JFK. Caso Abierto: La Historia Secreta Del Asesinato De Kennedy — Philip Shenon/ A Cruel and Shocking Act: The Secret History of the Kennedy Assassination by Philip Shenon

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Libro original,que aporta una visión muy distinta de los típicos libros sobre el asesinato, repleto de información contrastada,no emite juicios,sino los hechos tal y como sucedieron, a partir de la lucha por obtener la verdad por parte de los jovenes abogados de la comisión warren, sus frustraciones,logros y fracasos en ese empeño. Aporta,una interesante y muy convincente teoría sobre quién estaba detrás del magnicidio, un libro imprescindible a pesar de su deficiente traducción al castellano. Leer en inglés sin duda.

Al no obtener una copia del Certificado de defunción de Rosemary Cooper McCone, esposa de John A. McCone Director de la Agencia Central de Inteligencia, que se puso a disposición del público en 2011 a través del Departamento de Salud del Distrito de Columbia, el Sr. Shenon el libro «Una Ley Cruel y Shocking» es incompleto e inexacto.
El certificado de defunción del archivo Rosemary Cooper McCone No. 61-9457, que está escrito a mano, en el archivo del Departamento de Salud del Distrito de Columbia muestra la causa de la muerte, el 6 de diciembre de 1961 a las 7:00 a.m. un suicidio como resultado de una sobredosis de drogas, y el informante fue John A. McCone.
La muerte de la señora McCone ocurrió 8 días después de que John A. McCone recibiera un nombramiento de receso del presidente John F. Kennedy para ser el director de la CIA, y 9 semanas antes de recibir la confirmación del Senado de los EE. UU. En una votación de 71 a 12 semanas.
Los archivos en línea del FBI muestran una nota de W.C. Sullivan, bajo el tema MUERTE REPENTINA DE LA SRA. JOHN MCCONE ESPOSA DE JOHN A. MCCONE, DIRECTOR DE LA AGENCIA DE INTELIGENCIA CENTRAL que dice «Según James Hunt, Agencia Central de Inteligencia, la Sra. McCone sufrió una ‘infección de virus de 24 horas’ durante el fin de semana de Acción de Gracias, sin embargo, según los informes, había superado Esta enfermedad. El Sr. Hunt asistió a una cena con los McCone anoche y, mientras estaba sentado al lado de la Sra. McCone, le dijeron que ella nuevamente estaba cayendo mucho mejor y que gozaba de buena salud.
J. Edgar Hoover, Director del FBI, envió una carta de condolencias a John A. McCone el día de la muerte de la Sra. McCone, y una nota dice que el Agente Especial R.O. L’Allier del FBI asistió al funeral,
Pasadena Star News, el 7 de diciembre de 1961, informó que «la señora McCone, de 53 años, murió ayer cuando se dirigía de su casa en Washington a un hospital. Su cuerpo fue trasladado aquí hoy en el avión del presidente Kennedy, el Caroline».
The Washington Post, el 8 de diciembre de 1961, informó que «la Primera Dama Jacqueline Kennedy encabezó el Washington oficial ayer asistiendo a una misa de réquiem por la Sra. John A. McCone, esposa del director de la Agencia Central de Inteligencia en la Iglesia Católica St. Thomas the Apostle » El artículo del Washington Post también dice: «La señora McCone, que vino aquí el domingo pasado desde su casa en San Marino, California, donde había estado gravemente enferma recientemente, murió la madrugada del miércoles en una ambulancia en una ambulancia en la Universidad George Washington Hospital. La muerte fue un atributo de un ataque al corazón «.
En una carta, fechada el 12 de febrero de 1962, archivada en la Biblioteca JFK, dirigida a «Mi querido señor presidente», John A. McCone escribió: «No puedo decir mucho para expresar la profundidad de mis sentimientos». que surgió del conocimiento de que usted, entre todos los demás, podría tomarse el tiempo de sus agobiantes días para comunicarse conmigo personalmente como lo hizo, poner el avión a mi disposición, enviar flores y mensajes y, finalmente, para que la Sra. Kennedy asista los servicios. Todas estas cosas y su consideración desde entonces me han dado fuerza en un momento en que más lo necesitaba. No puedo decir más que expresar mi apreciación eterna «.
En la página 77 del libro «Listening In, The Secret White House Recordings of John F. Kennedy» de Ted Widmer, con un prólogo de Caroline Kennedy, se produce el siguiente intercambio telefónico entre el presidente John F. Kennedy y el fiscal general Robert F. Kennedy que fue grabado el 4 de marzo de 1963.
“JFK: ¿Y McCone tenía razón?
RFK: Bueno, ese John McCone, que están tratando de hacerse quedar bien.
JFK: Sí.
RFK: Y eso es lo que dijo. ‘Esto es de donde viene’, dijo.
JFK: Sí. Sí. Es un verdadero bastardo, ese John McCone «.
Parece fortuito que la nota al pie # 1 para el Prólogo, del libro, «Una Ley Cruel y Shocking» dice lo siguiente: «El lunes 12 de abril: Certificado de Muerte, Distrito de Columbia, Departamento de Salud …» señalando el suicidio de Charles William Thomas el 12 de abril de 1971, fue la primera nota al pie del libro. Esto le informa a los lectores que el Sr. Shenon sabía sobre el Departamento de Certificados de Muerte Heath del Distrito de Columbia cuando escribió el libro.

En más de medio siglo desde el asesinato de John F. Kennedy en Dallas, las preguntas se han planteado una y otra vez al respecto. ¿Cuántos disparos? ¿Quien estaba involucrado? ¿El supuesto asesino Lee Harvey Oswald actuó solo o incluso estuvo involucrado? La Comisión Warren, creada después del asesinato y cuyo informe fue emitido al público en 1964, tenía la intención de responder esas preguntas de una vez por todas. En cambio, simplemente agregaría gasolina al fuego de los reclamos de conspiración. El periodista Philip Shenon, que explora (como el libro lleva el subtítulo) «la historia secreta del asesinato de Kennedy», trata en este volumen de cómo y por qué sucedió eso.
Primero y principal, este no es un libro sobre esos seis segundos aún controvertidos en la Dealey Plaza de Dallas. En cambio, Shenon se centra en la Comisión Warren y su investigación sobre el asesinato. El libro se convierte en la historia de su tumultuosa existencia en 1963-64 en la que se le encomendó presentar los hechos del asesinato. Una investigación que, como establece el libro, estuvo efectivamente comprometida desde el principio.
Los personajes centrales (por falta de un término mejor) de A Cruel and Shocking Act son los abogados que hicieron gran parte del arduo trabajo de la investigación. Pueden ser intercambiables a veces como jóvenes, educados en la Ivy League y a veces hace que los hilos narrativos sean difíciles de seguir. Sin embargo, lo importante es que muchos de los que aún viven solo hablaron sobre la investigación por primera vez en los años previos a la publicación del libro. Comparten algunas historias intrigantes de William Coleman enviado encubiertamente para entrevistar a Fidel Castro a bordo del yate del dictador cubano a los esfuerzos para rastrear a aquellos que podrían arrojar más luz sobre el tiempo de Oswald en la Ciudad de México semanas antes del asesinato. Shenon también lleva a los lectores paso a paso a través de la investigación, por ejemplo, cómo Arlen Specter encontraría lo que los críticos llamarían más tarde «la teoría de Magic Bullet». Los resultados son intrigantes, a veces pareciéndose más a un thriller legal o una historia de espionaje un cuento de la historia reciente de Estados Unidos.
Lo que también es refrescante es que Shenon está dispuesto a admitir que la Comisión Warren estaba esencialmente comprometida, incluso antes de que se produjera. Su existencia se debió a un deseo de refutar una conspiración, tanto que Lyndon Johnson (que se ha convertido en una especie de sospechoso principal en los últimos años otra vez) presionaría a Earl Warren para dirigir la comisión diciéndole que diciendo que nadie más que Oswald estaba involucrado podría conducir a una guerra nuclear. Revela cómo Warren hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar que la evidencia médica vital fuera presentada ante la comisión, aparentemente para proteger la privacidad de la familia Kennedy, pero de hecho parecía tener otro motivo.
También muestra que la verdad estaba oculta, tanto del público como de la Comisión Warren. De hecho, agencias como la CIA activamente intentaron esconder ya sea lo que sabían sobre Oswald (en la interpretación menos siniestra de las cosas) o de hecho posible participación. O cómo el FBI y la CIA, a través de personas como J. Edgar Hoover y James Angleton, intentaron mantener las cosas en secreto durante años e incluso décadas después. Mientras Shenon nunca llega a decir que hubo una conspiración, está perfectamente dispuesto a admitir un encubrimiento que finalmente convierte el libro en lo que él llama «un relato de mi descubrimiento de cuánta verdad sobre el asesinato de Kennedy tiene Todavía no me lo dijeron «.
Ser tal cuenta hace que una Ley Cruel y Shocking sea una lectura importante. Al tratar con la Comisión Warren, revela cómo una investigación destinada a silenciar los temores de conspiración en vez vendría a avivar sus llamas a través de una investigación fallida que de hecho fue la prisa por el juicio que los críticos han afirmado que es. Por esa sola razón, podría estar entre los libros más importantes escritos sobre el asesinato y sus consecuencias.

La comisión Warren cometió errores severos. No logró dar seguimiento a elementos probatorios y a testigos importantes debido a las limitaciones impuestas a la investigación por el hombre que la dirigió, el ministro presidente Warren. Con frecuencia, éste pareció estar más interesado en proteger el legado de su querido amigo el presidente Kennedy y de la familia Kennedy, que en llegar al fondo de los hechos sobre la muerte del mandatario.
En lo que atañe al asesinato, la historia será mucho más amable con los abogados sobrevivientes del equipo de trabajo de la comisión, así como con su antiguo historiador interno, quien revela en este libro lo que en verdad ocurrió dentro de la Comisión Warren. Una gran parte de este libro es su historia, contada desde su propia mirada. Los abogados, la mayoría por entonces en su tercera o cuarta décadas de vida, fueron reclutados de prestigiosas escuelas de leyes, bufetes y fiscalías de todo el país. La mayoría de ellos se encuentra ahora en el final de una larga carrera del ejercicio de las leyes o del servicio público. Para algunos de ellos, las entrevistas para este libro significaron la primera vez en que hablaron en detalle, con certeza frente a algún periodista, sobre el trabajo de la comisión. Muchos habían guardado silencio durante décadas, temerosos de ser arrastrados hacia debates públicos desagradables y con frecuencia perdidos de antemano frente a los ejércitos de teóricos de las conspiraciones. Sin excepción, todos y cada uno de estos hombres —la única mujer entre ellos, Alfredda Scobey, murió en 2001— conservaban el orgullo que significaba su trabajo individual en la comisión. Muchos, sin embargo, se mostraron indignados al descubrir cuánta evidencia no se les permitió escrutar. Y son las evidencias, lo saben bien, las que siguen reescribiendo la historia del asesinato de Kennedy.

Pocas horas habían transcurrido desde el traslado del cadáver del presidente a Washington cuando las pruebas relacionadas con el magnicidio habían comenzado a desaparecer de los archivos gubernamentales. Las notas tomadas por los patólogos militares durante la autopsia, así como el borrador original del informe forense, fueron incinerados.
El comandante naval y médico James Humes revelaría después que había quedado paralizado frente a la idea de que su manejo del papeleo hospitalario la noche del sábado 23 de noviembre pudiera juzgarse como el primer paso del despliegue de una cortina de humo de parte del gobierno. Con todo, admitiría, debió actuar con mayor prudencia. “Lo ocurrido fue decisión sólo mía, únicamente mía”, recordaría. “De nadie más”.
Jacqueline Kennedy se había resistido en un principio a la idea de una autopsia; la imagen del cuerpo de su marido sobre una fría plancha de acero para disecciones parecía un horror más en un día atestado de ellos. “No es necesario que se haga”, le había comentado al médico de cabecera del presidente, el almirante George Burkley, mientras volaban a bordo del Air Force One de Dallas a Washington. Iba sentada junto al féretro con los restos del presidente en el compartimento trasero de la aeronave. Burkley, quien había demostrado ser un amigo leal y discreto de la familia Kennedy la persuadió amablemente de que tenía que practicarse la necropsia. La primera dama se había sentido siempre tranquila por el hecho de que el médico era, al igual que ella, un fiel católico romano, y uno especialmente devoto, por lo que en aquel momento habría confiado en su consejo casi por sobre cualquier otro. Él le recordó que su marido había sido víctima de un crimen y que una autopsia era un requisito legal. Le dio a escoger entre el Centro Médico Militar Walter Reed en Washington y el hospital naval en Bethesda.
La autopsia se convertiría en un circo.
Pocas horas después del magnicidio, Warren ordenó que su equipo de trabajo emitiera un comunicado que reflejara su suposición de que el presidente había sido asesinado porque, tal como Warren mismo, se había atrevido a hacer frente a los males del racismo y otras injusticias. “Un gran y honesto presidente ha sido martirizado como consecuencia del odio y el encono que han sembrado en la vida de nuestra nación los intolerantes”, escribió Warren. El pronunciamiento fue entregado a los reporteros antes del anuncio, pocas horas después, en ese mismo día, del arresto en Plaza Dealey de Lee Harvey Oswald, un empleado del Almacén de Libros Escolares de Texas, de 24 años de edad.
Aquella tarde, Warren recibió la notificación de que el nuevo presidente, Lyndon Baines Johnson, regresaba a Washington a bordo del Air Force One; el avión presidencial transportaba también el féretro de bronce que contenía los restos mortales de su predecesor.
Lyndon Johnson creía en las conspiraciones. Esa forma de pensar había probado su valía a lo largo de una poco probable carrera política que lo había llevado de los matorrales del centro de Texas al Capitolio y ahora, sorpresivamente, a la Oficina Oval como el nuevo presidente. Sus antiguos colegas en el Senado consideraban que el cauteloso, sediento de poder, texano de 57 años tenía ojos en la espalda y que más valía que Dios amparara a quienes se atrevieran a acechar y a conspirar contra él. Johnson era capaz de cualquier cosa —mentir, lo menos— para lidiar con sus enemigos. Desde siempre, parecía capaz de adivinar cada vez que se incubaba un complot en su contra, lo cual permitía explicar la paranoia y el pesimismo omnipresentes y amenazantes que el político, de manera habitual, lograba esconder del ojo público. Con frecuencia se había sentido humillado durante sus tres años como vicepresidente, pero enmascaraba su abatimiento bajo capas de lo que algunos de los colaboradores de Kennedy describían con crueldad.

Entender la escena del crimen en Plaza Dealey nunca sería tan fácil. Aunque Belin tenía la certeza de que Oswald había actuado solo en el homicidio de Tippit, seguía teniendo sospechas de que el mismo Oswald podría no haber actuado solo en el asesinato del presidente. Belin estaba convencido de que todas las balas dirigidas a la limosina de Kennedy habían venido desde atrás, descartando un disparo desde el montículo de pasto o desde algún otro sitio delante del convoy; sin embargo, a partir de la confusión de los estudios balísticos y del conflicto entre los testimonios de los testigos, se preguntó cómo la comisión podía descartar la posibilidad de que a Oswald lo hubiera acompañado un cómplice en el almacén de libros. ¿Podría haberse colocado otro asesino en algún punto detrás de la caravana? Belin se había integrado a la comisión creyendo en la existencia de una conspiración para matar a Kennedy, y aún estaba ansioso por revelarla. A principios de enero, Mel Eisenberg, ayudante de Redlich, organizó una serie de proyecciones de la película de Zapruder para el equipo de trabajo de la comisión. Eisenberg, Belin y Specter, entre algunos otros, observaron las mismas imágenes repulsivas hora tras hora y analizaron la película cuadro por cuadro.
Belin se dio cuenta de que el resto de los cálculos no eran tan complicados. Asumiendo que el FBI y el Servicio Secreto estaban en lo cierto, la primera y la tercera balas impactaron a Kennedy y la segunda a Connally. De ese modo, si Kennedy no fue herido sino hasta el cuadro 210 y Connally no después del 240, existía un máximo de 30 cuadros de película entre los dos disparos, es decir, menos de dos segundos. Oswald habría tenido entonces muy poco tiempo para haber realizado ambas detonaciones. Y ese hecho, creía Belin, le daba la respuesta que tanto había estado buscando: hubo, cuando menos, un segundo tirador en Plaza Dealey.

Los médicos de Parkland tenían una explicación lógica para la confusión que había causado la herida en la garganta del presidente; por qué habían sugerido en un principio que la herida podía tratarse de un orificio de entrada. Dicho error había quedado registrado en los documentos del hospital, cuando uno de los médicos presentes en la sala de emergencias describió el agujero en la garganta del presidente como “presumiblemente una herida de entrada de bala”. Tal como los médicos explicaron, ellos simplemente no habían volteado el cuerpo del presidente, por lo que jamás observaron el orificio de entrada en la espalda. En cuanto el presidente fue declarado muerto, dijeron, los médicos abandonaron la sala sin realizar examen posterior alguno. “Nadie, en ese momento, me parece, tuvo corazón para inspeccionarlo”, declaró Carrico. En otros casos, él y sus colegas habrían inspeccionado un cadáver de vez en cuando “para satisfacer nuestra curiosidad o por motivos educativos”.
Connally, decidió Warren, estaba equivocado al creer que había sido impactado por una bala distinta, todo lo cual era comprensible en vista del impacto psicológico que sus heridas le habían causado. “No deposité, en absoluto, mucha fe en el testimonio de Connally”, afirmaría tiempo después el ministro presidente. El comisionado John McCloy, un veterano del ejército de la Primera Guerra Mundial al igual que Warren, apoyaba la lectura de los hechos del ministro presidente. McCloy había combatido en Europa y sabía el grado de confusión que llegaba a apoderarse de los soldados en el campo de batalla después de que eran heridos por balas o esquirlas, en muchas ocasiones sin percatarse por varios minutos de que habían recibido lesiones graves, fatales incluso. McCloy compartió con Warren el recuerdo de un caso en que dos soldados heridos por proyectiles no se percataron del hecho “durante un tiempo considerable”, hasta que, “pocos segundos después, caían muertos”.

Rankin, como indican los documentos de la comisión, se quedó paralizado ante la intención de Ely de consignar por escrito un dato tan vulgar, incluso cuando fuera cierto. El aparentemente pudoroso Rankin habló con Ely aquel 5 de mayo para dejarle en claro su disgusto; ese mismo día, más tarde, Ely le ofrecería una lastimera disculpa, insistiendo en un memo en que había sido malinterpretado y que no recomendaría una más profunda investigación al respecto. “Mencioné la enfermedad venérea de Oswald como lo hice con cualquier otro de los datos que encontré”, escribió entonces Ely. “Intenté darle el mismo tratamiento que a cualquier otro suceso en la vida de Oswald, sin pretender indicar que éste se trataba de un elemento probatorio respecto de si Oswald había asesinado a Kennedy o no, ni tuve con él la intención de ‘difamar’ a Oswald.” Tal como Rankin insistió, el reporte final de la comisión no contendría mención alguna sobre el padecimiento de Oswald ni acerca de su posible romance con una prostituta.
Un psiquiatra de Dallas, Robert Stubblefield, visitó a Ruby a petición del juez que llevaba su proceso, y coincidió en que Ruby se encontraba gravemente afectado de sus facultades mentales, y necesitaba tratamiento hospitalario. Ruby reconoció de buen grado ante Stubblefield que había privado de la vida a Oswald y que lo había hecho —tal como lo reconoció desde el primer momento— para ayudar a Jacqueline Kennedy. “Maté a Oswald para que la señora Kennedy no tuviera que venir de regreso a Dallas para testificar”, aseveró. “Yo apreciaba y admiraba al presidente Kennedy.”
Ruby insistió, una vez más, en que había actuado solo al matar a Oswald, informó Stubblefield. Sus enemigos, declaró al psiquiatra, “creen que yo conocía a Oswald, que todo fue parte de una conspiración… No es verdad. Quiero que me hagan la prueba del polígrafo para demostrar que yo no conocía a Oswald y que no participé en el asesinato del presidente Kennedy. Después de eso, no importa lo que pase conmigo”.

El libro de Manchester era sólo un elemento de la campaña que la familia Kennedy había fraguado para moldear la forma en la que el público recordaría al presidente y el día de su asesinato. En sus diarios no publicados, de noviembre de 1964, el columnista Drew Pearson realizó una crónica de las frecuentes, y crueles, respuestas negativas que habían sido dirigidas a la familia, muchas de las cuales eran resultado de los esfuerzos de la señora Kennedy para enmarcar el legado de su esposo.
Los Kennedy siempre habían inspirado una mezcla de envidia y desdén entre la clase influyente de Washington; las habladurías sobre ellos no habrían terminado con la violenta muerte del presidente. Si Pearson le había contado a su amigo, el ministro presidente, lo que había escuchado hasta entonces, eso ayudaría a explicar por qué Warren se había vuelto tan protector con la familia.
En las semanas posteriores al asesinato, notó Pearson, hubo ataques más desagradables hacia la señora Kennedy debido a sus repetidas y bien publicitadas visitas al cementerio Arlington, como si sus demostraciones de devoción fueran un intento por reescribir la historia de su matrimonio. “Las damas parecen pensar que las cinco visitas de Jackie a la tumba fueron demasiado y también ha habido muchos comentarios sobre el hecho de que Bobby Kennedy, su cuñado, la acompañara en algunas de estas visitas”, escribió Pearson en su diario.
Pearson sabía que parte de la ponzoña contra la señora Kennedy provenía de quienes supuestamente eran sus amigas más devotas, incluyendo a Marie Harriman, la esposa de Averell Harriman, antiguo gobernador demócrata del estado de Nueva York, quien fungía ahora como un poder en la sombra. Los Harriman se habían ofrecido a mudarse temporalmente de su palaciego hogar en Georgetown para permitir que la señora Kennedy y sus hijos residieran ahí mientras encontraban un lugar propio. Pero cuando la señora Harriman estaba empacando sus pertenencias para mudarse a un hotel cercano y dejarle espacio a los Kennedy, llamó a la esposa de Pearson, Luvie, para decirle que “lamentaba tener que dejarle su casa a Jackie”.

En 1992 el Congreso estableció una Junta de Revisión de Expedientes sobre el Asesinato para agilizar la desclasificación de virtualmente todos los registros relacionados con el asesinato de Kennedy. La junta forzó a la CIA a hacer públicos algunos de los registros de la red de informantes que mantuvieron Scott y sus colegas en la ciudad de México. En la lista de los informantes de Scott se encontraba un ex funcionario de la Secretaría de Gobernación de México, Manuel Calvillo, un nombre que le habría resultado familiar a Elena Garro y a su hija. Calvillo había sido el hombre que, inmediatamente después del asesinato, contactó a las Garro para pedirles que se refugiaran en el anonimato. Si el relato que las Garro le contaron a Charles Thomas era cierto, significaba que el funcionario mexicano que le dijo a Elena Garro y a su hija que no le dijeran nada a nadie sobre Oswald —sobre Silvia Durán, sobre la fiesta, sobre el par de acompañantes con apariencia “beatnik” de Oswald— trabajaba también, entonces, para la CIA.
Kelley encontró la carta ultrasecreta de Hoover de junio de 1964 dirigida a la comisión —aquella carta que los abogados de la comisión declararían nunca llegó a las oficinas del edificio VFW— sobre la declaración de Oswald en la embajada cubana, en la ciudad de México, en la que dijo que tenía la intención de matar a Kennedy. A juzgar por lo que estaba leyendo Kelley, no había duda de que el incidente había sucedido. “Oswald en definitiva se ofreció a matar al presidente Kennedy”, dijo él. Y por lo que encontraría en otra parte de los archivos del buró, Kelley llegaría a la conclusión de que Oswald había hecho una amenaza idéntica cuando se reunió con diplomáticos —y espías— en la embajada soviética en México, incluyendo al temido agente de la KGB, Valeriy Kostikov. “La importancia de Kostikov no se puede exagerar”, dijo entonces Kelley. Mucho antes del asesinato de Kennedy, Kostikov era bien conocido en la CIA y por los analistas de inteligencia soviética en el cuartel general del FBI como un especialista en asesinatos.
Eso no significaba, sin embargo, que los cubanos o los soviéticos estuvieran detrás del asesinato de Kennedy, enfatizaría Kelley. Kostikov también tenía deberes diplomáticos de rutina en la embajada como parte de su fachada. “Yo creo personalmente que los soviéticos le informaron a Oswald que no querían ser parte de su plan”, aseguraría Kelley. En cuanto a Castro, el FBI determinó que “el dictador podría haber pensado en su momento que la oferta era una provocación intencional del gobierno de Estados Unidos o que Oswald estaba simplemente desequilibrado” y que los diplomáticos cubanos en México probablemente no habían tenido más qué ver con él.
Lo que le siguió al viaje de Oswald a México fue una serie de retrasos burocráticos y errores del FBI que evitó que gran parte de la información, incluyendo el hecho de que Oswald se había reunido en México con un experto en asesinatos de la KGB, llegara a la oficina del buró en Dallas. En Washington, el FBI y la CIA “tenían suficiente información en conjunto sobre la excursión de Oswald a la ciudad de México como para subrayar su nombre en una lista de amenazas de seguridad presidencial”, declararía Kelley. Pero a Hosty “se le mantuvo en las tinieblas”. Al agente de Dallas se le dio únicamente información incompleta sobre el viaje a la ciudad de México; no se le dijo nada sobre la verdadera identidad de Kostikov. “Aparentemente, en la maquinaria del buró, los responsables simplemente no sumaron dos más dos lo suficientemente rápido”, recordaría Kelley.
Después del asesinato, descubrió Kelley, los supervisores del FBI en Washington y en Dallas —y, creía él, la Casa Blanca, encabezada por Johnson— decidieron ocultarle todos esos detalles a Hosty y a sus colegas en Dallas por miedo a crear una crisis internacional ocasionada por la posibilidad de la existencia de una conspiración comunista en la muerte de Kennedy. Kelley determinó que por lo menos dos memorándums sobre los sucesos en México fueron extraídos de la carpeta del caso de Oswald en Dallas durante los días posteriores al asesinato con la esperanza de que Hosty aún no los hubiera leído. Kelley declararía haber determinado que la orden de extraer dichos memos provino del número tres en el FBI, subdirector William Sullivan, quien habría actuado bajo las órdenes de la Casa Blanca, la cual “aparentemente consideraba que el riesgo de una confrontación con la Unión Soviética por el asesinato de Kennedy era demasiado grande”. En sus memorias, publicadas en 1979, dos años después de su muerte ocasionada por un accidente de caza, Sullivan no abordaría las acusaciones imputadas por Kelly pero sí admitiría que el FBI y la CIA nunca llegaron al fondo de muchos de los misterios del asesinato del presidente, especialmente aquellos vinculados con el viaje que Oswald realizara a México. “Había unas brechas enormes en el caso, brechas que nunca cerramos”, escribió Sullivan. “Nunca descubrimos qué sucedió entre Oswald y los cubanos en la ciudad de México.”

El FBI, declararía Kelley, “indudablemente habría tomado todos los pasos necesarios para neutralizar a Oswald”. Y aquella era la conclusión de mayor alcance formulada por Kelley; el asesinato del presidente Kennedy se podría haber evitado, sin mayor esfuerzo, quizá. A pesar de que Hoover había insistido en que Oswald actuó como un lobo solitario cuyos planes para matar al presidente nunca podrían haber sido detectados por el buró, la verdad indicaba lo contrario. Si la oficina regional del FBI en Dallas hubiera estado consciente de lo que se sabía en otras instancias del FBI y la CIA sobre Oswald durante aquella época, “sin lugar a dudas JFK no habría muerto en Dallas el 22 de noviembre de 1963”, aseguraría Kelley. “La historia habría tomado un rumbo diferente.

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Original book, which provides a very different view of the typical books about the murder, full of contrasted information, does not make judgments, but the facts as they happened, from the struggle to obtain the truth on the part of the young lawyers of the warren commission, its frustrations, achievements and failures in that endeavor. It provides an interesting and very convincing theory about who was behind the assassination, an indispensable book despite its poor translation into Spanish. Read in English without a doubt.

By failing to obtain a copy of the Death Certificate on Rosemary Cooper McCone, wife of John A. McCone Director of the Central Intelligence Agency, which became available to the public in 2011 through the Department of Health for the District of Columbia, Mr. Shenon’s book «A Cruel and Shocking Act» is incomplete and inaccurate.
The Death Certificate for Rosemary Cooper McCone File No. 61-9457, which is handwritten, on file with the Department of Health for the District of Columbia shows the cause of death, on Dec. 6, 1961 at 7:00 A.M., to be a suicide as the result of a drug overdose, and the informant was John A. McCone.
Mrs. McCone’s death occurred 8 days after John A. McCone received a recess appointment from President John F. Kennedy to be the Director of the CIA, and 9 weeks before receiving US Senate confirmation on a vote of 71 to 12 weeks.
FBI online files shows a memo from W.C. Sullivan, under the Subject SUDDEN DEATH OF MRS. JOHN MCCONE WIFE OF JOHN A. MCCONE, DIRECTOR OF CENTRAL INTELLIGENCE AGENCY which states «According to James Hunt, Central Intelligence Agency, Mrs. McCone suffered from a ’24-hour virus infection’ over the Thanksgiving weekend; however, she reportedly had overcome this illness. Mr. Hunt attended a dinner party with the McCones last night and while sitting next to Mrs. McCone was told that she was again felling much better and was in good health.
J. Edgar Hoover, Director of the FBI, sent a condolence letter to John A. McCone on the day of Mrs. McCone death, and a memo states that Special Agent R.O. L’Allier of the FBI attended the funeral,
The Pasadena Star News, on December 7, 1961, reported that «Mrs. McCone, 53, died yesterday while en route from her Washington home to a hospital. Her body was flown here today in President Kennedy’s plane, the Caroline.»
The Washington Post, on December 8, 1961, reported that «First Lady Jacqueline Kennedy led official Washington yesterday in attending a requiem mass for Mrs. John A. McCone, wife of director of the Central Intelligence Agency at St. Thomas the Apostle Catholic Church.» The Washington Post article also states, «Mrs. McCone, who came here last Sunday from her home in San Marino, Calif., where she had been seriously ill recently, died early Wednesday in an ambulance en route in an ambulance to George Washington University Hospital. Death was attribute to a heart attack.»
In a letter, dated February 12, 1962, on file with at the JFK Library, addressed to, «My dear Mr. President», John A. McCone wrote, «There is little I can say to meaningfully express the depth of my feeling that arose from the knowledge that you among all others could take the time from your burdensome days to communicate with me personally as you did, to place the airplane at my disposal, to send flowers and messages and, finally, for Mrs. Kennedy to attend the services. All of these things and your consideration since have given me strength at a time when I needed it most. I can say no more than to express my everlasting appreciation.»
On page 77 of the book “Listening In, The Secret White House Recordings of John F. Kennedy” by Ted Widmer, with a foreword by Caroline Kennedy, there is the following telephone exchange between President John F. Kennedy and Attorney General Robert F. Kennedy that was recorded on March 4, 1963.
“JFK: And McCone was right?
RFK: Well, that John McCone, that they’re trying to make themselves look good.
JFK: Yeah.
RFK: And that’s what he said. ‘This is where it’s coming from,’ he said.
JFK: Yeah. Yeah. He’s a real bastard, that John McCone.”
It seems serendipitous that footnote #1 for the Prologue, of the book, «A Cruel and Shocking Act» reads as follows: «On Monday, April 12: Death Certificate, District of Columbia, Department of Health…» noting the suicide of Charles William Thomas on April 12, 1971, was the very first footnote of the book. This informs readers that Mr. Shenon knew about District of Columbia, Department of Heath Death Certificates when he wrote the book.

In the more than a half-century since the assassination of John F. Kennedy in Dallas, questions have been raised time and again about it. How many shots? Who was involved? Did alleged assassin Lee Harvey Oswald act alone or was he even involved at all? The Warren Commission, set up in the aftermath of the assassination and whose report was issued to the public in 1964, was meant to answer those questions once and for all. Instead, it would merely add gasoline to the fire of conspiracy claims. How and why that came to be is covered in this volume from journalist Philip Shenon who explores (as the book is sub-titled) “the secret history of the Kennedy assassination.”
First and foremost, this isn’t a book about those still controversial six seconds in Dallas’ Dealey Plaza. Instead, Shenon focuses on the Warren Commission and its investigation into the assassination. The book becomes the tale of its tumultuous existence across 1963-64 in which it was charged with presenting the facts of the assassination. An investigation that, as the book lays out, was effectively compromised from the beginning.
The central characters (for lack of a better term) of A Cruel and Shocking Act are the lawyers who did much of the grunt work of the investigation. They can be interchangeable at times as many where young, Ivy League-educated and it sometimes makes the narrative strands hard to follow. Yet what’s important is that many of those still living only spoke about the investigation for the first time in the years leading up to the book’s publication. They share some intriguing stories from William Coleman being sent out covertly to interview Fidel Castro on board the Cuban dictator’s yacht to efforts to track down those who could shed more light on Oswald’s time in Mexico City weeks before the assassination. Shenon also takes readers at times step by step through the investigation such as how Arlen Specter would come up with what critics would later term “the Magic Bullet theory.” The results are intriguing, at times feeling more like a legal thriller or spy story than a tale out of recent American history.
What is also refreshing is that Shenon is willing to make the admission that the Warren Commission was essentially compromised even before it came into being. Its existence was owed to a wish to disprove a conspiracy, so much so that Lyndon Johnson (who has become something of a leading suspect in recent years again) would pressure Earl Warren to lead the commission by telling him that saying anyone but Oswald being involved could lead to a nuclear war. It reveals how Warren did everything in his power to keep vital medical evidence from being put before the commission, apparently to protect Kennedy family privacy but would indeed seem to have another motive altogether.
It also shows that the truth was hidden, both from the public and the Warren Commission. In fact, agencies such as the CIA actively tried to hide either what they knew about Oswald (in the least sinister interpretation of things) or indeed possible involvement. Or how the FBI and CIA, through the likes of J. Edgar Hoover and James Angleton, sought to keep things secret for years and even decades afterward. While Shenon never goes so far as to say there was a conspiracy, he is perfectly willing to admit a cover-up that ultimately turns the book into what he terms “an account of my discovery of how much of the truth about the Kennedy assassination has still not been told.”
Being such an account makes A Cruel and Shocking Act an important read. In dealing with the Warren Commission, it reveals how an investigation meant to silence fears of conspiracy would instead come to fan its flames through a botched investigation that was indeed the rush to judgment that critics have claimed it to be. For that reason alone, it might be among the most important books written on the assassination and its aftermath.

Warren commission made severe mistakes. He failed to follow up on evidentiary elements and important witnesses due to the limitations imposed on the investigation by the man who directed it, Minister President Warren. Frequently, he seemed more interested in protecting the legacy of his dear friend President Kennedy and the Kennedy family than in getting to the bottom of the facts about the president’s death.
As far as murder is concerned, the story will be much nicer with the surviving lawyers of the commission’s work team, as well as its former internal historian, who reveals in this book what really happened within the Warren Commission. A large part of this book is its history, told from its own perspective. The lawyers, the majority at that time in their third or fourth decades of life, were recruited from prestigious law schools, law firms and prosecutors throughout the country. Most of them are now at the end of a long career in the practice of law or public service. For some of them, the interviews for this book meant the first time they spoke in detail, with certainty in front of a journalist, about the work of the commission. Many had been silent for decades, fearful of being dragged into unpleasant public debates and often lost in advance to the armies of conspiracy theorists. Without exception, each and every one of these men-the only woman among them, Alfredda Scobey, died in 2001-retained the pride that their individual work on the commission meant. Many, however, were outraged to discover how much evidence they were not allowed to scrutinize. And it is the evidence, they know it well, the ones that continue to rewrite the story of Kennedy’s assassination.

A few hours had elapsed since the transfer of the president’s body to Washington when the evidence related to the assassination had begun to disappear from the government archives. The notes taken by the military pathologists during the autopsy, as well as the original draft of the forensic report, were incinerated.
The naval commander and doctor James Humes later revealed that he had been paralyzed in the face of the idea that his handling of hospital paperwork on the night of Saturday, November 23 could be judged as the first step in the deployment of a smoke screen by the government. However, he would admit, he must have acted with greater prudence. «What happened was my decision, only mine,» he would remember. «No one else’s».
Jacqueline Kennedy had initially resisted the idea of ​​an autopsy; The image of her husband’s body on a cold steel plate for dissections seemed like a horror more in a day crowded with them. «It does not need to be done,» he had told the president’s family doctor, Admiral George Burkley, as they flew aboard Air Force One from Dallas to Washington. I was sitting next to the coffin with the remains of the president in the rear compartment of the aircraft. Burkley, who had proven to be a loyal and discreet friend of the Kennedy family, kindly persuaded her that the necropsy had to be performed. The first lady had always been calm about the fact that the doctor was, like her, a faithful Roman Catholic, and one especially devoted, so that at that time he would have relied on his advice almost over any other. He reminded her that her husband had been the victim of a crime and that an autopsy was a legal requirement. It gave him a choice between Walter Reed Military Medical Center in Washington and the naval hospital in Bethesda.
The autopsy would turn into a circus.
A few hours after the assassination, Warren ordered his team to issue a statement reflecting his assumption that the president had been killed because, like Warren himself, he had dared to face the evils of racism and other injustices. «A great and honest president has been martyred as a result of the hatred and hatred that intolerant people have planted in our nation’s life,» Warren wrote. The statement was delivered to reporters before the announcement, a few hours later, on that same day, of the arrest in Plaza Dealey of Lee Harvey Oswald, a 24-year-old employee of the Texas School Book Store.
That afternoon, Warren received notification that the new president, Lyndon Baines Johnson, was returning to Washington aboard Air Force One; the presidential plane also carried the bronze coffin that contained the mortal remains of its predecessor.
Lyndon Johnson believed in conspiracies. That way of thinking had proved his worth over an unlikely political career that had taken him from the scrublands of central Texas to the Capitol and now, surprisingly, to the Oval Office as the new president. His former colleagues in the Senate considered that the cautious, thirsty for power, 57-year-old Texan had eyes on his back and that it was better for God to protect those who dared to stalk and conspire against him. Johnson was capable of anything – to say the least – to deal with his enemies. He always seemed capable of guessing every time a conspiracy against him was hatched, which allowed him to explain the omnipresent and threatening paranoia and pessimism that the politician habitually managed to hide from the public eye. He had often felt humiliated during his three years as vice president, but he masked his dejection under layers of what some of Kennedy’s collaborators described cruelly.

Understanding the crime scene in Dealey Plaza would never be so easy. Although Belin was certain that Oswald had acted alone in the murder of Tippit, he still had suspicions that Oswald himself might not have acted alone in the assassination of the president. Belin was convinced that all the bullets aimed at Kennedy’s limousine had come from behind, discarding a shot from the grass mound or from somewhere else in front of the convoy; however, from the confusion of the ballistic studies and the conflict between the testimonies of the witnesses, he wondered how the commission could rule out the possibility that Oswald had been accompanied by an accomplice in the book store. Could another killer have been placed somewhere behind the caravan? Belin had joined the commission believing in the existence of a conspiracy to kill Kennedy, and he was still anxious to reveal it. In early January, Mel Eisenberg, Redlich’s assistant, organized a series of screenings of the Zapruder film for the commission’s work team. Eisenberg, Belin and Specter, among some others, observed the same repulsive images hour after hour and analyzed the film frame by frame.
Belin realized that the rest of the calculations were not so complicated. Assuming that the FBI and the Secret Service were right, the first and third bullets impacted Kennedy and the second hit Connally. Thus, if Kennedy was not injured until the 210th frame and Connally not after 240, there was a maximum of 30 frames of film between the two shots, that is, less than two seconds. Oswald would then have had very little time to have performed both detonations. And that fact, Belin believed, gave him the answer he had been looking for: there was, at least, a second shooter in Dealey Plaza.

Parkland doctors had a logical explanation for the confusion that had caused the wound in the president’s throat; why they had suggested at first that the wound could be an entrance hole. This error had been recorded in the hospital documents, when one of the doctors present in the emergency room described the hole in the president’s throat as «presumably a gunshot wound.» As the doctors explained, they simply had not flipped the president’s body, so they never noticed the entrance hole in the back. Once the president was pronounced dead, they said, the doctors left the room without further examination. «Nobody, at that moment, I think, had the heart to inspect it,» said Carrico. In other cases, he and his colleagues would have inspected a corpse from time to time «to satisfy our curiosity or for educational reasons.»
Connally, Warren decided, he was wrong to believe he had been hit by a different bullet, all of which was understandable in view of the psychological impact his injuries had caused him. «I did not put a lot of faith in Connally’s testimony at all,» the presiding minister said later. Commissioner John McCloy, a veteran of the First World War army, as well as Warren, supported the reading of the events of the presiding minister. McCloy had fought in Europe and knew the degree of confusion that came to seize the soldiers on the battlefield after they were injured by bullets or shrapnel, many times without noticing for several minutes that they had received serious injuries, fatal even . McCloy shared with Warren the memory of a case in which two soldiers wounded by projectiles did not notice the fact «for a considerable time», until, «a few seconds later, they fell dead».

Rankin, as indicated by the commission’s documents, was paralyzed by Ely’s intention to consign such vulgar information in writing, even when it was true. The apparently modest Rankin spoke with Ely that May 5 to make clear his displeasure; That same day, later, Ely would offer a pitiful apology, insisting on a memo that had been misinterpreted and that he would not recommend further investigation into it. «I mentioned Oswald’s venereal disease as I did with any other data I found,» Ely wrote then. «I tried to give him the same treatment as any other event in Oswald’s life, without pretending to indicate that this was a probative element as to whether Oswald had murdered Kennedy or not, nor had I with him the intention of ‘defaming’ Oswald. «As Rankin insisted, the commission’s final report would contain no mention of Oswald’s condition or his possible romance with a prostitute.
A psychiatrist in Dallas, Robert Stubblefield, visited Ruby at the request of the judge who was in charge of his trial, and agreed that Ruby was seriously affected by his mental faculties, and needed hospital treatment. Ruby acknowledged willingly to Stubblefield that he had deprived Oswald of his life and that he had done so – as he had recognized from the first moment – to help Jacqueline Kennedy. «I killed Oswald so that Mrs. Kennedy would not have to come back to Dallas to testify,» he said. «I appreciated and admired President Kennedy.»
Ruby insisted, once again, that he had acted alone by killing Oswald, Stubblefield reported. His enemies, he told the psychiatrist, «believe that I knew Oswald, that it was all part of a conspiracy … It’s not true. I want the polygraph test done to show that I did not know Oswald and that I did not participate in the assassination of President Kennedy. After that, it does not matter what happens with me”.

The Manchester book was just one element of the campaign that the Kennedy family had forged to shape the way the public would remember the president and the day of his murder. In his unpublished diaries, November 1964, columnist Drew Pearson chronicled the frequent, and cruel, negative responses that had been directed to the family, many of which were the result of Mrs. Kennedy’s efforts to frame the legacy of her husband.
The Kennedys had always inspired a mixture of envy and disdain among Washington’s influential class; the gossip about them would not have ended with the violent death of the president. If Pearson had told his friend, the minister president, what he had heard until then, that would help explain why Warren had become so protective of the family.
In the weeks after the murder, Pearson noted, there were more unpleasant attacks on Mrs. Kennedy because of her repeated and well-publicized visits to Arlington Cemetery, as if her demonstrations of devotion were an attempt to rewrite the history of her marriage. «The ladies seem to think that Jackie’s five visits to the grave were too much and there have also been many comments about the fact that Bobby Kennedy, her brother-in-law, accompanied her on some of these visits,» Pearson wrote in her diary.
Pearson knew that part of the binge against Mrs. Kennedy came from those who were supposedly her most devoted friends, including Marie Harriman, the wife of Averell Harriman, the former Democratic governor of New York State, who now served as a power in the shadows. . The Harrimans had offered to move temporarily from their palatial home in Georgetown to allow Mrs. Kennedy and her children to reside there while they found a place of their own. But when Mrs. Harriman was packing her belongings to move to a nearby hotel to make room for the Kennedys, she called Pearson’s wife, Luvie, to say that she «was sorry to have to leave Jackie’s house”.

In 1992, Congress established a Murder File Review Board to expedite the declassification of virtually all records related to the Kennedy assassination. The junta forced the CIA to make public some of the records of the informant network maintained by Scott and his colleagues in Mexico City. In the list of Scott’s informants was a former official of the Secretariat of the Interior of Mexico, Manuel Calvillo, a name that would have been familiar to Elena Garro and her daughter. Calvillo had been the man who, immediately after the murder, contacted the Garros to ask them to take refuge in anonymity. If the story that the Garros told Charles Thomas was true, it meant that the Mexican official told Elena Garro and her daughter not to tell anyone about Oswald – about Silvia Duran, about the party, about the pair of Oswald’s «beatnik» companions also worked, then, for the CIA.
Kelley found Hoover’s top secret letter of June 1964 addressed to the commission – that letter the commission’s lawyers would testify never reached the VFW building’s offices – about Oswald’s statement at the Cuban embassy in Mexico City, in which he said he intended to kill Kennedy. Judging by what Kelley was reading, there was no doubt that the incident had happened. «Oswald ultimately offered to kill President Kennedy,» he said. And from what he would find elsewhere in the bureau’s archives, Kelley would conclude that Oswald had made an identical threat when he met with diplomats – and spies – at the Soviet embassy in Mexico, including the dreaded KGB agent , Valeriy Kostikov. «The importance of Kostikov can not be overstated,» Kelley said then. Long before Kennedy’s assassination, Kostikov was well known in the CIA and by Soviet intelligence analysts at the FBI headquarters as a murder specialist.
That did not mean, however, that the Cubans or the Soviets were behind Kennedy’s assassination, Kelley would emphasize. Kostikov also had routine diplomatic duties at the embassy as part of his facade. «I personally believe that the Soviets informed Oswald that they did not want to be part of their plan,» Kelley said. As for Castro, the FBI determined that «the dictator might have thought at the time that the offer was an intentional provocation by the US government or that Oswald was simply unbalanced» and that Cuban diplomats in Mexico probably had not had anything more to do. see with him
What followed Oswald’s trip to Mexico was a series of bureaucratic delays and errors by the FBI that prevented much of the information, including the fact that Oswald had met in Mexico with a KGB assassination expert, from arriving. to the bureau office in Dallas. In Washington, the FBI and the CIA «had enough information together about Oswald’s trip to Mexico City to underscore his name on a list of presidential security threats,» Kelley said. But Hosty «was kept in the dark.» The Dallas agent was given only incomplete information about the trip to Mexico City; he was not told anything about Kostikov’s true identity. «Apparently, in the bureau machinery, those responsible simply did not add two plus two fast enough,» Kelley recalled.
After the murder, he discovered Kelley, the FBI supervisors in Washington and Dallas – and, he believed, the White House, headed by Johnson – decided to hide all those details from Hosty and his colleagues in Dallas for fear of creating an international crisis. for the possibility of the existence of a communist conspiracy in Kennedy’s death. Kelley determined that at least two memoranda about the events in Mexico were taken from the folder of the Oswald case in Dallas during the days after the murder in the hope that Hosty had not yet read them. Kelley said he had determined that the order to extract such memos came from number three in the FBI, deputy director William Sullivan, who would have acted under the orders of the White House, which «apparently considered the risk of a confrontation with the Soviet Union Kennedy’s murder was too big. » In his memoirs, published in 1979, two years after his death caused by a hunting accident, Sullivan would not address the accusations charged by Kelly but would admit that the FBI and the CIA never got to the bottom of many of the mysteries of the murder of the president, especially those linked to the trip that Oswald made to Mexico. «There were huge gaps in the case, gaps that we never closed,» Sullivan wrote. «We never discovered what happened between Oswald and the Cubans in Mexico City.»

The FBI, Kelley would declare, «would undoubtedly have taken all the necessary steps to neutralize Oswald.» And that was the most far-reaching conclusion made by Kelley; the assassination of President Kennedy could have been avoided, without much effort, perhaps. Although Hoover had insisted that Oswald acted like a lone wolf whose plans to kill the president could never have been detected by the bureau, the truth indicated otherwise. If the FBI regional office in Dallas had been aware of what was known in other instances of the FBI and the CIA on Oswald during that time, «without a doubt JFK would not have died in Dallas on November 22, 1963,» he said. Kelley. «History would have taken a different direction.

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