IG Farben — Fernando Navarro / IG Farben by Fernando Navarro (spanish book edition)

Este breve libro es muy interesante y donde se nos demuestra que los culpables a veces no pagan como deben algo muy frecuente en la historia de la humanidad.
El descubrimiento de los colorantes sintéticos había sido inglés, pero fueron los alemanes los que se aprovecharon de él. La anilina es un derivado del benceno, y éste era extraído a su vez del alquitrán de hulla, un residuo del proceso de obtención de alumbrado de gas. Los alemanes disponían de ingentes cantidades de alquitrán, desechos de la producción de acero en el Ruhr a los que de este modo podían dar una nueva utilidad. Al comenzar el siglo XX seis grandes compañías alemanas dominaban la industria mundial de producción y distribución de colorantes sintéticos. Las mayores eran conocidas como las Tres Grandes:
BASF (Badische Anilin und Soda-Fabrik, Ludwigshafen)
Bayer (Farbenfabriken vorm. Friedrich Bayer & Co., Leberkusen)
Hoechst (Farbwerke vorm. Meister Lucius und Bruening of Hoechst am Main)
Seguidas por otras tres empresas:
Agfa (Aktiengesellschaft für Anilinfabrikanten, Berlín)
Cassella (Leopold Cassella & Co., Frankfurt)
Kalle (Kalle & Co., Biebrick)
Si bien las empresas alemanas habían conseguido el monopolio mundial de la industria del colorante, permanecían enredadas entre ellas en interminables luchas de precios y litigios sobre patentes. En 1903 Carl Duisberg, director general de Bayer y prominente figura en la industria, visitó América y admiró la elegancia con la que algunas empresas, y en especial la Standard Oil de Nelson Rockefeller, sorteaban la legislación anti-trust del país.

En principio el nombre de BASF, que no se dedicaba al gran consumo, no era tan conocido para el público como AGFA, Bayer o Hoechst, pero dentro del sector la empresa era altamente respetada. Para empezar, había sido la primera compañía en desarrollar los colorantes azules (los rojos y los verdes habían resultado mucho más sencillos de alcanzar), en una carrera en la que había empeñado su prestigio y su dinero.
En 1909 el científico Fritz Haber, patrocinado por BASF, desarrolló en laboratorio un proceso para, mediante la combinación de elevadas presiones y temperaturas, obtener amoniaco a partir de hidrógeno y nitrógeno. La obtención de amoniaco representaba un paso intermedio en la obtención de nitratos sintéticos, pero, previamente, había que desarrollar un procedimiento para conseguir trasladar los resultados del laboratorio a la producción industrial. BASF escogió para esta misión al ingeniero Carl Bosch, que construyó a tal fin una planta en Oppau, muy cerca de la sede de la empresa. En 1913 Bosch consiguió su objetivo, y la planta de Oppau era capaz de producir industrialmente amoniaco. Este método basado en altas presiones y temperaturas se denominó «Haber-Bosch», en honor del científico y el ingeniero que lo habían desarrollado.
El problema más acuciante era la escasez de nitratos, y, con la armada inglesa dominando el atlántico, las posibilidades de acceder al mercado chileno eran nulas. Así las cosas Haber persuadió al Ministerio de la Guerra para que convocara con urgencia a Bosch a Berlín. Este explicó a Falkenhayn que, si bien la producción de nitrato sódico a partir de amoniaco se había logrado en el laboratorio, estaba lejos de conseguirse una producción industrial. Era necesario trabajar febrilmente, era imprescindible que los ingenieros y técnicos llamados a filas retornaran a Oppau, y era muy recomendable que BASF recibiera cuantiosos fondos del Ministerio. Satisfechas todas sus condiciones previas, Bosch puso manos a la obra.

En abril de 1915 Haber, acompañado de representantes del Ministerio de la Guerra y de la industria de los colorantes, llegó a Ypres, en Bélgica, con 5.000 cilindros de cloro líquido, Tras esperar condiciones de viento favorables, el día 22 los abrieron y dejaron que una espesa nube amarilla se dirigiera a las líneas enemigas. El efecto fue devastador: el paso del gas dejó 15.000 combatientes inutilizados, 5.000 de ellos muertos, y abrió una amplia brecha en el frente. Entusiasmado con el éxito, Haber se puso a trabajar en un ataque masivo sobre el frente oriental. Su mujer le rogó que abandonara el proyecto, pero el destino de Alemania y el prurito científico de Haber estaban en juego. Partió, pues, hacia el este, y su mujer se suicidó. Desgraciadamente para los alemanes, desaparecido el factor sorpresa, los gases venenosos dejaron de ser un arma decisiva para el desarrollo de la guerra.
Pero nuevos problemas de suministro comenzaban a asaltar a Alemania. Su fuente más cercana de combustible se encontraba en los campos petrolíferos de Rumania, que había permanecido neutral. En agosto de 1916, viendo la creciente debilidad de las Potencias Centrales, Rumania decidió entrar en guerra en su contra. Los rumanos ambicionaban una serie de territorios vecinos, y consideraron que había llegado el momento de alinearse con los vencedores y disfrutar del reparto que seguiría al fin de la guerra. La decisión resultó ser precipitada. Tres meses más tarde los alemanes y húngaros habían invadido la mitad del país, y a lo largo del siguiente invierno 300.000 rumanos murieron de hambre y enfermedades. Pero cuando los alemanes llegaron a los codiciados campos de petróleo, se encontraron con que ya habían sido volados por los aliados.
Había, sin embargo, experimentos en marcha para encontrar sustitutivos sintéticos del petróleo. El más prometedor intentaba conseguir una gasolina sintética a través de carbón e hidrógeno. Este proceso, inventado en 1909 por Friedrich Bergius y conocido como hidrogenación, combinaba altas presiones y temperaturas al modo Haber-Bosch.

En otoño Fritz Haber obtuvo el Premio Nobel de química por el descubrimiento de la síntesis del amoniaco en laboratorio. Esto despertó la indignación de gran parte del mundo científico, que reprobaba la orientación de su talento hacia la fabricación de armas químicas, y así el nombre de Haber salió a la luz pública en un momento especialmente inadecuado. El tratado de Versalles preveía el establecimiento de un tribunal especial para juzgar a las “personas acusadas de haber cometido actos en violación de las leyes y costumbres de la guerra”. En febrero de 1920 los aliados elaboraron una lista de 900 personas, que comenzaba con el Kaiser, Hindenburg, y Ludendorff, y en ella fue incluido Haber.
En 1925, el incremento de la competencia internacional llevó a Haber a proponer a IG un nuevo paso: que las empresas del grupo dejaran de existir de forma independiente y se fusionaran en una única entidad. Y, puesto que dejarían de constituir una Comunidad de Intereses, Bosch propuso abandonar el nombre de IG y adoptar el nombre, nada comercial, de Unión de Empresas Alemanas de Colorantes de Alquitrán de Carbón. Sin embargo Duisberg, que había retornado desde Suiza, expuso lo absurdo que sería renunciar al fondo de comercio que proporcionaba una marca consolidada. El día 9 de diciembre las empresas de IG se integraron en BASF y formaron IG Farbenindustrie Aktiengesellschaft, la compañía más grande de Europa en términos absolutos, y la mayor empresa química del mundo.

El sueño de Bosch era liberar a Alemania de la dependencia del petróleo extranjero, usando para ello la tecnología de alta presión y sus ingentes reservas de carbón. A las consideraciones patrióticas se unía la expectativa de enormes beneficios, que el crecimiento espectacular del sector del automóvil permitía esperar. En realidad, ante la creciente demanda de carburante, los expertos auguraban el inminente agotamiento de las reservas petrolíferas mundiales. En 1924 en Estados Unidos, como consecuencia de esa preocupación generalizada, el presidente Calvin Coolidge creó la Federal Oil Conservation Board, organismo dedicado al estudio y evolución del sector.
Finalmente Bosch decidió adquirir los derechos sobre el proceso Bergius de conversión de carbón en carburante sintético. Bosch era plenamente consciente de que hasta ese momento sólo se había conseguido reproducir en laboratorio, pero tenía plena confianza en su propia capacidad técnica para, de forma similar a como había hecho con el proceso Haber de producción de nitratos, adaptarlo a la producción industrial. Sólo existía un problema: el coste. El precio de las patentes, y la cuantía de las inversiones, habrían estado fuera del alcance de BASF en solitario, pero resultaba excesiva incluso para los recursos acumulados de IG.
En agosto de 1927 Teagle y Bosch alcanzaron un acuerdo de cooperación para la investigación y desarrollo, en el que la Standard se comprometía a construir una planta Bergius para el refinado de petróleo crudo en Luisiana, adquiriendo la mitad de los royalties que pudieran derivarse del proceso si este llegaba a buen puerto y a ser patentado. Standard Oil adquiría la patente Bergius de conversión de carbón en carburante y los derechos de explotación en todo el mundo salvo Alemania. A cambio IG obtenía un 2% del accionariado de Standard, y 35 millones de dólares en efectivo. Ambas empresas habían delimitado sus respectivas áreas de influencia a la manera de grandes potencias.

Poco después de las elecciones Bosch y Hitler se reunieron por primera vez. Al principio las cosas se desarrollaron bien. Hitler confirmó su deseo de que Alemania fuera autosuficiente en carburante, y reiteró su completo apoyo al proyecto de hidrogenación. En un momento dado Bosch planteó una cuestión que sus asesores le habían aconsejado evitar. Si los científicos judíos eran obligados a abandonar el país, expuso, la química y la física retrocederían 100 años en Alemania. Hitler, perdiendo la compostura, gritó: pues trabajaremos 100 años sin físicos ni químicos. A continuación, con la cara encendida, llamó a su secretario y, sin dirigirse a Bosch, le dijo que su visitante deseaba marcharse. Jamás volvieron a reunirse. Bosch continuó con su campaña a favor de los científicos judíos. Como Fritz Haber, que en abril había sido destituido de su cátedra en la Universidad de Berlín. No sirvió de mucho. Haber se vio obligado a huir de Alemania, y en enero de 1934 murió, abandonado y moralmente devastado, en Basilea.
Pero la hostilidad personal entre Hitler y Bosch no interfirió en el proyecto compartido de creación de gasolina sintética.
El 90% de las inversiones previstas en el plan cuatrienal fueron destinadas al sector químico, y el 73% directamente a IG Farben. A lo largo del siguiente año se produjo un decidido proceso de nazificación de la compañía. La mayor parte de los directivos ingresaron en el Partido Nacional Socialista, mientras que todos los judíos fueron depurados de sus cargos directivos y técnicos.

A pesar de sus buenas relaciones con las SS, el proyecto Farben Auschwitz no progresaba adecuadamente. Uno de los mayores problemas consistía en que los prisioneros debían caminar diariamente casi cuatro kilómetros desde el campo hasta las plantas de IG, tanto a pleno sol en verano, como bajo un frío polar en invierno, lo que menguaba sus ya escasas energías. Las marchas debían ser realizadas a la luz del día para prevenir intentos de fuga, y en caso de que hubiera niebla se suspendía el traslado. Todo esto hacía que la producción progresara muy lentamente. Con una gigantesca inversión de 900 millones de marcos en juego, era necesario adoptar medidas contundentes.
A partir de ese momento el complejo Auschwitz constaba de tres campos principales de concentración: el original Auschwitz I, Auschwitz II (Birkenau), y Auschwitz III (Monowitz), llamado también Campo Buna. A estos se unían una multitud de subcampos. No todos eran iguales: Monowitz era un campo de trabajo, y Birkenau un campo de exterminio. La distancia que mediaba entre uno y otro era la “selección”.
Cuando los judíos llegaban a Auschwitz eran separados aquéllos considerados idóneos para trabajar de aquellos que no lo eran: hombres débiles, ancianos, mujeres, niños… Los primeros eran enviados a trabajar en las plantas de IG. Los demás eran mandados, sin más dilación, a las cámaras de gas de Birkenau. Pero superar con éxito la primera selección no era una garantía definitiva para los trabajadores forzados del Campo Buna.

En febrero de 1948 los comunistas tomaron el poder en Checoslovaquia, y en abril Truman puso en marcha el Plan Marshall. El juicio finalizó el 12 de mayo de 1948. Todos los acusados fueron declarados inocentes del primer cargo, preparación para una guerra agresiva. Del segundo, saqueo y expolio, nueve de los acusados fueron declarados culpables. Del tercero, esclavización y asesinato en masa, únicamente tres. Las penas fueron las siguientes:
Otto Ambros. Culpable del cargo tres. Ocho años de prisión.
Walter Durrfeld. Culpable del cargo tres. Ocho años.
Fritz Ter Meer. Culpable de los cargos dos y tres. Siete años.
Carl Krauch. Culpable del cargo tres. Seis años.
Heinrich Buetefisch. Culpable del cargo tres. Seis años.
Georg von Schnitzler. Culpable del cargo dos. Cinco años.
Hermann Schmitz. Culpable del cargo dos. Cuatro años.

Antes de que la guerra finalizase el general Eisenhower había encargado una investigación sobre el papel de IG Farben en el esfuerzo bélico alemán, y el informe resultante había sido tajante: IG había sido indispensable. Muy impresionado Eisenhower esbozó un plan de acción que incluía la voladura de las plantas de IG más estrechamente relacionadas con la producción de material militar, y la desintegración del grupo en un número indeterminado pero suficiente de compañías independientes. En noviembre de 1945 el Consejo Aliado de Control, la administración militar de las cuatro potencias que iba a gobernar la Alemania ocupada, dictó una ley destinada a “asegurar que Alemania no volverá a amenazar a sus vecinos ni la paz en el mundo […].
Finalmente en enero de 1951 la comisión aliada decidió el destino de IG Farben. Las 159 plantas existentes en la república federal no se dividirían entre cuarenta y siete empresas, sino entre nueve: BASF, Bayer, y Hoechst, las Tres Grandes renacidas para la ocasión, y seis compañías menores. A mediados de los 70 BASF, Bayer, y Hoechst se encontraban entre las treinta mayores compañías del mundo, y habían sido protagonistas del “milagro alemán”. Hoechst se fusionó en 1999 con Rhône-Poulenc y se convirtió en Aventis. En 2004, tras una nueva fusión se convirtió en Sanofi-Aventis. Hoy es una de las 10 mayores empresas farmacéuticas del mundo, ranking del que Bayer entra y sale según los años. El grupo BASF vendió en 2000 su división farmacéutica a Abbott Laboratorios, y es hoy la mayor compañía química del mundo.

This brief book is very interesting and where we are shown that the guilty sometimes do not pay as they should something very common in the history of mankind.
The discovery of the synthetic dyes had been English, but it was the Germans who took advantage of it. Aniline is a derivative of benzene, and this was extracted in turn from coal tar, a residue of the process of obtaining gas lighting. The Germans had enormous amounts of tar, waste from the production of steel in the Ruhr, which could thus be given a new usefulness. At the beginning of the 20th century, six large German companies dominated the world industry of production and distribution of synthetic dyes. The older ones were known as the Big Three:
BASF (Badische Anilin und Soda-Fabrik, Ludwigshafen)
Bayer (Farbenfabriken vorm, Friedrich Bayer & Co., Leberkusen)
Hoechst (Farbwerke vorm. Meister Lucius und Bruening of Hoechst am Main)
Followed by three other companies:
Agfa (Aktiengesellschaft für Anilinfabrikanten, Berlin)
Cassella (Leopold Cassella & Co., Frankfurt)
Kalle (Kalle & Co., Biebrick)
Although German companies had achieved the global monopoly of the dye industry, they remained entangled in endless price struggles and patent litigation. In 1903 Carl Duisberg, CEO of Bayer and prominent figure in the industry, visited America and admired the elegance with which some companies, and especially the Standard Oil of Nelson Rockefeller, raffled the country’s anti-trust legislation.

In principle the name of BASF, which was not dedicated to large consumption, was not as well known to the public as AGFA, Bayer or Hoechst, but within the sector the company was highly respected. To begin with, it had been the first company to develop blue dyes (reds and greens had been much simpler to achieve), in a career in which he had pledged his prestige and his money.
In 1909 the scientist Fritz Haber, sponsored by BASF, developed a laboratory in the laboratory to obtain, by combining high pressures and temperatures, ammonia from hydrogen and nitrogen. Obtaining ammonia represented an intermediate step in obtaining synthetic nitrates, but previously, a procedure had to be developed to transfer the results of the laboratory to industrial production. BASF chose engineer Carl Bosch for this mission, who built a plant in Oppau for this purpose, very close to the company’s headquarters. In 1913 Bosch achieved his goal, and the Oppau plant was capable of industrially producing ammonia. This method based on high pressures and temperatures was called “Haber-Bosch”, in honor of the scientist and engineer who had developed it.
The most pressing problem was the shortage of nitrates, and, with the English army dominating the Atlantic, the possibilities of accessing the Chilean market were nil. So things Haber persuaded the Ministry of War to summon Bosch urgently to Berlin. He explained to Falkenhayn that, although the production of sodium nitrate from ammonia had been achieved in the laboratory, industrial production was far from being achieved. It was necessary to work feverishly, it was imperative that the engineers and technicians called up to return to Oppau, and it was highly recommended that BASF receive substantial funds from the Ministry. Satisfied all his previous conditions, Bosch put to work.

In April 1915 Haber, accompanied by representatives of the Ministry of War and the dye industry, arrived in Ypres, Belgium, with 5,000 cylinders of liquid chlorine. After waiting for favorable wind conditions, on the 22nd they opened them and left that a thick yellow cloud was going to the enemy lines. The effect was devastating: the passage of the gas left 15,000 fighters unused, 5,000 of them dead, and opened a wide gap in the front. Enthusiastic with the success, Haber went to work in a massive attack on the eastern front. His wife begged him to abandon the project, but the fate of Germany and the scientific pruritus of Haber were at stake. He left, then, to the east, and his wife committed suicide. Unfortunately for the Germans, the surprise factor disappeared, the poisonous gases ceased to be a decisive weapon for the development of the war.
But new supply problems were beginning to assault Germany. Its closest source of fuel was in the oil fields of Romania, which had remained neutral. In August 1916, seeing the growing weakness of the Central Powers, Romania decided to go to war against it. The Romanians coveted a series of neighboring territories, and felt that the time had come to align with the victors and enjoy the distribution that would follow the end of the war. The decision turned out to be precipitate. Three months later the Germans and Hungarians had invaded half of the country, and during the following winter 300,000 Romanians died of hunger and disease. But when the Germans arrived at the coveted oil fields, they found that they had already been flown by the allies.
There were, however, experiments underway to find synthetic petroleum substitutes. The most promising was trying to get a synthetic gasoline through coal and hydrogen. This process, invented in 1909 by Friedrich Bergius and known as hydrogenation, combined high pressures and temperatures in the Haber-Bosch mode.

In autumn Fritz Haber won the Nobel Prize in chemistry for the discovery of the synthesis of ammonia in the laboratory. This aroused the indignation of much of the scientific world, which disapproved the orientation of their talent towards the manufacture of chemical weapons, and thus the name of Haber came to light at a particularly inappropriate time. The Treaty of Versailles provided for the establishment of a special tribunal to try “persons accused of having committed acts in violation of the laws and customs of war.” In February 1920 the allies drew up a list of 900 people, beginning with the Kaiser, Hindenburg, and Ludendorff, and Haber was included in it.
In 1925, the increase in international competition led Haber to propose to IG a new step: that the companies of the group cease to exist independently and merge into a single entity. And, since they would stop constituting a Community of Interests, Bosch proposed to abandon the name of IG and adopt the name, nothing commercial, of Union of German Companies of Colorants of Tar of Coal. However, Duisberg, who had returned from Switzerland, explained how absurd it would be to renounce the goodwill provided by a consolidated brand. On December 9, IG companies were integrated into BASF and formed IG Farbenindustrie Aktiengesellschaft, the largest company in Europe in absolute terms, and the largest chemical company in the world.

Bosch’s dream was to free Germany from dependence on foreign oil, using high-pressure technology and its huge coal reserves. To the patriotic considerations the expectation of enormous benefits was added, that the spectacular growth of the automobile sector allowed to wait. In fact, faced with the growing demand for fuel, experts predicted the imminent depletion of the world’s oil reserves. In 1924 in the United States, as a consequence of this widespread concern, President Calvin Coolidge created the Federal Oil Conservation Board, an organization dedicated to the study and evolution of the sector.
Finally Bosch decided to acquire the rights to the Bergius process of converting coal into synthetic fuel. Bosch was fully aware that until now he had only been able to reproduce in the laboratory, but he had full confidence in his own technical capacity to adapt it to industrial production, similar to what he had done with the Haber process of nitrate production. There was only one problem: the cost. The price of the patents, and the amount of the investments, would have been outside the scope of BASF alone, but it was excessive even for the accumulated resources of IG.
In August of 1927 Teagle and Bosch reached a cooperation agreement for research and development, in which the Standard was committed to building a Bergius plant for the refining of crude oil in Louisiana, acquiring half of the royalties that could be derived from the process if this arrived at good port and to be patented. Standard Oil acquired the Bergius patent for the conversion of coal into fuel and operating rights worldwide except Germany. In return, IG obtained 2% of the shareholders of Standard, and 35 million dollars in cash. Both companies had defined their respective areas of influence in the manner of great powers.

Shortly after the elections Bosch and Hitler met for the first time. At first, things developed well. Hitler confirmed his desire for Germany to be self-sufficient in fuel, and reiterated his full support for the hydrogenation project. At one point Bosch raised a question that his advisers had advised him to avoid. If Jewish scientists were forced to leave the country, he said, chemistry and physics would go back 100 years in Germany. Hitler, losing his composure, shouted: we will work 100 years without physicists or chemists. Then, with his face turned on, he called his secretary and, without addressing Bosch, told him that his visitor wanted to leave. They never met again. Bosch continued his campaign on behalf of Jewish scientists. Like Fritz Haber, who in April had been dismissed from his chair at the University of Berlin. It did not help much. Haber was forced to flee Germany, and in January 1934 he died, abandoned and morally devastated, in Basel.
But personal hostility between Hitler and Bosch did not interfere with the shared project of creating synthetic gasoline.
90% of the investments foreseen in the four-year plan were allocated to the chemical sector, and 73% directly to IG Farben. Throughout the following year there was a decided process of nazification of the company. Most of the directors joined the National Socialist Party, while all Jews were purged of their managerial and technical positions.

Despite his good relations with the SS, the Farben Auschwitz project did not progress adequately. One of the biggest problems was that the prisoners had to walk almost four kilometers daily from the field to the IG plants, both in full sun in summer, and under a polar cold in winter, which diminished their already scarce energies. The marches had to be carried out in the light of day to prevent attempts to escape, and in case of fog, the transfer was suspended. All this made the production progress very slowly. With a gigantic investment of 900 million marks at stake, it was necessary to adopt forceful measures.
As of that moment the Auschwitz complex consisted of three main concentration camps: the original Auschwitz I, Auschwitz II (Birkenau), and Auschwitz III (Monowitz), also called Campo Buna. These were joined by a multitude of subfields. Not all were equal: Monowitz was a labor camp, and Birkenau an extermination camp. The distance between one and the other was “selection”.
When the Jews arrived at Auschwitz, those considered suitable for working were separated from those who were not: weak men, old people, women, children … The former were sent to work in the IG plants. The others were sent, without further delay, to the Birkenau gas chambers. But successfully surpassing the first selection was not a definitive guarantee for the forced workers of Campo Buna.

In February 1948 the communists took power in Czechoslovakia, and in April Truman launched the Marshall Plan. The trial ended on May 12, 1948. All the accused were declared innocent of the first charge, preparing for an aggressive war. Of the second, looted and plundered, nine of the accused were found guilty. From the third, enslavement and mass murder, only three. The penalties were the following:
Otto Ambros. Guilty of charge three. Eight years in prison.
Walter Durrfeld. Guilty of charge three. Eight years.
Fritz Ter Meer Guilty of charges two and three. Seven years.
Carl Krauch. Guilty of charge three. Six years.
Heinrich Buetefisch. Guilty of charge three. Six years.
Georg von Schnitzler. Guilty of charge two. Five years.
Hermann Schmitz. Guilty of charge two. Four years.

Before the war was over General Eisenhower had commissioned an investigation into the role of IG Farben in the German war effort, and the resulting report had been blunt: IG had been indispensable. Very impressed Eisenhower outlined an action plan that included the blasting of the IG plants more closely related to the production of military equipment, and the disintegration of the group into an indeterminate but sufficient number of independent companies. In November 1945 the Allied Control Council, the military administration of the four powers that was to govern occupied Germany, issued a law designed to “ensure that Germany will never threaten its neighbors or peace in the world […] .
Finally in January 1951 the allied commission decided the fate of IG Farben. The 159 existing plants in the federal republic would not be divided between forty-seven companies, but between nine: BASF, Bayer, and Hoechst, the Big Three reborn for the occasion, and six smaller companies. In the mid-70s BASF, Bayer, and Hoechst were among the thirty largest companies in the world, and had been protagonists of the “German miracle.” Hoechst merged in 1999 with Rhône-Poulenc and became Aventis. In 2004, after a new merger it became Sanofi-Aventis. Today it is one of the 10 largest pharmaceutical companies in the world, ranking of which Bayer enters and leaves according to the years. The BASF group sold its pharmaceutical division in 2000 to Abbott Laboratories and is today the largest chemical company in the world.

2 pensamientos en “IG Farben — Fernando Navarro / IG Farben by Fernando Navarro (spanish book edition)

  1. Fernando Navarro se maneja bien en estos temas, habituales en su blog. Le conozco personalmente y sé que es muy minucioso en sus trabajos. Hace no mucho leí de él “Socialistas utópicos”. Este otro libro lo tengo en mi cola eterna de cosas pendientes de leer.

    • Si lo quieres te lo mando sin problemas porque es muy breve y todos los que quieras de los comentados que tenga sin problemas los envío, sus libros siempre interesantes

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