Historia De La España Medieval — José María Monsalvo Antón / History Of Medieval Spain by José María Montalvo Antón (spanish book edition)

Este libro es simplemente magnífico, los enlaces que dan a internet en los capítulos son un añadido más que interesante a lo que se debe añadir las fotos y sin duda de los mejores libros del tema a leer. La Historia de la España medieval recorre un largo lapso cronológico, que arranca en la Tardoantigüedad y llega hasta la época de los Reyes Católicos, abarcando así el período histórico desde el 400 al 1500 aproximadamente. Se han estructurado los capítulos más o menos temáticamente pero dentro de tres grandes ámbitos cronológicos, la Alta, la Plena y la Baja Edad Media. Con algunas matizaciones, eso sí. Por ejemplo, la época hispanovisigoda se considera etapa previa a la Alta Edad Media propiamente dicha. Mientras que el último capítulo, que es un complemento sobre la Edad Media a través de la arqueología, tampoco se corresponde, como es lógico, con una etapa determinada de la Edad Media. Y en cuanto a la historia de Al-Ándalus se ha estructurado en dos, y no tres, períodos, a diferencia de la compartimentación ternaria de los reinos y territorios cristianos.

El final del dominio imperial sobre Hispania fue un proceso progresivo y no un colapso inmediato. El comienzo del fin se inicia con la rebelión de Constantino III, quien desde Britania se alzó contra el emperador Honorio en 407, llegando a controlar la Galia. Su siguiente paso fue dominar Hispania, donde únicamente encontró la resistencia de dos parientes de Honorio, Dídimo y Veriniano, que trataron de defender la autoridad de la dinastía teodosiana reclutando un ejército privado. Una vez derrotados y ejecutados, Constante, hijo de Constantino III, intentó crear una administración imperial fiel al usurpador. Para este fin, contó con la colaboración del general Geroncio, quien poco después se enfrentó a Constantino y Constante, por lo que pactó con los vándalos, suevos y alanos, que ya se encontraban en Galia, su paso a Hispania en 409. Como consecuencia, los bárbaros, apoyados por grupos de honoriaci –tropas bárbaras aliadas e integradas en el ejército imperial que habían sustituido a las tropas auxiliares indígenas a la hora de defender los pasos pirenaicos–, saquearon la diocesis de Hispania. Comenzó así el lento deterioro de la autoridad imperial romana, mucho más abrupto en el tercio septentrional peninsular que en las regiones levantinas y la Tarraconense, espacios que parecen haberse mantenido bajo control de Rávena.
La ausencia de un poder imperial efectivo en parte de la península ibérica, sobre todo tras el fracaso de la usurpación de Constantino III, permitió que los bárbaros dispusieran de una gran libertad de movimientos.
Los pueblos bárbaros llegaron a un acuerdo en 411 para repartirse zonas de influencia en la península ibérica y evitar las tensiones: los vándalos asdingos y los suevos se situaron en el noroeste, los vándalos silingos en la Bética y los alanos en el centro peninsular. No obstante, la recuperación del poder imperial permitió el inicio de una ofensiva imperial protagonizada por los foederati visigodos. Tras el saqueo de Roma en 410 y la posterior muerte del rey Alarico, los visigodos se dirigieron a la Galia. A partir de 416, los visigodos vuelven a estar al servicio de Roma y entre 417 y 418, el rey Valia emprendió una serie de campañas que permitieron la aniquilación de los vándalos silingos y el arrinconamiento en el noroeste de Hispania de asdingos, suevos y alanos. De esta manera, el poder imperial volvió a disponer del control de buena parte de Hispania. A cambio de estos servicios, se instauró el reino visigodo de Tolosa, gracias a un foedus, un acuerdo mediante el cual el emperador Honorio permitía el asentamiento de los visigodos en el sur de la Galia, ejerciendo allí un dominio teóricamente dependiente de la corte de Rávena bajo la égida de su jefe. Para llevar a cabo el asentamiento, se aplicó el régimen de hospitalitas, mediante el cual los propietarios de la región compensaban la protección militar entregando a los guerreros acuartelados parte de sus bienes, las tercias.
A partir de esas campañas, se generó un nuevo e inestable statu quo en Hispania.
Uno de los aspectos que debe resaltarse del periodo que se abre es la efervescencia de los poderes locales. Una vez desaparecido el horizonte imperial, las aristocracias regionales se vuelcan hacia nuevos horizontes más locales. Buena parte de ellas se integraron en las redes políticas de los bárbaros; pero, dada la debilidad de estas, disponían de una considerable autonomía de acción, que en algunos puntos, como sucedió en gran parte de la Meseta del Duero, debió de ser casi total. Estas elites se convirtieron en el principal referente de poder, con redes propias al margen de cualquier autoridad central. Las informaciones del siglo VI son elocuentes al respecto. Tenemos ciudades que actúan de manera autónoma, y en la que los obispos desempeñaron un papel relevante, como Mérida o Córdoba. Pero también aparecen agrupaciones políticas peor definidas, asentadas sobre todo en el interior peninsular, designadas con nombres étnicos (sappos) y dirigidas por autoridades locales de muy diversa índole. La realidad de estas agrupaciones debió relacionarse en buena medida con la formación de nuevos centros de poder rurales, como los sitios de altura.
La llegada al poder de Leovigildo (569-586) representó un cambio de tendencia. El nuevo rey emprendió una decidida política de unificación a favor de los visigodos. Para ello, se lanzó a una serie de campañas contra aquellos poderes que no reconocían su autoridad. Conquistó Córdoba en 572, –en 573 derrotó a los sappos y tomó Sabaria (en la zona del río Sabor y sur de Zamora), en 574 tomó Amaya y venció a los cántabros, en 575 Aspidio, senior loci en los Montes Aragenses (posiblemente al sur de Orense), se rindió al rey visigodo, en 577 se hizo con el dominio de la Oróspeda (sierras de Cazorla y Segura), en 581 se hizo con el dominio parcial de Vasconia, donde estableció la ciudad de Victoriacum y en 585 conquistó el reino suevo. Como resultado, el territorio bajo dominio visigodo se dilató, ocupando casi toda Hispania. Al mismo tiempo el poder regio se fue reforzando, como lo demuestra la acuñación de moneda de oro con la efigie del rey, frente a las imitaciones imperiales.
Esta política tenía una vertiente ideológica: la unificación religiosa a favor del arrianismo.
La historia política del siglo VII está repleta de conspiraciones cortesanas, sublevaciones aristocráticas y deposiciones de reyes. Tales tensiones se han explicado como el reflejo de la pugna entre los esfuerzos de los reyes por consolidar un poder centralizado y las tendencias centrífugas de unas cada vez más poderosas aristocracias. Sin embargo, no puede hablarse de una oposición estructural entre monarquía y aristocracia: era imposible gobernar sin el apoyo de una aristocracia, a la que pertenecía el propio monarca. Pero tampoco la aristocracia podría conservar sus espacios de poder sin la existencia de una estructura política que la amparase. De hecho, ninguna sublevación pretendió sustituir la monarquía o generar nuevas estructuras estatales en determinadas regiones. El regionalismo de algunas zonas, como la Narbonense, respondería más bien a pugnas internas dentro del bloque dominante motivadas por la existencia de redes de poder aristocrático bien asentadas y consolidadas en dichas regiones. Por tanto, parece más adecuado hablar de un acusado faccionalismo, donde subsistían distintas redes políticas, sustentadas en el patronazgo y el clientelismo, que luchaban entre sí por dominar la institución monárquica.
San Isidoro de Sevilla, arzobispo de Sevilla entre 599 y 636, que en calidad de tal participó activamente en la vida política del reino visigodo. Pero lo más notable fue su actividad intelectual, donde destacó por sus conocimientos de griego y hebreo. Entre sus numerosas obras, destacan su De origine Gothorum y especialmente las Etimologías, en la que cada palabra es analizada a partir de su etimología, se define su significado y se dan ejemplos de su uso. Resulta muy interesante su Alabanza de España (De laude Spanie), con la que comienza su De origine Gothorum, en la que defiende la idea de unidad de todo el territorio hispánico (Spania) ahora defendida por la estirpe de los godos. Pero no fue el único obispo de talla intelectual, pues también puede citarse a Julián de Toledo, que en la segunda mitad del siglo VII escribió obras teológicas y cronísticas, además de ser un personaje destacado en la vida política por su cargo de arzobispo de la sedes regia.

La conquista árabe de África pivota primero sobre la conquista de Alejandría en 641 y la islamización de Egipto con la fundación de Fustat y la construcción del nuevo símbolo del poder, su mezquita, llamada de Amr en honor al conquistador y fundador; después Cartago 698 y la fundación de Kairouan en el 670 por Uqba b. Nafi y la erección de su mezquita, constituyen los hitos de la invasión, dominio e islamización, de la consolidación del poder islámico en África. Los bereberes cristianos, dirigidos notablemente por Kahina, resistieron vigorosamente, adueñándose de Kairuán del 683 al 686. El proceso de conquista que no de islamización se cierra con la conquista de Ceuta, Septem, en la otra punta de África en el 709, con lo que la antigua provincia de África se convirtió en Ifriquiya. La ocupación efectiva del territorio magrebí es inviable a las tropas árabes por su inferioridad numérica y la obvia carencia de mawlâ/mawâlî, los esclavos y clientes nativos, fiando la sumisión a la minoría militar árabe en pactos inestables con las tribus y en la lenta adquisición de esclavos.
El proceso de conversación fue caótico: según Ibn Jaldún, los bereberes apostataron hasta doce veces en setenta años, mientras que otros abrazaron el jariyismo como forma de resistencia, una forma de islam disidente, puritana e igualitaria, rebelde al califato damasceno. Entre tanto las poblaciones cristianas subsistieron manteniéndose obispados africanos en funcionamiento hasta el siglo X-XI cuando menos, en que todavía los papas nombraban obispos, dentro de las comunidades dimnîes afro-cristianas.
La conquista de Hispania por los musulmanes no es la mera prolongación de la de Mauritania Tingitana, sino el resultado de un proceso de reflujo y síntesis de fuerzas dispares que anidaban también en la Mauritania Cesariense y en la Numídia, con una preeminencia de grupos tribales beréberes y mucho más minoritario de afro-romanos latinizados y cristianizados que fluirán sobre el reino de Toledo.
La ocupación de Toledo se realiza sin utilizar la fuerza, la ciudad ha sido abandonada con su míticas riquezas, el obispo Oppas vuelve a aparecer como asesor de Târiq y este se persona como cabeza de la ocupación; previamente Córdoba asediada por Mugît ha sido conquistada y sus escasos defensores neutralizados entre la indiferencia popular. De la capital del reino han huido los notables hacia Amaya y Târiq les persigue dejando en la ciudad capturada una guarnición con gente suya, judíos y otros seguidores presumiblemente cristianos, procediendo de la misma manera que lo hiciera Mugît en Córdoba. El desafío de los invasores se reduce a desmantelar rápidamente las estructuras de poder visigodas, particularmente rodriguistas y capturarles el botín con que han huido.
En Córdoba capital y centro de poder del estado se reconstruye la Dâr al-imâra, palacio y alcázar real, cuya sola posesión legitimaba al poder, se reordenan y renuevan los zocos, se construye la Casa de Postas (supone organizar el servicio de correo e información del Emir, indispensble para el ejercicio de gobierno), se reconstruye y amplía la muralla cordobesa y el puente romano y sobre todo se empieza a erigir tras la compra del solar de la vieja catedral de San Vicente, lo que será la mezquita/masgid al-gâmi’. Tal fundación obra del poder, piedad y benevolencia del emir, es crucial para la legitimación de la dinastía y la mezquita de Córdoba será hasta su final el foco de sus preocupaciones, emblema viviente del poder de Dios y el reflejo de la dinastía omeya. Sus obras ocuparon entre el 785 y el 796 ya en vida de su hijo Hisâm y marcaron un canon constructivo que visualiza el poder de la dinastía/dawla Umawiya continuado fielmente hasta su final. De hecho, tres décadas después de la arribada a Almuñécar del Emigrado, la ideología dinástica omeya había arraigado de tal manera en Al-Ándalus, que se ha sublimado en una expresión plástica del poder omeya a través de la arquitectura que perdura por los tiempos como su mejor lenguaje político.
La existencia de la vecina Talavera surgirá como impresionante ciudad fortificada, cabeza de otras menores que entorno a Toledo rivaliza con ella, y que forjará un cordón militar bajo control emiral para poseer una base fiel a sus intereses y capitalizar las ricas vegas circundantes del Tajo. En este mismo contexto surge la temprana Qal’at ‘Abd Al-Salam, Alcalá de Henares, para proteger la rica vega del Henares y Jarama.
Entre el 797 y el 801 se suceden una serie de movimientos diplomáticos entre la corte asturiana, la carolingia y la cordobesa, así como una serie de sublevaciones entre Zaragoza, Huesca, Barcelona y Valencia; la razzia de Alfonso II contra Lisboa, la sublevación de Pamplona y finalmente la captura de Barcelona por Carlomagno en 801. Posiblemente se dio una coordinación entre estos movimientos, dada la relación creciente entre Asturias y la corte franca y la fuerte influencia de los emigrados hispanos en dicha corte, que mostraría una precoz madurez político-diplomática entre los hispano-godos.
La dinastía alimentada por cuatro títeres de la familia omeya subsistirá hasta 1031, Madīnat al-Zahrā’, la ciudad sueño, quemada y saqueada se sumerge en el olvido, Córdoba inicia su andadura desde la gloria a la mediocridad. Si pudiéramos culpar a alguien de algo, tal como muchos lo hicieron entonces, sería a los miles de beréberes traídos por Abi ‘Amir, gentes no integradas que no sentían el suelo que hollaban como propio. El déspota hāȳib optó por la única solución estratégica posible para superar el fraccionamiento y pactismo inestable de la sociedad tribal andalusí, como bien lo hizo el sultanato turco. El Victorioso no supo o no pudo manejar una base social tan explosiva y caleidoscópica como la andalusí. Legó un rompecabezas irresuelto por los siglos.

La llegada de los musulmanes a la Hispania visigoda en el año 711 y su conquista de todo el territorio peninsular tras la victoria de Guadalete trajo como consecuencia inmediata la desaparición del reino visigodo de Toledo. Esta conquista y la posterior ocupación del territorio fue desigual entre unas y otras zonas. Parece que su llegada al área cantábrica, en torno al 714, supuso, más que nada, la imposición de tributos a la vez que estas zonas recibían aportes de población huida desde otros lugares ocupados de manera más efectiva por los musulmanes.
Las primeras noticias de resistencia frente a los invasores las encontramos en las Crónicas asturianas (c. 883) y hablan del Oriente de Asturias, Primorias, y de un dignatario visigodo, Pelayo, refugiado en esa zona que supo aglutinar en torno suyo a un grupo de guerreros, fue elegido rey y se enfrentó a los musulmanes en la batalla de Covadonga (718 o 722).
La situación interna andalusí –revueltas beréberes, problemas en el emirato– unida a la despoblación del norte del Duero y posibles correrías de Alfonso I supuso que la zona al norte del Duero quedase vacía de poder y expuesta a frecuentes campañas y ataques protagonizados por los musulmanes. Aunque las Crónicas hablan de grandes conquistas militares protagonizadas por este rey, Alfonso I, que llegaron hasta la línea del Duero, parece evidente que no se repobló sino la franja cantábrica –Bardulias, Sopuerta, Carranza, Trasmiera, Liébana, Primorias y Galicia Marítima. A ellas se sumaron zonas de influencia asturiana extendidas hasta las cercanías de Pamplona.
La segunda mitad del siglo VIII consolidó a la dinastía heredera de Pelayo y reforzó sus posiciones políticas en el área asturiana. Alfonso II (791-842) trasladó la capital a Oviedo, ya con sede episcopal, y la dignificó con numerosas construcciones y la acumulación de un tesoro regio. Igualmente, adoptó las ceremonias, la cultura, el derecho y otras herencias visigodas como propias. Durante su reinado fue hallado el sepulcro del apóstol Santiago, protector del reino desde ese momento. Y no descuidó la política internacional. Asturias comenzó a ser conocida fuera de la península, estableciendo relaciones con otros reinos cristianos como el franco. En el terreno militar, pese a algunas victorias (Lutos, 794, Anceo, 821), la línea fronteriza permaneció casi inamovible, sobre todo debido a las numerosas aceifas protagonizadas desde el emirato cordobés que castigaron fundamentalmente a la zona de la Castilla primitiva, llegando a saquear Oviedo, la capital del reino, en dos ocasiones (794, 795).
Aprovechando esta situación de debilidad monárquica leonesa, los enfrentamientos entre pretendientes al trono apoyados por los magnates, el conde de Castilla, con sede en Lara, Fernán González, recibió su herencia y el apoyo del victorioso monarca leonés hacia el año 930. La independencia de Castilla era un hecho incontestable y en el año 944 el conde Fernán González se enfrentó al rey de León, que no pudo sino admitir la independencia política de Castilla. Esta independencia vino a confirmar el poder creciente de los magnates en el reino, paralelo a la debilidad monárquica. Los condes castellanos dominaban en estos momentos el valle del Duero, repoblando lugares como Roa, Haza, Clunia y Osma.
El reino de León se encontraba dividido en los denominados comissos o mandationes, demarcaciones de carácter territorial, gobernadas, en nombre del monarca, por los comites o potestates. También los obispos gobernaban en nombre de los reyes en sus sedes. E, igualmente, los magnates recibían amplias zonas para su repoblación y gobierno. Estas demarcaciones solían contar con castillos, que tenían la doble función de defensa frente a posibles ataques y de gobierno de su hinterland. Las inmunidades se habían generalizado desde el siglo X, siendo muy numerosas entre los dominios de la Iglesia, bien sedes episcopales, bien monasterios. Según se fue avanzando hacia el Sur, las zonas más norteñas fueron quedando en manos de linajes que se vincularon a territorios geográficos concretos, utilizando medios tanto legales como ilegales, como las usurpaciones.
El fuero de Castrojeriz fue otorgado por el conde de Castilla García Fernández en el año 974. Además de diferentes exenciones otorgadas a los vecinos del lugar este fuero es importante porque equipara jurídicamente a los villanos que vayan a la guerra armados como los caballeros, con estos. Aparece así regulada por vez primera la caballería villana.
El fuero de León, otorgado en 1017 por Alfonso V, no se refería, solamente, a la ciudad sino que era extensivo, en algunos de sus capítulos, a todo el territorio leonés. La Iglesia, la fiscalidad, la justicia, la delegación del rey en oficiales como los merinos, la servidumbre, etc. están presentes en él.
Las tradiciones que conforman el entramado legal castellano y leonés tienen un doble origen. Por un lado se aprecia la influencia visigoda, no solamente a través del Liber Iudiciorum, recopilado en el siglo VII, sino por variadas interpretaciones y fragmentos que llegaron al reino de la mano de los mozárabes. Por otro lado, y con gran peso, se encuentran las tradiciones y prácticas consuetudinarias, casi exclusivas en Castilla y muy importantes en la zona leonesa: la venganza de sangre, la responsabilidad colectiva de la comunidad en las multas judiciales, las fazañas o sentencias por albedrio –posteriores en su redacción pero de origen en estos momentos. La influencia de la costumbre en los fueros locales se irá poniendo, por escrito, ya en el siglo XI.
Todo el siglo IX se puede apreciar la existencia de ciertas familias condales que se sucedían hereditariamente en estas demarcaciones, denominadas condados catalanes, ya que la denominación de Cataluña no aparece como tal en la documentación hasta etapas posteriores. De entre estos linajes condales destacará uno, el de Wifredo el Velloso, que había conseguido aglutinar en torno suyo varios condados –Urgell, Cerdaña, Barcelona, Osona, Besalú y Gerona. A su muerte († 897) dividió estos entre sus hijos. Se había conseguido unificar en el mismo linaje buena parte de los condados y la unitariedad que en adelante tuvieron Barcelona, Vic y Gerona supuso el inicio de la unidad del resto. También hay que señalar que la situación interna del disgregado Imperio Carolingio favoreció una independencia de facto de los condes catalanes del poder franco.

La desestructuración y desaparición del poder político visigodo tras la invasión musulmana de la Península Ibérica en el 711 propició el desarrollo de una sociedad en la que el campesinado fue la fuerza productiva principal y una de las herramientas fundamentales en el proceso de colonización y repoblación del territorio. Junto al campesinado, una aristocracia que también se fue consolidando como grupo de poder a medida que el proceso de conquista y repoblación avanzó hacia el sur. Por tanto, estos siglos altomedievales estuvieron caracterizados por una sociedad rural estructurada en dos grupos antagónicos, aristocracia y campesinado, cuyas relaciones sociales estuvieron definidas fundamentalmente por un intento continuo de la aristocracia de agresión y sometimiento sobre el campesinado que condujo, lenta pero inexorablemente, a la implantación del feudalismo.
La conquista musulmana de la Península alteró profundamente la cultura y la vida hispánicas. Fue vista como algo traumático por la tradición historiográfica isidoriana. Ya se constata en la Crónica Mozárabe, escrita quizá por un toledano en 754. La islamización y la arabización se fueron imponiendo en los territorios andalusíes, aunque una y otra necesitaron varias generaciones para ser preponderantes en ellos y unas poco conocidas dosis de coerción. Hubo, no obstante, minorías cristianas que, como baluartes de la cultura hispanovisigoda en territorio de Al-Ándalus, empezaron a actuar desde el siglo IX como resistencia espiritual y cultural frente a la presión del poder musulmán, en esos momentos percibido como asfixiante e intolerante en sitios como Córdoba, Toledo y otras ciudades. El compromiso de los que son conocidos como «mártires voluntarios» les llevaba a hacer profesión de su fe.
Iglesias y, sobre todo, monasterios copan la producción cultural de la época. Por lo que respecta a contenidos intelectuales, San Isidoro fue la gran referencia de los siglos IX, X y parte del XI, la autoridad más respetada, en especial en los núcleos occidentales, al tiempo que la iglesia leonesa se consideró heredera de la de Toledo. La liturgia fue aquí la hispano-visigoda, que se ha llamado, aplicada al siglo X, «mozárabe», «hispana» o «toledana». Los núcleos pirenaicos se vieron más influidos por corrientes del reino franco, pero también en ellos perduró la influencia hispana anterior.
La producción escrita era extraordinariamente minoritaria desde el punto de vista de su extensión social. No se daba pie al afloramiento de las tradiciones folklóricas ni tampoco de los valores laicos. Se habla con razón para esta época de una cultura eclesiástica casi única, con todos los rasgos que ello supone: hecha por y para hombres de Iglesia, minoritaria, de contenidos clericales, eruditos y, en esta época, poco creativa en lo intelectual.
Los beatos contienen los temas del Apocalipsis, aunque también otros motivos de la iconografía bíblica. El fondo espiritual y teológico es acendradamente cristiano e hispánico, si bien el discurso estético de terror apocalíptico y atmósfera profética se impone rotundamente. Formalmente, los beatos, además de la propia impronta autóctona, incorporan influencias estilísticas andalusíes, carolingias e irlandesas. Pero los iluminadores con su arte supieron trasmitir a las escenas del Apocalipsis glosadas por Beato gran fuerza y dramatismo. Destaca la originalidad gráfica de las miniaturas, con una composición plana de los fondos, a menudo diseñados en bandas de colores planos, con cromatismo intenso y espeso. Incluyen paisajes irreales, oníricos y de fuerte carga alegórica, ya que todo es simbólico y no se reflejan escenas anecdóticas o cotidianas. Las figuras humanas son alineadas en un orden determinado, sin perspectiva, con gran hieratismo y con énfasis en ojos y manos, acentuándose la expresividad. El potente y genuino lenguaje visual de los beatos ha convertido estas obras en una de las grandes creaciones artísticas de la Edad Media latina.
El Año Mil coincidió en cambio, aunque no en todas partes, con una cierta apertura a corrientes procedentes de fuera de la Península. Se produjo un aumento de la peregrinación penitencial desde entonces. Que la peregrinación a ciertos lugares no carecía de impulso político lo prueba que Sancho III el Mayor peregrinó a Saint-Jean-d’Angely poco después de que sus monjes difundieran en 1016 la noticia del hallazgo de la cabeza de su santo patrón, San Juan Bautista, y sin duda lo hizo con un sentido primario de ver la reliquia, pero también con el propósito de abrir la vía a una posible influencia suya en Aquitania o de alianza con los gobernantes francos y con el clero cluniacense francés. Hacia 1025 Sancho III enviaba varios monjes a Cluny con el objeto de aprehender la experiencia monástica del abad Odilón en la célebre abadía e importar la experiencia a San Juan de la Peña y quizá a otros monasterios.

El triunfo de la Cristiandad sobre el Islam en los siglos XI-XIII, materializado en la gran expansión de los núcleos norteños, reforzó la orientación del proceso histórico de la España cristiana, vinculándolo más al de Europa; y sus distintos ámbitos, en particular el económico, experimentaron una evolución que, aunque marcada por matices propios, evidenció las mismas tendencias de crecimiento que el europeo y que suelen concretarse en: incremento demográfico, expansión agraria, renacimiento urbano y desarrollo de la actividad industrial y comercial.
La industria del metal era muy polifacética: desde orfebres que trabajaban metales preciosos, a herreros que fabricaban útiles agrícolas. La extracción del hierro se documenta primero en Cataluña (Castellar del Vallés, Canigó, Campodrón, Ripoll, Ribas de Fresser), después en tierras gallegas (Piedrafita) y castellanas (Montalbán y Riaza), si bien, a fines del siglo XIII destacaba la radicada en Vizcaya y Guipúzcoa, capaz de producir más de 8.000 quintales exportados por los puertos de Oyarzun, Orio y Segura, según las cuentas de Sancho IV de 1293. Y conectada a ella, la industria siderometalúrgica, con las fargas catalanas y, sobre todo, las ferrerías vascas.
Una de las industrias más activas fue la construcción, que se manifestó de manera evidente en el florecimiento urbano de gran cantidad de majestuosos edificios religiosos y civiles; aunque de sus oficios ha quedado poca información. Y no menos destacada fue la industria extractiva de la sal, condimento imprescindible para la alimentación humana y animal y uno de los productos de más temprana comercialización, muy reguladas ambas por los monarcas.
La duración de las ferias solía ser de dos semanas y su celebración anual, aunque algunas se desdoblaron en dos periodos de festividades litúrgicas, caso de la de Huesca. Otra fórmula fue la correlación de dos o más ferias, como en Daroca y Teruel, para cubrir todo el mes de septiembre. Esta complementariedad podía ampliarse hasta formar circuitos mercantiles de base regional, como la sucesión de ferias leridanas (Corbins, Reus, Valls y Montblanc) o las valencianas (San Mateo, Morella, Villarreal y Castellón).

Entre los siglos XI y XIII se asiste a un incremento del poder regio y de las instituciones centrales. En torno a la persona del rey unos pocos nobles de confianza solían ocupar en todos los reinos los oficios de lo que sería la ‘casa del rey’, tales como copero, repostero, camarero, despensero y otros acompañantes del monarca en su vida doméstica. Unos pocos oficiales ayudaban al rey en el gobierno del reino: el mayordomo se ocupaba normalmente de la custodia de los recursos fiscales y el alférez o armiger dirigía la hueste real. El canciller, cargo en manos de un alto dignatario eclesiástico, se ocupaba de custodiar y expedir los diplomas regios.
En Castilla y León, hasta mediados del siglo XIII y aun después, hay que distinguir, por un lado, entre las zonas al sur del Duero –zona de la Extremadura histórica– y submeseta Sur, donde la forma de organización predominante del realengo fue la de los concejos de villa y tierra, y, por otro lado, las viejas regiones al norte del Duero. En estas regiones del norte, a medida que se desnaturalizaron los antiguos alfoces regios con sus tenentes, merinos locales y sayones, se desarrollaron por encima de ellas circunscripciones más amplias y de corte jurisdiccional y político más que dominial. Poco antes de 1200 estarían en pleno proceso de formación estas nuevas merindades territoriales, llamadas «merindades menores» al estar encuadradas en unas pocas grandes Merindades Mayores. En cuanto a estas últimas podían ser llamadas Adelantamientos: con el tiempo, en el antiguo reino de León se formaron las grandes circunscripciones o adelantamientos de Galicia, de León y Asturias, mientras que en Castilla –separada de León entre 1157-1230– se creaba hacia 1170 la Merindad Mayor de Castilla, que abarcaba desde el Cantábrico al Duero. Esta gran circunscripción es bien conocida gracias al posterior Libro Becerro de las Behetrías –de mediados del siglo XIV–, según el cual la Merindad Mayor de Castilla incluía 19 merindades. De estas, 15 aparecen inventariadas y al redactarse el Becerro incluían 2.100 lugares: eran las de Cerrato, Infantado de Valladolid, Monzón, Campos, Carrión, Villadiego, Aguilar de Campoo, Liébana con Pernía, Saldaña, Asturias de Santillana, Castrojeriz, Candemuñó, Burgos con Ubierna, Castilla Vieja, Santo Domingo de Silos; además había otras pocas cuyo registro no se conserva, como ocurre con las merindades de Bureba, Montes de Oca y Rioja, Logroño y Allende Ebro, esta última referida al área de Álava. En estas merindades había muchos lugares, como decimos, pero hay que señalar que la mayoría de estos lugares en el XIII no eran ya de realengo, sino que pertenecían a otras formas señoriales, abadengo, solariego y behetría. También los reyes se sirvieron de castillos como sedes de estas merindades menores o centros territoriales nuevos, pero el papel de estos castillos era controlar un distrito más amplio que el de los viejos alfoces regios y en cuya circunscripción se desplegaban también los territorios concejiles. El realengo siguió disminuyendo y en toda la Merindad Mayor de Castilla, que era una de las áreas más señorializadas del reino, a mediados del siglo siguiente los lugares realengos no llegaban al 10%.
Cataluña territorialmente presenta una situación singular. Hay que tener en cuenta que la feudalización de la primera mitad del siglo XI había conducido a una privatización de las castellanías condales. En esta región, los condes gestionaban sus dominios mediante bayles o administradores, mientras que el territorio del condado contaba con delegados llamados veguers. La palabra veguer procede de vicarius, una figura altomedieval que representaba al conde en una determinada circunscripción. Las delegaciones de poder de los condes catalanes, con funciones militares y administrativas, fueron dando lugar a veguerías, es decir, distritos en que fue quedando subdividido el mapa de condados. El número fue cambiante, oscilando en torno a una veintena durante el siglo XIII. El veguer solía ser miembro de la nobleza, pero de sus estratos intermedios, por debajo de las familias que formaban los linajes condales y vizcondales catalanes.
Mientras en Cataluña la administración de los condados recaía en las veguerías, en el reino de Aragón actuaron las tenencias u honores, de forma semejante a Navarra, León y Castilla. Por encima de ellas se crearon distritos bajo merinos territoriales y, en el siglo XIII, sobrejunterías, con capacidad para imponerse a uniones locales o concejos mancomunados: Jaca, Huesca, Zaragoza, Tarazona, Teruel, Sobrarbe y Ribagorza, mientras que actuaban al sur las circunscripciones de Calatayud, Daroca y Albarracín.
En Navarra, en los siglos XI y XII ha podido documentarse una treintena de tenencias, casi todas de origen altomedieval.

A lo largo de los tres siglos que se extienden a partir del año 1000 se produjeron en la Península Ibérica una serie de cambios que influyeron notablemente en la sociedad de la época y que, al mismo tiempo, también resultaron fundamentales en la historia posterior de la Iglesia. Uno de los más relevantes consiste en la formación y consolidación de las estructuras eclesiásticas básicas, muchas de las cuales han perdurado hasta la actualidad.
La Iglesia salió de la Alta Edad Media recuperándose de siglos de grandes dificultades, aislada del contexto europeo –incluida Roma– y muy vinculada a la monarquía, que la favoreció con donaciones y la protegió, al tiempo que se apoyaba en ella y la utilizaba como soporte administrativo y para el control del espacio y de sus pobladores.
Cuando los reinos cristianos incorporaron enormes territorios, lo que tuvo lugar, sobre todo, entre el reinado de Alfonso VI y mediados del siglo XIII, fue necesario proceder a la reorganización del espacio. La consecuencia fue la restauración y creación de grandes instituciones –metrópolis, sedes episcopales– acompañada de un enorme esfuerzo de delimitación.
Toledo se encontró con la resistencia de los otros arzobispos peninsulares en su pretensión de ejercer como sede primada, sobre todo por parte de Braga desde el momento en que se afianzó la independencia de Portugal (1143). Braga, a su vez, tuvo que sufrir las presiones del arzobispo de Santiago que, aislado en el rincón noroccidental, pretendió controlar las sedes gallegas sufragáneas de la metrópoli bracarense que lo rodeaban, hasta que el propio Gelmírez obtuvo los obispados correspondientes a la antigua metrópoli de Mérida. Peor era la situación de Tarragona ya que las diócesis del norte de Cataluña se encontraban adscritas al arzobispado de Narbona mientras la propia metrópoli estaba en poder de los sarracenos; solo décadas más tarde, a mediados del siglo XII, pudieron los arzobispos asentarse en Tarragona.
La llegada de los monjes, acompañados de guerreros que constituían una especie de avanzadilla de la cruzada, se realizó, frecuentemente, a través del Camino de Santiago, y los poblados que se establecieron a lo largo de su trazado sirvieron también de asiento a otro tipo de elementos extranjeros, los artesanos y los mercaderes. Como proclama orgulloso el autor de la Crónica anónima de Sahagún: «ayuntáronse de todas las partes del vniberso burgueses de muchos e diuersos ofiçios, conbiene a sauer, herreros, carpinteros, xastres, pelliteros, çapateros, escutarios e omes enseñados en muchas e dibersas artes e ofiçios, e otrosí personas de diuersas e estrañas prouinçias e rreinos». La gran vía de peregrinación a Compostela facilitó, por tanto, la llegada de nuevas costumbres, de nuevas normas, de bienes y productos desconocidos hasta entonces, de sistemas de organización eclesiástica y hasta de ritos diferentes de los propios de la vieja tradición visigoda.
El Camino de Santiago tuvo importantes repercusiones tanto sociales como económicas y eclesiásticas, según han advertido repetidamente los medievalistas.
Este es el marco en que se produjo un giro fundamental de las estructuras eclesiásticas, que parte de la historiografía atribuyó al Concilio de Coyanza, sin percibir que este no fue más que uno de los instrumentos utilizados para llevar a cabo una reforma que se estaba gestando lentamente. Se puede advertir con facilidad que muchos de los problemas que se trataron en esa asamblea reaparecen insistentemente en textos posteriores, tanto de carácter conciliar como en documentos de otra índole, lo que muestra una vez más que las costumbres e instituciones arraigadas tardan en desaparecer.
El desarrollo de la reforma gregoriana en la Península Ibérica se produjo a lo largo de décadas, hasta alcanzar casi un siglo.
La reforma gregoriana plantea con nitidez el respeto de la línea del poder e insiste en la autoridad pontificia para trasladar y deponer obispos y abades. Esas normas fueron puestas en práctica, por ejemplo, en el citado concilio de Burgos de 1081, donde fue cambiado el abad de Sahagún por otro más fiel al movimiento gregoriano; hasta un prelado de Santiago, Diego Peláez, fue privado de su sede.
La reforma significó, además, la sumisión de los clérigos seculares al obispo correspondiente, la independencia frente a los poderes laicos y la condena a quienes se apoyaran en nobles contra la autoridad eclesiástica.
Menos delimitadas quedaron, por el contrario, las relaciones entre los obispos y los monasterios situados en su ámbito jurisdiccional, pues mantuvieron algunos puntos de tensión, sobre todo los referidos a los derechos de visita y corrección, así como a la titularidad sobre los diezmos. Frente al fortalecimiento episcopal se alzaba la tradicional vinculación de los cluniacenses con el papado y, por eso, los monasterios benedictinos mantuvieron un alto grado de independencia frente a los prelados.

Al-Ándalus, rota la legitimidad omeya se fragmenta. Su historia, su propia existencia, considerada una exótica anomalía en Europa, inicia una andadura larga y contradictoria de declive y resistencia que dejará profunda huella. La abolición del Califato omeya de Córdoba cierra un ciclo por la construcción de un estado centralizado y abre la de los principados, me resisto a llamarlos reinos taifas, dada la precariedad orgánica, legitimista e insolvencia de sus dirigentes.
Tres períodos de fractura inestable en decenas de pequeños principados o Taifas, tres intermedios que conocemos como las Invasiones Africanas, por ser tan extrañas a la realidad andalusí: Almorávides, Almohades y Benimerines, finalmente el epígono granadino, un resto fascinante culturalmente pero residual en el complejo político peninsular, prolongado artificialmente por la ineficiencia de Castilla.
Desde 1032 hasta 1492 transcurren 460 años que muestran cuán hondo había calado el Islam en la península, pues salvo momentos militarmente arrolladores (las dos primeras oleadas invasoras), Al-Ándalus había perdido frente a las sociedades militarizadas y fuertemente jerarquizadas del Norte la iniciativa, y estos reinos se habían dotado de una coartada ideológica (religiosa) tan sólida como la islámica. Por ello sorprende la resistencia en tan largo período de tiempo de una sociedad por lo general humilde y laboriosa, que se ubicaba en las antípodas culturales, sociológicas e ideológicas (religiosas) de los campesinos y villanos del Norte.
Se ha querido ver en la Alhambra y en general en la arquitectura islámica una pobreza de materiales, achacándolo a diferentes causas, craso error, la arquitectura elevada en el islam a compendio de las artes, trata como toda expresión artística de causar una sensación tanto en el espectador como en el usuario, es un arte escenográfico y como tal efectista, juega con la luz, con el cromatismo, con la forma, con el agua, con las plantas y los aromas. ¿Qué diferencia hay entre el Coliseo, la catedral de Santiago o la Alhambra?, ninguna. Aquellos quisieron encerrar la idea del imperio o de Dios en un cascarón aparentemente eterno de piedra, estos no, entendían lo fútil de la vida y la eternidad y ubicuidad de Dios que solo se alberga en nuestra mente y lo llena todo, por tanto la obra del hombre debe ser efímera. Madera y yeso.

Durante el siglo XV la centralización monárquica se vio reforzada. El Consejo Real se convirtió en órgano de gobierno fundamental, gozando de amplias competencias –gracia y merced, tenencias regias, franquicias, elaboración de normativas variadas, control de oficios regios, protección del realengo, provisión de oficios, asuntos militares, competencias en materia de hacienda, de justicia…– siempre ejercidas en nombre del monarca y controlado por los nobles, aunque había juristas entre sus componentes.
La Audiencia continuó, aunque reformada, como el principal órgano de justicia, con una composición cada vez más profesional entre sus miembros, lo que redundaba en su buen funcionamiento. En 1442 se estableció en Valladolid, donde se instaló también la cancillería, convirtiéndo a esta ciudad en una cuasi capital de la Corona.
La estabilidad del período es achacable, además de a algunos aciertos en política económica y a un estado de prosperidad general, a los amplísimos apoyos con que contaron los Reyes Católicos (título otorgado por el papa Alejandro VI en 1496). La alta nobleza vio respetados sus señoríos y privilegios; las oligarquías urbanas se vieron favorecidas, así como el desarrollo de sus políticas, frenando los conflictos internos a través de la institucionalización de los bandos y linajes urbanos. La mayoría de la población apreció cómo la justicia, la fiscalidad –no abusiva–, el gobierno, funcionaban correctamente y las demandas eran atendidas de manera más eficaz que anteriormente. La sensación general entre la población era la de que los reyes defendían a los débiles de los abusos de los poderosos.
Otras aportaciones, como la Inquisición (1478), la expulsión de los judíos (1492), la conquista de Granada (1492), tras una guerra que duró 10 años, fueron también bien vistas por la mayoría de sus súbditos. Eran instrumentos de propaganda, de unitariedad cultural y de unidad.

La Iglesia Peninsular comenzó la Baja Edad Media en una situación compleja, ya que las instituciones conservaban toda la solidez adquirida en los siglos anteriores, con la ventaja de que el paso del tiempo acabó por normalizar y reforzar los mecanismos y los vínculos establecidos con anterioridad, aunque nuevos y graves acontecimientos la afectarían profundamente.
Se manifiesta, desde luego, como una organización muy jerarquizada, desde el papa a los estamentos inferiores, con una división consolidada en obispados, bien articulados en arcedianatos y en arciprestazgos, así como con una compleja red de parroquias. Muestra, por tanto, un tejido institucional muy fuerte, regado por rentas abundantes procedentes del diezmo, que ya estaba plenamente establecido y regulado. El arcipreste de Hita, que ocupaba uno de esos puestos y que se manifiesta como buen conocedor de las instituciones eclesiásticas.
El cambio más significativo de la Baja Edad Media vino representado por la creación del arzobispado de Lisboa en 1393, iniciativa de la monarquía portuguesa apoyada por el papa de Roma, Bonifacio IX, que significó una reordenación de las diócesis sufragáneas de Braga y de Santiago para que el mapa eclesiástico coincidiera con el político. De esta manera las sedes gallegas de Tuy, Orense, Mondoñedo y Lugo, así como la de Astorga, que hasta ahora dependían de Braga, quedaban como sufragáneas de Santiago de Compostela, mientras esta perdió las portuguesas de Lamego, Guarda y Évora, que pasaron a la nueva metrópoli de Lisboa.
También se detectan denuncias por excesos y abusos cometidos por quienes conocían estas técnicas, así como por los encargados, precisamente, de aplicar las leyes. Hasta el punto de que se convirtió en un tópico de la literatura moral y de la sátira la denuncia contra los abogados que alargaban los pleitos para cobrar más dinero o de los jueces corruptos.
La alfabetización y el dominio de las técnicas de la escritura y de la contabilidad permitieron la formación de nuevos grupos sociales diferentes de los típicos de la sociedad feudal. Sin embargo, el interés por la formación intelectual se detecta también entre los bellatores y llega hasta la nobleza e incluso hasta los miembros de la familia real. Hay una propaganda a favor de los estudios entre quienes, por su origen familiar, estaban llamados a convertirse en líderes de la sociedad.
Conviene subrayar el desarrollo de instituciones docentes de ámbito municipal y particular que se detecta en esa época, impulsadas desde instancias diferentes: algunas fueron promovidas por clérigos, preocupados por elevar el nivel de formación de sus colegas; la misma reina Isabel también se interesó por la promoción de la cultura y, por su ejemplo, algunos nobles crearon academias cortesanas. Entre estas últimas se encuentran las promovidas por los Mendoza, los Álvarez de Toledo o los Zúñiga (Juan de Zúñiga, maestre de la orden de Alcántara, era considerado «amador de todas las ciencias y sabidor de ellas», y mantuvo entre sus protegidos a Nebrija y al astrólogo judío Abraham Zacut). Entre los Estudios municipales destacan casos como el de Cuéllar, centrado en las enseñanzas de gramática y de artes, con edificio propio y dos maestros remunerados con las rentas cedidas por un arcediano de la villa y con las de algún beneficio que se le debería unir; casos parecidos se encuentran en la Corona de Aragón.
Las universidades castellanas vivieron momentos de dificultades en la primera mitad del siglo XIV, sobre todo las de Valladolid y Alcalá de Henares, hasta el punto de que algunos autores consideran que necesitaron una especie de refundación. En Alcalá ese impulso se debe al cardenal Cisneros durante su pontificado en Toledo.
Hasta la única universidad que parecía realmente consolidada a comienzos del siglo XIV, la de Salamanca, tuvo entonces problemas económicos, ya que fue privada de las tercias que constituían su fuente de financiación. Tras unos años de dificultades, en que tuvo que acudir al cabildo y al concejo para sobrevivir, recuperó sus ingresos tradicionales y pudo consolidar su situación con el reconocimiento de mayores competencias para sus licenciados –consiguieron la licencia docendi incluso en París y en Bolonia.
Un papel fundamental en el Estudio salmantino de la Baja Edad Media lo desempeñó Pedro de Luna, autor de unas constituciones que luego revisó y amplió el papa Martín V. Con ellas se pretendía regular la actividad académica cotidiana, la integración de sus elementos fundamentales, estudiantes y profesores, y una división de competencias para evitar el monopolio por parte de cualquier cargo, órgano o institución.
En todo caso, la Universidad de Salamanca mantenía entonces una vinculación muy profunda con los canónigos: utilizaba como aulas y para las ceremonias universitarias diversas dependencias de la catedral, sobre todo del claustro, y una de las dignidades del cabildo, el maestrescuela, se convirtió en una figura central de la vida universitaria, ya que concedía los grados, guardaba la llave del arca y presidía el tribunal universitario. Los canónigos de Salamanca, y también los de otras catedrales castellano-leonesas, ocupaban la mayoría de los principales cargos y órganos de gobierno.

Las invasiones bárbaras supusieron la fragmentación política dentro del espacio anteriormente romano, lo que impidió el mantenimiento de esas extensas redes de propiedades. La progresiva regionalización de las aristocracias, que reorientaron sus miras hacia las nuevas cortes de los reyes bárbaros y las cátedras episcopales, favoreció que el sistema quebrase. A ello debieron sumarse dos factores más: la disminución de los contactos comerciales mediterráneos y el creciente desinterés de las aristocracias por el control de sus propiedades, por lo que se incrementó la capacidad de actuación autónoma de los campesinos. Todo ello se reflejaría en un nuevo tipo de ocupación, asociada a las comunidades campesinas. Pero también se levantaron algunos centros religiosos en estas villae, auténticos mausolea funerarios, que plasman una presencia aristocrática, como sucede en La Cocosa o en Villa Fortunatus (Fraga, Huesca). La datación de estos centros es todavía incierta, aunque parece que se trata de amortizaciones del siglo VI o posteriores, cuando las elites habían definitivamente reorientado sus horizontes hacia el mundo cristiano.
Sin embargo, el gran eje del mundo romano era la ciudad, la civitas. Durante los siglos III-IV, muchas de estas civitates (Astorga, León, Barcelona, Zaragoza, Mérida) se dotaron de impresionantes fortificaciones, utilizando una elaborada poliorcética. Sin embargo, su destino a partir del siglo V va a ser muy diferente. Las civitates continuaron siendo importantes focos de poder y el reino visigodo de Toledo tenía en ellas sus principales plataformas para ejercer la autoridad. Pero los datos invitan a pensar en un débil dominio sobre el mundo rural, a excepción de algunas grandes urbes, como Mérida, y de algunas regiones concretas, como ciertas partes de la Bética. La mayoría de los centros urbanos sufrieron una fuerte crisis que desembocó en un colapso interno que pudo llegar hasta un abandono casi total, como sucedió con Clunia (Coruña del Conde, Burgos) antigua capital del conventus cluniacensis. En otras ocasiones, este deterioro no fue tan radical, aunque se detecta la presencia de amplias zonas abandonadas o destinadas a huertos dentro del perímetro urbano, así como es frecuente la amortización de espacios públicos.
Se ha vinculado este proceso con la crisis de los grupos curiales, magistrados urbanos que debían responsabilizarse de una fiscalidad creciente, al tiempo que se encargaban con su propio peculio de hacer frente a los gastos del mantenimiento de las infraestructuras urbanas (evergetismo).
La supervivencia de muchas ciudades debe relacionarse con su carácter de sedes episcopales. Tal circunstancia se plasmó en una cristianización topográfica de esas urbes, cuyo polo principal se desplazó hacia los espacios de culto, muchos de los cuales estaban fuera de los recintos urbanos. Así sucedió en Valencia o Córdoba, mientras que en Mérida convivieron un centro relativamente bien estructurado con los nuevos polos cristianos. En otros casos, como Complutum, el nuevo polo cristiano está fuera del centro y en torno a él se distribuye una ciudad organizada en núcleos aislados entre sí. Todo ello revela un profundo cambio social, del que las ciudades son un reflejo, en la medida en que deben contemplarse como «argumentos en piedra», es decir, afirmaciones ideológicas sobre la forma en la que las sociedades se veían a sí mismas. En este caso, el hecho de que buena parte de esas nuevas elites fuese eclesiástica o que, aun siendo laica, se vinculase al patronazgo celestial de algún santo, permitió que surgiera una cristianización topográfica de las ciudades.

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The end of imperial rule over Hispania was a progressive process and not an immediate collapse. The beginning of the end begins with the rebellion of Constantino III, that from Britania rose against the emperor Honorio in 407, getting to control the Gaul. His next step was to dominate Hispania, where he found only the resistance of two relatives of Honorius, Didymus and Verinus, who tried to defend the authority of the Theodosian dynasty by recruiting a private army. Once defeated and executed, Constant, son of Constantino III, tried to create an imperial administration faithful to the usurper. For this purpose, it counted on the collaboration of General Geroncio, who shortly after faced Constantino and Constant, for what it agreed with the Vandals, Swabians and Alans, who were already in Gaul, his passage to Hispania in 409. As a consequence , the barbarians, supported by groups of honoriaci – barbarian troops allied and integrated in the imperial army that had replaced the indigenous auxiliary troops when defending the Pyrenean passages – plundered the diocese of Hispania. Thus began the slow deterioration of the Roman imperial authority, much more abrupt in the northern peninsular than in the Levantine regions and Tarraconense, spaces that seem to have remained under control of Ravenna.
The absence of an effective imperial power in part of the Iberian Peninsula, especially after the failure of the usurpation of Constantine III, allowed the barbarians to have a great freedom of movement.
The barbarian peoples came to an agreement in 411 to divide areas of influence in the Iberian peninsula and avoid tensions: the vandals Asdingos and the Suevi were located in the northwest, the slender Vandals in Betica and the Alans in the peninsular center. However, the recovery of imperial power allowed the start of an imperial offensive led by the Visigoth foederati. After the sack of Rome in 410 and the later death of King Alaric, the Visigoths went to Gaul. From 416, the Visigoths are again in the service of Rome and between 417 and 418, King Valia undertook a series of campaigns that allowed the annihilation of the silingos vandals and the cornering in the northwest of Hispania of Asdingos, Suevos and Alans . In this way, the imperial power again had control of much of Hispania. In exchange for these services, the Visigothic kingdom of Toulouse was established, thanks to a foedus, an agreement by which Emperor Honorio allowed the settlement of the Visigoths in southern Gaul, exercising a theoretically dependent domain of the court of Ravenna under the aegis of his boss. To carry out the settlement, the hospitalitas regime was applied, through which the owners of the region compensated for the military protection by giving the warriors quarters part of their property, the tercias.
From those campaigns, a new and unstable status quo was generated in Hispania.
One of the aspects that should be highlighted in the period that opens is the effervescence of local powers. Once the imperial horizon disappeared, the regional aristocracies turned to new, more local horizons. Many of them were integrated into the political networks of the barbarians; but, given the weakness of these, they had a considerable autonomy of action, which in some points, as happened in a large part of the Meseta del Duero, must have been almost total. These elites became the main reference for power, with their own networks outside any central authority. The information of the sixth century are eloquent in this regard. We have cities that act autonomously, and in which the bishops played an important role, such as Mérida or Córdoba. But there are also poorer political groups, based mainly in the peninsular interior, designated with ethnic names (sappos) and directed by local authorities of very diverse nature. The reality of these groups should relate to a large extent to the formation of new rural power centers, such as high-altitude sites.
The coming to power of Leovigildo (569-586) represented a change of trend. The new king undertook a determined policy of unification in favor of the Visigoths. For this, he launched a series of campaigns against those powers that did not recognize his authority. He conquered Córdoba in 572, in 573 he defeated the sappos and took Sabaria (in the area of ​​the Sabor River and south of Zamora), in 574 he took Amaya and defeated the Cantabrians, in 575 Aspidio, senior loci in the Aragenses Mountains (possibly to the south of Orense), surrendered to the Visigothic king, in 577 he took control of the Oróspeda (Cazorla and Segura mountain ranges), in 581 he took control of the Vasconia domain, where he established the city of Victoriacum and in 585 He conquered the Swabian kingdom. As a result, the territory under Visigothic rule expanded, occupying almost all of Hispania. At the same time the royal power was reinforced, as evidenced by the coinage of gold coin with the effigy of the king, against imperial imitations.
This policy had an ideological side: religious unification in favor of Arianism.
The political history of the seventh century is full of courtly conspiracies, aristocratic uprisings and depositions of kings. Such tensions have been explained as a reflection of the struggle between the efforts of kings to consolidate a centralized power and the centrifugal tendencies of increasingly powerful aristocracies. However, one can not speak of a structural opposition between monarchy and aristocracy: it was impossible to govern without the support of an aristocracy, to which the monarch himself belonged. But neither could the aristocracy preserve its power spaces without the existence of a political structure to protect it. In fact, no uprising was intended to replace the monarchy or generate new state structures in certain regions. The regionalism of some areas, such as Narbonense, would respond rather to internal struggles within the dominant bloc motivated by the existence of networks of aristocratic power well established and consolidated in these regions. Therefore, it seems more appropriate to speak of a defendant factionalism, where different political networks subsisted, based on patronage and clientelism, which fought each other to dominate the monarchical institution.
San Isidoro de Sevilla, archbishop of Seville between 599 and 636, who, as such, actively participated in the political life of the Visigothic kingdom. But most remarkable was his intellectual activity, where he stood out for his knowledge of Greek and Hebrew. Among his numerous works, his De origine Gothorum and especially the Etymologies stand out, in which each word is analyzed from its etymology, its meaning is defined and examples of its use are given. His Praise of Spain (De laude Spanie) is very interesting, with which he begins his De origine Gothorum, in which he defends the idea of ​​the unity of all the Spanish territory (Spania) now defended by the lineage of the Goths. But he was not the only bishop of intellectual stature, since Julián de Toledo can also be cited, who in the second half of the seventh century wrote theological and chronological works, as well as being a prominent figure in political life for his position as archbishop of the city royal headquarters.

The Arab conquest of Africa pivots first on the conquest of Alexandria in 641 and the Islamization of Egypt with the founding of Fustat and the construction of the new symbol of power, its mosque, called Amr in honor of the conqueror and founder; after Carthage 698 and the foundation of Kairouan in 670 by Uqba b. Nafi and the erection of his mosque, constitute the milestones of the invasion, domination and Islamization, of the consolidation of Islamic power in Africa. The Christian Berbers, led notably by Kahina, resisted vigorously, taking over Kairuán from 683 to 686. The process of conquest that did not lead to Islamization ended with the conquest of Ceuta, Septem, on the other side of Africa in 709, with the that the ancient province of Africa became Ifriquiya. The effective occupation of the Maghreb territory is unfeasible to the Arab troops due to their numerical inferiority and the obvious lack of mawlâ / mawâlî, the slaves and native clients, trusting the submission to the Arab military minority in unstable pacts with the tribes and in the slow acquisition of slaves.
The process of conversation was chaotic: according to Ibn Khaldun, the Berbers apostatized up to twelve times in seventy years, while others embraced jariyism as a form of resistance, a form of dissident, puritan and egalitarian Islam, rebellious to the Damascene caliphate. In the meantime the Christian populations subsisted, keeping African bishoprics in operation until the XI-XI century at least, when still the popes appointed bishops, within the Afro-Christian Dimnîes communities.
The conquest of Hispania by the Muslims is not the mere extension of that of Mauritania Tingitana, but the result of a process of reflux and synthesis of disparate forces that also nested in the Mauritania Cesariense and in the Numídia, with a preeminence of Berber tribal groups and much more minority of Latinized and Christianized Afro-Romans that will flow over the kingdom of Toledo.
The occupation of Toledo is carried out without using force, the city has been abandoned with its mythical riches, Bishop Oppas reappears as an advisor to Târiq and this person is the head of the occupation; previously Córdoba besieged by Mugît has been conquered and its few defenders neutralized among the popular indifference. From the capital of the kingdom the notables have fled towards Amaya and Tariq persecutes them, leaving in the captured city a garrison with his people, Jews and other presumably Christian followers, proceeding in the same way Mugît did in Córdoba. The challenge of the invaders is reduced to quickly dismantling the Visigothic power structures, particularly the Rodrigist ones, and capturing the booty with which they have fled.
In Córdoba, capital and center of power of the state, the Dâr al-imâra, royal palace and fortress, whose only possession legitimized power, is reconstructed and the souks are renewed, the Postas House is built (it is supposed to organize the mail service and information of the Emir, essential for the exercise of government), rebuilds and extends the wall of Cordoba and the Roman bridge and especially begins to be erected after the purchase of the site of the old cathedral of San Vicente, what will be the mosque / masjid al-gâmi ‘. Such foundation work of power, piety and benevolence of the emir, is crucial for the legitimacy of the dynasty and the mosque of Cordoba will be to the end the focus of their concerns, living emblem of the power of God and the reflection of the Umayyad dynasty. His works occupied between 785 and 796 already in the lifetime of his son Hisâm and marked a constructive canon that visualizes the power of the dynasty / dawla Umawiya faithfully continued to its end. In fact, three decades after the arrival to Almuñécar del Emigrado, the Umayyad dynastic ideology had taken root in such a way in Al-Andalus, which has been sublimated in a plastic expression of Umayyad power through the architecture that endures for the times as your best political language.
The existence of the neighboring Talavera will emerge as an impressive fortified city, head of other minors that surround Toledo, and that will forge a military cordon under emiral control to possess a base faithful to its interests and capitalize the rich surrounding valleys of the Tagus. In this same context emerges the early Qal’at ‘Abd Al-Salam, Alcalá de Henares, to protect the rich fertile plain of Henares and Jarama.
Between 797 and 801, a series of diplomatic movements took place between the Asturian, Carolingian and Cordoba courts, as well as a series of uprisings between Zaragoza, Huesca, Barcelona and Valencia; the raid of Alfonso II against Lisbon, the uprising in Pamplona and finally the capture of Barcelona by Charlemagne in 801. There was possibly a coordination between these movements, given the growing relationship between Asturias and the Frankish court and the strong influence of Hispanic emigres in that court, which would show an early political-diplomatic maturity among the Spanish-Goths.
The dynasty fed by four puppets of the Umayyad family will subsist until 1031, Madīnat al-Zahrā ‘, the dream city, burned and plundered plunges into oblivion, Cordoba begins its journey from glory to mediocrity. If we could blame someone for something, as many did then, it would be to the thousands of Berbers brought by Abi ‘Amir, unintegrated people who did not feel the ground they were treading as their own. The Hāȳib despot chose the only possible strategic solution to overcome the fragmentation and unstable pactism of the Andalusian tribal society, as the Turkish Sultanate did. The Victorious did not know or could not handle a social base as explosive and kaleidoscopic as the Andalusi. He left a puzzle unresolved for centuries.

The arrival of the Muslims to Hispania Visigothic in the year 711 and its conquest of the entire peninsular territory after the victory of Guadalete brought the immediate consequence of the disappearance of the Visigothic kingdom of Toledo. This conquest and the subsequent occupation of the territory was unequal between the two zones. It seems that his arrival in the Cantabrian area, around 714, meant, more than anything, the imposition of tributes at the same time that these areas received contributions of population flee from other places occupied more effectively by Muslims.
The first news of resistance against the invaders can be found in the Asturian Chronicles (c.883) and speak of the East of Asturias, Primorias, and a Visigothic dignitary, Pelayo, a refugee in that area who knew how to agglutinate a group around him of warriors, he was elected king and faced the Muslims at the Battle of Covadonga (718 or 722).
The internal situation of Andalusia -reverse Berber, problems in the emirate- together with the depopulation of the north of the Duero and possible incursions of Alfonso I meant that the area north of the Duero was empty of power and exposed to frequent campaigns and attacks carried out by Muslims . Although the Chronicles speak of great military conquests led by this king, Alfonso I, who reached the line of the Duero, it seems evident that the Cantabrian fringe was not repopulated -Bardulias, Sopuerta, Carranza, Trasmiera, Liébana, Primorias and Maritime Galicia. They were joined by areas of Asturian influence extended to the outskirts of Pamplona.
The second half of the 8th century consolidated the Pelayo inheriting dynasty and reinforced its political positions in the Asturian area. Alfonso II (791-842) moved the capital to Oviedo, already with episcopal headquarters, and dignified it with numerous buildings and the accumulation of a royal treasure. He also adopted the ceremonies, culture, law and other Visigothic inheritances as his own. During his reign was found the tomb of the apostle Santiago, protector of the kingdom from that moment. And he did not neglect international politics. Asturias began to be known outside the peninsula, establishing relationships with other Christian kingdoms such as the franc. In the military field, despite some victories (Lutos, 794, Anceo, 821), the border line remained almost immovable, mainly due to the numerous aceifas carried out from the Cordovan emirate that punished fundamentally the area of ​​the primitive Castile, arriving to loot Oviedo, the capital of the kingdom, twice (794, 795).
Taking advantage of this situation of Leonese monarchical weakness, the confrontations between pretenders to the throne supported by the magnates, the Earl of Castile, based in Lara, Fernán González, received his inheritance and the support of the victorious monarch from León towards the year 930. The independence of Castile was an incontestable fact and in the year 944 the count Fernán González faced the king of Leon, who could not but admit the political independence of Castile. This independence came to confirm the growing power of the magnates in the kingdom, parallel to the monarchical weakness. The Castilian counts now dominated the Douro valley, repopulating places such as Roa, Haza, Clunia and Osma.
The kingdom of León was divided into the so-called comissos or mandationes, demarcations of territorial character, governed, on behalf of the monarch, by the committees or potestates. Also the bishops ruled in the name of the kings in their sees. And, likewise, the magnates received large areas for their repopulation and government. These demarcations used to have castles, which had the dual function of defending against possible attacks and governing their hinterland. The immunities had been generalized since the tenth century, being very numerous among the domains of the Church, either Episcopal sees, or monasteries. As it progressed towards the South, the most northern areas were left in the hands of lineages that were linked to specific geographical territories, using both legal and illegal means, such as usurpations.
The jurisdiction of Castrojeriz was granted by the Count of Castilla García Fernández in the year 974. In addition to different exemptions granted to the residents of the place, this jurisdiction is important because it legally equates the villains who go to war armed as the knights, with these . Thus, the villainous cavalry is regulated for the first time.
The jurisdiction of Leon, granted in 1017 by Alfonso V, did not refer, only, to the city but was extensive, in some of its chapters, to the entire territory of León. The Church, taxation, justice, the delegation of the king in officers such as merinos, serfdom, etc. they are present in him.
The traditions that make up the Castilian and Leonese legal framework have a double origin. On the one hand, the Visigothic influence can be seen, not only through the Liber Iudiciorum, compiled in the seventh century, but also through various interpretations and fragments that came to the kingdom at the hand of the Mozarabs. On the other hand, and with great weight, are the traditions and customary practices, almost exclusive in Castile and very important in the Leon area: revenge of blood, the collective responsibility of the community in judicial fines, fazañas or judgments by albedrio -posterior in its writing but of origin at the moment. The influence of custom in local fueros will be put, in writing, as early as the eleventh century.
Throughout the ninth century we can see the existence of certain families condales that followed hereditarily in these demarcations, called Catalan counties, since the name of Catalonia does not appear as such in the documentation until later stages. Among these lineages condales stand out one, that of Wifredo the Hairy, who had managed to agglutinate around him several counties -Urgell, Cerdanya, Barcelona, ​​Osona, Besalú and Gerona. At his death († 897) he divided these among his children. It had managed to unify in the same lineage a good part of the counties and the unitariness that in future had Barcelona, ​​Vic and Gerona supposed the beginning of the unit of the rest. It should also be noted that the internal situation of the disintegrated Carolingian Empire favored a de facto independence of the Catalan counts of Frankish power.

The destructuring and disappearance of Visigothic political power after the Muslim invasion of the Iberian Peninsula in 711 led to the development of a society in which the peasantry was the main productive force and one of the fundamental tools in the process of colonization and repopulation of the territory . Along with the peasantry, an aristocracy that was also consolidated as a power group as the process of conquest and repopulation progressed to the south. Therefore, these early medieval centuries were characterized by a rural society structured in two antagonistic groups, aristocracy and peasantry, whose social relations were defined fundamentally by a continuous attempt of the aristocracy of aggression and subjugation on the peasantry that led, slowly but inexorably, to the implantation of feudalism.
The Muslim conquest of the Peninsula profoundly altered the Hispanic culture and life. It was seen as traumatic by the Isidorian historiographical tradition. It can already be seen in the Mozárabe Chronicle, written perhaps by a Toledo in 754. Islamization and Arabization were imposed in the Andalusian territories, although both needed several generations to be preponderant in them and a little known dose of coercion. There were, however, Christian minorities that, as bastions of the Hispano-Visigothic culture in the territory of Al-Andalus, began to act since the 9th century as spiritual and cultural resistance against the pressure of Muslim power, at that time perceived as asphyxiating and intolerant in places like Córdoba, Toledo and other cities. The commitment of those who are known as “voluntary martyrs” led them to make a profession of their faith.
Churches and, above all, monasteries cover the cultural production of the time. With regard to intellectual content, San Isidoro was the great reference of the ninth, tenth and eleventh centuries, the most respected authority, especially in the western nuclei, while the Leonese church was considered the heir of Toledo . The liturgy was here the Hispanic-Visigothic, which has been called, applied to the tenth century, “Mozarabic”, “Hispanic” or “Toledo”. The Pyrenean nuclei were more influenced by currents of the Frankish kingdom, but also in them the previous Hispanic influence lasted.
The written production was extraordinarily minority from the point of view of its social extension. The outcrop of folkloric traditions and secular values ​​did not arise. One speaks with reason for this era of an almost unique ecclesiastical culture, with all the features that it implies: made by and for men of the Church, minority, clerical contents, scholars and, at this time, little creative in the intellectual.
Blesseds contain the themes of the Apocalypse, but also other motifs of biblical iconography. The spiritual and theological background is thoroughly Christian and Hispanic, although the aesthetic discourse of apocalyptic terror and prophetic atmosphere is emphatically imposed. Formally, the blessed, in addition to the own native imprint, incorporate Andalusian, Carolingian and Irish stylistic influences. But the illuminators with their art knew how to transmit to the scenes of the Apocalypse glossed by Blessed great strength and drama. It emphasizes the graphic originality of the miniatures, with a flat composition of the backgrounds, often designed in bands of flat colors, with intense and thick chromatism. They include unreal, oneiric and strongly allegorical landscapes, since everything is symbolic and anecdotal or everyday scenes are not reflected. Human figures are aligned in a certain order, without perspective, with great hieratic and with emphasis on eyes and hands, accentuating the expressiveness. The powerful and genuine visual language of the blessed has turned these works into one of the great artistic creations of the Latin Middle Ages.
The Year Mil coincided on the other hand, although not everywhere, with a certain opening to currents coming from outside the Peninsula. There was an increase in the penitential pilgrimage since then. That the pilgrimage to certain places was not without political impulse proves that Sancho III the Elder pilgrimage to Saint-Jean-d’Angely shortly after his monks spread in 1016 the news of the finding of the head of his patron saint, San Juan Baptist, and undoubtedly he did it with a primary sense of seeing the relic, but also with the purpose of opening the way to a possible influence of his in Aquitaine or of alliance with the Frankish rulers and the French Cluniac clergy. Towards 1025 Sancho III sent several monks to Cluny in order to apprehend the monastic experience of Abbot Odilón in the famous abbey and import the experience to San Juan de la Peña and perhaps to other monasteries.

The triumph of Christianity over Islam in the XI-XIII centuries, materialized in the great expansion of the northern nuclei, reinforced the orientation of the historical process of Christian Spain, linking it more to that of Europe; and its different areas, particularly the economic one, experienced an evolution that, although marked by its own nuances, showed the same growth trends as the European one and that usually materialize in: demographic increase, agrarian expansion, urban rebirth and development of industrial activity and commercial.
The metal industry was very versatile: from goldsmiths who worked precious metals, to blacksmiths who made agricultural tools. The extraction of iron is documented first in Catalonia (Castellar del Valles, Canigó, Campodrón, Ripoll, Ribas de Fresser), then in Galician (Piedrafita) and Castilian (Montalbán and Riaza), although, at the end of the 13th century, located in Vizcaya and Guipúzcoa, capable of producing more than 8,000 quintals exported by the ports of Oyarzun, Orio and Segura, according to the accounts of Sancho IV of 1293. And connected to it, the iron and steel industry, with the Catalan fargas and, above all , the Basque forges.
One of the most active industries was construction, which manifested itself in an evident way in the urban flourishing of a large number of majestic religious and civil buildings; although little information has been left of their offices. And no less outstanding was the extractive industry of salt, essential condiment for human and animal food and one of the products of earlier commercialization, very regulated both by the monarchs.
The duration of the fairs used to be two weeks and its annual celebration, although some were divided into two periods of liturgical festivities, in the case of Huesca. Another formula was the correlation of two or more fairs, as in Daroca and Teruel, to cover the entire month of September. This complementarity could be extended to form commercial circuits of regional basis, such as the succession of fairs from Lleida (Corbins, Reus, Valls and Montblanc) or the Valencian ones (San Mateo, Morella, Villarreal and Castellón).

Between the 11th and 13th centuries there is an increase in royal power and central institutions. Around the person of the king a few trusted nobles used to occupy in all kingdoms the offices of what would be the ‘king’s house’, such as cupbearer, pastry chef, waiter, steward and other companions of the monarch in his domestic life. A few officers helped the king in the government of the kingdom: the steward usually took care of the custody of fiscal resources and the lieutenant or armiger directed the royal host. The chancellor, in charge of a high ecclesiastical dignitary, was in charge of guarding and issuing the royal diplomas.
In Castile and Leon, until the middle of the 13th century and even after, it is necessary to distinguish, on the one hand, between the areas south of the Duero -zone of the historic Extremadura- and the South sub-plateau, where the dominant form of organization of the realengo was the of the councils of town and land, and, on the other hand, the old regions north of the Duero. In these regions of the north, as the ancient royal alfoces with their tenentes, local merinos and sayones were denaturalized, larger circumscriptions of jurisdictional and political rather than dominial nature were developed above them. Shortly before 1200 they would be in the process of formation these new territorial merindades, called “minor merindades” to be framed in a few major major Merindades. As for the latter, they could be called Adelantamientos: over time, in the ancient kingdom of León the great circumscriptions or overtakings of Galicia, León and Asturias were formed, while in Castile, separated from León between 1157-1230, towards 1170 the Greater Merindad of Castile, that included from the Cantabrian to the Duero. This great circumscription is well known thanks to the later Book Becerro de las Behetrías-mid-fourteenth century, according to which the Merindad Mayor de Castilla included 19 merindades. Of these, 15 are inventoried and when the Calf was written, they included 2,100 places: Cerrato, Infantado de Valladolid, Monzón, Campos, Carrión, Villadiego, Aguilar de Campoo, Liébana with Pernía, Saldaña, Asturias de Santillana, Castrojeriz, Candemuñó, Burgos with Ubierna, Old Castile, Santo Domingo de Silos; in addition there were other few whose registry is not conserved, as it happens with the merits of Bureba, Montes de Oca and Rioja, Logroño and Allende Ebro, the latter referred to the Álava area. In these merindades there were many places, as we say, but it must be noted that most of these places in the XIII were no longer realengo, but belonged to other manorial forms, abadengo, solariego and behetry. The kings also used castles as the headquarters of these minor minorities or new territorial centers, but the role of these castles was to control a larger district than that of the old royal fountains and in whose circumscription the council territories were also deployed. The realengo continued to decline and throughout the Greater Merindad of Castile, which was one of the most noble areas of the kingdom, by the middle of the next century the real places did not reach 10%.
Catalonia territorially presents a unique situation. It must be borne in mind that the feudalization of the first half of the eleventh century had led to a privatization of the condal castellanías. In this region, the counts managed their domains through bayles or administrators, while the territory of the county had delegates called veguers. The word veguer comes from vicarius, an early medieval figure who represented the count in a certain circumscription. The delegations of power of the Catalan counts, with military and administrative functions, were giving rise to veguerías, that is to say, districts in which the map of counties was being subdivided. The number was changing, oscillating around twenty during the thirteenth century. The veguer used to be a member of the nobility, but of its intermediate strata, below the families that formed the Catalan counties and vizcondales lineages.
While in Catalonia the administration of the counties fell to the veguerías, in the kingdom of Aragón they acted the tenures or honors, of similar form to Navarre, Leon and Castile. Above them districts were created under territorial merinos and, in century XIII, sobrejunterías, with capacity to prevail to local unions or joint councils: Jaca, Huesca, Saragossa, Tarazona, Teruel, Sobrarbe and Ribagorza, whereas they acted to the south circumscriptions of Calatayud, Daroca and Albarracín.
In Navarre, in the 11th and 12th centuries, some thirty holdings, almost all of the Early Middle Ages, were documented.

Throughout the three centuries that extend from year 1000 a series of changes took place in the Iberian Peninsula that influenced notably the society of the time and that, at the same time, also they were fundamental in the later history of the Church. One of the most relevant is the formation and consolidation of basic ecclesiastical structures, many of which have lasted to the present.
The Church left the High Middle Ages recovering from centuries of great difficulties, isolated from the European context -including Rome- and closely linked to the monarchy, which favored it with donations and protected it, while leaning on it and using it as administrative support and for the control of the space and its inhabitants.
When the Christian kingdoms incorporated enormous territories, which took place, above all, between the reign of Alfonso VI and the mid-thirteenth century, it was necessary to proceed to the reorganization of the space. The consequence was the restoration and creation of large institutions – metropolises, episcopal sees – accompanied by an enormous delimitation effort.
Toledo met with the resistance of the other peninsular archbishops in his pretension to exercise as a primacy, especially on the part of Braga from the moment in which the independence of Portugal was strengthened (1143). Braga, in turn, had to suffer the pressures of the archbishop of Santiago who, isolated in the north-western corner, tried to control the Galician suffragan seats of the metropolis surrounding it, until Gelmírez himself obtained the bishoprics corresponding to the old metropolis of Merida. Worse was the situation in Tarragona since the dioceses of northern Catalonia were attached to the archbishopric of Narbonne while the metropolis itself was held by the Saracens; only decades later, in the middle of the 12th century, the archbishops were able to settle in Tarragona.
The arrival of the monks, accompanied by warriors who were a sort of advance of the crusade, was often made through the Camino de Santiago, and the settlements that were established along its route also served as a seat to another type of foreign elements, artisans and merchants. As the author of the Anonymous Chronicle of Sahagún proudly proclaims: “they were assembled from all parts of the bourgeois public of many and different offices, with sauer, blacksmiths, carpenters, xastres, (tailors) pelliteros, çapateros, escutarios and omes taught in many ebberous arts. and ofiçios, and other persons of diuersas and estrana prouinçias e rreinos ». The great route of pilgrimage to Compostela facilitated, therefore, the arrival of new customs, new norms, goods and products unknown until then, systems of ecclesiastical organization and even rites different from those of the old Visigothic tradition.
The Camino de Santiago had important social, economic and ecclesiastical repercussions, as the medievalists have repeatedly warned.
This is the framework in which there was a fundamental shift of ecclesiastical structures, which part of the historiography attributed to the Council of Coyanza, without perceiving that this was only one of the instruments used to carry out a reform that was brewing slowly. It can easily be seen that many of the problems dealt with in that assembly reappear insistently in subsequent texts, both of a conciliar nature and in documents of another nature, which shows once again that entrenched customs and institutions take time to disappear.
The development of the Gregorian reform in the Iberian Peninsula took place over decades, reaching almost a century.
The Gregorian reform clearly raises respect for the line of power and insists on the pontifical authority to move and depose bishops and abbots. These norms were put into practice, for example, in the aforementioned Council of Burgos in 1081, where the abbot of Sahagún was changed by another more faithful to the Gregorian movement; Even a prelate of Santiago, Diego Peláez, was deprived of his seat.
The reform also meant the submission of secular clerics to the corresponding bishop, independence from lay powers and condemnation of those who relied on nobles against ecclesiastical authority.
On the contrary, the relations between the bishops and the monasteries located in their jurisdictional scope were less delimited, since they maintained some points of tension, especially those referring to visitation and correction rights, as well as ownership over tithes. In contrast to the episcopal strengthening, the traditional connection between the Cluniacs and the Papacy was raised, and that is why the Benedictine monasteries maintained a high degree of independence from the prelates.

Al-Andalus, broken Umayyad legitimacy is fragmented. Its history, its own existence, considered an exotic anomaly in Europe, begins a long and contradictory journey of decline and resistance that will leave a deep impression. The abolition of the Umayyad caliphate of Cordoba closes a cycle for the construction of a centralized state and opens the one of the principalities, I resist to call them taifas kingdoms, given the organic precariousness, legitimism and insolvency of their leaders.
Three periods of unstable fracture in dozens of small principalities or Taifas, three intermediate ones that we know as the African Invasions, for being so strange to the Andalusian reality: Almorávides, Almohades and Benimerines, finally the Grenadian epigone, a fascinating cultural but residual element in the peninsular political complex, artificially prolonged by the inefficiency of Castile.
From 1032 to 1492 there are 460 years that show how deep Islam had penetrated the peninsula, because barring militarily overwhelming moments (the first two invading waves), Al-Andalus had lost to the militarized and strongly hierarchized societies of the North the initiative, and these kingdoms had endowed themselves with an ideological (religious) alibi as solid as the Islamic one. That is why the resistance in such a long period of time of a generally humble and laborious society, which was located in the cultural, sociological and ideological (religious) antipodes of the peasants and villains of the North, is surprising.
It has been wanted to see in the Alhambra and in general in the Islamic architecture a poverty of materials, blaming it on different causes, gross error, the elevated architecture in Islam to compendium of the arts, treat as all artistic expression to cause a sensation both in the spectator, as in the user, is a scenographic art and, as such, plays with light, with chromatism, with form, with water, with plants and aromas. What is the difference between the Colosseum, the Cathedral of Santiago or the Alhambra ?, none. They wanted to enclose the idea of ​​empire or God in a seemingly eternal shell of stone, they did not understand the futility of life and the eternity and ubiquity of God that only lodges in our mind and fills everything, so the work of man must be ephemeral. Wood and plaster.

During the fifteenth century the monarchical centralization was reinforced. The Royal Council became a fundamental governing body, enjoying wide-ranging powers -grace and mercy, royal tenures, franchises, elaboration of varied regulations, control of royal offices, protection of the area, provision of trades, military affairs, competencies in matters of hacienda, justice … – always exercised in the name of the monarch and controlled by the nobles, although there were jurists among its components.
The Audiencia continued, although reformed, as the main organ of justice, with an increasingly professional composition among its members, which resulted in its proper functioning. In 1442 he settled in Valladolid, where the chancellery was also installed, making this city a quasi capital of the Crown.
The stability of the period is attributable, in addition to some successes in economic policy and a state of general prosperity, to the very broad support with which they counted the Catholic Monarchs (title granted by Pope Alexander VI in 1496). The high nobility saw respected their lordships and privileges; the urban oligarchies were favored, as well as the development of their policies, curbing internal conflicts through the institutionalization of urban factions and lineages. The majority of the population appreciated how justice, taxation -not abusive-, government, worked properly and demands were dealt with more effectively than before. The general feeling among the population was that the kings defended the weak from the abuses of the powerful.
Other contributions, such as the Inquisition (1478), the expulsion of the Jews (1492), the conquest of Granada (1492), after a war that lasted 10 years, were also well seen by most of his subjects. They were instruments of propaganda, cultural unity and unity.

The Peninsular Church began the late Middle Ages in a complex situation, since the institutions retained all the solidity acquired in previous centuries, with the advantage that the passage of time ended up normalizing and reinforcing the mechanisms and links established previously, although new and serious events would affect her deeply.
It manifests itself, of course, as a highly hierarchical organization, from the pope to the lower levels, with a division consolidated in bishoprics, well articulated in archdeacons and archpriesthoods, as well as with a complex network of parishes. It shows, therefore, a very strong institutional fabric, watered by abundant income from the tithe, which was already fully established and regulated. The archpriest of Hita, who occupied one of these positions and who manifests himself as a connoisseur of ecclesiastical institutions.
The most significant change of the Late Middle Ages was represented by the creation of the archbishopric of Lisbon in 1393, initiative of the Portuguese monarchy supported by the Pope of Rome, Boniface IX, which meant a reordering of the suffragan dioceses of Braga and Santiago for that the ecclesiastical map coincided with the political one. In this way the Galician venues of Tuy, Orense, Mondoñedo and Lugo, as well as that of Astorga, which up to now depended on Braga, remained as suffragans of Santiago de Compostela, while this lost the Portuguese of Lamego, Guarda and Évora, which passed to the new metropolis of Lisbon.
Allegations are also detected by excesses and abuses committed by those who knew these techniques, as well as by those in charge, precisely, of applying the laws. To the point that it became a topic of moral literature and satire the complaint against lawyers who lengthened the lawsuits to collect more money or corrupt judges.
Literacy and the mastery of writing and accounting techniques allowed the formation of new social groups different from those typical of feudal society. However, the interest for intellectual training is also detected among the beauty and reaches the nobility and even members of the royal family. There is a propaganda in favor of studies among those who, because of their family origins, were called to become leaders of society.
It is worth emphasizing the development of municipal and private educational institutions that were detected at that time, promoted from different instances: some were promoted by clerics, concerned with raising the level of training of their colleagues; Queen Isabel herself was also interested in the promotion of culture and, by her example, some nobles created court academies. Among the latter are those promoted by the Mendoza, the Álvarez de Toledo or the Zúñiga (Juan de Zúñiga, master of the order of Alcántara, was considered “lover of all sciences and knowledge of them”, and kept among his proteges Nebrija and the Jewish astrologer Abraham Zacut). Among the municipal studies, there are cases such as Cuéllar, focused on grammar and art education, with its own building and two teachers who are paid with the rents donated by an archdeacon of the town and with those of some benefit that should be added to it; Similar cases are found in the Crown of Aragon.
The Castilian universities experienced moments of difficulties in the first half of the XIV century, especially those of Valladolid and Alcalá de Henares, to the point that some authors consider that they needed a kind of refoundation. In Alcalá that impulse is due to Cardinal Cisneros during his pontificate in Toledo.
Even the only university that seemed really consolidated at the beginning of the fourteenth century, that of Salamanca, then had economic problems, since it was deprived of the tertiary resources that were its source of funding. After a few years of difficulties, in which he had to go to the council and the council to survive, he recovered his traditional income and was able to consolidate his situation with the recognition of greater skills for his graduates – they got the docendi license even in Paris and in Bologna.
In any case, the University of Salamanca maintained a very deep connection with the canons: it used as classrooms and for the university ceremonies various dependencies of the cathedral, especially the cloister, and one of the dignities of the cabildo, the maestrale, became in a central figure of the university life, since it granted the degrees, kept the key of the ark and presided over the university court. The canons of Salamanca, and also those of other Castilian-Leonese cathedrals, occupied most of the principal positions and organs of government.

The barbarian invasions supposed the political fragmentation within the space previously Roman, which prevented the maintenance of those extensive networks of properties. The progressive regionalization of the aristocracies, which reoriented their sights towards the new courts of the barbarian kings and the episcopal chairs, favored that the system be broken. To this must be added two other factors: the decrease in Mediterranean commercial contacts and the growing disinterest of the aristocracies for the control of their properties, which increased the capacity of autonomous action of the peasants. All this would be reflected in a new type of occupation, associated with peasant communities. But some religious centers were also built in these villae, authentic mausolea funerarios, which reflect an aristocratic presence, as in La Cocosa or Villa Fortunatus (Fraga, Huesca). The dating of these centers is still uncertain, although it seems that it is about amortizations of the 6th century or later, when the elites had definitively reoriented their horizons towards the Christian world.
However, the great axis of the Roman world was the city, the civitas. During the III-IV centuries, many of these civitates (Astorga, León, Barcelona, ​​Zaragoza, Mérida) were endowed with impressive fortifications, using an elaborate poliorcética. However, your destiny from the fifth century is going to be very different. The civitates continued to be important centers of power and the Visigothic kingdom of Toledo had in them their main platforms for exercising authority. But the data invite us to think about a weak domain over the rural world, with the exception of some large cities, such as Mérida, and of some specific regions, such as certain parts of the Baetica. Most of the urban centers suffered a strong crisis that led to an internal collapse that could reach an almost total abandonment, as happened with Clunia (Coruña del Conde, Burgos) former capital of the conventus cluniacensis. On other occasions, this deterioration was not so radical, although the presence of large areas that are abandoned or destined for orchards within the urban perimeter is detected, as well as the amortization of public spaces.
This process has been linked to the crisis of the curial groups, urban magistrates who had to take responsibility for a growing taxation, while at the same time taking charge of the costs of maintaining urban infrastructures (evergetismo) with their own money.
The survival of many cities must be related to their character as episcopal sees. This circumstance was reflected in a topographic Christianization of these cities, whose main pole was moved to the places of worship, many of which were outside the urban precincts. This happened in Valencia or Córdoba, while in Mérida a relatively well-structured center coexisted with the new Christian poles. In other cases, such as Complutum, the new Christian pole is outside the center and a city organized around isolated nuclei is distributed around it. All this reveals a profound social change, of which the cities are a reflection, insofar as they must be seen as “arguments in stone”, that is, ideological affirmations about the way in which societies saw themselves. In this case, the fact that many of these new elites were ecclesiastical or that, even being secular, was linked to the heavenly patronage of some saint, allowed a topographical Christianization of the cities to emerge.

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