La Política En Tiempos De Indignación — Daniel Innerarity / Policy In Times Of Outrage by Daniel Innerarity (spanish book edition)

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Este como los libros del autor comentados en el blog invitan a la reflexión y debate y se agradece.
Los políticos de Bruselas y Berlín se niegan a endosar su papel de políticos cuando encuentran a sus colegas atenienses. Mantienen ciertamente la apariencia, pero cuando hablan lo hacen exclusivamente en su papel económico, el de acreedores. Se convierten así en zombies en un sentido: se trata de dar al procedimiento tardío de declaración de insolvencia de un Estado la apariencia de un proceso apolítico, susceptible de ser objeto de un procedimiento privado ante un tribunal. De este modo, es más fácil negar su responsabilidad política». Y añade: es la manera de «evitar rendir cuentas por un fracaso que se ha traducido en cantidad de vidas rotas, de miseria social y de desesperación».
La indignación se hizo carne, a partir de 2011, dando una dimensión política a una crisis que se presentaba como estrictamente económica, por razones parecidas a las que denuncia Habermas. Si sólo era económica, la resolución quedaba en manos de los expertos y los políticos eludían su responsabilidad amparándose en el obsceno discurso del «No hay alternativa» que, como dice Hans Magnus Enzensberger, «es una injuria a la razón, pues equivale a una prohibición de pensar. No es un argumento, es una capitulación». Los movimientos sociales acabaron con la utopía de la invisibilidad que pretendía esconder las víctimas y los destrozos de la austeridad y pusieron de manifiesto el carácter político, social, cultural y moral de esta crisis. Las crisis tienen siempre un efecto revelador. Y en este caso lo que emergió fue el delirio nihilista que condujo al estallido: los años en que la utopía cambió de bando, en que el poder económico hizo suya la ensoñación de que no había límites, de que todo era posible, y en pleno desvarío un economista tan distinguido como Robert Lucas llegó a proclamar el fin de los ciclos económicos. La política quedó marcada por el sello de la impotencia, al ser incapaz de controlar esta fuga hacia adelante, basada en un capitalismo financiero capaz de estar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, desenraizado de la sociedad, a diferencia del capitalismo industrial.
La política es débil, la política vive en la incertidumbre, la política está permanentemente expuesta. La debilidad ha aumentado después de la exhibición de su impotencia para poner límites a los designios de los mercados. Es este un caso peculiar de la tendencia de los humanos a construir entes transcendentales a los que transferir la última palabra sobre nuestro destino, sobre las pautas de comportamiento. La separación entre poder civil y poder religioso no ha impedido la pervivencia de lo teológico en política. Y la última formulación de ello es este genio invisible llamado mercados, a cuyos chantajes todos se pliegan, sin osar ponerles nombres y apellidos, y mucho menos desafiarlos con la legitimidad democrática. Por eso, no hay confianza en la política: no se la ve capaz de controlar los excesos del dinero. Al mismo tiempo, el gobernante ya no tiene poder absoluto sobre un territorio, la interdependencia crece y sus decisiones dependen de otros, como vemos permanentemente en la Unión Europea.

La incertidumbre es connatural a la política, pero crece por varios factores: porque cada vez controla menos; porque la aceleración del mundo, por el poder de las nuevas tecnologías, contrasta con la lentitud de la toma de decisiones en política; porque por mucho sentido de la oportunidad –saber elegir el momento adecuado, conforme a las relaciones de fuerzas, para dar un paso adelante, interpretar la ocasión, para decirlo como Maquiavelo– no existe la garantía del éxito; y porque forma parte de la condición de político saber que no hay final feliz.
A todo ello se une la exposición creciente a la que los medios de comunicación y las nuevas tecnologías han sometido a los que mandan.

En la Grecia clásica el idiotés era quien no participaba en los asuntos públicos y prefería dedicarse únicamente a sus intereses privados. Pericles deploraba que hubiera en Atenas indiferentes, idiotas, que no se preocupaban por aquello que a todos nos debe concernir. Hay algunos libros excelentes que han examinado la plausibilidad actual de este calificativo (Jáuregui 2013; Ovejero 2013; Brugué 2014). No sé por qué extraña asociación esta palabra ha terminado por calificar hoy a las personas de escaso talento, cuando parece ocurrir más bien lo contrario: que los más listos son quienes van a lo suyo e incluso tratan de destruir lo público, mientras que el sistema político se ha llenado de gente cuya inteligencia no valoramos especialmente, con mayor o menor razón según los casos.
Si hiciéramos hoy una apresurada taxonomía de la idiotez en política deberíamos comenzar, sin duda, por aquellos que quieren destruirla (o capturarla, según el vocablo más en boga). Se desmantela lo público, los mercados tienen más poder que los electorados, las decisiones que nos afectan son adoptadas sin criterios democráticos, no hay instituciones que articulen la responsabilidad política… Poderosos agentes económicos o los embaucadores de los medios de comunicación están muy interesados, por razones obvias, en que la política no funcione bien o no funcione en absoluto (y encuentran, por cierto, políticos muy predispuestos a colaborar en la demolición).
Existe un segundo tipo de idiotas políticos en el que se encuentran todos aquellos que tienen una actitud indiferente hacia la política. Por supuesto que los pasivos tienen todo el derecho a serlo (y yo a considerar que su vida es menos lograda). No ser molestado es una de las libertades más importantes y cualquier supresión de una libertad tiene que ser justificada con buenas razones.
Hay una tercera acepción del término, tal vez menos evidente pero muy contemporánea, y sobre la que estoy especialmente interesado en llamar la atención porque suele pasar inadvertida. Me refiero a quienes se interesan por la política, pero lo hacen con una lógica que no es la de ciu­dadanos responsables sino más bien la de observadores externos o clientes enfurecidos que termina destruyendo las condiciones en las cuales puede desarrollarse una vida verdaderamente política.
La indignación lo pone todo perdido de lugares comunes: nuestro mayor problema es la clase política, son demasiados; se acabaron los partidos, que dimitan todos; da igual quien lo haga, no toman las decisiones correctas o lo hacen demasiado tarde, se pasan todo el día hablando; no juguemos con las emociones, ya no existen la izquierda y la derecha; son incapaces de ponerse de acuerdo, se puede pero no se quiere; no nos representan, no nos hacen caso; cuanta más transparencia mejor; todo se debe a la falta de ética… El problema de estos reproches es que no son completamente falsos, pero tampoco del todo verdaderos.

No es nueva esta crítica hacia los políticos, cuyo inventario permite conocer la verdadera naturaleza de la política a través de sus detractores a lo largo de la historia. Lo novedoso tal vez sea que, gracias al poder multiplicador de los medios y las redes, la crítica ha adquirido las dimensiones de un auténtico linchamiento. Además de las causas objetivas que justifican este malestar (que van desde la incompetencia hasta la corrupción), se ha producido una constelación desfavorable hacia la política por muy diversos motivos, a veces incluso contradictorios, como es frecuente en las coincidencias reunidas en torno a la indignación: unos están seducidos por el éxtasis de la democracia directa; otros tienen aspiraciones más modestas en torno a la reforma electoral; los hay que hacen un cálculo de rentabilidad y se preocupan porque tal vez los políticos sean demasiados y ganen en exceso; otros se frotan las manos porque una sociedad con un sistema político débil les beneficia…
Conviene advertir que la actitud crítica hacia la política es una señal de madurez democrática y no la antesala de su agotamiento. Que todo el mundo se crea competente para juzgar a sus representantes, incluso cuando estos tienen que tomar decisiones de enorme complejidad, es algo que debería tranquilizarnos, aunque sólo sea porque lo contrario sería más preocupante. Una sociedad no es democráticamente madura hasta que no deja de reverenciar a sus representantes y administra celosamente su confianza en ellos.
Los poderosos suelen tener otros procedimientos para hacer valer sus intereses, pero lo sorprendente es que pongamos en peligro esta conquista de la igualdad de acceso a la política con torpes propuestas.
Hay distintos perfiles de político y no existe un tipo ideal. Lo óptimo es que haya un equilibrio entre políticos ocasionales y políticos profesionales. Hay que limitar la profesionalización absoluta de la política tanto como su absoluta falta de profesionalidad. Es una buena señal que pasen por la política profesionales acreditados en otros ámbitos, aunque no deberíamos dejarles que sustituyan la lógica política por la que rige en sus ámbitos específicos. Si mantenemos viva esta tensión podremos liberarnos de la presunción de exactitud de los expertos y del componente de frivolidad de los políticos, articulando así la competencia de aquéllos y la creatividad de éstos. Porque los problemas políticos son demasiado complejos como para dejarlos en manos de quienes gestionan la exactitud, y requieren un esfuerzo de imaginación política.

La actual crisis de los partidos políticos, su descrédito, pérdida de relevancia o fragmentación, es manifestación de una crisis más profunda. Se acaba, a mi juicio, una era política que podríamos llamar «la era de los contenedores» y todavía no sabemos muy bien qué material es aprovechable de la antigua y qué nuevas formas institucionales adoptará la nueva.
Un container es el símbolo de la globalización comercial, un dispositivo para almacenar cosas, encajándolas en espacios homogéneos, estandarizados clasificables y gestionados.
El mundo de los contenedores presuponía un contexto social estructurado en comunidades estables, con roles profesionales definidos y formas de reconocimiento y reputación consolidadas. En esta realidad social se gestaron esas máquinas políticas que son los partidos de masas clásicos. La «democracia de los partidos» era la forma política adecuada a una sociedad estructurada establemente en clases sociales, en grupos claramente definidos por su propia función productiva, cuyas identificaciones sociales y culturales estaban destinadas a encontrar una correspondencia en términos de representación. Al igual que otras organizaciones sociales, los partidos actuaban como contenedores en la medida en que eran organizaciones pesadas que no se limitaban a gestionar los procesos institucionales de la representación sino que también incorporaban a sus estructuras áreas enteras de la sociedad, orientando su cultura y sus valores de modo que pudieran asegurarse la previsibilidad de su comportamiento político y electoral.
La actual crisis de los partidos sólo se superará cuando haya mejores partidos. La experiencia nos enseña que todavía peor que un sistema con malos partidos es un sistema sin ellos; quien lamente su carácter oligárquico tendrá más motivos para quejarse si los partidos se debilitan hasta el punto de ser incapaces de cumplir las expectativas de representación, orientación, participación y configuración de la voluntad política que se espera de ellos en las democracias constitucionales.
Tampoco deberíamos esperar de los movimientos sociales lo que éstos no pueden dar. No lo digo para que disminuyamos nuestras expectativas en relación con ellos, sino todo lo contrario, para que las mantengamos bien altas. Lo que los movimientos sociales pueden darnos es algo más radical que lo proporcionado por los partidos políticos, a los que no pueden sustituir.
Los partidos son esenciales para clarificar las opciones que están a disposición de los electores; sirven para formar al personal político, seleccionar a los candidatos, gestionar la circulación de la clase política por las instituciones y controlar a los electos manteniéndolos vinculados a las promesas hechas a los electores. Gracias al partido político la ciudadanía puede votar un programa político vinculado a una línea de ideas identificable. La confianza en los candidatos está sostenida generalmente en una identificación con las ideas políticas del partido político al que representan. Llamar la atención sobre estas utilidades choca con una corriente crítica que se ha establecido, sin apenas matices, como lo políticamente correcto. Una de las críticas más recurrentes hacia los partidos políticos nos los presenta como instrumentos para reforzar el poder de los políticos.
Lo que se ha acabado es el partido-contenedor, pero no la idea de una organización política que contribuya a hacer inteligible el mundo, que oriente las decisiones de la ciudadanía, que pueda ofrecer cauces de participación política y articule el control cívico sobre sus representantes. Es evidente que los partidos actuales están muy lejos de cumplir satisfactoriamente tales expectativas; tras la crisis de los partidos estamos en la encrucijada de o bien hacer mejores partidos o bien ingresar en un espacio amorfo cuyo territorio será ocupado por tecnócratas y populistas, definiendo así un nuevo campo de batalla que sería todavía peor que el actual.

A medida que aumentan las interdependencias, la autodeterminación se convierte en algo más complejo, tanto en el espacio como en el tiempo. Hacer más democrático el autogobierno equivale hoy a hacerlo más complejo, de manera que pueda incluir intereses de lugares lejanos y tiempos distantes con los que mantenemos relaciones de condicionamiento y, por lo tanto, ciertos deberes de justicia. La autodeterminación sigue siendo un principio básico y sin él sería inconcebible la democracia; el problema es que en un mundo de solapamientos y condicionamientos requiere ser pensada con mayor sutileza que cuando los sujetos de tales derechos (pueblos, generaciones, culturas) eran unidades más o menos delimitables y podían ejercer su soberanía de manera aislada.
La justificación que deben los representantes no se resuelve únicamente en el seno de la base electoral, no puede detenerse en sus intereses inmediatos sino que apunta hacia una obligación general de justificación que incluya a los afectados por sus decisiones y a sus consecuencias. Podríamos sintetizar esta digresión teórica en una advertencia: cuidado con el propio electorado porque, efectivamente, es la única instancia de rendición de cuentas democrática pero no es el único horizonte que define nuestros deberes humanos.
En una sociedad se están haciendo continuamente juicios políticos en el corto plazo (encuestas, opiniones en los medios, elecciones…), pero cada una de esas valoraciones tienen una caducidad propia. Las valoraciones llamadas a durar requieren una cierta distancia. Lo que es un éxito visto de cerca puede ser un fracaso contemplado desde lejos. Los libros de historia se reescriben y las estimaciones se modifican con el paso del tiempo, poco a poco o de manera abrupta. La agitación mediática, el ciclo electoral y la valoración de la historia se rigen por registros temporales distintos y es casi imposible jugar bien en todos los terrenos. Sobre los grandes asuntos políticos únicamente la posteridad puede juzgar con rigor, algo que sin duda dejará insatisfecho al político al que sus conciudadanos han juzgado, piensa él, con demasiado rigor… lo que pone de manifiesto que la política es una tarea tan difícil como poco rigurosa.
El avance de los populismos en Europa es un problema que debería ser considerado como un síntoma. El populismo resulta creíble porque algo no va bien, y el sismógrafo populista nos sirve para identificarlo. Para que el populismo sea algo más que sectarismo de unos exaltados marginales tienen que coincidir en el tiempo un problema irresuelto y unas instituciones débiles. El éxito de los intrusos carismáticos sólo se explica por un déficit en las élites dirigentes, como una derrota de sus discursos, que no resultan inteligibles o creíbles, sin olvidar que los populismos no tendrían éxito si no hubiera sociedades dispuestas a darles crédito.

La mejor contribución de los medios es que la dieta informativa sea más rica en cuanto al contenido político de lo que está en juego y limite los aspectos sórdidos, personales o extremos. Que no hagamos el juego a quienes ponen todo su empeño únicamente en llamar la atención. El objetivo es que los medios presenten una imagen más equilibrada de la política, con menos campaña y más gobierno.
Como siempre, la democracia es un equilibrio entre acuerdo y desacuerdo, entre desconfianza y respeto, entre cooperación y competencia, entre lo que exigen los principios y lo que las circunstancias permiten. La política es el arte de distinguir correctamente en cada caso entre aquello en lo que debemos ponernos de acuerdo y aquello en lo que podemos e incluso debemos mantener el desacuerdo.
No comparto el pesimismo dominante en relación con la política, y no porque escaseen las razones de crítica sino precisamente por todo lo contrario: porque sólo un horizonte de optimismo abierto, que crea en la posibilidad de lo mejor, nos permite criticar con razón la mediocridad de nuestros sistemas políticos. Optimismo y crítica son dos actitudes que se llevan muy bien, mientras que el pesimismo suele preferir la compañía del cinismo o de la melancolía.
Necesitamos una nueva sabiduría de los límites y una inteligencia para entenderlos como una oportunidad para llevar a cabo una política en la que volvamos a combinar efectividad y democracia. De que la política aprenda este nuevo lenguaje depende que esté liderando las nuevas transformaciones o siga quejándose del poco juego que le permiten las nuevas circunstancias.
La política es siempre decisión condicionada, acción en contexto. Ese contexto está hoy en día definido por una austeridad que es en parte razonable y en parte ideológicamente interesada. A la política le corresponde indagar el ámbito de lo posible y ensancharlo al máximo. Si la política goza hoy de tan poco prestigio es porque en el fondo nos estamos habituando a pensar que todo está regido por la necesidad.
Los ciudadanos tendríamos más autoridad con nuestras críticas si pusiéramos el mismo empeño en formarnos y comprometernos. Y tal vez entonces caigamos en la cuenta de que nos encontramos en la paradoja de que nadie confía a la política lo que solo la política podría resolver.
Las propuestas de regeneración de la vida democrática no necesitan tanto iniciativas legislativas o reformas de la administración como recuperar una visión estratégica de largo plazo. No estamos en la hora de las promesas electorales sino de los grandes diseños que son resultado de un amplio debate social. Si en algún momento fue más necesaria que nunca la reflexión política es ahora, en medio del actual desconcierto, si es que todavía aspiramos a superar la dictadura del instante e impedir que la política se deslice hacia una reparación (en el mejor de los casos) de lo inmediato.

This book as the author’s books commented on the blog invite reflection and debate and is appreciated.
Politicians in Brussels and Berlin refuse to endorse their role as politicians when they meet their Athenian colleagues. They certainly maintain the appearance, but when they speak, they do so exclusively in their economic role, that of creditors. They thus become zombies in one sense: it is about giving the late procedure for the declaration of insolvency of a State the appearance of an apolitical process, susceptible to being the subject of a private procedure before a court. In this way, it is easier to deny their political responsibility. » He adds: it is the way to «avoid being held accountable for a failure that has resulted in a number of broken lives, social misery and despair.»
The indignation became flesh, from 2011, giving a political dimension to a crisis that was presented as strictly economic, for reasons similar to those denounced by Habermas. If it was only economic, the resolution was in the hands of experts and politicians evaded their responsibility by sheltering in the obscene speech of «There is no alternative» which, as Hans Magnus Enzensberger says, «is an insult to reason, it amounts to a prohibition of thinking. It is not an argument, it is a capitulation ». The social movements put an end to the utopia of invisibility that the victims sought to hide and the destruction of austerity and highlighted the political, social, cultural and moral character of this crisis. Crises always have a revealing effect. And in this case what emerged was the nihilistic delirium that led to the outbreak: the years in which the utopia changed sides, in which the economic power endorsed the reverie that there were no limits, that everything was possible, and in full rant an economist as distinguished as Robert Lucas came to proclaim the end of business cycles. Politics was marked by the stamp of impotence, being unable to control this flight forward, based on a financial capitalism capable of being everywhere and none at the same time, rooted out of society, unlike industrial capitalism.
Politics is weak, politics lives in uncertainty, politics is permanently exposed. The weakness has increased after the display of his impotence to put limits on the designs of the markets. This is a peculiar case of the tendency of humans to build transcendental entities to which to transfer the last word about our destiny, about the behavior patterns. The separation between civil power and religious power has not prevented the survival of the theological in politics. And the last formulation of this is this invisible genius called markets, whose blackmails are all folded, without daring to put names and surnames, much less challenge them with democratic legitimacy. That is why there is no confidence in politics: she is not seen as capable of controlling the excesses of money. At the same time, the ruler no longer has absolute power over a territory, interdependence grows and his decisions depend on others, as we see permanently in the European Union.

Uncertainty is connatural to politics, but it grows due to several factors: because it controls less and less; because the acceleration of the world, because of the power of new technologies, contrasts with the slowness of decision-making in politics; because by a lot of sense of the opportunity – to know how to choose the right moment, according to the relations of forces, to take a step forward, to interpret the occasion, to say it as Machiavelli – there is no guarantee of success; and because it is part of the political condition to know that there is no happy ending.
To all this is added the growing exposure to which the media and new technologies have subjected those who rule.

In classical Greece the idiot was the one who did not participate in public affairs and preferred to devote himself solely to his private interests. Pericles deplored that there were indifferent in Athens, idiots, who did not care about what should concern us all. There are some excellent books that have examined the current plausibility of this qualifier (Jauregui 2013, Ovejero 2013, Brugué 2014). I do not know why strange association this word has ended by qualifying people of little talent today, when it seems rather the opposite: that the smartest are those who go to their own and even try to destroy the public, while the system Political has been filled with people whose intelligence we do not value especially, with more or less reason according to the cases.
If we were to make a hasty taxonomy of idiocy in politics today, we should begin, no doubt, for those who want to destroy it (or capture it, according to the word most in vogue). The public is dismantled, the markets have more power than the electorates, the decisions that affect us are adopted without democratic criteria, there are no institutions that articulate political responsibility … Powerful economic agents or the tricksters of the media are very interested , for obvious reasons, in which the policy does not work well or does not work at all (and they find, by the way, politicians very predisposed to collaborate in the demolition).
There is a second type of political idiots in which all those who have an indifferent attitude towards politics find themselves. Of course, liabilities have every right to be (and I consider that their life is less successful). Not being bothered is one of the most important freedoms and any suppression of a freedom has to be justified with good reasons.
There is a third meaning of the term, perhaps less obvious but very contemporary, and about which I am especially interested in drawing attention because it usually goes unnoticed. I mean those who are interested in politics, but they do it with a logic that is not that of responsible citizens but rather that of external observers or angry clients that ends up destroying the conditions in which a truly political life can develop.
The indignation makes everything lost of common places: our biggest problem is the political class, they are too many; the parties are over, all of them are resigning; no matter who does it, do not make the right decisions or do it too late, they spend all day talking; let’s not play with emotions, there is no longer the left and the right; they are unable to agree, you can but you do not want to; they do not represent us, they do not pay attention to us; The more transparency the better; everything is due to the lack of ethics … The problem with these reproaches is that they are not completely false, but they are not completely true either.

This criticism towards politicians is not new, whose inventory allows us to know the true nature of politics through its detractors throughout history. The novelty may be that, thanks to the multiplying power of media and networks, the critique has acquired the dimensions of a real lynching. In addition to the objective causes that justify this discomfort (ranging from incompetence to corruption), there has been an unfavorable constellation toward politics for very different reasons, sometimes even contradictory, as is common in the coincidences gathered around the indignation: some are seduced by the ecstasy of direct democracy; others have more modest aspirations about electoral reform; There are those who make a calculation of profitability and worry because maybe the politicians are too many and earn too much; others rub their hands because a society with a weak political system benefits them …
It should be noted that the critical attitude towards politics is a sign of democratic maturity and not the prelude to its exhaustion. That everyone believes competent to judge their representatives, even when they have to make decisions of enormous complexity, is something that should reassure us, if only because the opposite would be more worrisome. A society is not democratically mature until it ceases to revere its representatives and jealously administers their trust in them.
The powerful usually have other procedures to assert their interests, but the surprising thing is that we put in danger this conquest of equal access to politics with clumsy proposals.
There are different profiles of politicians and there is no ideal type. Ideally, there should be a balance between occasional politicians and professional politicians. We must limit the absolute professionalism of the policy as much as its absolute lack of professionalism. It is a good sign that accredited professionals in other fields pass through the policy, although we should not let them substitute the political logic that governs their specific areas. If we keep this tension alive we can free ourselves from the presumption of accuracy of the experts and the frivolity component of the politicians, thus articulating the competence of the former and their creativity. Because political problems are too complex to be left in the hands of those who manage accuracy, and require an effort of political imagination.

The current crisis of the political parties, their discredit, loss of relevance or fragmentation, is a manifestation of a deeper crisis. It ends, in my opinion, a political era that we could call «the era of containers» and we still do not know very well what material is usable from the old one and what new institutional forms the new one will adopt.
A container is the symbol of commercial globalization, a device for storing things, fitting them into homogenous, standardized, classifiable and managed spaces.
The world of containers presupposed a structured social context in stable communities, with defined professional roles and forms of recognition and consolidated reputation. In this social reality, those political machines that are classic mass parties were created. The «democracy of the parties» was the political form appropriate to a society structured in stable social classes, in groups clearly defined by their own productive function, whose social and cultural identifications were destined to find a correspondence in terms of representation. Like other social organizations, parties acted as containers to the extent that they were heavy organizations that did not limit themselves to managing the institutional processes of representation, but also incorporated into their structures entire areas of society, orienting their culture and their values ​​so that the predictability of their political and electoral behavior could be ensured.
The current crisis of the parties will only be overcome when there are better parties. Experience teaches us that even worse than a system with bad games is a system without them; who lament their oligarchic character will have more reasons to complain if the parties weaken to the point of being unable to fulfill the expectations of representation, orientation, participation and configuration of the political will that is expected of them in the constitutional democracies.
Nor should we expect from social movements what they can not give. I do not say it so that we lower our expectations in relation to them, but on the contrary, so that we keep them high. What social movements can give us is something more radical than what is provided by political parties, which they can not substitute.
The parties are essential to clarify the options that are available to the voters; they serve to train political personnel, select candidates, manage the circulation of the political class by the institutions and control the elected ones, keeping them linked to the promises made to the voters. Thanks to the political party, citizens can vote for a political program linked to an identifiable line of ideas. The confidence in the candidates is generally supported by an identification with the political ideas of the political party they represent. Calling attention to these utilities collides with a critical current that has been established, with hardly nuances, as politically correct. One of the most recurrent criticisms of political parties presents them as instruments to reinforce the power of politicians.
What has ended is the container-party, but not the idea of ​​a political organization that contributes to making the world intelligible, that guides the decisions of citizens, that can offer channels of political participation and articulates civic control over their representatives. . It is evident that current parties are far from satisfactorily fulfilling such expectations; After the crisis of the parties we are at the crossroads of either making better matches or entering an amorphous space whose territory will be occupied by technocrats and populists, thus defining a new battlefield that would be even worse than the current one.

As interdependencies increase, self-determination becomes more complex, both in space and time. Making democratic self-government more democratic means today making it more complex, so that it can include interests from distant places and distant times with which we maintain relations of conditioning and, therefore, certain duties of justice. Self-determination remains a basic principle and without it democracy would be inconceivable; The problem is that in a world of overlaps and constraints it needs to be thought with greater subtlety than when the subjects of such rights (peoples, generations, cultures) were more or less delimitable units and could exercise their sovereignty in isolation.
The justification that the representatives must not only be resolved within the electoral base, can not stop in their immediate interests but points towards a general obligation of justification that includes those affected by their decisions and their consequences. We could synthesize this theoretical digression in a warning: beware of the electorate itself because, effectively, it is the only instance of democratic accountability but it is not the only horizon that defines our human duties.
In a society, political judgments are continually being made in the short term (surveys, opinions in the media, elections …), but each of these assessments has its own expiration. Valuations called to last require a certain distance. What is a success seen up close can be a failure contemplated from afar. The history books are rewritten and the estimates are modified over time, little by little or abruptly. The media agitation, the electoral cycle and the valuation of history are governed by different temporal registers and it is almost impossible to play well in all areas. On the great political issues only posterity can judge with rigor, something that will undoubtedly leave dissatisfied the politician who his fellow citizens have judged, he thinks, with too much rigor … which shows that politics is such a difficult task as little rigorous.
The advance of populisms in Europe is a problem that should be considered as a symptom. Populism is credible because something is not going well, and the populist seismograph serves to identify us. In order for populism to be something more than the sectarianism of marginalized exaltados, an unresolved problem and weak institutions have to coincide over time. The success of charismatic intruders can only be explained by a deficit in the ruling elites, as a defeat of their speeches, which are not intelligible or credible, without forgetting that populisms would not succeed if there were no societies willing to give them credit.

The best contribution of the mass media is that the information diet be richer in terms of the political content of what is at stake and limit the sordid, personal or extreme aspects. That we do not play the game to those who put all their effort only in attracting attention. The objective is for the media to present a more balanced image of politics, with less campaigning and more government.
As always, democracy is a balance between agreement and disagreement, between distrust and respect, between cooperation and competition, between what the principles demand and what the circumstances allow. Politics is the art of correctly distinguishing in each case between what we must agree on and what we can do and we must even maintain disagreement.
I do not share the dominant pessimism in relation to politics, and not because the reasons for criticism are scarce but precisely on the contrary: because only a horizon of open optimism, which creates in the possibility of the best, allows us to rightly criticize mediocrity of our political systems. Optimism and criticism are two attitudes that get along very well, while pessimism usually prefers the company of cynicism or melancholy.
We need a new wisdom of limits and an intelligence to understand them as an opportunity to carry out a policy in which we combine efficiency and democracy. Whether politics learns this new language depends on whether it is leading the new transformations or continues to complain about the little game that new circumstances allow.
Politics is always conditioned decision, action in context. That context is today defined by an austerity that is partly reasonable and partly ideologically interested. It is up to politics to investigate the scope of what is possible and expand it to the maximum. If politics enjoys such little prestige today, it is because deep down we are getting used to thinking that everything is governed by necessity.
Citizens would have more authority with our criticism if we put the same effort into training and committing ourselves. And perhaps then we realize that we are in the paradox that nobody confides to politics what only politics could solve.
The proposals for the regeneration of democratic life do not need as much legislative initiatives or reforms of the administration as to recover a long-term strategic vision. We are not in the hour of the electoral promises but of the great designs that are result of a wide social debate. If at any time it was more necessary than ever political reflection is now, in the midst of the current confusion, if we still aspire to overcome the dictatorship of the moment and prevent the policy to slide towards a repair (at best) of the immediate.

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