Historia De La Yihad — José Javier Esparza / History of the Jihad by José Javier Esparza (spanish book edition)

El título ya deja ver los escasos conocimientos del islam que tiene el escritor, puesto que yihad no es solo lo que los medios de comunicación nos bombardean de guerra, sino que principalmente es un proceso interior del ser humano. El término para la guerra es otro en árabe.
No obstante, demuestra conocimientos de las distintas organizaciones y las diferencias entre ellas y para alguien que no sepa nada del tema puede ser una base con la que empezar aunque esa base. Me parecen más interesantes las 31 preguntas finales que a mi modo de ver debe ser lo primero leído.

¿De verdad el horror de esta yihad contemporánea nace del islam? Los políticos occidentales, de manera casi unánime, suelen decir que no: que esto no es el islam; que el islam es una religión de paz; que los terroristas no son verdaderos musulmanes. ¿Verdad? ¿Mentira? Es innegable que voces muy autorizadas del islam han reprobado sin ambages la violencia yihadista. Después del crimen masivo de Libia, el gran muftí de Egipto, Shauki Allam, condenó los asesinatos y recalcó que son «actos vacíos de la gran tolerancia del islam». Los yihadistas del Estado Islámico —decía Allam— no comprenden el significado del Corán y mantienen interpretaciones erróneas de los dichos de Mahoma.
El hecho es que un número creciente de musulmanes en todo el mundo aprueba la violencia en nombre de su fe. Y mientras el gran muftí y otros dignatarios políticos y religiosos del mundo islámico condenan los crímenes, otros muchos musulmanes levantan las banderas de los asesinos.
El islam es mucho más que la yihad y sería necio reducirlo a eso. Pero —insistimos— la yihad es un concepto específicamente islámico, solo desde el islam se entiende y solo desde él puede neutralizarse.
Prevención importante: esta historia es una historia sin historia, una historia congelada, porque en la mente del islamista todo transcurre en perpetuo presente. Es también una historia abierta, una historia sin final. El yihadismo no tendrá final mientras haya musulmanes convencidos de que el mundo se divide en Dar al islam y Dar al Darb, que Dar al Darb debe ser conquistado, que en esa conquista no basta con la dawa, la predicación, sino que hay que emplear la yihad entendida como combate material, y que la muerte del prójimo, sea fiel o infiel, es una herramienta deseada por Alá para imponer la sharia, la ley islámica, tal y como la legaron literalmente el Corán y la sunna. Esta es la clave. No es lo que el mundo quiere escuchar, pero es la verdad.

El islamismo no define por entero al islam, pero procede de él y solo por él se explica. Lo que entendemos por islamismo es la pretensión, en nombre de la ortodoxia religiosa, de extender el gobierno de la ley coránica a todas las esferas de la vida (empezando por la política), lo cual, por otra parte, guarda perfecta coherencia con la letra y el espíritu del Corán. Es lo mismo que a veces se llama fundamentalismo o integrismo. El problema es que, en el islam, el fundamentalismo no es una desviación, sino una opción perfectamente legítima.
En este marco, el yihadismo representa un paso más allá: yihadismo viene de yihad, palabra árabe comúnmente traducida como «guerra santa», es decir, la imposición del islam por la fuerza de las armas. En realidad, yihad significa propiamente «lucha» o «esfuerzo» y es una de las obligaciones capitales de cualquier musulmán. Su interpretación en términos literalmente bélicos es discutible. Muchos sostienen que en realidad se trata de una «lucha espiritual» interior. Según la interpretación más habitual, hay una «yihad mayor», que es la lucha personal por mejorar a ojos de Dios, y hay una «yihad menor», que es el combate físico contra los enemigos del islam. Pero, en cualquier caso, la interpretación bélica cuenta con numerosos avales en la propia órbita cultural islámica, máxime cuando el propio Corán abunda en prescripciones de orden guerrero.

Toda la historia del islam en España puede contarse como una sucesión de olas fundamentalistas, cada una más radical que la anterior, dispuestas a recuperar un territorio «apóstata». Desde la explosión del califato de Córdoba, tres fuerzas sucesivas van a intentarlo: los almorávides a finales del siglo xi, los almohades a mediados del siglo xii y los benimerines en el siglo xiv. Las tres corresponden a movimientos africanos, esto es, extranjeros, ajenos al marco cultural andalusí. Si alguna vez hubo una oportunidad de crear eso que algunos llaman «España islámica», esta desapareció realmente con la dictadura de Almanzor y los reinos de taifas. ¿Y el reino nazarí de Granada, que sobrevivió hasta el siglo xv? También de él nos ocuparemos, pero queda fuera de la lista por una poderosa razón: nunca tuvo fuerza suficiente para llevar a cabo una yihad. Tampoco, en realidad, los benimerines, que llegaron a intentar alguna ofensiva en tierra española, pero cuya verdadera fuerza radicaba en su influencia sobre Granada y sobre los musulmanes andalusíes que habían quedado bajo poder cristiano. Hay en esta parte del Medievo español dos movimientos yihadistas sucesivos: uno, exterior, es el que viene de la mano de almorávides y almohades; el otro, interior, es el que va a pivotar en torno a las rebeliones andalusíes y al reino de Granada, con el apoyo benimerín desde Marruecos. Vale la pena verlos por separado.
Retomemos nuestro hilo: el califato se desploma a principios del siglo xi, el mundo andalusí se desintegra en los reinos de taifas y a partir de este momento la iniciativa corresponde a la España cristiana. El islam retrocede en todos los frentes. Los reinos cristianos —León, Castilla, Navarra, Aragón— someten a los reinos moros a un sistema de vasallaje económico que conocemos como parias. El sistema trae consigo una compleja red de pactos políticos y militares que con frecuencia formarán frentes al margen de la identidad religiosa. Pese a ello, el impulso de reconquista cristiana permanece vivo. Tan vivo que a la altura de 1085 Alfonso VI de León y Castilla toma Toledo. Atención a las fechas: aún no han pasado ochenta años desde la explosión del califato y las tropas cristianas ya controlan el centro de la península, entran en Valencia, asedian Zaragoza y enfilan hacia Badajoz y Córdoba. Toda la España mora puede caer de golpe.
El Libro del Yihad de Averroes recorre en un interesante epígrafe los fines de la «guerra santa», es decir, por qué se combate. La respuesta es clara: «la consecución de una de estas dos cosas: o el ingreso en el islam o el pago de parias». El sabio fundamenta su estudio en un precepto de carácter general escrito en el Corán: «Y combatidlos hasta que cese la sedición [de la idolatría] y sea la religión de Allah la que prevalezca; y si desisten [de la incredulidad o aceptan pagar un impuesto para vivir bajo la protección del Estado islámico conservando su religión], pues Allah bien ve lo que hacen». Lo único que hay que discutir después es quién debe pagar parias y a quién no se le permite ni siquiera esa posibilidad.
Por fortuna para las tierras cristianas, el hundimiento almohade en Las Navas de Tolosa eliminó la amenaza de que vinieran nuevos invasores a exigir conversión o tributos. Pero la yihad aún no había abandonado el suelo de España.

Un día, Muhammad, lector concienzudo de Ibn Taymiyya, concibió un gran proyecto: retornar al islam original y limpiarlo de toda impureza adherida con el tiempo. Eso devolvería a los musulmanes al recto camino.
El salafismo es esto. Si la comunidad musulmana ha perdido vigor, es porque se ha alejado del islam originario. Por tanto, hay que volver al islam más puro para sanear la sociedad. El programa salafista es inequívoco: imitar la vida del Profeta, de sus compañeros (los sahaba) y las generaciones siguientes, respetando ciegamente la sunna en su conjunto, incluidos no solo el Corán, y los hadices, sino también la sira, esto es, los relatos sobre la vida de Mahoma. Cualquier interpretación teológica de carácter racional queda excluida: es una intermediación que aleja al fiel del mensaje divino. También queda excluida cualquier manifestación de piedad popular que pueda tender a la superstición, como el culto a los santos (de ahí la condena de los morabitos magrebíes, por ejemplo). Por supuesto, la adopción de costumbres extranjeras queda igualmente proscrita, en la medida en que se contrapone al patrón de vida fijado en los tiempos originarios.

La victoria de Jomeini, por otro lado, dio alas a la yihad. Sobre todo desde el momento en que Sadam Hussein, con el respaldo implícito de Occidente, declaró la guerra a Irán. La opinión mundial quedó espantada por las imágenes de niños de diez o doce años que marchaban hacia el frente dispuestos a inmolarse bajo las bombas iraquíes. Con el mismo espíritu, cientos de miles de iraníes fueron alistados para una guerra que desde el principio se presentó como santo martirio. Máxima expresión: el basij, esa unidad creada por Jomeini sobre la base de la red nacional de mezquitas, para reclutar voluntarios entre jóvenes, veteranos y mujeres, excluidos del servicio activo por edad o sexo, pero prestos a morir como mártires cantando himnos en memoria del sacrificio de Husein en Kerbala. Si la guerra moderna es la de la movilización total, el jomeinismo encontró en la guerra contra Irak el argumento para la yihad total: la roturación de tierras, los descuentos en el sueldo para sufragar la guerra, las campañas de concienciación a la población civil… todo, absolutamente todo era una yihad completa y permanente. Esa guerra duraría ocho años. Se calcula que Irán perdió en torno a un millón de personas, víctimas del conflicto. Iba a marcar al país para siempre.
La revolución iraní fue determinante en el islamismo contemporáneo, pero se ha exagerado mucho su importancia respecto al fenómeno concreto del yihadismo. En realidad los focos de la explosión yihadista no son tanto Irán, país chií y por tanto de influencia limitada, como Pakistán y Arabia Saudí.
El triunfo islamista en Irán dio nacimiento a una milicia yihadista específica, chií por supuesto, que enseguida iba a entrar en acción: Hizbulá, el «Partido de Dios», en el Líbano. Que también escribiría su sangrienta historia.
El régimen saudí iba a tener una magnífica oportunidad de demostrar hasta qué punto estaba comprometido con la defensa del islam en cualquier parte del mundo: apenas dos semanas después de la crisis de la mezquita, la Unión Soviética invadía Afganistán. Otro acontecimiento capital de aquel año 1979. Y aquí Arabia Saudí iba a echar el resto.
El presidente Obama hace al mundo entero el 1 de mayo de 2011: en una operación militar en Pakistán, fuerzas especiales estadounidenses han dado muerte a Osama bin Laden. El creador de Al Qaeda, enemigo público número uno de los Estados Unidos, ha sido eliminado. Tomará su relevo Aymán al-Zawahirí, el de los «caballeros a la sombra del estandarte del Profeta». Pero para entonces una facción autónoma de Al Qaeda en Irak ya estaba entrando en Siria, dispuesta a imponer su propia ley. Se llamaba Estado Islámico de Irak y el Levante. E iba a llevar el yihadismo hasta niveles de delirio asesino nunca imaginados.

Síntesis de las ideas de Setmarian: la próxima fase de la yihad tendrá que ser la de la «resistencia sin líderes», a saber, el terrorismo diseñado y ejecutado por individuos o pequeños grupos, con el objetivo de desmoralizar al enemigo y preparar el terreno para el proyecto mucho más ambicioso de una declaración de guerra en frentes abiertos. Solo cuando el enemigo esté acobardado y neutralizado, podrá aspirarse a combatir en el campo de batalla y controlar un territorio, condición necesaria para establecer un estado islámico (y no otro es el fin estratégico de la «resistencia»). Mustafá Setmarian estuvo con Bin Laden en las cuevas de Tora Bora, en Afganistán. Dice que allí el fundador bendijo sus propósitos. Setmarian fue detenido en Pakistán en 2005 y entregado a los norteamericanos. Después, se perdió su paradero. Al Qaeda ha dicho por dos veces que está en prisión. Será verdad. Pero lo que ha dejado tras de sí es inquietante.
El «modelo Setmarian» se puede aplicar de forma muy efectiva en el marco de las sociedades occidentales: un tipo o dos, no más; un par de fusiles, un chaleco bomba, cualquier otro armamento; una acción ruidosa en un blanco fácil y después, reivindicación formal. Como en la maratón de Boston en abril de 2013, por ejemplo. Y así hoy en un sitio, mañana en otro, luego en cualquier otra parte, hasta generar una atmósfera de vulnerabilidad, de terror, que lleve a bajar la cabeza, a enseñar la cerviz, como decía Averroes cuando teorizaba sobre la yihad. Los analistas occidentales llaman a este tipo de terroristas «lobos solitarios», lo cual sin duda es un desdoro para los lobos. El atentado contra el semanario blasfemo Charlie Hebdo en París, en enero de 2015, es un perfecto ejemplo de este nuevo tipo de yihad. No hace falta más que un número adecuado de combatientes dispuestos a dar el paso. El resto lo pone el propio enemigo: nosotros. Ese es ya el horizonte nuevo de la yihad en el siglo xxi.
Una historia, efectivamente, sin final.

The title already shows the scarce knowledge of Islam that the writer has, since jihad is not only what the media bombards us with war, but mainly it is an internal process of the human being. The term for war is another one in Arabic.
However, demonstrates knowledge of the different organizations and the differences between them and for someone who does not know anything about the subject can be a basis with which to start although that basis. I find the 31 final questions more interesting that in my view should be the first thing read.

Is the horror of this contemporary jihad really born of Islam? Western politicians, almost unanimously, often say no: that this is not Islam; that Islam is a religion of peace; that the terrorists are not true Muslims. True? Lie? It is undeniable that very authoritative voices of Islam have bluntly condemned jihadist violence. After the massive crime in Libya, the great mufti of Egypt, Shauki Allam, condemned the murders and stressed that they are “empty acts of the great tolerance of Islam.” The jihadists of the Islamic State – Allam said – do not understand the meaning of the Qur’an and maintain erroneous interpretations of Muhammad’s sayings.
The fact is that a growing number of Muslims around the world approve violence in the name of their faith. And while the great mufti and other political and religious dignitaries of the Islamic world condemn the crimes, many other Muslims raise the banners of the murderers.
Islam is much more than jihad and it would be foolish to reduce it to that. But – we insist – jihad is a specifically Islamic concept, only from Islam is understood and only from it can be neutralized.
Important prevention: this story is a story without a story, a frozen story, because in the mind of the Islamist everything happens in perpetual present. It is also an open story, a story without end. Jihadism will not end as long as there are Muslims convinced that the world is divided into Giving to Islam and Giving to Darb, that Giving to the Darb must be conquered, that in that conquest it is not enough with dawa, preaching, but we must use Jihad understood as material combat, and that the death of the neighbor, be faithful or unfaithful, is a tool desired by Allah to impose sharia, Islamic law, as literally bequeathed by the Koran and the sunna. This is the key. It is not what the world wants to hear, but it is the truth.

Islam does not completely define Islam, but it comes from it and is explained only by it. What we mean by Islamism is the claim, in the name of religious orthodoxy, to extend the government of the Koranic law to all spheres of life (starting with politics), which, on the other hand, is perfectly consistent with the letter and the spirit of the Koran. It is the same thing that is sometimes called fundamentalism or fundamentalism. The problem is that, in Islam, fundamentalism is not a deviation, but a perfectly legitimate option.
In this framework, jihadism represents a step beyond: jihadism comes from jihad, an Arabic word commonly translated as “holy war”, that is, the imposition of Islam by force of arms. In reality, jihad properly means “struggle” or “effort” and is one of the fundamental obligations of any Muslim. Its interpretation in literally warlike terms is debatable. Many argue that it is actually an inner “spiritual struggle”. According to the most common interpretation, there is a “major jihad,” which is the personal struggle to improve in the eyes of God, and there is a “minor jihad,” which is physical combat against the enemies of Islam. But, in any case, the war interpretation has numerous guarantees in the Islamic cultural orbit itself, especially when the Qur’an itself abounds in prescriptions of a warlike nature.

The whole history of Islam in Spain can be counted as a succession of fundamentalist waves, each more radical than the previous one, ready to recover an «apostate» territory. Since the explosion of the caliphate of Córdoba, three successive forces are going to try it: the Almoravids at the end of the 11th century, the Almohads in the middle of the 12th century and the benimerines in the 14th century. The three correspond to African movements, that is, foreigners, alien to the Andalusian cultural framework. If there was ever an opportunity to create what some call “Islamic Spain,” it really disappeared with the dictatorship of Almanzor and the Taifa kingdoms. And the Nasrid kingdom of Granada, which survived until the fifteenth century? We will also deal with him, but he is out of the list for a powerful reason: he never had enough strength to carry out a jihad. Nor, in fact, the Benimerines, who came to try some offensive on Spanish soil, but whose real strength lay in their influence on Granada and the Andalusian Muslims who had been under Christian power. There are two successive jihadist movements in this part of the Spanish Medieval: one, external, is the one that comes from the hand of Almoravids and Almohads; the other, interior, is the one that will pivot around the rebellions of Andalusia and the kingdom of Granada, with benimerin support from Morocco. It’s worth seeing them separately.
Let us return to our thread: the caliphate collapses at the beginning of the eleventh century, the Andalusian world disintegrates in the Taifa kingdoms and from this moment the initiative corresponds to Christian Spain. Islam recedes on all fronts. The Christian kingdoms-León, Castilla, Navarra, Aragón-subject the Moorish kingdoms to a system of economic vassalage that we know as pariahs. The system brings with it a complex network of political and military pacts that will often form fronts regardless of religious identity. Despite this, the impulse of Christian reconquest remains alive. So alive that at the height of 1085 Alfonso VI of León and Castilla took Toledo. Attention to the dates: not even eighty years have passed since the explosion of the caliphate and the Christian troops already control the center of the peninsula, enter Valencia, besiege Zaragoza and head towards Badajoz and Córdoba. All of Spain’s default may fall suddenly.
The Book of the Jihad of Averroes goes through in an interesting epigraph the ends of the «holy war», that is to say, why it is fought. The answer is clear: “the achievement of one of these two things: either the entry into Islam or the payment of pariahs.” The sage bases his study on a general precept written in the Qur’an: “And fight them until the sedition [of idolatry] ceases and it is the religion of Allah that prevails; and if they give up [disbelief or accept to pay a tax to live under the protection of the Islamic State while keeping their religion], since Allah well sees what they do ». The only thing that needs to be discussed later is who should pay outcasts and who is not even allowed that possibility.
Fortunately for the Christian lands, the Almohad sinking in Las Navas de Tolosa eliminated the threat of new invaders coming to demand conversion or tribute. But the jihad had not yet left the soil of Spain.

One day, Muhammad, conscientious reader of Ibn Taymiyya, conceived a great project: to return to the original Islam and to cleanse it of all impurity adhered with the time. That would return the Muslims to the right path.
Salafism is this. If the Muslim community has lost strength, it is because it has moved away from the original Islam. Therefore, it is necessary to return to the purest Islam to sanitize society. The Salafist program is unequivocal: to imitate the life of the Prophet, his companions (the sahaba) and the following generations, blindly respecting the sunna as a whole, including not only the Qur’an, and the Hadiths, but also the Sira, that is, the stories about the life of Muhammad. Any theological interpretation of a rational nature is excluded: it is an intermediation that distances the faithful from the divine message. Also excluded is any manifestation of popular piety that may tend toward superstition, such as the cult of the saints (hence the condemnation of Maghrebis Marabouts, for example). Of course, the adoption of foreign customs is also proscribed, insofar as it contrasts with the pattern of life fixed in the original times.

The victory of Khomeini, on the other hand, gave wings to the jihad. Especially since the moment when Saddam Hussein, with the implicit endorsement of the West, declared war on Iran. World opinion was frightened by the images of ten or twelve year old children marching towards the front ready to immolate themselves under the Iraqi bombs. In the same spirit, hundreds of thousands of Iranians were enlisted for a war that was presented as holy martyrdom from the beginning. Maximum expression: the basij, that unit created by Khomeini on the basis of the national network of mosques, to recruit volunteers among young people, veterans and women, excluded from active service by age or sex, but ready to die as martyrs singing hymns in memory of the sacrifice of Hussein in Kerbala. If the modern war is the one of total mobilization, the Khomeinism found in the war against Iraq the argument for the total jihad: the land clearing, the discounts in the salary to pay for the war, the awareness campaigns for the civilian population. .. everything, absolutely everything was a complete and permanent jihad. That war would last eight years. It is estimated that Iran lost around one million people, victims of the conflict. I was going to mark the country forever.
The Iranian revolution was a determining factor in contemporary Islam, but its importance in relation to the concrete phenomenon of jihadism has been greatly exaggerated. In reality, the focus of the jihadist explosion is not so much Iran, a Shiite country and therefore of limited influence, such as Pakistan and Saudi Arabia.
The Islamist triumph in Iran gave rise to a specific jihadist militia, Shiite of course, which was soon to take action: Hezbollah, the “Party of God”, in Lebanon. That he would also write his bloody story.
The Saudi regime was going to have a wonderful opportunity to demonstrate to what extent it was committed to the defense of Islam anywhere in the world: just two weeks after the mosque crisis, the Soviet Union invaded Afghanistan. Another capital event of that year 1979. And here Saudi Arabia was going to throw the rest.
President Obama makes the whole world on May 1, 2011: in a military operation in Pakistan, American special forces have killed Osama bin Laden. The creator of Al Qaeda, the number one public enemy of the United States, has been eliminated. Ayman al-Zawahirí will take his relief, that of the “knights in the shadow of the standard of the Prophet.” But by then an autonomous faction of al Qaeda in Iraq was already entering Syria, ready to impose its own law. It was called the Islamic State of Iraq and the Levant. And he was going to take jihadism to levels of murderous delirium never imagined.

Synthesis of Setmarian’s ideas: the next phase of the jihad will have to be that of “resistance without leaders”, namely terrorism designed and executed by individuals or small groups, with the aim of demoralizing the enemy and preparing the ground for the much more ambitious project of a declaration of war on open fronts. Only when the enemy is cowed and neutralized can he aspire to fight on the battlefield and control a territory, a necessary condition for establishing an Islamic state (and not another is the strategic end of the “resistance”). Mustapha Setmarian was with Bin Laden in the caves of Tora Bora, in Afghanistan. He says that there the founder blessed his purposes. Setmarian was arrested in Pakistan in 2005 and handed over to the Americans. Afterwards, his whereabouts were lost. Al Qaeda has said twice that he is in prison. It will be true. But what he has left behind is disturbing.
The “Setmarian model” can be applied very effectively within the framework of Western societies: one type or two, no more; a pair of rifles, a pump vest, any other weapon; a noisy action in an easy target and then a formal claim. As in the Boston Marathon in April 2013, for example. And so today in one place, tomorrow in another, then in any other place, until generating an atmosphere of vulnerability, of terror, that leads to lower the head, to teach the cervix, as Averroes said when he theorized about jihad. Western analysts call these types of terrorists “lone wolves,” which is certainly a disservice to wolves. The attack against the blasphemous weekly Charlie Hebdo in Paris, in January 2015, is a perfect example of this new type of jihad. It does not take more than an adequate number of combatants willing to take the step. The rest is put by the enemy himself: us. That is already the new horizon of jihad in the twenty-first century.
A story, indeed, without end.

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