Grandes Juicios De La Historia — José Antonio Vázquez Taín / Great Judgments of History by José Antonio Vázquez Taín (spanish book edition)

Libro bastante bueno , fácil lectura que se puede compaginar con otros del mismo tema y así tener un “juicio ” más amplios or tanto es recomendable su lectura.
Seamos claros la diosa de la justicia: una figura de mujer bella, esbelta, con una venda en los ojos, una balanza en una mano y una espada en la otra. Así se representa a la diosa Iustitia desde la Revolución francesa, ya que hasta ese momento su hermoso rostro siempre había aparecido descubierto. La balanza significa la objetividad; esto es, tanto los hechos favorables como los desfavorables serán tenidos en cuenta en su justa medida. La espada es la autoridad o la capacidad para imponer la sentencia que se dicta. Y la venda, la imparcialidad, porque la justicia es igual para ricos y pobres, humildes y poderosos.
Sí es probable que alguno desconozca que esta deidad romana se corresponde con la diosa Temis, «la del buen consejo», que solía representarse con una balanza en la mano y un león a los pies, siendo este último la alegoría de su poder. Temis, hija de Gea y Urano, era, por tanto, una titánide, es decir, una divinidad originaria y poderosa. Pero no era la responsable de la justicia entre los hombres. Temis era la encarnación del orden divino y de la ley natural. De su relación con Zeus tuvo tres hijas, entre ellas Astrea.
Y seguramente muy pocos sepan que Astrea era una deidad que habitó entre las personas en la antigua Edad de Oro, época de la historia de la humanidad en la que, según el Quijote, «nadie conocía el significado de las palabras tuyo y mío». La función de Astrea en la Tierra era impartir justicia entre los humanos resolviendo litigios y peleas.

Nadie debiera defender una gran verdad con pequeñas mentiras, pues quien le escuche, lejos de advertir la ignorancia del orador, a la larga terminará creyendo en la falsedad de todo su mensaje. Digo esto porque la figura de Cristo es de por sí tan enigmática y compleja que no necesita de falsos artificios para encumbrarla.
Sería muy inocente creer que cualquier tesis que se escriba sobre el juicio de Jesús puede resultar pacífica, ya que estamos hablando de una persona (pues es del hombre y del jurista de quienes pretendo disertar aquí) que para al menos un tercio de la población mundial es el hijo de Dios hecho carne.
De los procesos que llevaron a la condena y ejecución de Jesús no se conservan actas, escritos o crónicas coetáneas, por lo que es imposible realizar un estudio directo y técnico de los mismos. Pero es que Cristo, como hombre, tampoco aparece mencionado en ningún documento hasta el momento en el que para unos ya era el hijo de Dios, y para otros, semilla de idolatría.
Por ello, si el personaje histórico y sus connotaciones religiosas suponen un problema para cualquier estudio que se plantee, la escasez de fuentes directas sobre el hombre, y lo radicalmente contradictorias que estas son entre sí, eleva hasta el infinito los posibles planteamientos.
Jesús no aparece nombrado en ningún texto escrito hasta pasados, al menos, treinta años de su muerte. Los tres primeros documentos romanos que mencionan a Cristo, cuya autoría corresponde a Plinio el Joven, Tácito y Suetonio, lo hacen en los primeros años del siglo II y lo citan de forma colateral al referirse a los cristianos.
El primer aspecto, y quizá el más básico, que ha de analizarse para comprender todo lo relacionado con Jesús de Nazaret es la idiosincrasia propia del pueblo judío. Pocas naciones del mundo —puede que ninguna— habrían podido sobrevivir a una larguísima esclavitud en Egipto o Babilonia, habrían superado la ocupación invasora de Siria, Grecia o Roma durante siglos, y mucho menos una diáspora de dos milenios por todo el orbe conocido, y todo ello culminado con un genocidio sistemático durante la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, el pueblo judío consiguió reponerse de todo ello. Y la única explicación de que, pese a todo, nunca se haya roto su ADN identitario es porque lo que lo estructura como clan es algo sólido e inmaterial a la vez, intemporal y eterno: la Ley mosaica. Quienes crean que el judaísmo es solo una religión se equivocan. El judaísmo es, desde luego, una forma de fe, la primera monoteísta de la historia del hombre, pero también es una forma de ser, de vivir, de existir en definitiva, pues la Ley judía no solo regula cuestiones trascendentales, como el culto, el matrimonio o las relaciones humanas, sino que todo está minuciosamente contemplado en el Pentateuco, incluso los aspectos más básicos de la vida cotidiana, como el vestido, la comida, el aseo, etcétera.
La sumisión del pueblo hebreo a la Ley es total. Por ello se les puede esclavizar, invadir, trasladar o dispersar, que allí donde vayan, juntos o separados, continuarán observando la Ley y, en consecuencia, existiendo como pueblo elegido por Dios.
Esta Ley constituye uno de los elementos básicos del juicio de Jesús, no solo en lo referente a los preceptos que se invocaron para condenarlo, sino en su conjunto y en cuanto al concepto objeto de discusión. Cristo predicó que lo correcto debía ser «la Ley para el pueblo, y no el pueblo para la Ley», lo que suponía reformar los cimientos mismos de la nación sionista, algo que esta no podía admitir.

Existen dos cuestiones que ya podemos abordar y que están directamente relacionadas con el juicio de Jesús: la solución romana a los levantamientos judíos y la pena capital.
No existe constancia clara de que durante la esclavitud en Egipto o en Babilonia, ni durante la ocupación que sufrió por parte de Grecia o Siria, el pueblo israelí fuese especialmente beligerante. Incluso con relación a la época de Moisés, si hemos de creer las Escrituras, la resistencia se limitó a la lucha de un solo hombre —con la inestimable ayuda de Dios, eso sí— frente a los ejércitos del faraón.
Totalmente distinta es la actitud hebrea durante la ocupación romana, lo que, en cierto modo, resulta más lógica que la pasividad de otras épocas. Para empezar, como se ha dicho, el judío era un estado religioso o confesional, por lo que la lucha contra Roma no solo respondía a una razón patriótica, sino también religiosa, lo que habría potenciado la motivación entre los insurgentes de manera exponencial. Cada vez que Roma ofendía los sentimientos religiosos del pueblo judío, especialmente mediante profanaciones del Templo, como colocar en sus muros estandartes de dioses romanos o tomar parte de las riquezas acumuladas en el mismo como tributos, la respuesta inmediata era el levantamiento armado.
Un segundo elemento que contribuyó a mantener esta guerra larvada de baja intensidad —aunque con picos de fuerte violencia— fue el intenso mesianismo que se vivió en el pueblo hebreo en la época de Jesús. Los judíos creen firmemente que son el pueblo elegido por Dios; es Yahvé quien les trasmite directamente unas leyes que deben cumplir y que acatan con fe con la esperanza cierta de una recompensa. Este premio a la obediencia de su pueblo no tiene por qué ser recibido después de la muerte. Los saduceos no creen siquiera en la reencarnación, pues para ellos el alma se extingue con la vida.
La palabra latina messias deriva del sustantivo hebreo mashiaj, que significaba «ungido», en referencia a la imposición de aceites que se hacía durante la coronación de los reyes. En griego, la traducción es «Cristo». El Mesías, pues, no solo es una figura religiosa, sino política —ambos conceptos, como hemos señalado, siempre están unidos en el pueblo judío—; es el rey que los guiará de retorno a Israel, reunirá de nuevo a todos los creyentes en la tierra prometida y los gobernará con sabiduría y respeto a la Ley de Dios.
Roma sofocaba cualquier atisbo de levantamiento de forma implacable, dando muerte a todos los implicados, aunque fuesen meros seguidores. Por lo común, esta decisión era de carácter militar, es decir, la condena la imponía el oficial al mando que dirigía la tropa imperial encargada de aplacar el alzamiento, y el ajusticiamiento era inmediato. El segundo aspecto a destacar es que la crucifixión era, por lo general, el método de ejecución utilizado, puesto que con dicha pena infamante se advertía a los demás ciudadanos de lo que les ocurriría si se rebelaban contra el Imperio.

Jesús fue sometido a dos procesos penales, uno ante el Sanedrín y otro ante el prefecto de Roma. Frente a aquellos que se amparan de forma superficial en las formas y que niegan que a Jesús se le celebrase un juicio, ha de indicarse que, se quiera o no, Cristo compareció ante dos órganos distintos, ambos con potestad jurisdiccional, y que fue objeto de acusación y prueba en ambos, situación de la que no disfrutaron la mayoría de quienes afirmaron ser el Mesías o que se alzaron contra Roma. A todos ellos se les crucificó —en la mayoría de los casos— o se les decapitó manu militari, es decir, inmediatamente y sin posibilidad de alegación.
De estos dos juicios, las acusaciones vertidas en el que podríamos llamar «religioso» fueron una principal de blasfemia y otras secundarias, como la de no respetar el Shabbat, amenazar con destruir el Templo y, si hemos de creer el Evangelio de Nicodemo, también la de mago engañador y de bastardo, aun cuando esto último resulte malsonante.
Dos de esas acusaciones llevaban, según la Ley mosaica, a la inmediata condena de muerte por lapidación.
En el relato de los Evangelios queda claro que Jesús el Nazareno, de forma voluntaria y premeditada, entró en la capital espiritual y simbólica del reino israelí, reclamando para sí la corona de David y la condición de Mesías. Son precisamente esa entrada triunfal en Jerusalén y el ataque al Templo los que, a la vez que reafirma la blasfemia para los judíos al proclamarse «hijo de Dios y Dios como Él mismo», le hacen incurrir en delito de lesa majestad. Se designó a sí mismo rey de Israel, por lo que no era necesario inventar una nueva imputación contra él ni buscar nuevos testigos. Aquel acto era al mismo tiempo una blasfemia y una manifestación radicalmente contraria al Imperio.
Todos los que antes y después de Jesús predicaron al pueblo ser los anunciados por los profetas, designados por el Altísimo para establecer el reino de Dios en la tierra, tuvieron el mismo fin que le esperaba a él en su sentencia.

Los Evangelios hacen referencia a la traición de Judas, quien, supuestamente, habría convenido con las autoridades judías entregar a Jesús a cambio de treinta monedas. No tiene mucho sentido tal traición por dos motivos: Judas administraba el peculio del grupo, por lo que disponía de mucho más dinero que ese, y, además, su supuesta traición consistía en identificar a Cristo, lo que a todas luces parece innecesario, pues el Nazareno predicaba todos los días en el Templo y a la vista de quienes lo iban a detener.
Una cuestión procesal importante queda confusa en las Sagradas Escrituras.
El juicio se celebró ante Poncio Pilato, que, como ya hemos dicho, por supuesto tenía potestad para imponer la pena de muerte, como la habían tenido sus antecesores y la tendrán sus sucesores. Flavio Josefo lo refiere expresamente del prefecto Coponio, primero en ser nombrado, de Cuspio Fado, en el año 44, y de Tiberio Alejandro en el año 46. Y de forma indirecta respecto de otros al relatar sus condenas y ejecuciones. Sería extraño que en la larga lista de prefectos el que más tiempo ostentó el cargo no hubiera tenido dicha potestad, cuando constan muchos actos suyos de violencia capital contra el pueblo judío.
El juicio penal de Jesús no se dictó una sentencia en forma. En realidad, el proceso extraordinario no requería de una formalidad especial para el fallo y podría haberse limitado a un lacónico Ibis ad crucem («Irás a la cruz»). Pero es que, además, muchos de estos críticos se olvidan de una costumbre judía que sí consta documentalmente en diversos textos históricos y jurídicos: en las penas infamantes —aquellas que llevaban consigo el escarnio público—, el motivo de la condena (el delito) se escribía en una tabla blanqueada con cal que se colgaba al cuello del condenado. Se realizaba así una labor de prevención contra futuras conductas similares, pues se anunciaba a todos los que sintiesen esa tentación que «si delinquís, esto es lo que os espera». En el caso de Jesús, en los Evangelios se relata cómo el propio Pilato escribe en el letrero IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM, o «Jesús el Nazareno, rey de los judíos». Para que todos entendieran la razón de la crucifixión, el letrero estaba también en griego y en hebreo, que, como ya dije, eran las lenguas del pueblo. Por tanto, si hubo un cartel en el que se hizo constar el crimen por el que se condena al reo todo indica que hubo una sentencia y una condena.
En todo caso, lo que es indiscutible es que la muerte era lenta y dolorosísima, pues se producía por asfixia. El reo debía sostenerse sobre sus heridas lacerantes para poder respirar, pues si se relajaba no podía hinchar sus pulmones. El dolor y el agotamiento iban poco a poco venciendo sus fuerzas hasta que terminaba ahogándose.
Miles de personajes antes y después que Jesús sufrieron este suplicio aberrante, con el que se trataba de advertir a los enemigos de lo que les esperaba si atentaban contra Roma.
No estamos, pues, ante un visionario que trató de fundar una Iglesia, aun cuando esa fue la consecuencia de sus actos, sino ante un devoto creyente que amaba y respetaba la Ley que le condenaba, pues hasta el propio Jesús conocía las consecuencias de declararse hijo de Dios ante el Sanedrín o Mesías ante el prefecto.
Y quizá por eso guardó silencio.

Afirmar que del juicio de Sócrates «solo sabemos que no sabemos nada» no solo es una frase poco original, pues son muchos los autores que han recurrido a ese juego de palabras para indicar la escasez de las fuentes existentes al respecto, sino que ni mucho menos es una aseveración cierta. Existen parcos aunque sustanciales datos sobre el asunto, aunque el principal problema es la parcialidad de los mismos: o son tendenciosamente favorables al filósofo o subjetivamente contrarios al hombre.
Para los griegos, el hombre era el único animal que tenía logos, cuya traducción más correcta en este contexto sería «lenguaje», refiriéndose a que había nacido para vivir en sociedad, pues la comunicación es una herramienta básica de la coexistencia. Así, Aristóteles definió al ser humano como zoon politikon, o «animal político», porque su estado natural es la convivencia con otros hombres. De ahí que en la civilización helena la organización de las comunidades fuese objeto de reflexión, estudio y debate, pues encontrar el mejor modelo formaba parte de su propio acerbo cultural. El sistema que terminó imponiéndose fue la ciudad-estado, en sus múltiples e incluso contrarios ejemplos.
Grecia no era ni un estado ni un pueblo, ni siquiera una liga de naciones. Era un gran conjunto de ciudades-estado (en el siglo V a. C. llegaron a ser más de mil, incluso cerca de mil quinientas) que, extendidas desde las costas de la península Ibérica hasta la actual Turquía, tan solo tenían en común el idioma, la religión y las tradiciones. Cada una conservaba su forma de gobierno independiente, que en ocasiones era radicalmente distinta. En el caso de Atenas, las reformas llevadas a cabo por Clístenes en el año 508 a. C. —no sin derramamiento de sangre— supusieron el fin de la oligarquía y el principio de lo que técnicamente se denomina «isonomía», o igualdad de todos los atenienses ante la Ley y en el ejercicio del poder. Tradicionalmente se considera dicha forma de gobierno el origen de nuestra democracia.
Una diferencia abismal que separa nuestra actual democracia de la forma de gobierno ateniense. Solamente eran ciudadanos los varones libres nacidos en la propia polis, de padre y madre atenienses y también libres, y que hubiesen prestado servicio de armas. En definitiva, el porcentaje solía rondar entre el diez y el veinte por ciento de la población. Ni las mujeres ni los que ellos llamaban «extranjeros» ni los esclavos podían participar en ninguna actividad pública.
Precisamente, la esclavitud era la clave para que los propietarios de granjas y terrenos pudieran disponer de tiempo libre que emplear en el ejercicio de las actividades públicas. Había varios tipos de esclavos: desde los simples hombres-mercancía hasta los trabajadores sin derechos. Y a ello se ha de añadir que el papel de la mujer era nulo, limitado tan solo al ámbito doméstico y sin derechos propios. Por lo que el modelo ateniense, tan ensalzado por algunos demócratas entusiastas, en la práctica distaba muy poco de una oligarquía ampliada.

Desde un punto de vista teórico, los griegos clásicos distinguían entre la ley natural, o Themis, y la ley escrita, o Nomos. La primera, dictada por los dioses, había regido Grecia desde los tiempos más remotos. Pero con el fin de impedir que los propios gobernantes pudieran contravenir sus preceptos, los legisladores (nomothétes) fueron fijando las normas naturales como disposiciones escritas. Las leyes de los hombres se dictaban para temas concretos y en momentos concretos, y eran mutables.
A diferencia de Mesopotamia y, posteriormente, de Roma, los griegos no tenían costumbre de codificar sus legislaciones, e incluso los edictos dados por Licurgo para Esparta prohibían las normas escritas, por lo que apenas nos han llegado códigos sistemáticos ni compilaciones de leyes que nos permitan un estudio detallado. Partiendo de estas características generales, cada polis tenía sus particularidades.
En Atenas, las leyes no establecían un castigo concreto para cada crimen. El acusador, que, como ya vimos, podía ser un simple ciudadano, proponía el que estimase conveniente, y el condenado, a su vez, debía plantear otro. Las penas iban desde la muerte, normalmente por envenenamiento, hasta el exilio o una simple multa. Cada parte debía sugerir, por tanto, la sanción que le pareciese adecuada y los jueces deberían escoger entre una de las dos, por lo que la elección podía producirse al descartar una, o bien por pequeña, o bien por excesiva.
Como no existía policía tal y como hoy la entendemos, un grupo conocido como «los once ciudadanos», pues tal era su número, era el responsable de garantizar que el acusado compareciese en el juicio.

Sócrates dispuso de varios synegoroi («defensores») que intervinieron en el juicio después que él. Y también que no preparó su defensa. Esto explica que su discurso se centrara en aquello que más le ofendía, ya que, quizá, sus defensores se encargaron de dar respuesta a las acusaciones políticas. Y también pudo ocurrir que, dado que «las cuestiones relativas al culto», por ser públicas, obligatorias y estar ligadas a la veneración oficial, se hallaban entroncadas con el gobierno de la ciudad-estado, las acusaciones políticas se uniesen a los cargos de impiedad.
Por último, queda una vía, y es la que, como jurista, considero más acertada. Sócrates fue acusado únicamente de asebeia y de corrupción de jóvenes, pero los denunciantes, para reforzar su posición, hicieron referencia a su comportamiento contrario, casi subversivo, a la Constitución ateniense y a su sistema político, a fin de desacreditar al filósofo ante los jurados y conseguir así un voto de culpabilidad.
Según la denuncia que se conserva, Meleto fue el principal acusador. Sin embargo, algunos autores le consideran una marioneta detrás de la cual en realidad se escondía Ánito. Sin demasiado fundamento suele afirmarse que, tras la condena de Sócrates, el pueblo ateniense, arrepentido, se volvió contra Meleto y acabó por darle muerte (se dice que a pedradas). Pero no existen fuentes claras al respecto. Por la Apología de Platón sabemos que, durante el juicio, Sócrates se dirigió a él constantemente y que mediante un contrainterrogatorio le fue acorralando hasta dejarle sin argumentos respecto a la acusación de corromper a la juventud. Sin embargo, parece poco creíble que Sócrates hubiese podido desarbolar con tanta contundencia a su acusador y que, aun así, terminara siendo condenado.
De Licón apenas sabemos nada con certeza, aunque tradicionalmente se considera que Ánito representaba a los políticos y comerciantes, Meleto a los poetas y dramaturgos, y Licón a los oradores. Ciertamente resulta extraño que hubiera una presencia tan variada de la sociedad ateniense en el juicio contra el filósofo si, como suele afirmarse, se trataba de un ser tan bondadoso.
Sócrates debió realizar un discurso más humilde, realista y sincero, y reconocer que, aun cuando él lo viese de otro modo, su única ocupación en la vida había sido impartir ideas y reflexiones entre jóvenes en edad de educarse, que es lo que todos conocemos como «formación». Debió justificarse alegando que nunca ocultó nada y que siempre actuó de forma abierta y en público, porque su derecho a opinar estaba contemplado en la propia Constitución ateniense. Y que si revelaba lo que le transmitía su daemonion, lo hacía precisamente para explicar su pensamiento, del mismo modo que aclaró al tribunal que su improvisación de la defensa se debía a que su daemonion le había dicho que lo hiciera así.
Sin embargo, en lugar de pronunciar un discurso que neutralizase las acusaciones situando su comportamiento dentro de las normas de la Polis, Sócrates intentó negar lo evidente —su condición de formador— y olvidó invocar su derecho a expresarse libremente, derecho que habría justificado su posición contraria a las opiniones oficiales.
Después de Sócrates intervinieron sus sinegoroi, aunque desconocemos cuál fue su alegato, y luego se produjo una primera votación, en la que el filósofo perdió por unos sesenta votos de diferencia (280 en contra frente a 221 a favor).

Los partidarios de Sócrates consideran que la sentencia fue un error del tribunal y argumentan que en Atenas no había una ley que prohibiese decir lo que se pensaba y que las agrupaciones religiosas privadas estaban permitidas si la Asamblea las autorizaba. Por ello se suele calificar esta condena como crimen de Estado, olvidándose de que los jueces eran los propios ciudadanos atenienses. Es posible que, como dijimos, el decreto de Diopites ni siquiera estuviese en vigor y que, por tanto, no hubiera una ley que castigase criticar a las instituciones o a los dioses de Atenas. Aun así, por el juramento heliástico, los jueces estaban obligados a resolver según su conciencia y, exasperados por las alegaciones del filósofo, que no supo o, posiblemente, no quiso defenderse de los cargos más evidentes, debieron de considerar que constituía un peligro para la formación de todos esos jóvenes que escuchaban a diario sus mordaces críticas.
El juicio de Sócrates esconde una lección para la Historia de la que pocos, o quizás ninguno, se ha dado cuenta todavía: cómo un mismo hecho y una misma situación pueden dar lugar, con el paso de los siglos, a dos realidades distintas. El filósofo —al que nadie puede negar su trascendencia en el mundo del pensamiento—, el hombre que revolucionó —siempre según sus discípulos, pues nada conocemos directamente por él— el concepto de alma y de naturaleza centrándose en el estudio del ser que por evolución estaba llamado a dominar la creación, gracias a su condena a muerte en un proceso judicial se convierte, aun cuando su pensamiento político fuera ultraconservador y elitista, en un ejemplo de la defensa del libre pensamiento y de la represión que puede ser ejercida por parte de un Estado opresor.
Pero, al mismo tiempo, el supuesto Estado opresor que le asesinó por sus ideas es admitido en la actualidad por la mayoría de estados modernos como origen y embrión de la democracia. Atenas es sinónimo de modernidad y de gobierno del pueblo. De debate libre y ebullición de ideas. De cultura y tolerancia.
Nadie identifica a la Atenas de Pericles como ejecutora de Sócrates, ni al filósofo de la Academia como crítico de la polis del Ática, y, sobre todo, de su forma de gobierno, simplemente porque aquellos que no eran filósofos podían ejercer el poder.
La ejecución de Sócrates se constituyó para la Historia en un ritual de purificación de sus posibles faltas humanas, trascendiendo únicamente sus virtudes intelectuales. Por ello sería sacrílego hoy día cuestionar su memoria, tanto filosófica como personal.

Galileo, pues, su libro había obtenido licencia de impresión y superado varias revisiones de los doctores de la Inquisición. Además, como también ya se ha dicho, la doctrina copernicana no había sido declarada herética, ni mediante pronunciamiento papal ex cathedra, ni en Concilio, por lo que defenderla no podía ser considerado jurídicamente herejía. Así pues, únicamente a través de la acusación de haber desobedecido el decreto de 1616 era posible la condena.
En resumen, su pensamiento no podía ser declarado contrario a la fe; como mucho, contrario a las Escrituras, y si el matemático defendía sus ideas como hipotéticas no cabía condena. Únicamente podría ser reprobado por desobediencia, pero para eso era necesario un requerimiento formal previo, no solo una advertencia, y dicho requerimiento planteó dudas desde el primer momento, incluso fue negado por Galileo hasta el día 30 de abril de 1633.
La simple lectura del decreto papal y del requerimiento que le sigue es suficiente para advertir una incongruencia en el procedimiento. Lo que había decretado el Sumo Pontífice era que el cardenal Bellarmino amonestase a Galileo para que abandonase sus teorías, y solo en el caso de que este se negase a obedecer, se le impartiese orden formal de abstenerse. Pero la copia del acta no respeta el mandato. Supuestamente, Bellarmino amonestó a Galileo y de inmediato le impartió el requerimiento. Y ello pese a que, tal y como informó el cardenal al propio Papa, Galileo se había sometido ante la amonestación. Por tanto, en realidad no se actuó conforme a lo que Paulo V había indicado y ello era impensable en alguien tan respetuoso y formal como san Bellarmino.
Como decimos, no se conserva el acta original, por lo que no constan firmas. Pero la copia objeto de suspicacias está dentro del legajo, respetando la numeración de los folios, lo que hace pensar que no fue añadida posteriormente. Sin embargo, todos los estudiosos que han tenido la suerte de analizarla advierten dos aspectos que llaman la atención: este es el único documento de todo el expediente que está escrito por ambas caras. Y precisamente la última frase de la primera cara parece contener un corregido encima del cual se habría escrito «e inmediatamente». El segundo hecho curioso es que, pese a que no se puede afirmar que pertenezcan a una mano distinta, las líneas y letras de la segunda cara están más apretadas y juntas que las del anverso. Algunos estudiosos del documento, y ante las sombras que presentaba el proceso contra Galileo de 1633, consideraron que estas circunstancias eran prueba de que el requerimiento no existía y que había sido falsificado con posterioridad para tener algo que alegar contra el matemático.
Melchor Inchofer ciertamente era jesuita, y, como ya sabemos, los miembros de esa orden habían decidido perseguir a Galileo. Pero Inchofer tenía un problema singular. Se encontraba en Roma porque una obra suya estaba siendo examinada por la Sagrada Congregación del Índice. Agustino Oregio había escrito una teología en la que defendía que había que distinguir entre lo que pertenecía a la fe y lo que pertenecía a la ciencia. Y Pasqualigo era el teólogo más cercano al Papa, perteneciente a los teatinos, contrarios a los jesuitas, y a favor del Sumo Pontífice en una cuestión ajena a Galileo, defendía que no se podía mezclar la física con la teología. Por tanto, examinados los tres calificadores con cuidado y atendiendo a sus obras, resulta que ciertamente eran personas muy cercanas a Urbano VIII, por lo que este podía condicionarlos, pero en absoluto contrarios a las tesis de Galileo. Este hecho a todas luces parece constituir una prueba de que habían sido elegidos expresamente para no condenar al matemático.
Que el Papa quedase descartado como artífice de la supuesta alteración no significaba que esta no existiese, pues el documento presentaba aspectos oscuros. Eran tan claras las evidencias que el legajo se llegó a analizar mediante técnicas de rayos, llegándose a la conclusión de que, supuestamente, todo él fue redactado en un mismo momento. Pero, aun así, este hecho no le confiere total credibilidad. No se trata de un acta de requerimiento otorgada formalmente ante notario y testigos, y no existe el documento solemne con el encabezamiento del notario y las firmas de los partícipes y los testigos. O nunca existió o no fue incorporado al tomo. Lo que se incorporó parece ser una «minuta», o borrador preparatorio del escrito administrativo y formal que se redactaría después, o una copia del verdadero documento que, sin embargo, no se unió, lo que resulta bastante extraño.
Además, no podemos olvidar que Galileo, desde que fue citado a comparecer ante la Congregación a fines de 1632 hasta el día 30 de abril de 1633, comunicó reiteradamente y a diferentes personas su tranquilidad porque el requerimiento no existía. Pero, entonces, la posibilidad que se apunta es que el mandato fue añadido en 1616 por quienes dispusieron del procedimiento y con el fin de asegurarse la condena del matemático si volvía a caer en sus manos. De ser así, quedan entonces algunas preguntas por responder: ¿por qué el obstinado Galileo, que había mostrado su intención de defender su inocencia, después de casi veinte días.
En 1744, Benedicto XIV autorizó una impresión revisada del Diálogo de Galileo en la que, en realidad, solo se habían cambiado algunos títulos, aunque el copernicanismo continuaba siendo una doctrina contraria a las Escrituras. Por fin, en 1992, el papa Juan Pablo II rehabilitó a Galileo, reconociendo así el error de la sentencia dictada.
Inmediatamente después de la condena, Galileo se convirtió en el mito en el que se condensa la lucha entre ciencia y fe. Los artífices de semejante mitificación fueron los protestantes, que encontraron así un modo de atacar a la Inquisición y agrandar su leyenda negra. El hecho es especialmente injusto si tenemos en cuenta que la imagen provenía de quienes quemaban sin juicio a adúlteros, homosexuales o científicos como Miguel Servet.
Puede que el descubrimiento de nuevos documentos incremente los giros, ya de por sí complejos, del proceso a Galileo, del mismo modo que sucedió con los textos hallados recientemente en las salas del Santo Oficio. O puede que desvirtúen algunas de las hipótesis simplificando el panorama. Desde luego, en estos momentos estamos en disposición de afirmar que el juicio a Galileo —si es que llegó a existir, pues todo parece pactado— en modo alguno fue una lucha entre ciencia y fe, pues afirmar esto implica ignorar intencionadamente un dato crucial: Galileo era profundamente creyente y nunca habría ido contra sus sentimientos religiosos. Los que afirmen que la Iglesia católica, desde su ignorancia, trató de frenar la luz del conocimiento olvidan que los científicos jesuitas tenían razón en la relación de las mareas con la rotación de la Luna y en la existencia de los cometas, frente a las teorías de Galileo. Y tampoco podemos olvidar que ningún científico llegó a afirmar con rotundidad la rotación de la Tierra hasta el péndulo de Foucault.

La Policía de los Ángeles lo único que le importaba era no emplear la violencia contra O. J. Simpson para evitar que estallaran disturbios raciales. Preferían que el sospechoso se escapase y aparecer como ineptos antes que causarle el menor rasguño. El Ford Bronco inició una huida —¡a sesenta kilómetros por hora!—, seguido de una patrulla a la que sucesivamente se le fueron uniendo otros vehículos policiales hasta un total de veinte. Algunos precedían al Ford Bronco, abriéndole paso, y otros le seguían a cierta distancia —escoltando más que persiguiendo—, todos ellos temerosos de que Simpson pudiese realizar cualquier acto contra su integridad física. Los medios de comunicación, que esperaban expectantes la detención, tuvieron noticia de la persecución que se estaba produciendo y se unieron a la comitiva. Hasta nueve helicópteros, casi todos de la prensa, formaron una caravana más propia de una película surrealista que de una detención por doble asesinato.
Las cadenas de televisión más importantes fueron conectando sus señales en directo para retransmitir el suceso como si se tratase del descubrimiento de la vacuna contra el sida o de la llegada a la Luna. Incluso se suspendió la retransmisión de la final de la NBA.
Las estimaciones más prudentes fijan en 3,5 millones de euros (del año 1994) el coste de la defensa de O. J. Simpson, aunque otras fuentes lo sitúan en seis millones. Desde un punto de vista jurídico, su trabajo no puede calificarse de destacable, pero no hay duda de que el público tuvo su espectáculo.
El día 20 de junio, el detenido compareció ante una juez que dictaminó su ingreso en prisión sin fianza, tras lo cual se convocó al Gran Jurado para determinar si O. J. Simpson debía ser juzgado o no por doble asesinato. Las sesiones de esta institución, presidida por un fiscal, se celebraron a puerta cerrada, de modo que las defensas no asistieron. Sin embargo, debido a la difusión del caso, los abogados de Simpson denunciaron que los miembros del Gran Jurado podían estar contaminados y solicitaron una vista pública previa.
Con el fin de que no se vulnerara ningún derecho del detenido se optó por celebrar una audiencia de causa probable ante un magistrado profesional, que decretó el procesamiento de O. J. Simpson. En esa audiencia, la fiscalía expuso gran parte de las pruebas con las que contaba para sostener la acusación, por lo que, antes del juicio principal, la defensa conocía con bastante precisión cuáles serían los principales argumentos en los que debería basarse.

Entre el 70 y el 80 por ciento de la población estadounidense considera que su sistema judicial es el más seguro del mundo, y dos terceras partes afirman que dicha fiabilidad está determinada por la independencia de la institución del jurado. Los delitos castigados con más de seis meses de prisión, salvo que el acusado renuncie a ese derecho y, en todo caso, siempre que se trate de una ilegalidad relevante, se dilucidan ante un tribunal constituido por doce ciudadanos elegidos por sorteo entre el censo electoral. Frente al jurado griego que enjuició a Sócrates —numerosísimo en su composición, pero muy elitista en su selección—, el norteamericano está compuesto solo por doce miembros, lo que facilita los debates y que todos los sectores de la sociedad se vean implicados. Esa heterogeneidad es una de las razones por las que el jurado goza de gran aceptación entre el pueblo estadounidense.
El tribunal se completa por el magistrado presidente, juez de carrera que modera el debate, mantiene el orden, decide qué pruebas se admiten y cuáles no, qué preguntas son pertinentes y cuáles no, e informa al jurado sobre cualquier duda que pueda surgir.
Para empezar, la contaminación. Los medios de comunicación ofrecen información sobre cualquier hecho violento desde el mismo momento en que este se produce. Lo importante es la primicia, no la veracidad. Por eso, muchos de los datos que se vierten no guardan relación alguna con lo que ha sucedido en realidad, aunque, eso sí, condicionan a la ciudadanía y crean un estado de opinión sin ofrecer datos que permitan que cada cual piense libremente. Por ello, en cualquier caso notorio es imposible encontrar un jurado que no tenga una opinión formada a priori. Y todos sabemos que cuando se cree algo, se suele ser reticente a escuchar argumentaciones contrarias. Como se suele decir, la primera impresión es la que cuenta.
Algunos de los analistas del caso afirman que el resultado fue debido al cansancio de los jurados, puesto que, después de ocho meses de sesiones, casi quinientas evidencias y más de ciento cincuenta testigos, harían falta varios días para alcanzar un veredicto de culpabilidad. Sin embargo, le declararon inocente en tan solo tres horas, tiempo del todo insuficiente para repasar siquiera las ocho pruebas básicas. No analizaron los hechos y no estudiaron las evidencias presentadas, sino que se limitaron a inclinarse por un bando. Dicho de otro modo, los jurados dieron carpetazo al asunto de la forma más fácil para poder irse a casa.
Después de todo, antes del juicio ya habían dado muestras de que sentían una gran admiración por O. J. Simpson y de que no albergaban ninguna simpatía por Nicole Brown y Ronald Goldman.
Cuando el juicio comenzó, el 50 por ciento de la población de Los Ángeles consideraba a O. J. Simpson no culpable, y la otra mitad, responsable de los asesinatos. Entre los ciudadanos blancos, el 70 por ciento lo consideraba autor de los hechos, y entre las minorías, casi el 80 por ciento lo creía inocente. Después de la intensísima campaña mediática desplegada por la defensa, el índice de afroamericanos que creían en la inocencia de Simpson había aumentado. No habían escuchado ninguno de los argumentos de la acusación y los medios tampoco intentaron exponerlos.
En este punto, la terminología es muy importante. En Estados Unidos, para dictar una sentencia condenatoria es necesario que el tribunal, por la mayoría establecida en cada estado, considere al acusado culpable. Pero para absolverlo no se le declara inocente, sino «no culpable». Esto puede parecer banal, pero tiene su relevancia, ya que, para evitar la pena, es suficiente demostrar que no se han realizado los actos concretos de los que se le acusa, aun cuando no sea totalmente inocente, es decir, aunque pueda haber quedado probada alguna conexión con el delito enjuiciado, distinta, por supuesto, de la contenida en la acusación de la fiscalía.

Las imágenes utilizadas por la defensa dejaban claro que todas las manchas de sangre analizadas se hallaron en los lugares donde fueron recogidas la misma madrugada del crimen. Y no fue hasta el mediodía cuando la Policía recibió la muestra de sangre de O. J. Simpson. Es decir, no tenían sangre del acusado para haber contaminado el escenario.
Dado que el guante de la mano izquierda se encontraba en el lugar del crimen a las doce de la noche, la teoría conspirativa implica que la Policía debería haber tenido en su poder tanto los guantes como los zapatos de Simpson antes de los hechos para preparar su implicación, lo que nos lleva a pensar que los agentes, o bien adivinaron que se iba a producir el doble asesinato, o bien lo ejecutaron ellos directamente. Y dado que la sangre de Simpson se obtuvo después de la recogida de los indicios, también los laboratorios policiales debieron de participar en la conspiración, pues no pudieron colocarla en las muestras antes de recogerlas. En definitiva, demasiados participantes en esa conspiración.
Sin embargo, todas las dudas se disiparon por el comportamiento sospechoso del agente Mark Fuhrman. Tras escuchar las cintas que demostraban el carácter racista del agente, la defensa pidió que volviese a declarar, y en su segunda comparecencia, a todas las preguntas de los letrados de O. J. Simpson, relativas a si había colocado o alterado pruebas, el agente se acogió a la quinta enmienda (derecho a no declarar contra uno mismo) y se negó a responder. Este comportamiento dio la excusa perfecta al jurado para no analizar las pruebas.
Desde que el abogado Robert Shapiro vendió a un periodista la tesis de que había sospechas de que la Policía podía haber tratado de incriminar a O. J. Simpson, y desde el momento en que ese periodista la publicó sin hacer la menor comprobación, todos los medios se volcaron en la teoría de la conspiración, convirtiéndola en realidad. La hipótesis se convirtió en certeza porque todos los medios se hicieron eco de ella. La premisa se convirtió en conclusión por el simple hecho de repetirla como un mantra. Y el público la creyó porque nunca se duda de lo que dicen en las noticias.
Es cierto que el sistema tampoco ayudó a buscar la verdad. Que algo tan espectacular y llamativo como que O. J. Simpson intentase colocarse los guantes con dificultad, aunque fuese fingida, o que uno de los agentes tuviese ideas racistas, influyó mucho más en los doce ciudadanos encargados de juzgar los hechos que las pruebas científicas, los datos comprobados o las evidencias objetivas.

Algunos analistas han criticado que la fiscalía dejase fuera algunas de las pruebas de las que disponía. Veamos algunas de ellas:
1. Los objetos incautados en el momento de la detención. Cuando la Policía registró el Ford Bronco en el que O. J. Simpson había tratado de huir con su excompañero de equipo, encontraron un bigote y una barba postizos, así como maquillaje para colocárselo, 8.700 dólares, un pasaporte y una muda. Esos objetos indicaban que Simpson tenía la intención de huir, lo que constituía un claro indicio de culpabilidad.
2. La testigo que vio a Simpson en Brentwood. Jill Shiveliy declaró ante la fiscalía, en la vista preliminar, que la noche de los hechos había salido a comprar comida cuando, en un cruce, un Ford Bronco blanco casi la arrolló. Declaró que el vehículo procedía de Bundy Drive y que, al pasar a su lado, el conductor le gritó. También dijo que le había parecido que era un actor de una película cómica y que después se dio cuenta de que era O. J. Simpson. Pese a todo, Marcia Clark la desechó para el juicio, porque, antes de que este comenzase, la testigo vendió su historia a la prensa por cinco mil dólares.
3. La conversación y la carta de O. J. Simpson. Antes de comenzar su huida, Simpson dejó una carta de despedida en casa de Robert Kardashian. Tanto esta como la conversación que más tarde el agente Tom Lange mantuvo con Simpson mientras viajaba en el Ford Bronco y que fue grabada sonaban a confesión. Sin embargo, Marcia Clark no consideró oportuno aportarlas al jurado.
4. El diario de Nicole. La exmujer de O. J. Simpson había escrito un diario en el que se reflejaban muchos de los incidentes de malos tratos que había sufrido a manos de su exmarido. Esta evidencia sí fue presentada por la fiscalía, pero el juez la rechazó por no estar permitidos como pruebas documentos personales sin la comparecencia de la persona que los escribió. Aquella era una prueba tan clara que para evitar que en el futuro pudiesen producirse casos similares, las leyes fueron reformadas para que los manuscritos personales sí pudiesen presentarse en juicio. De todos modos, del mismo modo que Lance Ito permitió escuchar las cintas de Mark Fuhrman, que no tenían relación con el caso, creando así un precedente, también pudo admitir el diario de Nicole.

El 2 de octubre de 1995, el jurado se retiró a deliberar y todos los responsables de seguridad, tanto locales como estatales y federales, comenzaron a preparar el dispositivo para evitar disturbios por si el fallo era condenatorio.
Tres horas después de retirarse a deliberar, el jurado ya había alcanzado un veredicto. Sus ganas de acabar después de aquellos ocho meses de reclusión eran más que visibles. El propio juez debió de ver algo de vergonzoso en el hecho de que un proceso tan largo tuviese un final tan repentino, ya que, pese a que el acusado tenía derecho a conocer el fallo, aplazó su lectura hasta el día siguiente.
O. J. Simpson fue declarado no culpable y, en efecto, el desenlace estuvo a la altura del espectáculo. Constituyó el colofón adecuado a ocho meses de especulaciones, divagaciones y comentarios faltos del menor fundamento técnico. La justicia quedó a la altura del fango, pero los mass media y las parodias teatrales acababan de hacer historia. El mundo descubría una nueva realidad.
Después de leer el veredicto, uno de los jurados saludó a Simpson con el puño, haciendo el símbolo del Black Power («Poder negro»), lo que dejó clara su falta de neutralidad. Hasta cinco de los miembros del tribunal, en entrevistas posteriores, llegaron a afirmar que creían que Simpson había cometido los crímenes, pero que la fiscalía no lo había probado.
Pese a las evidencias, la minoría oprimida tenía la oportunidad de vengar los cientos de juicios en los que la mayoría blanca había impuesto su ley. Y lo hizo de la única forma en que se ejecutan las venganzas: imponiendo una injusticia para compensar otras injusticias.

En mayo de 1997, los padres de Ronald Goldman presentaron una demanda civil contra O. J. Simpson para reclamarle los daños y perjuicios causados como autor de una muerte imprudente. Al mes siguiente se les unió el padre de Nicole Brown. Al no tratarse del mismo delito —el anterior fue el de asesinato— y teniendo en cuenta que el procedimiento ya no sería el mismo —ahora sería un pleito civil—, la demanda fue admitida a trámite.
El juicio se celebró en Santa Mónica. Los debates tuvieron un carácter técnico y se limitaron a tratar aspectos jurídicos de las evidencias, como su credibilidad o su falta de ella. Muchas de las pruebas volvieron a presentarse, otras se desecharon por no guardar relación con lo que se discutía, y solo alguna fue novedosa.
Los mismos hechos, lejos ya de las cámaras, pasado el espectáculo y con otro jurado, fueron suficientes para que por unanimidad se dictara un veredicto de… culpabilidad.

A book pretty good, easy reading that can be combined with others of the same subject and thus have a “trial” broader or both is recommended reading.
Let’s be clear about the goddess of justice: a figure of a beautiful, slender woman with a blindfold, a scale in one hand and a sword in the other. This is how the goddess Iustitia is represented since the French Revolution, because until that moment her beautiful face had always appeared discovered. The scale means objectivity; that is, both favorable and unfavorable facts will be taken into account in their proper measure. The sword is the authority or ability to impose the sentence that is dictated. And the bandage, the impartiality, because justice is the same for rich and poor, humble and powerful.
Yes, it is probable that someone does not know that this Roman deity corresponds to the goddess Themis, “the one of good advice”, who used to be represented with a scale in his hand and a lion at his feet, the latter being the allegory of his power. Themis, daughter of Gea and Uranus, was, therefore, a Titanian, that is, an original and powerful divinity. But I was not responsible for justice among men. Themis was the embodiment of divine order and natural law. From his relationship with Zeus he had three daughters, among them Astrea.
And surely few know that Astrea was a deity who lived among people in the ancient Golden Age, a time in the history of mankind in which, according to Don Quixote, “nobody knew the meaning of the words of you and mine.” Astrea’s role on Earth was to impart justice among humans by resolving litigation and fighting.

No one should defend a great truth with little lies, for whoever listens to him, far from noticing the ignorance of the speaker, will eventually end up believing in the falsity of all his message. I say this because the figure of Christ is in itself so enigmatic and complex that he does not need false devices to elevate it.
It would be very innocent to believe that any thesis that is written about the trial of Jesus can be peaceful, since we are talking about a person (it is the man and the jurist of whom I intend to speak here) that for at least a third of the world’s population it is the son of God made flesh.
Of the processes that led to the condemnation and execution of Jesus, no records, writings or contemporary chronicles are kept, so it is impossible to conduct a direct and technical study of them. But it is that Christ, as a man, is not mentioned in any document until the moment in which for some he was already the son of God, and for others, the seed of idolatry.
For this reason, if the historical character and its religious connotations suppose a problem for any study that arises, the shortage of direct sources on the man, and the radically contradictory that these are to each other, elevates to the infinite the possible expositions.
Jesus is not named in any written text until at least thirty years after his death. The first three Roman documents that mention Christ, whose authorship corresponds to Pliny the Younger, Tacitus and Suetonius, do so in the first years of the second century and cite it in a collateral way when referring to Christians.
The first, and perhaps the most basic, aspect to be analyzed in order to understand everything related to Jesus of Nazareth is the idiosyncrasy of the Jewish people. Few nations of the world – perhaps none – could have survived a very long slavery in Egypt or Babylon, would have overcome the invading occupation of Syria, Greece or Rome for centuries, let alone a diaspora of two millennia across the known world, and all this culminated with a systematic genocide during the Second World War.
However, the Jewish people managed to recover from all this. And the only explanation that, in spite of everything, his identity DNA has never been broken is because what structures him as a clan is something solid and immaterial at the same time, timeless and eternal: the Mosaic Law. Those who believe that Judaism is just a religion are wrong. Judaism is, of course, a form of faith, the first monotheistic in the history of man, but it is also a way of being, of living, of being in the end, because the Jewish Law not only regulates transcendental issues, such as the cult , marriage or human relationships, but everything is meticulously contemplated in the Pentateuch, including the most basic aspects of daily life, such as clothing, food, grooming, etc.
The submission of the Hebrew people to the Law is total. For this reason they can be enslaved, invaded, transferred or dispersed, wherever they go, together or separately, they will continue to observe the Law and, consequently, to exist as a chosen people of God.
This Law constitutes one of the basic elements of the judgment of Jesus, not only with regard to the precepts invoked to condemn it, but also as a whole and as regards the concept object of discussion. Christ preached that the right thing should be “the Law for the people, and not the people for the Law,” which meant reforming the very foundations of the Zionist nation, something that it could not admit.

There are two issues that we can already address that are directly related to the judgment of Jesus: the Roman solution to the Jewish uprisings and the death penalty.
There is no clear record that during the slavery in Egypt or in Babylon, or during the occupation suffered by Greece or Syria, the Israeli people were especially belligerent. Even in relation to the time of Moses, if we are to believe the Scriptures, the resistance was limited to the struggle of one man – with the inestimable help of God, yes – against the armies of Pharaoh.
Totally different is the Hebrew attitude during the Roman occupation, which, in a way, is more logical than the passivity of other times. To begin with, as has been said, the Jew was a religious or confessional state, so the fight against Rome not only responded to a patriotic reason, but also religious, which would have enhanced motivation among the insurgents in an exponential manner. Whenever Rome offended the religious sentiments of the Jewish people, especially through profanations of the Temple, such as placing banners of Roman gods on their walls or taking part of the wealth accumulated in them as tribute, the immediate response was the armed uprising.
A second element that contributed to maintaining this low-intensity war-albeit with peaks of strong violence-was the intense messianism that was experienced in the Hebrew people at the time of Jesus. The Jews firmly believe that they are the chosen people of God; it is Yahweh who directly transmits laws that must be fulfilled and that abide by faith with the certain hope of a reward. This prize for the obedience of his people does not have to be received after death. The Sadducees do not even believe in reincarnation, because for them the soul is extinguished with life.
The Latin word messias derives from the Hebrew noun mashiaj, which meant “anointed,” in reference to the imposition of oils made during the coronation of kings. In Greek, the translation is “Christ.” The Messiah, then, is not only a religious figure, but a political one – both concepts, as we have pointed out, are always united in the Jewish people; he is the king who will guide them back to Israel, will reunite all the believers in the promised land and will govern them with wisdom and respect for the Law of God.
Rome stifled any hint of rising implacably, killing all those involved, even if they were mere followers. Usually, this decision was of a military nature, that is, the condemnation was imposed by the commanding officer who led the imperial troop in charge of appeasing the uprising, and the execution was immediate. The second aspect to highlight is that the crucifixion was, in general, the method of execution used, since with that infamous penalty the other citizens were warned of what would happen to them if they rebelled against the Empire.

Jesus was subjected to two criminal trials, one before the Sanhedrin and another before the prefect of Rome. In front of those who hide superficially in the forms and deny that Jesus was held a trial, it must be indicated that, whether you want it or not, Christ appeared before two different bodies, both with jurisdictional authority, and that was of accusation and proof in both, a situation that most of those who claimed to be the Messiah or who rose up against Rome did not enjoy. All of them were crucified – in most cases – or they were beheaded manu militari, that is, immediately and without possibility of allegation.
Of these two trials, the accusations in what we might call “religious” were a principal of blasphemy and other secondary ones, such as not respecting the Shabbat, threatening to destroy the Temple and, if we are to believe the Gospel of Nicodemus, also the deceitful and bastard magician, even when the latter is bad.
Two of these accusations led, according to the Mosaic Law, to the immediate death sentence by stoning.
In the account of the Gospels it is clear that Jesus the Nazarene, voluntarily and premeditated, entered the spiritual and symbolic capital of the Israeli kingdom, claiming for himself the crown of David and the condition of Messiah. It is precisely this triumphal entry into Jerusalem and the attack on the Temple that, while reaffirming the blasphemy of the Jews by proclaiming themselves to be “the son of God and God like Himself,” make him commit the crime of lese-majesty. He appointed himself King of Israel, so it was not necessary to invent a new accusation against him or seek new witnesses. That act was at the same time a blasphemy and a manifestation radically contrary to the Empire.
All those who before and after Jesus preached to the people were announced by the prophets, appointed by the Most High to establish the kingdom of God on earth, had the same purpose that awaited him in his sentence.

The Gospels make reference to the betrayal of Judas, who, supposedly, would have agreed with the Jewish authorities to give Jesus in exchange for thirty coins. That treason does not make much sense for two reasons: Judas administered the group’s money, so he had much more money than that, and, in addition, his supposed betrayal consisted in identifying Christ, which seems to be unnecessary, because the Nazarene preached every day in the Temple and in the sight of those who were going to stop him.
An important procedural question is confused in the Holy Scriptures.
The trial was held before Pontius Pilate, who, as we have said, of course had the power to impose the death penalty, as his predecessors had and his successors will have. Flavius ​​Josephus refers expressly Coponius prefect, first to be named, of Cuspius Fado, in 44, and Tiberius Alexander in the year 46. And indirectly with respect to others to tell their sentences and executions. It would be strange that in the long list of prefects the one who held the post longest would not have had such power, when there are many acts of capital violence against the Jewish people.
The criminal trial of Jesus was not pronounced a sentence in form. In fact, the extraordinary process did not require a special formality for the ruling and could have been limited to a laconic Ibis ad crucem (“Go to the cross”). But, in addition, many of these critics forget a Jewish custom that itself is documented in various historical and legal texts: in -those degrading punishment they carried the public- derision, the reason for the sentence (the offense) it was written on a board whitewashed with lime that hung around the condemned man’s neck. Thus, a work of prevention against future similar behaviors was carried out, since it was announced to all those who felt that temptation that “if you commit crimes, this is what awaits you”. In the case of Jesus, the Gospels tell how Pilate himself writes on the sign IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM, or “Jesus the Nazarene, king of the Jews.” So that everyone understood the reason for the crucifixion, the sign was also in Greek and in Hebrew, which, as I said, were the languages ​​of the people. Therefore, if there was a poster in which the crime for which the prisoner is convicted was recorded, everything indicates that there was a sentence and a conviction.
In any case, what is indisputable is that the death was slow and very painful, because it was produced by suffocation. The prisoner had to stand on his lacerating wounds to be able to breathe, because if he relaxed he could not inflate his lungs. The pain and exhaustion were gradually overcoming his strength until he ended up drowning.
Thousands of characters before and after Jesus suffered this abhorrent ordeal, with which he tried to warn the enemies of what awaited them if they attempted against Rome.
We are not, therefore, before a visionary who tried to found a Church, even though that was the consequence of his actions, but before a devout believer who loved and respected the Law that condemned him, because even Jesus himself knew the consequences of declaring himself son of God before the Sanhedrin or Messiah before the prefect.
And maybe that’s why he kept silent.

Affirming that the Socrates trial “we only know we do not know anything” is not only an unoriginal phrase, since many authors have resorted to that play on words to indicate the scarcity of existing sources, but not much. less is a true assertion. There are few but substantial data on the subject, although the main problem is the bias of the same: either they are tendentiously favorable to the philosopher or subjectively contrary to man.
For the Greeks, man was the only animal that had logos, whose most correct translation in this context would be “language,” meaning that he was born to live in society, because communication is a basic tool of coexistence. Thus, Aristotle defined the human being as zoon politikon, or “political animal”, because its natural state is the coexistence with other men. Hence, in the Hellenic civilization the organization of the communities was the object of reflection, study and debate, since finding the best model was part of their own cultural heritage. The system that ended up being imposed was the city-state, in its multiple and even contrary examples.
Greece was neither a state nor a people, not even a league of nations. It was a large set of city-states (in the V century BC they became more than a thousand, even close to fifteen hundred), which, extending from the coasts of the Iberian Peninsula to present-day Turkey, only had in common the language, religion and traditions. Each retained its independent form of government, which was sometimes radically different. In the case of Athens, the reforms carried out by Cleisthenes in the year 508 a. C. – not without bloodshed – meant the end of the oligarchy and the principle of what is technically called “isonomy,” or equality of all Athenians before the Law and in the exercise of power. Traditionally, this form of government is considered the origin of our democracy.
An abysmal difference that separates our current democracy from the Athenian form of government. Only citizens were free citizens born in the polis, of Athenian father and mother and also free, and that they had rendered weapons service. In short, the percentage used to hover between ten and twenty percent of the population. Neither women nor what they called “foreigners” nor slaves could participate in any public activity.
Precisely, slavery was the key to the owners of farms and land could have free time to spend in the exercise of public activities. There were several types of slaves: from simple merchandisemen to workers without rights. And to this we must add that the role of women was null, limited only to the domestic sphere and without their own rights. So the Athenian model, so extolled by some enthusiastic Democrats, in practice was far from an enlarged oligarchy.

From a theoretical point of view, the classical Greeks distinguished between natural law, or Themis, and the written law, or Nomos. The first, dictated by the gods, had ruled Greece from the earliest times. But in order to prevent the rulers themselves from contravening their precepts, the legislators (nomothetes) were setting natural norms as written provisions. The laws of men were dictated for specific issues and at specific times, and were mutable.
Unlike Mesopotamia and, later, Rome, the Greeks were not in the habit of codifying their laws, and even the edicts given by Lycurgus for Sparta prohibited the written rules, so that we have received hardly systematic codes or compilations of laws that we allow a detailed study. Starting from these general characteristics, each polis had its particularities.
In Athens, the laws did not establish a specific punishment for each crime. The accuser, who, as we saw, could be a simple citizen, proposed the one he deemed convenient, and the condemned, in turn, should raise another. The penalties ranged from death, usually by poisoning, to exile or a simple fine. Each party should suggest, therefore, the sanction that seemed appropriate and the judges should choose between one of the two, so the choice could occur by discarding one, either by small, or by excessive.
As there was no police as we understand it today, a group known as “the eleven citizens”, as such was their number, was responsible for ensuring that the defendant appeared at the trial.

Socrates disposed of several synegoroi (“defenders”) who intervened in the trial after him. And also that he did not prepare his defense. This explains why his speech focused on what most offended him, since, perhaps, his defenders were responsible for responding to political accusations. And it could also happen that, since “issues related to worship”, because they were public, obligatory and linked to official veneration, were linked to the government of the city-state, political accusations were added to the charges of impiety.
Finally, there is one way, and that is what, as a lawyer, I consider more accurate. Socrates was accused only of asebeia and corruption of young people, but the complainants, to reinforce their position, referred to their behavior, almost subversive, the Athenian Constitution and its political system, in order to discredit the philosopher before the juries and get a guilty vote.
According to the complaint that remains, Meleto was the main accuser. However, some authors consider him a puppet behind which Ánito was actually hiding. Without much foundation, it is often said that, after the condemnation of Socrates, the Athenian people, repentant, turned against Meletus and eventually killed him (it is said that with stones). But there are no clear sources in this regard. By Plato’s Apology we know that, during the trial, Socrates addressed him constantly and that through a cross-examination he was cornered until leaving him without arguments regarding the accusation of corrupting the youth. However, it seems unlikely that Socrates could dismantle his accuser so forcefully and, even so, end up being condemned.
Of Licón we know nothing with certainty, although it is traditionally considered that Ánito represented the politicians and merchants, Meleto to the poets and dramatists, and Licón to the orators. It is certainly strange that there was such a varied presence of Athenian society in the trial against the philosopher if, as is often said, he was such a kind being.
Socrates had to make a more humble, realistic and sincere speech, and recognize that, even if he saw it differently, his only occupation in life had been to impart ideas and reflections among young people of educational age, which is what we all know as “training”. He had to justify himself alleging that he never concealed anything and that he always acted openly and in public, because his right to an opinion was contemplated in the Athenian Constitution itself. And if he revealed what his daemonion told him, he did it precisely to explain his thought, just as he told the court that his defense improvisation was because his daemonion had told him to do so.
However, instead of giving a speech that neutralized the accusations by placing his behavior within the norms of the Polis, Socrates tried to deny the obvious – his condition as a trainer – and forgot to invoke his right to express himself freely, a right that would have justified his position contrary to official opinions.
After Sócrates intervened his sinegoroi, although we do not know what was his allegation, and then there was a first vote, in which the philosopher lost by about sixty votes difference (280 against versus 221 in favor).

The supporters of Socrates consider that the sentence was a mistake of the court and argue that in Athens there was no law that prohibited saying what was thought and that private religious groups were allowed if the Assembly authorized them. For this reason, this sentence is usually qualified as a State crime, forgetting that the judges were the Athenian citizens themselves. It is possible that, as we said, the decree of Diopites was not even in force and that, therefore, there was no law that punished criticizing the institutions or the gods of Athens. Even so, by the heliatic oath, the judges were obliged to decide according to their conscience and, exasperated by the allegations of the philosopher, who did not know or, possibly, did not want to defend themselves from the most obvious charges, they must have considered that it constituted a danger to them. the training of all those young people who listened to his scathing critics daily.
Socrates’ trial hides a lesson for History that few, if any, have yet realized: how the same fact and the same situation can give rise, over the centuries, to two different realities. The philosopher, to whom no one can deny his transcendence in the world of thought, the man who revolutionized – always according to his disciples, because we know nothing directly by him – the concept of soul and nature focusing on the study of being that evolution He was called to dominate the creation, thanks to his death sentence in a judicial process becomes, even when his political thinking was ultraconservative and elitist, in an example of the defense of free thought and repression that can be exercised by part of an oppressor state
But, at the same time, the supposed oppressor State that assassinated him for his ideas is admitted at present by most modern states as the origin and embryo of democracy. Athens is synonymous with modernity and government of the people. Of free debate and boiling of ideas. Of culture and tolerance.
No one identifies the Athens of Pericles as executor of Socrates, nor the philosopher of the Academy as a critic of the Attic polis, and, above all, of his form of government, simply because those who were not philosophers could exercise power.
The execution of Socrates was constituted for History in a ritual of purification of his possible human faults, transcending only his intellectual virtues. Therefore it would be sacrilegious today to question his memory, both philosophical and personal.

Galileo, then, his book had obtained a printing license and passed several revisions of the doctors of the Inquisition. In addition, as has already been said, the Copernican doctrine had not been declared heretical, neither through an ex cathedra papal pronouncement, nor in Council, so that defending it could not be considered legally heresy. Thus, only through the accusation of having disobeyed the 1616 decree was conviction possible.
In short, his thought could not be declared contrary to faith; at best, contrary to the Scriptures, and if the mathematician defended his ideas as hypothetical, there was no room for condemnation. It could only be reprobated for disobedience, but for that a formal formal request was necessary, not just a warning, and that requirement raised doubts from the first moment, even was denied by Galileo until April 30, 1633.
The simple reading of the papal decree and the requirement that follows it is sufficient to warn of an inconsistency in the procedure. What the Supreme Pontiff had decreed was that Cardinal Bellarmine should admonish Galileo to abandon his theories, and only if he refused to obey, was he formally ordered to abstain. But the copy of the act does not respect the mandate. Supposedly, Bellarmino admonished Galileo and immediately gave him the request. And this despite the fact that, as the cardinal informed the Pope himself, Galileo had submitted to the warning. Therefore, in reality it was not acted in accordance with what Paulo V had indicated and this was unthinkable in someone as respectful and formal as Saint Bellarmine.
As we say, the original record is not kept, so there are no signatures. But the copy object of suspicion is within the file, respecting the numbering of the pages, which suggests that it was not added later. However, all scholars who have had the good fortune to analyze it warn two aspects that are striking: this is the only document in the entire file that is written on both sides. And precisely the last sentence of the first face seems to contain a corrected one on top of which it would have been written “and immediately”. The second curious fact is that, although it can not be affirmed that they belong to a different hand, the lines and letters of the second face are tighter and together than those of the obverse. Some scholars of the document, and before the shadows that presented / displayed the process against Galileo of 1633, considered that these circumstances were proof that the request did not exist and that had been falsified later to have something to argue against the mathematician.
Melchor Inchofer was certainly a Jesuit, and, as we already know, the members of that order had decided to persecute Galileo. But Inchofer had a unique problem. He was in Rome because a work of his was being examined by the Sacred Congregation of the Index. Agustino Oregio had written a theology in which he defended the distinction between what belonged to the faith and what belonged to science. And Pasqualigo was the theologian closest to the Pope, belonging to the Theatines, opposed to the Jesuits, and in favor of the Supreme Pontiff on a question alien to Galileo, he argued that one could not mix physics with theology. Therefore, examining the three qualifiers with care and taking care of their works, it turns out that they were certainly very close to Urban VIII, so this could condition them, but not at all contrary to the thesis of Galileo. This fact seems to constitute a proof that they had been chosen expressly so as not to condemn the mathematician.
That the Pope was discarded as the architect of the supposed alteration did not mean that it did not exist, since the document presented obscure aspects. The evidence was so clear that the file was analyzed using lightning techniques, reaching the conclusion that, supposedly, all of it was written at the same time. But, even so, this fact does not give him total credibility. It is not a requirement document formally granted before a notary and witnesses, and there is no solemn document with the head of the notary and the signatures of the participants and witnesses. Either it never existed or was not incorporated into the volume. What was incorporated seems to be a “draft”, or preparatory draft of the administrative and formal brief that would be drafted later, or a copy of the true document that, however, did not join, which is quite strange.
In addition, we can not forget that Galileo, since he was summoned to appear before the Congregation at the end of 1632 until April 30, 1633, repeatedly communicated to different people his tranquility because the requirement did not exist. But, then, the possibility is that the mandate was added in 1616 by those who had the procedure and in order to ensure the condemnation of the mathematician if it fell into their hands again. If so, then remain some questions to answer: why the stubborn Galileo, who had shown his intention to defend his innocence, after almost twenty days.
In 1744, Benedict XIV authorized a revised impression of the Galileo Dialogue in which, in reality, only a few titles had been changed, although Copernicanism continued to be a doctrine contrary to the Scriptures. Finally, in 1992, Pope John Paul II rehabilitated Galileo, thus acknowledging the error of the sentence handed down.
Immediately after the condemnation, Galileo became the myth in which the struggle between science and faith condenses. The architects of such mythification were the Protestants, who thus found a way to attack the Inquisition and enlarge its black legend. The fact is especially unfair if we take into account that the image came from those who burned without trial adulterers, homosexuals or scientists like Miguel Servet.
The discovery of new documents may increase the gyrations, already complex, of the process to Galileo, just as it happened with the texts recently found in the halls of the Holy Office. Or they may distort some of the hypotheses by simplifying the picture. Of course, at this moment we are in a position to affirm that Galileo’s trial – if it came to exist, since everything seems to have been agreed upon – was in no way a struggle between science and faith, since to affirm this implies intentionally ignoring a crucial fact: Galileo was deeply believer and would never have gone against his religious feelings. Those who claim that the Catholic Church, from its ignorance, tried to stop the light of knowledge forget that the Jesuit scientists were right in the relationship of the tides with the rotation of the Moon and in the existence of comets, compared to theories of Galileo. And we can not forget that no scientist came to firmly affirm the rotation of the Earth to the Foucault pendulum.

The LAPD only cared about not using violence against O. J. Simpson to prevent racial riots. They preferred that the suspect escape and appear inept rather than cause the slightest scratch. The Ford Bronco began an escape – at sixty kilometers an hour! – followed by a patrol car that was successively joined by other police vehicles up to a total of twenty. Some preceded the Ford Bronco, making way for it, and others followed at a certain distance-escorting rather than chasing-all fearing that Simpson could perform any act against his physical integrity. The media, which were waiting expectantly for the arrest, learned of the persecution that was taking place and joined the delegation. Up to nine helicopters, almost all of the press, formed a caravan more typical of a surrealist film than a detention for double murder.
The most important television networks were connecting their signals live to relay the event as if it were the discovery of the vaccine against AIDS or the arrival to the Moon. Even the retransmission of the NBA Finals was suspended.
The most prudent estimates set at 3.5 million euros (in 1994) the cost of defending O. J. Simpson, although other sources put it at six million. From a legal point of view, his work can not be described as remarkable, but there is no doubt that the public had his show.
On June 20, the detainee appeared before a judge who ruled his entry into prison without bail, after which the Grand Jury was summoned to determine if O. J. Simpson should be tried or not for double murder. The sessions of this institution, chaired by a prosecutor, were held behind closed doors, so that the defenses did not attend. However, due to the dissemination of the case, Simpson’s lawyers reported that the members of the Grand Jury could be contaminated and requested a public hearing.
In order not to violate any right of the detainee, it was decided to hold a probable cause hearing before a professional magistrate, who ordered the prosecution of O. J. Simpson. In that hearing, the prosecution exposed a large part of the evidence that it had to support the accusation, so that, before the main trial, the defense knew with enough precision what would be the main arguments on which it should be based.

Between 70 and 80 percent of the American population considers their judicial system to be the safest in the world, and two thirds say that such reliability is determined by the independence of the jury’s institution. Crimes punishable by more than six months of imprisonment, unless the accused renounces this right and, in any case, whenever it is a relevant illegality, are elucidated before a court constituted by twelve citizens chosen by lot among the electoral census . In front of the Greek jury that prosecuted Socrates -numerous in its composition, but very elitist in its selection-, the North American is composed of only twelve members, which facilitates the debates and that all sectors of society are involved. That heterogeneity is one of the reasons why the jury enjoys great acceptance among the American people.
The court is completed by the presiding magistrate, career judge who moderates the debate, maintains order, decides which tests are admitted and which are not, which questions are pertinent and which are not, and informs the jury of any doubts that may arise.
To begin with, pollution. The media offer information about any violent event from the moment it occurs. The important thing is the scoop, not the veracity. For this reason, many of the data that are discharged have nothing to do with what has actually happened, although, yes, they condition the citizenship and create a state of opinion without offering data that allows everyone to think freely. Therefore, in any notorious case it is impossible to find a jury that does not have an opinion formed a priori. And we all know that when you believe something, you tend to be reluctant to listen to contrary arguments. As they say, the first impression is what counts.
Some of the analysts in the case say that the result was due to the fatigue of the jurors, since, after eight months of sessions, almost five hundred evidences and more than one hundred and fifty witnesses, it would take several days to reach a guilty verdict. However, they declared him innocent in just three hours, a time that was not enough to review even the eight basic tests. They did not analyze the facts and did not study the evidence presented, but limited themselves to leaning towards one side. In other words, the jurors shelved the matter in the easiest way to go home.
After all, they had already shown before the trial that they had great admiration for O. J. Simpson and that they had no sympathy for Nicole Brown and Ronald Goldman.
When the trial began, 50 percent of the population of Los Angeles considered O. J. Simpson not guilty, and the other half responsible for the murders. Among white citizens, 70 percent considered him the author of the events, and among minorities, almost 80 percent believed him innocent. After the intense media campaign deployed by the defense, the index of African-Americans who believed in Simpson’s innocence had increased. They had not heard any of the accusation’s arguments and the media did not try to expose them either.
At this point, the terminology is very important. In the United States, to pronounce a condemnatory sentence it is necessary that the court, by the majority established in each state, consider the accused guilty. But to absolve him he is not declared innocent, but “not guilty.” This may seem banal, but it has its relevance, since, to avoid punishment, it is sufficient to demonstrate that the specific acts of which he is accused have not been carried out, even if he is not totally innocent, that is, although he may have remained proven some connection with the crime prosecuted, different, of course, from that contained in the prosecution’s accusation.

The images used by the defense made it clear that all the bloodstains analyzed were found in the places where they were picked up the same dawn of the crime. And it was not until noon when the police received the blood sample from O. J. Simpson. That is, they did not have the accused’s blood to have contaminated the stage.
Since the glove of the left hand was at the scene of the crime at midnight, the conspiracy theory implies that the police should have had both Simpson’s gloves and shoes before the events to prepare his implication, which leads us to think that the agents either guessed that the double murder was going to take place, or they executed it directly. And since Simpson’s blood was obtained after the collection of the evidence, the police laboratories must have participated in the conspiracy, since they could not place it in the samples before picking them up. In short, too many participants in that conspiracy.
However, all doubts were dispelled by the suspicious behavior of agent Mark Fuhrman. After listening to the tapes demonstrating the racist character of the agent, the defense requested that he return to testify, and in his second appearance, to all the questions of the lawyers of OJ Simpson, regarding whether he had placed or altered evidence, the agent was welcomed to the fifth amendment (right not to testify against oneself) and refused to respond. This behavior gave the jury the perfect excuse not to analyze the evidence.
Since the lawyer Robert Shapiro sold a thesis to a journalist that there were suspicions that the police could have tried to frame OJ Simpson, and from the moment that journalist published it without making the slightest verification, all the means were overturned in the theory of conspiracy, making it a reality. The hypothesis became certain because all the media echoed it. The premise became a conclusion for the simple fact of repeating it as a mantra. And the public believed it because they never doubt what they say in the news.
It is true that the system did not help to seek the truth either. That something as spectacular and eye-catching as that OJ Simpson tried to put on his gloves with difficulty, even if it was feigned, or that one of the agents had racist ideas, influenced much more the twelve citizens in charge of judging the facts than the scientific evidence, the data checked or objective evidence.

Some analysts have criticized that the prosecution left out some of the evidence that was available. Let’s see some of them:
1. The objects seized at the time of arrest. When the police searched the Ford Bronco in which O. J. Simpson had tried to flee with his former teammate, they found a false mustache and beard, as well as makeup to put it on, $ 8,700, a passport and a change of clothes. Those objects indicated that Simpson intended to flee, which was a clear indication of guilt.
2. The witness who saw Simpson in Brentwood. Jill Shiveliy testified before the prosecution at the preliminary hearing that the night of the incident had gone to buy food when, at a crossroads, a white Ford Bronco almost rolled over. He stated that the vehicle came from Bundy Drive and that, as he passed by, the driver shouted at him. He also said that he had thought he was an actor in a comic movie and later realized that it was O. J. Simpson. In spite of everything, Marcia Clark dismissed her for the trial, because, before it started, the witness sold her story to the press for five thousand dollars.
3. The conversation and letter of O. J. Simpson. Before starting his escape, Simpson left a farewell letter at Robert Kardashian’s house. Both this and the conversation that agent Tom Lange later had with Simpson while traveling in the Ford Bronco and that was recorded sounded like confession. However, Marcia Clark did not consider it appropriate to provide them to the jury.
4. Nicole’s diary. O. J. Simpson’s ex-wife had written a diary reflecting many of the incidents of mistreatment she had suffered at the hands of her ex-husband. This evidence was presented by the prosecution, but the judge rejected it because they were not allowed as proof of personal documents without the appearance of the person who wrote them. That was such a clear proof that to prevent similar cases from occurring in the future, the laws were reformed so that personal manuscripts could be presented in court. Anyway, in the same way that Lance Ito allowed to listen to Mark Fuhrman’s tapes, which had no relation to the case, thus creating a precedent, he could also admit Nicole’s diary.

On October 2, 1995, the jury retired to deliberate and all the responsible of security, as much local as state and federal, began to prepare the device to avoid disturbances in case the failure was condemnatory.
Three hours after retiring to deliberate, the jury had already reached a verdict. His desire to finish after those eight months of imprisonment were more than visible. The judge himself must have seen something shameful in the fact that such a long process had such a sudden end, since, although the accused had the right to know the ruling, he postponed reading until the next day.
O. J. Simpson was found not guilty and, in effect, the outcome was up to the show. It was the perfect end to eight months of speculation, ramblings and comments lacking the least technical foundation. Justice was at the height of the mud, but the mass media and the theatrical parodies had just made history. The world discovered a new reality.
After reading the verdict, one of the jurors greeted Simpson with his fist, making the symbol of Black Power (“Black Power”), which made clear its lack of neutrality. Up to five of the members of the court, in subsequent interviews, even claimed that they believed that Simpson had committed the crimes, but that the prosecution had not proved it.
Despite the evidence, the oppressed minority had the opportunity to avenge the hundreds of trials in which the white majority had imposed its law. And he did it the only way in which revenge is executed: imposing an injustice to compensate other injustices.

In May 1997, Ronald Goldman’s parents filed a civil lawsuit against O. J. Simpson to claim damages caused as the perpetrator of a reckless death. The next month they were joined by Nicole Brown’s father. Not being the same crime – the previous one was murder – and taking into account that the procedure would no longer be the same – now it would be a civil lawsuit – the suit was admitted for processing.
The trial was held in Santa Monica. The debates were of a technical nature and were limited to dealing with legal aspects of the evidence, such as its credibility or lack of it. Many of the tests were presented again, others were discarded because they were not related to what was being discussed, and only one was new.
The same events, far from the cameras, after the show and with another jury, were enough to unanimously decide a verdict of … guilt.

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