Como Terminan Las Democracias — Jean François Revel / How Democracies Perish by Jean François Revel

Sin duda esta obra es un clásico, un texto obligatorio para comprender la debilidad del régimen de libertades de que disfrutamos y también para identificar los riesgos y peligros que se proyectan sobre nuestras sociedades libres.

Descubrí que este libro contenía varios puntos importantes que podemos estar olvidando ahora que la Guerra Fría se está desvaneciendo en la historia. En particular, Revel se centra en cómo el gobierno soviético totalitario tenía una gran cantidad de ventajas sobre las democracias occidentales, y cómo estas ventajas se usaban una y otra vez para asegurar victorias pequeñas pero inevitables sobre el oeste. Lo más importante fueron las habilidades del Soviet para evitar la cobertura de los medios y la crítica interna y externa por sus actos; su capacidad para emprender cursos de acciones que no son políticamente convenientes, pero que darán fruto en las próximas décadas; y su capacidad de ser el agresor.
Tales ventajas llevan a los soviéticos a una serie de pequeñas victorias sobre la guerra de cincuenta años. Revel señaló correctamente que Occidente realmente tuvo pocas victorias sobre los soviéticos antes de que la economía comunista finalmente se derrumbara hace una década. Por ejemplo, la crisis de los misiles cubanos y la guerra de Corea fueron meramente atractivos para Occidente, precisamente porque todo volvió a ser como era antes. Sin embargo, Vietnam y Polonia fueron claras victorias para los soviéticos.
Este es un trabajo sólido que señala con precisión algunas de las debilidades de las democracias cuando se lucha contra los totalitarios, y lo cerca que estuvimos de perder la lucha contra el comunismo.

Como un astuto observador y un apóstata socialista que vivió en el corazón de Europa occidental durante la Segunda Guerra Mundial y la consiguiente Guerra Fría, Jean-Francois Revel fue excepcionalmente calificado para evaluar los acontecimientos políticos europeos durante la Guerra Fría. Su brillante libro “Como terminan las democracias” – publicado por primera vez en 1983 – es una lectura obligada para cualquiera que se pregunte por qué se ha pedido repetidamente a los Estados Unidos que rescaten a Europa de sus múltiples debilidades. Con mordaz sarcasmo que contradice su desprecio subyacente por los sociocomunistas europeos en general y los políticos de Europa occidental en particular (“Nuestros diplomáticos una vez más encontraron una manera de actuar contra nuestro honor y nuestros intereses”), Revel pone al descubierto sus hipocresías colectivas, incompetencia y política impotencia al tratar de reconciliar su historia de amor con el sociocomunismo y su miedo a la dominación soviética. Narra cómo una y otra vez los llamados “estadistas” de Europa Occidental fueron intimidados y engañados por los soviéticos para actuar en contra de sus propios intereses. En el camino, también observa cómo la codicia de los intereses financieros y corporativos internacionales socavó los esfuerzos de Estados Unidos para reducir el expansionismo soviético y no deja dudas de que Estados Unidos ganó la Guerra Fría a pesar de los llamados “aliados europeos”. Sumergido como estaba en la impotencia europea y el grupo sociocomunista piensa y no anticipa el resurgimiento de Estados Unidos durante la administración Reagan, Revel no pudo anticipar el repentino colapso de la antigua Unión Soviética, pero sus acusaciones de sociocomunidad son tan válidas hoy como lo fueron cuando los hizo por primera vez. Ahora que la China comunista es una amenaza aún mayor para la paz y la estabilidad internacionales que la Unión Soviética, las ideas de Revel dejan indeleblemente claro que Estados Unidos está solo en su lucha contra el expansionismo comunista internacional y ciertamente no puede depender de los llamados “aliados”.

Tal vez la democracia haya sido en la historia un accidente, un breve paréntesis que vuelve a cerrarse ante nuestros ojos. En su sentido moderno, el de una forma de sociedad que consigue conciliar la eficacia del Estado con su legitimidad, su autoridad con la libertad de los individuos, habrá durado algo más de dos siglos, a juzgar por la velocidad con que crecen las fuerzas que tienden a aboliría. Además, en última instancia, sólo habría sido conocida por una fracción ínfima de la especie humana. De este modo, tanto en el tiempo como en el espacio, la democracia ocupa un lugar de los más reducidos, porque a fin de cuentas la duración de unos doscientos años que yo evocaba sólo se refiere a los escasos países en que apareció, muy incompleta todavía, a finales del siglo XVIII. En la mayoría de los demás casos, los países en que hoy sobrevive la democracia no la han adoptado sino hace menos de un siglo, hace menos de medio siglo, en ocasiones hace menos de un decenio.
Indudablemente, la democracia habría podido durar, si hubiera sido el único tipo de organización política en el mundo. Pero congénitamente no está hecha para defenderse de los enemigos que, desde el exterior, aspiran a destruirla: sobre todo, cuando el más reciente y el más temible de esos enemigos exteriores, el comunismo, variante actual y modelo acabado del totalitarismo, consigue presentarse como un perfeccionamiento de la democracia misma, aun siendo su negación absoluta. La democracia, por su manera de ser, mira hacia el interior.
Parece, pues, que el conjunto de fuerzas a la vez psicológicas y materiales, políticas y morales, económicas e ideológicas que concurren en la extinción de la democracia es superior al conjunto de fuerzas del mismo orden que contribuyen a mantenerla con vida. En una palabra, sus logros y sus beneficios no van a parar a su activo, mientras que paga sus fracasos, sus insuficiencias y sus culpas a un precio infinitamente más elevado del que sus adversarios pagan las suyas.

La civilización democrática es la primera que se quita la razón frente al poder que se afana por destruirla. Más que el encarnizamiento comunista en borrar la democracia del planeta, más que los constantes éxitos que obtiene prosiguiendo con esa tarea, la señal distintiva de nuestro siglo habrá sido la humildad con que la civilización democrática acepta desaparecer y se las ingenia para legitimar la victoria de su más mortal enemigo. Que el comunismo tienda con todas sus fuerzas a destruir la democracia es natural, puesto que los dos son incompatibles y dado que la supervivencia del primero depende de la extinción de la segunda. Que el comunismo haya sido en su ofensiva más afortunado, más hábil que la democracia en su resistencia, no sería en la historia más que un ejemplo suplementario de un poder que sabe mostrarse mejor maniobrero que otro.
Es asimismo posible que la civilización democrática no muera para siempre, que nos encontremos solamente al término de un ciclo que, al acabarse, ponga punto final a un primer período de libertades individuales en el sentido en que las entiende la moderna democracia. Luego se alzaría contra el comunismo, que, no teniendo ya ni cómplices exteriores en que apoyarse, ni futuras víctimas que reducir a esclavitud, ni economías capitalistas a cuyas expensas vivir, pondría de manifiesto, ya sin ninguna excusa, su incapacidad para gestionar una sociedad humana, y ya no podría hacer frente a la insurrección interna de sus súbditos, ni aprisionarlos o exterminarlos a todos. Entonces, al cabo de algunos siglos, levantada esa especie de hipoteca socialista que pesa sobre la humanidad, podría comenzar un nuevo ciclo democrático.

El único medio de obtener que las fronteras de la Unión Soviética dejen de estar amenazadas, de que posean plena seguridad, es que no haya nunca más fronteras soviéticas de ningún tipo, o, si se prefiere, que el territorio de la Unión Soviética coincida con el del planeta entero. Sólo entonces estarán garantizadas para la humanidad «la paz y la seguridad». Y debido a que hay que garantizarlas de modo absoluto, Leónidas Breznev decía también al XXIV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética: «El triunfo total del socialismo en el mundo es ineluctable».
La ambición de conquistar el mundo tiene dos fuentes diferentes en el utillaje mental y la formación política de los dirigentes soviéticos. Una es la representación clásica, tradicional, permanente, de la «revolución mundial», la certidumbre de que la humanidad entera está destinada a volverse comunista. La otra es el sentimiento de la fragilidad intrínseca del sistema comunista, que manifiesta la tendencia de todos los pueblos colocados bajo su férula a querer evadirse o desembarazarse de ella cada vez que un fallo de la coacción policial les ofrece ocasión.
Esta última causa de la bulimia expansionista de los soviéticos ha dado lugar a la tesis, muy celebrada por el Oeste, de la «inseguridad» psicológica de los soviéticos. Esa obsesión explicaría, excusaría incluso, la agresividad de la política extranjera comunista. Si se entiende inseguridad en el sentido territorial de inseguridad de fronteras o que amenaza la existencia de una nación.
El poder militar por sí solo no basta para hacer prevalecer la voluntad de un país, de un grupo de país, de una civilización. Como prueba tenemos el retroceso occidental en el mundo, entre 1950 y 1970, dos decenios durante los que la superioridad se hallaba del lado de las democracias. Si no han sabido aprovecharse de él para imponer a la URSS un equilibrio duradero, ¿cómo van a hacerlo hoy? La historia ha conferido ventaja a la inteligencia realista, al espíritu de decisión y a la ausencia de escrúpulos.
En la guerra ideológica, la propaganda comunista tiene por meta destruir la democracia en todas las partes donde existe y hacerla imposible allí donde podría existir. El comunismo tiene medios para ello. La propaganda de los países democráticos no tiene, en cambio, medios para destruir el comunismo. La democracia no puede sino intentar protegerse a sí misma, y no consigue hacerlo más que a medias o de ninguna manera.

Bergson distingue dos tipos de memoria: la memoria-hábito y la memoria-recuerdo. La primera conserva el pasado, pero fundido en el presente, identificado al uso mecánico que de él hacemos todos los días. La segunda conserva el pasado en cuanto tal, el pasado situado en el tiempo, el recuerdo del acontecimiento único y original ocurrido en tal momento de nuestra vida, su tonalidad afectiva, feliz o dolorosa. Con la memoria-hábito recorremos sin error una ciudad familiar pensando en otra cosa. Con la memoria-recuerdo evocamos los primeros días de nuestro contacto con esa ciudad, cuando era nueva para nosotros, cuando hacíamos su aprendizaje. Esta distinción psicológica puede aplicarse en mi opinión a la política: en la conciencia histórica de los países democráticos, el pasado del comunismo deriva de la memoria-hábito, el del capitalismo de la memoria-recuerdo.
El comunismo no es un régimen como los demás, incluso despótico, ni un sistema económico como los demás, incluso ineficaz e injusto. El despotismo y la ineficacia en la vida normal poseen el raro privilegio de poder ser corregidos. Toda la historia de la humanidad lo atestigua, salvo la historia del comunismo. El comunismo para subsistir tiende a destruir no solamente la democracia, sino la posibilidad misma de la democracia.
Toda sociedad actual, cualquiera que sea, en nuestro planeta, es susceptible de orientarse hacia la democracia, salvo la sociedad comunista misma, que no podría democratizarse sin destruirse. Se concibe, pues, que las estrategias totalitarias se esfuercen por invertir o por detener para siempre esa tendencia, en el mundo todavía maleable que las rodea. Menos fácilmente se concibe que puedan reclutar algunos de sus más atentos discípulos entre los guías y los pensadores de las civilizaciones democráticas.
El destino de la democracia en el mundo actual se decidirá en el curso de los últimos años de este siglo. Quiero decir nuestro destino, porque si la historia tiene por marco los milenios, la vida no tiene por marco más que un pequeño número de años, y, para citar la frase de Achim de Arnim, «cada hombre recomienza la historia del mundo, cada hombre la termina».

Undoubtedly, this work is a classic, a mandatory text to understand the weakness of the regime of freedoms that we enjoy and also to identify the risks and dangers that are projected on our free societies.

I found that this book contained a number important points that we may be forgetting now that the Cold War is fading into history. In particular, Revel focuses on how the totalitarian Soviet government had a great number of advantages over the western democracies, and how these advantages were used time and time again to ensure small but inevitable victories over the west. Most important were the Soviet’s abilities to avoid media coverage of, and internal and external criticism for, its acts; its ability to embark on courses of actions which are not politically expedient, but will bear fruit decades hence; and its ability to be the aggressor.
Such advantages lead the Soviets to a number of small victories over the fifty-year war. Revel correctly pointed out that the west really had few victories over the Soviets before the communist economy finally crumbled a decade ago. For example, the Cuban missile crisis and the Korean war were merely draws for the west, precisely because everything returned to how it was before. Yet Vietnam and Poland were clear victories for the Soviets.
This is a solid work that accurately points out some of the weaknesses of democracies when fighting against totalitarians, and just how close we came to losing the struggle against communism.

As an astute observer and a socialist apostate who lived in the heart of Western Europe throughout WWII and the ensuing Cold War, Jean-Francois Revel was uniquely qualified to assess European political developments during the Cold War. His brilliant book HOW DEMOCRACIES PERISH – first published in 1983 – is must reading for any who wonder why the U.S. has been repeatedly called upon to rescue Europe from its own manifold foibles. With biting sarcasm that belies his underlying contempt for European sociocommunists in general and Western European politicians in particular (“Our diplomats once more found a way to act against our honor and our interests.”), Revel lays bare their collective hypocrisies, incompetence and political impotence in trying to reconcile their love affair with sociocommunism and their fear of soviet domination. He chronicles how time after time Western European so-called “statesmen” were cowered and duped by the soviets into acting against their own interests. Along the way, he also notes how the cupidity of international financial and corporate interests undermined U.S. efforts to curtail soviet expansionism, and he leaves no doubt that the Cold War was won by the U.S. in spite of its so-called “European allies.” Submerged as he was in European impotence and sociocommunist group think and not anticipating the emergence of a U.S. resurgence during the Reagan administration, Revel failed to anticipate the sudden collapse of the former Soviet Union, but his indictments of sociocommunism are as valid today as they were when he first made them. With Communist China now an even greater threat to international peace and stability than the Soviet Union ever was, Revel’s insights make it indelibly clear that the U.S. is alone in its fight against international communist expansionism and certainly cannot depend on its so-called “allies”.

Perhaps democracy has been an accident in history, a brief parenthesis that closes again before our eyes. In its modern sense, that of a form of society that manages to reconcile the effectiveness of the State with its legitimacy, its authority with the liberty of individuals, will have lasted just over two centuries, judging by the speed with which the forces that tend to abolish. In addition, ultimately, it would have been known only by a tiny fraction of the human species. In this way, both in time and space, democracy occupies a place of the most reduced, because in the end the duration of some two hundred years that I evoked only refers to the few countries in which it appeared, very incomplete still, at the end of the 18th century. In most other cases, the countries where democracy survives today have not adopted it until less than a century ago, less than half a century ago, sometimes less than a decade ago.
Undoubtedly, democracy could have lasted, had it been the only type of political organization in the world. But congenitally it is not made to defend itself from the enemies that, from the outside, aspire to destroy it: above all, when the most recent and the most fearsome of those external enemies, communism, current variant and finished model of totalitarianism, manages to present itself as an improvement of democracy itself, even though it is its absolute negation. Democracy, by its way of being, looks inward.
It seems, then, that the set of forces both psychological and material, political and moral, economic and ideological that concur in the extinction of democracy is superior to the set of forces of the same order that contribute to keep it alive. In a word, his achievements and his benefits do not stop at his assets, while he pays his failures, his insufficiencies and his faults at an infinitely higher price than his adversaries pay for his.

The democratic civilization is the first that takes away the reason against the power that strives to destroy it. More than the Communist fury in erasing the democracy of the planet, more than the constant successes that it obtains continuing with that task, the distinguishing sign of our century will have been the humility with which the democratic civilization accepts to disappear and manages to legitimize the victory of his most deadly enemy. That communism tends to destroy democracy is natural, since the two are incompatible and since the survival of the first depends on the extinction of the second. That communism has been in its most successful offensive, more capable than democracy in its resistance, would not be in history more than a supplementary example of a power that knows how to be better maneuver than another.
It is also possible that the democratic civilization does not die forever, that we find ourselves only at the end of a cycle that, when it is over, puts an end to a first period of individual liberties in the sense in which modern democracy understands them. Then it would rise up against communism, which, having no external accomplices to support itself, or future victims to reduce to slavery, or capitalist economies at whose expense living, would show, and without any excuse, their inability to manage a society human, and could no longer cope with the internal insurrection of his subjects, or imprison or exterminate them all. Then, after a few centuries, raised that kind of socialist mortgage that weighs on humanity, could start a new democratic cycle.

The only means of obtaining that the borders of the Soviet Union cease to be threatened, that they have full security, is that there will never be any more Soviet borders of any kind, or, if it is preferred, that the territory of the Soviet Union coincides with the Soviet Union. the one of the whole planet. Only then will “peace and security” be guaranteed for humanity. And because they must be guaranteed in an absolute way, Leonidas Breznev also told the XXIV Congress of the Communist Party of the Soviet Union: “The total triumph of socialism in the world is ineluctable.”
The ambition to conquer the world has two different sources in the mental tools and the political formation of the Soviet leaders. One is the classical, traditional, permanent representation of the “world revolution,” the certainty that all humanity is destined to become communist. The other is the feeling of the intrinsic fragility of the communist system, which manifests the tendency of all the peoples placed under its spur to want to escape or get rid of it whenever a failure of the police coercion offers them an opportunity.
This last cause of the expansionist bulimia of the Soviets has given rise to the thesis, very celebrated by the West, of the psychological “insecurity” of the Soviets. That obsession would explain, excuse even, the aggressiveness of the foreign communist policy. If we understand insecurity in the territorial sense of border insecurity or that threatens the existence of a nation.
Military power alone is not enough to make the will of a country, of a country group, of a civilization prevail. As proof, we have the Western backward movement in the world, between 1950 and 1970, two decades during which superiority was on the side of democracies. If they have not been able to take advantage of it to impose a lasting balance on the USSR, how are they going to do it today? History has conferred advantage to realistic intelligence, the spirit of decision and the absence of scruples.
In the ideological war, communist propaganda aims to destroy democracy everywhere it exists and make it impossible where it could exist. Communism has the means to do this. The propaganda of the democratic countries does not have, however, means to destroy communism. Democracy can not but try to protect itself, and it can not do it more than half or in any way.

Bergson distinguishes two types of memory: memory-habit and memory-memory. The first preserves the past, but fused in the present, identified to the mechanical use that we make of it every day. The second preserves the past as such, the past located in time, the memory of the unique and original event that occurred at that moment in our lives, its affective, happy or painful tonality. With the memory-habit we walk without error a familiar city thinking about something else. With the memory-memory we evoked the first days of our contact with that city, when it was new to us, when we did their learning. This psychological distinction can be applied in my opinion to politics: in the historical consciousness of democratic countries, the past of communism derives from memory-habit, that of capitalism from memory-memory.
Communism is not a regime like the others, even despotic, nor an economic system like the others, even inefficient and unjust. Despotism and inefficiency in normal life have the rare privilege of being corrected. The whole history of humanity attests, except the history of communism. Communism to survive tends to destroy not only democracy, but the very possibility of democracy.
Every current society, whatever it may be, on our planet, is susceptible to be oriented towards democracy, except for the communist society itself, which could not be democratized without being destroyed. It is conceived, then, that totalitarian strategies strive to invest or to stop forever that trend, in the still malleable world that surrounds them. It is less easily conceived that they can recruit some of their most attentive disciples among the guides and thinkers of democratic civilizations.
The fate of democracy in today’s world will be decided in the course of the last years of this century. I want to say our destiny, because if history has millennia as its framework, life has no frame for more than a small number of years, and, to quote Arnim’s Achim phrase, “each man restarts the history of the world, each man finishes it ».

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