Transhumanismo. La Búsqueda Tecnológica Del Mejoramiento Humano — Antonio Diéguez / Transhumanism The Technological Search of Human Improvement by Antonio Diéguez (spanish book edition)

Una obra fundamental para entender la situación actual del transhumanismo y desde la que apoyarse para establecer nuevas reflexiones. Más que recomendable.
El transhumanismo es uno de los movimientos filosóficos y culturales que más atención ha atraído en los últimos años. Preconiza el uso libre de la tecnología para el mejoramiento del ser humano, tanto en sus capacidades físicas, como en las mentales, emocionales y morales, trascendiendo todos sus límites actuales. Las tecnologías a las acude son la ingeniería genética y el desarrollo de máquinas inteligentes. Según los defensores del transhumanismo, con la ayuda de estas tecnologías podremos acabar con el sufrimiento, con las limitaciones biológicas que lo producen, e incluso podremos vencer al envejecimiento y la muerte.
Aunque muchos transhumanistas no ven deseable llevar estas mejoras hasta un punto en que el individuo mejorado ya no perteneciera a la especie humana, otros, designados como ‘posthumanistas’, consideran que este es precisamente el objetivo final: la creación de una o varias especies nuevas a partir de la nuestra.
Las promesas que realizan los defensores del transhumanismo son muy ambiciosas, y no todas están justificadas. Pero por otro lado, la crítica de que modificar la naturaleza humana pone en peligro las bases de la vida moral, la dignidad y los derechos humanos, encierra supuestos filosóficos discutibles y sus consecuencias son excesivamente radicales.
La muerte misma empieza a no ser vista como un destino, como una condición básica e inexorable de nuestra forma de estar en el mundo, de nuestra índole biológica, o como un referente de nuestra comprensión como seres humanos, tal como las religiones y la filosofía nos habían venido enseñando, sino que se está transformando en un problema técnico. Algo que tarde o temprano nuestro ingenio podría solventar.

El transhumanismo es una filosofía de moda; la utopía del momento. Algunos llegan a considerarla como la cosmovisión propia de la época postmoderna, dominada por el culto a la técnica; el único gran relato posible tras el descrédito en el que han caído todos los demás.
Si el envejecimiento obedece a mecanismos biológicos contingentes —como casi todas las teorías propuestas mantienen—, por variados y complejos que estos sean, y tanto si son producto directo de la selección natural como si no lo son, o si están programados genéticamente o no lo están, su control, y el control sobre la muerte «natural», es en principio posible. Situémonos en el caso más desfavorable para que los tratamientos antienvejecimiento puedan funcionar eficazmente, esto es, en el caso de que los mecanismos de senescencia vengan codificados por genes con efectos pleiotrópicos, y por tanto una modificación en dichos genes para alargar la vida pueda tener efectos negativos sobre otras cualidades importantes en la vida de los humanos.
Los transhumanistas ven el asunto de una forma muy diferente, como era de suponer, y han elaborado sus respuestas a estas críticas. Para ellos, estamos iniciando una nueva gran revolución en la historia humana, la revolución definitiva, pues impulsará al ser humano a un nivel evolutivo superior. Se trata de un acontecimiento único e inevitable para el que haremos bien en ir preparándonos, porque, quizás, como dice Harari, no estamos aún en condiciones de desear lo correcto. Pero lo estemos o no, el futuro será puesto irremisiblemente en nuestras manos gracias a los avances de la ciencia y la tecnología. Como nuevos titanes, seremos entonces lo que queramos ser.

La posibilidad de crear máquinas con una inteligencia igual o superior a la humana hace tiempo que dejó de ser un tema exclusivo de la ciencia ficción para convertirse en un asunto bajo el escrutinio de la ciencia. El campo de investigación conocido como «Inteligencia Artificial» (IA) se basa en la aspiración razonada de obtener en un plazo no demasiado lejano tales máquinas inteligentes. O mejor sería decir «sistemas artificiales capaces de realizar tareas que requieren inteligencia», evitando de este modo asumir que la inteligencia sea una propiedad única y homogénea.
Hay quienes piensan —aunque cada vez son menos— que nunca tendremos máquinas inteligentes, al menos si por inteligencia (o por procesos mentales inteligentes).
Los robots deberían estar capacitados desde el principio, o deberían poder capacitarse a sí mismos, para la autoconservación y la reproducción; y no solo deberían estar capacitados para ambas cosas, sino que una vez que asumieran el control sobre su propio destino, deberían querer ejercer esa capacidad. Deberían, en suma, tener capacidad y deseo de autoconservación y reproducción. Si no quisieran cuidar de su propio mantenimiento o no quisieran hacer copias de sí mismos, sería su existencia la que estaría condenada de antemano. Esto plantea ya una dificultad inicial, pues no es obvio que una máquina, por inteligente que sea, desarrolle por sí sola un «impulso por perseverar en su ser».
Los robots inteligentes deberían, en segundo lugar, tener autonomía para satisfacer sus necesidades. Es decir, deberían ser capaces de subsistir sin los seres humanos. Ello exigiría, entre otras cosas, la capacidad de obtener sus propias fuentes de energía, así como cualquier otro recurso necesario para su funcionamiento. Y dado que han de hacerlo de un modo inteligente, han de poder formar una cierta imagen de sí mismos, de lo que es o no bueno y conveniente para ellos, y de su relación con el mundo exterior.
La conexión entre el transhumanismo y la creencia en que las máquinas superinteligentes nos esperan en un plazo no muy lejano se torna explícita cuando a dicha creencia se añade otra: que una vez logradas esas máquinas, podremos hacer en ellas un volcado de nuestra propia mente y conseguir así, gracias al nuevo alojamiento mecánico, la tan ansiada inmortalidad. Kurzweil es uno de los más convencidos de ello.
Para él, la solución definitiva al problema biológico de la limitación de nuestra vida está sencillamente en poner nuestra mente en un ordenador. El día que esto sea posible, la vida eterna estará garantizada. No tiene por qué ser algo que se realice de una sola vez. Puede ser un proceso gradual.
En definitiva, si realmente las máquinas superinteligentes llegan a existir, la hipotética transmisión de nuestra mente a dichas máquinas no representaría una alternativa viable como modo de conseguir la inmortalidad mediante la fusión con ellas. No es sorprendente que esta hipótesis ni siquiera consiga la adhesión de algunos de los defensores de la ciborgización del ser humano, como es el caso del que ha sido durante años director del Laboratorio de Inteligencia Artificial del MIT, Rodney Brooks. En su libro Cuerpos y máquinas. De los robots humanos a los hombres robots, recoge una interesante anécdota en relación con esto:
En 1993 asistí en Linz, Austria, a una conferencia sobre tecnología y arte, «Ars Electronica». Mi antigua alumna de posdoctorado, Pattie Maes, pronunció allí una charla que llevaba por título «Por qué la inmortalidad es una idea muerta».
Se refirió a tantas personas como había podido localizar que públicamente habían predicho el volcado de la conciencia en silicio y anotó las fechas de sus predicciones junto con aquellas en que cada una cumpliría los setenta años. Sin que fuese una sorpresa excesiva, las fechas coincidían en cada individuo.
Como Brooks señala poco después, este tipo de predicciones obedece más al miedo a la muerte que a razones científicas verdaderamente objetivas y bien fundamentadas, y «la historia de las religiones humanas nos advierte acerca de las pasiones, el misticismo y las creencias irracionales que pueden albergar nuestros cerebros humanos cuando se hallan impulsados por el temor a morir».

Cuando se trata de aclarar los objetivos y las bases argumentales del transhumanismo tecnocientífico basado en la biología, hay sin duda un campo de investigación que ocupa una gran parte de la atención en la literatura publicada, y este campo es el conocido como «biología sintética». Pese a su corta historia (los trabajos fundacionales comenzaron a aparecer a principios del presente siglo), la biología sintética se ha constituido como un fructífero campo multidisciplinar con potencial para cambiar de forma significativa aspectos centrales del modo en que se ha venido entendiendo y practicando la biología hasta ahora. Aunque es pronto para decirlo —y a aquellos que ven la biología sintética como la expresión máxima del mecanicismo en biología les pueda parecer una transición de rango menor—, es muy posible que lo que Philip Kitcher (1999) llamó hace años «la hegemonía de la biología molecular» esté llegando a su fin y que la biología sintética venga a tomar su lugar como paradigma de la investigación biológica, dejando en esta ocasión un espacio mayor para el pluralismo metodológico que el que había permitido su predecesora.
Los medicamentos para la mejora cognitiva son solo el comienzo. La ciencia biomédica está produciendo nuevos conocimientos a un ritmo sorprendente; conocimientos que nos capacitarán, si así lo decidimos, para transformarnos a nosotros mismos. Las mejoras biomédicas pueden hacernos más listos, tener mejor memoria, ser más fuertes y más ágiles, tener más resistencia, vivir más tiempo, ser más resistentes a las enfermedades y a las debilidades propias del envejecimiento, y disfrutar de una vida emocional más rica. Pueden incluso proporcionarnos un mejor carácter, o al menos fortalecer nuestra capacidad de autocontrol. Los medicamentos meliorativos son solo una parte de la historia. Hay una evidencia creciente, que incluye cambios exitosos de genes en animales de laboratorio, de que los seres humanos podrán en algún momento ser capaces de cambiar sus capacidades físicas, cognitivas y emocionales por medio de una modificación deliberada de sus genes. Y con el tiempo podrían incluso tomar las riendas de la evolución humana.
El biomejoramiento humano incluye posibilidades distintas de ejecución. Es habitual distinguir dos tipos: el químico (o farmacológico) y el genético. A su vez, cada uno de ellos puede estar dirigido al mejoramiento de las capacidades físicas (rendimiento deportivo, resistencia a las enfermedades, alargamiento de la vida, etc.) o de las capacidades mentales o conductuales (mejoramiento cognitivo, emocional y moral). En este debate, suele entenderse por mejora el cambio en una cualidad que, una vez realizado, aumentará el bienestar y/o la calidad de vida del sujeto que lo experimenta. Es, pues, algo que va más allá del mero mantenimiento de la salud, aunque obviamente lo presupone.

1-La tecnología ha sido siempre un instrumento de mejoramiento. No solo nos ha proporcionado herramientas que nos han permitido transformar el mundo en nuestro beneficio, sino que ha posibilitado el desarrollo de la cultura humana gracias a la que disfrutamos de «prótesis culturales», como la escritura, la ciencia, el arte, el derecho, que amplían nuestras capacidades cognitivas y transforman nuestras formas de vida.
2-No intentar mejorarnos sería en muchos casos faltar a un deber moral. El mejoramiento genético hará que nuestra vida sea más satisfactoria y fructífera. Si unos padres no buscaran ese mejoramiento para sus hijos cuando esté disponible, los estarían dejando en una situación de desventaja comparativa y, por tanto, les estarían causando un perjuicio objetivo.
3-La actitud extendida que considera legítimo permitir las modificaciones genéticas con finalidad terapéutica pero estima que se deben limitar de forma estricta o prohibir las que tengan una finalidad exclusivamente mejoradora no es viable en la práctica. No es posible trazar una línea divisoria clara entre lo terapéutico y lo meliorativo, aunque puedan señalarse casos claros de lo uno y lo otro. Podría decirse que, en realidad, el mejoramiento es una forma de terapia. Lo terapéutico implica técnicas que conducen al mejoramiento (e.g. vacunas), mientras que el mejoramiento puede ser considerado como terapéutico en muchos casos (e.g. mejoras en la salud de personas de avanzada edad).
4-Nadie se opone al mejoramiento humano (intelectual, psicológico, moral o físico) mediante «técnicas sociales o culturales», como la educación o el deporte. El mejoramiento es un objetivo en sí mismo deseable, por definición, y el medio para conseguirlo no debería ser, en principio, éticamente relevante.
5-Desde un punto de vista biológico, no existe una naturaleza humana universalmente compartida que pueda tomarse como base para fundamentar algún tipo de dignidad inviolable supuestamente amenazada por las mejoras genéticas. Pero incluso si la hubiera, su preservación no es una obligación moral.
6-Explorar nuevas posibilidades vitales es deseable; no se ve por qué sería mejor limitarse al espacio de posibilidades que nos ha legado nuestra historia biológica en vez de buscar su ampliación.
7-Las limitaciones actuales de nuestro conocimiento deben, a lo sumo, hacernos precavidos en las intervenciones, pero no pueden justificar la paralización de la investigación ni el abandono de los objetivos.
8-No hay nada que haga intrínsecamente mejor el estar sometidos a la lotería genética a la que hemos estado sujetos a lo largo de nuestra existencia como especie que dejar la selección de los genes a la libre decisión de los padres. Quizás no pueda darse una completa libertad al «supermercado genético», pero cualquier limitación debe ser estrictamente justificada.
9-La mejora genética, lejos de producir desigualdad, como suelen aducir los críticos, podría ser un instrumento muy eficaz para introducir mayor igualdad en la sociedad.
10-El desarrollo y aplicación al ser humano de las tecnologías de mejoramiento genético es inevitable. Constituyen el paso siguiente y definitivo en el proceso evolutivo de nuestra especie. Toda resistencia está condenada al fracaso.
11-Cuando se realizan críticas contra la aplicación del biomejoramiento por sus posibles efectos negativos, no se tiene en cuenta que estos posibles efectos deben ser sopesados junto con los efectos positivos, y que la no aplicación de estas técnicas también puede tener efectos perjudiciales. El biomejoramiento no solo puede producir daños, también beneficios, e igual sucede con la mera inacción.
12-El mejoramiento moral se volverá necesario si queremos usar para el bien, el enorme poder que la tecnociencia ha puesto ya y pondrá aún más en nuestras manos. En cuanto al mejoramiento intelectual, será necesario si queremos competir con las máquinas superinteligentes que tendremos en el futuro o si queremos poder enfrentar los graves problemas que nos acechan (calentamiento global, superpoblación, deterioro ambiental, escasez de recursos, etc.).
13-En algunos individuos se producen de forma natural, debido a mutaciones genéticas espontáneas, rasgos mejorados (mayor resistencia a enfermedades, mayor fuerza física, mayor resistencia ósea, mejor envejecimiento, etc.). No parece que haya una razón válida que justifique el que estas mejoras individuales naturales se consideren aceptables y buenas y que su consecución por medios tecnológicos no sea vista de la misma manera.

Tanto el discurso acerca del mejoramiento genético como una parte de las declaraciones propagandísticas que se ofrecen para subrayar el potencial encerrado en la biología sintética parten de una visión de la biología centrada en el gen, al que sitúan como controlador del desarrollo y como responsable último de la forma final de los rasgos funcionales. Esta visión de la biología, sin embargo, ha sido cada vez más cuestionada entre los biólogos y los filósofos de la biología. Los avances habidos en las últimas décadas en la biología del desarrollo y en genética nos han enseñado que la información que es necesaria para la constitución y funcionamiento de un organismo va mucho más allá de la contenida meramente en su ADN y depende también de cómo dicho ADN interactúa con su entorno bioquímico, tanto dentro de la célula como fuera de ella, e incluso con el entorno exterior al propio organismo. La emergencia de la epigenética como ámbito de estudio nos ha mostrado que la activación y desactivación de los genes está relacionada con factores ambientales que marcan grandes diferencias fenotípicas surgidas a partir de un mismo genoma.
Los transhumanistas tienen razón al sostener que la eugenesia liberal, entendida como la búsqueda libremente asumida de una descendencia más saludable, no tiene por qué ser considerada como algo en sí mismo negativo o censurable. Ya realizamos prácticas eugenésicas de este tipo sin que ello despierte especiales inquietudes. Como aduce Tim Lewens, cuando una mujer embarazada toma ácido fólico para evitar que el feto pueda desarrollar una espina bífida, está tomando una decisión que podría calificarse de eugenésica, y ¿quién pondría reparos a algo así? Pero esta observación se sostiene debido a que la forma en que se caracteriza a la eugenesia liberal es tan amplia que deja incluir prácticas muy diversas. No es lo mismo tomar medicamentos para evitar malformaciones en el feto durante su desarrollo que seleccionar genes determinados para proporcionar a los descendientes rasgos fenotípicos extravagantes. Los problemas podrían surgir del modo en que la eugenesia liberal se practicase, de los criterios que se aplicasen, del respeto que se tuviese al bienestar y a las posibilidades de autonomía futura de los descendientes, y de los objetivos que se persiguiesen.
Finalmente, está la espinosa cuestión de en qué medida todos estos avances tecnológicos son controlables y quién ejercerá dicho control si es que es posible que lo haya. Los más entusiastas tienden a pensar de forma algo contradictoria en este asunto: por un lado, no se cansan de repetir que todas estas innovaciones tecnológicas son inevitables porque escapan al control de cualquier legislación o al poder de los Estados; por otro lado, y simultáneamente, nos dicen que en su desarrollo y potenciales consecuencias todo estará siempre bajo control; que podremos separar el grano de la paja, quedarnos con los efectos beneficiosos y eliminar los indeseables. Los efectos negativos serán controlables y, por ello, cualquier apelación al principio de precaución es vista como un entorpecimiento inútil. Todo ello encierra una extraña amalgama entre determinismo tecnológico y voluntarismo tecnológico no muy convincente.

Es primordial, por tanto, evitar el error común de realizar juicios generales y definitivos, de lanzar condenas o alabanzas globales, puesto que, además de no ser de demasiada utilidad, apenas convencerían más que a los del coro.
Ortega no pudo pensar sobre el biomejoramiento humano porque entonces esa posibilidad pertenecía solo a la literatura de ciencia ficción, pero sí pensó —y de forma muy sugerente— sobre la tecnología en general, y ese pensamiento puede ofrecernos una ayuda para elaborar algunas ideas que nos permitan entender y valorar mejor todas estas grandes transformaciones que se nos anuncian. Pero el trabajo no está hecho, hay que ponerse a ello.

Lo que está resultando cada vez más claro es que el debate público sobre la biología sintética es una exigencia de la sociedad —son ya muchas las organizaciones civiles e instancias gubernamentales que lo han reclamado y fomentado— y que será un debate central en los próximos años. Una de las cosas que más inquietud suele generar y que hace perder más legitimación pública es que los propios científicos se desentiendan de los efectos y las aplicaciones de sus trabajos o que busquen con estas últimas el cumplimiento prioritario de sus intereses. Es, por tanto, fundamental para el futuro de la ciencia cuidar este asunto, y sería un error pensar que el debate abierto perjudica a la investigación. No tengo dudas de que estos resultados podrían ser extensibles a todas las tecnologías implicadas en el biomejoramiento humano.

A fundamental work to understand the current situation of transhumanism and from which to lean to establish new reflections. More than recommended.
Transhumanism is one of the philosophical and cultural movements that has attracted the most attention in recent years. It advocates the free use of technology for the improvement of the human being, both in their physical, mental, emotional and moral capacities, transcending all their current limits. The technologies to which they come are genetic engineering and the development of intelligent machines. According to proponents of transhumanism, with the help of these technologies we can end suffering, with the biological constraints that produce it, and even we can beat aging and death.
Although many transhumanists do not see desirable to bring these improvements to a point that the improved individual no longer belonged to the human species, other, designated as ‘posthumanists’, consider that this is precisely the ultimate goal: creating one or more new species from ours.
The promises made by the defenders of transhumanism are very ambitious, and not all are justified. But on the other hand, the criticism that modifying human nature endangers the foundations of moral life, dignity and human rights, contains debatable philosophical assumptions and its consequences are excessively radical.
Death itself begins to not be seen as a destination as a basic and inexorable condition of our way of being in the world, our biological nature, or as a reference for our understanding as human beings, as religion and philosophy They had been teaching us, but it is becoming a technical problem. Something that sooner or later our ingenuity could solve.

Transhumanism is a fashionable philosophy; the utopia of the moment. Some come to consider it as the cosmovision typical of the postmodern era, dominated by the cult of technique; the only great story possible after the discredit in which all the others have fallen.
If aging is due to contingent biological mechanisms -as almost all theories proposed maintain-, however varied and complex they may be, and whether they are a direct product of natural selection or not, or whether they are genetically programmed or not. They are, their control, and control over “natural” death, is in principle possible. Let us situate ourselves in the most unfavorable case so that the anti-aging treatments can work effectively, that is, in the case that senescence mechanisms are encoded by genes with pleiotropic effects, and therefore a modification in these genes to extend life can have effects negative about other important qualities in the lives of humans.
The transhumanists see the matter in a very different way, as one might suppose, and they have elaborated their responses to these criticisms. For them, we are initiating a new great revolution in human history, the definitive revolution, because it will push the human being to a higher evolutionary level. It is a unique and inevitable event for which we will do well to prepare ourselves, because, perhaps, as Harari says, we are not yet in a position to desire the right thing. But whether we are or not, the future will be irretrievably placed in our hands thanks to advances in science and technology. As new titans, we will then be what we want to be.

The possibility of creating machines with an intelligence equal to or greater than human has long ceased to be an exclusive theme of science fiction to become an issue under the scrutiny of science. The field of research known as “Artificial Intelligence” (AI) is based on the reasoned aspiration to obtain such intelligent machines in the not too distant future. Or better to say, “artificial systems capable of performing tasks that require intelligence”, thus avoiding assuming that intelligence is a unique and homogeneous property.
There are those who think – although they are less and less – that we will never have intelligent machines, at least if it is due to intelligence (or intelligent mental processes).
Robots should be trained from the beginning, or they should be able to train themselves, for self-preservation and reproduction; and not only should they be trained for both, but once they take over their own destiny, they should want to exercise that capacity. In short, they should have the capacity and desire for self-preservation and reproduction. If they did not want to take care of their own maintenance or would not want to make copies of themselves, it would be their existence that would be condemned beforehand. This already poses an initial difficulty, since it is not obvious that a machine, intelligent as it may be, develops by itself an “impulse to persevere in its being”.
Smart robots should, second, have autonomy to meet their needs. That is, they should be able to survive without human beings. This would require, among other things, the ability to obtain its own sources of energy, as well as any other resource necessary for its operation. And since they have to do it in an intelligent way, they must be able to form a certain image of themselves, of what is good and convenient for them, and their relationship with the outside world.
The connection between transhumanism and the belief that superintelligent machines await us in the not too distant future becomes explicit when another belief is added to this belief: that once these machines are achieved, we can make an overturning of our own minds and to achieve this, thanks to the new mechanical accommodation, the long-awaited immortality. Kurzweil is one of the most convinced of that.
For him, the ultimate solution to the biological problem of limiting our life is simply to put our mind on a computer. The day this is possible, eternal life will be guaranteed. It does not have to be something done at one time. It can be a gradual process.
In short, if really superintelligent machines come into existence, the hypothetical transmission of our mind to these machines would not represent a viable alternative as a way to achieve immortality by merging with them. It is not surprising that this hypothesis does not even achieve the adhesion of some of the defenders of the cyborgization of the human being, as it is the case of the one who has been for years director of the Laboratory of Artificial Intelligence of the MIT, Rodney Brooks. In his book Bodies and machines. From human robots to robot men, pick up an interesting anecdote in relation to this:
In 1993 I attended a conference on technology and art in Linz, Austria, «Ars Electronica». My former postdoctoral student, Pattie Maes, delivered a talk there entitled “Why immortality is a dead idea.”
He referred to as many people as he had been able to locate that publicly had predicted the overturning of consciousness in silicon and noted the dates of his predictions along with those in which each would meet the seventy years. Without it being an excessive surprise, the dates coincided in each individual.
As Brooks points out shortly thereafter, this type of prediction obeys more to the fear of death than to truly objective and well-founded scientific reasons, and “the history of human religions warns us about the passions, mysticism and irrational beliefs that can to house our human brains when they are driven by the fear of dying”.

When it comes to clarifying the objectives and the argumentative bases of techno-scientific transhumanism based on biology, there is undoubtedly a field of research that occupies a large part of the attention in published literature, and this field is what is known as “synthetic biology” . Despite its short history (foundational works began to appear at the beginning of this century), synthetic biology has become a fruitful multidisciplinary field with the potential to significantly change central aspects of the way in which it has been understood and practiced. biology so far. Although it is too early to say – and those who see synthetic biology as the maximum expression of mechanism in biology may seem like a minor transition – it is quite possible that what Philip Kitcher (1999) called years ago “the hegemony of molecular biology »is coming to an end and synthetic biology comes to take its place as a paradigm of biological research, leaving on this occasion a greater space for methodological pluralism than its predecessor had allowed.
The medications for cognitive improvement are just the beginning. Biomedical science is producing new knowledge at a surprising rate; knowledge that will enable us, if we so decide, to transform ourselves. Biomedical improvements can make us smarter, have better memory, be stronger and more agile, have more resistance, live longer, be more resistant to diseases and weaknesses of aging, and enjoy a richer emotional life. They can even provide us with a better character, or at least strengthen our capacity for self-control. Meliorative medications are only part of the story. There is growing evidence, including successful gene changes in laboratory animals, that humans may at some point be able to change their physical, cognitive and emotional capacities by means of a deliberate modification of their genes. And over time they could even take the reins of human evolution.
Human biomedicine includes different possibilities of execution. It is usual to distinguish two types: the chemical (or pharmacological) and the genetic. In turn, each one of them can be aimed at the improvement of physical abilities (sports performance, resistance to diseases, lengthening of life, etc.) or mental or behavioral abilities (cognitive, emotional and moral improvement). In this debate, improvement is usually understood as a change in a quality that, once performed, will increase the well-being and / or quality of life of the subject who experiences it. It is, then, something that goes beyond the mere maintenance of health, although obviously it presupposes it.

1-Technology has always been an instrument of improvement. Not only has it provided us with tools that have allowed us to transform the world to our benefit, but it has made possible the development of human culture thanks to which we enjoy “cultural prosthetics”, such as writing, science, art, law , that expand our cognitive abilities and transform our ways of life.
2-Not trying to improve ourselves would in many cases be a moral duty. The genetic improvement will make our life more satisfying and fruitful. If parents do not seek that improvement for their children when it is available, they would be left in a situation of comparative disadvantage and, therefore, would be causing them an objective harm.
3-The extended attitude that considers legitimate to allow genetic modifications for therapeutic purposes but considers that they should be strictly limited or prohibit those that have an exclusively improving purpose is not viable in practice. It is not possible to draw a clear dividing line between the therapeutic and the meliorative, although clear cases of the one and the other can be pointed out. It could be said that, in reality, improvement is a form of therapy. The therapeutic implies techniques that lead to improvement (e.g. vaccines), while the improvement can be considered as therapeutic in many cases (e.g., improvements in the health of the elderly).
4-No one is opposed to human improvement (intellectual, psychological, moral or physical) through “social or cultural techniques,” such as education or sports. Improvement is a desirable goal in itself, by definition, and the means to achieve it should not, in principle, be ethically relevant.
5-From a biological point of view, there is no universally shared human nature that can be taken as a basis to support some kind of inviolable dignity supposedly threatened by genetic improvements. But even if there were, its preservation is not a moral obligation.
6-Exploring new life possibilities is desirable; we can not see why it would be better to limit ourselves to the space of possibilities that our biological history has bequeathed to us instead of seeking its extension.
7-The current limitations of our knowledge should, at most, make us cautious in the interventions, but they can not justify the paralysis of the research or the abandonment of the objectives.
8-There is nothing that makes intrinsically better to be subject to the genetic lottery to which we have been subject throughout our existence as a species that leave the selection of genes to the free decision of the parents. Perhaps the “genetic supermarket” can not be given complete freedom, but any limitation must be strictly justified.
9-Genetic improvement, far from producing inequality, as critics often claim, could be a very effective instrument for introducing greater equality in society.
10-The development and application to the human being of the technologies of genetic improvement is inevitable. They constitute the next and final step in the evolutionary process of our species. All resistance is doomed to failure.
11-When criticisms are made against the application of bi-improvement due to its possible negative effects, it is not taken into account that these possible effects must be weighed together with the positive effects, and that the non-application of these techniques can also have detrimental effects. The biomejoramiento not only can produce damages, also benefits, and the same happens with the mere inaction.
12-Moral improvement will become necessary if we want to use for good, the enormous power that technoscience has already put and will put even more in our hands. As for the intellectual improvement, it will be necessary if we want to compete with the superintelligent machines that we will have in the future or if we want to be able to face the serious problems that lie ahead (global warming, overpopulation, environmental deterioration, scarcity of resources, etc.).
13-In some individuals are produced naturally, due to spontaneous genetic mutations, improved traits (greater resistance to diseases, greater physical strength, greater bone strength, better aging, etc.). There does not seem to be a valid reason that justifies that these natural individual improvements are considered acceptable and good and that their achievement by technological means is not seen in the same way.

Both the discourse on genetic improvement and a part of the propaganda statements that are offered to highlight the potential locked in synthetic biology are based on a vision of biology centered on the gene, which they place as the controller of development and as the ultimate responsible for the final form of the functional features. This view of biology, however, has been increasingly questioned among biologists and philosophers of biology. The advances made in the last few decades in the biology of development and in genetics have taught us that the information that is necessary for the constitution and functioning of an organism goes far beyond that contained merely in its DNA and also depends on how said DNA It interacts with its biochemical environment, both within the cell and outside it, and even with the environment outside the organism itself. The emergence of epigenetics as a field of study has shown us that the activation and deactivation of genes is related to environmental factors that mark large phenotypic differences arising from the same genome.
Transhumanists are right to argue that liberal eugenics, understood as the freely assumed pursuit of healthier offspring, need not be considered as something negative or reprehensible in itself. We already carry out eugenic practices of this type without awakening special concerns. As Tim Lewens argues, when a pregnant woman takes folic acid to prevent the fetus from developing spina bifida, she is making a decision that could be called eugenic, and who would object to something like that? But this observation is sustained because the way in which liberal eugenics is characterized is so broad that it allows for very diverse practices. It is not the same to take medications to avoid malformations in the fetus during its development than to select certain genes to provide offspring with extravagant phenotypic traits. The problems could arise from the way in which liberal eugenics was practiced, from the criteria that were applied, from the respect that was had to the well-being and the possibilities of future autonomy of the descendants, and from the objectives that were pursued.
Finally, there is the thorny question of to what extent all these technological advances are controllable and who will exercise that control if it is possible that there is. The most enthusiastic tend to think somewhat contradictory in this matter: on the one hand, do not tire of repeating that all these technological innovations are inevitable because they escape the control of any legislation or the power of States; on the other hand, and simultaneously, they tell us that in their development and potential consequences everything will always be under control; that we can separate the grain from the straw, stay with the beneficial effects and eliminate the undesirable ones. The negative effects will be controllable and, therefore, any appeal to the precautionary principle is seen as a useless nuisance. All this involves a strange amalgam between technological determinism and technological voluntarism not very convincing.

It is essential, therefore, to avoid the common mistake of making general and definitive judgments, of casting global condemnations or praises, since, in addition to not being of too much use, they would hardly convince more than those of the choir.
Ortega could not think about human biofeedback because then that possibility belonged only to science fiction literature, but he did think -and in a very suggestive way- about technology in general, and that thought can offer us help to elaborate some ideas that we allow us to better understand and value all these great transformations that are announced to us. But the work is not done, you have to get to it.

What is becoming increasingly clear is that the public debate on synthetic biology is a demand of society – there are already many civil organizations and governmental bodies that have claimed and encouraged it – and that it will be a central debate in the coming years . One of the things that generates the most concern and that causes the loss of more public legitimacy is that the scientists themselves become disinterested in the effects and applications of their work or that they seek with the latter the priority fulfillment of their interests. It is, therefore, fundamental for the future of science to take care of this matter, and it would be a mistake to think that open debate harms research. I have no doubt that these results could be extended to all the technologies involved in human biomedicine.

2 pensamientos en “Transhumanismo. La Búsqueda Tecnológica Del Mejoramiento Humano — Antonio Diéguez / Transhumanism The Technological Search of Human Improvement by Antonio Diéguez (spanish book edition)

  1. SUGERENCIA REVISAR
    Salinas D. Transhumanism: the big fraud-towards digital slavery. Int Phys Med Rehab J. 2018; 3 (5):381‒392.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .