De Matasanos A Cirujanos — Lindsey Fitzharris / The Butchering Art: Joseph Lister’s Quest to Transform the Grisly World of Victorian Medicine by Lindsey Fitzharris

Una gratísima sorpresa, donde cuenta el desarrollo de la cirugía a lo largo de la época victoriana y, sobre todo, la trayectoria y la gran importancia que tuvo Joseph Lister para el desarrollo de la cirugía moderna. Aunque se trata de un tema donde parezca que puedan abundar términos complejos para los que no estamos familiarizados con la medicina ni la cirugía, este libro cuenta con un lenguaje muy ameno y nada rebuscado, haciendo que se pueda seguir la lectura de forma muy agradable y entretenida. Por otra parte, la autora ha realizado una investigación bastante exhaustiva del tema, citando cartas personales, libros especializados y periódicos de la época, entre otros.
Resumiendo, si queréis acercaros y aprender acerca de los albores de la cirugía, aparte de conocer las grandes aportaciones de Lister y otros cirujanos de la época de una forma amena y entretenida.

Lindsey Fitzharris ha escrito un fantástico libro que es tan entretenido como informativo. La historia de Joseph Lister es realmente fascinante, trayendo nueva luz e interés a un hombre atribuido a menudo a un brebaje que no inventó. De hecho, Listerine fue creado por el Dr. Joseph Joshua Lawrence, un estadounidense, y ganó su estatus icónico cuando un farmacéutico llamado Jordan Wheat Lambert, reconoció su valor. Fitzharris sigue la vida de Lister desde sus humildes comienzos, como el hijo de los cuáqueros, observando el microscopio de su padre, un instrumento aún no tomado en serio, pero que posteriormente demostraría su mérito en la investigación médica, hasta su nombramiento como cirujano de la reina Victoria y más. La historia sigue a Lister a través de sus fracasos y sus triunfos, y le da al lector una visión de su naturaleza tenaz que lo impulsó a seguir incluso bajo severas críticas. Lo que parece tan obvio hoy fue visto como charlatanería médica por algunos y sin la perseverancia de Lister, la cirugía moderna sería bastante diferente.

“De matasanos a cirujanos” combina hábilmente una biografía fascinante, una desconcertante historia de detectives médicos y una mirada espeluznante a las crueles realidades de la vida cotidiana en la época victoriana en este libro exhaustivamente investigado y bellamente escrito.
OK, sé lo que estás pensando. Era victoriana, medicina: ¿muchos tipos aburridos, viejos y barbudos con trajes de lana y cuellos almidonados? Claro, todo eso, pero también la historia de un joven que decide entre su fe y su vocación, investigando nuevas teorías y métodos para resolver un problema que estaba matando a tantas personas en hospitales que muchos pedían que se derribaran todos los hospitales . Y cuando finalmente se le ocurre una solución, los médicos de todo el mundo estaban tan convencidos de que los viejos métodos eran correctos, intentaban desacreditarlo a él y a su trabajo.
Joseph Lister fue un pionero en la cirugía antiséptica, promoviendo la teoría salvaje de que las bacterias y los gérmenes estaban causando las infecciones que causaban la muerte de tantos pacientes de cirugía. Antes de Lister, los cirujanos no limpiaban sus instrumentos, usaban ropa limpia, ni siquiera se lavaban las manos. Se enfocaron en la velocidad sobre la habilidad, ya que sus pacientes aún estaban despiertos. Si la cirugía no mata a los pacientes, la infección posquirúrgica probablemente sí lo haría. Con investigación, pruebas, más investigación y una larga lucha para convencer a la comunidad médica, Lister cambió todo eso, y sus métodos todavía se usan hoy en día.
Además de una historia importante, “The Butchering Art” pinta una imagen espeluznante y sangrienta de los hospitales y cirugías de la época victoriana, y sirve como un recordatorio de cuán lejos ha llegado la medicina en poco más de 100 años. Y el uso del hogar de la carta de Lister a su padre ayuda a contar la historia con las propias palabras del cirujano.
Además, Listerine. (No lo inventó ni se aprovechó de él, pero su trabajo lo inspiró).

La tarde del 21 de diciembre de 1846, cientos de hombres se agolpaban en la sala de operaciones del hospital University College, donde el cirujano más famoso de la ciudad se preparaba para fascinarlos con la amputación de una pierna por la mitad del muslo. Cuando se presentaron allí, no sabían que iban a ser testigos de uno de los momentos estelares de la historia de la medicina.
La sala de operaciones se hallaba atestada de estudiantes de medicina y espectadores curiosos, muchos de los cuales llevaban consigo la suciedad y la mugre de la vida cotidiana en el Londres victoriano. El cirujano John Flint South comentó que las avalanchas y las peleas por conseguir un sitio en una sala de operaciones no eran diferentes de las que se producían por conseguir un asiento en el patio de butacas o el palco de un teatro. Los asistentes se apretujaban como sardinas enlatadas.
En la década de 1840, la cirugía era una práctica repulsiva con muchos peligros ocultos. Debía evitarse a toda costa. Los riesgos no eran pocos, y muchos cirujanos se negaban en redondo a operar. Se prefería limitar su alcance al tratamiento de dolencias externas, como afecciones de la piel y heridas superficiales. Los procedimientos invasivos eran escasos y distantes en el tiempo, y este era uno de los motivos por los que tantos espectadores acudían a las salas de operaciones cuando había una intervención quirúrgica. En 1840, por ejemplo, solo se realizaron ciento veinte operaciones en la Royal Infirmary de Glasgow. La cirugía era siempre el último recurso, y solo se llevaba a cabo en casos de vida o muerte.
El médico Thomas Percival aconsejaba a los cirujanos cambiar sus delantales y limpiar la mesa y los instrumentos entre intervenciones, no con fines higiénicos, sino para evitar «todo lo que pudiera infundir horror».
Los cirujanos creían que el pus era una parte natural del proceso de curación, en lugar de una siniestra señal de sepsis, la mayoría de las muertes estaban causadas por infecciones postoperatorias. Las puertas de aquellas salas eran las puertas de la muerte. Resultaba más segura una operación en casa que en un hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas que en el ámbito doméstico. Ya en 1863, Florence Nightingale declaró: «La mortalidad real en los hospitales, especialmente en los de las ciudades grandes y superpobladas, es muy superior a la que se esperaría de cualquier cálculo de la mortalidad por la misma clase de enfermedades entre los pacientes tratados fuera del hospital». Pero recibir tratamiento en casa era caro.
Las infecciones y la suciedad no constituían los únicos problemas. La cirugía era dolorosa. Durante siglos se buscó la manera de que lo fuera menos. Aunque el óxido nitroso había sido reconocido como analgésico desde que el químico Joseph Priestley lo sintetizara en 1772, el «gas de la risa» no se usaba normalmente en la cirugía porque no se confiaba en sus resultados. El mesmerismo —que debe su nombre al médico “alemán Franz Anton Mesmer, inventor en la década de 1770 de la técnica hipnótica— tampoco había hallado aceptación en la práctica médica corriente del siglo XVIII.
El 18 de noviembre de 1846, el doctor Henry Jacob Bigelow escribió lo siguiente sobre este avance en The Boston Medical and Surgical Journal: «Durante mucho tiempo, idear un método para mitigar el dolor en las operaciones quirúrgicas ha supuesto un problema importante en la ciencia médica. Pero por fin se ha descubierto un agente eficaz para este propósito». Bigelow describía a continuación cómo Morton había administrado al paciente lo que él llamaba «letheon» antes de comenzar la operación. Se trataba de un gas bautizado con el nombre del río Leteo de la mitología clásica, que hacía que las almas de los muertos olvidaran sus vidas terrenales. Morton, que había patentado la composición del gas poco después de la operación, mantuvo en secreto sus componentes, incluso para los cirujanos. Sin embargo, Bigelow reveló que en él podía detectarse el olor dulzón del éter. Cuando los cirujanos se apresuraron a probar los efectos del éter en sus pacientes, la noticia de la sustancia milagrosa capaz de dejar a las personas inconscientes durante la cirugía se extendió rápidamente por todo el mundo.
Las dos décadas inmediatamente posteriores a la popularización de la anestesia, las consecuencias de la cirugía empeoraron. Con su nueva confianza en operar sin ocasionar dolor, los cirujanos estuvieron cada vez más dispuestos a utilizar el cuchillo, lo que aumentó los casos de infección postoperatoria y shock. Las salas de operaciones se tornaron más sucias que nunca al aumentar el número de intervenciones quirúrgicas. Los cirujanos, que todavía desconocían las causas de las infecciones, operaban a múltiples pacientes en sucesión utilizando los mismos instrumentos sin esterilizar en cada ocasión. Cuanto más frecuentada estaba una sala de operaciones, menos probable era que se tomaran las precauciones sanitarias más elementales. De los enfermos sometidos al cuchillo, muchos morían o nunca se recuperaban por completo, quedando discapacitados para el resto de sus vidas. Este problema era universal.

Joseph Jackson Lister entre 1824 y 1843 desarrolló una gran devoción por este instrumento y se dispuso a corregir muchos de sus defectos. La mayoría de las lentes provocaban distorsiones debidas a las diferentes longitudes de onda de la luz, que se refractan en distintos ángulos a través del vidrio. Esto producía un halo violáceo alrededor del objeto observado, un efecto que llevó a muchos a desconfiar de las revelaciones del microscopio. Joseph Jackson trabajó para corregir este fallo, y en 1830 presentó su lente acromática, que eliminaba el molesto halo. Aunque atendía su negocio, Joseph Jackson encontró tiempo para pulir lentes y traspasar los cálculos matemáticos necesarios para su fabricación a algunos de los principales fabricantes de microscopios de Londres. Su trabajo le valió la admisión en la Real Sociedad en 1832.
La erisipela era una de las cuatro infecciones principales en los hospitales del siglo XIX. Las otras tres eran la gangrena (úlceras que causan la descomposición de la carne, los músculos y los huesos), la septicemia (envenenamiento de la sangre) y la piemia (formación de abscesos repletos de pus). Cualquiera de estas infecciones podía resultar fatal, dependiendo de una amplia diversidad de factores, entre ellos la edad y el estado de salud de la víctima. El progreso de la infección y la supuración que causaban las «cuatro grandes» se conocerían tiempo después como «hospitalismo», y la comunidad médica lo atribuyó cada vez más a la construcción de grandes hospitales urbanos en los que los pacientes se encontraban en estrecho contacto unos con otros. Aunque la existencia de esos edificios satisfacía las necesidades de una población que aumentaba con rapidez, muchos médicos creían que los hospitales contrarrestaban los avances quirúrgicos debido a que la mayoría de los enfermos morían de infecciones que no habrían contraído de no haber sido admitidos en ellos. De hecho, un contemporáneo argumentó que la comunidad médica no podía esperar ningún «progreso en la práctica pública del arte curativo hasta que nuestro sistema de hospitalismo haya experimentado algún cambio o revolución».
El problema era que nadie sabía con exactitud cómo se transmitían las enfermedades infecciosas.

En el siglo XIX, casi todos los hospitales de Londres excepto el Royal Free controlaban la admisión de pacientes mediante un sistema de entradas. Uno podía obtener una entrada de manos de uno de los «suscriptores» del hospital, que había pagado una cuota anual a cambio del derecho a recomendar pacientes al hospital y votar en las elecciones del personal médico. Para obtener una entrada, los potenciales pacientes tenían que hacer continuas solicitudes; podían pasarse días esperando y llamando a los sirvientes de los suscriptores para pedirles el ingreso en el hospital. Se daba preferencia a los casos graves. Los «incurables» —personas con cáncer o tuberculosis, por ejemplo— eran rechazados, y también las personas con enfermedades venéreas.
Las atrocidades perpetradas por Burke y Hare eran fruto del lucrativo comercio de cadáveres frescos destinados a escuelas de anatomía extendido por Gran Bretaña en las primeras décadas del siglo XIX, cuando los únicos cuerpos que podían obtenerse legalmente para su disección eran los de asesinos ahorcados. Con la proliferación de facultades de medicina privadas no había cuerpos suficientes para todas. Como resultado, la ciudad se llenó de ladrones de cuerpos o «resurreccionistas», como se los llamaba a veces. Trabajaban bajo el manto de la oscuridad con los muertos de invierno, cuando el frío clima escocés frenaba el proceso natural de descomposición. Utilizando picos de madera y ganchos de hierro, cavaban un pequeño hoyo en la cabecera de cada tumba, rompían la tapa del ataúd y sacaban al cadáver. Los ladrones podían robar hasta seis cuerpos en una sola noche, y a menudo trabajaban en pequeñas pandillas que se disputaban el monopolio del comercio de cadáveres.
El problema estaba tan extendido que se tomaron medidas drásticas para proteger a los muertos en los cementerios alrededor de Edimburgo. Los deudos colocaban las llamadas mortsafes o rejas de hierro sobre las tumbas para proteger a sus queridos difuntos. También se cubrían los muros circundantes con piedras sueltas, que hacían casi imposible escalarlos sin estrépito. Los vigilantes defendían los cementerios instalando trampas de alambre conectadas a escopetas y primitivas minas. La gente del lugar se reunía en «clubes de cementerio» y vigilaba las nuevas tumbas hasta que, al cabo de unas semanas, se suponía que el cuerpo estaba ya demasiado descompuesto para ser de alguna utilidad en las escuelas de anatomía.
Pero, por desagradable que resulte, la verdad es que sin los ladrones de cuerpos y los miles de cadáveres que durante los decenios anteriores proporcionaron a los anatomistas, Edimburgo no habría conseguido su envidiable reputación mundial de ciudad pionera en cirugía. Sin esta reputación, es poco probable que Lister hubiera resuelto viajar allí para conocer al profesor Syme como preludio de su periplo continental para visitar las instituciones médicas de Europa.

Cualquier persona que buscase la prueba física de estos beneficios podía encontrarla en sus dos salas de la Royal Infirmary de Glasgow. Aunque estas se contaban antes entre las menos salubres del hospital debido a su limitado acceso al aire fresco, divulgó que su uso del tratamiento antiséptico en los pacientes había reducido considerablemente el número de los que sufrían una infección. Ni un solo caso de piemia, gangrena o erisipela se había dado en sus salas desde que introdujo su sistema.
Lister dio el primer paso en la divulgación de los métodos antisépticos que él pensaba eran la clave para salvar incontables vidas.
Muchos adversarios compararon el sistema antiséptico de Lister con la práctica tradicional de poner ungüentos en las heridas putrefactas y esperar lo mejor, como los médicos que durante decenios habían usado el vino, la quinina y el líquido de Condy. Un joven médico de Liverpool llamado Frederick W. Ricketts se puso de parte de Simpson, argumentando que la acupresión era «simple, eficaz y elegante», mientras que los métodos de Lister eran «obsoletos y poco elegantes». Lo mismo hizo James Morton, un médico que había trabajado con Lister en la Royal Infirmary hasta que dejó su puesto en octubre de 1867; este concluyó que el ácido carbólico no era «superior, sino apenas igual a algunos de los otros antisépticos de uso común». Como Ricketts, Morton pensaba que los métodos de Lister eran anticuados y estaban en desacuerdo con su «sistema» de tratamiento, como lo llamaba. Los caracterizó como «un modo antiséptico de vendar» —uno de los muchos ya existentes—, y pensó que Lister había «dejado correr la pluma con cierto apresuramiento» al elogiar sus resultados.
El anuncio del sistema antiséptico de Lister en 1867 fue solo el comienzo del trabajo sobre las heridas putrefactas. Lister siguió experimentando con el ácido carbólico, lo que implicaba afinar y hacer ajustes en sus métodos. De hecho, los alumnos de Lister —que continuamente asistían a una demostración con una determinada técnica en mente, descubrían que su profesor ya había desarrollado un nuevo método desde la última vez— esperaban ya esos cambios. Esto subrayaba para ellos el valor de la experimentación en medicina, y era una prueba de que la agudeza observacional y la precisión podían introducir mejoras en la cirugía.
Desde el principio, Lister había defendido la esterilización general y total con ácido carbólico, desde la de los instrumentos hasta la de las manos del cirujano, un protocolo que con el tiempo corroería su piel. Pero las ligaduras —que eran esenciales para atar los vasos sanguíneos en las amputaciones o cortar el paso de la sangre en los aneurismas— aún eran problemáticas, incluso después de empezar a empaparlas en ácido carbólico.
El papel del conocimiento y la metodología científicos en la práctica médica —que fue esencial para la transición de «matasanos» a cirujanos profesionales— aún no se había establecido. Pero la corriente iba a favor de Lister.

El 4 de septiembre de 1871, el coche de Lister se detuvo junto a la gran entrada al castillo de Balmoral, corazón de la extensa propiedad de la reina Victoria en las Highlands de Escocia. El día anterior, Lister había recibido un telegrama urgente que solicitaba su presencia en la residencia real. La reina estaba gravemente enferma. Un absceso en la axila había aumentado hasta adquirir el tamaño de una naranja, pues ya medía quince centímetros de diámetro. Con Syme muerto, Lister era entonces el cirujano más famoso de Escocia, por lo que era natural que le consultaran sobre un asunto serio relacionado con la salud de la reina.
Los problemas de Victoria habían comenzado unas semanas antes al sufrir unas anginas. Poco después sintió dolor e hinchazón en el brazo derecho. En una entrada de su diario, la reina se quejaba del estado de su brazo: «el brazo [no] está mejor, y no responde a ningún tratamiento». Los médicos rogaron a la reina que permitiese que la viera un cirujano.
El escrupuloso cirujano llevaba con él todo lo que necesitaría para operar, incluido su último invento: el aerosol carbólico. La idea de ese aparato se le había ocurrido unos meses antes, en parte inspirada por una serie de experimentos realizados por el físico británico John Tyndall. Haciendo pasar por el aire un rayo de luz concentrada, Tyndall demostró el gran contenido de polvo que flotaba en la atmósfera. Y observó que, cuando el aire estaba libre de partículas, la luz desaparecía. Utilizando calor, Tyndall preparó una muestra de aire libre de polvo y demostró que las soluciones putrescibles expuestas a ella permanecían estériles, mientras que al contacto con el aire que contenía polvo no tardaban en corromperse por la acción de las bacterias y el moho. Habló con asombro del número de partículas del aire que «se arremolinan […] en nuestros pulmones cada hora y cada minuto de nuestras vidas», y expresó su preocupación por los efectos que tendrían en los instrumentos quirúrgicos en particular. Para Lister, esto reforzaba la idea de que los gérmenes presentes en el aire debían ser destruidos en los recintos donde se practica la medicina. Lister había diseñado el aerosol carbólico para esterilizar el aire en torno al paciente, tanto durante una operación como después de esta, al cambiar los apósitos. Pero también tenía otro propósito. Creía que el aerosol reduciría la necesidad de irrigación directa de la herida con ácido carbólico, que a menudo dañaba la piel y aumentaba el riesgo de inflamación e infección.
La fama de Lister en el extranjero creció en 1875 durante una gira europea que realizó con Agnes para mostrar sus métodos en el extranjero. Las salas que se adhirieron a su sistema fueron muy alabadas por su «atmósfera fresca y saludable» y la «ausencia de olores», y The Lancet calificó su gira por las ciudades universitarias de Alemania, donde su sistema era particularmente celebrado, de «marcha triunfal». Pero había una nación que no estaba convencida de las virtudes de los métodos listerianos: Estados Unidos.
De hecho, en varios hospitales norteamericanos, las técnicas de Lister habían sido prohibidas; muchos médicos las veían como distracciones innecesarias y demasiado complicadas, porque aún no habían aceptado la teoría de los gérmenes como causantes de la putrefacción. Incluso a mediados de la década de 1870, la forma de curar las heridas y tratar las infecciones apenas habían progresado, a pesar de que las teorías y técnicas de Lister aparecieron en revistas médicas norteamericanas.
En septiembre de 1877, Lister salió silenciosamente de la ciudad escocesa donde se había enamorado por primera vez del arte sanguinolento y carnicero de la cirugía bajo la tutela de su gran mentor, James Syme. Pero, justo antes de tomar el tren, hizo una comprobación del estado de los últimos pacientes ingresados en la Royal Infirmary. Mientras recorría los pasillos por última vez, hizo un balance de la notable transformación de la institución. Confiaba en que estaría segura en manos de sus discípulos, a quienes ahora les encomendó la puesta en práctica de su sistema antiséptico en todo el hospital. Ya no se veían las destartaladas salas repletas de pacientes consumidos en condiciones miserables, ni los delantales ensangrentados y las mesas de operaciones sucias de fluidos corporales, ni instrumentos sin lavar. Había desaparecido todo lo que antaño impregnaba la sala de operaciones de la «vieja y buena peste de hospital». La Royal Infirmary estaba bien iluminada, limpia y bien ventilada. Ya no era una casa de la muerte, sino una casa de curación.

La creciente conciencia de la acción de los microbios aumentó la preocupación del público victoriano por la higiene, y una nueva generación de productos de limpieza y de higiene personal con ácido carbólico inundaron el mercado. Quizá el más famoso fuese Listerine, inventado por el doctor Joseph Joshua Lawrence en 1879. Lawrence había asistido a la conferencia de Lister en Filadelfia, que le sugirió fabricar su propia mezcla de antisépticos, algo que hizo poco después en la parte trasera de una antigua fábrica de cigarros en Saint Louis. La fórmula de Lawrence contenía timol (un derivado del fenol), eucaliptol y mentol. También tenía una concentración de alcohol del 27 por ciento.
Listerine no habría aparecido si un farmacéutico emprendedor, Jordan Wheat Lambert, no hubiera percibido su potencial cuando conoció a Lawrence en 1881. Lambert compró los derechos del producto y su fórmula al buen médico y comenzó a comercializarlo como antiséptico de múltiple uso —tratamiento contra la caspa, limpieza de suelos e incluso una cura para la gonorrea—. En 1895, Lambert extendió el uso de Listerine a la odontología como antiséptico oral, un uso con el que ha alcanzado la inmortalidad.
El ácido carbólico también podía resultar peligroso para los mal informados: en septiembre de 1888, el Aberdeen Evening Express informó de que trece personas se habían envenenado en un suceso accidental, y cinco de ellas murieron. Una regulación posteriormente impuesta en Gran Bretaña impedía la venta al público de productos químicos tóxicos en su forma más pura. El ácido carbólico estuvo asimismo en el centro de una demanda legal corporativa en 1892. Un producto con el preocupante nombre de Carbolic Smoke Ball se comercializó en Londres como profiláctico contra la gripe a raíz de la pandemia de gripe que mató a un millón de personas entre 1889 y 1890.

Los métodos de Lister transformaron la cirugía de arte de carnicería en ciencia moderna, en la que las innovadoras metodologías recientemente ensayadas y contrastadas superaron a las prácticas trilladas. Abrieron nuevas fronteras a la medicina, permitiéndonos profundizar más en el cuerpo vivo, y en ese proceso salvaron cientos de miles de vidas.

A very pleasant surprise, which tells the development of surgery throughout the Victorian era and, above all, the trajectory and the great importance that Joseph Lister had for the development of modern surgery. Although this is a topic where it seems that complex terms can abound for those of us who are not familiar with medicine or surgery, this book has a very entertaining and not overdone language, making it possible to follow the reading in a very pleasant way and Entertaining On the other hand, the author has conducted a fairly thorough investigation of the subject, citing personal letters, specialized books and newspapers of the time, among others.
In short, if you want to get close and learn about the dawn of surgery, apart from knowing the great contributions of Lister and other surgeons of the time in a fun and entertaining way.

Lindsey Fitzharris has written a fantastic book that is as entertaining as it is informative. The story of Joseph Lister is indeed a fascinating one, bringing new light and interest in a man most often attributed to a concoction he didn’t invent. Listerine was in fact created by Dr. Joseph Joshua Lawrence, an American, and gained its iconic status when a pharmacist named Jordan Wheat Lambert, recognized its value. Fitzharris follows Lister’s life from humble beginnings, as the son of Quakers, peering into his father’s microscope, an instrument not yet taken seriously, but would later prove its merit in medical research, through to his appointment as Queen Victoria’s surgeon and beyond. The story follows Lister through his failures and his triumphs and gives the reader insight into his tenacious nature that drove him forward even under severe criticism. What seems so obvious today was seen as medical quackery by some and without Lister’s perseverance, modern surgery would be quite different.

“The Butchering Art” skillfully combines a fascinating biography, a baffling medical detective story, and a grisly look at the cruel realities of daily life in the Victorian era in this exhaustively researched and beautifully written book.
OK, I know what you’re thinking. Victorian era, medicine — lots of boring, stuffy old bearded guys in wool suits and starched collars? Sure, all of that, but also the story of a young man deciding between his faith and his calling, investigating new theories and methods to solve a problem that was killing so many people in hospitals that many were calling for all hospitals to be torn down. And when he finally comes up with a solution, doctors around the world were so convinced that the old methods were right, they try to discredit him and his work.
Joseph Lister was a pioneer in antiseptic surgery, promoting the wild theory that bacteria and germs were causing the infections that were causing the deaths of so many surgery patients. Before Lister, surgeons didn’t clean their instruments, wear clean clothes, or even wash their hands. They focused on speed over skill, since their patients were still awake. If the surgery didn’t kill the patients, the post-surgical infection probably would. With research, testing, more research, and a long struggle to convince the medical community, Lister changed all of that, and his methods are still used today.
In addition to an important story, “The Butchering Art” paints a grisly, gory picture of the Victorian era hospitals and surgeries, and serves as a reminder of just how far medicine has come in a little more than 100 years. And the use of Lister’s letter’s home to his father help to tell the story in the surgeon’s own words.
Plus, Listerine. (He didn’t invent it or profit from it, but his work inspired it.)

On the afternoon of December 21, 1846, hundreds of men crowded into the operating room of the University College Hospital, where the city’s most famous surgeon was preparing to fascinate them with the amputation of a leg in the middle of the thigh. . When they showed up there, they did not know they were going to witness one of the stellar moments in the history of medicine.
The operating room was crowded with medical students and curious onlookers, many of whom carried the dirt and grime of everyday life in Victorian London. Surgeon John Flint South commented that the avalanches and fights to get a place in an operating room were not different from those that were produced by getting a seat in the stalls or the theater box. Attendees squeezed together like canned sardines.
In the 1840s, surgery was a repulsive practice with many hidden dangers. It had to be avoided at all costs. The risks were not few, and many surgeons refused to operate. It was preferred to limit its scope to the treatment of external ailments, such as skin conditions and superficial wounds. The invasive procedures were scarce and distant in time, and this was one of the reasons why so many spectators came to the operating rooms when there was a surgical intervention. In 1840, for example, only one hundred and twenty operations were carried out at the Royal Infirmary in Glasgow. Surgery was always the last resort, and only carried out in cases of life or death.
The doctor Thomas Percival advised the surgeons to change their aprons and clean the table and instruments between interventions, not for hygienic purposes, but to avoid “anything that might instill horror.”
Surgeons believed that pus was a natural part of the healing process, rather than a sinister sign of sepsis, most of the deaths were caused by postoperative infections. The doors of those rooms were the doors of death. An operation at home was safer than in a hospital, where mortality rates were three to five times higher than at home. Already in 1863, Florence Nightingale declared: “Actual mortality in hospitals, especially those in large and overpopulated cities, is much higher than would be expected from any calculation of mortality by the same class of diseases among treated patients. outside the hospital ». But receiving treatment at home was expensive.
Infections and dirt were not the only problems. The surgery was painful. For centuries the way was sought to make it less so. Although nitrous oxide had been recognized as an analgesic since the chemist Joseph Priestley synthesized it in 1772, the “laughing gas” was not normally used in surgery because its results were not trusted. Mesmerism – which owes its name to the German physician “Franz Anton Mesmer, inventor of the hypnotic technique in the 1770s – had not found acceptance in the current medical practice of the eighteenth century.
On November 18, 1846, Dr. Henry Jacob Bigelow wrote the following about this advance in The Boston Medical and Surgical Journal: “For a long time, devising a method to mitigate pain in surgical operations has been a major problem in science medical But at last an effective agent for this purpose has been discovered ». Bigelow then described how Morton had administered to the patient what he called “letheon” before beginning the operation. It was a gas baptized with the name of the river Lethe of classical mythology, which made the souls of the dead forget their earthly lives. Morton, who had patented the composition of the gas shortly after the operation, kept its components secret, even for the surgeons. However, Bigelow revealed that he could detect the sweet smell of ether. When surgeons rushed to test the effects of ether on their patients, the news of the miraculous substance capable of leaving people unconscious during surgery quickly spread throughout the world.
The two decades immediately following the popularization of anesthesia, the consequences of surgery worsened. With their new confidence in operating without causing pain, surgeons were increasingly willing to use the knife, which increased the cases of postoperative infection and shock. The operating rooms became more dirty than ever as the number of surgical operations increased. The surgeons, who still did not know the causes of the infections, operated on multiple patients in succession using the same instruments without sterilizing on each occasion. The more frequented an operating room was, the less likely it was that the most basic sanitary precautions would be taken. Of the patients subjected to the knife, many died or never recovered completely, being disabled for the rest of their lives. This problem was universal.

Joseph Jackson Lister between 1824 and 1843 developed a great devotion for this instrument and set out to correct many of his defects. Most lenses caused distortions due to the different wavelengths of light, which are refracted at different angles through the glass. This produced a violet halo around the observed object, an effect that led many to distrust the revelations of the microscope. Joseph Jackson worked to correct this fault, and in 1830 presented his achromatic lens, which eliminated the annoying halo. Although he tended his business, Joseph Jackson found time to polish lenses and pass the mathematical calculations necessary for its manufacture to some of the leading microscope manufacturers in London. His work earned him admission to the Royal Society in 1832.
Erysipelas was one of the four main infections in nineteenth-century hospitals. The other three were gangrene (ulcers that cause the decomposition of flesh, muscles and bones), septicemia (blood poisoning) and pyemia (formation of abscesses filled with pus). Any of these infections could be fatal, depending on a wide variety of factors, including the victim’s age and health status. The progress of the infection and suppuration caused by the “big four” would be known later as “hospitalism”, and the medical community attributed it more and more to the construction of large urban hospitals in which patients were in close contact. One with another. Although the existence of these buildings met the needs of a population that was increasing rapidly, many doctors believed that hospitals counteracted surgical advances because most patients died of infections that would not have contracted had they not been admitted to them. In fact, a contemporary argued that the medical community could not expect any “progress in the public practice of curative art until our system of hospitalism has undergone some change or revolution.”
The problem was that nobody knew exactly how infectious diseases were transmitted.

In the nineteenth century, almost all hospitals in London except the Royal Free controlled the admission of patients through a system of entries. One could get an entry from one of the “subscribers” of the hospital, who had paid an annual fee in exchange for the right to recommend patients to the hospital and vote in the medical staff elections. To obtain an entry, potential patients had to make continuous requests; they could spend days waiting and calling the servants of the subscribers to ask them to enter the hospital. Preference was given to severe cases. The “incurables” – people with cancer or tuberculosis, for example – were rejected, as were people with venereal diseases.
The atrocities perpetrated by Burke and Hare were the result of the lucrative trade in fresh corpses destined for schools of anatomy extended by Great Britain in the first decades of the 19th century, when the only bodies that could be legally obtained for dissection were those of hanged assassins. With the proliferation of private medical schools there were not enough bodies for all. As a result, the city was filled with body snatchers or “resurrectionists,” as they were sometimes called. They worked under the cloak of darkness with the winter dead, when the cold Scottish climate slowed down the natural process of decomposition. Using wooden picks and iron hooks, they dug a small hole in the head of each grave, broke the lid of the coffin and removed the corpse. Thieves could steal up to six bodies in a single night, and often worked in small gangs fighting over the monopoly of the corpse trade.
The problem was so widespread that drastic measures were taken to protect the dead in the cemeteries around Edinburgh. The mourners placed the so-called mortsafes or iron bars on the tombs to protect their beloved deceased. The surrounding walls were also covered with loose stones, which made it almost impossible to climb them without a crash. The guards defended the cemeteries by installing wire traps connected to shotguns and primitive mines. Local people gathered in “cemetery clubs” and kept an eye on the new graves until, after a few weeks, the body was supposed to be too decomposed to be of any use in anatomy schools.
But unpleasant as it may be, the truth is that without the body snatchers and the thousands of corpses that the anatomists provided over the previous decades, Edinburgh would not have achieved its enviable worldwide reputation as a pioneering city in surgery. Without this reputation, it is unlikely that Lister had decided to travel there to meet Professor Syme as a prelude to his continental journey to visit the medical institutions of Europe.

Anyone looking for physical evidence of these benefits could find it in their two rooms at the Royal Infirmary in Glasgow. Although these were formerly among the least sanitary in the hospital due to their limited access to fresh air, he reported that his use of antiseptic treatment in patients had considerably reduced the number of those suffering from an infection. Not a single case of piemia, gangrene or erysipelas had occurred in his rooms since he introduced his system.
Lister took the first step in spreading the antiseptic methods that he thought were the key to saving countless lives.
Many adversaries compared Lister’s antiseptic system with the traditional practice of putting ointments on putrefied wounds and hoping for the best, like doctors who for decades had used wine, quinine and Condy’s liquid. A young Liverpool doctor named Frederick W. Ricketts sided with Simpson, arguing that acupressure was “simple, effective and elegant,” while Lister’s methods were “obsolete and inelegant.” So did James Morton, a doctor who had worked with Lister on the Royal Infirmary until he left his post in October 1867; it concluded that the carbolic acid was not “superior, but hardly equal to some of the other commonly used antiseptics”. Like Ricketts, Morton thought that Lister’s methods were outdated and disagreed with his “system” of treatment, as he called it. He characterized them as “an antiseptic way of bandaging” -one of the many already existing-, and thought that Lister had “let the pen run with some haste” when praising his results.
The announcement of Lister’s antiseptic system in 1867 was only the beginning of work on putrefied wounds. Lister continued experimenting with carbolic acid, which involved refining and making adjustments in his methods. In fact, the students of Lister – who continually attended a demonstration with a certain technique in mind, discovered that their teacher had already developed a new method since the last time – were already expecting those changes. This underlined for them the value of experimentation in medicine, and was proof that observational acuity and precision could introduce improvements in surgery.
From the beginning, Lister had defended general and total sterilization with carbolic acid, from that of the instruments to that of the surgeon’s hands, a protocol that would eventually corrode his skin. But the ligatures-which were essential for tying blood vessels in amputations or cutting off blood flow in aneurysms-were still problematic, even after they began to be soaked in carbolic acid.
The role of scientific knowledge and methodology in medical practice – which was essential for the transition from “quacks” to professional surgeons – had not yet been established. But the current was going in Lister’s favor.

On September 4, 1871, Lister’s car stopped at the grand entrance to Balmoral Castle, the heart of Queen Victoria’s extensive property in the Scottish Highlands. The previous day, Lister had received an urgent telegram requesting his presence at the royal residence. The queen was seriously ill. An abscess in the armpit had increased to the size of an orange, since it was already six inches in diameter. With Syme dead, Lister was then the most famous surgeon in Scotland, so it was natural to be consulted on a serious matter related to the health of the queen.
Victoria’s problems had begun a few weeks before suffering from tonsillitis. Soon after, he felt pain and swelling in his right arm. In an entry in her diary, the queen complained about the condition of her arm: “the arm [is not] better, and does not respond to any treatment”. The doctors begged the queen to allow a surgeon to see her.
The scrupulous surgeon had with him everything he needed to operate, including his latest invention: the carbolic spray. The idea of ​​that device had occurred to him a few months before, partly inspired by a series of experiments carried out by the British physicist John Tyndall. Throwing a concentrated beam of light through the air, Tyndall demonstrated the great content of dust that floated in the atmosphere. And he observed that, when the air was free of particles, the light disappeared. Using heat, Tyndall prepared a sample of dust-free air and showed that the putrescible solutions exposed to it remained sterile, while in contact with the air containing dust they were soon corrupted by the action of bacteria and mold. He spoke with amazement at the number of particles in the air that “swirl […] in our lungs every hour and every minute of our lives,” and expressed concern about the effects they would have on surgical instruments in particular. For Lister, this reinforced the idea that the germs present in the air should be destroyed in the precincts where medicine is practiced. Lister had designed the carbolic spray to sterilize the air around the patient, both during and after surgery, by changing the dressings. But it also had another purpose. He believed that the spray would reduce the need for direct irrigation of the wound with carbolic acid, which often damaged the skin and increased the risk of inflammation and infection.
Lister’s fame abroad grew in 1875 during a European tour he made with Agnes to show his methods abroad. The rooms that adhered to his system were highly praised for their “fresh and healthy atmosphere” and “absence of smells”, and The Lancet called his tour of the university cities of Germany, where his system was particularly celebrated, of “march”. triumphal”. But there was a nation that was not convinced of the virtues of the Listerian methods: United States.
In fact, in several American hospitals, Lister techniques had been banned; Many doctors saw them as unnecessary and too complicated distractions, because they had not yet accepted the theory of germs as causes of putrefaction. Even in the mid-1870s, the way to heal wounds and treat infections had barely progressed, despite the fact that Lister’s theories and techniques appeared in American medical journals.
In September 1877, Lister quietly left the Scottish city where he had fallen in love for the first time with the bloody and butchery art of surgery under the tutelage of his great mentor, James Syme. But, just before taking the train, he checked the status of the last patients admitted to the Royal Infirmary. While touring the corridors for the last time, he took stock of the remarkable transformation of the institution. She was confident that she would be safe in the hands of her disciples, who were now entrusted with the implementation of her antiseptic system throughout the hospital. The ramshackle rooms full of patients consumed in miserable conditions, the bloody aprons and the operating tables dirty with body fluids, or unwashed instruments were no longer visible. Everything that once impregnated the operating room of the “old and good hospital plague” had disappeared. The Royal Infirmary was well lit, clean and well ventilated. It was no longer a house of death, but a house of healing.

The growing awareness of the action of microbes increased the concern of the Victorian public for hygiene, and a new generation of cleaning products and personal hygiene with carbolic acid flooded the market. Perhaps the most famous was Listerine, invented by Dr. Joseph Joshua Lawrence in 1879. Lawrence had attended the Lister conference in Philadelphia, which suggested that he make his own mixture of antiseptics, something he did shortly after in the back of an old cigar factory in Saint Louis. Lawrence’s formula contained thymol (a derivative of phenol), eucalyptol, and menthol. He also had an alcohol concentration of 27 percent.
Listerine would not have appeared if an enterprising pharmacist, Jordan Wheat Lambert, had not realized his potential when he met Lawrence in 1881. Lambert bought the rights to the product and its formula to the good doctor and began to market it as a multiple-use antiseptic-treatment against dandruff, soil cleaning and even a cure for gonorrhea. In 1895, Lambert extended the use of Listerine to odontology as an oral antiseptic, a use with which he has achieved immortality.
Carbolic acid could also be dangerous for the ill-informed: in September 1888, the Aberdeen Evening Express reported that thirteen people had been poisoned in an accidental event, and five of them died. A regulation subsequently imposed in Britain prevented the sale to the public of toxic chemicals in its purest form. Carbolic acid was also at the center of a corporate lawsuit in 1892. A product with the disturbing name of Carbolic Smoke Ball was marketed in London as a prophylactic against influenza as a result of the flu pandemic that killed a million people between 1889 and 1890.

Lister’s methods transformed surgery from the art of carnage into modern science, in which the innovative methodologies recently tested and contrasted surpassed the trite practices. They opened new frontiers to medicine, allowing us to go deeper into the living body, and in that process saved hundreds of thousands of lives.

Thanks to Lindsey for comments in order to my opinion about the book. (Twitter)
david arroyo 
@weedjee
26 jun.
De Matasanos A Cirujanos — Lindsey Fitzharris / The Butchering Art: Joseph Lister’s Quest to Transform the Grisly World of Victorian Medicine by Lindsey Fitzharris

De Matasanos A Cirujanos — Lindsey Fitzharris / The Butchering Art: Joseph Lister’s Quest to…
weedjee.wordpress.com

Lindsey Fitzharris
Lindsey Fitzharris
@DrLindseyFitz
Respondiendo a @weedjee
What a lovely review of my book! Thank you for sharing!
9:17 a. m. · 27 jun. 2018

david arroyo 
david arroyo 
@weedjee
Respondiendo a @DrLindseyFitz
I love yor book Lindsey… it a didactic entertainment and thanks for lovely moments. A good work, hails from Madrid… a recommended book to infinity and beyond 👍👍👍👍

Lindsey Fitzharris
Lindsey Fitzharris
@DrLindseyFitz
That’s very kind! I’m so pleased that it’s being so well received in Spain!

david arroyo 
david arroyo 
@weedjee
To my way of thinking when a book is nice very similar to drugs as chocolate and I’ve remembered Scottish moments from time ago, I love goodie books and I can hardly say Congrats Lindsey, I love this book! Thanks again

2 pensamientos en “De Matasanos A Cirujanos — Lindsey Fitzharris / The Butchering Art: Joseph Lister’s Quest to Transform the Grisly World of Victorian Medicine by Lindsey Fitzharris

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