Viaje A Yucatán Vol. I & II — John Lloyd Stephens / Incidents Of Travel In Yucatán Vols. I & II by John Lloyd Stephens

Para cualquier persona interesada en la arqueología maya en general, y los mayas en Yucatán en particular, este libro es imprescindible. La escritura de Stephens es clara y a menudo graciosa, aunque es imposible estremecerse ante las actitudes paternalistas que expresé a los “nativos” y sus métodos diabólicos para arrancar tallas de los templos y palacios que he explorado.
Estoy volviendo a leer el libro mientras recuerdo un viaje de los sitios mayas en Yucatán; Probablemente lo vuelva a releer porque es así de bueno.
Una palabra sobre esta edición: Cosimo Classics (nunca antes se había oído hablar de ellos) debería ser colmado de premios por la calidad de sus publicaciones si esto es una indicación de la serie. Bellamente impreso en papel muy fino, con excelente reproducción del arte de Catherwood.
La obra «Viaje a Yucatán», es capital para el estudio de la arqueología maya en general y yucateca en particular. Publicada en 1843 por Juan Lloyd Stephens —abogado del foro de Nueva York y viajero excelente— contiene la descripción de cuarenta y cuatro ciudades y sitios arqueológicos importantes de la península yucateca y representa el trabajo de cerca de siete meses de exploración —octubre de 1841 a mayo de 1842— en comarcas agrestes y selváticas, en algunas de las cuales no había penetrado antes ningún explorador. Para hacer esta expedición, Juan Lloyd Stephens y sus compañeros —el eximio dibujante inglés Federico Catherwood y el médico y ornitólogo norteamericano Samuel Cabot—, tuvieron que poner en juego toda su resistencia y todos sus recursos de voluntad e ingenio, así como su fortaleza física y su templanza. Los tres contrajeron el terrible paludismo durante el penoso viaje, en la arqueológica ciudad de Uxmal; pero a pesar de sus dolores y molestias continuaron su exploración.
Seamos justos este clásico es una joya, la arqueología maya y el interés por el conocimiento de esta apasionante cultura nacieron, a pesar de la existencia de varias exploraciones y trabajos anteriores, con los viajes que John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood efectuaron, por tierras mexicanas y centroamericanas, a mediados del siglo XIX. A ellos se debe la recuperación para la historia del pasado de un pueblo que, hasta esas fechas, había permanecido totalmente ignorado.
En líneas generales, Guatemala, Belice, el oeste de Honduras y El Salvador, y los Estados mexicanos de Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Chiapas y parte del Tabasco forman el área donde se desarrolló la cultura y la civilización maya. El hombre la ocupó quizás hace unos 10 000 años, como así parecen confirmarlo los trabajos efectuados en Los Tapiales, en las Tierras Altas de Guatemala.
Es en el Período Protoclásico cuando se produce un gran aumento de la población, que se va a concentrar junto a los centros nacidos en la etapa anterior. La sociedad maya aparece ya fuertemente estratificada, y a la cabeza de ella se encuentran una serie de jefes sacerdotales que imponen su autoridad y conocimientos sobre el resto de la población. El dominio de los resortes del poder y de los medios de producción de esta sociedad teocrática va a provocar la creación de poderosos centros y un florecimiento intelectual, artístico y económico sin precedentes, en lo que en la actualidad se conoce como Período Clásico. El calendario, la erección de estelas, la religión alcanzan un gran desarrollo, y se levantan las más bellas muestras de la arquitectura maya: Palenque, Bonampak, Uxmal y los Templos de Tikal, entre otros ejemplos.
A pesar de ser la de Yucatán una de las primeras regiones de tierra firme en descubrirse, no fue sino hasta mediados del siglo XVI cuando se consolidó el dominio español sobre este territorio. La falta de metales preciosos, lo que originó un buen número de deserciones entre los soldados deseosos de encontrar fortuna fácil y rápida, unido al gran anhelo de libertad del pueblo maya, que combatió duramente a los españoles, son causas que motivaron el retraso en el proceso conquistador.
La ciudad de Mérida, capital del Estado de Yucatán, fue fundada en 1542 por Francisco Montejo el Mozo, sobre las ruinas del antiguo sitio maya de T’ho’. De las informaciones suministradas por los viajeros, frailes, cronistas, etc. se desprende que; en este importante asentamiento existieron cinco estructuras principales de gran tamaño, la última de las cuales fue demolida para la construcción del mercado municipal, habiéndose detectado hasta treinta núcleos domésticos en el interior del área periférica de la ciudad. Como muy bien apunta Barrera Rubio (1983:14), y al margen de otras cuestiones que podríamos denominar de estrategia militar, el establecimiento de la nueva capital en un lugar de gran importancia religiosa para el pueblo maya fue un factor determinante en la finalización del largo proceso de conquista.

Cuarenta años antes, una errante canoa fué la primera en dar noticia de la existencia de Yucatán, y había dieciséis que D. Francisco Montejo recibiera autoridad real para conquistarlo y poblarlo. Durante este tiempo, Cortés había arrojado a Moctezuma de su trono, y arrancado Pizarro su cetro a los incas del Perú. En la gloria y brillo de estas conquistas, Yucatán quedó olvidado, y lo está hasta el presente. Los antiguos historiadores hablan de él de paso y muy raras veces. El único libro que trata exclusivamente de este país, es el que escribió Cogolludo, y se publicó en el año 1658. Es voluminoso, confuso, mal ordenado y casi puede denominarse historia de los frailes de San Francisco, a cuya orden perteneció el autor. Los sucesos ocurridos desde el real permiso concedido a Montejo, los he extractado con gran trabajo de ese libro, único que hace un relato de todos esos sucesos; y como jamás se ha traducido a nuestro idioma, y apenas es conocido fuera de Yucatán en donde igualmente es raro, debe ser, por lo menos, nuevo al lector.
Desde el tiempo de la Conquista, Yucatán había existido en una capitanía general distinta, sin conexión con Guatemala ni sujeción al Virrey de México. Así continuó hasta el tiempo de la revolución mexicana. La independencia de Yucatán se siguió a la de México, sin lucha ni conflicto alguno.
Separado de la Madre Patria, Yucatán envió en mala hora comisionados a México para deliberar sobre el modo de organizar un gobierno; y al regreso de estos comisionados y sobre su simple relato, renunció su posición independiente y entró en la confederación mexicana, como uno de los Estados de aquella República. Desde entonces, el país había estado sufriendo las consecuencias de esa malhadada unión, y poco antes de mi primera visita había estallado en él una revolución cuyo término, que se consumó durante aquella visita, fué el de ser lanzada fuera de Yucatán la última guarnición mexicana. El Estado reasumió entonces los derechos de su soberanía, organizó sus poderes independientes sin separarse enteramente de México, sino declarándose parte integrante de aquella República bajo de ciertas condiciones.
La población de Mérida es probablemente de cerca de veintitrés mil habitantes. La ciudad se encuentra en un gran llano de piedra calcárea, y la temperatura y el clima son muy uniformes. Durante los trece días que estuvimos en Mérida sólo varió el termómetro nueve grados; y conforme a una tabla de observaciones seguidas en muchos años por el estimabilísimo cura Villamil, resulta que durante el año comenzado en 19 de septiembre de 1841, que comprende el tiempo que permanecimos en el país, la mayor variación no pasó de veintitrés grados.

Sitiaron y destruyeron la ciudad de Mayapán. Acaeció esto en el año de nuestro Señor 1420, como cien años antes del arribo de los españoles a Yucatán: según Herrera como setenta solamente; y según el cómputo de los siglos entre los indios, doscientos y setenta años después de la fundación de aquella ciudad. La relación de todos los pormenores es confusa e indistinta; pero la existencia de una ciudad principal llamada Mayapán, y su destrucción por la guerra en el tiempo indicado, poco más o menos, son cosas que mencionan todos los historiadores. Esa ciudad estaba ocupada por la misma raza de gente que habitaba el país al tiempo de la Conquista; y su sitio está identificado con el que acaba de presentársele al lector, conservando en todos los cambios y en sus ruinas su antiguo nombre de Mayapán.
La parte exterior de la casa del gobernador. Si yo fuese a dar una descripción circunstanciada de todos sus detalles, se alargaría este libro indefinidamente. Su rasgo más característico consiste en ser el edificio largo, bajo y estrecho; sencillo bajo de la cornisa, y recargado de adornos sobre ella. Mr. Catherwood hizo minuciosos dibujos arquitectónicos del conjunto, poseía materiales para construir un edificio enteramente semejante y, lo mismo que en nuestra primera expedición, hizo todos sus dibujos por medio de la cámara lúcida con el fin de obtener la más precisa exactitud en las proporciones y detalles. Además de esto, teníamos un aparato daguerrotípico, el mejor que pudimos procurarnos en Nueva York, con cuyo auxilio Mr. Catherwood comenzó a tomar vistas, desde el momento que llegamos a Uxmal; pero los resultados no fueron suficientemente conformes a sus ideas. Alguna vez las cornisas y sus adornos proyectados quedaban en la sombra, mientras que otras partes estaban expuestas a la fuerza del sol; y de esa suerte algunos adornos salían bien de la prueba, mientras que otros necesitaban el pincel para suplir sus defectos.
Los principales departamentos del centro tienen sesenta pies de largo, con tres puertas que dan a la terraza. El del frente es de once pies, seis pulgadas de ancbo, y el interior de trece pies. El primero hasta el tope del arco, tiene veintitrés pies de elevación, y veintidós el otro, que sólo tiene una puerta de entrada. Desde la pieza del frente, y a excepción de ella, no se encuentra ninguna otra abertura ni vía de comunicación; de manera que en sus extremidades hay mucha humedad y oscuridad, como sucede con todas las demás piezas interiores. En estos dos departamentos habíamos fijado nuestra residencia.
Las paredes están construidas de piedras lisas cuadradas, y a cada lado de la entrada existen los restos de unos anillos de piedra flechados en la pared, lo que sin duda tenía alguna conexión con el mecanismo de las puertas. El piso es de mezcla, muy dura en algunas partes, pero rota y pulverizada en las más por su larga exposición a la intemperie.
La techumbre, lo mismo que en el Palenque, forma un arco triangular sin clave. El soporte es hecho de piedras cortadas al sesgo, para presentar una superficie tersa; y cubierta en una magnitud, como de dos pies, del punto de contacto, por una espesa capa de piedras planas.

La cueva de Maxcanú tiene en aquellos alrededores una maravillosa y mística reputación. Llámanla los indios Satun Sai, que significa en español el perdedero, el laberinto, o lugar en que puede uno perderse. Sin embargo de su maravillosa reputación, y de su nombre, que él solo en cualquier otro país, habría inducido a hacer una minuciosa exploración, es un hecho singular, el más característico que pudiera citarse para probar la indiferencia del pueblo en general a las antigüedades del país, que el Sahin Sai jamás había sido examinado, antes de que yo me presentase en sus puertas.
En el relato de mi primera visita a las ruinas de Uxmal hice mención del hecho, de que esa ciudad carecía enteramente de medios aparentes para proveerse de agua. En toda su área no se encuentra pozo, arroyo, fuente o cosa alguna que aparentemente se haya usado para suplir y proveerse de ese elemento, a excepción de las cámaras subterráneas de que hemos hecho mención y que, aun suponiéndolas destinadas a aquel objeto, probablemente no serían suficientes, por numerosas que hubiesen sido, a satisfacer las necesidades de tan vasta población.
Toda el agua que necesitábamos para nuestro uso teníamos que enviar a buscarla a la hacienda. Los inconvenientes de esta falta los estuvimos experimentando por todo el tiempo de nuestra residencia en las ruinas; y muy frecuentemente, a despecho de todas nuestras precauciones para tener siempre una provisión competente de agua a la mano.

Conforme a nuestro plan, íbamos a emprender una excursión que abrazaba un circuito de ruinas, y que nos debía obligar a volver a Nohcacab, aunque no fuese sino para servirnos de punto de partida hacia otra dirección.
Estábamos a punto de penetrar en una región poco o nada frecuentada por el hombre blanco y habitada enteramente por los indios. El camino que llevábamos cruzaba el terreno mismo de las ruinas de Kabah, y una legua más allá llegamos al rancho Chaac, que era una gran habitación de indios, sujeta a la autoridad de Nohcacab. No había allí un solo hombre de la raza blanca, y en los momentos en que entrábamos por la calle principal, las mujeres arrebataban de prisa a sus hijos y huían de nosotros azoradas como un ciervo montés.
En un punto diferían, sin embargo, de los de Uxmal y de Zayí; y era que no poseían sentimientos supersticiosos acerca de las ruinas, y no tenían miedo de ir a ellas de noche, ni recelo de dormir entre sus escombros; y cuando les hablábamos de la música que solía oírse en los antiguos edificios de Zayí, nos decían que si tal música se hubiese escuchado entre los de Labná, todos ellos habrían acudido allí para bailar.
Había allí otros vestigios y montones de ruinas; pero todos se hallaban en la más miserable condición.
La casa real era de lo más pobre y miserable que yo hubiese visto en todo el país; y en tan críticas circunstancias claro era que no había sitio para nosotros, supuesto que en el acto mismo en que desmontásemos habría sido necesario pedir maíz y ramón para los caballos, acompañando el dinero a la orden. A las inmediaciones de la puerta había una turba de ociosos azorados, y si nos hubiésemos detenido en semejante sitio, habría sido preciso damos en espectáculo, sin lograr la oportunidad de prevenirles con nuestra historia y hacernos de algunos amigos.
En el lado opuesto de la plaza había uno de aquellos edificios, que tan a menudo nos habían servido de refugio en los días de mayor conflicto; pero yo vacilaba esta vez en acercarme al convento. La fama del cura de Xul había llegado a nuestros oídos, y se decía que era rico, especulador y algo excéntrico.
En Yucatán, lo mismo que en Centroamérica, bien sea que el viajero se apee en una casa real, en un convento, o en la casa de un amigo, es costumbre recibida que debe comprar maíz y ramón para sus caballos; y no se tiene por falta de hospitalidad en el huésped dejar de atender a las cabalgaduras del recién venido, después de haber provisto de local para acomodarlas.

Nuestro viaje en aquella dirección había tocado ya a su término. Estábamos en la frontera de la parte habitada de Yucatán y a pocas leguas del último pueblo. Más allá, solo existen espesas selvas que se extienden hasta el lago del Petén y a aquella región de los lacandones, o indios idólatras, en donde, según he indicado en mis publicaciones anteriores, existe aquella misteriosa ciudad que jamás ha sido visitada por el hombre blanco, sino que se halla ocupada por los indios precisamente en el mismo estado que tenía antes del descubrimiento de la América. Durante mi residencia en Yucatán, la mención que yo había hecho de esta ciudad se publicó en uno de los periódicos de Mérida y entre las personas inteligentes había la creencia universal, de que más allá del lago Petén existía una región de indios no convertidos de quienes nada se conocía.
El lago del Petén. En este lago existen varias islas, una de las cuales se llama Petén Grande, y la voz Petén es una palabra de la lengua maya que significa Isla: antes de retroceder, me ha venido el deseo de detener al lector por un momento en esta isla, que pertenece hoy al gobierno de Guatemala y se encuentra bajo la jurisdicción eclesiástica del obispo de Yucatán. Antiguamente fué la capital de la provincia de Itzá, que por ciento cincuenta años después de la conquista y subyugación de Yucatán conservó su absoluta y primitiva independencia. En el año de 1608, sesenta y seis años después de la conquista, dos frailes franciscanos se pusieron en marcha con el ánimo de convertir al cristianismo esta provincia, solos, inermes y guiados únicamente por el espíritu de paz. Los estrechos límites de estas páginas no pueden permitirme seguirlos en su dura y peligrosa peregrinación; pero según el relato de uno de ellos, tal cual lo presenta Cogolludo, desembarcaron en la isla a las diez de la noche, allí les dió el régulo o cacique una casa, y al siguiente día comenzaron a predicar a los indios. Estos, sin embargo, les dijeron que aún no había llegado el tiempo de que se hiciesen cristianos, y aconsejaron a los padres que se fuesen y volviesen en otra mejor oportunidad.

La historia de este pueblo tiene todos los tintes del romance, y por cierto que el genio del romance está entronizado en toda esta tierra cubierta de ciudades arruinadas. Su nombre es compuesto de las palabras de la lengua maya Becán, que quiere decir arroyo, y Chen, pozo. Hasta veinte años antes todo el país circunvecino era una selva áspera y desierta. Un indio solitario llegó allí, despejó el terreno y plantó una milpa; mientras se hallaba ocupado en esta operación, se encontró con la corriente de agua dulce, y habiéndola seguido descubrió el manantial de la roca y los pozos que ocupan hoy la plaza. Por de contado, que los indios acudieron a establecerse alrededor de estos receptáculos, y gradualmente fué formándose un pueblo que hoy contiene seis mil habitantes; cuyo progreso, supuesta la diferencia, de recursos de aquel país y del carácter de aquel pueblo, puede compararse con el de las más florecientes poblaciones de nuestro propio país.
Estos pozos no son más que meras excavaciones a través de una capa de roca calcárea, variando su profundidad según las irregularidades del lecho, pero sin exceder generalmente de cuatro o cinco pies. El origen de estas aguas lo creen misterioso sus habitantes, pero es patente que se derivan de los aguaceros en la estación de las lluvias. El pueblo se halla rodeado de colinas por tres costados. En el lado superior de la plaza, cerca de la esquina de una calle que corre detrás de aquella línea elevada, se encuentra en la roca una enorme excavación natural; y durante la estación lluviosa un torrente de agua, formando una especie de canal, corre por toda esta calle y va a vertirse en la excavación. La masa de agua, según se nos dijo, era tal que por espacio de ocho o diez días después de las últimas lluvias el torrente prosigue corriendo, y tenía dieciocho pulgadas de diámetro cuando le vimos. El agua de los pozos se encuentra siempre al mismo nivel que la que se mantiene depositada en esta excavación: sube y baja simultáneamente; y para mayor prueba de su directo contacto puede citarse el hecho, que nos fué referido, de un perrillo que habiendo caído en la excavación apareció muerto algunos días después en uno de los pozos más distantes.

En nuestro viaje a Peto, habíamos entrado en una región en donde los medios de proveerse de agua, formaban un nuevo y muy distinto rasgo característico del país, más selvático, y produciendo a primera vista una impresión acaso más profunda y admirable que aquellas extraordinarias cavernas, aguadas y cenotes que hasta allí habíamos contemplado. Los que en esta vez encontrábamos, llamábanse también cenotes, pero diferían materialmente de aquéllos, pues eran unos enormes agujeros circulares de sesenta a doscientos pies de diámetro, formados en las rocas, con paredes verticales desde cincuenta a cien pies de altura, conteniendo en el fondo una gran masa de aguas de una profundidad desconocida, casi siembre al mismo nivel, suponiéndose por eso que eran ríos subterráneos. Nosotros hemos visto ranchos de indios establecidos en los bordes de estos colosales cenotes, con una balaustrada de madera sobre uno de los lados, desde la cual ocupábanse las mujeres en extraer el agua por medio de cubos. Probablemente los dos grandes cenotes de Chichén fueron un incitativo para formar allí una población.
Uno de esos cenotes, aunque de apariencia bastante salvaje y ruda, tenía menos de aquella extraordinaria regularidad que habíamos visto en otros. Todos estos eran circulares, y era imposible llegar a las aguas sino por medio de cuerdas. Este de que voy hablando era oblongo, como de doscientos cincuenta pies de largo y ciento cincuenta de ancho. Los costados tenían de sesenta a setenta pies de elevación, y todos eran perpendiculares, a excepción de uno que se cortaba en forma de barranca presentando un paso tortuoso hasta el agua. Ese paso, era evidentemente artificial, porque en algunos sitios todavía se descubrían los vestigios de una muralla de piedra a lo largo de la orilla.

(Chichén Itzá) Entre esos restos, se ven algunas porciones de formas humanas, perfectamente dibujadas, con las cabezas cubiertas de plumeros y llevando escudos y lanzas en las manos, Inútil habría sido cualquiera tentativa de descripción, y mucho más lo sería el explicar el extraño interés que se experimentaba al andar sobre la plataforma de este gigantesco y desolado edificio.
Descendiendo al piso inferior, a la extremidad de la ala de este edificio, está lo que se llama La Iglesia, que es de veintisiete pies de largo, catorce de ancho y treinta y uno de elevación, cuya altura comparativa aumenta mucho el efecto de su apariencia. Tiene tres cornisas, y los espacios intermedios están ricamente adornados. La escultura es tosca, pero imponente. El principal adorno está sobre la puerta, y de cada lado hay dos figuras humanas en actitud de estar sentadas; pero que por desgracia se encuentran mutiladas. La porción de la fachada sobre la segunda cornisa es simplemente una pared ornamentada, semejante a las ya mencionadas de Zayí y Labná.
El conjunto de este edificio se encuentra en buen estado de preservación. El interior consiste en un solo departamento que antes estuvo dado de estuco y a lo largo de la parte superior de la pared, bajo el arco, se ven los vestigios de una serie de medallones de estuco que contenían varios jeroglíficos. Los indios no conservan sentimientos supersticiosos acerca de estas ruinas en general: pero sí los tienen con respecto a este edificio. Dícese que cada viernes santo se oye allí una música; pero esta ilusión que ya la traíamos desde Santa Cruz del Quiché (en Centroamérica), vino a disiparse completamente en esta vez.
A la extremidad sur de las Monjas, y como a veintidós pies de distancia, hay otro edificio que mide treinta y ocho pies sobre trece, adornada la parte superior de la cornisa, del mismo modo que los demás edificios. No tiene nada de nuevo que merezca hacernos detener con su descripción.
Dejando este cúmulo de edificios llamado las Monjas y tomando hacia el norte a distancia de cuatrocientos pies llegamos al edificio más culminante de Chichén por su apariencia pintoresca, y por su desemejanza absoluta a todos los que hasta allí habíamos visto, a excepción de uno muy destruido que visitamos en las ruinas de Mayapán. Es de forma circular y se le da el nombre de caracol o escalera elíptica, en razón de su arreglo interior: está construido en la parte superior de dos terrazas: la primera de éstas tiene de frente, de norte a sur, doscientos veintitrés pies, y ciento cincuenta de profundidad, de este a oeste, encontrándose aún en muy buen estado de preservación. Una gran escalinata de cuarenta y cinco pies de ancho y de veinte peldaños, guía hasta la plataforma de esta terraza. A cada lado de la escalinata, y formando una especie de balaustrada, se ven enlazados los cuerpos de dos gigantescas serpientes de tres pies de espesor, de las cuales todavía existen restos considerables, y entre las ruinas vimos la colosal cabeza de una de ellas que terminaba de un lado al pie de las escaleras.
A la distancia de cuatrocientos veinte pies del caracol, hacia el noroeste, existe el edificio llamado por los españoles casa colorada, y por los indios Chichanchob. La terraza sobre que está erigido, es de sesenta y dos pies de largo, cincuenta y cinco de ancho y está muy bien conservado. La escalinata que lleva a la plataforma tiene veinte pies de anchura.
En la parte central de las dos grandes murallas de piedra, exactamente enfrente la una de la otra y a una elevación como de cuarenta pies del nivel del piso, hay dos anillos de piedra maciza de cuatro pies de diámetro y de un pie y una pulgada de espesor: el diámetro del claro o abertura circular es de un pie y siete pulgadas: en el borde de cada anillo hay labradas dos serpientes enlazadas entre sí, siendo éste el todo del adorno de la obra.
A primera vista, estas dos murallas nos parecieron idénticas en sus usos y objetos a las estructuras paralelas que sostienen anillos en Uxmal, acerca de las cuales ya he expresado la opinión de que seguramente serían destinadas para la celebración de juegos públicos. En todas ocasiones, yo he adoptado los nombres con que son designados los edificios en el mismo lugar en que se encuentran, sin detenerme a averiguar los motivos porque tienen esos nombres. El edificio en cuestión, es llamado en Chichén iglesia de los antiguos, que se comenzó y no se concluyó.
El «Castillo» que es el primer edificio que vimos, y el más culminante de todos por cualquier punto de la llanura. Cada domingo las ruinas de Chichén se convierten en un verdadero paseo para los vecinos del pueblo de Pisté, y de veras que nada hay comparable al efecto pintoresco que producen las mujeres vestidas de blanco y con pañolones rojos, subiendo y bajando por la gran plataforma del «Castillo» y entrando y saliendo alternativamente por las puertas de ese elevado edificio. El montículo sobre el cual se halla erigido mide en su base, por los lados del sur y del norte, ciento noventa y seis pies diez pulgadas, y en los lados del oriente y poniente doscientos dos pies.
Partiendo del «Castillo» subimos por una elevación boscosa, que parece haber sido una calzada artificial que llevaba hasta los bordes del cenote. Este era el más grande y agreste de cuantos habíamos visto hasta entonces: era una inmensa hendidura circular, situada en el corazón de una áspera floresta, tapada en forma vertical, rodeada de una espesa arboleda en sus márgenes y paredes y tan sombría y solitaria, que no parecía sino que el genio del silencio reinaba en su interior. Un gavilán volaba en los contornos mirando el agua, pero sin mojar en ella sus alas. El agua era de un color verdoso: una influencia misteriosa parecía penetrar en ella en conexión con los relatos históricos que hacen del pozo de Chichén un lugar de peregrinación, añadiéndose que allí se arrojaban las víctimas humanas ofrecidas en sacrificio. En un punto determinado del borde o margen de este cenote, se veían los restos de una estructura de piedra, que probablemente se halla enlazada con los antiguos ritos supersticiosos: tal vez ese era el sitio desde el cual eran arrojadas las sangrientas víctimas en el sombrío y misterioso cenote que se presentaba allá abajo en las entrañas de la tierra.

Yucatán, la conexión de la «Cruz de Cozumel» con la iglesia arruinada de la isla, completamente echa por tierra la mayor prueba que hoy se presenta de que la Cruz fué tenida por los indios como símbolo de culto.
Después de cruzar desde la isla de Cozumel, navegando por veinticuatro horas, naturalmente debían ir a dar sobre esta parte de la costa; y la otra circunstancia mencionada del descubrimiento de una bahía, en que una escuadra podía entrar, es todavía más fuerte indicio; porque a la distancia como de ocho leguas más abajo de Tuluum está la bahía de la Ascención, de la que siempre hablan los escritores españoles como de un puerto, en que podía anclar toda la escuadra española. Es la única bahía en toda la extensión de la costa desde el cabo Catoche, en que pudiesen entrar embarcaciones de alto bordo, todo lo cual me obliga a creer, que el punto desolado conocido hoy bajo el nombre de Tuluum, era aquel pueblo o ciudad tan grande, que Sevilla no hubiera parecido ni mayor ni mejor, y que el castillo, de donde nos habían expulsado los mosquitos, era la torre más ekvada que hubieran visto los españoles.
Todavía creo más, y es que esta ciudad continuó ocupada por sus antiguos habitantes hasta mucho tiempo después de la Conquista.
En los tiempos presentes, distínguese el pueblo de Izamal en todo el país por su celebrada feria, pero hay un sentimiento más fuerte de parte de los indios acerca de la santidad de la Virgen, a la cual se da allí culto. En la crónica de los hechos de los frailes, aparece que los indios continuaron dando culto al demonio, y que el venerable padre Landa, después de una fuerte lucha personal con tan peligroso enemigo, se propuso traer una imagen de la Santa Virgen, ofreciendo ir a buscarla él mismo a Goatemala, en cuya ciudad existía un escultor inteligente. A la sazón se quiso otra imagen para el convento de Mérida; y ambas fueron traídas en una caja, verificándose el milagro de que por más que llovía en el camino, jamás caía el agua sobre la caja, ni sobre los indios conductores, ni en cierto trecho en rededor. En Mérida los frailes escogieron para su convento la que les pareció de rostro más hermoso y devoto. La otra, aunque traída por los indios de Izamal y destinada para su pueblo, reclamáronla los españoles de Valladolid diciendo que no debía permanecer en un pueblo de indios. Los de Izamal se resistieron, los españoles intentaron realizar su propósito, y cuando la imagen estaba ya en los suburbios del pueblo, se la sintió de repente tan pesada, que los conductores no podían ir adelante con la carga.

For anyone interested in Maya archaeology in general, and the Maya in Yucatan in particular, this book is a must-have. Stephens’ writing is clear and often funny, though it’s impossible not to shudder at the paternalistic attitudes he expresses toward the “natives” and his devil-may-care methods of ripping carvings out of the temples and palaces he explores.
I’m re-reading the book while remembering a trip in Maya sites in the Yucatan; I will probably read it again because it’s that good.
A word on this edition: Cosimo Classics (never heard of ‘em before now) should be showered with prizes for the quality of their publications if this is any indication of the series. Beautifully printed on really fine paper, with excellent reproduction of Catherwood’s art.

The work “Incidents of Travel in Yucatan”, is the capital for the study of Mayan archeology in general and Yucatecan in particular. Published in 1843 by Juan Lloyd Stephens – New York forum lawyer and excellent traveler – it contains the description of forty-four important cities and archaeological sites of the Yucatan Peninsula and represents the work of nearly seven months of exploration-October of 1841 to May 1842- in wild and jungle regions, in some of which no explorer had penetrated before. To make this expedition, Juan Lloyd Stephens and his companions – the exemplary English cartoonist Federico Catherwood and the American doctor and ornithologist Samuel Cabot-, had to put into play all their resistance and all their resources of will and ingenuity, as well as their physical strength and his temperance. The three contracted the terrible malaria during the painful journey, in the archaeological city of Uxmal; but in spite of their pains and discomforts they continued their exploration.
Let’s be fair this classic is a jewel, the Mayan archeology and the interest for the knowledge of this exciting culture were born, in spite of the existence of several explorations and previous works, with the trips that John Lloyd Stephens and Frederick Catherwood made, for Mexican lands and Central American, in the mid-nineteenth century. They are the recovery for the past history of a people who, until that time, had remained totally ignored.
In general, Guatemala, Belize, western Honduras and El Salvador, and the Mexican states of Campeche, Yucatan, Quintana Roo, Chiapas and part of Tabasco form the area where Mayan culture and civilization developed. The man occupied it perhaps 10 000 years ago, as it seems to confirm the work done in Los Tapiales, in the Highlands of Guatemala.
It is in the Protoclassic Period when there is a large population increase, which will be concentrated next to the centers born in the previous stage. Mayan society appears already strongly stratified, and at the head of it are a series of priestly leaders who impose their authority and knowledge on the rest of the population. The domination of the springs of power and the means of production of this theocratic society will lead to the creation of powerful centers and an unprecedented intellectual, artistic and economic flourishing in what is now known as the Classic Period. The calendar, the erection of stelae, the religion reach a great development, and the most beautiful examples of Mayan architecture are erected: Palenque, Bonampak, Uxmal and the Temples of Tikal, among other examples.
In spite of being the one of the first regions of the Yucatan to be discovered, it was not until the middle of the XVI century when the Spanish dominion over this territory was consolidated. The lack of precious metals, which led to a good number of desertions among soldiers eager to find easy and quick fortune, coupled with the great longing for freedom of the Mayan people, who fought hard against the Spanish, are causes that led to the delay in the conquering process
The city of Mérida, capital of the State of Yucatán, was founded in 1542 by Francisco Montejo el Mozo, on the ruins of the ancient Mayan site of T’ho ‘. From the information provided by travelers, friars, chroniclers, etc. it follows that; In this important settlement there were five major structures of great size, the last of which was demolished for the construction of the municipal market, having detected up to thirty domestic cores in the interior of the peripheral area of ​​the city. As pointed out by Barrera Rubio (1983: 14), and apart from other issues that could be called military strategy, the establishment of the new capital in a place of great religious importance for the Maya people was a determining factor in the completion of the long process of conquest.

Forty years before, a wandering canoe was the first to give notice of the existence of Yucatan, and there were sixteen of them who D. Francisco Montejo received royal authority to conquer and populate. During this time, Cortés had thrown Moctezuma from his throne, and Pizarro had torn his scepter from the Incas of Peru. In the glory and brilliance of these conquests, Yucatan was forgotten, and it is until the present. The old historians talk about it in passing and very rarely. The only book that deals exclusively with this country is the one written by Cogolludo, and published in the year 1658. It is voluminous, confusing, badly ordered and can almost be called the history of the friars of San Francisco, to whose order the author belonged. The events occurred from the real permission granted to Montejo, I have extracted them with great work from that book, the only one that makes an account of all these events; and since it has never been translated into our language, and is barely known outside of Yucatan where it is equally rare, it must be, at least, new to the reader.
From the time of the Conquest, Yucatan had existed in a different general captaincy, without connection to Guatemala or subjection to the Viceroy of Mexico. This continued until the time of the Mexican Revolution. The independence of Yucatan was followed by that of Mexico, without any struggle or conflict.
Separated from the Motherland, Yucatan sent in bad time commissioners to Mexico to deliberate on how to organize a government; and on the return of these commissioners and on his simple account, he resigned his independent position and entered the Mexican confederation, as one of the States of that Republic. Since then, the country had been suffering the consequences of that ill-fated union, and shortly before my first visit there had been a revolution in it whose term, which was consummated during that visit, was that of being thrown out of Yucatan the last Mexican garrison . The State then resumed the rights of its sovereignty, organized its independent powers without separating entirely from Mexico, but declaring itself an integral part of that Republic under certain conditions.
The population of Mérida is probably about twenty-three thousand inhabitants. The city is located on a large calcareous stone plain, and the temperature and climate are very uniform. During the thirteen days we were in Merida, the thermometer varied only nine degrees; and according to a table of observations followed in many years by the most estimable priest Villamil, it turns out that during the year begun on September 19, 1841, which includes the time we remained in the country, the greatest variation did not exceed twenty-three degrees.

They besieged and destroyed the city of Mayapán. This happened in the year of our Lord 1420, about a hundred years before the arrival of the Spaniards in Yucatan: according to Herrera, only seventy; and according to the computation of the centuries among the Indians, two hundred and seventy years after the foundation of that city. The list of all the details is confused and indistinct; but the existence of a principal city called Mayapán, and its destruction by war in the indicated time, more or less, are things that all historians mention. That city was occupied by the same race of people who inhabited the country at the time of the Conquest; and its site is identified with the one that has just been presented to the reader, conserving in all the changes and in its ruins its old name of Mayapán.
The outside of the governor’s house. If I were to give a detailed description of all its details, this book would be extended indefinitely. Its most characteristic feature consists of being the long, low and narrow building; simple low of the cornice, and ornate ornaments on it. Mr. Catherwood made meticulous architectural drawings of the whole, possessed materials to build an entirely similar building and, as in our first expedition, made all his drawings by means of the lucid camera in order to obtain the most accurate accuracy in the proportions and details. Besides this, we had a daguerreotypical device, the best we could procure in New York, with whose help Mr. Catherwood began to take views, from the moment we arrived in Uxmal; but the results were not sufficiently consistent with his ideas. Sometimes the cornices and their projected ornaments were in the shade, while other parts were exposed to the force of the sun; and of that luck some adornments came out well of the test, while others needed the brush to supply their defects.
The main departments of the center are sixty feet long, with three doors that open onto the terrace. The one on the front is eleven feet, six inches anchors, and the inside is thirteen feet. The first one, up to the top of the arch, has twenty-three feet of elevation, and twenty-two feet the other, which has only one entrance door. From the front piece, and with the exception of it, there is no other opening or way of communication; so that in its extremities there is a lot of humidity and darkness, as it happens with all the other interior pieces. In these two departments we had fixed our residence.
The walls are built of smooth square stones, and on each side of the entrance there are the remains of stone rings on the wall, which undoubtedly had some connection with the mechanism of the doors. The floor is mixed, very hard in some parts, but broken and pulverized in the most by its long exposure to the weather.
The roof, the same as in the Palenque, forms a triangular arch without a key. The support is made of stones cut at the bias, to present a smooth surface; and covered in a magnitude, about two feet, from the point of contact, by a thick layer of flat stones.

The cave of Maxcanú has in those surroundings a wonderful and mystical reputation. Call it the Satun Sai Indians, which means in Spanish the litter, the labyrinth, or place where you can get lost. However, his wonderful reputation, and his name, which he alone in any other country, would have induced a thorough exploration, is a singular fact, the most characteristic that could be cited to prove the indifference of the people in general to antiquities of the country, that the Sahin Sai had never been examined, before I presented myself at its doors.
In the account of my first visit to the ruins of Uxmal, I mentioned the fact that this city had no apparent means to provide itself with water. In its entire area there is no well, stream, fountain or anything that has apparently been used to supply and supply that element, except for the underground chambers mentioned above and, even assuming them destined for that object, probably they would not be sufficient, however numerous they might have been, to satisfy the needs of such a vast population.
All the water we needed for our use had to be sent to the hacienda. The drawbacks of this lack were experiencing for the entire time of our residence in the ruins; and very frequently, in spite of all our precautions to always have a competent supply of water at hand.

According to our plan, we were going to embark on an excursion that embraced a circuit of ruins, and that had to force us to return to Nohcacab, if only to serve as a starting point in another direction.
We were about to enter a region little or nothing frequented by the white man and inhabited entirely by the Indians. The road that we had crossed the same terrain of the ruins of Kabah, and a league beyond we came to the Chaac ranch, which was a large room of Indians, subject to the authority of Nohcacab. There was not a single white man there, and as we entered the main street, the women snatched their children in a hurry and fled from us like a wild deer.
At one point they differed, however, from those of Uxmal and Zayi; and it was that they did not possess superstitious feelings about the ruins, and were not afraid to go to them at night, nor were they afraid to sleep in its rubble; and when we talked to them about the music that used to be heard in the old buildings of Zayí, they told us that if such music had been heard among those of Labna, all of them would have come there to dance.
There were other vestiges and piles of ruins there; but all were in the most miserable condition.
The royal house was the poorest and most miserable thing I had seen in the whole country; and in such critical circumstances it was clear that there was no place for us, supposing that in the very act in which we dismounted it would have been necessary to order corn and ramón for the horses, accompanying the money to the order. In the vicinity of the door there was a crowd of embarrassed idlers, and if we had stopped in such a place, it would have been necessary to give us a show, without getting the opportunity to warn them with our story and make us some friends.
On the opposite side of the square was one of those buildings, which had so often served as a refuge in the days of greatest conflict; but I hesitated this time to approach the convent. The fame of the priest of Xul had reached our ears, and it was said that he was rich, speculative and somewhat eccentric.
In Yucatan, just as in Central America, whether the traveler alights in a royal house, in a convent, or in the house of a friend, it is customary that he must buy corn and ramón for his horses; and there is no lack of hospitality in the guest to stop attending to the horses of the newcomer, after having provided a place to accommodate them.

Our trip in that direction had already reached its end. We were on the border of the inhabited part of Yucatan and a few leagues from the last town. Further on, there are only dense jungles that extend to Lake Peten and that region of the Lacandones, or idolatrous Indians, where, as I indicated in my previous publications, there is that mysterious city that has never been visited by the white man , but it is occupied by the Indians precisely in the same state as before the discovery of America. During my residence in Yucatan, the mention I had made of this city was published in one of the newspapers of Mérida and among the intelligent people there was the universal belief that beyond Petén Lake there was a region of unconverted Indians of whom nothing was known.
The lake of Petén. In this lake there are several islands, one of which is called Petén Grande, and the Petén voice is a word of the Mayan language that means Island: before retreating, I have the desire to stop the reader for a moment on this island , which today belongs to the government of Guatemala and is under the ecclesiastical jurisdiction of the bishop of Yucatán. Formerly it was the capital of the province of Itzá, which for one hundred and fifty years after the conquest and subjugation of Yucatan preserved its absolute and primitive independence. In the year 1608, sixty-six years after the conquest, two Franciscan friars set out with the aim of converting this province to Christianity, alone, helpless and guided only by the spirit of peace. The narrow limits of these pages can not allow me to follow them in their hard and dangerous pilgrimage; but according to the account of one of them, as presented by Cogolludo, they landed on the island at ten o’clock at night, there the ruler or cacique gave them a house, and the next day they began to preach to the Indians. These, however, told them that the time had not yet come for them to become Christians, and they advised the parents to leave and come back to another better opportunity.

The history of this town has all the dyes of romance, and certainly the genius of romance is enthroned throughout this land covered with ruined cities. Its name is composed of the words of the Mayan language Becan, which means stream, and Chen, well. Up to twenty years before, the entire surrounding country was a rough and deserted jungle. A solitary Indian arrived there, cleared the land and planted a cornfield; while he was engaged in this operation, he found the current of fresh water, and having followed it he discovered the spring of the rock and the wells that occupy the plaza today. Of course, that the Indians went to settle around these receptacles, and gradually a town was formed that today contains six thousand inhabitants; whose progress, supposed the difference, of that country’s resources and the character of that people, can be compared with that of the most flourishing populations of our own country.
These wells are no more than mere excavations through a layer of calcareous rock, varying in depth according to the irregularities of the bed, but generally not exceeding four or five feet. The origin of these waters is believed mysterious by its inhabitants, but it is clear that they derive from the downpours in the rainy season. The town is surrounded by hills on three sides. On the upper side of the square, near the corner of a street that runs behind that elevated line, there is a huge natural excavation in the rock; and during the rainy season a torrent of water, forming a kind of channel, runs down this street and is going to be dumped in the excavation. The body of water, we were told, was such that for eight or ten days after the last rains the stream continued running, and it was eighteen inches in diameter when we saw it. The water from the wells is always at the same level as the one that remains deposited in this excavation: it rises and falls simultaneously; and for further proof of his direct contact, we may mention the fact, which was referred to us, of a dog that, having fallen in the excavation, appeared dead some days later in one of the most distant wells.

On our trip to Peto, we had entered a region where the means of providing water, formed a new and very distinct feature characteristic of the country, more jungle, and producing at first glance an impression perhaps more profound and admirable than those extraordinary caverns , aguadas and cenotes that until then we had contemplated. Those that we found this time, also called cenotes, but differed materially from those, because they were huge circular holes of sixty to two hundred feet in diameter, formed in the rocks, with vertical walls from fifty to one hundred feet high, containing in the in the background a great mass of water of an unknown depth, almost siembado at the same level, supposing for that reason that they were underground rivers. We have seen ranches of Indians established on the edges of these colossal cenotes, with a wooden balustrade on one side, from which women used to extract water by means of buckets. Probably the two great cenotes of Chichén were an incentive to form a population there.
One of those cenotes, although quite wild and rough in appearance, had less of that extraordinary regularity we had seen in others. All these were circular, and it was impossible to reach the waters except by means of ropes. This one I am talking about was oblong, about two hundred and fifty feet long and one hundred and fifty wide. The sides were from sixty to seventy feet in elevation, and all were perpendicular, except for one that was cut in the shape of a ravine presenting a tortuous passage to the water. This step was evidently artificial, because in some places the vestiges of a stone wall along the shore were still discovered.

(Chichén Itzá) Among those remains, we see some portions of human forms, perfectly drawn, with the heads covered with feather dusters and carrying shields and spears in their hands, It would have been useless to attempt any description, and much more it would be to explain the strange interest that was experienced when walking on the platform of this gigantic and desolate building.
Descending to the lower floor, at the end of the wing of this building, is what is called The Church, which is twenty-seven feet long, fourteen wide and thirty-one elevation, whose comparative height greatly increases the effect of its appearance. It has three cornices, and the intermediate spaces are richly decorated. The sculpture is rough, but imposing. The main ornament is on the door, and on each side there are two human figures in an attitude of sitting; but unfortunately they are mutilated. The portion of the facade on the second cornice is simply an ornamented wall, similar to the aforementioned Zayi and Labna.
The whole of this building is in good condition of preservation. The interior consists of a single department that was formerly stuccoed and along the top of the wall, under the arch, are the vestiges of a series of stucco medallions containing various hieroglyphics. The Indians do not retain superstitious feelings about these ruins in general: but they do have them regarding this building. It is said that every Friday there is a music heard there; but this illusion that we already brought from Santa Cruz del Quiché (in Central America), came to dissipate completely this time.
To the south end of the Nuns, and about twenty-two feet away, there is another building measuring thirty-eight feet on thirteen, adorned the top of the cornice, in the same way as the other buildings. There is nothing new that deserves to make us stop with its description.
Leaving this cluster of buildings called the Nuns and taking a distance of four hundred feet to the north we reached the most spectacular building in Chichén by its picturesque appearance, and by its absolute dissimilarity to all that we had seen there, except for one very destroyed that we visited in the ruins of Mayapán. It is circular in shape and is called snail or elliptical staircase, because of its interior arrangement: it is built on the top of two terraces: the first of these has front, from north to south, two hundred and twenty-three feet, and one hundred and fifty of depth, from east to west, being still in a very good state of preservation. A large stairway forty-five feet wide and twenty steps, leads to the platform of this terrace. On each side of the staircase, forming a kind of balustrade, the bodies of two gigantic serpents three feet thick, of which there are still considerable remains, are linked, and among the ruins we saw the colossal head of one of them It ended on one side at the bottom of the stairs.
At the distance of four hundred and twenty feet from the snail, towards the northwest, there is the building called by the Spanish red house, and by the Chichanchob Indians. The terrace on which it is erected, is sixty-two feet long, fifty-five wide and is very well preserved. The stairway leading to the platform is twenty feet wide.
In the central part of the two great stone walls, exactly in front of each other and at an elevation about forty feet from the ground level, there are two rings of solid stone four feet in diameter and one foot and one inch in diameter. thickness: the diameter of the clear or circular opening is one foot and seven inches: on the edge of each ring there are two serpents linked together, this being the whole adornment of the work.
At first sight, these two walls seemed identical in their uses and objects to the parallel structures that hold rings in Uxmal, about which I have already expressed the opinion that they would surely be destined for the celebration of public games. On all occasions, I have adopted the names with which buildings are designated in the same place they are located, without stopping to find out the reasons why they have those names. The building in question, is called in Chichén church of the ancients, which was begun and was not completed.
The “Castle” which is the first building we saw, and the most outstanding of all by any point of the plain. Every Sunday the ruins of Chichén become a real walk for the residents of the town of Pisté, and there is really nothing comparable to the picturesque effect that the women dressed in white and red shawls produce, going up and down the great platform of the “Castle” and alternately entering and leaving through the doors of that elevated building. The mound on which it is erected measures at its base, on the south and north sides, one hundred ninety-six feet ten inches, and on the east and west sides two hundred and two feet.
Starting from the “Castle” we went up a wooded elevation, which seems to have been an artificial road that led to the edges of the cenote. This was the largest and wildest of all we had seen until then: it was an immense circular cleft, located in the heart of a rough forest, covered in a vertical form, surrounded by a thick grove of trees on its margins and walls and so dark and lonely, that it did not seem that the genius of silence reigned within him. A hawk flew in the contours watching the water, but without wetting its wings. The water was a greenish color: a mysterious influence seemed to penetrate it in connection with the historical accounts that make the Chichén well a place of pilgrimage, adding that the human victims offered in sacrifice were thrown there. At a certain point of the edge or margin of this cenote, the remains of a stone structure could be seen, which is probably linked with the ancient superstitious rites: perhaps that was the place from which the bloody victims were thrown into the shady and mysterious cenote that appeared below in the bowels of the earth.

Yucatan, the connection of the “Cross of Cozumel” with the ruined church of the island, completely destroys the greatest proof that today is presented that the Cross was held by the Indians as a symbol of worship.
After crossing from the island of Cozumel, sailing for twenty-four hours, they naturally had to go on this part of the coast; and the other mentioned circumstance of the discovery of a bay, in which a squadron could enter, is still stronger evidence; because at a distance of about eight leagues below Tuluum is the Bay of Ascension, of which Spanish writers always speak as if from a port, on which the entire Spanish squadron could anchor. It is the only bay in the entire length of the coast from Cape Catoche, where high-board vessels could enter, all of which forces me to believe that the desolate point known today under the name of Tuluum, was that town or city so big, that Seville would not have seemed bigger or better, and that the castle, from where the mosquitoes had expelled us, was the most ekvada tower the Spaniards had ever seen.
I still believe more, and that is that this city remained occupied by its former inhabitants until long after the Conquest.
In present times, the town of Izamal is divided throughout the country for its celebrated fair, but there is a stronger feeling on the part of the Indians about the sanctity of the Virgin, which is given worship there. In the chronicle of the facts of the friars, it appears that the Indians continued to worship the devil, and that the venerable Father Landa, after a strong personal struggle with such a dangerous enemy, set out to bring an image of the Blessed Virgin, offering to go to look for it himself to Goatemala, in whose city an intelligent sculptor existed. At that time another image was wanted for the convent of Mérida; and both were brought in a box, verifying the miracle that no matter how much it rained on the road, the water never fell on the box, nor on the drivers Indians, nor in a certain distance around. In Mérida the friars chose for their convent what they thought was the most beautiful and devout face. The other, although brought by the Indians of Izamal and destined for their people, claimed the Spaniards of Valladolid saying that they should not remain in a village of Indians. The people of Izamal resisted, the Spaniards tried to carry out their purpose, and when the image was already in the suburbs of the town, it suddenly felt so heavy that the drivers could not go ahead with the cargo.

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