Mujer En Guerra — Maruja Torres / Woman In War by Maruja Torres (spanish book edition)

Me parece interesante volver a releer este libro. Un periodismo que raramente cuestiona los tópicos, que pocas veces se interroga acerca de la fiabilidad de las fuentes (…) y que acepta como un hecho del que no hay regreso la necesidad de halagar y estimular al lector, convertido hoy en cliente para aumentar el consumo del producto”. Así define Maruja Torres al periodismo actual, el que no le gusta y que cree que las generaciones salientes deberían luchar contra él, como ella y los de su quinta lucharon contra la censura franquista.
Trabajo duro, amor y devoción por la profesión es lo que la definen a lo largo de las páginas de su libro. Creí que trataría sobre una corresponsal que había estado en los más duros conflictos bélicos de finales de siglo, pero me equivoqué, y la verdad mereció la pena. La obra debe su título a la búsqueda de Maruja con ella misma.

Lo que convierte a Beirut en un bien único para mí es que nunca encontré, en ninguna otra parte, una más genuina alegoría del fin de un mundo, ni un avance más cabal de la violencia con que la realidad puede destruir los paraísos más despreocupados. Lo que ardió en Beirut durante casi quince años de guerra civil3 fue nuestro sistema occidental de valores, la débil pero deslumbrante pátina de la civilización entendida a nuestra manera. Y lo que prendió el fuego fue ni más ni menos que: a) la amargura de la sociedad libanesa de confesión musulmana mayoritaria, sometida al obsoleto statu quo que favorecía la hegemonía parlamentaria de la minoritaria población cristiana; b) dentro de la comunidad musulmana, el galopante crecimiento demográfico de los shiíes del sur del Líbano, campesinos en gran parte; c) el complejo entramado de familias, feudos y señores que desde los albores de su historia han extendido sus manos sobre el país, los gobiernos y el mismo Estado, y d) la presencia de guerrilleros de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en los campos de refugiados palestinos, cuya lucha contra Israel fue la excusa que desencadenó la guerra.

Los meses que siguieron a la muerte de Franco fueron de notable agitación para la prensa. Dos pasiones arrebataron a periodistas y lectores: el desnudo y la verdad. Lo cual no estaba nada mal, dicho sea de paso. Mujeres en pelotas (para empezar: luego se desnudó algún futbolista, y llegaron las publicaciones gay) e investigaciones sobre los escándalos de toda índole que el régimen había mantenido bajo tierra. Interviú se convirtió en la revista emblemática del momento y dio origen al Grupo Z, liderado por Antonio Asensio, que alteró las reglas del juego. Aunque había empezado antes, el boom de Interviú se produjo cuando mostró las tetas de Marisol, la novia de España, en unas estupendas fotografías de César Lucas. Aquello fue un mazazo para Fotogramas, que había sido la pionera del destape en tiempos peores, y que ahora veía cómo su Marisol servía para multiplicar la tirada de otra publicación. Al mismo tiempo, se destapaban los pufos del franquismo y sus adláteres, y se aplicaba el periodismo escrito en primera persona.

Los periodistas, cuando somos jóvenes, creemos que lo inauguramos todo, pero lo único que hacemos es darle la vuelta a la almohada y recuperar su frescura, que nosotros mismos marchitaremos a fuerza de frotar contra ella nuestros propios lugares comunes. A principios de los noventa, por ejemplo, desembarcaron en las redacciones un buen número de novatos dispuestos a ser Hemingway sin haberle leído siquiera. Producto de la saturación de alumnos en las facultades y de la moda de los master, necesitados de éxito como solo los jóvenes crecidos bajo el ejemplo de los ochenta podían serlo, esta promoción de nuevos periodistas presentó sus primeras armas en las secciones de Local que, por una curiosa coincidencia, empezaron a ser revalorizadas y a merecer mayor atención por parte de los lectores. La plaga de las historias humanas, reducidas a su más pedestre versión sonrisas y lágrimas, infectó durante una larga temporada las ahora abundantes páginas que se destinan a contar la vida de una ciudad.

Digo que no me gusta hacer entrevistas, y que no me creo capacitada para hacerlas, lectores, compañeros y jefes suelen romper en exclamaciones: pero qué dices, estás loca, te salen muy bien. Sé de qué hablo. Tengo suficiente experiencia sobre mis espaldas. Aunque debería matizar. Sólo disfruto entrevistando a la gente que admiro, que me cae bien, que me interesa. Detesto preguntar a quienes me resultan detestables. Y las mejores entrevistas, las que mayor éxito concitan son aquellas que despellejan al personaje. Por eso, la entrevista es un género que practican mejor (y con gran dedicación) los jóvenes: cuando eres joven, desprecias prácticamente a todo el mundo. La edad nos vuelve tolerantes, gracias al cielo (salvo que envejezcas como cascarrabias, o como un genio incomprendido), y eso redunda en perjuicio de la brillantez de la pieza. Si has envejecido bien, si los años te han conducido a comprender las debilidades humanas, lo primero que tienes que admitir es que, en una entrevista escrita (otra cosa son las de la radio y la televisión cuando se hacen en directo) tú nunca te la juegas. Y siempre haces trampa: para no hacerla habría que reproducir el encuentro con el personaje en tediosa y larguísima literalidad, sin la obligatoria convención del resumen inspirado por tu opinión, que es por otra parte lo que los lectores quieren. Soy partidaria, en cambio, de los perfiles escritos después de una minuciosa y documentada investigación, cosa que en España no resulta fácil.

Una de las peores cosas que pueden ocurrirle a un periodista, aparte de quedarse en paro, es tropezar con lo que cree el tema de su vida. Yo estuve a punto de asomarme, en un par de ocasiones, a ese abismo del que no se regresa, ese derroche de energía que desgasta al testigo, embota su mirada y le hace moverse en círculo, hozar en los lugares comunes, perder la perspectiva. Ahora sé que, en el Líbano, el horror de la guerra me salvó de su brutal fascinación. La sangre ajena pagó el rescate gracias al cual no me convertí en una adicta al peligro, en una presuntuosa marginal que acaba repitiendo tópicos a otros desterrados, en una inacabable reunión apuntalada en el licor de los bares de hotel.
Éste no es un oficio para blandengues ni regalones, y tienes que amarlo intensa y fielmente para permanecer en él. Si lo que quieres es enriquecerte, estudia para notario, cariño. Si ocurre que naciste con el veneno del periodismo en la sangre, hazlo de la única manera que debe hacerse, en cualquier circunstancia: bien. No importa que lo que te guste sea escribir y publicar.
En lo que me concierne, no soy especialista en cazar noticias. Cuando algo sucede cerca de mí lo capturo, pero no soy buena en eso. Lo soy, en cambio, en explicar los porqués de las noticias, y de sus responsables.
Por eso, mi género favorito ha sido, es y será el reportaje, que si es excelente se nutre de los otros géneros, pues tendrás que hacer muchas entrevistas a personas muy diversas para obtener información, y para escribirlo deberás adoptar un esquema literario, un ritmo, una dosificación de la información que tense el relato y agarre al lector por el cuello desde la primera hasta la última frase. El reportaje no tiene que ser forzosamente extenso: lo importante es captar la esencia de lo que sucedió. Y eso puedes hacerlo aunque tengas que escribirlo rápidamente para el cierre y ajustarlo a un espacio muy limitado.

Nunca he creído del todo en las bondades del periodismo norteamericano, excesivamente sobrevalorado gracias a la investigación en tomo al caso Watergate y la dimisión del presidente Nixon. Ningún importante medio de comunicación movió un dedo en Estados Unidos, durante los años cincuenta para oponerse a la caza de brujas y denunciar a su promotor, el senador MacCarthy, que cayó mucho después, víctima de su propia corrupción, alcoholismo y megalomanía, cuando para sus víctimas era demasiado tarde (sólo un periodista llamado Murrow, de la entonces incipiente televisión, se atrevió a mostrarlo como era: al final). Es un precedente revelador. Ningún medio, tampoco, ha tenido la dignidad de mantenerse al margen del descontrol informativo que ha supuesto el caso Lewinsky, descontrol en el que han tenido gran responsabilidad los vanidosos y soberbios gurus del periodismo político con sede en Washington.
No he conocido a ningún periodista serio que siga siendo sionista después de haber sido testigo en Israel de la realidad de los territorios palestinos ocupados. Ni siquiera los que son judíos, pero es posible que estos últimos alberguen mayor benevolencia hacia el pueblo que, habiendo sufrido tanto dolor y escarnio en el pasado, no ha dudado en someter y colonizar y casi esclavizar a los palestinos. Si en Israel no existieran movimientos como Peace Now y otros pacifistas, si no hubiera intelectuales, abogados y otra gente que vieron claro que el único camino posible es la convivencia, habría que convenir en que el Estado judío no se formó precisamente con lo mejor de cada casa. Aunque la atareada mujer que me atendió en mi primera visita a Jerusalén, la letrada Lea Tsemel (que fumaba sin parar, como los refugiados, e iba de un tribunal a otro, de una oficina a otra, sujetando con un brazo una abultada carpeta de informes sobre jóvenes palestinos encarcelados, y con una toga, agujereada por las brasas, colgando del otro), fue clara al respecto: “Mire, a los israelíes que se niegan a cumplir el servicio militar o que están contra la represión, lo más que les puede caer es un par de meses de cárcel y la desconsideración social. Nada que ver con la dureza con que se castiga a los palestinos”.
En aquel momento álgido de la Intifada, no había que ir muy lejos para encontrar a las víctimas: los campos de refugiados, que se parecían demasiado a los de concentración.

I find it interesting to reread this book again. A journalism that rarely questions the topics, that seldom questions itself about the reliability of the sources (…) and that accepts as a fact from which there is no return the need to flatter and stimulate the reader, now become a client to increase the consumption of the product “. This is how Maruja Torres defines current journalism, which she does not like and believes that outgoing generations should fight against him, as she and her fifth fighters fought against Franco’s censorship.
Hard work, love and devotion for the profession is what defines her throughout the pages of her book. I thought it would be about a correspondent who had been in the hardest wars of the century, but I was wrong, and the truth was worth it. The work owes its title to the search of Maruja with herself.

What makes Beirut a unique good for me is that I never found, in any other place, a more genuine allegory of the end of a world, nor a more complete advance of the violence with which reality can destroy the most careless paradises. What burned in Beirut during almost fifteen years of civil war3 was our western system of values, the weak but dazzling patina of civilization understood in our own way. And what ignited the fire was neither more nor less than: a) the bitterness of the Lebanese society of majority Muslim confession, subjected to the obsolete status quo that favored the parliamentary hegemony of the minority Christian population; b) within the Muslim community, the galloping demographic growth of the Shiites in southern Lebanon, largely peasants; c) the complex network of families, fiefs and lords who, since the dawn of their history, have extended their hands over the country, the governments and the State, and d) the presence of guerrillas of the Palestine Liberation Organization (PLO) in the Palestinian refugee camps, whose fight against Israel was the excuse that triggered the war.

The months that followed the death of Franco were of notable agitation for the press. Two passions snatched journalists and readers: the nude and the truth. Which was not bad, by the way. Women in balls (to begin with: then a football player got naked, and gay publications arrived) and investigations into the scandals of all kinds that the regime had kept underground. Interviú became the emblematic magazine of the moment and gave rise to Grupo Z, led by Antonio Asensio, which altered the rules of the game. Although it had started earlier, the Interviú boom occurred when he showed the tits of Marisol, the bride of Spain, in some great photographs of Cesar Lucas. That was a blow for Fotogramas, who had been the pioneer of the uncovering in worse times, and who now saw how her Marisol served to multiply the circulation of another publication. At the same time, the pumas of the Franco regime and its supporters were uncovered, and written journalism was applied in the first person.

Journalists, when we are young, we believe that we inaugurate everything, but all we do is turn the pillow over and recover its freshness, which we wither by dint of rubbing our own commonplaces against it. In the early nineties, for example, a good number of novices willing to be Hemingway disembarked in the newsrooms without even having read it. Product saturation of students in the faculties and fashion of the masters, in need of success as only young people grown under the example of the eighties could be, this promotion of new journalists presented their first weapons in the Local sections that, By a curious coincidence, they began to be revalued and deserve more attention from readers. The plague of human stories, reduced to their most pedestrian version smiles and tears, infected for a long time the now abundant pages that are intended to tell the life of a city.

I say that I do not like to do interviews, and that I do not think I’m capable of doing them, readers, colleagues and bosses usually break into exclamations: but what do you say, you’re crazy, you’re doing very well. I know what I’m talking about. I have enough experience on my back. Although it should qualify. I just enjoy interviewing people that I admire, that I like, that interests me. I hate to ask who I find detestable. And the best interviews, the most successful are those that flay the character. That’s why the interview is a genre that young people practice best (and with great dedication): when you’re young, you practically despise everyone. Age makes us tolerant, thanks to heaven (unless you grow old as cantankerous, or as a misunderstood genius), and that is to the detriment of the brilliance of the piece. If you’ve aged well, if the years have led you to understand human weaknesses, the first thing you have to admit is that, in a written interview (another thing is the radio and television when they are done live) you never get You play it. And you always cheat: in order not to do it, you would have to reproduce the encounter with the character in tedious and lengthy literalness, without the obligatory convention of the summary inspired by your opinion, which is what readers want, on the other hand. I am a supporter, on the other hand, of the profiles written after a meticulous and documented investigation, which in Spain is not easy.

One of the worst things that can happen to a journalist, apart from being unemployed, is stumbling over what the subject of his life believes. I was about to peek, on a couple of occasions, into that abyss that does not return, that waste of energy that wears the witness, blunts his eyes and makes him move in a circle, hozar in the common places, lose perspective . Now I know that, in Lebanon, the horror of the war saved me from its brutal fascination. The blood of others paid the ransom thanks to which I did not become addicted to danger, in a presumptuous marginal who ends up repeating topics to other exiles, in an endless meeting propped up in the liquor of the hotel bars.
This is not a trade for weaky or feebles reporters, and you have to love it intensely and faithfully to stay in it. If you want to enrich yourself, study for a notary, darling. If it happens that you were born with the poison of journalism in your blood, do it the only way that should be done, in any circumstance: good. It does not matter that what you like is to write and publish.
As far as I am concerned, I am not a specialist in hunting news. When something happens near me I capture it, but I’m not good at that. I am, however, in explaining the whys of the news, and those responsible.
For that reason, my favorite genre has been, is and will be the reportage, that if it is excellent it feeds on the other genres, because you will have to do many interviews to very diverse people to obtain information, and to write it you will have to adopt a literary scheme, a rhythm, a dosage of the information that the story tenses and grab the reader by the neck from the first to the last sentence. The story does not necessarily have to be extensive: the important thing is to capture the essence of what happened. And you can do that even if you have to write it quickly for the closing and adjust it to a very limited space.

I have never fully believed in the goodness of American journalism, which was excessively overvalued thanks to the investigation of the Watergate case and the resignation of President Nixon. No important means of communication moved a finger in the United States, during the fifties to oppose the witch hunt and denounce its promoter, Senator MacCarthy, who fell much later, a victim of his own corruption, alcoholism and megalomania, when its victims were too late (only a journalist named Murrow, of the then incipient television, dared to show it as it was: in the end). It is a revealing precedent. No media, either, has had the dignity of staying out of the informational lack of control that has led to the Lewinsky case, lack of control in which the vain and arrogant gurus of political journalism based in Washington have had a great responsibility.
I have not met any serious journalist who remains a Zionist after having witnessed in Israel the reality of the occupied Palestinian territories. Not even those who are Jews, but it is possible that the latter harbor greater benevolence towards the people who, having suffered so much pain and derision in the past, have not hesitated to subdue and colonize and almost enslave the Palestinians. If in Israel there were no movements like Peace Now and other pacifists, if there were no intellectuals, lawyers and other people who saw clearly that the only possible way is coexistence, it would be necessary to agree that the Jewish State was not formed precisely with the best of each house Although the busy woman who attended me on my first visit to Jerusalem, the lawyer Lea Tsemel (who smoked nonstop, like refugees, and went from one court to another, from one office to another, holding with one arm a bulky folder reports about imprisoned Palestinian youths, and with a toga, pierced by the embers, hanging from the other), was clear about it: “Look, at the Israelis who refuse to perform military service or who are against repression, the most they They can fall is a couple of months in jail and social disregard. Nothing to do with the harshness with which the Palestinians are punished. ”
At the height of the intifada, we did not have to go very far to find the victims: the refugee camps, which looked too much like the concentration camps.

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