La Palabra Arrestada — Vitali Shentalinski / The Word Arrested by Vitaly Shentalinski

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Magnífico libro. Nunca en la historia de la humanidad un régimen político se ensañó tanto con la inteligencia y la creación artística como el totalitarismo soviético. Fueron miles los escritores, artistas, científicos, investigadores, profesores universitarios, represaliados por el régimen, silenciados o asesinados. Y millones, las personas castigadas sin crimen.
El podrido sistema soviético era incapaz de evolucionar, y así empezó su impetuosa y dolorosa descomposición, una agonía que, de una manera u otra, nos arrastró a todos. Una nueva era llamaba a la puerta.
Lo más importante de todo era cobrar conciencia, despertar de la sinrazón y la ausencia de derechos en las que habíamos vivido, recuperar la dignidad. Y recuperar la memoria, porque tanto nuestro pasado como nuestra historia nos habían sido incautados, primero, para sernos devueltos horrorosamente deformados, después, en un proceso que afectó también a la literatura. En la guerra que el poder entabló con su propio pueblo, la profesión de escritor fue de las más afectadas.
La palabra y la literatura han ocupado siempre un lugar prominente en la vida de los rusos. En Rusia, la literatura ha sido siempre más que un mero arte y ha hecho las veces de un parlamento del que la sociedad se ha servido para compensar la carencia de un parlamento político. La literatura ha sido, pues, la voz de la conciencia y de la verdad. En Rusia se ha asesinado por las palabras: ¡así de alto se las cotiza!.
Durante los años de poder soviético se detuvo a unos 2.000 escritores, y cerca de 1.500 murieron en cárceles y campos de trabajo, mientras esperaban que les pusieran en libertad. Por supuesto, esas cifras son inexactas, pero por ahora es imposible precisarlas más. «Desearía nombrarlos a todos, pero se han llevado la lista y no se sabe dónde buscar información…», escribió Anna Ajmátova. Las circunstancias y las fechas de las muertes de estos escritores se silencian o se falsifican, sus biografías están rellenas de lagunas, y cuando se los cita en las enciclopedias y obras de consulta se aportan datos que no se corresponden con la realidad.
Hay algo aún más importante. A saber, que durante las detenciones, a estos escritores se les confiscaban sus manuscritos y sus archivos, que eran amontonados en depósitos secretos. Cabe la esperanza de que una parte de esa documentación permanezca intacta. ¡Tratemos de salvarla! ¡Rompamos el sello de la caja negra! Precisamente ahora, en estas condiciones de democracia y transparencia incipientes, es el momento oportuno para hacerlo, ya que albergamos la esperanza de que no estemos ante un mero «deshielo», sino que asistimos a una auténtica primavera. ¡Comprobemos de una vez por todas si es verdad que los manuscritos no arden! No resucitaremos a los muertos, pero podemos compensar el saqueo espiritual que ha sufrido el pueblo. Es nuestra obligación hacerlo.
Sugiero que en el marco de la Unión de Escritores se cree una Comisión especial que se ocupe de este sagrado asunto. Esta Comisión debe ser elegida democráticamente, tras un debate general previo a la votación.
La trágica lista con los primeros treinta nombres del martirologio de nuestra literatura, acompañada de mi solicitud firmada, arribó por fin al Buró político del Comité Central, desde allí partió a la Fiscalía y, seguidamente, llegó por fin al KGB.
Isaak Bábel, Artiom Vesioli, Aleksandr Voronski, Nikolái Gumiliov, Iván Katáyev, Nikolái Kliuev, Mijaíl Koltsov, Ósip Mandelstam, Borís Pilniak, Iván Pribludni, Dmitri Svyatopolsk-Mirski, Pável Florenski, Aleksandr Chayanov…
La Lubianka es una fortaleza que se alza en el centro de Moscú, un conjunto híbrido y compacto de macizos y colosales edificios revestidos de granito, comunicados por corredores elevados y pasillos subterráneos, lleno a rebosar de escaleras y rodeado de coches negros que se arraciman a su alrededor como escarabajos.

Tampoco Bábel se libró del registro. Se quedaron con sus documentos de identidad, con las llaves de su casa e incluso con ciertos objetos sin valor pero indispensables: pasta dentífrica, crema de afeitar, unos tirantes, unos elásticos para los calcetines, una jabonera, una esponja de baño y, como reza el recibo adjunto con el expediente, «una correa gastada de unas sandalias usadas»…
No permitieron que el detenido tuviera la mínima posibilidad de despedirse de esta vida. Lo tenían todo calculado y concebido de antemano: al desvestirlo y hacer que se quedara medio desnudo, lo despojaban de los últimos signos del mundo material que lo unían con su existencia diaria, con su familia, para convertirlo en un individuo desprotegido e insignificante: ¿quién se creía que era, solo, sucio y sin afeitar, con los pantalones caídos y los zapatos sin nada que los sujetara, ante el poder destructor de todo un Estado?.
A continuación, le hicieron unas fotografías, le tomaron las huellas dactilares y le dieron un impreso para que lo cumplimentara. No era un simple trámite: es imposible que no le pasara por la cabeza que esas fotografías podían ser las últimas de su vida, y que al tomarle las huellas insinuaban que era un delincuente. Con el impreso parecían decirle: «Venga, suéltanos tu vida, que nosotros ya nos encargaremos de saber si vale lo que pesa, si no esconde manchas sospechosas…».
¿Qué culpa pesa sobre él? El único crimen que está dispuesto a reconocer es su esterilidad creadora, aunque no sea verdad: publicaba poco, pero es evidente que, por el número de manuscritos que le confiscaron, escribía mucho. No se manifestaba en contra del poder soviético; sólo servía a su genio, a su vocación, ante todo era un artista. Pero para el régimen eso ya suponía una traición y un delito.
Los recursos y los métodos que empleaban en Sujánovka para lograr sus fines son harto conocidos: intimidaciones, palizas y las torturas más sutiles, incluidas las psicológicas, como por ejemplo la amenaza de tomar represalias con la familia. Si uno de estos métodos fallaba, se empleaba otro, pero al final cumplían su cometido. Bábel conocía la crueldad de los chequistas no sólo de oídas.
No hay ninguna noticia sobre el lugar donde fue enterrado –me dijeron en la Lubianka cuando trabajaba con el expediente de Bábel.
Los verdugos de Stalin ocultaban escrupulosamente la localización de los restos de sus víctimas. Han pasado muchos años; en los lugares de los fusilamientos en masa, sobre las fosas comunes, han crecido árboles, se han construido edificios y fábricas, el terreno se ha cubierto de asfalto y hormigón. Pero incluso este secreto ha empezado a desvelarse con el tiempo…
Las primeras semanas del año 1940, cuando murió Bábel, fueron «de buena cosecha» en lo que atañe a fusilamientos. El 27 de enero fue asesinado Bábel, el 2 de febrero, Meyerhold y Koltsov, y el 4 de febrero, Yezhov. Como los mismos archiveros de la Lubianka esclarecieron basándose en sus anales, por la noche sacaban los cuerpos de los ejecutados de la prisión y los llevaban al crematorio ubicado en el terreno del antiguo monasterio de Donskói, en el centro de Moscú. Hay pruebas de que arrojaban todas las cenizas en la misma fosa, excavada a muy pocos metros a la derecha del crematorio, en el cementerio. En esa fosa común se mezclaban los restos de víctimas y verdugos.

Se sabe qué fue exactamente lo que le confiscaron durante el registro: «… cartas, una serie de teléfonos y direcciones, y unas 48 hojas sueltas de manuscritos». Todos estos documentos no están dentro del expediente, su búsqueda en el archivo de la Lubianka ha sido infructuosa y al parecer fueron quemados. Uno se pregunta: ¿por qué se llevaron tan pocas cosas? La respuesta a este misterio es muy simple: los chequistas buscaban algo muy concreto, necesitaban unos poemas determinados, los sediciosos. Apilaron los papeles que se llevaron encima de una silla, y el resto lo esparcieron por el suelo, pisándolo con las botas sin miramiento alguno.
Justo la víspera de esa desgraciada noche, Anna Ajmátova, poetisa y amiga íntima suya, llegó a casa de Ósip Mandelstam desde Leningrado. No tenía nada que ofrecer a su huésped, así que Mandelstam fue a casa de unos vecinos y trajo un huevo duro como botín.
En la prisión interior de la Lubianka el poeta se sentía como un condenado a muerte. «Nunca tuvimos la menor duda de que, si llegaban a saber de la existencia de ese poema, le matarían», dice Nadiezhda Yákovlevna. El instructor, que llevó el caso como si se tratara de la preparación de un futuro proceso colectivo, le aseguró que así sería; amenazó al poeta y a sus «cómplices», o sea, a todos aquellos que habían oído el poema contra Stalin, con fusilarles de forma inminente. De este modo, Mandelstam se convirtió en culpable no sólo de sus propias desgracias, sino de los infortunios de otros.
No hubo necesidad de emplear métodos físicos especiales con el poeta, bastó con someterlo a un suplicio psicológico, que por supuesto no aparece reflejado en las actas de instrucción. Únicamente sabemos, gracias al testimonio del propio Mandelstam, que compartió celda con un tipo que trabajaba para la instrucción, e intimidó al poeta con la posibilidad de un futuro proceso y le aseguró que todos sus allegados estaban también en la cárcel.
En la Lubianka despojaron al detenido de lo poco que le quedaba de su vida privada: una maletita, una funda para la almohada, un bastón de madera, unos tirantes y la corbata. En el formulario que rellenó Mandelstam está escrito, y subrayado dos veces: «Terror». Esta era, parece ser, la línea de investigación que debería seguir la instrucción.
Sólo hay un acta de interrogatorio con fecha del 17 de mayo. El caso estaba claro, era lo mismo de la otra vez. Únicamente tenían que observar las formalidades.
Su final fue como el de tantos otros, corriente y terrible: ataron una placa a sus pies, metieron el cuerpo, junto con otros, en una carreta, y se lo llevaron fuera del campo; luego lo tiraron en una zanja, en la fosa común.
«Es poco probable que algún día alguna calle de la tierra lleve el nombre de Mandelstam», decía la mujer del poeta.

No existen poetas sin leyenda, pero tampoco sin un destino inscrito en la vida real. Tsvietáieva, nuestra poeta, sigue siendo una figura misteriosa e inalcanzable. Sus archivos personales, por indicación de su hija Ariadna, no debían ser desclasificados hasta el año 2000. También pueden reseguirse las huellas de su destino, de sus últimos años, en las oscuras entrañas de los archivos de la Lubianka. Algunos documentos, que ya han visto la luz, se han convertido en patrimonio del lector. Pero aún queda mucho en la sombra. El descubrimiento de Tsvietáieva prosigue.
En junio de 1939 Marina Tsvietáieva vuelve a la Unión Soviética después de los años de la emigración junto a su hijo Gueorgui (Mur), de catorce años. La patria la acoge como una madrastra recelosa. A los ojos de las autoridades, Tsvietáieva no era una escritora respetada ni una ciudadana de pleno derecho; más bien era una mujer sospechosa, próxima a la Guardia Blanca. También era la esposa de un agente soviético que había fracasado en París…
En el camino hacia la verdad, el ser humano debe trepar una escalera penosa en la que el primer tramo siempre es el rechazo de las creencias. Tsvietáieva, ¿la mujer de un chequista? No hace mucho tiempo, los rumores sobre este tema suscitaban protestas airadas y reacciones de rechazo. ¿De veras Serguéi Efrón era un espía soviético? En la actualidad se sabe de buena tinta que así era.
La orden de arresto contiene los motivos: las declaraciones de Pável Tolstói, quien afirmaba haber sido reclutado para los servicios de inteligencia franceses por su agente: el emigrado blanco Efrón, y, por supuesto, las «confesiones» de Ariadna.
En la Lubianka se siguió el procedimiento habitual: la toma de fotografías y de las huellas dactilares y la cumplimentación de un formulario. «Serguéi Yakóvlevich Efrón, hombre de letras, trabaja para el NKVD, sin partido, ruso…»
Esa mañana, el oficial instructor, el mismo Kuzminov que había llevado a cabo la instrucción de Ariadna, somete al recién detenido a un interrogatorio agotador. Efrón expone con todo detalle su biografía. No oculta que había combatido contra los bolcheviques durante la Revolución y la guerra civil y que había huido al extranjero con el ejército del general Wrangel. Se reunió con su familia en Praga, antes de que se instalaran en París. Allí se entregó de lleno al «movimiento euroasiático».
El veredicto fue el mismo para todos: «Condenados a la pena de muerte mediante fusilamiento».
Afanasov fue ejecutado el 27 de julio; los Klepinin y Litauer, el 28; Tolstói, el 30. Serguéi Efrón fue trasladado a la celda de condenados a muerte de la prisión de Butirka, donde permaneció hasta mediados de octubre.
En ese momento, la guerra estaba en su punto álgido. Los alemanes se aproximaban a Moscú, y el pánico reinaba en la capital. Los verdugos estalinianos limpiaban con urgencia las prisiones, en su afán por exterminar a los «enemigos del pueblo».

Maksim Gorki no fue víctima de la represión. Vivió y murió rodeado del honor y el respeto que le brindaron las autoridades soviéticas. De todos modos, pregunté en el archivo de la Lubianka si tenían documentos sobre él, consciente de que ningún gran artista, y mucho menos tratándose de una celebridad mundial como Gorki, podía haberse mantenido alejado de la atención de la Lubianka. El control político y la vigilancia de las mentes y la creación eran totales, universales. Pedí los documentos un poco al azar, pero a sabiendas de que los órganos habían echado una red demasiado tupida sobre la sociedad para que se les escapara un pez tan gordo. Y no me equivocaba…
Lenin y Gorki. Dos grandes amigos. No obstante, ¡ay!, en los documentos que encontré en la Lubianka esa amistad se presenta bajo una nueva luz, sin la pátina de oropel habitual. Pero antes de empezar a hablar de estos documentos, recordemos la historia de las relaciones entre Gorki y Lenin.
Se conocieron en 1905, aunque hacía mucho que habían oído hablar el uno del otro. Y enseguida surgió una simpatía entre los dos rebeldes del Volga, que ansiaban reconstruir Rusia. Al principio de su relación, fue Gorki quien más ayudó a Lenin, pues el escritor ya era famoso y vivía entre comodidades, mientras que el político y su Partido apenas empezaban a consolidarse y a aspirar al poder. Pero cuando el escritor romántico se apartaba de la línea dura y realista del líder –lo que sucedía a menudo–, este le corregía y lo educaba en el espíritu marxista.
El líder exhorta al escritor, que estaba a punto de rebelarse, a cambiar de actitud, lo reconduce a la verdadera fe, lo cuida como haría un médico a un enfermo, como un padre a su hijo insensato. Y de un modo cada vez más insistente le aconseja que abandone el país, lo empuja a marcharse, a pesar de que se supone que es justo entonces cuando la patria precisa de auténticos patriotas y de activistas culturales. Estos consejos sólo consiguieron afligir y enojar a Gorki, quien sospechaba que respondían a un deseo de quitarse de encima a un fastidioso defensor de los enemigos del nuevo régimen.
Pero Lenin no deja en paz a Gorki, vuelve al ataque una y otra vez, intentando que dé su visto bueno a las detenciones de los intelectuales.
En 1921 Lenin pensaba que Gorki era más un estorbo que una ayuda para su objetivo de imponer el orden revolucionario. Tenía que deshacerse del recalcitrante escritor y enviarle lo más lejos posible. La preocupación por su estado de salud (la desgracia cuanto más lejos, mejor) fue la excusa perfecta y así, en ausencia de Gorki, pudo tirar de las riendas de esa enfurecida Rusia para apaciguarla. En los momentos decisivos, Lenin nunca tenía en cuenta las simpatías humanas ni la amistad («Humano, demasiado humano», decía Nietzsche), únicamente valoraba los sublimes intereses y la suprema utilidad revolucionaria del Partido.
No conocíamos al auténtico Lenin. En vez de la persona no teníamos sino el mito forjado subrepticiamente; en lugar de su rostro, su imagen. Hasta hace bien poco no han empezado a entreabrirse tímidamente las puertas blindadas de los archivos especiales. Y ahora se sabe que en el archivo del Partido se ocultaban 3.724 documentos inéditos de Lenin, ¡varios tomos! Otros 3.000 documentos firmados por él permanecían emparedados a su vez, fuera de nuestro alcance. ¡Enclaustraron póstumamente a su líder!.
El seguimiento que se hacía de Gorki en esa época ya era total: no sólo le vigilaban a él, sino a todo el que entraba en contacto con él. Así, André Germain, escritor francés y redactor de la revista Les Écrits Nouveaux, visitó a Gorki en Heringsdorf. Exaltado por el encuentro, el francés escribió a la pintora Maria Bagration, también conocida de la familia de Gorki y que residía en Tiflis, Georgia. En la Checa local abrieron e inspeccionaron la carta de Germain, la tradujeron y la enviaron a Moscú, donde finalmente llegó a la mesa del camarada Slavatinski.
El expediente de Gorki en la Lubianka contiene elementos muy heterogéneos. No sólo incluye la correspondencia interceptada, sino también algún que otro documento obtenido gracias a la labor de los agentes secretos, o procedente del archivo del escritor, que fue confiscado en su domicilio inmediatamente después de su muerte. Según testigos presenciales, su mujer y secretaria, Maria Búdberg, se llevó una parte del archivo –una maleta entera– de Sorrento a Londres (hay motivos para creer que esta maleta acabó finalmente en manos de la Lubianka). Ahora, después de tantos años, resulta muy complejo dilucidar todo este embrollo con total certeza. Los materiales sobre Gorki pasaron por muchísimas manos y se dispersaron parcialmente. Los colaboradores de la Lubianka me dijeron muy enojados que los responsables del archivo del Partido les saqueaban constantemente (por algún motivo, Gorki pasó por la dirección del Partido) y que en distintos períodos algunos documentos habían sido trasladados a otros archivos estatales.
En mayo de 1934, Gorki se vio sacudido por una terrible desgracia: la repentina muerte de su hijo Maksim, tras una afección que duró unos pocos días.
Todavía hoy este suceso está envuelto en una aura de misterio. Pocos son los que creen que murió de muerte natural. Era una persona joven y sana, deportista y lleno de energía, un pintor con gran talento y un automovilista consumado. Maksim era un apasionado de la aeronáutica, planeaba expediciones polares y ya había hollado el Ártico. Es cierto que se daba a la bebida, pero en Rusia esta es una costumbre habitual. Y de repente murió, de golpe, de un vulgar resfriado.
Al final de la obra teatral de Gorki Sómov i druguie [Sómov y los demás], los agentes de la OGPU detienen a casi todos los personajes. El final de la obra titulada Gorki i druguie [Gorki y los demás] es idéntico. Tan sólo unos pocos de los hombres que formaban parte del fatal círculo de amistades de Gorki fallecieron de muerte natural. Miembros del Partido, chequistas, escritores-delatores y simplemente escritores o bien fueron fusilados, o bien perdieron la vida consumidos en prisiones y en campos de trabajo, o bien fueron arrastrados al suicidio.
Mejor suerte tuvieron las mujeres. Lipa Chertkova casi vivió hasta el final de la época estalinista, Yekaterina Pávlovna Péshkova vivió hasta el deshielo de Jruschov, Timosha, hasta el estancamiento de Brezhnev. A todas ellas las sobrevivió Maria Búdberg, por algo la llamaban «la mujer de hierro»…
Marfa y Daria Péshkova, gracias a Dios, aún están vivas, y han sido testigos de la perestroika de Gorbachov y de la posperestroika de Yeltsin. Las nietas de Maksim Gorki se convirtieron en abuelas y los biznietos del escritor ya son personas adultas. Y para los tataranietos que están creciendo el régimen soviético es cosa del pasado.

Los escritores soviéticos se dividen en tres categorías: los que golpean las máquinas de escribir, los que se comunican golpeando los muros de sus celdas y los que simplemente golpean con sus delaciones… Esto podría tener su gracia, si no fuera la pura verdad.
Por supuesto, el género de la delación ha existido siempre. Pero nunca floreció con tal profusión como en nuestra historia más reciente.
El realismo socialista, impuesto desde las altas esferas, invadió tanto el mundo del arte como la vida cotidiana. Sus principios exigían que la vida fuera reflejada no tal como era, sino como debería ser, y nadie podía vivir su propia vida, sino la prescrita por la ideología imperante. Pero como en esta organizada y esterilizada vida ideal no había espacio para aquellos que pensaban y vivían de otro modo, era necesario desenmascararlos y exterminarlos sin compasión por todos los medios posibles. En el arte se aplicó una censura muy severa, y en la sociedad se impusieron
los soplos y las represalias. Se consideraba el chivatazo un deber cívico y el hecho de no denunciar, un delito.
Bútovo, uno de los lugares más terribles de nuestro planeta –dijo el periodista–. ¡Cuántos sitios debe de haber igual que este! Y en ninguno hay un monumento ni una antorcha eterna en recuerdo de los muertos…
Durante toda su vida Pasternak vivió bajo la amenaza de arresto, en el punto de mira de los órganos vigilantes.
No obstante, ¿por qué Stalin dejó con vida a Pasternak? ¿Consideró que vivía en las nubes y que, por lo tanto, no molestaría al dios terrenal? O tal vez valoraba tanto su talento que le permitió vivir con la esperanza de que le glorificara, a él, al líder, y le loara con su pluma. Y es que, en una ocasión, Pasternak así lo había hecho, en el número de Año Nuevo de Izvestia en 1936, atendiendo a la petición de Bujarin. Era agradable, por supuesto, que le llamara «genio», aunque lo hiciera de una manera bastante complicada y vaga:

Y por ese genio de la acción
está tan absorbido el otro poeta
que se hace pesado como una esponja
con cualquiera de sus rasgos.

El poema revela la actitud de Pasternak hacia Stalin: la hipnotización del ídolo de la historia pero, no obstante, también la separación, la oposición fatal «de esas esencias infinitamente diametrales».
En general, el verdadero poeta se pone al descubierto con la Palabra, hace una «deposición» abierta. Y no sólo a través de los versos.
«Se me ha dejado en libertad… dado en el mundo un lugar destacado, y ahora mi deber… es justificarlo», dice Pasternak en su carta a Orlóvskaya. No lo dice claramente, pero es fácil leer entre líneas al pensar en categorías de libertad y esclavitud, de culpa o justificación. Y Pasternak no pensaba sólo en sí mismo: se sentía responsable de su misión como poeta.
Las feroces represiones contra millones de personas, castigadas sin haber cometido ningún crimen, se convirtieron en un crimen sin castigo. No vencimos la enfermedad de la amnesia histórica, el cansancio de la conciencia, ese sueño de la razón que engendra monstruos. Y el pasado, como un lagarto, repta hasta el presente. Podemos convertirnos de nuevo en repetidores en la escuela de la historia. Y el crimen, inevitablemente, se repetirá.
«La oscuridad persiste. Perdura y se alimenta a sí misma», escribió el poeta Leonid Kanneguíser antes de que lo fusilaran en la Checa de Petrogrado. Pero hay también una salvación a la oscuridad.

Magnificent book. Never in the history of mankind has a political regime been as passionate with intelligence and artistic creation as with Soviet totalitarianism. There were thousands of writers, artists, scientists, researchers, university professors, repressed by the regime, silenced or killed. And millions, the people punished without crime.
The rotten Soviet system was unable to evolve, and thus began its impetuous and painful decomposition, an agony that, one way or another, dragged us all. A new era knocked on the door.
The most important thing of all was to become aware, to awaken from the unreason and the absence of rights in which we had lived, to recover dignity. And recover the memory, because both our past and our history had been seized, first, to be returned horribly deformed, later, in a process that also affected literature. In the war that the power established with its own people, the profession of writer was one of the most affected.
Word and literature have always occupied a prominent place in the lives of Russians. In Russia, literature has always been more than a mere art and has served as a parliament from which society has served to compensate for the lack of a political parliament. Literature has been, then, the voice of conscience and of truth. In Russia, he has been killed by the words: that’s how high they are!
During the years of Soviet power, about 2,000 writers were arrested, and about 1,500 died in prisons and labor camps, while waiting for their release. Of course, those figures are inaccurate, but for now it is impossible to specify them more. «I would like to name them all, but they have taken the list and do not know where to look for information …» wrote Anna Ajmátova. The circumstances and dates of the deaths of these writers are silenced or falsified, their biographies are filled with gaps, and when they are cited in the encyclopedias and reference works are provided data that does not correspond to reality.
There is something even more important. Namely, that during the arrests, these writers were confiscated their manuscripts and their files, which were piled up in secret deposits. It is hoped that part of this documentation will remain intact. Let’s try to save her! Let’s break the seal of the black box! Precisely now, in these conditions of incipient democracy and transparency, it is the opportune moment to do it, since we harbor the hope that we are not facing a mere «thaw», but that we are witnessing an authentic spring. Let’s check once and for all if it is true that the manuscripts do not burn! We will not resurrect the dead, but we can compensate for the spiritual plunder that the people have suffered. It is our obligation to do it.
I suggest that within the framework of the Union of Writers a special Commission be created to deal with this sacred matter. This Commission must be democratically elected, after a general debate prior to the vote.
The tragic list with the first thirty names of the martyrology of our literature, accompanied by my signed request, finally arrived at the Political Bureau of the Central Committee, from there it went to the Prosecutor’s Office and, subsequently, it finally reached the KGB.
Isaak Bábel, Artiom Vesioli, Aleksandr Voronski, Nikolai Gumiliov, Ivan Katáyev, Nikolai Kliuev, Mikhail Koltsov, Ósip Mandelstam, Borís Pilniak, Iván Pribludni, Dmitri Svyatopolsk-Mirski, Pável Florenski, Aleksandr Chayanov …
The Lubyanka is a fortress that rises in the center of Moscow, a hybrid and compact set of massive and colossal buildings covered with granite, connected by elevated corridors and underground corridors, full of overflowing stairs and surrounded by black cars that clustered together its around like beetles.

Neither did Bábel get rid of the record. They kept their identity documents, with the keys of their house and even with certain objects without value but indispensable: toothpaste, shaving cream, some suspenders, some elastic for the socks, a soap dish, a bath sponge and, like says the receipt attached with the file, «a worn belt of sandals used» …
They did not allow the detainee to have the slightest possibility of saying goodbye to this life. They had everything calculated and conceived beforehand: by undressing him and making him half naked, he was stripped of the last signs of the material world that united him with his daily existence, with his family, to make him an unprotected and insignificant individual: Who thought he was, alone, dirty and unshaven, with his pants down and shoes with nothing to hold them, before the destructive power of an entire state ?.
Then they took some pictures, they took his fingerprints and gave him a form to fill it out. It was not a simple process: it is impossible that it did not occur to him that these photographs could be the last of his life, and that taking his fingerprints suggested that he was a delinquent. With the form they seemed to tell him: «Come, let us loose your life, we will take care of knowing if it is worth what it weighs, if it does not hide suspicious spots …».
What fault weighs on him? The only crime he is willing to acknowledge is his creative sterility, even if it is not true: he published little, but it is clear that, because of the number of manuscripts that he confiscated, he wrote a lot. It was not manifested against the Soviet power; it only served his genius, his vocation, first of all he was an artist. But for the regime that already supposed a treason and a crime.
The resources and methods used in Sujánovka to achieve their ends are well known: intimidation, beatings and more subtle tortures, including psychological ones, such as the threat of reprisals against the family. If one of these methods failed, another was used, but in the end they fulfilled their purpose. Bábel knew the cruelty of the Chequistas not only of hearsay.
There is no news about the place where he was buried – I was told in the Lubianka when I was working with the Bábel file.
Stalin’s executioners scrupulously hid the location of the remains of their victims. It has been many years; in the places of the mass shootings, over the mass graves, trees have grown, buildings and factories have been built, the ground has been covered with asphalt and concrete. But even this secret has begun to reveal itself over time …
The first weeks of the year 1940, when Bábel died, were «of good harvest» in regard to executions. On January 27, Bábel was assassinated, on February 2, Meyerhold and Koltsov, and on February 4, Yezhov. As the Lubianka archivists themselves clarified on the basis of their annals, at night they removed the bodies of those executed from the prison and took them to the crematorium located on the grounds of the old Donskoi monastery in the center of Moscow. There is evidence that they threw all the ashes in the same grave, excavated a few meters to the right of the crematorium, in the cemetery. In that common grave the remains of victims and executioners mixed.

It is known exactly what was confiscated during the search: «… letters, a series of telephones and addresses, and about 48 loose sheets of manuscripts». All these documents are not in the file, their search in the file of the Lubyanka has been unsuccessful and apparently they were burned. One asks: why did they take so few things? The answer to this mystery is very simple: the chequistas looked for something very concrete, they needed certain poems, the seditious ones. They stacked the papers that were carried on a chair, and the rest scattered on the floor, stepping on the boots without any regard.
Just on the eve of that unfortunate night, Anna Akhmatova, poet and close friend of his, arrived at Ósip Mandelstam’s house from Leningrad. He had nothing to offer his guest, so Mandelstam went to a neighbor’s house and brought a boiled egg as booty.
In the inner prison of the Lubyanka the poet felt like a condemned man to death. «We never had the slightest doubt that, if they came to know of the existence of that poem, they would kill him,» says Nadezhda Yakovlevna. The instructor, who took the case as if it were the preparation of a future collective process, assured him that this would be the case; he threatened the poet and his «accomplices», that is, all those who had heard the poem against Stalin, with imminent shooting. In this way, Mandelstam became guilty not only of his own misfortunes, but of the misfortunes of others.
There was no need to use special physical methods with the poet, it was enough to subject him to a psychological torment, which of course is not reflected in the records of instruction. We only know, thanks to the testimony of Mandelstam himself, that he shared a cell with a guy who worked for the investigation, and intimidated the poet with the possibility of a future trial and assured him that all his relatives were also in jail.
In the Lubianka, the detainee was deprived of what little remained of his private life: a small suitcase, a pillow case, a wooden cane, suspenders and tie. In the form filled in by Mandelstam, it is written, and underlined twice: «Terror». This was, it seems, the line of investigation that instruction should follow.
There is only one interrogation document dated May 17. The case was clear, it was the same from the other time. They only had to observe the formalities.
His end was like that of so many others, ordinary and terrible: they tied a plaque to his feet, put the body, along with others, in a cart, and took him out of the field; Then they threw him in a ditch, in the common grave.
«It is unlikely that any day any street on earth bears the name of Mandelstam,» said the poet’s wife.

There are no poets without a legend, but neither without a destiny inscribed in real life. Tsvetaeva, our poet, remains a mysterious and unattainable figure. His personal files, at the behest of his daughter Ariadna, should not be declassified until the year 2000. The traces of his fate, of his last years, can also be traced in the dark entrails of the Lubyanka archives. Some documents, which have already seen the light, have become the patrimony of the reader. But there is still much in the shade. Tsvetaeva’s discovery continues.
In June 1939 Marina Tsvietáieva returns to the Soviet Union after the years of emigration with her fourteen-year-old son Gueorgui (Mur). The country welcomes her as a fearful stepmother. In the eyes of the authorities, Tsvietáieva was not a respected writer nor a citizen of full right; rather, it was a suspicious woman, close to the White Guard. She was also the wife of a Soviet agent who had failed in Paris …
On the road to truth, the human being must climb a painful staircase in which the first section is always the rejection of beliefs. Tsvietáieva, the wife of a Chekist? Not long ago, rumors on this subject provoked angry protests and reactions of rejection. Was Sergei Ephron really a Soviet spy? At present it is known on good authority that this was the case.
The arrest warrant contains the motives: the statements of Pável Tolstoy, who claimed to have been recruited to the French intelligence services by his agent: the émigré Blanco Efrón, and, of course, the «confessions» of Ariadna.
In the Lubyanka the usual procedure was followed: taking photographs and fingerprints and completing a form. «Sergey Yakovlevich Efron, man of letters, works for the NKVD, without party, Russian …»
That morning, the investigating officer, the same Kuzminov who had carried out Ariadna’s investigation, subjected the new detainee to exhausting interrogation. Ephron exposes his biography in detail. He does not hide that he had fought against the Bolsheviks during the Revolution and the civil war and that he had fled abroad with General Wrangel’s army. He met with his family in Prague, before they settled in Paris. There he gave himself completely to the «Eurasian movement».
The verdict was the same for everyone: «Sentenced to the death penalty by firing squad».
Afanasov was executed on July 27; the Klepinin and Litauer, the 28; Tolstoy, 30. Sergei Efron was transferred to the cell of death row in Butirka prison, where he remained until mid-October.
At that time, the war was at its peak. The Germans were approaching Moscow, and panic reigned in the capital. The Stalinist executioners urgently cleaned the prisons, in their eagerness to exterminate the «enemies of the people”.

Maksim Gorki was not a victim of repression. He lived and died surrounded by the honor and respect that the Soviet authorities offered him. Anyway, I asked in the file of the Lubianka if they had documents about him, aware that no great artist, much less in the case of a world celebrity like Gorki, could have stayed away from Lubyanka’s attention. Political control and the vigilance of minds and creation were total, universal. I asked for the documents a little at random, but knowing that the organs had thrown a too dense network on society so that such a fat fish would escape them. And I was not wrong …
Lenin and Gorky. Two great friends However, alas, in the documents that I found in the Lubyanka that friendship is presented in a new light, without the usual patina of tinsel. But before we start talking about these documents, let’s remember the history of the relations between Gorky and Lenin.
They met in 1905, although they had heard about each other for a long time. And immediately a sympathy arose between the two rebels of the Volga, who longed to rebuild Russia. At the beginning of their relationship, it was Gorki who helped Lenin the most, since the writer was already famous and lived among comforts, while the politician and his Party were just beginning to consolidate and aspire to power. But when the romantic writer departed from the hard and realistic line of the leader-which often happened-he corrected him and educated him in the Marxist spirit.
The leader exhorts the writer, who was about to rebel, to change his attitude, bring him back to the true faith, care for him as a doctor would do to a sick person, like a father to his foolish son. And in an increasingly insistent way he advises him to leave the country, he pushes him to leave, even though it is supposed to be just then when the country needs true patriots and cultural activists. These councils only managed to afflict and annoy Gorky, who suspected that they responded to a desire to get rid of an annoying defender of the enemies of the new regime.
But Lenin does not leave Gorky alone, he goes back to the attack again and again, trying to give his approval to the arrests of the intellectuals.
In 1921 Lenin thought that Gorki was more a hindrance than an aid to his goal of imposing the revolutionary order. He had to get rid of the recalcitrant writer and send him as far as possible. The concern for his state of health (the misfortune the farther, the better) was the perfect excuse and so, in the absence of Gorky, he could pull the reins of that enraged Russia to appease her. In the decisive moments, Lenin never took into account human sympathies or friendship («Human, too human», Nietzsche said), only valued the sublime interests and the supreme revolutionary utility of the Party.
We did not know the real Lenin. Instead of the person we had only the myth forged surreptitiously; instead of his face, his image. Until recently, the armored doors of the special archives have not begun to shy away. And now it is known that in the Party archive 3,724 unpublished documents of Lenin were hidden, several volumes! Another 3,000 documents signed by him remained sandwiched in turn, out of our reach. They posthumously locked their leader!
The follow-up that was done to Gorki at that time was already total: not only they watched him, but everyone who came in contact with him. Thus, André Germain, French writer and editor of the magazine Les Écrits Nouveaux, visited Gorki in Heringsdorf. Exalted by the encounter, the Frenchman wrote to the painter Maria Bagration, also known of the family of Gorky and who resided in Tbilisi, Georgia. In the local Cheka they opened and inspected Germain’s letter, translated it and sent it to Moscow, where he finally arrived at the table of Comrade Slavatinski.
Gorki’s file on the Lubianka contains very heterogeneous elements. It not only includes intercepted correspondence, but also some other document obtained through the work of secret agents, or from the writer’s archive, which was confiscated at his home immediately after his death. According to eyewitnesses, his wife and secretary, Maria Búdberg, took a part of the file – an entire suitcase – from Sorrento to London (there is reason to believe that this suitcase finally ended up in the hands of the Lubianka). Now, after so many years, it is very complex to elucidate all this muddle with total certainty. The materials on Gorki passed through many hands and were partially dispersed. Lubianka’s collaborators told me very angry that those responsible for the Party’s archives were constantly looting them (for some reason, Gorki went through the Party leadership) and that in different periods some documents had been transferred to other state archives.
In May of 1934, Gorki was shaken by a terrible misfortune: the sudden death of his son Maksim, after a condition that lasted a few days.
Even today this event is wrapped in an aura of mystery. Few are those who believe that he died a natural death. He was a young and healthy person, athletic and full of energy, a painter with great talent and an accomplished motorist. Maksim was passionate about aeronautics, planned polar expeditions and had already trodden the Arctic. It is true that it was given to drink, but in Russia this is a usual habit. And suddenly he died, suddenly, of a common cold.
At the end of the play by Gorki Sómov i druguie [Sómov and others], the OGPU agents arrest almost all the characters. The end of the work entitled Gorki i druguie [Gorki and the others] is identical. Only a few of the men who were part of Gorky’s fatal circle of friends died a natural death. Members of the Party, Chekists, writers-informers and simply writers were either shot, or lost their lives in prisons and labor camps, or were dragged into suicide.
Better luck had the women. Lipa Chertkova almost lived until the end of the Stalinist era, Yekaterina Pávlovna Péshkova lived until the thaw of Khrushchev, Timosha, until the stagnation of Brezhnev. Maria Búdberg survived them all, for something they called her «the iron woman» …
Marfa and Daria Péshkova, thank God, are still alive, and have witnessed Gorbachev’s perestroika and Yeltsin’s post-restroika. Maksim Gorki’s granddaughters became grandmothers and the great-grandsons of the writer are already adults. And for the great great grandchildren who are growing, the Soviet regime is a thing of the past.

The Soviet writers are divided into three categories: those who hit the typewriters, those who communicate by hitting the walls of their cells and those who simply strike with their delations … This could have its grace, if it were not the pure truth .
Of course, the kind of betrayal has always existed. But it never blossomed with such profusion as in our most recent history.
Socialist realism, imposed from the upper echelons, invaded both the art world and everyday life. Its principles demanded that life be reflected not as it was, but as it should be, and no one could live his own life, but that prescribed by the prevailing ideology. But as in this organized and sterilized ideal life there was no room for those who thought and lived differently, it was necessary to unmask and exterminate them without compassion by all possible means. In art a very severe censorship was applied, and in society they imposed themselves
the blows and reprisals. The tip-off was considered a civic duty and the fact of not reporting, a crime.
Bútovo, one of the most terrible places on our planet, «the journalist said. How many places there must be like this one! And in neither is there a monument or an eternal torch in memory of the dead …
Throughout his life Pasternak lived under the threat of arrest, in the spotlight of the vigilant organs.
However, why did Stalin leave Pasternak alive? Did he consider that he lived in the clouds and that, therefore, he would not bother the earthly god? Or perhaps he valued his talent so much that it allowed him to live with the hope that he would glorify him, the leader, and praise him with his pen. And, on one occasion, Pasternak had done so, in Izvestia’s New Year’s number in 1936, at the request of Bukharin. It was nice, of course, to call him «genius,» even if he did it in a rather complicated and vague way:

And for that genius of action
the other poet is so absorbed
that becomes heavy like a sponge
with any of its features.

The poem reveals Pasternak’s attitude towards Stalin: the hypnotization of the idol of history but, nevertheless, also the separation, the fatal opposition «of those infinitely diametrical essences».
In general, the true poet uncovers himself with the Word, makes an open «deposition». And not only through the verses.
«I have been set free … given a prominent place in the world, and now my duty … is to justify it,» says Pasternak in his letter to Orlovskaya. It does not say it clearly, but it is easy to read between the lines when thinking about categories of freedom and slavery, of guilt or justification. And Pasternak did not think only of himself: he felt responsible for his mission as a poet.
The ferocious repressions against millions of people, punished without committing any crime, became a crime without punishment. We did not overcome the disease of historical amnesia, the fatigue of conscience, that dream of reason that begets monsters. And the past, like a lizard, crawls to the present. We can become repeaters again in the school of history. And crime, inevitably, will be repeated.
«The darkness persists. It lasts and feeds itself, «wrote the poet Leonid Kanneguíser before being shot at the Petrograd Cheka. But there is also a salvation to the darkness.

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