La Vida Secreta De Las Ciudades — Suketu Metha / The Secret Life Of Cities by Suketu Metha

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Sin duda un breve pero más que interesante libro que nos plantea la dicotomía entre los habitantes y sus ciudades, con lo que ello conlleva, un acierto sin duda.
¿Cuál es la historia de una ciudad? ¿Cuál es la historia de Mumbai, de Nueva York, de São Paulo, Madrid? Depende de quién la cuente y de quién la escuche.
Está la ciudad estadística y está la ciudad impresionista: la percepción que cada individuo, turista o residente, tiene de una ciudad en particular. Cuando los datos estadísticos contradicen las impresiones del individuo, a menudo resulta chocante. Pero no por ello sus impresiones son menos convincentes. Los turistas que visitan Nueva York la ven como un paraíso multiétnico donde las razas se pasean por las avenidas formando un espléndido mosaico. La verdad estadística, sin embargo, es que se trata de la segunda ciudad más segregada de Estados Unidos.
Toda ciudad tiene dos tipos de narrativa: la historia oficial y la historia oficiosa. La historia oficial se publicita a bombo y platillo; la oficiosa es más discreta, pero también es más probable que perdure.

En el último cuarto de siglo, la población emigrante del mundo se ha duplicado. Hoy, 750 millones de personas viven en un país donde no han nacido: uno de cada veintiocho seres humanos. Si todos los emigrantes conformaran una nación, constituirían el quinto país más grande del planeta. Y estamos solo al principio: a medida que la guerra, las desigualdades y el cambio climático nos empujen más que nunca al extranjero, el fenómeno que definirá a la humanidad del siglo XXI será la migración masiva.
En 1900, el 10 por ciento vivíamos en ciudades; en 2010, el 53 por ciento y, para 2050, cuando seamos nueve mil millones de personas en el planeta, el 75 por ciento habitaremos en ciudades. En 1970 el mundo tenía solo dos megaurbes o ciudades de más de diez millones de habitantes: Nueva York y Tokio. Hoy, son veintitrés; en 2025, serán al menos treinta y siete. La mayoría estarán en países en desarrollo, lo que solíamos llamar el tercer mundo.

Cuando regresas a una ciudad que abandonaste hace tiempo, descubres que existe una ciudad que recogen los mapas y otra que no. Mumbai existe en papeles y carteles oficiales.
Reivindican una palabra parecida, saudade, que consideran esencial para entender su país. Son términos amplios. Significan todo, desde «extrañar» a «anhelar», «tristeza» o «melancolía». Son el estado de ánimo de un cuadro de Hopper, a última hora de la tarde de un domingo de noviembre, cuando fuera, en la calle, reina el silencio y cobras conciencia de lo que has perdido: un padre, un amor, una fortuna, una historia. Los entornos urbanos magnifican esta emoción porque en las ciudades estamos más solos. A veces por elección; otras veces porque la soledad se nos impone.
La saudade puede ser placentera. Es el ánimo que evocas la primera vez que puedes volver a escuchar una canción que relacionas con un amor perdido; la misma canción que durante años no soportabas porque te recordaba dolorosamente a ese amor. Pero la primera vez que puedes volver a escucharla y rememoras con placentera tristeza la medialuz que entraba en la habitación donde yacíais juntos y vuelves a ponerla una y otra vez… eso es saudade.
La música es la aerolínea más barata.

En la actualidad, la principal forma de exclusión afecta a la vivienda: ¿quién consigue vivir en una ciudad? El gran éxito de Nueva York también plantea la siguiente pregunta: ¿qué ha pasado con la buena gente que resistió en los malos tiempos? ¿Qué ha pasado con la gente de Fort Green, Astoria o Bedford-Stuyvesyant que mantuvieron la fe en la ciudad durante décadas de crack, bancarrota y huelgas de los basureros?.
Debemos analizar a quién incluye y a quién excluye la ley. Las grandes ciudades florecen cuando permiten cierta ilegalidad acomodaticia. El problema en este momento es que puedes estirar la ley o directamente desobedecerla si eres rico —como demuestra la apropiación de tierras a gran escala de las zonas industriales de Mumbai, una apropiación que el Tribunal Supremo ha aprobado retroactivamente—, pero para los pobres la ley es inflexible. Los pobres viven en un estado permanente de inseguridad legal, sin saber nunca qué ley les aplicarán.
Tómese como ejemplo el debate sobre las viviendas ilegales en los sótanos de Nueva York. En Nueva York se alquilan ilegalmente entre cien mil y doscientos mil espacios (sótanos, garajes y pensiones). Cerca de medio millón de neoyorquinos viven en ellos. Tres cuartas partes de las viviendas incorporadas al mercado en Queens desde 1990 son ilegales.
Las listas de las «mejores ciudades para vivir» que publican las revistas financieras son de risa: las confeccionan banqueros expatriados. Siete de las diez primeras de la clasificación de 2015 según Economist Intelligence Unit están en Australia o Canadá. Las manifestaciones en favor de la democracia del año pasado en Hong Kong comportaron que la ciudad bajara un 3’2 por ciento en la clasificación. «La calidad de vida en Hong Kong se ha visto perjudicada por las manifestaciones que tuvieron lugar el año pasado», aseguraba el analista de EIU. Por tanto: las protestas democráticas hacen que no se pueda vivir en una ciudad. Con este criterio, la ciudad ideal sería Pionyang.
Camberra, Ginebra y Calgary son ciudades preciosas y mortalmente aburridas. Todas salen bien paradas en las listas porque casi no tienen inmigrantes, pobres ni el caos necesario que define la vida en la gran ciudad.

A pesar de sus inconvenientes —la soledad, las desigualdades, los suburbios—, la ciudad logra crear un fuerte vínculo afectivo con aquellos que permanecen en ella y, como un organismo vivo, tiene una gran capacidad para sobrevivir, adaptarse y evolucionar. A falta de una buena gobernabilidad, una red espontánea de solidaridad repleta de pequeñas soluciones se pone en marcha para sostener una población enorme y heterogénea; es en este sentido cómo deberíamos diseñar una ciudad diversa que no excluyera a nadie.

Undoubtedly a brief but more than interesting book that poses the dichotomy between the inhabitants and their cities, with what that entails, a success without a doubt.
What is the history of a city? What is the history of Mumbai, of New York, of São Paulo, Madrid? It depends on who tells it and who listens to it.
There is the statistical city and there is the impressionist city: the perception that each individual, tourist or resident, has of a particular city. When statistical data contradict the individual’s impressions, it is often shocking. But that does not make his impressions less convincing. Tourists who visit New York see it as a multi-ethnic paradise where the races walk through the avenues forming a splendid mosaic. The statistical truth, however, is that it is the second most segregated city in the United States.
Every city has two types of narrative: official history and unofficial history. The official story is publicized with great fanfare; the unofficial one is more discreet, but it is also more likely to last.

In the last quarter of a century, the world’s emigrant population has doubled. Today, 750 million people live in a country where they have not been born: one in twenty-eight human beings. If all emigrants formed a nation, they would be the fifth largest country on the planet. And we are only at the beginning: as war, inequalities and climate change push us more than ever to the foreigner, the phenomenon that will define the humanity of the 21st century will be mass migration.
In 1900, 10 percent lived in cities; in 2010, 53 percent, and by 2050, when we are nine billion people on the planet, 75 percent will live in cities. In 1970 the world had only two megaurbes or cities of more than ten million inhabitants: New York and Tokyo. Today, they are twenty three; in 2025, it will be at least thirty-seven. The majority will be in developing countries, what we used to call the third world.

When you return to a city that you abandoned some time ago, you discover that there is a city that the maps collect and another that does not. Mumbai exists in official papers and posters.
They claim a similar word, saudade, which they consider essential to understand their country. They are broad terms. They mean everything from «missing» to «longing», «sadness» or «melancholy». They are the mood of a picture of Hopper, late in the afternoon of a Sunday in November, when outside, in the street, there is silence and you become aware of what you have lost: a father, a love, a fortune , a story. Urban environments magnify this emotion because in cities we are more alone. Sometimes by choice; other times because loneliness is imposed on us.
The saudade can be pleasant. It is the mood you evoke the first time you can listen to a song you relate to a lost love; the same song that you could not stand for years because it reminded you painfully of that love. But the first time you can hear it again and you remember with pleasant sadness the medialuz that entered the room where you lay together and put it back again and again … that’s saudade.
Music is the cheapest airline.

Currently, the main form of exclusion affects housing: who gets to live in a city? The great success of New York also raises the following question: what has happened to the good people who resisted in bad times? What happened to the people of Fort Green, Astoria or Bedford-Stuyvesyant who kept faith in the city for decades of crack, bankruptcy and trash strikes?
We must analyze who includes and whom the law excludes. Large cities flourish when they allow some accommodative illegality. The problem at the moment is that you can stretch the law or directly disobey it if you are rich – as demonstrated by the large-scale land grabs in Mumbai’s industrial zones, an appropriation that the Supreme Court has approved retroactively – but for the poor the law is inflexible. The poor live in a permanent state of legal insecurity, never knowing what law will apply to them.
Take for example the debate on illegal housing in the basements of New York. In New York illegally rent between one hundred thousand and two hundred thousand spaces (basements, garages and pensions). Nearly half a million New Yorkers live in them. Three quarters of homes incorporated into the market in Queens since 1990 are illegal.
The lists of the «best cities to live» published by financial magazines are laughable: they are made by expatriate bankers. Seven of the top ten of the 2015 ranking according to the Economist Intelligence Unit are in Australia or Canada. The demonstrations in favor of democracy last year in Hong Kong led the city to fall by 3.2 per cent in the classification. «The quality of life in Hong Kong has been hurt by the demonstrations that took place last year,» said the EIU analyst. Therefore: Democratic protests make it impossible to live in a city. With this criterion, the ideal city would be Pyonyang.
Canberra, Geneva and Calgary are beautiful and deadly boring cities. All go well in the lists because they have almost no immigrants, poor or the chaos that defines life in the big city.

Despite its drawbacks – loneliness, inequalities, suburbs – the city manages to create a strong bond with those who remain in it and, as a living organism, has a great capacity to survive, adapt and evolve. In the absence of good governance, a spontaneous network of solidarity full of small solutions is put in place to sustain a huge and heterogeneous population; It is in this sense that we should design a diverse city that does not exclude anyone.

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