Los Piratas Vascos: Corsarios, Bucaneros Y Filibusteros (Isla Tortuga) — Pierre Rectoran / The Basque Pirates: Corsairs, Buccaneers and Filibusters (Turtle Island) by Pierre Rectoran

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Este libro que pudiera parecer juvenil me parece magnífico. El libro mantiene los dibujos de Pablo Tillac que acompañaban al original de 1946. Esta traducción del francés, Los piratas vascos. Corsarios, bucaneros y filibusteros supone una entretenida recopilación de historias, de cuestiones etimológicas y de conocimientos sobre sus condiciones de vida, sobre las leyes y códigos de conducta que usaban, sus acuerdos y repartos, sobre cuáles eran los alimentos más frecuentes, las vestimentas usadas, los modos de abastecimiento de las embarcaciones, sobre las supersticiones que más temían e infinidad de curiosidades.
Fuera de la literatura, la historia de la piratería es un compendio de hambre e injusticias, de necesidades, de sangre y vi- lipendios, penurias y venganzas. Imperan las leyendas, la fama y la idealización de lo que fueron ha opacado una existencia marcada por la violencia y la crueldad. Las tripulaciones solían componerse de desheredados y perseguidos por la justicia, así como vagabundos y malandrines. En cualquier caso, era aquel un mundo apasionante, de aventuras trepidantes, que sigue generando fascinación sin igual.
Pierre Rectoran incluye asimismo extractos de diarios, e introduce, en las primeras páginas, un repaso por el pueblo vasco por sus tradiciones más reconoci- bles y protagonistas ilustres (desde unos apuntes sobre el juego de la pelota y las traineras a la importancia como navegante de Sebastián Elcano o el presunto descubrimiento de América por pescadores vascos). Anécdotas como aquella que refiere que Luis XIV se quejaba a su ministro de que el interés por la aventura hacía que los marineros vascos rehuyesen el servicio militar para abocarse a ser corsarios. Sobre los piratas manifestará: “Vistos de cerca y despojados de su aura poética, los piratas no son más que horribles y toscos saqueadores. (…) Los poetas cometen gran error al idealizarlos”. Para hablar de los filibusteros Restoran cita a Oexmelin y remarca: “No tienen patria. Para ellos la patria es el lugar donde encuentran cómo enriquecerse. Su valor es la herencia”.

El País Vasco no da buenos pilotos, ha dicho Cleirac. Demostremos por segunda vez lo falso de esta aseveración relatando los méritos de otro explorador vasco, Etcheverry, nacido en Ciboure, cerca de San Juan de Luz, en 1700.
Prestó servicio en la marina del rey donde se distinguió en distintos brillantes combates. En 1770 recibió el encargo de ir a las islas Molucas, con el objetivo de conseguir clavo y nuez moscada, productos que los holandeses impedían exportar so pena de muerte.

Con el siglo XV comenzaron las grandes expediciones marítimas, y aquella sed de descubrimientos que ya nunca se extinguiría. Ya en 1393 algunos autores españoles aseguraban que los Guipuzcoanos y vizcaínos establecidos en Sevilla tomaron la iniciativa de la conquista de las Canarias, teniendo así ventaja sobre los franceses Jean de Béthencourt. Es en esta época en la que fechan el descubrimiento de Terranova y sus bancos de peces.
En esta época las costas de Francia e Inglaterra eran incesantemente desoladas por las incursiones de barcos enemigos. Los piratas ingleses y sajones, dice el monje de Saint-Denis, descontentos al ver que la paz había puesto fin a su principal fuente de ingresos, se dispusieron de nuevo a atacar a las naves mercantes. Trescientos de los más duros marineros de Inglaterra y Bayona se confederaron para realizar este proyecto y, ya que esto parece demostrado, no sin la aprobación de su rey, puesto que un día preguntó a la reina que pensaba que pasaría si un día se llegasen a hacer con Bretaña.

La guerra de corso terminó con las guerras del Imperio. Los armadores ya sólo armaban pequeñas chalupas que no aguantaban el mar. Los corsarios, se veían obligados a retirarse a los pequeños puertos de la costa para esperar a su presa. Después de 1815, se dejó de hablar de los corsarios vascos, pero su historia, constituye para la posteridad una serie de ejemplos de las virtudes de este pueblo, que César llamó en sus memorias: «Los cántabros indomados» y que levantaron a Napoleón, a su paso por San Juan de Luz, un arco de triunfo coronado por la divisa Invisibili Invicti, esto es: los invictos al invencible.

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This book that may seem youthful seems magnificent to me. The book maintains the drawings of Pablo Tillac that accompanied the original of 1946. This translation of the French, The Basque Pirates. Corsairs, buccaneers and filibusters is an entertaining compilation of stories, etymological questions and knowledge about their living conditions, about the laws and codes of conduct they used, their agreements and distributions, about what were the most frequent foods, used clothes, the modes of supply of the boats, the superstitions that most feared and lots of curiosities.
Outside of literature, the history of piracy is a compendium of hunger and injustice, of needs, of blood and liberties, hardships and revenge. The legends, the fame and the idealization of what they were have dominated an existence marked by violence and cruelty. The crews used to be composed of disinherited and persecuted by the justice, as well as vagabonds and miscreants. In any case, it was a fascinating world, a thrilling adventure that continues to generate unparalleled fascination.
Pierre Rectoran also includes excerpts from newspapers, and introduces, in the first pages, a review by the Basque people for its most recognizable traditions and illustrious protagonists (from some notes on the game of the ball and the traineras to the importance as a navigator of Sebastián Elcano or the presumed discovery of America by Basque fishermen). Anecdotes such as the one that says that Louis XIV complained to his minister that the interest in adventure made Basque sailors shun military service to devote themselves to being corsairs. On the pirates he will say: «Seen from close up and stripped of their poetic aura, the pirates are nothing but horrible and crude looters. (…) Poets make a great mistake in idealizing them «. To talk about the filibusters, Restoran quotes Oexmelin and remarks: «They do not have a homeland. For them, the homeland is the place where they find how to enrich themselves. Its value is the inheritance. »

The Basque Country does not give good pilots, said Cleirac. Let’s demonstrate for the second time the falseness of this assertion, recounting the merits of another Basque explorer, Etcheverry, born in Ciboure, near San Juan de Luz, in 1700.
He served in the king’s navy where he distinguished himself in various brilliant fights. In 1770 he was commissioned to go to the Moluccan Islands, with the aim of obtaining cloves and nutmeg, products that the Dutch prevented to export under penalty of death.

With the fifteenth century began the great maritime expeditions, and that thirst for discoveries that would never be extinguished. Already in 1393 some Spanish authors assured that the Guipuzcoans and Biscayans established in Seville took the initiative of the conquest of the Canaries, thus taking advantage over the French Jean de Béthencourt. It is at this time that the discovery of Newfoundland and its schools of fish date.
In this epoch the coasts of France and England were incessantly desolate by the incursions of enemy ships. The English and Saxon pirates, says the monk of Saint-Denis, unhappy to see that peace had put an end to their main source of income, set out again to attack the merchant ships. Three hundred of the harshest sailors of England and Bayonne confederate to carry out this project and, since this seems proven, not without the approval of their king, since one day he asked the queen what he thought would happen if one day they came to do with Brittany.

The Corsican war ended with the wars of the Empire. The shipowners already only armed small boats that could not stand the sea. The corsairs, were forced to retreat to the small ports of the coast to wait for their prey. After 1815, the Basque corsairs stopped talking, but their history constitutes for posterity a series of examples of the virtues of this people, which Caesar called in his memoirs: «The Indomitable Cantabrians» and which raised Napoleon, on its way through San Juan de Luz, an arch of triumph crowned by the Invisibili Invicti currency, that is: the undefeated to the invincible.

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