Vendiendo Prosperidad. Sensatez E Insensatez Económica En Una Era De Expectativas Limitadas — Paul Krugman / Peddling Prosperity: Economic Sense and Nonsense in an Age of Diminished Expectations by Paul Krugman

Este es uno de los mejores libros de divulgacion economica jamas escritos. Lo lei por primera vez hace mas de 20 años cuando estudiaba economia en la Universidad y causo un gran impacto sobre mi al ayudarme a apreciar el poder del analisis economico. El libro es muy critico con las malas ideas economicas promovidas por los politicos y “pensadores” pseudoeconomistas tanto de derecha (economia de la oferta) como de izquierda (comercio estrategico, politica industrial). Ideas malas en cuanto se muestran como una falacia incapaz de aguantar un analisis economico medianamente riguroso. Este libro es un claro ejemplo de lo que Krugman hace mejor, que es hacer el analisis economico accessible al gran publico, ya que todo esta explicado con una gran lucidez y una claridad meridiana. Totalmente recomendado para cualquiera que quiera aprender un poco de economia de la mano de uno de los grandes maestros y pedagogos en la materia.

Publicado en 1994, Esta obra de Paul Krugman establece los fundamentos intelectualmente sustanciales del columnista de economía política actual para el New York Times. Hoy tiene un nombre como crítico principal de las políticas fiscales de recorte de impuestos de un presidente Bush más joven, pero este libro es una prueba de su capacidad para burlar todo disparate en la arena política siempre que esté seguro de que los profesores universitarios de economía le respaldarán. arriba. La lectura de este libro fue como una montaña rusa para mí, trayendo de vuelta esa sensación de inquietud de la que nunca escapé mientras Nixon estuviera vivo. La mejor evidencia de que este libro fue terminado antes de la muerte de Nixon en 1994 es la nota al pie de la página 260 sobre computación de la productividad general según un reciente estudio de Robert Lawrence de la Universidad de Harvard y Matthew Slaughter del MIT: “Comercio y salarios de Estados Unidos: gran sonido de succión” o Pequeño Hipo “(de próxima aparición).
En esta gran montaña rusa, el capítulo 10 al final del libro fue la repentina caída en la oscuridad total cerca del final, cuando un flash estroboscópico y una cámara digital tomaron una foto de cada auto en el instante de ingravidez que parece choque en el impresiones disponibles donde los jinetes salen de los coches de la montaña rusa. Hubo una advertencia en el Capítulo 9 que nos dirigíamos en esta dirección: “Así que no habrá una carrera para ver quién obtiene el premio gordo mundial”. (p.224). Simplemente se vuelve más divertido de lo que recuerdo que era en ese momento. Las caídas repentinas comenzaron a suceder incluso antes de que este libro fuera terminado para el movimiento político de aquellos “que vinieron brevemente a ser conocidos como” Demócratas de Atari “. . . (La etiqueta se eliminó después de que Atari trasladara su producción a Asia en 1983.) ‘(pp. 249-250).
La economía estadounidense continúa creciendo, como generalmente se espera, y la gran historia de este libro es cómo aquellos que absorben una o dos ideas de los economistas promueven remedios políticos cuando los problemas económicos se vuelven demasiado obvios. Me gustan los cuadros en el libro, particularmente las Figuras 1 (p.25), 2 (p.42) y 3 (p.46), que se explican bien en el texto. La Figura 2 tiene datos de 1961 a 1969 que muestran una línea clara, la curva de Phillips, con un tremendo aumento en la inflación para las tasas de desempleo de menos del 4 por ciento. Suponiendo que la década de 1960 reflejara la realidad económica, “esta conclusión fue escrita como ley: el tan ignorado proyecto de ley de 1978 de Humphrey-Hawkins en realidad requiere que el gobierno de EE. UU. Busque alcanzar una tasa de desempleo del 4 por ciento”. (p.43). Un cuadro más grande en la Figura 3 muestra cómo los eventos se descontrolaron, con un desempleo de más del 8 por ciento en 1975 y una inflación que excedió el 12 por ciento en 1974, 1979 y 1980. Creo que Robert Mundell lo llamó la curva de Phillips en su Premio Nobel. en 1999 en monedas internacionales en el siglo XX, pero la etiqueta de Krugman para “Figura 3 … Pero esa compensación se vino abajo, tal como Milton Friedman había predicho”. (p.46) parecería implicar que la curva era ficticia todo el tiempo.
La economía política parece ser más como generar entusiasmo por una cosa en particular. Los economistas universitarios están tan enredados en mantener su panorama global que las personas involucradas en una tarea única pueden llegar a ser demasiado excéntricas para adaptarse a los profesores. Krugman intenta emplear sus generalizaciones sobre proveedores de suministros como “Robert Bartley, quien ha dirigido la página editorial de ‘The Wall Street Journal’ desde 1972” (p.83) a “La única figura en el grupo de la oferta que no a primera vista, la imagen de afuera es Robert Mundell, quien seguramente es la luz intelectual del movimiento “. Si puedes creer la dirección del Premio Nobel Mundell de 1999, Mundell escribió un documento para el FMI en 1961 que sugería recortes de impuestos en el impuesto a la renta estadounidense que no entró en vigor hasta 1964, pero que comenzó a mucha gente a pensar cómo podrían hacerlo. aumentar sus ingresos si los impuestos se volvieran menos prohibitivos. Después de eso funcionó por un tiempo, Krugman informa: “El hecho es que alrededor de 1970 Mundell se desvió de la convencionalidad de varias maneras. Algunas de ellas eran superficiales: comenzó a usar el pelo largo y a hablar en voz baja”. (p.88). A mí me parece un mal caso de joven demasiado tarde pero más tonto que nunca. No tiene sentido mantener las apariencias cuando el mundo no se ajusta a los estándares profesionales. Mi propia interpretación de lo que viene? para las personas en aquellos tiempos es una filosofía de Heráclito: no se puede bajar dos veces al mismo río.
Mis otros profesores favoritos de economía política no les va bien en PEDDLING PROSPERITY, y es difícil imaginar cómo se podría mejorar eso en el mundo de hoy. “Thorstein Veblen pasó de su brillante TEORÍA DE LA CLASE DE OCIO a escribir un libro realmente terrible (LOS INGENIEROS Y EL SISTEMA DE PRECIOS) que pretende explicar las recesiones económicas”. (p.26). La explicación que sigue, de la recesión causada por las condiciones financieras cuando el deseo en el mercado es principalmente por más dinero en lugar de más bienes, llamada “Keynes’s Theory of Recessions” (pp. 26-34) es la base intelectual de gran parte del análisis en este libro.
A John Kenneth Galbraith se le atribuye el mérito de pensar que deberíamos “ver nuestro proceso político como una fiel representación de los intereses de la única parte del electorado que importa: el 20 por ciento de la distribución del ingreso relativamente acomodada”. (p.6). Eso podría ser un grupo más grande que la cantidad de personas que podrían votar en Estados Unidos cuando se redactó la Constitución de los Estados Unidos en la década de 1780. Galbraith aparece nuevamente como un ejemplo de “Este conflicto casi freudiano entre profesores y expertos siempre está listo para estallar …”. (p.13). En 1967, EL NUEVO ESTADO INDUSTRIAL de Galbraith era como una descripción del estado mental de las personas que trabajan o dirigen las tareas de los trabajadores. No es como pensar que podría ganar el Premio Nobel de Economía.

La economía no es como la astronomía, puesto que sus conclusiones influyen directamente en medidas económicas que afectan a casi todo el mundo. En un mundo ideal, eso significaría que la economía interesaría lo suficiente a un elevado número de personas como para estudiarla detenidamente. En nuestro mundo imperfecto, significa que a la gente sólo le interesa lo suficiente para saber lo que desea creer.
La politización no es, por supuesto, un fenómeno único de la economía y ni siquiera de las ciencias sociales. Los creacionistas prefieren no creer en la evolución y siguen siendo una poderosa fuerza más de cien años después de la muerte de Darwin.
La magia funciona unas veces y otras no.
Para la generación posterior a la segunda guerra mundial, Estados Unidos tenía (en palabras de Tom Wolfe) una «economía mágica». Parte de la magia era mensurable: en menos de treinta años todo se duplicó; es decir, los ingresos reales del trabajador representativo, la renta real de la familia representativa, el consumo per capita eran el doble de altos alrededor de 1972 que a finales de los años cuarenta. Pero las cifras no transmiten por sí solas la asombrosa sensación de opulencia y optimismo económico que invadía el país. A la gente le preocupaban muchas cosas —las revueltas sociales, la guerra nuclear, el medio ambiente—, pero daba por sentado que la economía continuaría generando un nivel de vida material cada vez más alto.
En 1973 desapareció la magia.
En realidad, no ocurrió, por supuesto, tan deprisa. A finales de los años sesenta, algunos sagaces observadores encontraron indicios de que se acercaba el fin de la gran oleada de crecimiento que venía registrándose desde la segunda guerra mundial, y hoy, con la ventaja que nos da la retrospección, podemos ver que el crecimiento de la productividad, que es el motor que impulsa la mejora del nivel de vida, ya estaba comenzando a renquear en 1965. La opinión pública tampoco se dio cuenta rápidamente de que se había registrado un cambio fundamental de tendencia.
La verdad es más compleja. En algunas cuestiones, hay grupos de intereses que saben lo que quieren y que tienen poder para conseguirlo, independientemente de la lógica: a las compañías madereras que talan árboles en suelo federal o a los cosechadores de azúcar, refugiados detrás de su contingente sobre las importaciones, no les interesa la teoría del caso. Pero en muchas cuestiones, sobre todo en las grandes, los votantes no tienen una visión clara de cuáles son sus intereses. Lo que tratan de hacer los políticos es definir esa visión para ellos, de una manera que redunde en su propio provecho.
Lo creamos o no, lo mismo ocurre con el análisis económico que se hace en el mundo académico. Es una ciencia primitiva, por supuesto. Si queremos un paralelismo, pensemos en la situación en que se encontraba la medicina a principios de siglo. Los médicos que se dedicaban a la investigación habían acumulado para entonces una gran cantidad de información sobre el cuerpo humano y sobre su funcionamiento y eran capaces de dar algunos consejos capitales para prevenir las enfermedades. Sin embargo, no podían curar mucho. De hecho, el doctor y ensayista Lewis Thomas nos dice que la lección más importante de las investigaciones médicas realizadas hasta entonces era que debíamos dejar que las enfermedades siguieran su curso y abandonar los «remedios» tradicionales, como las sangrías, que perjudicaban, en realidad, a los pacientes.
El paralelismo con la economía no es perfecto, pero no está demasiado fuera de lugar. Los economistas poseen mucha información sobre el funcionamiento de la economía y pueden ofrecer algunos consejos útiles sobre cosas, como la manera de prevenir las hiperinflaciones (con toda seguridad) y las depresiones (normalmente). Pueden demostrarnos, si estamos dispuestos a escucharlos, que los remedios populares para poner fin a los males económicos, como los contingentes sobre las importaciones y los controles de los precios, son más o menos tan útiles como la sangría médica. Pero hay muchas cosas que no pueden curar. La más importante de todas es que no saben cómo convertir un país pobre en uno rico o traer de nuevo la magia del crecimiento económico cuando parece que se ha desvanecido.

Hay muchos enigmas económicos, pero sólo dos misterios realmente grandes.
Uno de ellos es por qué la tasa de crecimiento económico varía con el paso del tiempo y de unos países a otros. Nadie sabe realmente por qué la economía de Estados Unidos pudo generar un crecimiento anual de la productividad del 3 por ciento hasta 1973 y sólo de un 1 por ciento a partir de entonces; nadie sabe realmente por qué Japón pasó de sufrir una derrota a gozar de poderío económico internacional después de la segunda guerra mundial, mientras Gran Bretaña se deslizó lentamente por la pendiente hasta ocupar una posición de tercera categoría. En un momento dado siempre hay vendedores de políticas económicas dispuestos a afirmar que ellos tienen todas las respuestas; pero ya llegaremos a esa historia en capítulos posteriores.
El otro misterio es por qué hay un ciclo económico, es decir, un ritmo irregular de recesiones y recuperaciones que impide que el crecimiento económico sea una tendencia uniforme. Fue al poner en cuestión la visión keynesiana ortodoxa de los ciclos económicos cuando los conservadores obligaron por primera vez a llevar a cabo una gran revisión de la economía.
A los conservadores les desagrada Keynes porque justifica, aparentemente, el aumento del papel del Estado. Según la teoría de Keynes, una recesión es una situación en la que los mercados privados se han metido en un embotellamiento de tráfico, embotellamiento que la intervención del Estado puede contribuir a resolver. Keynes no era socialista; tampoco lo eran la mayoría de sus seguidores; éstos consideraban que sus ideas eran una manera de mejorar el funcionamiento del capitalismo, no una razón para sustituirlo. Sin embargo, los conservadores siempre han considerado que el análisis económico keynesiano era el pequeño cambio que provocaría probablemente una intrusión total del Estado en el mercado y han buscado alternativas al keynesianismo y argumentos que lo refutaran.
Y han tenido mucho éxito. Desde la década de 1950 hasta la de 1980, las ideas keynesianas fueron objeto de críticas conservadoras demoledoras, hasta el punto de que, en 1982, Edward Prescott, profesor de la Carnegie-Mellon University, declaró con orgullo que los estudiantes de su universidad nunca oían el nombre de Keynes.
El monetarismo por el que Friedman se hizo famoso, por primera vez, parece inteligente, brillantemente argumentado, pero superficial y quizá, incluso, algo falso. Los escritos de Friedman que datan de ese período parecen proceder de un hombre inteligente que sabe lo que quiere creer y busca afanosamente argumentos para defenderlo. Y pensamos que es justo decir que, hasta finales de la década de 1960, Friedman y sus seguidores, aunque influyentes, no gozaron de una gran reputación entre sus colegas.
Pero, a finales de los años sesenta, Friedman encontró otra línea de ataque, aún más eficaz, contra el keynesianismo.

Según la explicación tecnológica de la desaceleración de la productividad, a principios de los años setenta el conjunto de tecnologías que había generado la expansión registrada después de la segunda guerra mundial estaba casi totalmente explotado, mientras que las tecnologías que acabarán provocando otra expansión aún no estaban listas para dar sus mejores frutos. Se trata esencialmente de una visión fatalista. Hay algunos defensores de la política económica activa que piensan que los gobiernos deben tratar de prever el tipo de futuro que traerán consigo las nuevas tecnologías y forzar el ritmo con una campaña colectiva para entrar rápidamente en ese futuro.
Las causas por las que la inflación se aceleró tanto en 1978 y en 1979 siguen siendo hasta cierto punto un misterio. La subida de los precios del petróleo y de los productos alimenticios forma parte de la explicación, así como la caída del valor del dólar en los mercados internacionales. Aunque la tasa de paro no era muy baja desde el punto de vista histórico, los cambios de la composición de la población activa americana —engrosada por la generación de la explosión de la natalidad y por un gran número de mujeres— hicieron que hubiera más tensiones en el mercado de trabajo de lo que parecía. Y es posible que la frustración que causaba el estancamiento de los salarios reales, en un momento en que los trabajadores todavía no se habían hecho realmente a la idea de que se habían acabado los años buenos, los llevara a plantear demandas salariales poco realistas.
Cualesquiera que sean las causas de la aceleración de la inflación, la opinión pública estaba furiosa y desanimada; y los políticos estaban buscando respuestas.

Son tres principalmente las cosas que puede hacer una economía para elevar la productividad de sus trabajadores. Puede elevar la cantidad y la calidad de su capital empresarial; puede mejorar el capital público que sirve de soporte a la economía privada; y puede mejorar la calidad de su población trabajadora, lo que a veces se denomina capital humano.
Ningún economista razonable puede sostener que tenemos una contabilidad exacta del valor de cada una de estas tres fuentes de crecimiento. La mayoría de las estimaciones tanto del crecimiento del capital empresarial como del crecimiento del capital humano se basan en su rendimiento de mercado; sin embargo, todo el mundo comprende perfectamente que los rendimientos que tiene una inversión para la sociedad pueden ser mucho menores o mucho mayores que los rendimientos que tiene para el inversor privado. Cuando se trata de la inversión pública, la situación es aún peor, ya que no existe ningún rendimiento de mercado que nos sirva de punto de referencia.
Así pues, a principios de los años noventa el conservadurismo no había conseguido cumplir sus promesas ni en Europa ni en Estados Unidos. La opinión pública estaba lista para oír nuevas ideas.
Para los conservadores, que creen que los mercados funcionan eficientemente, una recesión es algo difícil de explicar. Si los mercados funcionan tan bien, ¿cómo es posible que algo como una reducción de la oferta monetaria pueda provocar tanto despilfarro y tantas dificultades?
Milton Friedman propuso una inteligente respuesta: porque la política monetaria errática confunde a la gente. Su respuesta se ganó un inmenso prestigio tras su éxito en la predicción de la estanflación. Pero como acabamos de ver, la idea de que la gente está confusa en las recesiones apenas se sostuvo cuando se empezó a profundizar seriamente en ella.
El nuevo conjunto de ideas ha dado en llamarse teoría de los «ciclos económicos reales». Normalmente, se expresa por medio de complejos modelos matemáticos y a sus exponentes les gusta subrayar sus sutilezas, aunque en su esencia es muy simple.
Para un teórico de los ciclos económicos reales, las fluctuaciones económicas se deben a las variaciones de la productividad de la economía. Las causas de estas variaciones no se explican, pero generalmente se supone que se deben a diversos factores naturales (fluctuaciones de las cosechas, mal tiempo, etc.), y acontecimientos políticos (cambios de los impuestos, guerras que suben el precio del petróleo), así como a la aleatoriedad del progreso tecnológico (como el aumento inesperado de la productividad que se registró en Estados Unidos en 1992). Un año excepcionalmente bueno significa una expansión; un año sorprendentemente malo significa una recesión.
Esto no es todo, por supuesto.
La teoría de los ciclos económicos reales nunca se acercó al mundo de la política económica; ni siquiera los políticos conservadores más radicales estuvieron dispuestos a decirle al pueblo americano que acogiera con agrado las recesiones como parte del curso natural y óptimo de los acontecimientos. Y en lugar de ampliar su campo de acción intelectual, el movimiento comenzó a crecer cada vez más hacia dentro. De hecho, según un observador, se convirtió en algo parecido a uno de esos movimientos políticos periféricos que van deshaciéndose sucesivamente de los impuros hasta quedarse solamente con un puñado de miembros.
En otras palabras, a mediados de los años ochenta, de hecho, al final del primer mandato de Ronald Reagan, la teoría macroeconómica conservadora había tocado fondo. En el terreno político, los conservadores triunfaban clamorosamente; en el plano de los debates públicos, muchas de las ideas del conservadurismo casi se habían convertido en dogma. Pero los republicanos ya no eran el partido de las ideas.
Las nuevas ideas venían, por el contrario, de la izquierda. Y a la vanguardia de esas nuevas ideas se encontraba un renacido y sofisticado keynesianismo.

El keynesianismo es básicamente correcto. Esta afirmación llevará a muchos a poner el grito en el cielo, por lo que será mejor que expliquemos qué queremos decir y cuál es la evidencia.
Cuando decimos que el keynesianismo es correcto, no queremos decir que todo lo que escribió Keynes sea correcto o ni siquiera que las medidas keynesianas tradicionales. Esta visión depende de una manera fundamental de la presuposición de que los precios y los salarios no bajarán suficientemente deprisa para restablecer el pleno empleo, incluso aunque todo el mundo se dé cuenta de que hay una recesión que afecta a toda la economía. Implica, pues, que las medidas activas, en particular, un aumento de la oferta monetaria, normalmente pueden resolver el problema.
A principios de 1993, muchos países se encontraban ante un dilema en el caso de la política macroeconómica. En Estados Unidos, la Administración Clinton estaba instando al Congreso a aprobar una combinación de reducciones de los impuestos y de programas de obras públicas para estimular la economía, pero los críticos sostenían que la recuperación ya estaba en marcha. En Europa, Gran Bretaña estaba esperando a ver si la depreciación de la libra y la reducción de los tipos de interés producían una recuperación, mientras que las autoridades francesas debatían silenciosamente si la fuerza del franco valía su coste en paro. En Japón, se bajaron los tipos de interés para contrarrestar los efectos de una burbuja financiera que estaba a punto de explotar, pero el Gobierno se preguntaba atormentado si era necesario adoptar también una política expansiva.
Nadie sabía realmente cómo acabaría todo este debate sobre la política económica. Sin embargo, lo realmente sorprendente era que los términos del debate no habrían resultado desconocidos, por ejemplo, para un economista de 1970.

1-la concentración de empresas afines en la misma área ofrece un gran mercado a las personas que tienen cualificaciones especializadas, lo que significa tanto que los trabajadores están asegurados en cierta medida contra el paro como que las empresas están aseguradas en cierta medida contra la escasez de mano de obra.
2-una concentración industrial local permite que subsistan los necesarios proveedores de servicios especializados.
3-una concentración de empresas fomenta el intercambio de información y, por lo tanto, la mejora de la tecnología.

El argumento de la política comercial estratégica parece que permite justificar rigurosamente la adopción de una política comercial internacional que no sólo sea intervencionista sino que, además, entrañe una cierta confrontación internacional.
Y esta conclusión puede ser explosiva, ya que amenaza con socavar uno de los dogmas más queridos de la economía: su creencia en el libre comercio.
La visión profana del comercio internacional como un conflicto entre vencedores y vencidos es profundamente obstinada, cuando describamos el ascenso de los defensores del comercio estratégico. En muchos sectores del comercio mundial, desde el trigo hasta el azúcar y desde el acero hasta el calzado, el saber convencional de los economistas es totalmente correcto; con contadas excepciones, los vendedores de políticas económicas y los políticos que critican ese saber convencional no lo hacen porque hayan conseguido comprender mejor cómo funciona el mundo, sino porque no han comprendido ni siquiera las cosas sencillas.
Pero he ahí el problema: el concepto de política comercial estratégica es una teoría legítima y bien razonada del tipo que respetan los economistas; sin embargo, parece, al menos a primera vista, que extrae conclusiones similares a las de quienes no son economistas (algunos de los vendedores más inteligentes de políticas económicas se dieron prisa en observar este hecho y en utilizar argumentos basados en el comercio estratégico como manto protector).
Incluso aunque gane nuestro país, la competencia entre empresas nacionales tenderá a mantener bajos los precios y los beneficios. Por lo tanto, en realidad no habrá una carrera para ver quién se lleva el botín mundial. Por otra parte, cualquier intento de subvencionar a la industria nacional probablemente animará a más empresas nacionales a entrar, lo que disipará las ganancias que pudieran obtenerse duplicando la capacidad.
Ahora bien, este argumento sólo se aplica a los beneficios que puede reportar la política comercial estratégica. Puede haber otros beneficios, sobre todo si la industria tiene economías externas, es decir, si la entrada de más empresas reduce los costes al mantener una red más amplia de proveedores, una reserva mayor de mano de obra cualificada y una base de conocimientos más profunda. Sin embargo, estos beneficios son sutiles y difíciles de evaluar, cuando lo que hizo que la política comercial estratégica fuera tan atractiva fue precisamente su aparente simplicidad y concreción.
La razón más importante por la que los economistas desconfiaban de los pronunciamientos sobre la política económica basados en su nueva teoría se hallaba en su miedo a que no se utilizaran para hacer una política mejor, sino para racionalizar las malas políticas. Los conceptos como política comercial estratégica pueden utilizarse con demasiada facilidad para racionalizar el anticuado proteccionismo.
Pero los políticos encuentran sus ideas en algún lugar. Si los profesores no les proporcionan los eslóganes que necesitan para conseguir votos —como suele ocurrir— siempre es posible encontrar a algún otro que lo haga.

Aunque los Gobiernos republicanos que ocuparon la Casa Blanca durante la década de 1980 trataron de hacer una revolución económica, sorprendentemente no estaban interesados en hablar de economía. A Ronald Reagan no le interesaban, desde luego, los detalles de la política en general. Era un hombre de ideas firmes y sencillas: era contrario a la existencia de un Gran Estado; defendía la reducción de los impuestos; creía que el sector privado respondería a una reducción de los impuestos embarcando a la economía en una nueva oleada de prosperidad. Aparte de eso, estaba dispuesto a dejar su aplicación a sus asesores. George Bush era más un hombre de detalles, pero su interés por los pormenores no se extendía a la economía; aunque se deleitaba en la jerga y los acrónimos de la estrategia diplomática y militar, cuando hablaba tendía a vacilar incluso al referirse a las ideas básicas de la economía. Por ejemplo, durante uno de los debates presidenciales trató de referirse a un reciente estudio que mostraba que la productividad americana seguía siendo la mayor del mundo, pero lo embrolló todo al confundir el nivel de productividad (que sigue siendo más alto en Estados Unidos) con su tasa de crecimiento (que ha sido más alta en otros países).
En cambio, a Bill Clinton, el hombre que propone dar un giro a su política, le encanta hablar de los detalles económicos; pero le encanta hablar, y punto.
Un economista experimentado y, por lo tanto, cínico, que trabaja en la Administración, me describió una vez su visión de su trabajo. «Se trata fundamentalmente de deshacerse de las ideas malas —me explicó—, pero es como tirar cucarachas por el retrete; tarde o temprano, vuelven.» El papel del economista que se preocupa por la política económica puede ser descorazonador: puede pasarse años diseñando sofisticadas teorías o contrastando minuciosamente sus ideas por medio de datos para encontrarse con que los políticos recurren una y otra vez a las ideas que pensaba que había desautorizado hace décadas o incluso siglos, o con que hacen afirmaciones que son refutadas rotundamente por los hechos.
Es tentador renunciar, es decir, retirarse a la torre de marfil o comenzar a jugar al juego del vendedor de políticas económicas. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve una sofisticada reflexión sobre la política económica o un minucioso examen de los hechos si siempre ganan las ideas simplistas?
Una sencilla respuesta es que sería un error tirar la toalla. Si las personas que tienen ideas buenas no luchan por ellas, no tienen derecho a quejarse del resultado.
Pero las ideas buenas suelen perder frente a las cómodas tonterías. Cuando ocurre eso, todo economista serio sigue ahí gracias a su fe en que las ideas correctas acabarán venciendo. A diferencia de lo que ocurre con las simplicidades de los vendedores de políticas económicas, las ideas buenas sobre la economía se acumulan. Dentro de una generación, los defensores de la economía de oferta sólo tendrán interés desde el punto de vista histórico; sin embargo, las ideas válidas de los conservadores serios permanecerán. El comercio estratégico se recordará como una doctrina muerta, pero la economía del QWERTY seguirá siendo una parte vital de la tradición intelectual.

Otros libros autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/29/acabad-ya-con-esta-crisis-paul-robin-krugman/

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This is one of the best books of economic disclosure never written. I read it for the first time more than 20 years ago when I studied economics at the University and it caused a great impact on me by helping me appreciate the power of economic analysis. The book is very critical of the bad economic ideas promoted by politicians and “thinkers” pseudo-economists from both the right (supply economy) and the left (strategic trade, industrial policy). Bad ideas as soon as they are shown as a fallacy incapable of enduring a fairly rigorous economic analysis. This book is a clear example of what Krugman does best, which is to make the economic analysis accessible to the general public, since everything is explained with great clarity and clarity. Totally recommended for anyone who wants to learn a little economics from the hand of one of the great teachers and pedagogues in the field.

Published in 1994, PEDDLING PROSPERITY by Paul Krugman establishes the intellectually substantial foundation of the current political economy columnist for the New York Times. Today he has a name as a leading critic of the tax cutting fiscal policies of a younger President Bush, but this book is proof of his ability to outwit nonsense in the political arena whenever he is sure that the mainstream university professors of economics will back him up. Reading this book was like a roller coaster ride for me, bringing back that sense of uneasiness that I never escaped as long as Nixon was alive. The best evidence that this book was finished before Nixon’s death in 1994 is the footnote on page 260 about computing overall productivity according to `a recent study by Robert Lawrence of Harvard University and Matthew Slaughter of MIT: “Trade and U.S. Wages: Great Sucking Sound or Small Hiccup” (forthcoming).’
In this great roller coaster ride, Chapter 10 at the end of the book was the sudden dip in total darkness near the end, when a strobe flash and digital camera took a picture of each car in the instant of weightlessness that looks like shock in the prints available where riders exit from the roller coaster cars. There was a warning in Chapter 9 that we were heading in this direction: “So there won’t really be a race to see who gets the global jackpot.” (p. 242). It just gets funnier than I remember it being at the time. Sudden drops began happening even before this book was finished for the political movement of those `who came briefly to be known as “Atari Democrats,” . . . (The label was dropped after Atari moved its production to Asia in 1983.)’ (pp. 249-250).
The American economy continues to grow, as is usually expected, and the big story in this book is how those who absorb an idea or two from economists promote political remedies when economic problems become too obvious. I like the charts in the book, particularly Figures 1 (p. 25), 2 (p. 42), and 3 (p. 46), which are explained well in the text. Figure 2 has data from 1961 to 1969 showing a clear line, the Phillips curve, with a tremendous increase in inflation for unemployment rates less than 4 percent. Assuming that the 1960s reflected economic reality, “This conclusion was actually written into law: the much-ignored Humphrey-Hawkins bill of 1978 in fact requires the U.S. government to seek to achieve a 4 percent unemployment rate.” (p. 43). A larger chart in Figure 3 shows how the events spiraled out of control, with unemployment over 8 percent in 1975 and inflation exceeding 12 percent in 1974, 1979, and 1980. I think Robert Mundell called this moving the Phillips curve in his Nobel Prize Address in 1999 on international currencies in the twentieth century, but Krugman’s label for “Figure 3 . . . But that tradeoff fell apart, just as Milton Friedman had predicted.” (p. 46) would seem to imply that the curve was fictitious all along.
Political economy seems to be more like generating enthusiasm for a particular thing. University economists are so entangled in maintaining their overall big picture that people engaged in a single task are likely to become far too eccentric to suit the professors. Krugman attempts to employ his generalizations about supply-siders like “Robert Bartley, who has run the editorial page of `The Wall Street Journal’ since 1972” (p. 83) to “The one figure in the supply-side group who does not at first blush fit the outsider image is Robert Mundell, who is surely the movement’s intellectual luminary.” If you can believe Mundell’s Nobel Prize Address of 1999, Mundell wrote a paper for the IMF in 1961 which suggested tax cuts in the American income tax which did not actually take effect until 1964, but which started a lot of people thinking about how they could increase their income if taxes became less prohibitive. After that worked for a while, Krugman reports: “The fact is that around 1970 Mundell veered off from conventionality in a number of ways. Some of these were superficial: he began to wear his hair long and to speak in a low mumble.” (p. 88). It sounds to me like a bad case of young too late but dumber than ever. No sense keeping up appearances when the world fails to conform to professional standards. My own interpretation of what next??? for people in those times is a Heraclitus philosophy: You can’t go down twice to the same river.
My other favorite wits of political economy do not do well in PEDDLING PROSPERITY, and it is hard to imagine how that could be improved in today’s world. “Thorstein Veblen went from his brilliant THEORY OF THE LEISURE CLASS to write a really terrible book (THE ENGINEERS AND THE PRICE SYSTEM) purporting to explain economic slumps.” (p. 26). The explanation which follows, of recession being caused by financial conditions when the desire in the marketplace is primarily for more money instead of more goods, called “Keynes’s Theory of Recessions” (pp. 26-34) is the intellectual foundation for much of the analysis in this book.
John Kenneth Galbraith gets credit for thinking we should “see our political process as a faithful representation of the interests of the only part of the electorate that matters–the relatively well-off top 20 percent of the income distribution.” (p. 6). That might be a larger group than the number of people who could vote in America when the United States Constitution was drafted in the 1780s. Galbraith comes up again as an example of “This almost Freudian conflict between professors and pundits is always ready to break out; . . .” (p. 13). In 1967, Galbraith’s THE NEW INDUSTRIAL STATE was like a description of the state of mind of people working or directing the tasks of workers. Not a bit like thinking that could win the Nobel Prize in Economics.

Economics is not like astronomy, since its conclusions directly influence economic measures that affect almost everyone. In an ideal world, that would mean that the economy would interest a large number of people enough to study it carefully. In our imperfect world, it means that people are only interested enough to know what they want to believe.
Politicization is not, of course, a unique phenomenon of the economy and not even of the social sciences. Creationists prefer not to believe in evolution and remain a powerful force more than a hundred years after Darwin’s death.
Magic works sometimes and sometimes not.
For the post-World War II generation, the United States had (in the words of Tom Wolfe) a “magical economy.” Part of the magic was measurable: in less than thirty years everything doubled; that is, the real income of the representative worker, the real income of the representative family, per capita consumption was twice as high around 1972 as at the end of the 1940s. But the figures do not convey by themselves the amazing sense of opulence and economic optimism that invaded the country. People were worried about many things – social revolts, nuclear war, the environment – but they assumed that the economy would continue to generate a higher and higher standard of living.
In 1973 the magic disappeared.
Actually, it did not happen, of course, so quickly. At the end of the sixties, some sagacious observers found signs that the end of the great wave of growth that had been registered since the Second World War was approaching, and today, with the advantage that hindsight gives us, we can see that growth of productivity, which is the engine that drives the improvement of the standard of living, was already beginning to grind to a halt in 1965. Public opinion did not quickly realize that there had been a fundamental change in the trend.
The truth is more complex. On some issues, there are interest groups that know what they want and have the power to get it, regardless of the logic: to the logging companies that cut down trees on federal land or to the sugar harvesters, refugees behind their quota on imports, they are not interested in the theory of the case. But on many issues, especially large ones, voters do not have a clear vision of what their interests are. What politicians are trying to do is define that vision for them, in a way that works for their own benefit.
Believe it or not, the same happens with the economic analysis that is done in the academic world. It is a primitive science, of course. If we want a parallel, let’s think about the situation in which medicine was at the beginning of the century. The doctors who were engaged in research had accumulated by then a large amount of information about the human body and its functioning and were able to give some important advice to prevent diseases. However, they could not cure much. In fact, the doctor and essayist Lewis Thomas tells us that the most important lesson of medical research carried out until then was that we should let diseases run their course and abandon the traditional “remedies”, such as bloodletting, which were detrimental, in fact , to the patients.
The parallelism with the economy is not perfect, but it is not too out of place. Economists have a lot of information about the functioning of the economy and can offer some useful advice on things, such as how to prevent hyperinflations (in all likelihood) and depressions (usually). They can show us, if we are willing to listen to them, that folk remedies to put an end to economic ills, such as quotas on imports and price controls, are more or less as useful as medical bleeding. But there are many things that can not be cured. The most important of all is that they do not know how to turn a poor country into a rich one or bring back the magic of economic growth when it seems to have vanished.

There are many economic enigmas, but only two really big mysteries.
One of them is why the rate of economic growth varies with the passage of time and from one country to another. No one really knows why the US economy was able to generate annual productivity growth of 3 percent until 1973 and only 1 percent thereafter; nobody really knows why Japan went from suffering a defeat to enjoying international economic power after the Second World War, while Britain slowly slid down the slope to occupy a position of third category. At any given time there are always economic policy sellers willing to claim that they have all the answers; but we’ll get to that story in later chapters.
The other mystery is why there is an economic cycle, that is, an irregular rhythm of recessions and recoveries that prevents economic growth from being a uniform trend. It was by questioning the orthodox Keynesian view of business cycles that conservatives forced a major overhaul of the economy for the first time.
Conservatives dislike Keynes because it justifies, apparently, the increased role of the State. According to Keynes’s theory, a recession is a situation in which private markets have gotten into a traffic jam, a bottleneck that state intervention can help resolve. Keynes was not a socialist; neither were most of his followers; they considered their ideas to be a way to improve the functioning of capitalism, not a reason to replace it. However, conservatives have always considered that the Keynesian economic analysis was the small change that would probably cause a total intrusion of the State into the market and have sought alternatives to Keynesianism and arguments that refute it.
And they have been very successful. From the 1950s to the 1980s, Keynesian ideas were subject to devastating conservative criticism, to the extent that, in 1982, Edward Prescott, a professor at Carnegie-Mellon University, proudly stated that the students of his university never they heard the name of Keynes.
The monetarism for which Friedman became famous, for the first time, seems intelligent, brilliantly argued, but superficial and perhaps even false. Friedman’s writings that date from that period seem to come from an intelligent man who knows what he wants to believe and eagerly seeks arguments to defend it. And we think it’s fair to say that, until the late 1960s, Friedman and his followers, although influential, did not enjoy a great reputation among their colleagues.
But, in the late 1960s, Friedman found another line of attack, even more effective, against Keynesianism.

According to the technological explanation of the deceleration of productivity, at the beginning of the seventies the set of technologies that had generated the expansion registered after the Second World War was almost totally exploited, while the technologies that will end up causing another expansion were not yet Ready to give their best fruits. It is essentially a fatalistic vision. There are some proponents of active economic policy who think that governments should try to foresee the kind of future that new technologies will bring with them and force the pace with a collective campaign to quickly enter that future.
The causes why inflation accelerated so much in 1978 and 1979 remain to some extent a mystery. The rise in the prices of oil and food products is part of the explanation, as well as the fall in the value of the dollar in international markets. Although the unemployment rate was not very low from the historical point of view, the changes in the composition of the American workforce-caused by the generation of the birth explosion and by a large number of women-caused more tensions in the job market than it seemed. And it is possible that the frustration caused by the stagnation of real wages, at a time when the workers had not really made up their minds that good years had ended, led them to raise unrealistic wage demands.
Whatever the causes of the acceleration of inflation, public opinion was furious and discouraged; and the politicians were looking for answers.

There are three principal things an economy can do to increase the productivity of its workers. You can raise the quantity and quality of your business capital; it can improve the public capital that supports the private economy; and it can improve the quality of its working population, which is sometimes called human capital.
No reasonable economist can claim that we have an accurate accounting of the value of each of these three sources of growth. Most estimates of both business capital growth and human capital growth are based on their market performance; However, everyone understands perfectly that the returns that an investment has on society can be much lower or much higher than the returns it has for the private investor. When it comes to public investment, the situation is even worse, since there is no market performance that serves as a point of reference.
Thus, in the early 1990s, conservatism had failed to keep its promises in Europe or the United States. Public opinion was ready to hear new ideas.
For the conservatives, who believe that markets work efficiently, a recession is difficult to explain. If markets work so well, how is it possible that something like a reduction in the money supply can cause so much waste and so many difficulties?
Milton Friedman proposed an intelligent answer: because the erratic monetary policy confuses people. His response gained immense prestige after his success in predicting stagflation. But as we have just seen, the idea that people are confused in recessions barely sustained when they began to deepen seriously in it.
The new set of ideas has come to be called the theory of “real economic cycles.” Normally, it is expressed through complex mathematical models and its exponents like to emphasize its subtleties, although in its essence it is very simple.
For a theorist of real economic cycles, economic fluctuations are due to variations in the productivity of the economy. The causes of these variations are not explained, but are generally assumed to be due to various natural factors (crop fluctuations, bad weather, etc.), and political events (changes in taxes, wars that raise the price of oil) , as well as the randomization of technological progress (such as the unexpected increase in productivity registered in the United States in 1992). An exceptionally good year means an expansion; A surprisingly bad year means a recession.
This is not all, of course.
The theory of real economic cycles never approached the world of economic policy; not even the most radical conservative politicians were willing to tell the American people to welcome recessions as part of the natural and optimal course of events. And instead of expanding its intellectual field of action, the movement began to grow more and more inward. In fact, according to one observer, it became something like one of those peripheral political movements that are successively discarding the impure until only a handful of members remain.
In other words, in the mid-1980s, in fact, at the end of Ronald Reagan’s first term, conservative macroeconomic theory had hit rock bottom. In the political arena, conservatives triumphantly triumphed; at the level of public debates, many of the ideas of conservatism had almost become dogma. But the Republicans were no longer the party of ideas.
The new ideas came, on the contrary, from the left. And at the forefront of these new ideas was a reborn and sophisticated Keynesianism.

Keynesianism is basically correct. This affirmation will lead many to put the cry in the sky, so it would be better to explain what we want to say and what the evidence is.
When we say that Keynesianism is correct, we do not mean that everything Keynes wrote is correct or even that traditional Keynesian measures. This vision depends in a fundamental way on the assumption that prices and wages will not fall fast enough to re-establish full employment, even if everyone realizes that there is a recession that affects the whole economy. It implies, then, that active measures, in particular, an increase in the money supply, can usually solve the problem.
At the beginning of 1993, many countries faced a dilemma in the case of macroeconomic policy. In the United States, the Clinton Administration was urging Congress to approve a combination of tax cuts and public works programs to stimulate the economy, but critics argued that the recovery was already underway. In Europe, Britain was waiting to see if the depreciation of the pound and the reduction in interest rates produced a recovery, while the French authorities quietly debated whether the strength of the franc was worth its cost in unemployment. In Japan, interest rates were lowered to offset the effects of a financial bubble that was about to explode, but the Government wondered tormented if it was necessary to also adopt an expansionary policy.
Nobody really knew how this whole debate on economic policy would end. However, what was really surprising was that the terms of the debate would not have been unknown, for example, for a 1970 economist.

1-the concentration of related companies in the same area offers a large market to people who have specialized qualifications, which means both that workers are insured to a certain extent against unemployment and that companies are insured to a certain extent against shortages of labor.
2-a local industrial concentration allows the necessary specialized service providers to subsist.
3-A concentration of companies encourages the exchange of information and, therefore, the improvement of technology.

The argument of the strategic commercial policy seems to allow to justify rigorously the adoption of an international commercial policy that is not only interventionist but also involves a certain international confrontation.
And this conclusion can be explosive, as it threatens to undermine one of the most beloved dogmas of the economy: its belief in free trade.
The profane view of international trade as a conflict between winners and losers is deeply obstinate when we describe the rise of strategic trade advocates. In many sectors of world trade, from wheat to sugar and from steel to footwear, the conventional wisdom of economists is entirely correct; With few exceptions, sellers of economic policies and politicians who criticize conventional wisdom do not do so because they have managed to better understand how the world works, but because they have not even understood the simple things.
But that is the problem: the concept of strategic commercial policy is a legitimate and well-reasoned theory of the kind that economists respect; however, it seems, at least at first sight, that it draws conclusions similar to those of non-economists (some of the most intelligent salesmen of economic policies hastened to observe this fact and to use arguments based on strategic trade as a cloak protective).
Even if our country wins, competition between national companies will tend to keep prices and profits low. Therefore, there really will not be a race to see who gets the world loot. On the other hand, any attempt to subsidize the domestic industry will probably encourage more domestic companies to enter, which will dissipate the profits that could be obtained by doubling the capacity.
However, this argument only applies to the benefits that the strategic commercial policy can bring. There may be other benefits, especially if the industry has external economies, that is, if the entry of more companies reduces costs by maintaining a wider network of suppliers, a larger pool of skilled labor and a deeper knowledge base. . However, these benefits are subtle and difficult to evaluate, when what made strategic trade policy so attractive was precisely its apparent simplicity and specificity.
The most important reason why economists distrusted pronouncements about economic policy based on their new theory was in their fear that they would not be used to make a better policy, but to rationalize bad policies. Concepts such as strategic commercial policy can be used too easily to rationalize antiquated protectionism.
But politicians find their ideas somewhere. If the teachers do not provide the slogans they need to get votes – as is often the case – it is always possible to find someone else to do so.

Although the Republican governments that occupied the White House during the 1980s tried to make an economic revolution, surprisingly they were not interested in talking about economics. Ronald Reagan was not interested, of course, in the details of politics in general. He was a man of firm and simple ideas: it was against the existence of a Great State; he defended the reduction of taxes; he believed that the private sector would respond to a reduction in taxes by embarking the economy in a new wave of prosperity. Apart from that, he was willing to leave his application to his advisers. George Bush was more of a man of details, but his interest in the details did not extend to the economy; although he delighted in the jargon and acronyms of diplomatic and military strategy, when he spoke, he tended to hesitate even when referring to the basic ideas of the economy. For example, during one of the presidential debates he tried to refer to a recent study that showed that American productivity was still the highest in the world, but it embroiled everything by confusing the level of productivity (which is still higher in the United States) with its growth rate (which has been higher in other countries).
On the other hand, Bill Clinton, the man who proposes to change his policy, loves to talk about the economic details; but he loves to talk, period.
An experienced and, therefore, cynical economist, who works in the Administration, once described his vision of his work. “It’s basically about getting rid of bad ideas,” he explained, “but it’s like throwing cockroaches down the toilet; sooner or later, they return. “The role of the economist who cares about economic policy can be disheartening: he can spend years designing sophisticated theories or painstakingly contrasting his ideas through data to find that politicians turn again and again to the ideas that he thought he had disowned decades ago or even centuries ago, or with which they make statements that are flatly refuted by the facts.
It is tempting to give up, that is, retreat to the ivory tower or start playing the game of the economic policy seller. After all, what good is a sophisticated reflection on economic policy or a thorough examination of the facts if simplistic ideas always win?
A simple answer is that it would be a mistake to throw in the towel. If people who have good ideas do not fight for them, they have no right to complain about the outcome.
But good ideas tend to lose in the face of comfortable nonsense. When that happens, every serious economist is still there thanks to his faith that the right ideas will end up winning. Unlike what happens with the simplicities of the sellers of economic policies, good ideas about the economy accumulate. Within a generation, the proponents of the supply economy will only have interest from the historical point of view; however, the valid ideas of serious conservatives will remain. Strategic trading will be remembered as a dead doctrine, but the QWERTY economy will remain a vital part of the intellectual tradition.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/29/acabad-ya-con-esta-crisis-paul-robin-krugman/

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