antiguo miembro de la policía política alemana en Francia; Hans Hefelmann, médico y responsable del asesinato de miles de niños deficientes mentales; Josef Janko; miembro de la Waffen-SS en Yugoslavia; Karl Otto Klingenfuss, involucrado en la deportación de judíos en Italia, Croacia y Bulgaria; Eckard R. Krahmer, general de la Luftwaffe; Walter Kutschmann, que ordenó el fusilamiento de 36 profesores y 1.500 intelectuales polacos en Lwów; Fritz Lantschner, responsable de la incautación de bienes judíos en Alemania; Gerhard Lausegger, oficial de la SS; Josef Mengele, el «Ángel de la Muerte», que actuó en el campo de Auschwitz…
La mayoría de los nazis eligieron para su huida el Pasillo Vaticano. Generalmente pasaban por instituciones religiosas de Milán o Roma, desde donde daban el salto a Génova y, desde ahí, partían en barco hacia un puerto seguro en Sudamérica u Oriente Medio. El papel de algunos religiosos como cómplices de las fugas debe analizarse desde un punto de vista más ideológico que técnico.
Aunque muchos de ellos consiguieron encontrar refugio seguro en países como Argentina, Chile, Bolivia, Siria o Egipto, la decisión del Bundestag, en 1965, de prorrogar la prescripción de los crímenes nacionalsocialistas acabó con los sueños de muchos de sus responsables de poder regresar algún día a su patria. Después de todo, la vigencia de la prescripción se basaba en la presunción del Derecho Penal alemán de que al cabo de veinte años apenas había manera de reconstruir un hecho delictivo. Está claro que los alemanes, verdugos y testigos, no contaban con toda la documentación probatoria recabada por las unidades aliadas, ni con la reveladora presencia de las instalaciones que aún quedaban en pie en lugares como Dachau, Bergen-Belsen, Birkenau, Majdanek, Treblinka o Auschwitz, ni con los miles de supervivientes que pudieron prestar declaración de los horrores de los que fueron testigos. Para muchos, era hora de que los ciudadanos alemanes fueran juzgados por lo que permitieron que se llevara a cabo.

Hay indicios de que Martin Bormann, el poderoso secretario del Führer, organizó a finales de 1943 una operación llamada Hacke (‘piqueta’ o ‘azada’ en alemán). Aparece mencionada en un informe de la CIA, fechado el 5 de enero de 1960. Se trataba de un plan secreto conocido tan solo por 35 líderes nazis, entre ellos Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, Albert Förster, Gauleiter de Danzing y Ernst Kaltenbrunner; ni siquiera Hitler o Himmler estaban al corriente del mismo. El propósito de Piqueta era preparar las posibles rutas de huida para los líderes nazis ante la ya inevitable derrota de Alemania. Bormann creía firmemente en la necesidad de salvaguardar los brillantes activos del Partido Nazi con el fin de reu­tilizarlos para un futuro Cuarto Reich. Se establecieron bases nazis en España, Portugal, Argentina e Italia. En 1944 Piqueta controlaba ya cerca de cinco millones de dólares de la época, en su mayor parte robados a las víctimas de los campos de exterminio.
Existiera o no Piqueta, lo cierto es que Bormann estaba ya planeando el periodo de postguerra.
Este dinero sería utilizado para financiar no solo las rutas de evasión de los criminales de guerra nazis, sino también para ayudarles a iniciar una nueva vida en refugios seguros como Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Siria o Egipto.
Así se iniciaría la leyenda de la organización ODESSA (Organización de Antiguos Miembros de la SS). El término ODESSA apareció por primera vez en un memorando, fechado el 3 de julio de 1946, del Cuerpo de Contrainteligencia (CIC) estadounidense, cuya función principal era localizar posibles criminales de guerra entre los miles de personas desplazadas al final de la contienda. El CIC descubrió que el nombre de ODESSA se había usado en el campo de prisioneros de guerra KZ Bensheim-Auerbach como contraseña entre los prisioneros de la SS, en sus intentos de obtener privilegios especiales de la Cruz Roja. Las organizaciones de inteligencia de Estados Unidos o Gran Bretaña jamás pudieron confirmar la existencia real de una organización conocida como ODESSA destinada a facilitar la huida de criminales de guerra nazis de la justicia aliada. La supuesta organización nazi popularizada por el escritor Frederick Forsyth en su novela Odessa —publicada en 1972—, es tan solo eso: una ficción.

La llamada «muerte por compasión» surgió en el corazón de la Alemania nazi en un estado que obligaba a la sumisión absoluta y a la aceptación incondicional de las normas institucionales impuestas por el nacionalsocialismo. En octubre de 1939 Adolf Hitler firmó la siguiente nota: «El Reichsführer [Philip] Bouhler y el doctor [Karl] Brandt se encargarán de autorizar a determinados médicos, designados nominalmente, para que ayuden a que los pacientes que, según el juicio humano, se consideren incurables puedan disfrutar de una muerte piadosa después de un diagnóstico». Estas palabras del Führer autorizaban el programa de eliminación sistemática de los denominados lebensunwertes Leben (literalmente ‘vidas indignas de la vida’) que se llevó a cabo oficialmente entre 1939 y 1941, y que continuó, extraoficialmente, hasta el final de la guerra. Hombres, mujeres y niños alemanes y austríacos, que presentaban alguna discapacidad física o psíquica, pasaron a ser considerados oficialmente una carga económica y una tara para la «integridad racial» del Tercer Reich y debían desaparecer. Este programa secreto de eutanasia recibió el nombre de Aktion T4 por la dirección donde se ubicaban los cuarteles generales de la organización que ejecutaba estos planes, situados en Berlín en la Tiergartenstrasse 4 (calle del Jardín Zoológico, número 4).
La selección de los «candidatos» al programa Aktion T4, realizada fundamentalmente entre pacientes de asilos, hospitales y psiquiátricos, corría a cargo de las instituciones nazis, que eran las encargadas de decidir si una persona era «mentalmente defectuosa», si padecía una enfermedad incurable o algún tipo de «tara» hereditaria.
Se conserva escasa documentación oficial sobre cuántas personas fueron asesinadas entre 1939 y 1941 durante la campaña de eutanasia Aktion T4, pero sí ha sobrevivido un informe realizado por un departamento de salud de la SS. En él se reconoce abiertamente la eliminación de 72.273 enfermos mentales incurables. En uno de sus párrafos se hace una proyección estadística según la cual la eliminación de estos 72.273 enfermos incurables iba a suponer un ahorro de 885.439.800 reichmarks ¡hasta 1951!.
La coordinación, puesta a punto y supervisión de la misma se debe en gran parte a un capitán de las SS nacido en Austria. Su nombre era Franz Stangl. Además de su participación en el programa de eutanasia T4, y gracias precisamente a la alta eficacia demostrada en el mismo, llegó a dirigir dos de los seis centros de exterminio nazis más importantes situados en suelo polaco: Sobibor y Treblinka.
No cabe duda de que el programa Aktion T4 fue un test, una preparación, del Holocausto. La ideología de pureza racial que se escondía tras este programa, los métodos de eliminación desarrollados para él y el personal entrenado en protocolos médicos, administrativos y de ejecución tendrían todos ellos un papel estelar en la llamada Solución Final, cuya primera fase fue la Operación Reinhard, para la cual se construyeron expresamente tres nuevos campos de exterminio en suelo polaco: Treblinka, Sobibor y Blezek, todos ellos equipados con cámaras de gas.
Según el mismo Von Papen, «Hudal pretendió alcanzar con Hitler un acuerdo Iglesia-Estado y que el nacionalsocialismo aprobase la educación católica en todas las escuelas del Reich». Por supuesto, no lo consiguió. Según algunas fuentes, Alois Hudal era el informador en el Vaticano de la inteligencia alemana y de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) en Roma. Hudal tenía contacto directo con Walter Rauff, jefe de la inteligencia nazi en Roma. Esta relación se hizo aún más estrecha cuando Rauff fue enviado a Milán como jefe de la Gestapo y la SD, para ocuparse de las operaciones antipartisanas en el norte de Italia.
Tras la llegada de Stangl y Wagner a Roma, Hudal redactó una pequeña ficha de ambos para incluirla en los archivos que el obispo guardaba en Santa María dell’Anima. Fechados el 20 de agosto de 1948, los documentos estaban escritos a mano y firmados con sus propios nombres por dos de los principales criminales de guerra y asesinos de masas nazis. En el resumen que hizo a Hudal, Stangl se presentaba así mismo como un sencillo policía municipal (Schutzpolizei) y, aunque sí reconoció ante Hudal su rango de SS-Hauptsturm­führer, a lo que achacó haber sido prisionero de guerra de los Aliados, omitió prudentemente su participación en el programa Aktion T4 o en la Operación Reinhard, quizás porque el capitán de la SS sospechaba de la caridad de Hudal.
Para Franz Stangl, Siria era un paraíso tranquilo, relajado, pacífico y, lo más importante, alejado de la justicia aliada que azotaba Europa de punta a punta. Los comandantes de otros campos de concentración habían sido detenidos, juzgados y ejecutados por los Aliados: Heinrich Wicker, último comandante del campo de Dachau; Hans Aumeier, segundo comandante de Auschwitz; o Viktor Brack, máximo responsable del programa de eutanasia Aktion T4.
Las únicas palabras que salieron de la boca de Franz Stangl, para intentar disculpar los miles de asesinatos de hombres, mujeres y niños en los que estuvo involucrado fueron:

Lo que tenía que hacer mientras continuaban mis esfuerzos para salir de aquello era limitar mis propias acciones a lo que yo, en mi propia conciencia, podría responder. Solo era un policía. En la escuela de entrenamiento de la policía nos enseñaron que la definición de crimen debe cumplir cuatro requisitos: tiene que haber un sujeto, un objeto, una acción y un propósito. Si alguno de estos cuatro elementos falta, entonces no se trata de una ofensa punible…

El 15 de febrero de 1948, Johann Corradini, un sacerdote católico que ejercía en la ciudad de Vipiteno, a unos 45 kilómetros de Merano, escribió al obispo Alois Hudal pidiendo su ayuda para la familia Pape. Al parecer esta familia, compuesta por el padre, la madre y dos hijos, habían sido unos «buenos parroquianos» a los que conocía bien el padre Corradini. «Alice Pape y sus dos hijos, Georg y Inge, eran unos buenos creyentes y fieles miembros de la Iglesia católica» escribía el sacerdote a Hudal. En cambio, el sacerdote parecía haber tenido algún problema con el padre, Otto Pape, a quien define como «un buen católico pero no demasiado practicante». Una de las razones por las que Otto Pape no quería ir a la capital italiana es que su verdadero nombre era Erich Priebke y Roma era la ciudad donde había desarrollado su principal actividad como criminal de guerra.
Si el papel de Erich Priebke en la detención y deportación de judíos de Roma hacia Auschwitz no está muy clara, de lo que no cabe ninguna duda es de su activo papel en la matanza de las Fosas Ardeatinas. Tal vez los crímenes de guerra de Priebke no llegan a la magnitud de los de Franz Stangl o Gustav Wagner, pero sí fueron más viles. El 24 de marzo de 1944, los nazis ejecutaron a 335 rehenes italianos como represalia por el atentado en el que murieron 33 policías alemanes pertenecientes a la 11.ª compañía del 3.er batallón del Polizeiregiment Bozen.
El atentado, sucedido el día anterior, tuvo lugar en la romana Via Rasella al estallar una bomba de los partisanos del GAP (Gruppi di Azione Patriottica). El ataque produjo tal shock entre las fuerzas alemanas que llegó a oídos del mismísimo Adolf Hitler, que en aquellos momentos se encontraba en su cuartel general de la Guarida del Lobo, en Prusia Oriental. «Nuestra venganza ha de alcanzar tal magnitud que jamás sea olvidada» dijo el propio Führer.
El verdadero alcance de la matanza solo se hizo público cuando Italia fue liberada, cuando se abrió la cueva y los forenses italianos comenzaron la ardua tarea de identificar los cadáveres. Se encontraron en total 335 cuerpos. Durante el juicio por la matanza de las Fosas Ardeatinas se supo que los responsables de la Gestapo habían hecho mal las cuentas: había elegido cinco de más. Al descubrirse el error, Kappler tuvo una conversación con Priebke. Se decidió que esos cinco prisioneros no podían quedar vivos. Habían visto demasiado.
El 26 de julio de 1948, la Pontificia Comisión para la Asistencia (PCA) en Roma expidió un documento a Erich Priebke a nombre de Otto Pape, con el número PCA9538/99. Ese mismo día el documento vaticano fue utilizado para conseguir un pasaporte de la Cruz Roja. Cuando en 1994 se descubrió que Priebke estaba en Argentina, el padre Graham, historiador vaticano, reconoció que el obispo austríaco Hudal «pudo haber proporcionado dinero y cartas de recomendación al capitán de la SS».
Los papeles de entrada a Argentina a nombre de Otto Pape fueron registrados con el número 211712/48. El número siguiente, 211713/48, se registró a nombre de un tal Helmut Gregor, un hombre que había pasado los últimos años clasificando patatas en una granja de Baviera. Bajo la identidad de Helmut Gregor se escondía Josef Mengele, que desde 1945 a 1948 se había ocultado en una granja en la ciudad de Mangolding y rara vez se aventuraba más allá de la valla de acceso a la finca, a no ser que fuera de noche.
A finales de 1948, el teniente coronel de la SS Herbert Kappler sería condenado por la masacre de las Fosas Ardeatinas. Otros casos que se cernían sobre él era la dirección de la redada de más de 2.000 judíos romanos que fueron enviados a Auschwitz. Erich Priebke y su jefe Kappler se habían apropiado de casi cincuenta kilos de oro pertenecientes a la comunidad judía de Roma.
Priebke vivió en una modesta casa del barrio de Belgrano, hasta que en 1954 un amigo le recomendó instalarse en Bariloche, un tranquilo centro turístico situado en la Patagonia meridional, muy parecido a los paisajes de Baviera o Suiza. Allí se había instalado ya Reinhard Kopps, otro oficial de la SS y el hombre de Alois Hudal en Argentina.

Hermine Braunsteiner Ryan sería la primera criminal nazi extraditada. Nació en Viena, el 16 de julio de 1919, en el seno de una familia de clase trabajadora; el padre era chófer y la madre aumentaba los ingresos familiares limpiando casas y como lavandera. Después de asistir a la escuela durante ocho años, Hermine encontró trabajo como empleada doméstica; ella quería ser enfermera, pero las limitaciones financieras de la familia lo impidieron. En 1937 se mudó a Gran Bretaña para trabajar en la casa de un ingeniero estadounidense, pero un año después decidió regresar a Austria. La anexión de Austria al Reich la convirtió en una ciudadana alemana.
Hermine Braunsteiner vestía con orgullo su uniforme de la SS. Las guardias servían sin ningún tipo de rango bajo el mando de oficiales de campo masculinos y, a diferencia de sus colegas masculinos, servían en la SS únicamente como trabajadoras contractuales. La estructura militar elitista de las tropas de Heinrich Himmler no permitía miembros femeninos regulares. Pero lo cierto es que estas guardias tenían poder absoluto sobre la vida y la muerte de las prisioneras.
Sobresalía por su crueldad. Era una sádica que disfrutaba pateando a ancianas y niños hasta la muerte. Aquello le valió el apodo de la «Yegua» (kobyla en polaco, o Stute von Majdanek, en alemán), con el que la designaban los prisioneros. Vestía siempre con altas botas de cuero negras que un prisionero judío, antiguo zapatero, había reforzado en la punta y en el lado exterior con placas de acero. Sus ataques contra las prisioneras y los niños eran demoledores.
La vida de Hermine Ryan continuó de forma tranquila y placentera, como la de cualquier ama de casa de una familia trabajadora, esposa de un empleado de la construcción y vecina encantadora, que cocinaba unas sabrosos apple strudel para los cumpleaños de los hijos de sus vecinos en el tranquilo barrio de Queens, hasta que en 1964 el dedo acusador del cazanazis Simon Wiesenthal se posó sobre ella.
El INS comprobó que Hermine Braunsteiner mintió al rellenar los formularios de inmigración y naturalización y, por lo tanto, era susceptible de haber cometido un delito que conllevaba la retirada inmediata de su nacionalidad estadounidense. El INS envió entonces el informe sobre Braunsteiner al Departamento de Justicia, que tardó en responder cerca de dieciocho meses. En su respuesta al INS, se exigían pruebas concluyentes de que la señora Ryan había pertenecido a la SS. El INS contactó oficialmente con Wiesenthal y pidió su colaboración. El cazanazis envió entonces dos declaraciones juradas de supervivientes del campo de concentración de Majdanek, en las que se aseguraba que podrían identificar a la antigua Aufseherin. Dos meses después, el INS volvió a recibir una nueva pregunta del Departamento de Justicia: «¿Todavía hay cargos pendientes contra Hermine Braunsteiner (Ryan) en Austria?». La respuesta del INS fue: «No».
El 1 de mayo de 1973, el juez Jacob Mischler certificó ante el Secretario de Estado que existían pruebas suficientes para respaldar los cargos presentados por la República Federal de Alemania y que los delitos estaban «sujetos a extradición». El 7 de agosto del mismo año, Hermine Braunsteiner Ryan, escoltada por agentes del INS y del FBI, se convertiría en la primera criminal de guerra nazi en ser extraditada a Alemania. Desde su llegada al país y hasta el inicio del tercer juicio de Majdanek, el 26 de noviembre de 1975, Braunsteiner fue recluida en prisión preventiva en la cárcel de Düsseldorf y vigilada las 24 horas del día para evitar que se suicidase.

La vida del creador de la Ruta de las Ratas, el SS-Standartenführer Walter Rauff, es casi igual de mítica que la de Otto Skorzeny, el famoso oficial de la SS a quien los Aliados calificaron como «el hombre más peligroso de Europa». Hermann Julius Walter Rauff nació en Köthen de Dessau el 19 de junio de 1906 y estudió en el Instituto Otto von Bismarck de esta ciudad hasta que terminó el bachillerato. Rauff decidió abandonar los estudios y alistarse en la Kriegsmarine, donde entró con el grado de cadete y alcanzó el grado de teniente primero, pero en 1937 se vio obligado a abandonar la Marina tras haber mantenido relaciones con una mujer casada que, además, era la esposa de un alto oficial de la base donde Rauff estaba destinado.
En 1973, en Santiago de Chile, país en el que el criminal de guerra se encontraba refugiado bajo la protección de Augusto Pinochet, Rauff realizó una declaración como testigo ante un fiscal especial alemán. El asunto investigado por la fiscalía era sobre el exterminio de judíos en Polonia y Rusia. El fiscal, enviado desde la República Federal de Alemania, preguntó a Walter Rauff si en ese momento tuvo alguna duda sobre la eficacia del uso de sus «cámaras de gas móviles», a lo que el criminal respondió:

[…] No puedo asegurarlo. El principal problema para mí en ese momento era que los fusilamientos suponían una carga psicológica considerable para los hombres que estaban a cargo de los mismos y que esta carga se eliminó mediante el uso de los camiones de gas

El siguiente destino de Walter Rauff sería Túnez. Para entonces Rauff ya tenía un segundo protector, Martin Bormann, el famoso secretario de Hitler y jefe de la Cancillería. Fue Heydrich quien presentaría a ambos hombres. Lo cierto es que tras la muerte de Heydrich en Praga, el 4 de junio de 1942, Walter Rauff supo hacer valer su relación con Bormann ante el sustituto de Heydrich, el doctor Ernst Kaltenbrunner.
La misión de Walter Rauff en el país africano fue la persecución de los judíos de aquel país, controlado por la Francia de Vichy, entre noviembre de 1942 y mayo de 1943. La SS tenía la orden de implementar el estatuto antijudío promulgado por el Estado pronazi de Vichy, liderado por el mariscal Philippe Pétain. Curiosamente, las leyes antijudías promulgadas por el Gobierno de Vichy en 1940 y 1941, y que afectaron a la Francia metropolitana y a sus territorios de ultramar durante la Segunda Guerra Mundial, eran realmente «decretos» del mariscal Pétain, ya que la Asamblea Nacional había dejado de estar activa desde el 11 de julio de 1940. La aplicación de la legislación antisemita por parte de la Francia de Vichy fue espontánea, puesto que no había sido ordenada por Alemania.
La misión de Walter Rauff de exterminar a toda la población judía del Medio Oriente se truncó abruptamente tras la derrota de las fuerzas del Afrika Korps por parte del 8.° Ejército británico en la batalla del Alamein, entre octubre y noviembre de 1942. Rommel se vio obligado a retirar los restos de su ejército hacia Túnez, donde mantuvo una cabeza de puente hasta mayo de 1943, permitiendo a la SS al mando de Rauff iniciar persecuciones a menor escala de judíos locales. Un documento del MI5 registra que Rauff fue enviado a Vichy-Túnez en 1942 como jefe del Servicio de Seguridad (SD).
Una mañana, Alois Hudal indicó a Rauff que debía viajar a Génova, sin hacer preguntas, para reunirse con el secretario del cardenal Siri. El religioso debía entregarle un sobre, en cuyo interior había un pasaporte de la Cruz Roja a nombre de Carlo Comte y un visado válido para viajar a Siria[299]. Durante los meses siguientes, Walter Rauff en Milán, Alois Hudal en Roma y el cardenal Giuseppe Siri en Génova, se convirtieron en los sólidos pilares de la red de evasión de nazis, por donde pasarían importantes criminales de guerra como Adolf Eichmann, Josef Mengele, Franz Stangl y otros.
Hermann Julius Walter Rauff, el antiguo SS-Standartenführer que inventó las cámaras de gas móviles conocidas popularmente como «camiones de la muerte», en las que fueron ejecutados más de 200.000 judíos, fallecería el 14 de mayo de 1984 de un ataque cardíaco en un hospital de Santiago, donde estaba siendo tratado de un cáncer de pulmón. Rauff, de 77 años, residía en la localidad chilena de Punta Arenas desde 1958, donde era propietario de una importante fábrica de conservas de pescado. Su residencia, una amplia reserva de caza rodeada de lagos y bosques, se convirtió en un lugar de reunión para otros criminales de guerra nazis huidos de la justicia aliada, como Josef Mengele o Adolf Eichmann.
Los Gobiernos de Israel, Francia y Alemania Occidental pidieron en repetidas ocasiones, y sin ningún éxito, la detención y extradición de Rauff. La primera de estas demandas fue cursada por el juez titular de Hannover, el 13 de marzo de 1961. Aunque el criminal de guerra nazi fue encarcelado a finales de 1962, los tribunales chilenos dictaminaron que «los delitos de Rauff habían prescrito según las propias leyes chilenas».

La especialidad de aquel sádico médico era la antropología racial. Su tesis doctoral se basaba en el examen de las diferencias entre las estructuras craneales de cuatro grupos raciales diferentes. En Auschwitz, Mengele pudo llevar a cabo sus experimentos médicos sin interferencias de leyes éticas o morales y sin importarle lo más mínimo la salud de sus pacientes. Su objetivo eran los jóvenes gemelos, con los que experimentaba como si de ratas de laboratorio se tratase. Realizaba operaciones quirúrgicas sin anestesia, amputaba miembros sanos a prisioneros o provocaba infecciones a otros para después anotar la reacción de los pacientes. El doctor Miklos Nyizsli, un médico judío obligado por Mengele a actuar como asistente suyo, describía cómo este llevaba a cabo sus experimentos:

En una de las salas de disección, catorce gemelos gitanos se encontraban sentados en el suelo, abrazados y llorando. El doctor Mengele no les dijo ni una sola palabra y se puso a preparar dos jeringuillas de 10 cc y 5 cc. De una caja, Mengele cogió Evipal (barbitúrico) y de otra caja, una dosis de cloroformo. Depositó todo en una mesa de operaciones. Después de recorrer la fila de gemelos escogió a una niña de 14. El doctor Mengele le ordenó que se desnudara y colocó su cabeza en la mesa de disección. Le inyectó el Evipal en el brazo derecho. La niña cayó en un sueño profundo. Mientras estaba en la mesa, Mengele localizó el ventrícu­lo izquierdo del corazón y le inyectó 10 cc de cloroformo. Tras una pequeña convulsión, la niña murió, tras lo cual, Mengele ordenó retirar el cadáver. De esta misma forma serían asesinados todos los niños esa misma noche.

Para Mengele, el programa de cuatro puntos de Heinrich Himmler era perfecto si Alemania deseaba una «arianización» de los territorios conquistados.
1. Los territorios anexionados deben quedar totalmente limpios de no alemanes.
2. Las personas que afirmen tener algo de sangre alemana deben ser clasificadas, en principio, según las pruebas documentales que aporten y, en su ausencia, por medio de los exámenes raciales: se separará a los que pertenezcan a categorías dudosas y también a los alemanes «renegados» y serán sometidos a condiciones especiales para garantizar su «reeducación y buen comportamiento».
3. Las personas que exhiban rasgos alemanes también deben pasar por los exámenes raciales para determinar si sus antepasados han sido «polonizados». En caso afirmativo, hay que sacarlos de Polonia para una mejor realemanización del Reich.
4. Se debe utilizar un método semejante con los huérfanos de los orfanatos polacos y con los niños acogidos al cuidado público.
Cuando Mengele puso el pie en Auschwitz, en mayo de 1943, más de 140.000 seres humanos se hacinaban en barracones mal equipados. Para él, aquellos cuerpos mal nutridos serían sus perfectos «conejillos de Indias». Casi 9.000 judíos eran gaseados al día, según las cifras manejadas por Rudolph Höss, comandante de Auschwitz.
La crueldad de Mengele no tenía parangón alguno. A una mujer rusa le arrebató el bebé que llevaba entre sus brazos y lo arrojó a un montón de cadáveres. A un Kapo (policía judío de los guetos, que colaboraba con los nazis) que volvió a mezclar a aquellos que debían morir en las cámaras de gas con los que debían salvarse para el trabajo, le descerrajó un tiro en la cabeza. Mató de un disparo a una niña de dieciséis años que se había encaramado a un tejado muerta de miedo. Un anciano que había sido seleccionado para morir quiso despedirse de su hijo, que se encontraba en la fila de los que iban a salvarse. Mengele le golpeó en la cabeza con una barra de hierro, matándolo en el acto. El caso más horrible contra Josef Mengele se refería a una ocasión en que ordenó que trescientos niños fueran quemados vivos en una gran hoguera.
El otoño de 1948 Josef Mengele era ya plenamente consciente de que jamás tendría un hueco ni en la nueva República Federal de Alemania ni en la empresa familiar en Günzburg. En aquella época, y debido a la necesidad de reconstruir el país, no había ni una sola obra donde no operase una máquina de la empresa Karl Mengele & Hijos. El patriarca confiaba en que la histeria colectiva de­satada por los crímenes de guerra fuera diluyéndose con el paso del tiempo y que su hijo Josef pudiera regresar a casa para ayudar en la empresa familiar. Pero eso era solo una utopía, ya que el propio Josef Mengele había decidido que iba a huir de Europa. La prosperidad de la familia Mengele permitiría pagar sobornos, documentos falsos y pasajes de barco para que Josef pudiera huir hacia Sudamérica.
La ruta de evasión de Mengele se inició en las cercanías de Günzburg, donde cogió un tren hasta Innsbruck. Allí se detuvo en un refugio en Steinach, a los pies del paso de Brennero. Era el 17 de abril de 1949. En Steinach pasó tan solo una noche, antes de cruzar hacia Italia acompañado de un guía. Una vez en suelo italiano, Mengele se subió a un tren que se dirigía a Vipiteno, en la provincia de Bolzano. En la pequeña ciudad italiana se instaló en una posada, La Cruz de Oro. Allí tenía reservada una habitación a nombre de Fritz Hollmann. Le entregaron una falsa tarjeta de identidad alemana. Josef Mengele pasó cerca de un mes en aquella posada aprendiendo de memoria todos los detalles de la siguiente etapa de su ruta de evasión.
Desde Vipiteno se trasladó a Bosen, a donde llegó a mediados de mayo de 1949. Allí se reuniría con un hombre llamado Kurt, responsable de sacarle de Europa y trasladarlo a Sudamérica. Kurt le comunicó a Mengele que se le había reservado un pasaje rumbo a Buenos Aires en el vapor North King, que partiría desde el puerto de Génova dentro de dos semanas. Pero había otro asunto importante que había que resolver: el pasaporte. Mengele compraría un pasaporte de la Cruz Roja al entonces cónsul suizo en Génova.
El interés mundial por la figura de Josef Mengele volvió a despertarse en 1976, tras el estreno de la película Marathon Man, en la que Christian Szell, un sádico médico nazi basado en la figura de Mengele e interpretado por Laurence Olivier, intentaba recuperar una fortuna en diamantes, robados a familias judías durante la Segunda Guerra Mundial. Y dos años después, en 1978, con el estreno de la película Los niños de Brasil, protagonizada por Gregory Peck en el papel de Josef Mengele y Laurence Olivier en el papel del cazanazis Ezra Lieberman (Simon Wiesenthal). La película, basada en la novela de Ira Levin, mostraba una conspiración por parte de antiguos jerarcas nazis, liderados por Mengele (Peck), para establecer un Cuarto Reich.
En 1977, dos años antes de su muerte, tras un encuentro en São Paulo entre el doctor Mengele y su hijo, este afirmó que «su padre no estaba en absoluto arrepentido y que no sentía ninguna vergüenza».Rolf recuerda también que durante el encuentro con su padre, Mengele intentó convencerle de que algunas razas, incluida la judía, eran inferiores y estaban predestinadas a su desaparición.
Sobre el mediodía del miércoles 7 de febrero de 1979, decidió dar un paseo por la playa. Mengele levantó su mano sana y le dedicó un saludo pero, al hacerlo, perdió estabilidad y sus piernas se impulsaron hacia adelante, derribándolo. Con el primer trago de agua salobre, el antiguo médico de la SS sintió una quemazón en las entrañas.
Las autoridades brasileñas «sabían que el criminal de guerra nazi Josef Mengele estaba viviendo en Brasil desde 1968, pero no lo detuvieron». Mientras, diversos medios de comunicación de todo el mundo informaban de avistamientos del Ángel de la Muerte de Auschwitz por diversos países, Simon Wiesenthal insistió aún en 1985, seis años después de la muerte de Mengele, en que todavía estaba vivo.
Los restos fueron exhumados el 6 de junio de 1985 y un extenso examen forense confirmó con un alto grado de probabilidad (el 98,8 por ciento) que el cuerpo era el del criminal de guerra nazi Josef Mengele. El 10 de junio, Rolf Mengele emitió un comunicado oficial admitiendo que el cuerpo era realmente el de su padre y que la noticia de su muerte se había mantenido en silencio durante los últimos seis años con el fin de «proteger a las personas que lo habían amparado durante años». Aun así muchos no estaban convencidos. En 1992, las pruebas de ADN confirmaron por fin la identidad de los restos de Josef Mengele. Los miembros de la familia Mengele en Günzburg rechazaron repetidas solicitudes de los funcionarios brasileños para repatriar los restos a Alemania.

Rajakowitsch había tomado la misión vital de librar al pueblo alemán de todos los judíos mediante el uso de la ley. Nacido en Trieste, el 23 de noviembre de 1905, el futuro oficial de la SS soñaba con la unión de Alemania y Austria para conformar la grandeza de Europa. Sinceramente creía en la necesidad de crear una gran zona europea libre de razas inferiores. Rajakowitsch se trasladó con su familia a Graz (Austria), después del final de la Primera Guerra Mundial, y allí finalizó su etapa escolar. En noviembre de 1931 completó sus estudios de Derecho en la Universidad de Graz con mediocres calificaciones. Fue durante su etapa estudiantil cuando empezó su acercamiento a la ideología nacionalsocialista. La Akademischen Corps Teutonia de Graz era defensora de la política alemana, nacionalista, antisemita y antidemocrática. Después de su graduación, trabaja como pasante y abogado. Durante todo el año 1938, Rajakowitsch fue miembro del prestigioso bufete de abogados vienés Heinrich Gallop & Asociados. En 1934 Rajakowitsch contrajo matrimonio con Anna Maria Rintelen, hija de Anton Rintelen, un importante miembro del Gobierno del canciller Dollfuss implicado en el golpe de Estado fallido que acabaría con la vida del propio Dollfuss.
Tras el Anschluss Rajakowitsch se unió al Partido Nazi con el número de afiliado 6.330.373.
La concentración de todos los judíos holandeses en varios campos alrededor de Holanda comenzó en enero de 1942. Cuatro meses más tarde, se ordenó que todos los judíos del país debían portar la Estrella de David de color amarillo. El 11 de junio de 1942, Rajakowitsch participó en una reunión junto con los representantes de Eichmann en París y Bruselas donde debía decidirse la primera fase de aniquilación de 15.000 judíos, que debían ser deportados desde Holanda a campos de exterminio. A estos se unirían otros 10.000 judíos procedentes de Bélgica y casi 100.000 de Francia.
Lo cierto es que el criminal de guerra no andaba demasiado lejos. Vivía en Milán bajo el nombre de Enrico Raja o Enrico Rajakowitsch, y era propietario de la «Enneri & Company», una floreciente firma de importación y exportación que controlaba un significativo volumen de exportaciones desde Italia hacia países del Este de Europa. Rajakowitsch contrajo matrimonio con Giuliana Tendella, una administrativa que trabajaba en la misma compañía. En esta época las relaciones del antiguo criminal de guerra con sus antiguos camaradas de la SS, ahora convertidos en fieles seguidores del Partido Comunista en la República Democrática Alemana, eran muy estrechas. Gracias a estos contactos, la firma de Rajakowitsch comenzó a exportar diversos artículos a los países situados al otro lado del Telón de Acero: hierro, lignito y motores de barcos, a la RDA; madera y cristal, a Polonia, y suministros médicos, a Hungría. Curiosamente, los principales clientes se encontraban en Varsovia, Budapest, Belgrado y Moscú.
Según Simon Wiesenthal, Erich Rajakowitsch había hecho su fortuna expoliando a familias judías holandesas. Informes de los ­servicios secretos estadounidenses demostraban que, tanto Rajakowitsch como el general de la SS Hans Fischböck, se habían enriquecido gracias a familias judías holandesas a cambio de que no entrasen en las listas de deportaciones a Auschwitz.
Con el apoyo de la Ruta de las Ratas liderada por el obispo Alois Hudal, el SS-Obertsturmführer Erich Rajakowitsch consiguió poner tierra de por medio y huir a Argentina, el 26 de febrero de 1952. Rajakowitsch entró en Argentina, por avión procedente de Chile, con un pasaporte a nombre de Enrico Raja. Allí permanecería hasta el derrocamiento del presidente Juan Domingo Perón, pero también sabía que si regresaba a Europa, el Tribunal Regional de Graz, en virtud de la Ley de Crímenes de Guerra que se estableció en 1953, podría ordenar su detención y enjuiciamiento en cualquier momento. Tras un par de años en Buenos Aires, el 22 de agosto de 1953 Rajakowitsch se sintió lo suficientemente seguro como para volver a pisar suelo europeo.
Rajakowitsch estaba atrapado y en tierra de nadie. Finalmente, una tarde a principios de abril de 1963, abandonó su apartamento en Milán, viajó a Austria a través de Suiza y Múnich, y el día 14 del mismo mes se entregó voluntariamente a la justicia austríaca. El criminal de guerra fue puesto de inmediato en prisión preventiva. Aún deberían pasar casi dos años antes de que Rajakowitsch fuera llevado ante los tribunales para responder por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en los Países Bajos.
Erich Rajakowitsch fue condenado el 2 de marzo de 1965, sobre esta base jurídica, a dos años y medio de trabajos forzados, pero fue puesto en libertad debido a los meses que había pasado en prisión antes del juicio.
Hasta 1987, Erich Rajakowitsch intentó infructuosamente y de forma reiterada volver a abrir el proceso penal contra él con el fin de lavar su imagen.

El libro se añade un anexo con documentación. FRANZ STANGL, ERICH PRIEBKE, GUSTAV WAGNER, HERMINE BRAUNSTEINER, JOHN DEMJANJUK, KLAUS BARBIE, ADOLF EICHMANN, OTTO WÄCHTER, WALTER RAUFF, HERBERTS CUKURS, JOSEF MENGELE, ERICH RAJAKOWITSCH.

Very good book, like all of this author that I comment on my blog. The Holocaust was the systematic persecution and mass murder of six million Jews, but also of Sinti and Roma Gypsies, homosexuals, communists, liberals, conservatives, social democrats, Poles, disabled, Freemasons, Jehovah’s Witnesses and, thus, a long etc. That is, all those whom Nazi Germany saw as third-class citizens in a conquered Europe and designed to become what the high leaders of the Third Reich would call the “Thousand Year Reich.”
Although no document signed by Hitler has been discovered in which he gave an express order to initiate the Holocaust, there is no doubt that this would not have been possible without Hitler’s own knowledge and the complicity of National Socialism.
During the Second World War more than 55 million people were killed in Europe, between civilians and the military. After the fall of Germany and the disintegration of the Third Reich, those responsible for those atrocities were held accountable. However, many of the executioners managed to escape through the so-called Route of the Rats: Klaus Barbie, the butcher of Lyon; Gerhard Bohne, who gassed 62,000 handicapped people under the Aktion T4 program; Kurt Christmann, chief of Einsatzgruppen D, one of the SS’s itinerant execution squads, Adolf Eichmann, architect of the Final Solution; Hans Fischbock, who dealt with expropriations of Jewish properties in Austria and Holland; Albert Ganzenmüller, Undersecretary of State of the Ministry of Transport of the Reich and responsible for the deportations of Germans; Fridolin Guth, former member of the German political police in France; Hans Hefelmann, doctor and responsible for the murder of thousands of mentally handicapped children; Josef Janko; member of the Waffen-SS in Yugoslavia; Karl Otto Klingenfuss, involved in the deportation of Jews in Italy, Croatia and Bulgaria; Eckard R. Krahmer, general of the Luftwaffe; Walter Kutschmann, who ordered the execution of 36 professors and 1,500 Polish intellectuals in Lwów; Fritz Lantschner, responsible for the seizure of Jewish property in Germany; Gerhard Lausegger, SS officer; Josef Mengele, the «Angel of Death», who acted in the camp of Auschwitz …
Most of the Nazis chose the Vatican Hall for their escape. They usually passed through religious institutions in Milan or Rome, from where they made the leap to Genoa and, from there, departed by boat to a safe harbor in South America or the Middle East. The role of some religious as accomplices of the leaks should be analyzed from a more ideological than technical point of view.
Although many of them managed to find safe haven in countries like Argentina, Chile, Bolivia, Syria or Egypt, the decision of the Bundestag, in 1965, to extend the prescription of National Socialist crimes ended the dreams of many of those responsible for being able to return some day to his homeland. After all, the validity of the statute of limitations was based on the presumption of German criminal law that, after twenty years, there was hardly any way to reconstruct a criminal act. It is clear that the Germans, executioners and witnesses, did not have all the probative documentation gathered by the allied units, nor with the revealing presence of the facilities that were still standing in places like Dachau, Bergen-Belsen, Birkenau, Majdanek, Treblinka or Auschwitz, nor with the thousands of survivors who could give a statement of the horrors they witnessed. For many, it was time for German citizens to be judged for what they allowed to be carried out.

There are indications that Martin Bormann, the powerful secretary of the Führer, organized at the end of 1943 an operation called Hacke (‘piqueta’ or ‘hoe’ in German). It appears mentioned in a report of the CIA, dated January 5, 1960. It was a secret plan known only by 35 Nazi leaders, among them Heinrich Müller, head of the Gestapo, Albert Förster, Gauleiter of Danzing and Ernst Kaltenbrunner ; not even Hitler or Himmler were aware of it. The purpose of Piqueta was to prepare the possible routes of flight for the Nazi leaders before the inevitable defeat of Germany. Bormann firmly believed in the need to safeguard the brilliant assets of the Nazi Party in order to reuse them for a future Fourth Reich. Nazi bases were established in Spain, Portugal, Argentina and Italy. In 1944 Piqueta already controlled about five million dollars of the time, mostly stolen from the victims of the extermination camps.
Whether or not Piqueta existed, the truth is that Bormann was already planning the post-war period.
This money would be used to finance not only the evasion routes of Nazi war criminals, but also to help them start a new life in safe havens like Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Syria or Egypt.
This would begin the legend of the organization ODESSA (Organization of Former Members of the SS). The term ODESSA first appeared in a memo dated July 3, 1946, from the US Counterintelligence Corps (CIC), whose main function was to locate potential war criminals among the thousands of people displaced at the end of the war. The CIC discovered that the name ODESSA had been used in the prisoner of war camp KZ Bensheim-Auerbach as a password among SS prisoners, in their attempts to obtain special privileges from the Red Cross. The intelligence organizations of the United States or Great Britain could never confirm the real existence of an organization known as ODESSA designed to facilitate the flight of Nazi war criminals from Allied justice. The supposed Nazi organization popularized by the writer Frederick Forsyth in his novel Odessa -published in 1972-, is just that: a fiction.

The so-called “death by compassion” arose in the heart of Nazi Germany in a state that required absolute submission and unconditional acceptance of the institutional norms imposed by National Socialism. In October 1939 Adolf Hitler signed the following note: “The Reichsführer [Philip] Bouhler and the doctor [Karl] Brandt will be responsible for authorizing certain doctors, nominated nominally, to help patients who, according to human judgment, they are considered incurable, they can enjoy a godly death after a diagnosis ». These words of the Führer authorized the program of systematic elimination of the so-called Lebensunwertes Leben (literally ‘unworthy lives of life’) that took place officially between 1939 and 1941, and that continued, unofficially, until the end of the war. German and Austrian men, women and children, who presented some physical or mental disability, were officially considered an economic burden and a burden for the “racial integrity” of the Third Reich and should disappear. This secret program of euthanasia was named Aktion T4 by the address where the headquarters of the organization that executed these plans were located, located in Berlin on Tiergartenstrasse 4 (street of the Zoological Garden, number 4).
The selection of the “candidates” for the Aktion T4 program, carried out mainly among asylum, hospital and psychiatric patients, was the responsibility of the Nazi institutions, which were in charge of deciding if a person was “mentally defective”, if they suffered from an illness incurable or some kind of hereditary “tare”.
There is little official documentation on how many people were killed between 1939 and 1941 during the Aktion T4 euthanasia campaign, but a report by an SS health department has survived. It clearly recognizes the elimination of 72,273 incurable mental patients. In one of its paragraphs a statistical projection is made according to which the elimination of these 72,273 incurable patients was going to suppose a saving of 885,439,800 reichmarks until 1951 !.
The coordination, tuning and supervision of the same is due in large part to an SS captain born in Austria. His name was Franz Stangl. In addition to his participation in the T4 euthanasia program, and thanks precisely to the high efficiency demonstrated in it, he managed to manage two of the six most important Nazi death centers located on Polish soil: Sobibor and Treblinka.
There is no doubt that the Aktion T4 program was a test, a preparation, of the Holocaust. The ideology of racial purity that hid behind this program, the methods of elimination developed for him and the personnel trained in medical, administrative and execution protocols would all have a stellar role in the so-called Final Solution, whose first phase was Operation Reinhard , for which three new extermination camps were built specifically on Polish soil: Treblinka, Sobibor and Blezek, all equipped with gas chambers.
According to the same Von Papen, «Hudal tried to reach a Church-State agreement with Hitler and that National Socialism would approve Catholic education in all the schools of the Reich». Of course, he did not get it. According to some sources, Alois Hudal was the informant in the Vatican of the German intelligence and the Central Security Office of the Reich (RSHA) in Rome. Hudal had direct contact with Walter Rauff, head of Nazi intelligence in Rome. This relationship became even closer when Rauff was sent to Milan as head of the Gestapo and the SD, to deal with antipartisan operations in northern Italy.
After the arrival of Stangl and Wagner to Rome, Hudal wrote a small file of both to include it in the archives that the bishop kept in Santa María dell’Anima. Dated on August 20, 1948, the documents were handwritten and signed in their own names by two of the leading war criminals and murderers of the Nazi masses. In the summary he made to Hudal, Stangl presented himself as a simple municipal policeman (Schutzpolizei) and, although he did recognize Hudal as his SS-Hauptsturmführer, to which he claimed to have been a prisoner of war for the Allies, he prudently omitted his participation in the Aktion T4 program or in Operation Reinhard, perhaps because the SS captain suspected Hudal’s charity.
For Franz Stangl, Syria was a quiet, relaxed, peaceful paradise and, most importantly, far from the allied justice that lashed Europe from end to end. The commanders of other concentration camps had been arrested, tried and executed by the Allies: Heinrich Wicker, last commander of the Dachau camp; Hans Aumeier, second commander of Auschwitz; o Viktor Brack, head of the Aktion T4 euthanasia program.
The only words that came out of the mouth of Franz Stangl, to try to excuse the thousands of murders of men, women and children in which he was involved were:

What I had to do while continuing my efforts to get out of that was to limit my own actions to what I, in my own conscience, could answer. I was just a policeman. At the police training school we were taught that the definition of crime must meet four requirements: there must be a subject, an object, an action and a purpose. If any of these four elements is missing, then it is not a punishable offense …

On February 15, 1948, Johann Corradini, a Catholic priest who practiced in the city of Vipiteno, about 45 kilometers from Merano, wrote to Bishop Alois Hudal asking for his help for the Pape family. Apparently this family, composed of the father, the mother and two children, had been “good parishioners” to whom Father Corradini knew well. “Alice Pape and her two sons, Georg and Inge, were good believers and faithful members of the Catholic Church,” the priest wrote to Hudal. Instead, the priest seemed to have had some problem with the father, Otto Pape, whom he defines as “a good Catholic but not too practicing”. One of the reasons why Otto Pape did not want to go to the Italian capital is that his real name was Erich Priebke and Rome was the city where he had developed his main activity as a war criminal.
If the role of Erich Priebke in the arrest and deportation of Jews from Rome to Auschwitz is not very clear, there is no doubt about his active role in the slaughter of the Ardeatine graves. Perhaps Priebke’s war crimes do not reach the magnitude of those of Franz Stangl or Gustav Wagner, but they were more vile. On March 24, 1944, the Nazis executed 335 Italian hostages in retaliation for the attack in which 33 German policemen belonging to the 11th company of the 3rd Battalion of the Polizeiregiment Bozen were killed.
The attack, which took place the previous day, took place in the Roman Via Rasella when a bomb exploded by the partisans of the GAP (Gruppi di Azione Patriottica). The attack produced such shock among the German forces that it reached the ears of Adolf Hitler himself, who at that time was in his headquarters of the Wolf’s Den, in East Prussia. “Our revenge must reach such a magnitude that it will never be forgotten,” said the Fuehrer himself.
The true extent of the massacre was only made public when Italy was liberated, when the cave was opened and Italian forensics began the arduous task of identifying the corpses. A total of 335 bodies were found. During the trial for the killing of the Ardeatine graves it was known that the people responsible for the Gestapo had done badly: he had chosen five more. When the error was discovered, Kappler had a conversation with Priebke. It was decided that these five prisoners could not be left alive. They had seen too much.
On July 26, 1948, the Pontifical Commission for Assistance (PCA) in Rome issued a document to Erich Priebke in the name of Otto Pape, with the number PCA9538 / 99. That same day the Vatican document was used to obtain a passport from the Red Cross. When it was discovered in 1994 that Priebke was in Argentina, Father Graham, a Vatican historian, acknowledged that Austrian Bishop Hudal “could have provided money and letters of recommendation to the SS captain.”
The papers of entrance to Argentina on behalf of Otto Pape were registered with the number 211712/48. The next issue, 211713/48, was registered in the name of one Helmut Gregor, a man who had spent the last few years sorting potatoes on a Bavarian farm. Under the identity of Helmut Gregor hid Josef Mengele, who from 1945 to 1948 had hidden in a farm in the city of Mangolding and rarely ventured beyond the fence of access to the farm, unless it was at night .
At the end of 1948, the SS lieutenant colonel Herbert Kappler would be condemned for the massacre of the Ardeatine graves. Other cases looming over him was the direction of the raid of more than 2,000 Roman Jews who were sent to Auschwitz. Erich Priebke and his boss Kappler had appropriated almost fifty kilos of gold belonging to the Jewish community of Rome.
Priebke lived in a modest house in the neighborhood of Belgrano, until in 1954 a friend recommended him to settle in Bariloche, a quiet resort located in southern Patagonia, much like the landscapes of Bavaria or Switzerland. Reinhard Kopps, another SS officer, and Alois Hudal’s man in Argentina had already settled there.

Hermine Braunsteiner Ryan would be the first Nazi criminal extradited. He was born in Vienna on July 16, 1919, in a working-class family; the father was a driver and the mother increased family income by cleaning houses and as a laundress. After attending school for eight years, Hermine found work as a maid; she wanted to be a nurse, but the financial limitations of the family prevented her. In 1937 he moved to Great Britain to work in the house of an American engineer, but a year later he decided to return to Austria. The annexation of Austria to the Reich made her a German citizen.
Hermine Braunsteiner proudly wore her SS uniform. The guards served without any rank under the command of male field officers and, unlike their male colleagues, served in the SS only as contract workers. The elite military structure of Heinrich Himmler’s troops did not allow regular female members. But the truth is that these guards had absolute power over the life and death of the prisoners.
He excelled at his cruelty. She was a sadist who enjoyed kicking old women and children to death. That earned him the nickname of the “Mare” (kobyla in Polish, or Stute von Majdanek, in German), which was designated by the prisoners. He always wore high black leather boots that a Jewish prisoner, an old shoemaker, had reinforced at the tip and on the outer side with steel plates. His attacks on the prisoners and the children were devastating.
The life of Hermine Ryan continued in a calm and pleasant way, like that of any housewife of a working family, wife of a construction employee and charming neighbor, who cooked a tasty apple strudel for the birthdays of the children of their neighbors in the quiet neighborhood of Queens, until in 1964 the accusing finger of the cazanazis Simon Wiesenthal settled on her.
The INS found that Hermine Braunsteiner lied when filling out the immigration and naturalization forms and, therefore, was likely to have committed a crime that entailed the immediate withdrawal of her US citizenship. The INS then sent the report on Braunsteiner to the Department of Justice, which took about eighteen months to respond. In his response to the INS, conclusive evidence was required that Mrs. Ryan had belonged to the SS. The INS officially contacted Wiesenthal and asked for his cooperation. The cazanazis then sent two affidavits from survivors of the Majdanek concentration camp, in which it was claimed that they could identify the former Aufseherin. Two months later, the INS again received a new question from the Department of Justice: “Are there still pending charges against Hermine Braunsteiner (Ryan) in Austria?” The INS response was: “No”.
On May 1, 1973, Judge Jacob Mischler certified to the Secretary of State that there was sufficient evidence to support the charges presented by the Federal Republic of Germany and that the crimes were “subject to extradition.” On August 7 of the same year, Hermine Braunsteiner Ryan, escorted by INS and FBI agents, would become the first Nazi war criminal to be extradited to Germany. Since his arrival in the country and until the start of the third Majdanek trial, on November 26, 1975, Braunsteiner was remanded in custody in the Düsseldorf prison and monitored 24 hours a day to prevent him from committing suicide.

The life of the creator of the Route of the Rats, the SS-Standartenführer Walter Rauff, is almost as mythical as that of Otto Skorzeny, the famous SS officer whom the Allies described as “the most dangerous man in Europe.” Hermann Julius Walter Rauff was born in Köthen of Dessau on June 19, 1906 and studied at the Otto von Bismarck Institute in this city until he finished high school. Rauff decided to leave the studies and enlist in the Kriegsmarine, where he entered with the rank of cadet and reached the rank of first lieutenant, but in 1937 he was forced to leave the Navy after having maintained relations with a married woman who, in addition, was the wife of a senior officer at the base where Rauff was stationed.
In 1973, in Santiago de Chile, a country in which the war criminal was sheltered under the protection of Augusto Pinochet, Rauff made a statement as a witness before a German special prosecutor. The matter investigated by the prosecution was about the extermination of Jews in Poland and Russia. The prosecutor, sent from the Federal Republic of Germany, asked Walter Rauff if at that time he had any doubts about the effectiveness of the use of his “mobile gas chambers”, to which the criminal replied:

[…] I can not say for sure. The main problem for me at that time was that the shootings involved a considerable psychological burden for the men who were in charge of them and that this burden was eliminated by the use of gas trucks

The next destination of Walter Rauff would be Tunisia. By then Rauff already had a second protector, Martin Bormann, the famous secretary of Hitler and head of the Chancellery. It was Heydrich who would introduce both men. The truth is that after the death of Heydrich in Prague, on June 4, 1942, Walter Rauff knew how to assert his relationship with Bormann before the replacement of Heydrich, Dr. Ernst Kaltenbrunner.
The mission of Walter Rauff in the African country was the persecution of the Jews of that country, controlled by Vichy France, between November 1942 and May 1943. The SS had the order to implement the anti-Jewish statute promulgated by the pro-Nazi State de Vichy, led by Marshal Philippe Pétain. Curiously, the anti-Jewish laws promulgated by the Vichy government in 1940 and 1941, which affected metropolitan France and its overseas territories during the Second World War, were really “decrees” of Marshal Pétain, since the National Assembly had left of being active since July 11, 1940. The application of anti-Semitic legislation by Vichy France was spontaneous, since it had not been ordered by Germany.
Walter Rauff’s mission to exterminate the entire Jewish population of the Middle East was abruptly cut short after the defeat of the Afrika Korps by the British 8th Army at the Battle of Alamein, between October and November 1942. Rommel He was forced to remove the remnants of his army to Tunisia, where he maintained a bridgehead until May 1943, allowing the SS under Rauff to initiate small-scale persecution of local Jews. An MI5 document records that Rauff was sent to Vichy-Tunisia in 1942 as head of the Security Service (SD).
One morning, Alois Hudal told Rauff that he should travel to Genoa, without asking questions, to meet with Cardinal Siri’s secretary. The religious had to give him an envelope, inside which was a passport of the Red Cross in the name of Carlo Comte and a valid visa to travel to Syria. [299] During the following months, Walter Rauff in Milan, Alois Hudal in Rome and Cardinal Giuseppe Siri in Genoa, became the solid pillars of the Nazi evasion network, where important war criminals such as Adolf Eichmann, Josef Mengele, would pass. Franz Stangl and others.
Hermann Julius Walter Rauff, the former SS-Standartenführer who invented the mobile gas chambers popularly known as “death trucks”, in which more than 200,000 Jews were executed, died on May 14, 1984 of a heart attack in a hospital in Santiago, where he was being treated for lung cancer. Rauff, 77, resided in the Chilean town of Punta Arenas since 1958, where he owned a major fish canning factory. His residence, a vast hunting reserve surrounded by lakes and forests, became a meeting place for other Nazi war criminals fleeing allied justice, such as Josef Mengele or Adolf Eichmann.
The governments of Israel, France and West Germany repeatedly and unsuccessfully requested the arrest and extradition of Rauff. The first of these lawsuits was filed by the Chief Judge of Hannover on March 13, 1961. Although the Nazi war criminal was imprisoned at the end of 1962, the Chilean courts ruled that “Rauff’s crimes had been prescribed by law. Chilean ».

The specialty of that sadistic doctor was racial anthropology. His doctoral thesis was based on the examination of the differences between the cranial structures of four different racial groups. In Auschwitz, Mengele was able to carry out his medical experiments without interference from ethical or moral laws and without minding the health of his patients. His goal was the young twins, with whom he experimented as if it were laboratory rats. Performed surgical operations without anesthesia, amputated healthy limbs to prisoners or caused infections to others to later record the reaction of patients. Dr. Miklos Nyizsli, a Jewish doctor forced by Mengele to act as his assistant, described how he carried out his experiments:

In one of the dissection rooms, fourteen Gypsy twins were sitting on the floor, cuddling and crying. Dr. Mengele did not say a word to them and began to prepare two syringes of 10 cc and 5 cc. From a box, Mengele took Evipal (barbiturate) and from another box, a dose of chloroform. He put everything on an operating table. After crossing the line of twins he chose a girl of 14. Dr. Mengele ordered him to undress and placed his head on the dissection table. He injected the Evipal into his right arm. The girl fell into a deep sleep. While at the table, Mengele located the left ventricle of the heart and injected him with 10 cc of chloroform. After a small convulsion, the girl died, after which, Mengele ordered to remove the corpse. In the same way all children would be killed that same night.

For Mengele, Heinrich Himmler’s four-point program was perfect if Germany wanted an “Aryanization” of the conquered territories.
1. The annexed territories must be totally clean of non-Germans.
2. People who claim to have some German blood should be classified, in principle, according to the documentary evidence they provide and, in their absence, by means of racial examinations: those who belong to doubtful categories and also “renegade” Germans and will be subject to special conditions to ensure their “re-education and good behavior”.
3. People who exhibit German traits must also go through racial exams to determine if their ancestors have been “polonized.” If so, you have to get them out of Poland for a better realemanization of the Reich.
4. A similar method should be used with orphans in Polish orphanages and with children in public care.
When Mengele set foot in Auschwitz in May 1943, more than 140,000 human beings were crowded into poorly equipped barracks. For him, those malnourished bodies would be his perfect “guinea pigs.” Nearly 9,000 Jews were gassed a day, according to figures handled by Rudolph Höss, commander of Auschwitz.
Mengele’s cruelty was unparalleled. A Russian woman snatched the baby she carried in her arms and threw it into a pile of corpses. A Kapo (Jewish police of the ghettos, who collaborated with the Nazis) who mixed again those who had to die in the gas chambers with which they had to save themselves for work, shot him in the head. He shot dead a sixteen-year-old girl who had climbed to a scary rooftop. An old man who had been selected to die wanted to say goodbye to his son, who was in the line of those who were going to be saved. Mengele hit him in the head with an iron bar, killing him on the spot. The most horrible case against Josef Mengele referred to an occasion when he ordered that three hundred children be burned alive in a large bonfire.
In the autumn of 1948 Josef Mengele was already fully aware that he would never have a place either in the new Federal Republic of Germany or in the family business in Günzburg. At that time, and due to the need to rebuild the country, there was not a single work where a machine of the company Karl Mengele & amp; Children. The patriarch hoped that the collective hysteria unleashed by the war crimes would be diluted with the passage of time and that his son Josef could return home to help in the family business. But that was just a utopia, since Josef Mengele himself had decided that he was going to flee Europe. The prosperity of the Mengele family would allow paying bribes, false documents and boat tickets so that Josef could flee to South America.
The escape route of Mengele began in the vicinity of Günzburg, where he took a train to Innsbruck. There he stopped at a shelter in Steinach, at the foot of the Brennero pass. It was April 17, 1949. In Steinach he spent just one night, before crossing to Italy accompanied by a guide. Once on Italian soil, Mengele got on a train that was heading to Vipiteno, in the province of Bolzano. In the small Italian city he settled in an inn, La Cruz de Oro. There he had reserved a room in the name of Fritz Hollmann. He was given a false German identity card. Josef Mengele spent about a month in that inn learning from memory all the details of the next stage of his evasion route.
From Vipiteno he moved to Bosen, where he arrived in mid-May 1949. There he would meet a man named Kurt, responsible for getting him out of Europe and moving him to South America. Kurt told Mengele that he had been booked for a ticket to Buenos Aires on the North King steamer, which would depart from the port of Genoa in two weeks. But there was another important issue that had to be resolved: the passport. Mengele would buy a passport from the Red Cross to the then Swiss consul in Genoa.
The worldwide interest in the figure of Josef Mengele was reawakened in 1976, after the premiere of the film Marathon Man, in which Christian Szell, a sadistic Nazi doctor based on the figure of Mengele and played by Laurence Olivier, tried to recover a fortune in diamonds, stolen from Jewish families during World War II. And two years later, in 1978, with the premiere of the film Children of Brazil, starring Gregory Peck in the role of Josef Mengele and Laurence Olivier in the role of the cazázis Ezra Lieberman (Simon Wiesenthal). The film, based on the novel by Ira Levin, showed a conspiracy on the part of old Nazi hierarchs, led by Mengele (Peck), to establish a Fourth Reich.
In 1977, two years before his death, after a meeting in São Paulo between Dr. Mengele and his son, he said that “his father was not at all sorry and he did not feel any shame.” Rolf also remembers that during the meeting with his father, Mengele tried to convince him that some races, including the Jewish one, were inferior and predestined to his disappearance.
Around noon on Wednesday, February 7, 1979, he decided to take a walk on the beach. Mengele raised a healthy hand and saluted him but, in doing so, lost stability and his legs pushed forward, knocking him down. With the first gulp of brackish water, the old SS doctor felt a burning sensation in his gut.
Brazilian authorities “knew that Nazi war criminal Josef Mengele was living in Brazil since 1968, but they did not arrest him.” Meanwhile, various media outlets around the world reported sightings of the Angel of Death of Auschwitz by various countries, Simon Wiesenthal insisted even in 1985, six years after the death of Mengele, in which he was still alive.
The remains were exhumed on June 6, 1985 and an extensive forensic examination confirmed with a high degree of probability (98.8 percent) that the body was that of the Nazi war criminal Josef Mengele. On June 10, Rolf Mengele issued an official statement admitting that the body was really that of his father and that the news of his death had been silent for the past six years in order to “protect the people who had died. covered for years ». Even so, many were not convinced. In 1992, DNA tests finally confirmed the identity of Josef Mengele’s remains. Members of the Mengele family in Günzburg refused repeated requests from Brazilian officials to repatriate the remains to Germany.

Rajakowitsch had taken the vital mission of ridding the German people of all Jews by the use of law. Born in Trieste, on November 23, 1905, the future SS officer dreamed of the union of Germany and Austria to shape the greatness of Europe. I sincerely believed in the need to create a large European zone free of inferior races. Rajakowitsch moved with his family to Graz (Austria), after the end of the First World War, and there he finished his schooling. In November 1931 he completed his law studies at the University of Graz with mediocre qualifications. It was during his student years when he began his approach to the National Socialist ideology. The Akademischen Corps Teutonia de Graz was an advocate of German, nationalist, anti-Semitic and undemocratic politics. After graduation, he works as an intern and lawyer. Throughout the year 1938, Rajakowitsch was a member of the prestigious Viennese law firm Heinrich Gallop & amp; Associates In 1934 Rajakowitsch married Anna Maria Rintelen, daughter of Anton Rintelen, an important member of the government of Chancellor Dollfuss involved in the failed coup that would end the life of Dollfuss himself.
After the Anschluss Rajakowitsch he joined the Nazi Party with the number of affiliate 6,330,373.
The concentration of all Dutch Jews in various camps around Holland began in January 1942. Four months later, it was ordered that all Jews in the country should wear the Star of David in yellow. On June 11, 1942, Rajakowitsch participated in a meeting with Eichmann’s representatives in Paris and Brussels where the first phase of the annihilation of 15,000 Jews, who were to be deported from the Netherlands to extermination camps, was to be decided. To these would be added another 10,000 Jews from Belgium and almost 100,000 from France.
The truth is that the war criminal was not going too far. He lived in Milan under the name Enrico Raja or Enrico Rajakowitsch, and was the owner of the «Enneri & amp; Company », a flourishing import and export firm that controlled a significant volume of exports from Italy to eastern European countries. Rajakowitsch married Giuliana Tendella, an administrative officer who worked at the same company. At this time the relations of the old war criminal with his former comrades of the SS, now converted into loyal followers of the Communist Party in the German Democratic Republic, were very close. Thanks to these contacts, the firm of Rajakowitsch began exporting various items to the countries located on the other side of the Iron Curtain: iron, lignite and ship engines, to the GDR; wood and glass, to Poland, and medical supplies, to Hungary. Interestingly, the main customers were in Warsaw, Budapest, Belgrade and Moscow.
According to Simon Wiesenthal, Erich Rajakowitsch had made his fortune by plundering Dutch Jewish families. Reports from the US secret services showed that both Rajakowitsch and SS General Hans Fischböck had been enriched thanks to Dutch Jewish families in exchange for not going on the lists of deportations to Auschwitz.
With the support of the Route of the Rats led by Bishop Alois Hudal, the SS-Obertsturmführer Erich Rajakowitsch managed to put land between and flee to Argentina, on February 26, 1952. Rajakowitsch entered Argentina, by plane from Chile , with a passport in the name of Enrico Raja. There he would remain until the overthrow of President Juan Domingo Perón, but he also knew that if he returned to Europe, the Regional Court of Graz, under the War Crimes Act that was established in 1953, could order his arrest and prosecution at any time. . After a couple of years in Buenos Aires, on August 22, 1953 Rajakowitsch felt safe enough to step on European soil again.
Rajakowitsch was trapped and in no man’s land. Finally, one afternoon in early April 1963, he left his apartment in Milan, traveled to Austria through Switzerland and Munich, and on the 14th of the same month he voluntarily surrendered himself to the Austrian justice. The war criminal was immediately put in preventive detention. It should still be almost two years before Rajakowitsch was brought before the courts to answer for war crimes and crimes against humanity committed in the Netherlands.
Erich Rajakowitsch was sentenced on March 2, 1965, on this legal basis, to two and a half years of forced labor, but was released on account of the months he had spent in prison before the trial.
Until 1987, Erich Rajakowitsch tried unsuccessfully and repeatedly to reopen criminal proceedings against him in order to wash his image.

The book is added an annex with documentation. FRANZ STANGL, ERICH PRIEBKE, GUSTAV WAGNER, HERMINE BRAUNSTEINER, JOHN DEMJANJUK, KLAUS BARBIE, ADOLF EICHMANN, OTTO WÄCHTER, WALTER RAUFF, HERBERTS CUKURS, JOSEF MENGELE, ERICH RAJAKOWITSCH.

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