El Golpe Posmoderno: 15 Lecciones Para El Futuro De La Democracia — Daniel Gascón / The Postmodern Coup: 15 Lessons for the Future of Democracy by Daniel Gascón (spanish book edition)

Magnífico. Análisis muy acertado, bien escrito, con reflexiones muy interesantes, sobre el intento de secesión promovido por políticos catalanes. De lo mejor que se ha escrito sobre este episodio.

Todavía no podemos calcular con precisión la gravedad de los hechos, ni sabemos lo fácil —o posible— que será recomponer lo que se ha roto, apagar las pasiones que se han alzado o gestionar la frustración de muchas personas que creyeron honestamente en las bondades de una mercancía averiada, pero parece claro que el episodio ha sido muy negativo para Cataluña y para España.
En este descalabro se han cometido muchos errores, a lo largo de mucho tiempo. Quizá el Gobierno español ha hecho demasiado poco y demasiado tarde, tras desdeñar el problema durante años. Posiblemente José Luis Rodríguez Zapatero sobreestimó, como sucedió en otras ocasiones, la capacidad de las buenas intenciones para arreglar problemas complejos, e infravaloró el daño que pueden causar las consecuencias inesperadas. El Gobierno del Partido Popular reaccionó en el último momento y dio a veces la sensación de minusvalorar el conflicto o de abordarlo con una rigidez excesiva: lo de Cataluña, parecían pensar algunos, era una algarada. Ha habido en España líderes irresponsables, declaraciones imprudentes y campañas estúpidas. Pero que los errores estén repartidos no significa que todos los implicados tengan la misma responsabilidad: quienes rompieron la legalidad fueron las autoridades independentistas catalanas. Hablar de esa vulneración de la ley no es defender el statu quo o parapetarse en el inmovilismo: esa ruptura entrañaba la violación de los derechos de quienes no pensaban como ellos.
Algo inédito, una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros. Las revoluciones de los ricos no son infrecuentes, pero una particularidad de esta rebelión es que a mucha gente le parecía que poseía un componente progresista, aunque por medio del procés los ricos trataban de librarse de los pobres. Algunos factores tienen que ver con la historia de la península, así como con la mitología nacionalista, pero, del mismo modo que presentar este fenómeno como una discusión entre Cataluña y España es falaz porque oculta el conflicto entre catalanes, también sería un error verlo en coordenadas meramente hispánicas. En su génesis y en su resolución confluyen asimismo factores globales, como la crisis económica, el debilitamiento de la soberanía política y la pérdida de confianza en el futuro que han experimentado muchas sociedades occidentales.

El objetivo puede parecer contradictorio: impugnar el relato simplificador que han intentado imponer los independentistas, por fidelidad a la realidad y en defensa de una democracia más compleja.
Como eran dos problemas diferentes, el fracaso del procés, que se derritiera al entrar en contacto con la realidad, no supone el final del problema. Para encontrar soluciones se necesitarán inteligencia, firmeza, flexibilidad, generosidad, pragmatismo y una buena dosis de suerte.
El separatismo viene del pasado, y nos ha puesto frente a cosas que ya no creíamos que fueran a suceder: la discusión por las fronteras, el conflicto étnico, la posibilidad real de violencia. Pero quizá también anuncia el futuro.

Lo que vimos en Cataluña es algo muy antiguo: la activación de las ideas de la tribu y de la exclusión, la imposición de la visión del campo sobre la visión de la ciudad, la idea de la importancia del origen por encima de la ciudadanía, la creencia de que quienes han nacido en un lugar son mejores que los que han nacido en otro, el énfasis en un elemento distintivo —en este caso la lengua—, un agravio histórico —una derrota honrosa, a la cual siguió un periodo oscuro de supresión de libertades: 1714, 1939, la sentencia del Estatut—
El secesionismo catalán ha unido nacionalismo y populismo. Esto permitió que el nacionalismo ampliara su base tradicional: la ideología rural y burguesa sumaba a jóvenes urbanos, en un momento en el que también estallaba el sistema de partidos español y en el que el proyecto estatal parecía agotado en términos representativos y asfixiado por la crisis económica. Cada uno podía imaginar en la independencia su utopía particular, la solución a su descontento favorito. Es un proyecto contra el sistema y contra unas élites, pero también es un proyecto del sistema y de las élites, en el que reivindicaciones tradicionales, como un acuerdo fiscal más ventajoso, compartían protagonismo con una idea de radicalidad democrática.

El procés es un golpe de diseño. Entre sus aspectos más admirables están su intensidad y eficacia propagandística. Contrastó con la lentitud del Gobierno español, que parecía pensar que bastaba con tener la ley y a los estados de su parte. Esas dos batallas fueron centrales, pero también hubo otras que pareció no disputar, o que disputó demasiado tarde.
Jordi Amat, en La conjura de los irresponsables, define el procés como «la asunción progresiva por la corriente principal de la ciudadanía de Cataluña de una mutación del catalanismo. Una mutación, reforzada por una movilización popular creciente, que al mismo tiempo que consolidaba una nueva idea de soberanía ha terminado agrietando, como difícilmente podía ser de otra manera, la arquitectura institucional española». Se trata, dice, de «una evolución lógica de la naturaleza anfibia del pujolismo».
Pasqual Maragall no logró gestionar con solvencia la puesta en escena de la redacción del Estatut; Artur Mas manejó la del pacto fiscal. Fue a reunirse con Mariano Rajoy tras una manifestación masiva por la Diada. A su regreso a Barcelona tras la reunión fracasada sobre el pacto fiscal, la Assemblea Nacional Catalana y Convergència lo recibieron en la plaza de Sant Jaume con una concentración, que ya incluyó una photo op con intelectuales soberanistas, canto de «Els Segadors» y peticiones de independencia.
Ha sido un movimiento enfáticamente emocional, hiperbólico, en una época en la que las tecnologías de la comunicación facilitan la expansión de un lenguaje polarizado y la sentimentalización de la política. Ha contado con el uso desleal de instituciones del Estado, y con la hábil actividad de asociaciones como la ANC y Òmnium Cultural. Ha mostrado una formidable capacidad de reciclar conceptos y de imponerlos incluso a los críticos. Los medios de comunicación públicos o privados fuertemente subvencionados han extendido sus mensajes, y el independentismo ha intensificado su hegemonía discursiva con una forma de entender la identidad catalana formulada ya en tiempo de Jordi Pujol. A diferencia de otros golpes, no fue necesario tomar los medios de comunicación.
Esa maniobra de distracción centraba la atención sobre un proyecto rupturista. Otras cuestiones políticas —sobre la educación, el sistema sanitario más privatizado de España o la crisis económica, pero también sobre la naturaleza etnolingüística y sociocultural de la escisión— pasaban a segundo plano ante una decisión existencial. Y, al mismo tiempo, permitía eludir la ausencia de un proyecto verosímil para la República catalana: la coalición independentista que gobernó Cataluña tras las elecciones de 2015 presentaba preferencias muy distintas. El enemigo era uno solo, pero las utopías con las que se soñaban eran muy diferentes.

Cuando los independentistas hablan de la corrupción española deberían tener en cuenta que también están hablando de su propia corrupción. Si hablamos de un atraso, las comunidades que han tenido mayor influencia en el Gobierno deberían asumir una mayor responsabilidad.
Pero todos esos fallos, estructurales o accidentales, no parecen preocupar especialmente a los secesionistas. De hecho, algunos de los problemas que podemos advertir en España estarían ya en el diseño de la República catalana. Además, hay ejemplos de poca claridad o desprecio a la ley y la palabra. Por ejemplo, el hecho de que Convergència i Unió, en sus diferentes programas electorales, nunca incluyera la independencia entre sus objetivos, pero avanzase hacia ella una vez en el Gobierno.

En cuanto a Podemos, la crisis catalana ha exacerbado una contradicción que ya había asomado anteriormente. La formación había jugado en campañas anteriores con activar un cierto nacionalismo español: había hablado del Dos de Mayo, presentado como una revuelta popular contra un invasor extranjero, y había tratado de llenar de contenido nacional símbolos como «pueblo». La nación es una construcción, pero eso no significaba que no pudiera utilizarse. Era la tesis de uno de los líderes de Podemos, Íñigo Errejón: un nacionalismo de inspiración populista, combinado con una alianza con las fuerzas periféricas. Dejaba abiertas varias incógnitas, como la carga connotativa de los significantes: quizá estaban menos vacíos de lo conveniente, demasiado asociados a la derecha. En todo caso, la estrategia no pudo desplegarse. Pablo Iglesias ganó la batalla interna y Errejón pasó a un segundo plano.
La apuesta por la independencia de Cataluña puede acabar provocando, finalmente, una renacionalización en España. Y su salida probablemente pase por una reforma constitucional de la que, por el momento, Podemos parece haber decidido excluirse.

El descontento con la crisis, el malestar con la sentencia del Estatut y la sensación de agravio fueron juntos. Al lado de élites insatisfechas habría una parte de políticos sorprendidos por la intensidad de la respuesta: soy su líder, tengo que seguirlos. Y, cuando ganó el PP las elecciones generales a finales de 2011, los que llevaban tiempo deseando la independencia vieron una ventana de oportunidad: era entonces o nunca.

El discurso identitario acaba por negar lo que tenemos en común: la idea de que nuestras experiencias son comunicables, de que podemos entender la alegría o el dolor de los demás. En la mentalidad identitaria no juzgamos a las personas por lo que hacen sino por lo que son. Así, nos parece que alguien no merece un castigo porque piensa como nosotros, desconfiamos de quien intenta ayudarnos si no comparte nuestra autodefinición o desdeñamos el sufrimiento de aquel a quien designamos como diferente. Es un error perceptivo y moral encerrar a los demás en una sola identidad. Pero también es un error dejarnos atrapar en una sola identidad, en una única dimensión.
Un poco de ironía —en el sentido de tener conciencia de la propia contingencia— puede resultar útil. No significa renunciar a los propios principios; al contrario, puede ayudarnos a distinguir lo que de verdad importa.
Se necesita un enemigo. Se puede admitir la presencia de traidores, que quizá sea incluso necesaria, pero no la ambigüedad, y se tolera con dificultades a la gente que no termina de encajar en esa versión, o para la que la cuestión nacional no ha sido el eje de su vida.
Casi siempre es necesaria una afrenta. Idealmente, la ofensa es imprecisa y gravísima, para que la compensación sea elástica e inagotable.

La República catalana será un lugar más justo y más feliz. Será inclusivo. Será más feminista y tendrá mecanismos hiperdemocráticos que alentarán la participación ciudadana. Será ecologista. Será global, pero en el buen sentido, porque no caerá en las redes del capitalismo internacional y protegerá los pequeños negocios, los sabores de la tierra, la lengua ancestral. Muchos de esos objetivos pueden ser loables, pero sería más tranquilizador si tras ese lado amable no se vislumbrara una desagradable pulsión de superioridad y rechazo hacia el otro.
Una parte, sin duda, se debe a la polarización y al clima de tensión. Los discursos se endurecieron. La lógica del enfrentamiento, las formas de comunicación contemporáneas y la sucesión de campañas electorales contribuyeron a ello. Es tentador pensar que ese incómodo elemento supremacista se debe a la inflamación del lenguaje. Pero hay razones para creer que, en algunos casos, el supremacismo es lo que informa el independentismo: no es la guinda, sino la base de la receta.

El nacionalismo catalán ha hablado con admiración de Quebec, donde se habían celebrado dos referéndums. «Me siento quebequés», llegó a decir Pujol; para Mas, «las razones de fondo de los nacionalismos catalán y quebequés son las mismas, aunque no las finalidades». La Ley de Claridad se presentaba como el modelo para el referéndum pactado, aunque en realidad era una ley destinada a desincentivar la celebración de este tipo de consultas y los independentistas de Quebec siempre habían estado en contra de ella. Se citaba ese deseable modelo canadiense, pero se hablaba menos del coste económico que tuvo el proceso independentista para la zona o el fracaso definitivo de la opción separatista. Como suele suceder —y esto no es exclusivo de los secesionistas—, solo se empleaban los ejemplos de manera ventajosa para el discurso. Y, tras perder dos referéndums, en 1980 y 1995, y aplazar sin fecha el tercero, no parecía tampoco una referencia tan favorable.
Escocia también fue un referente pero (Escocia representa un 8 por ciento de la población del Reino Unido, Cataluña un 16 por ciento), el diferente papel histórico de sus élites (las escocesas habrían tenido más protagonismo en la política británica que las catalanas en la española), y un diferente desarrollo competencial: Cataluña, de hecho, tenía mucha más autonomía que Escocia, que no recuperó su parlamento hasta 1998, pero paradójicamente la propuesta del referéndum estaba menos desarrollada. Había también diferencias económicas: eran dos regiones prósperas, aunque la catalana más en comparación con el resto del Estado; la inversión del Estado en Cataluña era en proporción más baja que la de Escocia.
El programa de retórica es de máximos, pero luego, cuando las cosas vienen mal dadas, se convierte en algo de mínimos. En la parte final del procés la situación continuaba: Carles Puigdemont se reclamaba como presidente legítimo de Cataluña y decía que el suyo era un Gobierno en exilio. Pero al mismo tiempo, como otras fuerzas partidarias de la independencia, se presentaba a las elecciones del 21-D.

La campaña por la secesión de Cataluña se ha comparado muchas veces con la de los partidarios del Brexit: en las dos había una apuesta por saltar una instancia intermedia demonizada (Bruselas, Madrid) para alcanzar un mercado global, en ambas había un desprecio total por la evidencia, en las dos se produjo polarización, en ambas había un componente xenófobo y en las dos la separación es muy complicada.
Una diferencia notable radica en que, si uno de los episodios más comentados del camino hacia el Brexit fue la frase del secretario de Estado de Justicia, Michael Gove, según la cual Gran Bretaña estaba harta de los expertos, el secesionismo catalán no ha necesitado despreciarlos. Numerosos expertos e intelectuales apoyaron la opción separatista. Lo más llamativo no es que defendieran la independencia o que contribuyeran a la construcción del argumentario, sino que se alinearan acríticamente con el procés.

Esa extraña mezcla de complejo de inferioridad y narcisismo nos ha hecho especialmente sensibles a los encantos de ciertos autores extranjeros, que se han manejado con el ramillete de tópicos que les habíamos servido. Ha habido, hay y habrá aportaciones extraordinarias. Pero quizá una de las consecuencias de la dictadura es precisamente que durante mucho tiempo hayamos prestado tanta atención a algunos de estos escritores, que no se lo merecían.

Una parte del procés es la violación de las leyes, el salto a un lugar donde solo rige la fuerza. Ese salto era un simulacro: una apuesta siempre negable, salvo cuando sale bien. La gran violencia del procés no la ejerció el Estado. La ha ejercido la realidad.

El simulacro se disuelve al entrar en contacto con la realidad. El gran encontronazo final del procés —que no resuelve el problema, ni significa que la aventura haya terminado— no fue el choque de trenes del que tantas veces se había hablado, sino un golpe contra un muro. Y quizá lo más llamativo es que quien quisiera sabía que ese muro estaba allí.
En el choque, me comentó en una conversación Lluís Bassets, se vieron tres cosas claras. Por una parte, el secesionismo no comprendió bien cómo funciona el Estado. Se pueden criticar sus ineficiencias y sus anquilosamientos, pero parece imprudente asumir que un Estado bajo asalto no va a defenderse. Su fuerza no es solo la fuerza de la porra: tiene otras herramientas, como mínimo igual de persuasivas. Entre ellas hay herramientas administrativas, hacia dentro, y ventajas de posición, hacia fuera. Se podría añadir otro dato: sabemos también, por los conflictos que hemos visto al menos desde la Segunda Guerra Mundial, que gana el Estado. Los secesionistas no solo fueron desleales con el Estado español (del que formaban parte) sino que, en parte por ignorancia, en parte por desdén y en parte por un pasado de incomparecencia habitual, lo subestimaron.
Manuel Hidalgo ha abordado algunos de los posibles efectos de una prolongación del procés a largo y medio plazo. Por un lado, se produciría una caída de la inversión extranjera, lo que afectaría también a la creación de empleo. La construcción de nuevas instituciones tendría que empezar antes de la secesión, y vendría acompañada del fantasma de la doble imposición, que desanimaría a las empresas. El deseo de evitar el boicot en otros lugares de España impulsaría las deslocalizaciones; este deseo se vería incentivado por la necesidad de mantenerse dentro del territorio de la Unión. Las consecuencias de la independencia serían todavía más dramáticas. Supondrían la ruptura del mercado único para Cataluña, con España y con la Unión Europea. Cataluña tendría que traducir una legislación que aún no existe al entramado legal comunitario. Una salida del paraguas que es el Banco Central Europeo haría zozobrar a todo el sistema de la crisis de las finanzas.
Casos con un mandato más claro, con un mayor apoyo popular, con un entusiasmo mucho más indiscutible, no han logrado alcanzar sus objetivos.

La realidad muestra una comunidad dividida en dos. Esa fractura quizá estaba en cierto modo antes. Pero ahora se ha hecho más visible y más intensa, y parece que la polarización puede continuar antes de que se logren tender puentes. De esa fractura son responsables, antes que nadie, quienes impulsaron esta vía.
Otro de los damnificados del procés es el catalanismo. Una larga tradición política, comprometida con la modernización, se ha visto arrastrada hacia una apuesta inviable y excluyente. Quizá tenga que profundizar en su autocrítica y hacer una gestión de la frustración, pero va a ser necesario para reconstruir cualquier consenso.
La tercera vía, la solución intermedia, parece otra de las perdedoras en un contexto de polarización y fidelización. Sin embargo, serían deseables y probablemente imprescindibles gestos que permitiesen unir partes de los bloques.
El procés tampoco ha sido bueno para España. Aunque el Estado haya resultado más fuerte de lo que pensaban los independentistas, las instituciones han sufrido un desgaste brutal: desde el Tribunal Constitucional a la Corona, pasando por las fuerzas de seguridad. La independencia no se ha producido, pero décadas de política nacionalista han favorecido la desconexión emocional de parte de Cataluña hacia España.
Los acuerdos que de verdad importan solo llegan cuando los firmamos con gente que piensa de manera muy distinta a nosotros. Esa quizá sea la lección más importante y menos obvia del golpe posmoderno.

Magnificent. Very accurate analysis, well written, with very interesting reflections, on the attempt of secession promoted by Catalan politicians. Of the best that has been written about this episode.

We still can not calculate with precision the seriousness of the facts, nor do we know how easy -or possible- it will be to recompose what has been broken, to extinguish the passions that have been raised or to manage the frustration of many people who honestly believed in the benefits of a damaged commodity, but it seems clear that the episode has been very negative for Catalonia and for Spain.
In this disaster, many mistakes have been made over a long period of time. Perhaps the Spanish government has done too little and too late, after neglecting the problem for years. Possibly José Luis Rodríguez Zapatero overestimated, as happened on other occasions, the ability of good intentions to solve complex problems, and underestimated the damage that can be caused by unexpected consequences. The Government of the Popular Party reacted at the last moment and sometimes gave the sensation of underestimating the conflict or of dealing with it with excessive rigidity: that of Catalonia, some seemed to think, it was an uproar. There have been irresponsible leaders in Spain, reckless statements and stupid campaigns. But that the errors are distributed does not mean that all those involved have the same responsibility: those who broke the legality were the Catalan independence authorities. To speak of this violation of the law is not to defend the status quo or to be paralyzed in immobility: that rupture entailed the violation of the rights of those who did not think like them.
Something new, a rebellion against a liberal democracy in a region where per capita income exceeds 25,000 euros. The revolutions of the rich are not uncommon, but a particularity of this rebellion is that many people felt that they had a progressive component, although through the procés the rich tried to get rid of the poor. Some factors have to do with the history of the peninsula, as well as with nationalist mythology, but, just as presenting this phenomenon as a discussion between Catalonia and Spain is fallacious because it conceals the conflict between Catalans, it would also be a mistake to see it in merely Hispanic coordinates. In its genesis and in its resolution, global factors also converge, such as the economic crisis, the weakening of political sovereignty and the loss of confidence in the future that many Western societies have experienced.

The objective may seem contradictory: to challenge the simplifying account that the independentistas have tried to impose, by fidelity to reality and in defense of a more complex democracy.
As they were two different problems, the failure of the process, which melted when coming into contact with reality, does not mean the end of the problem. Finding solutions will require intelligence, firmness, flexibility, generosity, pragmatism and a good dose of luck.
Separatism comes from the past, and has put us in front of things that we no longer believed would happen: the discussion of borders, ethnic conflict, the real possibility of violence. But maybe it also announces the future.

What we saw in Catalonia is something very old: the activation of the ideas of the tribe and exclusion, the imposition of the vision of the field on the vision of the city, the idea of ​​the importance of origin over citizenship, the belief that those born in one place are better than those born in another, the emphasis on a distinctive element -in this case language-, a historical grievance-an honorable defeat, followed by a dark period of suppression of liberties: 1714, 1939, the sentence of the Statute
Catalan secessionism has united nationalism and populism. This allowed nationalism to expand its traditional base: the rural and bourgeois ideology added to urban youth, at a time when the Spanish party system was also exploding and in which the state project seemed exhausted in representative terms and suffocated by the crisis economic Each one could imagine in independence his particular utopia, the solution to his favorite discontent. It is a project against the system and against some elites, but it is also a project of the system and the elites, in which traditional claims, as a more advantageous fiscal agreement, shared protagonism with an idea of ​​democratic radicalism.

The process (procés) is a design hit. Among its most admirable aspects are its intensity and propaganda effectiveness. He contrasted with the slowness of the Spanish Government, which seemed to think that it was enough to have the law and the states on their side. Those two battles were central, but there were also other battles that seemed not to dispute, or that disputed too late.
Jordi Amat, in The Conjuration of the Irresponsible, defines the procés as «the progressive assumption by the mainstream of the citizenship of Catalonia of a mutation of Catalanism. A mutation, reinforced by a growing popular mobilization, which at the same time consolidated a new idea of ​​sovereignty has ended up cracking, as could hardly be otherwise, the Spanish institutional architecture. It is, he says, “a logical evolution of the amphibian nature of pujolism.”
Pasqual Maragall failed to manage with solvency the staging of the writing of the Statute; Artur Mas handled the fiscal pact. He went to meet with Mariano Rajoy after a massive demonstration by the Diada. On his return to Barcelona after the failed meeting on the fiscal pact, the Catalan National Assembly and Convergence received him in the Plaza de Sant Jaume with a rally, which already included a photo op with sovereignty intellectuals, singing of “Els Segadors” and petitions of independence.
It has been an emphatically emotional, hyperbolic movement at a time when communication technologies facilitate the expansion of a polarized language and the sentimentalization of politics. It has counted on the disloyal use of State institutions, and with the skillful activity of associations such as the ANC and Òmnium Cultural. It has shown a formidable ability to recycle concepts and impose them even on critics. The public or private media heavily subsidized have extended their messages, and the independence movement has intensified its discursive hegemony with a way of understanding the Catalan identity already formulated in the time of Jordi Pujol. Unlike other blows, it was not necessary to take the media.
That distraction maneuver focused attention on a rupturist project. Other political issues-about education, the most privatized health system in Spain or the economic crisis, but also about the ethnolinguistic and socio-cultural nature of the split-took second place to an existential decision. And, at the same time, it allowed to avoid the absence of a credible project for the Catalan Republic: the pro-independence coalition that governed Catalonia after the 2015 elections presented very different preferences. The enemy was one, but the utopias with which they dreamed were very different.

When pro-independence supporters talk about Spanish corruption, they should bear in mind that they are also talking about their own corruption. If we talk about backwardness, the communities that have had the most influence in the government should assume greater responsibility.
But all these failures, structural or accidental, do not seem to worry especially the secessionists. In fact, some of the problems that we can notice in Spain would already be in the design of the Catalan Republic. In addition, there are examples of poor clarity or contempt for the law and the word. For example, the fact that Convergència i Unió, in its different electoral programs, never included independence among its objectives, but moved towards it once in the Government.

As for Podemos, the Catalan crisis has exacerbated a contradiction that had already emerged. The formation had played in previous campaigns with activating a certain Spanish nationalism: it had spoken of the Dos de Mayo, presented as a popular revolt against a foreign invader, and had tried to fill with national content symbols such as “people”. The nation is a construction, but that did not mean it could not be used. It was the thesis of one of the leaders of Podemos, Íñigo Errejón: a nationalism of populist inspiration, combined with an alliance with the peripheral forces. It left open several unknowns, like the connotative load of the signifiers: perhaps they were less empty than convenient, too associated with the right. In any case, the strategy could not be deployed. Pablo Iglesias won the internal battle and Errejón took a back seat.
The commitment to the independence of Catalonia may end up causing, finally, a renationalisation in Spain. And his exit probably goes through a constitutional reform that, for the moment, Podemos seems to have decided to exclude.

The discontent with the crisis, the discomfort with the sentence of the Statute and the feeling of grievance were together. Next to dissatisfied elites would be a part of politicians surprised by the intensity of the response: I am their leader, I have to follow them. And, when the PP won the general elections at the end of 2011, those who had long desired independence saw a window of opportunity: it was then or never.

The identity discourse ends up denying what we have in common: the idea that our experiences are communicable, that we can understand the joy or pain of others. In the identity mentality we do not judge people for what they do but for what they are. Thus, it seems to us that someone does not deserve punishment because he thinks like us, we do not trust whoever tries to help us if he does not share our self-definition or we despise the suffering of the one we designate as different. It is a perceptive and moral error to lock up others in a single identity. But it is also a mistake to let ourselves be trapped in a single identity, in a single dimension.
A little irony – in the sense of being aware of one’s own contingency – can be useful. It does not mean giving up one’s principles; On the contrary, it can help us distinguish what really matters.
An enemy is needed. The presence of traitors can be admitted, which may even be necessary, but not ambiguity, and it is tolerated with difficulties for people who do not fit into that version, or for whom the national question has not been the axis of their lifetime.
Almost always an affront is necessary. Ideally, the offense is imprecise and very serious, so that the compensation is elastic and inexhaustible.

The Catalan Republic will be a fairer and happier place. It will be inclusive. It will be more feminist and will have hyper-democratic mechanisms that will encourage citizen participation. It will be an ecologist. It will be global, but in a good way, because it will not fall into the networks of international capitalism and will protect small businesses, the flavors of the earth, the ancestral language. Many of these objectives can be praiseworthy, but it would be more reassuring if, behind that kind side, there was no unpleasant impulse of superiority and rejection towards the other.
One part, undoubtedly, is due to polarization and the climate of tension. The speeches hardened. The logic of the confrontation, the forms of contemporary communication and the succession of electoral campaigns contributed to this. It is tempting to think that this uncomfortable supremacist element is due to the inflammation of language. But there are reasons to believe that, in some cases, supremacism is what informs the independence: it is not the icing, but the basis of the recipe.

Catalan nationalism has spoken with admiration of Quebec, where two referendums had been held. “I feel Quebecois,” Pujol went on to say; for Mas, “the underlying reasons of Catalan and Quebecois nationalisms are the same, although not the purposes.” The Clarity Law was presented as the model for the agreed referendum, although in reality it was a law destined to discourage the holding of this type of consultations and the independentistas of Quebec had always been against it. That desirable Canadian model was cited, but there was less talk about the economic cost of the pro-independence process for the area or the definitive failure of the separatist option. As is often the case -and this is not exclusive to the secessionists-, only the examples were used advantageously for the discourse. And, after losing two referendums in 1980 and 1995, and postponing the third without a date, it did not seem like a favorable reference either.
Scotland was also a benchmark but (Scotland represents 8 percent of the population of the United Kingdom, Catalonia 16 percent), the different historical role of its elites (the Scottish would have had more prominence in British politics than the Catalans in the Spanish), and a different competence development: Catalonia, in fact, had much more autonomy than Scotland, which did not recover its parliament until 1998, but paradoxically the proposal of the referendum was less developed. There were also economic differences: they were two prosperous regions, although the Catalan one more in comparison with the rest of the State; State investment in Catalonia was in a lower proportion than that of Scotland.
The program of rhetoric is of maximum, but then, when things come badly given, it becomes something of minimum. In the final part of the process, the situation continued: Carles Puigdemont claimed as the legitimate president of Catalonia and said that his was a government in exile. But at the same time, like other pro-independence forces, he was running for the 21-D elections.

The campaign for the secession of Catalonia has been compared many times with that of the supporters of Brexit: in both there was a bet to jump a middle instance demonizada (Brussels, Madrid) to reach a global market, in both there was a total disregard for the evidence, in both there was polarization, in both there was a xenophobic component and in both the separation is very complicated.
A notable difference is that, if one of the most talked about episodes of the road to Brexit was the statement of the Secretary of State for Justice, Michael Gove, according to which Britain was fed up with the experts, the Catalan secessionism has not needed to despise them. . Numerous experts and intellectuals supported the separatist option. The most striking thing is not that they defended independence or that they contributed to the construction of the argument, but that they aligned uncritically with the procés.

This strange mixture of inferiority complex and narcissism has made us especially sensitive to the charms of certain foreign authors, who have been handled with the bunch of clichés we had served them. There have been, there are and there will be extraordinary contributions. But perhaps one of the consequences of the dictatorship is precisely that for a long time we have paid so much attention to some of these writers, who did not deserve it.

A part of the process is the violation of the laws, the jump to a place where only force governs. That jump was a simulacrum: a bet always denied, except when it goes well. The great violence of the procés was not exercised by the State. It has been exercised by reality.

The simulacrum dissolves upon coming into contact with reality. The great final collision of the procés -which does not solve the problem, nor does it mean that the adventure is over- was not the train crash that had been talked about so many times, but a blow against a wall. And perhaps the most striking thing is that whoever wanted to know that this wall was there.
In the clash, Lluís Bassets told me in a conversation, three things were clear. On the one hand, secessionism did not understand well how the State works. Their inefficiencies and stagnation can be criticized, but it seems imprudent to assume that a State under assault will not defend itself. His strength is not only the strength of the truncheon: he has other tools, at least as persuasive. Among them there are administrative tools, inward, and positional advantages, outward. Another piece of information could be added: we also know, from the conflicts we have seen at least since the Second World War, that the State wins. The secessionists were not only disloyal to the Spanish state (of which they were a part) but, partly because of ignorance, partly because of disdain and partly because of a past of habitual default, they underestimated it.
Manuel Hidalgo has addressed some of the possible effects of a prolongation of the process in the long and medium term. On the one hand, there would be a fall in foreign investment, which would also affect the creation of employment. The construction of new institutions would have to start before secession, and would be accompanied by the specter of double taxation, which would discourage companies. The desire to avoid the boycott in other parts of Spain would encourage relocations; This desire would be encouraged by the need to remain within the territory of the Union. The consequences of independence would be even more dramatic. They would mean the rupture of the single market for Catalonia, with Spain and with the European Union. Catalonia would have to translate legislation that does not yet exist into the community legal framework. An exit from the umbrella that is the European Central Bank would capsize the entire system of the crisis of finance.
Cases with a clearer mandate, with greater popular support, with a much more indisputable enthusiasm, have not achieved their objectives.

Reality shows a community divided in two. That fracture was maybe in a way before. But now it has become more visible and more intense, and it seems that polarization can continue before the building of bridges. From this fracture they are responsible, before anyone else, who pushed this way.
Another of the victims of the procés is Catalanism. A long political tradition, committed to modernization, has been dragged into a non-viable and exclusive option. You may have to deepen your self-criticism and manage frustration, but it will be necessary to rebuild any consensus.
The third way, the intermediate solution, seems another of the losers in a context of polarization and loyalty. However, gestures that would unite parts of the blocks would be desirable and probably essential.
The process has not been good for Spain either. Although the state has been stronger than the independentistas thought, the institutions have suffered brutal wear and tear: from the Constitutional Court to the Crown, passing through the security forces. Independence has not occurred, but decades of nationalist politics have favored the emotional disconnection from Catalonia to Spain.
The agreements that really matter only come when we sign them with people who think very differently from us. That may be the most important and least obvious lesson of the postmodern coup.

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