¿Quién Le Hacía La Cena A Adam Smith?: Una Historia De Mujeres Y La Economía — Katrine Marçal / Who Cooked Adam Smith’s Dinner?: A Story About Women and Economics by Katrine Marçal

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Una obra divertida, una manera genial de representar y desnudar a nuestro protagonista, me ha gustado bastante, ameno y a la par sirve para plantearse muchas opiniones de ciertos o todos los seguidores de Adam Smith; los “Smithers”.
Homo Economicus (Hombre Económico) es un concepto en economía que está mal. Ha fallado casi todas las pruebas, todos los entornos y todas las teorías. Katrine Marçal ha encontrado una nueva forma en la que ha fallado. Totalmente juzga mal a las mujeres. Ayuda a reprimirlos, mantenerlos subordinados, mal pagados y poco apreciados. Son colaboradores de segunda clase cuando se los considera en absoluto. Los modelos económicos se desarrollan básicamente sin ellos. Este no es el primer libro para condenar homo economicus, pero persiste y prospera de todos modos. Simplemente continúa haciendo que la economía sea incorrecta. El libro es un ataque exhaustivo y reflexivo sobre el homo economicus, desde un punto de vista feminista.
Marçal escribe en un estilo muy rápido. Sus párrafos parecen muy a menudo oraciones únicas, lo que acelera el ritmo. No le impide golpear un punto hasta la muerte, pero hace que leer el libro sea muy fácil. La economía puede ser tan absurda que solo tiene que informar sobre ella y resulta sarcástica y satírica. Por lo general, ni siquiera requiere un comentario de ella. Pero el libro es una corriente interminable de esas tonterías, de las que realmente operamos. Nuestros gobiernos toman decisiones erróneas basadas en estadísticas defectuosas conectadas a modelos defectuosos.
El argumento central es que las tareas domésticas deben contar. Una vez, Canadá calculó que el trabajo de las mujeres – mantenimiento, cuidado de niños, cocina – valía entre 30 y 45% del PIB. Pero el PIB no incluye nada de eso. Este no es el único problema con el PIB, una fabricación poco realista y artificial, e ignorar el valor aportado por las mujeres es una llaga enconada que Marçal escoge alegremente.
Hay muchas razones por las que la economía está mal. Este es uno importante, pero hay componentes faltantes más importantes, como los recursos naturales. Las materias primas no son parte de ningún modelo económico estándar. Suponemos que siempre están disponibles. Gratis. Libre de consumir y libre de desperdicio y libre de contaminar. Esta es la razón más grande por la que el planeta resuena y gime, porque los economistas decidieron que el homo economicus ya no formaba parte del ecosistema. Él estaba por encima de él y podía explotar a su antojo sin tener en cuenta ni las consecuencias. Marçal finalmente llega a este punto al final, dándole una página.
La solución neutral y positiva de Marçal: “La ciencia económica debe tratarse sobre cómo convertir una visión social en un sistema económico moderno”.

El título de este libro proviene de la famosa cita de Adam Smith: “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que esperamos de nuestra cena, sino de su consideración hacia su propio interés”. El autor señala que Adam Smith vivió con su madre la mayor parte de su vida, pero olvidó mencionar su papel en la cena. Desafortunadamente para ese limpio punto retórico, Smith empleó a un cocinero, y no hay registros de que su madre cocinara. Como la hija de la aristocracia terrateniente se crió con muchos sirvientes, no es probable que se hubiera aventurado a construir edificios anexos para cocinar a fuego abierto. Es lindo que la autora feminista inspiradora de fuego asuma que, si hay una mujer cerca, debe hacerlo en la cocina. De hecho, parece probable que la cena de Adam Smith de la granja a la mesa se proporcionó a través de trabajo remunerado en lugar de benevolencia. Por otro lado, es muy posible que su madre preparara té para él, o tal vez sirviera bandejas cuando estaba enfermo, y que probablemente organizó las comidas caseras. Y realmente no importa para el argumento del autor, que es que las relaciones humanas más importantes, incluidas las madres que alimentan a los hijos, no son las transacciones comerciales que se adaptan mejor a los modelos económicos convencionales.
Al principio, pensé que el autor era inconsistente en este punto. Existe una gran cantidad de quejas sobre el hecho de que el trabajo doméstico no remunerado y el cuidado de los niños, en su mayoría realizados por mujeres, quedan fuera de las estadísticas económicas; pero también hay desprecio por la idea de que el análisis económico estándar de belifas y preferencias pueda explicar actividades profundamente personales. Leer detenidamente no hay contradicción. El autor considera que el pensamiento académico y de política general trata el “trabajo de mujeres” no remunerado como una actividad capitalista, pero de un valor tan trivial que puede descuidarse.
En el aspecto académico, creo que la crítica es injusta. La economía como disciplina se puede definir por sus herramientas o su campo de investigación. Cuando la lógica de creencias y preferencias se aplica a la actividad comercial, todos aceptan que es economía. Los economistas a veces aplican las mismas herramientas a decisiones no comerciales, como tener un bebé, socializar o jugar. También se considera económico cuando las personas aplican herramientas no estándar, como la psicología del comportamiento o las teorías marxistas, a la economía del dinero. Pero si quiere analizar, por ejemplo, las tasas de matrimonio u otra actividad no comercial, utilizando sociología, biología evolutiva, análisis cultural u otras herramientas que no son estándar en economía, simplemente no es economía. Todas esas cosas son ciertamente estudiadas, utilizando las herramientas que el autor aprueba, simplemente no lo llamamos economía.
El caso es más fuerte en el aspecto de las políticas. Existe una maquinaria elaborada para medir y analizar el efecto económico de las políticas, pero mucha menos atención para las políticas “blandas”. Por ejemplo, el debate sobre un impuesto sobre el carbono se lleva a cabo en términos cuantitativos y objetivos: ¿cuántos ingresos recaudará, cuál será el efecto sobre las emisiones, cómo afectará el crecimiento económico, qué tecnologías se verán favorecidas o desalentadas? Pero una propuesta de licencia familiar obligatoria no tendrá datos y análisis comparables para responder a la pregunta importante: ¿cómo afectará a las familias? En cambio, es probable que la propuesta se juzgue por los efectos secundarios (como los efectos más fáciles de definir sobre las tasas de desempleo y las ganancias comerciales) o se juzgue únicamente por las intenciones.
Pero el enfoque principal del autor no es la política, sino los hábitos de pensamiento que llevan a las personas a concebir las políticas en términos económicos; y descartar cualquier otra cosa como una emocionalidad tonta. En mi opinión, el libro hizo algunos buenos comentarios al respecto, pero no estuvo cerca de defenderlo como una tesis general. Y no se tuvo en cuenta en absoluto el problema opuesto, las políticas que se promulgan puramente en sus intenciones, sin una consideración racional de sus consecuencias.
El autor no está por encima de algunas excursiones a la-la tierra. Ella quiere criticar el flirteo irresponsable, pero no puede hacerlo, porque, entiéndalo, Karl Marx era un mujeriego irresponsable. Ya es bastante malo tomar en serio los desvaríos sophomoricos de Marx, pero hay que estar seriamente perturbado al pensar que San Karl define el punto culminante de la virtud personal. O, después de colmar el desprecio total por la idea de que los incentivos importan en las relaciones personales, ella alegremente afirma que en Suecia los hombres tienen un papel importante en el cuidado infantil temprano debido a las políticas gubernamentales de licencias familiares. Parece que no hay reconocimiento de que este es exactamente el tipo de pensamiento que ella está atacando en el resto del libro.
Esto puede ser un problema de traducción, pero una queja menor es que el autor hace referencia constante a la “economía neoliberal”, que parece abarcar un amplio espectro de pensadores que no están de acuerdo con la mayoría de las cosas. En mi experiencia, no escuchas mucho el término en los Estados Unidos. En América del Sur tiende a referirse al capitalismo militarista al estilo de Pinochet, en el tratamiento de shock de Jeffrey Sachs en Europa del Este, y en Europa Occidental significa todo lo que le gustaba a Ronald Reagan o Margaret Thatcher. No creo que nadie hoy se llame a sí mismo “neoliberal”. Llamar a las personas como se llaman a sí mismas hace que la exposición sea mucho más clara que definir a todas las personas que no te gustan bajo un término general.
El libro está bien escrito y contiene una gran cantidad de hechos interesantes (también algunas cosas que serían interesantes si solo fueran factuales). Se pone un poco salvaje e incoherente en algunos puntos, pero siempre logra encontrar su camino de regreso a la cordura. La autora deja en claro dónde está su corazón, aunque no logra convertirlo en un caso lógico evidente.

A finales del siglo XIX y principios del XX, las mujeres se unieron para exigir el derecho a la propiedad privada y a la herencia, el derecho de libre creación de empresas, el derecho a pedir préstamos, el derecho al trabajo, la igualdad salarial y, en definitiva, la posibilidad de mantenerse a sí mismas, de manera que no tuvieran que casarse por dinero, sino que pudieran, en su lugar, hacerlo por amor.
El feminismo sigue guardando una estrecha relación con la economía.
Durante las últimas décadas, el objetivo del movimiento feminista ha sido hacerse con el dinero y otros privilegios tradicionalmente acaparados por los hombres, a cambio de cosas menos fáciles de cuantificar como, por ejemplo, «el derecho a llorar en público».
Si Lehman Brothers hubiera sido Lehman Sisters, la crisis financiera no se habría desarrollado de la misma forma o no habría sucedido, según observó Christine Lagarde en 2010, cuando aún era ministra de Economía de Francia. Aunque seguramente no lo dijo del todo en serio.
Audur Capital, un fondo de inversión privado islandés dirigido enteramente por mujeres, fue el único fondo de esa clase que sobrevivió a la crisis sin apenas sufrir un rasguño, señaló Lagarde. Y hay estudios que muestran como los hombres con altos niveles de testosterona están más predispuestos a correr riesgos. La asunción de riesgos excesivos es lo que provoca el hundimiento de los bancos y lo que hace estallar las crisis financieras…

El mayor logro de Adam Smith fue que desde el principio consiguió introducir la naciente ciencia económica en la nueva concepción del mundo proveniente de la física newtoniana. Lógica, racional y predecible; esas eran las características de la física en aquella época, antes de que el tiempo y el espacio se fusionaran en un espacio-tiempo indivisible, antes de que el universo se dividiera, en cada medición, en tantas partes como posibles resultados de la medición. Pero los economistas sucesores de Adam Smith no se interesaron especialmente por la moderna física cuántica y siguen mirando impertérritos el cielo estrellado de Newton.
Adam Smith logró responder la pregunta fundamental de la economía solo a medias. Si tenía asegurada la comida no era solo porque los comerciantes sirvieran a sus intereses propios por medio del comercio. Adam Smith la tenía también asegurada porque su madre se encargaba de ponérsela en la mesa todos los días.
Hoy en día se señala a veces que la economía no solo se cimienta sobre una «mano invisible», sino también sobre un «corazón invisible». Es quizá una visión demasiado idealizada de los deberes que la sociedad ha asignado históricamente a las mujeres. No sabemos por qué la madre de Adam Smith cuidó de su hijo. Solo sabemos que, efectivamente, cuidó de él.

Podría decirse que los economistas son un poco como los niños; muchos de ellos están obsesionados con Robinson Crusoe. La mayoría de los estudiantes de economía han oído en alguna ocasión al catedrático de turno contarles su versión de la historia de Daniel Defoe, publicada en 1719. Cabe, por supuesto, preguntarse qué es lo que este relato acerca de un hombre blanco racista, que vive solo en una isla durante veintiséis años antes de hacerse amigo de un «salvaje», puede revelarnos acerca de las economías modernas.
Al héroe de Daniel Defoe se le suele considerar el mayor exponente del «hombre económico». Crusoe, náufrago en una isla desierta, no se halla sujeto a leyes ni códigos sociales.
Se supone que en el mercado todos nos mantenemos en el anonimato. Por eso el mercado puede hacernos libres. No importa quién seas; las características personales y los vínculos emocionales no tienen cabida. Lo único que importa es la capacidad de pago. Las elecciones que las personas hacemos son libres e independientes, y, como islas solitarias en medio de un océano vacío, carecemos de pasado y de contexto. Nadie nos juzga, así como nada nos ata ni nos detiene. Las únicas restricciones son de carácter técnico: las limitadas horas del día y los recursos naturales finitos. Robinson Crusoe es libre y sus relaciones con otras personas se basan esencialmente en lo que estas pueden hacer por él. Y no por malicia, sino pura y simplemente por una cuestión de racionalidad, al menos tal y como la racionalidad se entiende en el relato.
La idea de que la economía está controlada por una mano invisible evolucionó hasta crear el mito de que el mercado también podría traer consigo el fin de la historia. Cuando nuestros intereses económicos estuvieran cada vez más interrelacionados, los conflictos primitivos de épocas pasadas ya no serían necesarios. No vas a ir y pegarle un tiro a tu primo porque sea musulmán si tienes intereses económicos comunes con él. Tampoco vas a ir y matar al vecino solo porque te enteres de que se ha acostado con tu hija si tu negocio depende de él.
La mano invisible te impide hacer esas cosas.
Las sangrientas experiencias del siglo XX han demostrado que el hombre no es tan simple. Pero es un cuento bonito, y pocos nos atrevemos a cuestionar un cuento bonito. Al menos no de manera muy profunda.
La maquinaria del mercado era supuestamente capaz de poner en marcha la paz mundial y la felicidad de todos los pueblos a partir de algo tan simple como nuestras vulgares y bajas pasiones. No es de extrañar que este presupuesto nos sedujera. La explotación ya no era nada personal.

Ser humano consistía en subordinar el cuerpo a la inteligencia; como a la mujer no se la consideraba capaz de hacer esto, no debería tener derechos humanos. La mujer tenía que ser el cuerpo para que el hombre pudiera ser el alma. A fin de liberar al hombre de su realidad corpórea, la mujer debía ser atada a esta cada vez con más fuerza.
Dicho de otro modo, los economistas de Chicago lo tenían fácil a la hora de remitirse a la biología. Durante cientos de años, la afirmación de que algo es natural ha significado que no puede y no debe cambiarse. Sin embargo, la cuestión no es que existan diferencias biológicas, sino qué conclusiones se sacan de estas diferencias.
Si quieres ser parte de la historia de la economía, tienes que ser como el hombre económico. Tienes que aceptar su versión de la masculinidad. Al mismo tiempo, lo que llamamos «la economía» siempre se basa en otro relato. El relato implícito, marginal, que permite al hombre económico ser quien es. El que le permite afirmar que no hay nada más.
Alguien tiene que ser el sentimiento, para que él pueda ser la razón. Alguien tiene que ser el cuerpo, para que él pueda ser el espíritu. Alguien tiene que ser dependiente, para que él pueda ser independiente. Alguien tiene que ser afectuoso, para que él pueda conquistar el mundo. Alguien tiene que ser abnegado, para que él pueda ser egoísta.
Las teorías sobre el equilibrio natural del mercado no fueron verdaderamente cuestionadas hasta los años noventa. Eran demasiado elegantes, eso es lo que pasaba. Su sencilla mecánica resultaba atractiva, «sexy» incluso. Resultaba divertido vestirse con unos atavíos de cifras cada vez más complejos. Desde Wall Street hasta las universidades, esto era lo que la gente quería creer. Y así, creyeron a pies juntillas en estas teorías. Hasta el 15 de septiembre de 2008.
Los cambios tecnológicos siempre han transformado los mercados. Cuando el dinero se convirtió en algo cada vez más abstracto —primero, trozos de piel de ciervo y piezas de metal, y finalmente préstamos titulizados y vendidos—, se extendió la creencia de que era de fácil acceso. El potencial para la prosperidad es enorme, pero también el de los riesgos. Sobre todo si no conseguimos mantenernos aferrados a las bases reales de la economía.
Porque, independientemente de que seamos capaces de crear sistemas informáticos que pueden comprar y vender todo el mundo doce veces en trescientos nanosegundos; independientemente de la elegancia seductora de las matemáticas, no podemos escapar al hecho de que la economía se basa fundamentalmente en el cuerpo humano. Hay cuerpos que trabajan, cuerpos que necesitan cuidados, cuerpos que crean otros cuerpos. Cuerpos que nacen, envejecen y mueren. Cuerpos que tienen un sexo. Cuerpos que necesitan ayuda en muchas fases de la vida. Y, además, hay una sociedad que organiza todo esto.

La teoría económica se ha convertido en un refugio, un lugar donde esconderse para alguien en constante huida de sí mismo. Un sitio en el que la sociedad nos cuenta historias fantásticas sobre cosas que necesitamos oír. Canciones a cuyo son queremos bailar. El único sexo. La única opción. El único mundo.
Lo que llamamos «teoría económica» es la versión formal de lo que no es otra cosa que la visión del mundo predominante en nuestra sociedad. El gran relato contemporáneo, la historia más grande jamás contada de nuestro tiempo: quiénes somos, por qué estamos aquí y por qué hacemos lo que hacemos.
¿Quién es el protagonista de dicha historia? El hombre económico, cuya característica principal es que no es mujer.
El feminismo va mucho más allá de la exigencia de los «derechos de la mujer». Hasta ahora, la revolución feminista se ha consumado solo a medias. Hemos añadido mujeres a la mezcla y hemos agitado. El siguiente paso es darse cuenta de lo crucial de ese cambio, de modo que también transformemos nuestras sociedades, economías y políticas para que se ajusten al nuevo mundo que hemos creado. Hemos de decir adiós al hombre económico y construir una sociedad que dé cabida a una concepción más amplia e integradora de lo humano. No hace falta que lo llamemos «revolución»; más bien, podríamos definirlo como una mejora.

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A funny work, a great way to represent and strip our protagonist, I liked it a lot, enjoyable and at the same time it is useful to ask many opinions of certain or all followers of Adam Smith; the “Smithers”.
Homo Economicus is a concept in economics that is wrong. It has failed almost every test, every environment, and every theory. Katrine Marçal has found a new way it is has failed. It totally misjudges women. It helps repress them, keep them subservient, underpaid and unappreciated. They are second class contributors when they are considered at all. Economic models are developed basically without them. This is hardly the first book to damn homo economicus, but he persists and thrives nonetheless. It just continues to make economics wrong. The book is a thorough and thoughtful attack on homo economicus, from a feminist standpoint.
Marçal writes in a very fast style. Her paragraphs seem very often single sentences, which quickens the pace. It doesn’t stop her from beating a point to death, but it makes reading the book a breeze. Economics can be so absurd she only has to report on it and it comes across as sarcastic and satirical. It usually doesn’t even require a comment from her. But the book is an endless stream of such nonsense – that we actually operate by. Our governments make faulty decisions based on faulty statistics plugged into faulty models.
The core argument is that housework should count. Canada once calculated women’s work – maintenance, childcare, cooking – to be worth between 30 and 45% of GDP. But GDP includes none of it. This is hardly the only problem with GDP, an unrealistic and artificial fabrication, and ignoring the value contributed by women is an age-old festering sore that Marçal picks at gleefully.
There are so very many reasons why economics is wrong. This is a major one, but there are more important missing components, like natural resources. Raw materials are not part of any standard economic model. We assume they are always available. Free. Free to consume and free to waste and free to pollute. This is the biggest reason the planet is wheezing and groaning – because economists decided homo economicus was no longer part of the ecosystem. He was above it and could exploit as he pleased without accounting or consequence. Marçal finally gets to this point at the very end, giving it one page.
Marçal’s neutral, positive solution: “Economic science should be about how one turns a social vision into a modern economic system”.

The title of this book comes from the famous Adam Smith quote, “It is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker that we expect our dinner, but from their regard to their own interest.” The author points out that Adam Smith lived with his mother for most of his life, but neglected to mention her role in his dinner. Unfortunately for that neat rhetorical point, Smith employed a cook, and there is no record of his mother cooking. As the daughter of landed gentry raised with many servants, it’s not likely she would have ventured into outbuildings to cook over an open fire. It’s kind of cute that the fire-breathing feminist author assumes that if there’s a woman around, she must in the kitchen. In fact, it seems likely that Adam Smith’s dinner from farm to table was provided via paid labor rather than benevolence. On the other hand, it’s quite possible his mother made tea for him, or perhaps served trays when he was ill, and she likely did organize the household meals. And it doesn’t really matter to the author’s point, which is that the most important human relations, including mothers feeding sons, are not the arms-length commercial transactions that fit best into conventional economic models.
At first I thought the author was inconsistent on this point. There is a lot of complaining that unpaid household labor and caretaking, mostly done by women, is left out of economic statistics; but there’s also scorn for the idea that standard belifs-and-preferences economic analysis can explain deeply personal activities. Reading carefully there is no contradiction. The author thinks mainstream academic and policy thinking treats unpaid “women’s work” as a capitalist activity, but of such trivial value that it can be neglected.
On the academic side, I think the criticism is unfair. Economics as a discipline can be defined either by its tools or its field of inquiry. When beliefs-and-preferences logic is applied to commercial activity, everyone agrees it is economics. Economists sometimes apply the same tools to non-commercial decisions like whether to have a baby, socializing and play. It’s also considered economics when people apply non-standard tools, like behavioral psychology or Marxist theories, to the money economy. But if you want to analyze, say, marriage rates or other non-commercial activity, using sociology, evolutionary biology, cultural analysis, or other tools that are not standard in economics, it’s just not economics. All those things are certainly studied, using the tools the author approves of, we just don’t call it economics.
The case is stronger on the policy side. There is an elaborate machinery for measuring and analyzing the economic effect of policies, but much less attention for “soft” policies. For example, the debate over a carbon tax is conducted in quantitative, objective terms: how much revenue will it raise, what will be the effect on emissions, how will it affect economic growth, which technologies will be favored or discouraged? But a proposal for mandatory family leave will not have comparable data and analysis to answer the important question: how will it affect families? Instead, the proposal is likely to be judged on secondary effects (such as the easier to define effects on unemployment rates and business profits) or judged purely on intentions.
But the author’s main focus is not policy, but habits of thought that lead people to conceive of policy in economic terms; and to dismiss anything else as foolish emotionalism. In my opinion, the book made some good points in this regard, but didn’t come close to defending it as a general thesis. And there was no consideration at all of the opposite problem, policies that are enacted purely on their intentions, with no rational consideration of their consequences.
The author is not above a few excursions to la-la land. She wants to criticize irresponsible philandering, but can’t do it, because–get this–Karl Marx was an irresponsible philanderer. It’s bad enough to take Marx’s sophomoric ravings seriously, but you have to be seriously disturbed to think St. Karl defines the acme of personal virtue. Or, after heaping total scorn on the idea that incentives matter in personal relationships, she blithely asserts that in Sweden men take a large role in early childcare due to government family leave policies. There seems to be no recognition that this is exactly the kind of thinking she’s savaging in the rest of the book.
This may be a translation issue, but a minor complaint is the author makes constant reference to “neoliberal economics” which seems to encompass a broad spectrum of thinkers who disagree about most things. In my experience, you don’t hear the term much in the US. In South America it tends to refer to Pinochet-style militaristic-capitalism, in Eastern Europe Jeffrey Sachs shock treatment, and in Western Europe it means anything Ronald Reagan or Margaret Thatcher liked. I don’t think anyone today calls him or herself “neoliberal.” Calling people what they call themselves makes the exposition much clearer than defining all the people you don’t like under one general term.
The book is well-written and contains a lot of interesting facts (also some stuff that would be interesting if only it were factual). It gets a bit wild and incoherent at points, but always manages to find its way back to Earth. The author makes clear where her heart is, although she doesn’t manage to make it into a clear logical case.

In the late nineteenth and early twentieth centuries, women united to demand the right to private property and inheritance, the right to free enterprise, the right to borrow, the right to work, equal pay and, in short, the possibility of maintaining themselves, so that they did not have to marry for money, but could, instead, do so out of love.
Feminism continues to have a close relationship with the economy.
During the last decades, the objective of the feminist movement has been to obtain the money and other privileges traditionally monopolized by men, in exchange for things less easy to quantify, such as “the right to cry in public”.
If Lehman Brothers had been Lehman Sisters, the financial crisis would not have developed in the same way or would not have happened, according to Christine Lagarde in 2010, when she was still France’s Minister of Economy. Although surely he did not say it at all seriously.
Audur Capital, an Icelandic private investment fund run entirely by women, was the only fund of that kind that survived the crisis with hardly a scratch, said Lagarde. And there are studies that show how men with high levels of testosterone are more predisposed to take risks. The assumption of excessive risks is what causes the collapse of banks and what triggers financial crises …

The greatest achievement of Adam Smith was that from the beginning he managed to introduce the nascent economic science into the new conception of the world coming from Newtonian physics. Logical, rational and predictable; these were the characteristics of physics at that time, before time and space merged into an indivisible space-time, before the universe was divided, in each measurement, in as many parts as possible measurement results. But Adam Smith’s successor economists were not particularly interested in modern quantum physics and continue to stare undaunted at Newton’s starry sky.
Adam Smith managed to answer the fundamental question of the economy only half. If he had food secured it was not just because the merchants served their own interests through trade. Adam Smith had it also insured because his mother was responsible for putting it on the table every day.
Nowadays, it is sometimes pointed out that the economy is based not only on an “invisible hand”, but also on an “invisible heart”. It is perhaps an overly idealized view of the duties that society has historically assigned to women. We do not know why Adam Smith’s mother cared for her son. We only know that, indeed, he took care of him.

It could be said that economists are a bit like children; Many of them are obsessed with Robinson Crusoe. Most economics students have occasionally heard the professor on duty tell them his version of Daniel Defoe’s story, published in 1719. It is, of course, necessary to ask what is this account about a racist white man, who he lives alone on an island for twenty-six years before befriending a “savage,” he can reveal us about modern economies.
The hero of Daniel Defoe is usually considered the greatest exponent of the «economic man». Crusoe, shipwrecked on a desert island, is not subject to laws or social codes.
It is assumed that in the market we all remain anonymous. That’s why the market can make us free. It does not matter who you are; personal characteristics and emotional ties have no place. The only thing that matters is the ability to pay. The choices that people make are free and independent, and, like solitary islands in the middle of an empty ocean, we lack a past and a context. Nobody judges us, just as nothing binds us or stops us. The only restrictions are of a technical nature: the limited hours of the day and the finite natural resources. Robinson Crusoe is free and his relationships with other people are essentially based on what they can do for him. And not by malice, but purely and simply by a matter of rationality, at least as rationality is understood in the story.
The idea that the economy is controlled by an invisible hand evolved to create the myth that the market could also bring with it the end of history. When our economic interests were increasingly interrelated, the primitive conflicts of past times would no longer be necessary. You will not go and shoot your cousin because he is Muslim if you have common economic interests with him. You’re not going to go and kill the neighbor either just because you learn that he has slept with your daughter if your business depends on him.
The invisible hand prevents you from doing those things.
The bloody experiences of the twentieth century have shown that man is not so simple. But it is a beautiful story, and few dare to question a beautiful story. At least not in a very deep way.
The machinery of the market was supposedly capable of setting in motion world peace and the happiness of all peoples from something as simple as our vulgar and low passions. It is not surprising that this budget seduced us. The exploitation was nothing personal anymore.

To be human was to subordinate the body to intelligence; As the woman was not considered capable of doing this, she should not have human rights. The woman had to be the body so that man could be the soul. In order to free man from his corporeal reality, the woman had to be tied to her with ever more force.
In other words, economists in Chicago had it easy when referring to biology. For hundreds of years, the claim that something is natural has meant that it can not and should not be changed. However, the issue is not that there are biological differences, but what conclusions are drawn from these differences.
If you want to be part of the history of economics, you have to be like the economic man. You have to accept his version of masculinity. At the same time, what we call “the economy” is always based on another story. The implicit, marginal account that allows economic man to be who he is. The one that allows you to affirm that there is nothing else.
Someone has to be the feeling, so he can be the reason. Somebody has to be the body, so that he can be the spirit. Someone has to be dependent, so that he can be independent. Someone has to be affectionate, so that he can conquer the world. Someone has to be selfless, so that he can be selfish.
Theories about the natural balance of the market were not really questioned until the nineties. They were too smart, that’s what happened. Its simple mechanics was attractive, “sexy” even. It was fun to dress with a trappings of figures increasingly complex. From Wall Street to the universities, this was what people wanted to believe. And so, they believed blindly in these theories. Until September 15, 2008.
Technological changes have always transformed markets. When money became increasingly abstract -first, pieces of deer skin and pieces of metal, and finally loans securitized and sold-, the belief that it was easily accessible was extended. The potential for prosperity is enormous, but also that of risks. Especially if we can not hold on to the real foundations of the economy.
Because, regardless of whether we are able to create computer systems that can buy and sell around the world twelve times in three hundred nanoseconds; Regardless of the seductive elegance of mathematics, we can not escape the fact that economics is fundamentally based on the human body. There are bodies that work, bodies that need care, bodies that create other bodies. Bodies that are born, age and die. Bodies that have a sex Bodies that need help in many phases of life. And, in addition, there is a society that organizes all this.

Economic theory has become a refuge, a place to hide for someone in constant flight from himself. A place where society tells us fantastic stories about things we need to hear. Songs to which we want to dance. The only sex The only option. The only world
What we call “economic theory” is the formal version of what is no other than the predominant world view in our society. The great contemporary story, the greatest story ever told of our time: who we are, why we are here and why we do what we do.
Who is the protagonist of this story? The economic man, whose main characteristic is that he is not a woman.
Feminism goes far beyond the demand for “women’s rights”. So far, the feminist revolution has been only half completed. We have added women to the mix and we have agitated. The next step is to realize the crux of that change, so that we also transform our societies, economies and policies to fit the new world we have created. We must say goodbye to the economic man and build a society that accommodates a broader and more inclusive conception of the human. We do not need to call it “revolution”; rather, we could define it as an improvement.

7 pensamientos en “¿Quién Le Hacía La Cena A Adam Smith?: Una Historia De Mujeres Y La Economía — Katrine Marçal / Who Cooked Adam Smith’s Dinner?: A Story About Women and Economics by Katrine Marçal

  1. Gracias David, es un libro muy interesante y lo has resuelto muy muy bien!!💓💓
    Yo lo resumiría en: frente al trabajo de los hombres que es el que cuenta, el invisible de las mujeres; frente al desarrollado en el espacio público, considerado productivo y por lo tanto con valor social y económico, el que tradicionalmente ha estado en el privado y que en consecuencia se ha considerado más una proyección natural de la feminidad que un auténtico motor de la economía.
    Resumiendo todavía más: yo aprendí a guisar y mis hermanos no, porque cuando mi madre estaba trabajando era yo la que hacía la cena. Jajaja… Tomémoslo con humor!!!!! 😄😄😄

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