La Filosofía No Da La Felicidad — Roger-Pol Droit / La Philosophie Ne Fait Pas Le Bonheur (Philosophy Doesn’t Give Happiness) by Roger-Pol Droit

Este breve libro es interesante en cuanto la filosofía enseña a discernir la falacia de la filofelicidad tan actual, irónico y un libro más que interesante. Muestra los caminos para alcanzarla y enseña cómo conservarla, prolongarla y protegerla.
Para conducirnos a la felicidad, la filosofía posee todo lo necesario. Varias estrofas detallan los medios impresionantes de los que dispone: escuelas de sabiduría, ejercicios espirituales, maestros valerosos, textos beneficiosos, consejos prácticos…
Esta cantinela de la «filofelicidad» lo inunda todo.

Lo que importa no es la constatación. Esa pseudofilosofía que supuestamente garantiza la felicidad es bien visible y está al alcance de la mano.
Por lo tanto no se trata de descubrirla, y menos aún de establecer su existencia. Solo hay que preguntarse por qué suscita tan pocas burlas y protestas, en qué postulados se basa, cómo se ha impuesto, para qué sirve y a qué necesidad responde.
Nuestros filósofos de la felicidad se revisten con sus hábitos de sacerdote y se ajustan las estolas. Se ponen a explicar de cabo a rabo a quien quiera oírlos cómo ser feliz siempre y en todas partes: «Así es como puedes conocer la felicidad en el trabajo y en el tiempo libre, en la cocina, en el cuarto de baño, en la oficina, en el dormitorio, en el coche y durante las vacaciones… Así estarás siempre realizado, conocerás la plenitud, la alegría y la beatitud. ¡Por fin tu vida tendrá sentido!».

Un término griego para designar la felicidad es eudaimonía (de donde procede eudemonismo, que es la doctrina de la felicidad, de la vida feliz). También esa palabra contiene el prefijo eu-, pero unido a la representación de los poderes divinos, de las fuerzas que actúan sobre la vida de los humanos, los «demonios».
Para los griegos, esos «demonios» no son en absoluto diablos, como lo serán en la versión cristiana del Demonio, sino mensajeros, intermediarios, fuerzas que llevan a los humanos, a su pesar, hacia sus mejores o peores instantes. Originariamente, la felicidad como eudaimonía, antes de ser retomada y reinterpretada por los filósofos, designa la ausencia total de control de los humanos sobre su propia vida.
Algo más poderoso que nosotros —da lo mismo llamarlo dios que ángel o demonio— se apodera de nuestra voluntad, nos empuja, nos rapta, nos arrastra y nos transporta para conducirnos al júbilo y al éxtasis. O bien para sumirnos en el dolor, o incluso destruirnos sin remedio. En cualquier caso, eso ocurre siempre fuera de nosotros, fuera de nuestro alcance, sin consultarnos ni dejarnos ningún margen de maniobra; así también se traman los hilos de nuestra dicha o de nuestra aflicción.
El alemán ha conservado una relación análoga al usar la misma palabra Glück para designar tanto la suerte como la felicidad. Lo mismo sucede en inglés, donde el vínculo es evidente entre happiness (felicidad) y el verbo to happen, que significa lo que acaece, lo que se produce según el curso incontrolable de los acontecimientos.
Así pues, el lazo primordial entre felicidad y azar está bien documentado en las lenguas europeas. En todas ellas, la idea inicial es muy parecida: los acontecimientos que nos satisfacen, nos alegran, nos proporcionan placer, vienen por sí mismos, cuando y como quieren, no cuando nosotros queremos, ni según nuestras acciones. No tenemos por lo tanto ningún poder sobre nuestra felicidad…
Los acontecimientos que nos hacen felices se producen independientemente de nuestro control. Acaecen por sí mismos, por azar, de forma contingente, arbitraria, y hasta incomprensible o injusta. Eso es lo que pensaron originariamente los griegos: la vida feliz de los mortales, si es que existe, depende únicamente de la voluntad de los dioses, de sus decisiones inescrutables, de sus oscuras sentencias. Atribuir la felicidad a decisiones de los dioses —aunque sean ininteligibles para los humanos— parece incluso demasiado tranquilizador, demasiado simple.

1.  Todos los humanos desean la felicidad.
2.  La filosofía permite alcanzar la felicidad.
3.  Luego, todos los humanos necesitan la filosofía.

¡Esta es la Santísima Trinidad que los nuevos sacerdotes adoran! Expresa con la mayor simplicidad posible lo esencial del dispositivo. Naturalmente no la encontramos nunca expuesta de esta forma desnuda y descarnada. Sin embargo, el encadenamiento de estas tres supuestas evidencias es lo que constituye la base de la operación «filosofía-llave-de-la-felicidad».
Las múltiples ventajas de este dogma saltan a la vista.
La primera brecha entre la felicidad antigua y la nuestra se refiere a la relación entre lo colectivo y lo individual. Los antiguos no concebían la felicidad más que dentro de la relación: más que un asunto personal, una situación singular, una trayectoria individual, un sentimiento «desde dentro», la felicidad constituía para ellos una relación con el exterior, una forma específica de inclusión en la Ciudad, en el cosmos, o en todo caso en un conjunto del cual el individuo no era sino un elemento más.
Acceder a la felicidad no significaba, pues, realizarse personalmente, desarrollar la propia individualidad, aisladamente, independientemente del resto del mundo, por cuenta propia. Era, por el contrario, salir de uno mismo, abandonar el lugar propio, contemplarlo desde fuera, comprender su inclusión en un todo: verse como un músico en la orquesta, como una pincelada en el cuadro, como el intérprete de un personaje en el teatro del Universo.
El meollo de lo que interesa a la filosofía de la felicidad y a sus nuevos sacerdotes. ¿Qué dicen? «Nosotros, los modernos, que queremos ser felices y serlo definitivamente, ¡vayamos a beber de esas fuentes! ¡Restauremos la sabiduría! ¡Troquelémosla a nuestra medida, entronquemos con ese primer camino de la filosofía, desafortunadamente olvidado, abandonado, escondido! ¡Releamos, imitemos, practiquemos a los filósofos antiguos, y sabremos construirnos, gracias a ellos, nuestra felicidad moderna!

¡La filofelicidad no duda de nada! Eso no solo significa que es intrépida, que no tiene empacho en prescribirnos cómo debemos vivir o no vivir, lo que debemos hacer o dejar de hacer para alcanzar la felicidad. No le falta descaro, desde este punto de vista (y lo más asombroso es que ya no nos asombra).
Tampoco duda literalmente de nada: la convicción es su terreno; la afirmación, su costumbre. Para la filosofía de la felicidad todo son certezas. Está segura de que todos los humanos aspiran a la felicidad más que a nada en el mundo, y está convencida también de que la filosofía, mejor que cualquier otra cosa, los puede conducir a ella. Estas evidencias constituyen los pilares sobre los cuales cree poder sostenerse. Y se abstiene de ponerlas en duda, lo cual sería instructivo, aunque indudablemente demoledor para sus ambiciones.
Abstenerse de poner en duda sus postulados parece muy extraño por parte de intelectuales que se llaman a sí mismos filósofos. Yo había creído entender que la filosofía tenía el asombro como gesto fundador, lo cual implica considerar que nada es evidente. Este es, sin duda, uno de los leitmotivs más antiguos y constantes de la filosofía.

La filofelicidad se inspira en una plenitud del mismo tipo. Como todos buscamos nuestra felicidad, nadie puede querer «realmente» su propia desdicha. Si alguien parece renunciar, o parece destruirse, lo que ocurre en realidad es que se equivoca, o bien que persigue la felicidad de otra forma, en otro lugar, sin abandonar en modo alguno la búsqueda universal.
¿No hay ningún ser humano que no desee la felicidad? Falso. ¿No hay ningún pueblo, ninguna civilización, ninguna cultura que no sueñe con ella como nosotros? Falso. Basta viajar un poco para comprender que el deseo de felicidad no es en absoluto universal. La certeza de su omnipresencia es un efecto de óptica, una consecuencia de la ignorancia y la ceguera, no una realidad. La filosofía de la felicidad no solo olvida la historia del pensamiento y la existencia de lo negativo, sino también la diversidad de las culturas. Aferrándose a unas cuantas actitudes europeas y occidentales ya limitadas y seleccionadas, no ve hasta qué punto la cuestión de la felicidad se plantea en términos muy distintos en China y en la India. O, mejor dicho, no se plantea.
La filofelicidad tiende a olvidar la filosofía, la historia, la complejidad del psiquismo, la diversidad de las civilizaciones. Su felicidad es muy frágil y a la vez sale muy cara. Sobre todo porque, contrariamente a lo que afirma, no es en absoluto seguro que la filosofía sea capaz de proporcionarla. Esa seguridad tan bonita, en efecto, topa con nuevas preguntas y nuevas objeciones.
El maridaje entre filosofía y felicidad, y por lo tanto entre verdad y felicidad, que fue el eje de la filosofía antigua, ¿lo es acaso aún de la filosofía posterior a la Antigüedad? Evidentemente, no. El vínculo que establecían los antiguos entre filosofía, vida y felicidad se ha disuelto. Tan es así que hasta hace poco casi nadie guardaba memoria de él. La filosofía se había separado tanto de la felicidad, y ahora el sabio lo es sobre todo en el sentido de docto o erudito, y casi ya no en el otro sentido. Busca la verdad, pero no la felicidad. De hecho, la verdad ya no da la felicidad. El largo reinado del santo ha puesto fin al sueño de la filosofía antigua de acceder a la felicidad a través de la lógica y la verdad. Sabiduría y ciencia se disocian. A eso se le llama Edad Moderna. El sabio por una parte y el científico por otra. El filósofo está del lado del científico. No del lado de la felicidad.
La filosofía-como-ciencia podía naturalmente denunciar a veces ciertas desviaciones de la técnica. Podía oponerse a sus aspectos deshumanizadores, criticar incluso los efectos desecadores del formalismo científico, pero no se ocupaba en modo alguno de la felicidad individual. Definirla y buscarla no era en absoluto su misión. Conducir a la felicidad, prometerla y garantizarla es algo que no se le habría ocurrido. El proyecto de transformarse uno mismo no le interesaba. La idea misma de que la filosofía pudiese hacer vivir de un modo distinto a quienes la practican hubiera parecido rarísima.
Eso ocurría hace medio siglo, lo cual es a la vez poco y muchísimo. La mutación que se ha producido en la filosofía pública en tan poco tiempo es un fenómeno sorprendente, poco estudiado y mal explicado.

Los pilares de la filofelicidad no son tan sólidos ni están tan anclados en evidencias inquebrantables como proclaman sus seguidores.
Hay tres preguntas esenciales que me parece que en general se omiten:
1.  ¿Puede la filosofía «hacer» algo? ¿Tiene realmente un alcance práctico, alguna eficacia, algún impacto? ¿En qué sentido y sobre qué?
2.  ¿Por qué caminos la felicidad, de la cual los filósofos ya prácticamente no hablaban desde hacía varias generaciones, ha vuelto recientemente a sus discursos, sus obras y sus preocupaciones?.
3.  ¿La felicidad en su versión siglo XXI es libertad o servidumbre? Descrita y prescrita continuamente, ¿no será esa felicidad un instrumento de autoridad, de control, de uniformización?.

La nueva fórmula de la felicidad (con agentes suavizantes y perfumes naturales) nos incita continuamente a desear cada vez más un mundo liso, una vida sin asperezas. Todo lo «sin» es mejor: nuestra felicidad será una felicidad sin violencia, como nuestros geles de ducha son sin parabenos. Será una felicidad sin sobresaltos y sin pasiones, como nuestros platos sin grasas y nuestros jardines sin pesticidas. Y ante todo, al estilo antiguo, será una felicidad sin perturbaciones. Como la atmósfera, por fin libre de gases de efecto invernadero. Sin sobresaltos, sin tensiones, sin conflictos.
Porque esa felicidad no es una conquista, sino un abandono. No tiene nada que ver con un horizonte incierto, que una existencia entera trata de alcanzar sin estar jamás segura de conseguirlo. Simplemente carece de contrariedades, está libre de preocupaciones, se ha desembarazado de hecho de cualquier forma de libertad, la cual supone estar mucho menos tranquilo y ser mucho más responsable. Esta falsa felicidad insípida, desteñida, que se entrega ya preparada para usarse es lo contrario a la autonomía y sus riesgos. Más bien evoca una nueva esclavitud.
Podría ser, en efecto, que la filofelicidad nos empujara a desear nuestra propia servidumbre, a construir con nuestras propias manos nuestra cárcel insonorizada, higiénica, desodorizada. So pretexto de recuperar el control de nuestras vidas, no está excluido que estemos corriendo hacia una nueva condición controlada, insidiosa, aparentemente divertida pero totalitaria.

Es imperdonable que haya filósofos que participen en su glorificación. La idea misma de elogiar la felicidad, y más aún de sostener que la filosofía puede ayudar a alcanzarla, resulta absolutamente contraria al papel crítico que debe desempeñar la filosofía.
Los filósofos que le trenzan a la felicidad guirnaldas de análisis floridos en vez de denunciar sus trampas y su maleficencia traicionan su papel. En vez de servir a la libertad, le hacen el juego a la servidumbre.
Finalmente, la filofelicidad no era más que una tentativa de suicidio de la filosofía, un avatar depresivo de su declive. Por eso estaba condenada al fracaso.
Primero, porque la filosofía no tiene realmente medios para transformar la existencia.
Segundo, porque esa transformación filosófica del mundo, si por milagro fuera posible, no podría tener la felicidad como fin: la felicidad sigue siendo un ideal inconcebible y vago, y en ningún caso es un concepto.
Y por último, porque si por ventura la humanidad acabara abandonándose totalmente a la felicidad del siglo XXI sería el triunfo de una normalización esclavizadora y totalitaria. Al participar en semejante victoria, la filosofía reniega de sí misma y se autodestruye.
Afortunadamente, me atrevo a decir, la filosofía no da la felicidad.
La filosofía nos hace concebir el conocimiento como una mezcla de verdades y de errores, de ciencia y de ficción, de certidumbre y de delirio. Permite plantearse la existencia como un patchwork en el que se entrelazan razones y sinrazones, vida y muerte, éxtasis y sufrimientos, esperanzas y desilusiones, resistencia e impaciencia… sin olvidar, evidentemente, dichas y desdichas. Indefinidamente entretejidas unas con otras.
Personalmente creo que solo así la filosofía puede ser útil. E incluso mostrar su grandeza.
Por eso, en definitiva, ¡no da la felicidad… ni falta que le hace!.

This brief book is interesting insofar as philosophy teaches to discern the fallacy of philopheliness so current, ironic and a more than interesting book. It shows the ways to reach it and teaches how to conserve it, prolong it and protect it.
To lead us to happiness, philosophy possesses everything necessary. Several stanzas detail the impressive media available: schools of wisdom, spiritual exercises, courageous teachers, beneficial texts, practical advice …
This cantinela of the “philosophical” floods everything.

What matters is not the verification. That pseudo-philosophy that supposedly guarantees happiness is well visible and within reach.
Therefore it is not about discovering it, and even less about establishing its existence. One only has to ask oneself why it provokes so few ridicules and protests, on what postulates it is based, how it has been imposed, what it is for and what it needs to respond to.
Our philosophers of happiness dress in their priestly habits and adjust the stoles. They begin to explain to anyone who wants to hear them how to be happy always and everywhere: “This is how you can know happiness at work and in free time, in the kitchen, in the bathroom, in the office, in the bedroom, in the car and during the holidays … Thus you will always be fulfilled, you will know the fullness, the joy and the beatitude. At last, your life will make sense! ”

A Greek term for happiness is eudaimonia (from which comes eudemonism, which is the doctrine of happiness, of happy life). Also that word contains the prefix eu-, but together with the representation of the divine powers, of the forces that act on the life of humans, the “demons”.
For the Greeks, these “demons” are not devils at all, as they will be in the Christian version of the Devil, but messengers, intermediaries, forces that lead humans, despite themselves, to their best or worst moments. Originally, happiness as eudaimonia, before being taken over and reinterpreted by philosophers, designates the total absence of control of humans over their own lives.
Something more powerful than us-no matter what, to call him god or angel or demon-seizes our will, pushes us, kidnaps us, drags us and transports us to lead us to joy and ecstasy. Or to sink into pain, or even destroy us without remedy. In any case, this always happens outside of us, beyond our reach, without consulting us or leaving us any room for maneuver; thus the threads of our happiness or our affliction are also woven.
The German has retained an analogous relationship by using the same word Glück to designate both luck and happiness. The same happens in English, where the link is evident between happiness (happiness) and the verb to happen, which means what happens, what occurs according to the uncontrollable course of events.
Thus, the primordial bond between happiness and chance is well documented in European languages. In all of them, the initial idea is very similar: events that satisfy us, make us happy, give us pleasure, come by themselves, when and how they want, not when we want, or according to our actions. We therefore have no power over our happiness …
The events that make us happy occur independently of our control. They happen by themselves, by chance, contingently, arbitrarily, and even incomprehensible or unfair. That is what the Greeks originally thought: the happy life of mortals, if it exists, depends solely on the will of the gods, their inscrutable decisions, their obscure sentences. Attributing happiness to decisions of the gods – even if they are unintelligible to humans – seems even too reassuring, too simple.

1. All humans desire happiness.
2. Philosophy can achieve happiness.
3. Then, all humans need philosophy.

This is the Holy Trinity that the new priests adore! Express with the greatest possible simplicity the essentials of the device. Naturally, we never find her exposed in this bare and naked manner. However, the linking of these three supposed evidences is what constitutes the basis of the “philosophy-key-of-happiness” operation.
The multiple advantages of this dogma are obvious.
The first gap between old happiness and ours relates to the relationship between the collective and the individual. The ancients did not conceive happiness more than within the relationship: more than a personal matter, a singular situation, an individual trajectory, a feeling “from within”, happiness constituted for them a relationship with the outside, a specific form of inclusion in the City, in the cosmos, or in any case in a set of which the individual was just another element.
Accessing happiness did not mean, therefore, to be personally realized, to develop one’s own individuality, in isolation, independently of the rest of the world, on its own account. It was, on the contrary, to leave oneself, to leave one’s place, to contemplate it from the outside, to understand its inclusion in a whole: to see itself as a musician in the orchestra, as a brushstroke in the painting, as the interpreter of a character in the theater of the Universe.
The core of what interests the philosophy of happiness and its new priests. What do they say? “We moderns, we want to be happy and definitely be, let’s go drink from those sources! Let’s restore wisdom! Let’s change it to our measure, we connect with that first path of philosophy, unfortunately forgotten, abandoned, hidden! Let’s reread, imitate, practice the ancient philosophers, and we will know how to build, thanks to them, our modern happiness!

Philo-sensuality does not doubt anything! That does not only mean that she is intrepid, that she has no compunction about prescribing how we should live or not live, what we should do or not do in order to achieve happiness. He does not lack shame, from this point of view (and the most amazing thing is that it no longer amazes us).
Nor does he literally doubt anything: conviction is his ground; the affirmation, its habit. For the philosophy of happiness all are certainties. She is sure that all humans aspire to happiness more than anything in the world, and she is also convinced that philosophy, better than anything else, can lead them to it. These evidences are the pillars on which he believes he can sustain himself. And he refrains from questioning them, which would be instructive, though undoubtedly devastating to his ambitions.
Refraining from questioning his postulates seems very strange on the part of intellectuals who call themselves philosophers. I had thought that philosophy had amazement as a founding gesture, which implies that nothing is evident. This is, without doubt, one of the oldest and most constant leitmotifs of philosophy.

Philo-sensuality is inspired by a fullness of the same kind. As we all seek our happiness, no one can “really” want his own misery. If someone seems to renounce, or seems to be destroyed, what actually happens is that he is wrong, or that he pursues happiness in another way, in another place, without abandoning the universal search in any way.
Is not there any human being who does not want happiness? False. Is there no village, no civilization, no culture that does not dream about it like us? False. It is enough to travel a little to understand that the desire for happiness is not universal at all. The certainty of its omnipresence is an optical effect, a consequence of ignorance and blindness, not a reality. The philosophy of happiness not only forgets the history of thought and the existence of the negative, but also the diversity of cultures. Clinging to a few limited and selected European and Western attitudes, he does not see to what extent the question of happiness is posed in very different terms in China and India. Or, rather, it does not arise.
Philosophicity tends to forget philosophy, history, the complexity of the psyche, the diversity of civilizations. His happiness is very fragile and at the same time it is very expensive. Especially because, contrary to what he says, it is not at all certain that philosophy is capable of providing it. That pretty security, in fact, comes up with new questions and new objections.
The pairing between philosophy and happiness, and therefore between truth and happiness, which was the axis of ancient philosophy, is it even of post-antiquity philosophy? Evidently, no. The link established by the ancients between philosophy, life and happiness has been dissolved. So much so that until recently almost nobody kept memory of him. Philosophy had separated itself so much from happiness, and now the wise man is above all in the sense of learned or learned, and almost no longer in the other sense. Seek the truth, but not happiness. In fact, truth no longer gives happiness. The long reign of the saint has put an end to the dream of ancient philosophy to access happiness through logic and truth. Wisdom and science dissociate. This is called the Modern Age. The wise on the one hand and the scientist on the other. The philosopher is on the side of the scientist. Not on the side of happiness.
Philosophy-as-science could naturally sometimes denounce certain deviations from technique. He could oppose his dehumanizing aspects, criticize even the drying effects of scientific formalism, but he did not deal in any way with individual happiness. Defining it and looking for it was not at all its mission. Driving happiness, promising it and guaranteeing it is something that would not have occurred to you. The project to transform oneself did not interest him. The very idea that philosophy could make living in a different way to those who practice it would have seemed very rare.
That happened half a century ago, which is both little and very much. The mutation that has occurred in public philosophy in such a short time is a surprising phenomenon, little studied and poorly explained.

The pillars of philosophicality are not as solid or as anchored in unbreakable evidence as proclaimed by his followers.
There are three essential questions that I think are generally omitted:
1. Can philosophy “do” something? Does it really have a practical scope, some effectiveness, some impact? In what sense and on what?
2. On what paths does happiness, of which philosophers practically did not speak for several generations, have recently returned to their speeches, their works and their concerns ?.
3. Is happiness in its 21st century version freedom or servitude? Described and prescribed continuously, will not that happiness be an instrument of authority, of control, of uniformization?

The new formula of happiness (with softening agents and natural perfumes) continually encourages us to desire more and more a smooth world, a life without harshness. Everything “without” is better: our happiness will be happiness without violence, as our shower gels are paraben free. It will be a happiness without frights and without passions, like our dishes without fats and our gardens without pesticides. And above all, in the old style, it will be a happiness without disturbances. Like the atmosphere, finally free of greenhouse gases. No frights, no tensions, no conflicts.
Because that happiness is not a conquest, but an abandonment. It has nothing to do with an uncertain horizon, which an entire existence tries to achieve without ever being sure of achieving it. It simply has no setbacks, it is free from worries, it has become rid of any form of freedom, which means being much less calm and being much more responsible. This false bland happiness, faded, which is delivered ready to be used is the opposite of autonomy and its risks. It rather evokes a new slavery.
It could be, in fact, that the philo-sensuality pushes us to desire our own servitude, to build with our own hands our jail, soundproof, hygienic, deodorized. Under the pretext of regaining control of our lives, it is not excluded that we are running towards a new controlled, insidious, apparently funny but totalitarian condition.

It is unforgivable that there are philosophers who participate in its glorification. The very idea of ​​praising happiness, and even more to maintain that philosophy can help achieve it, is absolutely contrary to the critical role that philosophy should play.
The philosophers who braid to happiness garlands of flowery analysis instead of denouncing their traps and their maleficence betray their role. Instead of serving freedom, they play the game of servitude.
Finally, philosophicality was nothing more than a suicide attempt by philosophy, a depressive avatar of its decline. That’s why I was doomed to failure.
First, because philosophy does not really have means to transform existence.
Second, because that philosophical transformation of the world, if by a miracle it were possible, could not have happiness as an end: happiness remains an inconceivable and vague ideal, and in no case is it a concept.
And finally, because if humanity were to end up totally abandoning the happiness of the 21st century, it would be the triumph of a totalitarian and enslaving normalization. By participating in such a victory, philosophy denies itself and self-destructs.
Fortunately, I dare to say, philosophy does not give happiness.
Philosophy makes us conceive knowledge as a mixture of truths and errors, of science and fiction, of certainty and delirium. It allows us to consider existence as a patchwork in which reasons and unreason are interwoven, life and death, ecstasy and suffering, hopes and disappointments, resistance and impatience … without forgetting, of course, joys and misfortunes. Indefinitely interwoven with each other.
Personally, I think that only in this way can philosophy be useful. And even show its greatness.
That is why, in short, it does not give happiness … nor does it need to!

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