El Tren De Lenin — Catherine Merridale / Lenin on the Train by Catherine Merridale

El contenido de este libro cubre los hitos revolucionarios que tuvieron lugar en Rusia de febrero a octubre de 1917 y culminó con la toma del poder por los bolcheviques, el poderoso grupo político dirigido por Vladimir Lenin (1870-1924). Estos eventos incluyeron manifestaciones callejeras y huelgas encabezadas por sindicatos de trabajadores y personal militar de rango inferior en la capital San Petersburgo durante el mes de febrero que derrocó al gobierno corrupto del zar Nicolás II (1868-1918) y terminó en una sola semana el mandato de 300 años de la familia Romanoff. Un Gobierno Provisional presidido por un Comité Ejecutivo apoyado por el Senado o la Duma se estableció bajo la dirección de Alexander Kerensky (1881-1970). El Gobierno Provisional permitió el regreso a San Petersburgo de los exiliados revolucionarios de Siberia, algunos países europeos y América. Las luminarias bolcheviques recién llegadas incluyeron el grupo de Lenin y Gregory Zinoviev (1883-1936) de unas treinta personas, León Trotsky (1879-1940), José Stalin (1878-1953), Lev Kamenev (1883-1936) y otros.
Lenin y sus camaradas viajaron en un vagón de tren durante una semana en abril desde Zurich en Suiza, a través de Alemania, Suecia y Finlandia hasta San Petersburgo. La escritora Catherine Merridale describe detalles de este viaje, así como el apoyo político y económico brindado a los viajeros por el gobierno de Alemania. Durante la Primera Guerra Mundial, para Alemania, firmar un tratado de paz con su enemigo ruso se convirtió en una prioridad inmediata. Ante el fracaso de varios contactos diplomáticos y familiares, el gobierno alemán decidió apoyar a los grupos revolucionarios que buscan la caída del régimen zarista y dispuestos a firmar la propuesta de paz. Lenin fue el líder contactado para recibir la ayuda financiera y la propaganda necesarias para llevar a cabo la revolución que lo convirtió en el jefe indiscutido del gobierno soviético hasta su muerte.
A lo largo de la narración, el lector aprendió detalles sobre el papel desempeñado por las personas que trabajan para el servicio de espionaje inglés; Cuerpo diplomático inglés, francés y alemán y revolucionarios rusos de todo tipo. Es una pena leer acerca de la paradoja del destino de los miembros del gobierno de Kerensky que, como exiliados en Francia y en los Estados Unidos, disfrutaban de todos los privilegios de una sociedad capitalista. Por su parte, los revolucionarios que acompañaron a Lenin fueron perseguidos, acusados ​​de traidores, juzgados y asesinados o asesinados durante el régimen de Stalin.
Considero que este libro es una crítica amarga de las cualidades de Lenin como persona, político y estadista. No es amistoso con el sistema comunista propuesto por Karl Marx. La descripción de los eventos históricos está respaldada por una extensa bibliografía, muchas notas y excelentes fotografías. Una gran cantidad de las páginas finales se dedica a discutir el significado del mantenimiento del cadáver embalsamado de Lenin en un mausoleo para la vista del público. El autor concluye que Lenin se convirtió en una momia irrelevante en este momento y en el futuro.

En abril de 1917, en plena Gran Guerra, el líder exiliado de los bolcheviques, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, viajó de regreso a Rusia en tren. Antes de finalizar el año, pasaría a ser el amo y señor de un nuevo estado revolucionario. El principal logro de Lenin fue convertir una serie de ideas que Karl Marx había esbozado en un documento cuarenta años antes en una ideología de gobierno. Creó un sistema soviético que llevaría las riendas de un país en nombre de la clase trabajadora, estableciendo la redistribución de la riqueza y promoviendo diversas transformaciones igualmente radicales tanto en el campo de la cultura como en el de las relaciones sociales. El programa de Lenin ofrecía esperanza y dignidad a mucha gente humilde de su país, además de conceder una igualdad sin precedente a las mujeres. Entre los costes que ello supuso, figura una cantidad ingente de vidas humanas, empezando por las decenas de miles de personas que fueron asesinadas en vida de Lenin. Algunas murieron por el simple delito de sentirse dueñas de un par de lentes. A lo largo de las siete décadas de existencia de la Unión Soviética, el número de sus víctimas inocentes se elevaría a varios millones. Al mismo tiempo, su defensa práctica y fría de los desposeídos estableció el leninismo como el anteproyecto ideal para los partidos revolucionarios del mundo, desde China y Vietnam hasta el Caribe, pasando por el subcontinente indio. El punto de partida de todos estos fenómenos, desde el estado Soviético bisoño hasta la guerra fría a escala mundial, fue ese viaje trascendental en tiempos de la Gran Guerra.
Lenin amaba la música, especialmente las piezas para piano. Es un hecho en el que solían hacer hincapié todos los libros de texto en los relatos que hablaban de su debilidad por los niños y los gatos. Quiero encontrar al hombre con aquella energía arrolladora, fría e implacable. Puedo verlo ahora, deambulando por el cuarto, perdiendo la paciencia con las notas relajantes. Al igual que el ajedrez, al que también le gustaba jugar, la música lo distraía de su misión: la revolución. «No conozco nada que supere a la Appassionata —comentó en cierta ocasión—. Me gustaría escucharla todos los días. Pero no puedo oír música con tanta frecuencia. Afecta a los nervios, hace que quieras decir cosas bonitas y estúpidas y acariciar la cabeza a todo el mundo… No debes acariciar la cabeza de nadie; podrías acabar con la mano mordida. Has de pegar a la gente en la cabeza sin piedad alguna».

La prioridad principal de Buchanan era que Rusia no se retirara de la guerra. Durante las críticas semanas que estaban por venir, cada movimiento sería juzgado por lo que pudiera significar para la campaña de la primavera siguiente, cada nuevo ministro y cada huelga popular valorados en términos de moral militar. Y el panorama cambiaba realmente con mucha rapidez. Primero tuvo lugar la nueva sesión de la Duma, inaugurada el 1 de noviembre de 1916. El ambiente ya estaba muy caldeado, pero los discursos pronunciados en su apertura habrían causado sensación en cualquier época. Aunque no pudo hablarse de él (los periódicos, en protesta, dejaron en blanco el espacio destinado a su contenido), el ataque de Miliukov a la administración zarista no tardó en aparecer citado en todas partes.
En la cálida Londres, mientras empezaban a brotar los narcisos, el comandante y miembro del Parlamento David Davies, otro de los integrantes de la legación de Milner, entregaba su informe al Gabinete británico: «No se cree —decía Davies— que una sublevación popular pueda tener posibilidades de éxito. Lo que puede estallar es una revolución en palacio que desemboque en el derrocamiento del emperador y la emperatriz». El esfuerzo de guerra de Rusia no se vería perjudicado, pues era «probable que un hecho consumado sea aceptado pacíficamente por el país». Eso significaba que los Aliados iban a ganar la guerra; lo que importaba en aquellos momentos era decidir cuál debía ser el siguiente paso. Como advertía Davies, «no cabe la menor duda de que después del conflicto armado los alemanes se esforzarán al máximo para recuperar el dominio del comercio ruso que han perdido temporalmente, y será nuestra obligación hacer las debidas previsiones para desarrollar nuestro propio comercio, y para ejercer la suficiente influencia en los asuntos internos del país… El progreso del mundo depende en gran medida de que sepamos sembrar las ideas y principios británicos en suelo ruso».

Aunque a Lenin le gustaba Suiza, lo cierto es que había sido la guerra la responsable de que se hubiera establecido en este país. Antes de que comenzaran las hostilidades, él y su esposa habían estado viviendo en Poronin, una tranquila aldea del Imperio Austrohúngaro a los pies de los montes Tatra, en lo que actualmente es el sur de Polonia. Era prácticamente uno de los lugares más cercanos a la patria que podía encontrar un exiliado para vivir, pues Rusia se hallaba a poca distancia de allí, en dirección al norte. Yakov Fürstenberg, el hombre que tenía tantos contactos, había ayudado a Lenin y a Krúpskaya a encontrar un nuevo hogar en aquella localidad, encargándose también de prepararles todos los documentos necesarios. Otro amable camarada, Gueorgui Zinóviev, se había instalado muy cerca junto con su segunda esposa, Zina, lo que significaba que Lenin pudiera declarar que Poronin constituía el cuartel general del Departamento de Exteriores del Comité Central Bolchevique. Aunque estuvo viajando siempre mucho (el líder de un partido debía asistir a las reuniones importantes de la élite socialista de Europa).
En Petrogrado, el verdadero problema, exacerbado por una crisis de los transportes en las provincias, era la escasez de grano. Las reservas de trigo y de harina de la ciudad, ya muy mermadas, habían bajado más de un 30% en enero, dejando a una gran parte de la población sin nada de pan. Antes de la guerra, como informaba un agente de la Okhrana, una panadería podía vender diez mil panecillos a lo largo de una mañana, pero en aquellos momentos los ocho mil que producía en una jornada buena se vendían en menos de un par de horas. No era raro que una mujer que lograba hacerse con dos hogazas de pan se santiguara emocionada dando las gracias a Dios. «El resentimiento es peor entre las familias numerosas —informaba un agente a la policía secreta— en las que los niños se mueren de hambre…
Los bolcheviques de Petrogrado se superaron a sí mismos. Sukhanov se encontró con una estación cuyo andén principal resplandecía de rojo y oro. Las calles estaban adornadas con pancartas invocando la paz y la fraternidad, pidiendo justicia para las clases trabajadoras, y libertad y revolución para el mundo. Arcos triunfales se elevaban sobre la vía. En un extremo, en el lugar en el que se esperaba que el tren fuera a detenerse, aguardaba la banda, y había mujeres con grandes (y caros) ramos de flores. Los organizadores habían sabido incluso sacar provecho de lo tardío de la hora. En dos o tres sitios, comentaría Sukhanov, «las imponentes siluetas de unos carros blindados emergían entre la multitud. Y desde una de las calles adyacentes avanzó hasta la plaza, para luego cruzarla asustando a la multitud, un extraño monstruo: un enorme reflector que, de repente, proyectó en el vacío sin fondo de la oscuridad grandes pedazos de la ciudad viva, los tejados, los edificios de varios pisos, las columnas, los cables, los tranvías y las figuras humanas».
Lenin había logrado además mostrar parte de la paciencia que había defendido en su primer gran discurso. Había insistido en él en que los obreros debían estar bien informados y organizados y se había empeñado en conseguirlo, pasando los días y las noches en un pequeño cuarto en las oficinas del Pravda y elaborando millares de palabras. El periódico estaba en todas partes; parecía hablar directamente a los desheredados. Al mismo tiempo fue lanzada una publicación hermana, Soldatskaya Pravda, destinada a ser distribuida entre el ejército. «La mayoría de los soldados son campesinos —decía en la primera página—: Todas las propiedades rurales deben ser devueltas al pueblo. Todas las tierras del país deben pertenecer al pueblo… y para que puedan disponer de ellas como es debido, manteniendo al mismo tiempo el orden y protegiéndolas de cualquier menoscabo, los campesinos deben contar con el apoyo de los soldados… Nadie puede parar a la mayoría, si está bien organizada, si tiene conciencia de clase, y si está armada».
El tono y las palabras escogidas eran precisamente las adecuadas. El periódico tuvo un éxito enorme.

El culto de Lenin era una mentira flagrante. Simplificando todo lo que tenía de falso, reducía a su héroe a un santo de cartón piedra muy poco convincente, a una especie de Tío Vladímir de tebeo. Lenin era más y menos que eso a un tiempo; no había estatua, canción ni fiesta capaz de captar la ambición de su sueño, y por otra parte nadie podía borrar las manchas de sangre que la ejecución de ese sueño había provocado. Aquel querido tío había enviado a la muerte a decenas de miles de personas; el sistema que había creado era agobiante, cruel y estéril, un verdadero taller de décadas de tiranía. Y, sin embargo, su culto era todo lo que se interponía entre la gente y el miedo de esta al caos y a otra guerra civil. La idea de convertir su cadáver en una exhibición permanente fue desarrollándose lentamente a lo largo de varios años, pero en la década de 1930 su mausoleo y la momia encerrada en su interior se habían instalado en la Plaza Roja para quedarse.
Ese mausoleo era un insulto para los innumerables cadáveres que Lenin había eliminado, y no había excusa para conservar sus despojos dentro de él como no fuera para poner de manifiesto sin lugar a dudas que el monstruo efectivamente había muerto. Aunque Stalin era perfectamente capaz de formular esas ideas en privado, de cara al exterior explotó aquella momia como si fuera una reliquia sagrada. Las elevadas esperanzas de 1917 habían empezado a languidecer cuando Stalin llegó al poder; el culto a la muerte de Lenin volvió a potenciarlas invocando el fantasma de unas ideas que habían incendiado el mundo durante los años de la guerra. Un Lenin inmortal ponía en evidencia cualquier duda; su sepulcro recordaba a todo el mundo que los rusos eran los pioneros del progreso de la humanidad hacia el socialismo.
Ese culto sobrevivió sesenta años porque mantuvo intacto un estado en bancarrota. Lenin seguía muerto; pero siempre estaba ahí, al alcance de la mano, resultaba útil y era fiable. Porque mientras perdurara el imperio soviético, las estatuas de Lenin podrían ser objeto de burla, pero no serían nunca derribadas.

Pese a estar muerto, este Lenin resulta una presencia incómoda en la Rusia de Vladímir Putin, que es a su vez un artefacto cuya cubierta aceitosa oculta abismos insondables de podredumbre. El régimen actual sigue el ejemplo de los antiguos zares de Rusia. El presidente ha tomado prestadas muchas cosas del estilo pseudobizantino de los Romanov (los dorados, los uniformes, todos esos desfiles imperiales), y, como ellos, hace amplio uso de la Iglesia ultranacionalista de Rusia. En enero de 2016, tal vez para probar el deseo que tiene el público de deshacerse del carísimo cadáver expuesto en la Plaza Roja, Putin se atrevió a acusar a Lenin de socavar la unidad de Rusia —y, lo que es más importante, el férreo control de Rusia sobre Ucrania— fomentando la aparición de movimientos en pro de la autonomía nacional en el viejo imperio zarista. Ideas como esa, hizo saber Putin en un congreso científico, «pusieron una bomba atómica debajo de la casa que llamamos Rusia, hasta que esta finalmente se vino abajo». El alboroto provocado dio lugar a una retractación, y el secretario de Prensa de Putin tuvo que apresurarse a declarar que las palabras del presidente eran solo una «opinión personal». Tal vez resulte nocivo y tal vez cueste millones de rublos mantenerlo en forma, pero Lenin posee un carisma que sigue manteniendo hechizados a muchos rusos.
El problema, cosa que sucede con todos los lugares relacionados con Lenin, es que el número de visitantes ha disminuido enormemente desde 1991. El hundimiento del estado Soviético fue una mala noticia para la industria de la revolución en general, y además últimamente hay pocos rusos que tengan mucho tiempo que perder lejos de los comercios y las pantallas de los ordenadores. El museo del Pravda ya no figura en el programa de excursiones de las escuelas de Rusia, y la publicidad política negativa en la prensa extranjera ha hecho que en los últimos años desciendan también las visitas turísticas de gentes de otros países. Para salvar sus empleos, por no hablar de su legado, el personal del museo se ha visto obligado a adaptarse a las circunstancias.
En otro tiempo hubo otro Lenin que no era anodino ni estaba muerto. Ese hombre pertenece a la primavera de la esperanza, y fue la revolución lo que definió su vida. El único monumento vivo a Lenin es también uno de los primeros, obra de alguien que conoció al personaje real. La estatua se encuentra en el exterior de la estación de Finlandia de San Petersburgo y fue erigida en 1926, dos años después de la muerte del líder. Pese a su tamaño descomunal y a su peso monstruoso, este Lenin tiene toda la energía del original. Se yergue sobre la torreta de un carro armado, va calzado con unos zapatos suecos comprados, y mientras la mano izquierda agarra la solapa de su chaqueta de bronce, la derecha se levanta tendida hacia delante: un Lenin enfático, fuerte, siempre al mando.

The content of this book covers the revolutionary milestones that took place in Russia from February to October 1917 and culminated in the seizure of power by the Bolsheviks, the powerful political group led by Vladimir Lenin (1870-1924). These events included streets demonstrations and strikes led by workers unions and lower rank military personnel in the capital Saint Petersburg during the month of February that toppled the corrupt government of Tsar Nicholas II (1868-1918 ) ending in a single week the 300-year mandate of the Romanoff family. A Provisional Government presided by an Executive Committee supported by the Senate or Duma was established under the leadership of Alexander Kerensky (1881-1970). The Provisional Government allowed the return to Saint Petersburg of revolutionary exiles from Siberia, some European countries and America. The newly arrived Bolshevik luminaries included the group of Lenin and Gregory Zinoviev (1883-1936) of about thirty people, Leon Trotsky (1879-1940), Joseph Stalin (1878-1953), Lev Kamenev (1883-1936), and others.
Lenin and his comrades traveled in a railway car for a week in April from Zurich in Switzerland, through Germany, Sweden and Finland to St. Petersburg. The writer Catherine Merridale describes details of this trip as well as the political and economic support provided to the travelers by the government of Germany. During the First World War, for Germany signing a peace treaty with its Russian enemy became an immediate priority. Faced with failure of various diplomatic and family contacts, the German government decided to support revolutionary groups seeking the fall of the Tsarist regime and willing to sign the peace proposal. Lenin was the leader contacted to receive the financial help and propaganda necessary to carry out the revolution that made him the undisputed head of the Soviet government until his death.
Throughout the narration the reader learned details of the role played by individuals working for the English espionage service; English, French and German diplomatic corps and Russian revolutionaries of all kinds. It is a shame to read about the paradox of the fate of members of the Kerensky government who as exiles in France and the United States enjoyed all the privileges of a capitalist society. For their part, the revolutionaries who accompanied Lenin were persecuted, accused as traitors, trialed and killed or assassinated during Stalin’s regime.
I find this book a bitter criticism of Lenin’s qualities as a person, politician and statesman. It is unfriendly to the communist system proposed by Karl Marx. The description of the historical events is supported by an extensive bibliography, many notes and excellent photographs. A large number of the final pages is devoted to discussing the meaning of the maintenance of Lenin’s embalmed corpse in a mausoleum for public view. The author concludes that Lenin became a mummy irrelevant at the present time and in the future.

In April 1917, during the Great War, the exiled leader of the Bolsheviks, Vladimir Ilyich Ulyanov, Lenin, traveled back to Russia by train. Before the end of the year, he would become the master of a new revolutionary state. The main achievement of Lenin was to convert a series of ideas that Karl Marx had outlined in a document forty years earlier in a government ideology. He created a Soviet system that would take the reins of a country in the name of the working class, establishing the redistribution of wealth and promoting various equally radical transformations in the field of culture as well as in social relations. Lenin’s program offered hope and dignity to many humble people in his country, in addition to granting unprecedented equality to women. Among the costs that this entailed, there is an enormous amount of human lives, starting with the tens of thousands of people who were killed during Lenin’s life. Some died for the simple crime of feeling ownership of a pair of glasses. Throughout the seven decades of existence of the Soviet Union, the number of its innocent victims would rise to several million. At the same time, their practical and cold defense of the dispossessed established Leninism as the ideal blueprint for the revolutionary parties of the world, from China and Vietnam to the Caribbean, through the Indian subcontinent. The starting point of all these phenomena, from the fledgling Soviet state to the cold war on a world scale, was that transcendental journey at the time of the Great War.
Lenin loved music, especially piano pieces. It is a fact that all textbooks used to emphasize in stories that spoke of their weakness for children and cats. I want to find the man with that overwhelming, cold and implacable energy. I can see it now, wandering around the room, losing patience with the relaxing notes. Like chess, which also liked to play, music distracted him from his mission: the revolution. “I know nothing that surpasses the Appassionata,” he remarked once. I would like to hear it every day. But I can not hear music so often. It affects the nerves, makes you want to say nice and stupid things and caresses the head of everyone … You should not caress anyone’s head; You could end up with your hand bitten. You have to hit people in the head without any mercy.

Buchanan’s main priority was for Russia not to withdraw from the war. During the critical weeks that were to come, each movement would be judged by what it might mean for the campaign the following spring, each new minister and each popular strike valued in terms of military morale. And the picture really changed very quickly. First the new session of the Duma, inaugurated on November 1, 1916, took place. The atmosphere was already very hot, but the speeches delivered at its opening would have caused a sensation at any time. Although it could not be spoken of (the newspapers, in protest, they left blank the space destined to its content), the attack of Milyukov to the czarist administration did not take in appearing cited everywhere.
In the warm London, as the daffodils began to sprout, the commander and member of Parliament David Davies, another of the members of the Milner legation, delivered his report to the British Cabinet: “Do not believe,” said Davies, “that a popular uprising may have chances of success. What can explode is a revolution in the palace that leads to the overthrow of the emperor and the Empress. ” Russia’s war effort would not be harmed, since it was “likely that an accomplished fact will be accepted peacefully by the country.” That meant that the Allies were going to win the war; what mattered in those moments was to decide what should be the next step. As Davies warned, “there is no doubt that after the armed conflict the Germans will make every effort to regain control of the Russian trade they have temporarily lost, and it will be our obligation to make the proper provisions to develop our own trade, and for to exercise sufficient influence in the internal affairs of the country … The progress of the world depends to a large extent on our knowing how to sow British ideas and principles on Russian soil”.

Although Lenin liked Switzerland, the truth is that the war had been responsible for his establishment in this country. Before the hostilities began, he and his wife had been living in Poronin, a quiet village in the Austro-Hungarian Empire at the foot of the Tatra Mountains, in what is now southern Poland. It was practically one of the places closest to the homeland that an exile could find to live, because Russia was a short distance away, heading north. Yakov Fürstenberg, the man who had so many contacts, had helped Lenin and Krúpskaya to find a new home in that town, and was also responsible for preparing all the necessary documents. Another friendly comrade, Georgy Zinoviev, had settled very close together with his second wife, Zina, which meant that Lenin could declare that Poronin was the headquarters of the Foreign Department of the Bolshevik Central Committee. Although he was always traveling a lot (the leader of a party had to attend important meetings of the socialist elite of Europe).
In Petrograd, the real problem, exacerbated by a transportation crisis in the provinces, was the shortage of grain. The wheat and flour reserves of the city, already very depleted, had fallen more than 30% in January, leaving a large part of the population without any bread. Before the war, as reported by an agent of the Okhrana, a bakery could sell ten thousand rolls during a morning, but at that time the eight thousand that he produced on a good day were sold in less than a couple of hours. It was not uncommon for a woman who managed to get hold of two loaves of bread to cross herself excitedly thanking God. “Resentment is worse among large families,” an agent told the secret police, “in which children are starving …
The Bolsheviks of Petrograd overcame themselves. Sukhanov encountered a station whose main platform gleamed red and gold. The streets were adorned with placards invoking peace and fraternity, asking for justice for the working classes, and freedom and revolution for the world. Triumphal arches rose above the track. At one end, in the place where the train was expected to stop, the band waited, and there were women with large (and expensive) bouquets of flowers. The organizers had even known how to take advantage of the lateness of the hour. In two or three places, Sukhanov would comment, “the towering silhouettes of armored cars emerged from the crowd. And from one of the adjacent streets he advanced to the square, and then crossed it, scaring the crowd, a strange monster: a huge reflector that, suddenly, projected in the bottomless void of the darkness great pieces of the living city, the roofs , multi-storey buildings, columns, cables, trams and human figures ».
Lenin had also succeeded in showing part of the patience he had defended in his first great speech. He had insisted that the workers should be well-informed and organized and had endeavored to do so, spending the days and nights in a small room in the offices of Pravda and producing thousands of words. The newspaper was everywhere; He seemed to speak directly to the disinherited. At the same time, a sister publication, Soldatskaya Pravda, was launched, destined to be distributed among the army. “The majority of the soldiers are peasants,” he said on the first page. “All the rural properties must be returned to the people. All lands in the country must belong to the people … and so that they can dispose of them properly, while maintaining order and protecting them from any harm, the peasants must have the support of the soldiers … No one can stop the majority , if it is well organized, if it is class conscious, and if it is armed ».
The tone and the chosen words were precisely the right ones. The newspaper was a huge success.

The cult of Lenin was a flagrant lie. Simplifying everything he had false, reduced his hero to a very unconvincing papier-mache saint, a kind of Uncle Vladimir of comics. Lenin was more and less than that at the same time; there was no statue, song or party capable of capturing the ambition of his dream, and on the other hand no one could erase the bloodstains that the execution of that dream had caused. That dear uncle had sent tens of thousands of people to his death; the system he had created was oppressive, cruel and sterile, a true workshop of decades of tyranny. And yet, his cult was all that stood between the people and their fear of chaos and another civil war. The idea of ​​turning his corpse into a permanent exhibition was slowly developing over several years, but in the 1930s his mausoleum and the mummy enclosed inside had been installed in the Red Square to stay.
That mausoleum was an insult to the innumerable corpses that Lenin had eliminated, and there was no excuse for keeping his spoils inside him except to make it clear that the monster had indeed died. Although Stalin was perfectly capable of formulating these ideas in private, the mummy exploded outside as if it were a sacred relic. The high hopes of 1917 had begun to languish when Stalin came to power; the cult of Lenin’s death reinvigorated them, invoking the ghost of ideas that had set the world on fire during the war years. An immortal Lenin showed any doubt; his tomb reminded everyone that the Russians were the pioneers of humanity’s progress towards socialism.
That cult survived sixty years because it kept a bankrupt state intact. Lenin was still dead; but it was always there, within reach, useful and reliable. For as long as the Soviet empire lasted, the statues of Lenin could be mocked, but they would never be overthrown.

Despite being dead, this Lenin is an uncomfortable presence in the Russia of Vladimir Putin, which is in turn an artifact whose oily cover conceals unfathomable abysses of rottenness. The current regime follows the example of the old Russian tsars. The president has borrowed many things from the pseudo-Byzantine style of the Romanovs (the golds, the uniforms, all those imperial parades), and, like them, makes extensive use of the ultra-nationalist Church of Russia. In January 2016, perhaps to test the desire of the public to get rid of the expensive corpse exposed in Red Square, Putin dared to accuse Lenin of undermining the unity of Russia – and, more importantly, the iron Russia’s control over Ukraine – encouraging the emergence of movements for national autonomy in the old Czarist empire. Ideas like that, Putin told a scientific conference, “put an atomic bomb under the house we call Russia, until it finally collapsed.” The uproar provoked a retraction, and Putin’s press secretary had to rush to declare that the president’s words were only a “personal opinion.” It may be harmful and it may cost millions of rubles to keep it in shape, but Lenin has a charisma that keeps many Russians spellbound.
The problem, which happens with all the places related to Lenin, is that the number of visitors has greatly decreased since 1991. The collapse of the Soviet state was bad news for the revolution industry in general, and lately there are few Russians that they have a lot of time to lose away from shops and computer screens. The Pravda museum is no longer included in the excursion program of Russian schools, and negative political advertising in the foreign press has led to tourist visits by people from other countries in recent years. To save their jobs, not to mention their legacy, museum staff have been forced to adapt to the circumstances.
In another time there was another Lenin who was not anodyne nor was he dead. That man belongs to the spring of hope, and it was the revolution that defined his life. The only living monument to Lenin is also one of the first, the work of someone who knew the real character. The statue is located outside the station of Finland in St. Petersburg and was erected in 1926, two years after the death of the leader. Despite its enormous size and its monstrous weight, this Lenin has all the energy of the original. He stands on the turret of an armored car, is dressed in purchased Swedish shoes, and while the left hand grasps the lapel of his bronze jacket, the right rises forward: an emphatic, strong Lenin, always in command.

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