Movilización Total — Maurizio Ferraris / Mobilitazione Totale (Total Mobilitation) by Maurizio Ferraris

Un muy interesante breve ensayo sobre lo que se denomina ontología social.
Actualmente, el número de abonados a los dispositivos móviles supera al de la población mundial. ¿Quién lo habría imaginado hace solo veinte años? A día de hoy, tres mil millones y medio de usuarios de la red, esto es la mitad de la población mundial, escribe (y, lo que es más grave, recibe) sesenta y cuatro mil millones de correos electrónicos, lanza veintidós millones de tweets y publica un millón de entradas. ¿Qué se preguntan? ¿Qué se dicen? Obviamente muchas cosas, en gran medida algo como «¡Soy yo, existo, estoy aquí!».
Lo más inquietante es el imperio militar que ejerce la llamada. El aparato que funciona como terminal del aparato parece ordenar algo, al contrario de lo que habría hecho un medio del siglo pasado, como una radio o un televisor, dedicados al entretenimiento, a la información y, claro está, a la persuasión. Actividades que antiguamente habrían sido censuradísimas por la crítica de la cultura, y a menudo con excelentes motivos, pero, en definitiva, bondadosas y, al fin y al cabo, pacíficas con respecto a la llamada.

El aparato, cuya manifestación más evidente es internet, es un imperio sobre el que nunca se pone el sol, y el hecho de tener un smartphone en el bolsillo significa tener el mundo en la mano, pero también, y de manera automática, estar en manos del mundo: en cualquier momento podrá llegar una solicitud, en cualquier momento seremos responsables. También se podría establecer, por contrato, que se trabaja una hora a la semana…
El móvil moviliza. He aquí lo que ha cambiado desde los tiempos. Quien todavía esté en condiciones de hacerlo, que regrese a la época, lejana conceptualmente y cercana cronológicamente, en la que los teléfonos eran aparatos [apparati] fijos y capaces tan solo de comunicar, sin ningún aspecto vinculado al registro. En esa época, todo aquel que no se encontrara en las cercanías de un teléfono fijo bajo su competencia (el teléfono de casa o de la oficina) estaba virtualmente eximido de cualquier responsabilidad. El teléfono sonaba, pero si se tenía un motivo válido para no estar en casa o en la oficina, en modo alguno se le podía imputar a uno el hecho de que era ilocalizable.
Para realizar la movilización total no es necesario (aunque es técnicamente posible) disponer de apps que digan dónde estás, tan solo es suficiente la combinación de un sistema de trabajos flexibles con un aparato de responsabilización que te alcance en cualquier parte asignándote tareas. Y de un sistema de obligaciones que se vuelvan perentorias por el único motivo de ser técnicamente posibles. De este modo, el imperativo técnico invierte el moral: «si puedes, debes». Por ejemplo, acosar con felicitaciones mediante SMS a destinatarios que se sentirán obligados a responder; tratar de mostrarse diligente cuando se interviene en cualquier minucia de oficina debatida a través de prolijos correos circulares.

Hoy, la sociedad, al contrario que las sociedades tradicionales —pero también que la llamada «sociedad del espectáculo»—, no es diferente a los medios de masas, pues todo actor social no es únicamente un usuario, sino un productor de medios. Ahora bien, lo que conecta fenómenos tan dispares como la militarización y la mediatización es el registro: los filósofos dirían su eidos, es el hecho de poseer una grandísima capacidad de registro, lo que las vuelve muchísimo más potentes que los aparatos técnicos que las precedieron.
Desde que internet y sus dispositivos irrumpieron capilarmente en nuestra vida, entramos, de hecho, en una tercera edad que propongo llamar «edad del registro»: al igual que en la época de producción, se fabrica; al igual que en la época de la comunicación, se transmite; pero aquello que es fabricado o transmitido es un documento registrado, destinado a permanecer donde se encuentra y a circular por un tiempo y un espacio indefinidos. A la vez, todo usuario es un productor de información, publicada en las redes sociales. Al mismo tiempo, todo contrato en internet produce automáticamente informaciones y documentos sobre los usuarios. Se crea una situación de indistinción entre lo social y lo mediático (la vida social es aquella que tiene lugar en internet) y entre lo privado y lo laboral (los propios dispositivos sirven tanto para el trabajo como para la gestión de la vida privada y para el entretenimiento).
En lo que se refiere a la ontología de internet, es importante, como decía, reconocer su diferencia con respecto al ámbito de la comunicación y de la información al cual fue asociado en un inicio. En primer lugar, el objetivo fundamental de internet no es el conocimiento y la transición de información (como pensaron sus inventores), sino la acción: transmite órdenes, peticiones, ruegos, a los que se debe responder de manera individual. He aquí el motivo de la rapidísima superposición entre internet y la sociedad. Porque también la sociedad, al igual que internet, es antes que nada una esfera de acción cuyo objetivo fundamental es hacer y dejar hacer. La acción social no se agota en sí misma, sino que, como hemos visto, determina, con un automatismo y rapidez implacables, la producción de objetos sociales. En este caso tampoco es difícil reconocer la potencia que se concentra en internet, capaz de generar a bajísimo coste y con una grandísima eficiencia todo el complejo de la acción y de la producción social.

No es posible prever lo que es capaz de hacer una humanidad mayoritariamente alfabetizada. Los conservadores, creo, sostendrían que, una vez liberada de las dulces cadenas de la ignorancia y la subordinación, daría lo peor de sí. Personalmente, no lo creo, no tanto por una desmedida confianza en la humanidad (y antes que nada en mí mismo), sino más bien por la constatación, empíricamente facilísima, de los desastres que, a lo largo de la historia, ha sabido producir una humanidad en su mayoría analfabeta.

A very interesting brief essay on what is called social ontology.
Currently, the number of subscribers to mobile devices exceeds that of the world population. Who would have imagined it only twenty years ago? To this day, three and a half billion users of the network, this is half of the world’s population, writes (and, what is more serious, receives) sixty-four billion emails, launches twenty-two million tweets and publishes a million entries. What are you asking? What do they say? Obviously many things, to a large extent something like «It’s me, I exist, I’m here!»
The most disturbing is the military empire that exercises the call. The apparatus that functions as the terminal of the device seems to order something, contrary to what a half of the last century would have done, such as a radio or a television, dedicated to entertainment, information and, of course, persuasion. Activities that formerly would have been censured by the critique of culture, and often with excellent reasons, but, ultimately, kind and, at the end of the day, peaceful with respect to the call.

The device, whose most obvious manifestation is the Internet, is an empire on which the sun never sets, and the fact of having a smartphone in your pocket means having the world in your hand, but also, and automatically, being in hands of the world: at any time you can get an application, at any time we will be responsible. It could also be established, by contract, that one hour a week is worked …
The mobile mobilizes. Here is what has changed since time. Who is still able to do it, who returns to the time, conceptually distant and close chronologically, in which the phones were apparati fixed apparati and able only to communicate, without any aspect linked to the record. At that time, anyone who was not in the vicinity of a landline under their jurisdiction (the home or office phone) was virtually exempt from any liability. The phone rang, but if there was a valid reason not to be at home or in the office, in no way could one be accused of being unlocatable.
To perform the full mobilization is not necessary (although it is technically possible) to have apps that say where you are, just enough is the combination of a flexible work system with a responsible device that reaches you anywhere assigning tasks. And a system of obligations that become peremptory for the sole reason of being technically possible. In this way, the technical imperative reverses the moral: «if you can, you must». For example, harass with congratulations via SMS to recipients who will feel obliged to respond; try to be diligent when intervening in any office minutiae discussed through neat circular mails.

Today, society, unlike traditional societies – but also the so-called «society of the spectacle» – is not different from the mass media, because every social actor is not only a user, but a producer of media. Now, what connects phenomena as disparate as militarization and mediatization is the record: the philosophers would say their eidos, is the fact that they have a very large capacity for recording, which makes them much more powerful than the technical devices that preceded them .
Since the Internet and its devices burst into our lives, we enter, in fact, into a third age, which I propose to call the «registration age»: just as in the production era, it is manufactured; as in the time of communication, it is transmitted; but that which is manufactured or transmitted is a registered document, destined to remain where it is and to circulate for an indefinite time and space. At the same time, every user is a producer of information, published on social networks. At the same time, every contract on the internet automatically produces information and documents about users. It creates a situation of indistinction between the social and the media (social life is that which takes place on the internet) and between private and labor (the devices themselves serve both for work and for the management of private life and for entertainment).
As regards the ontology of the Internet, it is important, as I said, to recognize its difference with regard to the field of communication and the information to which it was originally associated. In the first place, the fundamental objective of the internet is not the knowledge and the transition of information (as its inventors thought), but the action: it transmits orders, requests, requests, to which one must respond individually. Here is the reason for the very rapid overlap between the internet and society. Because also society, like the Internet, is first and foremost a sphere of action whose fundamental objective is to do and to let do. Social action does not end in itself, but, as we have seen, determines, with an implacable speed and automatism, the production of social objects. In this case, it is also not difficult to recognize the power that is concentrated on the internet, capable of generating, at very low cost and with great efficiency, the whole complex of action and social production.
It is not possible to foresee what a largely literate humanity is capable of doing. The conservatives, I think, would argue that, once freed from the sweet chains of ignorance and subordination, it would give the worst of itself. Personally, I do not believe it, not so much because of an excessive trust in humanity (and first of all in myself), but rather because of the empirically easy confirmation of the disasters that, throughout history, it has been able to produce a humanity that is mostly illiterate.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.