El Mar Negro: Del Siglo De Pericles A La Actualidad — Neal Ascherson / Black Sea: Coasts and Conquests: From Pericles to Putin by Neal Ascherson

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El Mar Negro, sus costas y su Historia siguen siendo una de esas zonas no demasiado conocidas para el viajero occidental. En cambio, es inmensa La Historia y riqueza cultural de la vasta zona que baña a un mar tan misterioso como legendario. El Mar Negro se encuentra en un histórico cruce de caminos que sirve como nexo de unión entre diversos imperios, tanto de tiempos remotos como recientes. En la actualidad y en el pasado sus costas han sido un espacio de unión y conflicto . La cultura ha viajado por la zona con la misma facilidad que lo han hecho los imperios y la barbarie del ser humano.
Las costas del Mar Negro bañan a los siguientes países: Rusia, Ucrania, Rumania, Bulgaria, Turquia, Georgia, y la república de Abjasia. Estamos por lo tanto ante lugares que a muchos nos evocan a Historia, aventura y viaje. Costas que abarcan un espacio inmenso donde se juntan los legados de imperios recientes como el ruso y el otomano. En el Mar Negro todavía resuenan los ecos de un pasado glorioso rico en mestizaje, cultura y comercio.
Pasar las páginas del libro es avanzar por la Historia de una fascinante zona que está a camino entre el Islam, Rusia, Europa y Asia. He disfrutado mucho leyendo el presente libro y he podido recrearme ante lugares que he podido ver con mis propios ojos. Tener la capacidad de observar esa mezcolanza y cruce de caminos es algo que me ayuda a entender parte del mundo en el que vivimos. Las grandezas y miserias de la zona son evidentes y la Historia avanza de forma maravillosa a través de sus páginas. Al igual que ocurre en otros libros, la temática del libro es híbrida , vamos viajando a través de la Historia, el ensayo, el relato periodístico y todo ello con la chispa que a ratos sale de lo mejor de la literatura viajera.
En el libro se nota el viaje a través de la la erudición de un historiador experto en la zona y que que sabe contar historias, tanto actuales como de tiempos antiguos. El viaje lleva al lector a despertar una curiosidad innata por una zona del mundo que parece inexistente para la mayor parte de medios de comunicación occidentales. Por ello, un libro como el presente se acopla perfectamente a la necesaria curiosidad de un lector y viajero como el que esto escribe.

Un libro sensacional para inspirarse y poder entender algo de una parte del mundo que camina todavía a través del pasado de viejos imperios.

¡Qué libro tan espléndido! En última instancia, desafía la categorización, aunque describirlo como parte de la historia y parte de un viaje no sería muy engañoso. Pero THE BLACK SEA no es una encuesta exhaustiva de la historia y la geopolítica de la región ni es una guía. Aunque nominalmente se trata del Mar Negro, en un nivel más profundo, Neal Ascherson utiliza las historias de varios pueblos que han vivido alrededor del Mar Negro en los últimos tres milenios para explorar los fenómenos del nacionalismo y la identidad étnica, la dicotomía de la civilización contra la barbarie , los horrores genocidas perpetrados por Rusia y luego por la Unión Soviética (y, en menor medida, por Turquía), y mucho, mucho más. Al final, entonces, es una meditación serpenteante, provocadora e increíblemente erudita sobre asuntos políticos humanos tal como se desarrolla en el escenario del Mar Negro.
Cerca del final del libro, Ascherson (un periodista escocés, nacido en 1932) resume su proscenio del Mar Negro en los siguientes términos:

«El asentamiento humano alrededor del Mar Negro tiene una delicada y compleja geología acumulada durante tres mil años. Pero un geólogo no llamaría a este proceso simple sedimentación, como si cada nueva afluencia de colonos superpusiera pulcramente la cultura anterior. Los pueblos derrumbados y plegados en las grietas de cada uno, en afloramientos y estriaciones impredecibles. Cada ciudad y aldea está llena de fallas. Cada distrito muestra una veta diferente de griegos y turcos, eslavos e iraníes, caucásicos y de Kartvel, judíos y armenios y bálticos y germánico».

En el camino, el lector está expuesto a una amplia gama de temas, desde la anoxia tóxico natural del Mar Negro y la crisis ecológica que se avecina, hasta el golpe contra Gorbachov en el verano de 1991 (que ocurrió mientras Ascherson estaba en Crimea y luego en Moscú), a varias maravillas y tragedias arqueológicas, a los esfuerzos para desarrollar un alfabeto y una conciencia e identidad étnica para la gente lazi del noreste costero de Turquía. Además, hay discusiones fascinantes de varios pueblos (como los Karaim, cosacos, amazonas, sármatas y griegos pónticos); ciudades exóticas (como Olbia, Odessa, Kerch, Trebizond y Sukhum); y figuras históricas dignas de mención (como Herodoto, el general Krasnov, Mikhail Lermontov, Adam Mickiewicz y Karolina Sobanska). Y todo se cuenta de una manera pausada y literaria.
La conclusión de Ascherson no es feliz. Sus estudios sobre la vida en el Mar Negro lo inclinan hacia la opinión de que «la desconfianza latente entre las diferentes culturas es inmortal». El libro también enseña que, si bien la desconfianza y la discordia pueden ser inmortales, los imperios no lo son. Este es el tipo de libro que es un buen antídoto para la arrogancia estadounidense.
Solo tengo dos quejas. El primero se refiere a los mapas. Cuando comencé a leer el libro, temí que no hubiera ningún mapa, pero dos de ellos aparecieron de repente, sin sombra de ojos y sin índice, en las páginas 16 y 113. Son útiles, pero no abarcan demasiados lugares ni lugares geográficos. características discutidas en el libro. Mi segunda queja es que el libro tiene ahora dieciséis años, y sus discusiones sobre lo que en 1995 fueron las situaciones actuales en Crimea ucraniana, Abjasia, Turquía, el desastre ecológico inminente, etc. todos claman por un tratamiento actualizado.

La energía que hay detrás de todas estas tensiones y estallidos de conflictos nace del proyecto del presidente Vladimir Putin de resucitar a Rusia como «Gran Potencia» a la antigua, una gran potencia que controlara las relaciones exteriores de sus vecinos y exigiera temor y respeto al resto del mundo. Occidente, en cambio, optó por interpretarlo como un programa dirigido en realidad a restaurar la geografía de poder de la antigua Unión Soviética, y responde —por medio de la OTAN y la Unión Europea— con un persistente y sigiloso avance de su influencia hacia el este en y alrededor del mar Negro. La incursión de Rusia en Georgia y su descarado (pero desmentido con terquedad) apoyo militar a los insurgentes de Ucrania fueron reacciones a la percepción de los progresos de dicha influencia.
Hoy día, ningún líder europeo o norteamericano puede considerar el mar Negro «periférico». Desde el punto de vista político, se ha convertido en la zona de peligro en la cual la futura relación de Rusia con Occidente.
La competencia entre estas minúsculas repúblicas autónomas no es sólo violenta. Es cultural, histórica, a menudo incluso arqueológica. Cada uno de los feroces y pequeños pueblos montañeses reescribe los libros de historia que se usan en las escuelas y los transforma en manifiestos dirigidos a sus vecinos: «Nosotros, y sólo nosotros, os trajimos el alfabetismo y la cultura en nuestra Edad de Oro hace dos mil años». Escribir estos libros de texto, cada uno en la lengua autóctona y en gran parte una obra de ficción imaginativa, es una industria en expansión para los intelectuales circasianos y osetios. El Gobierno ruso corrió un riesgo enorme al hacer de anfitrión de la Olimpiada de Invierno de 2014 en Krasnaia Poliana, ciudad simbólica por ser el lugar donde los ejércitos rusos saborearon su conquista del Cáucaso hace ciento cincuenta años.
Sus pueblos han estado en movimiento durante por lo menos cinco mil años. De la misma manera, los seres que habitan en las aguas del mar Negro han vivido en un estado de adaptación incesante, debido a que el clima y el flujo de los ríos fluctúan y especies extrañas invaden el mar y derriban un «equilibrio natural» tras otro.

En 1680 Marsigli había descubierto también uno de los fenómenos básicos de la oceanografía: que las corrientes no dependen de la ley de la gravedad, como el curso de los ríos, sino de otras fuerzas como los principios de la mecánica de fluidos, en el presente caso, un gradiente barométrico. El avance del agua mediterránea, más pesada, hacia el mar Negro impulsaba en sentido contrario el agua más ligera.
Después de Marsigli, otros científicos, casi todos rusos, se pusieron a investigar la extraña y tozuda naturaleza del mar Negro. Marsigli había revelado que su agua era menos salina y menos densa que la del Mediterráneo y había resuelto un misterio: por qué no descendía su nivel a pesar de que fluía y se iba por el Bósforo. Pero serían otros, muy posteriores a él, quienes descubrirían el factor básico que convierte en único el mar Negro: que está casi totalmente muerto.
El mar Negro es el mayor depósito planetario de ácido sulfhídrico. No hay vida por debajo de una línea oscilante que se sitúa entre 150 y 200 metros de la superficie. El agua es allí anóxica, carece de oxígeno disuelto, y está impregnada de H2S; como buena parte del mar Negro tiene mucha profundidad, esto quiere decir que el noventa por ciento de su volumen es estéril. No es el único lugar donde se viene acumulando H2S. Hay zonas anóxicas en el fondo del mar Báltico y de algunos fiordos noruegos, donde el agua circula poco.
En alta mar, entre los bancos de delfines y marsopas, dos especies efectuaban una lenta migración giratoria por todo el mar Negro, y con un movimiento tan puntual como una línea de navegación. Una era el bonito (palamud), un miembro de la familia de la caballa tan importante en la alimentación y el comercio que su imagen aparece en algunas monedas bizantinas. El otro era el hamsi o anchoa del mar Negro.
Hasta nuestros días, los menguantes restos de las hordas de anchoas han ido aovando ante las costas de Odessa durante julio y casi todo agosto, y entre fines de agosto y comienzos de septiembre comienzan su periplo alrededor del mar, de derecha a izquierda.

Crimea es un gran diamante pardo. Está conectada con el continente por unas cuantas lenguas de tierra, por una calzada de tierra natural en Perekop (al oeste) y por caminos acuáticos que cruzan las lagunas saladas de Sivash (al norte y al este). Crimea tiene para la historia tres zonas: mente, cuerpo y espíritu.
La zona de la mente es la costa, la cadena de poblaciones coloniales y puertos que jalonan el litoral del mar Negro. Durante casi tres mil años, interrumpidos por conflagraciones y oscuridad, los habitantes de estos lugares han llevado cuentas, leído y escrito libros, aplicado medidas urbanísticas con ayuda de la geometría, discutido asuntos literarios y políticos de alguna lejana metrópoli.
La zona del cuerpo es la estepa que se extiende al otro lado de las montañas costeras. Es una especie de penillanura con lomas verdigrises, trapezoidal y erosionada. Su pellejo es un manto seco bordado con hierbas de olor penetrante y, cuando se corta el pellejo, la tierra brota y se va con el viento oriental.
Para que la mente y el cuerpo de Crimea crearan riqueza juntos hacían falta dos cosas: mercaderes en la costa con acceso seguro a los mercados del Mediterráneo y de más allá, y una situación política estable en la estepa. A veces había agitación en las grandes llanuras; las rutas comerciales se cerraban, cultivar trigo fuera de las murallas se volvía peligroso, y de vez en cuando se saqueaban e incendiaban ciudades coloniales. Pero hubo paz durante largos periodos, sobre todo durante la época de los escitas.
La zona del cuerpo ha apremiado siempre con impaciencia a la zona de la mente. El apremio ha sido a veces destructivo, como cuando los tártaros, a fines del siglo XIII, se acercaron a la costa y saquearon la metrópoli genovesa de Kaffa. Pero lo normal es que fuera un apremio proteico. La barrera de categorías entre colonos «europeos» y nómadas «indígenas» estaba siempre en mal estado y tenía grandes agujeros.
Pero entre el cuerpo y la mente, entre la estepa y la costa, había una tercera zona: las montañas del espíritu. En las llanas cumbres del Shatir Dagh, o en cuevas ocultas por los árboles, muy por encima de los nómadas y los comerciantes, vivían comunidades que habían perdido toda esperanza de riqueza y conquista.

En las costas del mar Negro nacieron dos hermanos siameses llamados «civilización» y «barbarie». Fue donde los colonos griegos entraron en contacto con los escitas. Una cultura sedentaria de pequeñas ciudades-estado marítimas encontró una cultura móvil de nómadas esteparios. Personas que vivían en un lugar durante generaciones, dedicadas a la agricultura y a la pesca, conocían de pronto a personas que vivían en carromatos y tiendas, y vagaban por horizontes infinitos de llanuras herbosas con manadas de vacas y caballos.
“Civilización» y «barbarie» fueron gemelos que se gestaron y nacieron en la imaginación griega, sobre todo en la ateniense. Estos conceptos, a su vez, procrearon una despiadada dinastía intelectual que todavía ejerce un poder
invisible en la mentalidad de Occidente. Los imperios romano y bizantino santificaron sus guerras imperiales presentándolas como defensa del orden «civilizado» frente al primitivismo «bárbaro». Lo mismo hicieron el Sacro Imperio Romano y las expansiones coloniales de España, Portugal, Holanda, Francia, Italia, Alemania y Gran Bretaña. Pocas eran las naciones europeas que a mediados del siglo XX no habían imaginado en un momento u otro que eran «la vanguardia de la civilización cristiana de Occidente.
Las poblaciones estables temen a las nómadas, pero también las envidian y admiran. Por envidiarlas y admirarlas, inventan la población vagabunda que les gusta, de nuevo, poniéndose un espejo delante.
Los trágicos griegos, una vez que inventaron a los bárbaros, se pusieron a explotar la «barbarie interior» de los griegos. Puede que parte de la alteridad de los bárbaros consistiera en que, a diferencia de los civilizados, eran moralmente francos; no personajes dobles en los que la naturaleza buena combatía con la mala, sino de una pieza.

Sentirse cosaco es sufrir una insoportable crisis de identidad. Yo creo que el cosaco pertenece a la categoría de los «guardias avanzados»: fieles defensores de una tradición cuyo centro está lejos y que, con frecuencia, ya ha caído en el olvido. Los serbios de la Krajina (de la frontera) creen que son los serbios más puros y auténticos, sin contaminar por lo que suceda en Belgrado, y vigilan a los «germanizados» croatas y están atentos a los hipotéticos ataques del fundamentalismo islámico. En Irlanda del Norte, la comunidad de protestantes «leales» se proclama bastión del britanismo auténtico, con un obstinado fervor patriotero que hoy parece anticuado, incluso ligeramente extranjero, en Londres o en Manchester.
Dos síndromes alucinatorios afligen a estos centinelas. Uno es la falsa conciencia, la percepción tergiversada y paranoica del mundo exterior.
El otro síndrome es el dominio. El centinela debe recordarse continuamente quién está ejerciendo su poder sobre «los otros». Estos otros, en tanto que individuos, son inherentemente inferiores, por lo general a causa de su raza o su religión. Pero son más numerosos y representan una amenaza constante que sólo puede tenerse a raya mediante el ejercicio público del dominio.
Funcionó. Durante cien años, los cosacos del Don vivieron en un sueño, el sueño del jinete que galopa por un mundo de pastos, con el miedo susurrando delante de él, igual que el viento.
Había en esto una belleza siniestra que se apoderaba de la imaginación de las mentes más insólitas.
La fuerza, la raza y el orgullo masculino definían al cosaco. Pero entonces, dos fines del mundo llegaron en el mismo siglo: la revolución de 1917 y la muerte de la revolución en 1991, y cualquiera de los dos, de acuerdo con sus propias declaraciones, debería haber enviado a un museo esos tres valores. Pero el estado imperial de Stalin, el patrioterismo panruso rodeado de una estrella roja, supo darles uso. Y lo mismo la Rusia postsoviética y precapitalista de los años noventa del siglo XX. Hay demanda de fuerza en toda la frontera rusa, y con frecuencia en las calles. Y como los cosacos ven en esta confusión una nueva crisis de la raza rusa, han redescubierto la profesión masculina de la guerra.
El resurgir cosaco es una catástrofe de la ecología humana. No todas las catástrofes ecológicas del mar Negro se producen en el agua. Así como la entrada de agentes contaminantes ha diezmado la variedad de especies marinas, permitiendo que ciertas algas y las depredadoras medusas Mnemiopsis se multipliquen de forma desmedida, también las deportaciones de Stalin crearon un vacío social, un monstruoso empobrecimiento demográfico en el que el movimiento cosaco se extiende hoy sin control alguno.
«Nueva Rusia», la provincia imperial creada por Catalina en la costa norte del mar Negro, era un lugar colonizado por muchos pueblos. Antes de la revolución, el viajero veía en aquella tierra una sucesión de etnias: pueblos tártaros, colonias de ex combatientes rusos y sus descendientes, aldeas de expatriados polacos, pulcras regiones agrícolas donde casi todos eran alemanes, stanitsa (puestos o aldeas) cosacas, shtetlach judíos, ciudades y regiones rurales griegas, como Mariupol o Anapa, pueblos armenios e incluso ciudades, como Nakhitchevan, que fue un municipio antes de convertirse en el barrio armenio de Rostov.
Este hervidero de sociedades humanas fue destruido sistemáticamente entre 1930 y 1950. Primero llegó la supresión de los derechos culturales, que en conjunto se habían atendido bien en los primeros años que siguieron a la revolución. Se clausuraron escuelas, periódicos y editoriales griegos y tártaros. La dinámica antirreligiosa cerró las sinagogas, iglesias y mezquitas, y en la plaza central de Nakhitchevan se dinamitó la catedral armenia, que se sustituyó por un inmenso edificio de hormigón y vidrio diseñado con forma de tractor de orugas. Por último llegaron las deportaciones, que alcanzaron su culminación en los años de posguerra, cuando se desalojó de sus casas a los alemanes, los tártaros y los griegos y se los trasladó a Asia central. Y para habitar sus casas y sus tierras se llevó a inmigrantes de Rusia y Ucrania.
Sólo los cosacos siguieron viviendo con la confianza de quien se siente profundamente arraigado en el lugar. Los habían acosado y les habían quitado posesiones y libertades, pero seguían estando en su patria, y —dada su curiosa ideología patriótico-imperial— entendían la llegada de millones de rusos y ucranianos desarraigados como un fortalecimiento y no como una disolución. Cuando se hundió el régimen comunista, y con él el control central sobre lo que sucedía en las provincias lejanas y en la periferia de Rusia, la aspiración cosaca a la supremacía y el dominio rompió amarras. Casi todas las poblaciones «extranjeras» y rivales habían desaparecido (pocos cosacos querían que volvieran o lamentaban la rusificación de las costas del mar Negro). Lo mismo que la autoridad de Moscú, que había utilizado antaño a los cosacos para tener controlados a los grupos nacionales de Nueva Rusia pero que nunca jamás había dado a los cosacos poder político sobre otros.
Políticamente hablando, la unidad cosaca no existió más que en contados momentos de la historia. Nunca crearon nada que tuviera la estabilidad y complejidad de los reinos escitas o del kanato tártaro de Crimea. Cuando se reactivaron los puertos comerciales de la costa del mar Negro a raíz de las conquistas de Pedro y Catalina de Rusia, los cosacos no fueron capaces de conducirse como socios y protectores, tal como los señores escitas de la estepa habían hecho con las ciudades griegas y los kanes tártaros con las italianas, sino que fueron sometidos. En comparación con los pueblos indoiranios de la Antigüedad y con algunos pueblos turcos que llegaron después, los cosacos eran primitivos. Fuerza, raza y masculinidad no suelen ser valores de una sociedad tradicional y estable, sino de bandidos.

Los alanos orientales habían sido vecinos de los hunos en Asia central y habían adquirido algunas costumbres suyas. Una era vendar el cráneo, deformar la cabeza de los niños para darle forma ovoide, con frente huidiza y occipital saliente. Arrastrados en parte por la ofensiva de los hunos contra Europa, muchos alanos orientales se unieron a sus ejércitos y se adentraron con ellos en Occidente. Unos se instalaron temporalmente junto al Elba y —como sus antecesores los antes— acabaron por organizar y dominar a las poblaciones eslavas que encontraron allí, más amplias y menos belicosas.
Una de sus conquistas tuvo un tremendo impacto en la historia posterior. En una inscripción hallada en Tanais, junto al Don, aparecen las palabras choroatus y chorouatos (croata). Es como si el término original hubiera sido el nombre de un grupo de alanos que vivieron durante un periodo en las estepas de Azov.
En Asia sobrevivieron fragmentos de población alana durante muchos siglos.
La costa de Crimea comprendida entre Feodosia y Alushta todavía se llamaba «Alania» en la Edad Media, y había polémicas sobre quién era el obispo legítimo de los alanos. Estos últimos sármatas del mar Negro parece que se mezclaron con los godos de Crimea hasta que «Gocia» sucumbió ante los turcos y los tártaros. La última mención de los alanos, como habitantes de Crimea en tiempos del kanato tártaro, es del siglo XVII, trescientos años antes de la conquista rusa.
Aunque sus señores eran musulmanes, los alanos de Crimea siguieron siendo cristianos ortodoxos sin que se les molestase. En 1600 eran una comunidad pequeña e inofensiva que prácticamente no se diferenciaba ya de los colonos cristianos que habían llegado después a las costas de Crimea; salvo en una cosa: tenían la cabeza en forma de huevo. Mil años después de aprender la práctica de los hunos, los alanos orientales todavía vendaban el cráneo de sus hijos.

Una comunidad multirracial antigua es un rico caldo de cultivo. Bosnia fue así antaño. Y Odessa, antes de la revolución bolchevique, y la lituana Vilna antes de la segunda guerra mundial. La simbiosis de etnias, religiones e idiomas en un solo lugar ha atraído siempre a los visitantes extranjeros, y nunca tanto como en esta época de convulsiones nacionalistas. Pero la nostalgia es mala historiadora. La simbiosis ha sido a menudo más aparente que real.
Vivir juntos no significa madurar juntos. Los grupos étnicos pueden coexistir durante siglos, practicar la política del buen vecino, sentarse en el mismo banco de la escuela y servir en el mismo regimiento imperial, sin perder por ello la subyacente desconfianza mutua. Pero lo que aglutinaba estas sociedades no era tanto el consenso como la necesidad: el miedo a las fuerzas exteriores. Para un grupo, agredir o querer suprimir al otro era invitar a una catastrófica intervención de los de arriba —el envío de soldados turcos o cosacos— con resultados trágicos para la comunidad.
En consecuencia, cuando el motivo del miedo desaparece, por la caída de imperios o tiranías, la contención también desaparece. Las luchas por el poder en lugares lejanos, y con las que los grupos se creen comprometidos, saltan a las calles de las aldeas. Los políticos democráticos, cuando incitan a la gente sencilla a tomar partido y a pensar desde el punto de vista de la competencia con el adversario, empujan a las comunidades por el secreto tobogán de sus divisiones étnicas. Y aunque a regañadientes al principio, se dividen. Los vecinos, conocidos de toda la vida, con sus comidas de olor raro y el idioma extraño que hablan en casa, se vuelven parte de un «ellos» ajeno y hostil. Recelos antiquísimos, confinados antaño a las canciones tradicionales y a los cuentos de las abuelas en la cocina, se concentran en una política paranoica.
Por decirlo de otro modo, todos los paisajes multirraciales son frágiles. Cualquier temblor serio puede modificarlos, producir corrimientos de tierras, terremotos y erupciones de sangre. Las poblaciones lo saben y lo temen. Pero el nacionalismo, cuando estalla en el litoral del mar Negro, suele ser una epidemia que llega de otro sitio, y contra esta epidemia no se conoce remedio. Tal fue el destino de Abjasia.
Esta pequeña región de montañas y costa que limita al norte con Rusia, a la altura de Sochi, y al sur con el río Inguri, era precisamente una de esas sociedades mixtas. Los abjasios, que hablan un idioma preindoeuropeo, ya estaban allí cuando llegaron los primeros colonizadores griegos, en el siglo VI a. C. Pero en 1992 eran minoría en su propia tierra, menos del veinte por ciento de la población. Durante el siglo XIX se habían instalado allí rusos, griegos pónticos, armenios e inmigrantes del norte del Cáucaso, mientras que la comunidad más numerosa —el cuarenta y cinco por ciento de la población— era la de los georgianos o, mejor dicho, georgiano-mingrelios.
Esta muerte o agonía de un mar no la causó la especie humana. Parece que a ciertos fanáticos les fastidia que la ecología misma propicie una catástrofe ecológica, sin necesidad de recurrir a la experta ayuda de los humanos. En cualquier caso, fue una acción natural de fuerzas naturales lo que produjo esta contaminación mastodóntica: la putrefacción de billones de toneladas de barro y hojas del interior, de lodo vivo y microorganismos muertos, vertidos en el fondo marino por los cinco grandes ríos de su cuenca desde la última glaciación.
No fue culpa nuestra. Esto es un hecho, pero un hecho que si fuera de dominio público podría perdonar a la especie humana muchos otros pecados. Por lo tanto, el periodismo y la publicidad sobre la situación del mar Negro raras veces hablan del ácido sulfhídrico. Si hablan (como el documento de la ONU que cité más arriba), dan a entender que la anoxia está de algún modo relacionada con los crímenes de la humanidad contra el medio.
Lo que se muere, lo que se está matando, no es el mar, sino sus habitantes. Lo que los humanos están contaminando no es la masa principal de agua (salvo en el caso de los vertidos tóxicos italianos), sino la capa de superficie cuya riqueza ha moldeado la prehistoria y la historia del litoral del mar Negro. La diferencia es grande. Realmente está produciendo algo terrible y quizá definitivo. Pero no se puede calcular la magnitud de la amenaza sin tomar medidas.
Lo que depende de que se pueda convencer a los países contaminantes de la otra parte de la cuenca del Danubio —Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría— de que colaboren aportando dinero y experiencia. Pero podría ocurrir que la causa del mar Negro, de sus aguas y sus criaturas, comenzara a conseguir por fin lo que muchísimos milenios de actividad humana no han conseguido hasta ahora: la unión de los pueblos que viven a su alrededor.

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The Black Sea, its coasts and its History remain one of those areas not too well known to the Western traveler. On the other hand, the history and cultural wealth of the vast area that bathes a sea as mysterious as legendary is immense. The Black Sea is located in a historic crossroads that serves as a link between various empires, both ancient and recent times. At present and in the past, its coasts have been a space of union and conflict. The culture has traveled through the area with the same ease that empires have done and the barbarism of the human being.
The coasts of the Black Sea bathe the following countries: Russia, Ukraine, Romania, Bulgaria, Turkey, Georgia, and the republic of Abkhazia. We are therefore facing places that many evoke to History, adventure and travel. Coasts that cover an immense space where the legacies of recent empires like the Russian and the Ottoman come together. In the Black Sea the echoes of a glorious past rich in miscegenation, culture and commerce still resonate.
To turn the pages of the book is to advance through the History of a fascinating area that is on the way between Islam, Russia, Europe and Asia. I have enjoyed reading this book and I have been able to recreate myself in places that I have been able to see with my own eyes. Having the ability to observe this hodgepodge and crossroads is something that helps me understand part of the world in which we live. The greatness and misery of the area are evident and the History advances in a wonderful way through its pages. As it happens in other books, the theme of the book is hybrid, we are traveling through history, the essay, the journalistic story and all this with the spark that at times comes out of the best of traveling literature.
The book shows the journey through the erudition of an expert historian in the area and who knows how to tell stories, both current and ancient. The journey leads the reader to awaken an innate curiosity about an area of ​​the world that seems nonexistent for most Western media. Therefore, a book like the present fits perfectly with the necessary curiosity of a reader and traveler as he writes.

A sensational book to be inspired and able to understand something from a part of the world that still walks through the past of old empires.

What a splendid book! Ultimately it defies categorization, though to describe it as part history and part travelogue would not be seriously misleading. But THE BLACK SEA is not a comprehensive survey of the history and geopolitics of the region nor is it a guidebook. While nominally it is about the Black Sea, at a deeper level Neal Ascherson uses the histories of various peoples who have lived around the Black Sea over the past three millennia to explore the phenomena of nationalism and ethnic identity, the dichotomy of civilization vs. barbarianism, the genocidal horrors perpetrated by Russia and then the Soviet Union (and, to a slightly lesser extent, by Turkey), and much, much more. In the end, then, it is a meandering, provocative, and stunningly learned meditation on human political affairs as played out on the stage of the Black Sea.
Near the end of the book, Ascherson (a Scottish journalist, born in 1932) summarizes his Black Sea proscenium in the following terms:

«Human settlement around the Black Sea has a delicate, complex geology accumulated over three thousand years. But a geologist would not call this process simple sedimentation, as if each new influx of settlers neatly overlaid the previous culture. Instead, the heat of history has melted and folded peoples into one another’s crevices, in unpredictable outcrops and striations. Every town and village is seamed with fault-lines. Every district displays a different veining of Greek and Turkic, Slav and Iranian, Caucasian and Kartvelian, Jewish and Armenian and Baltic and Germanic.»

Along the way, the reader is exposed to a wide array of subjects, from the natural toxic anoxia of the Black Sea and the looming ecological crisis there, to the putsch against Gorbachev in the summer of 1991 (which occurred while Ascherson was in Crimea and then in Moscow), to various archaeological wonders and tragedies, to the efforts to develop an alphabet and an ethnic consciousness and identity for the Lazi people of coastal northeast Turkey. In addition, there are fascinating discussions of various peoples (such as the Karaim, Cossacks, Amazons, Sarmatians, and Pontic Greeks); exotic cities (such as Olbia, Odessa, Kerch, Trebizond, and Sukhum); and noteworthy historical figures (such as Herodotus, General Krasnov, Mikhail Lermontov, Adam Mickiewicz, and Karolina Sobanska). And all of it is told in a leisurely, literate way.
Ascherson’s conclusion is not a happy one. His studies of Black Sea life incline him towards the view that «latent mistrust between different cultures is immortal.» The book also teaches one that, while distrust and discord may be immortal, empires are not. This is the kind of book that is a good antidote for American hubris.
I have but two complaints. The first concerns maps. When I first started reading the book, I feared there were no maps whatsoever, but two of them suddenly appeared, unforeshadowed and unindexed, at pages 16 and 113. They are helpful, but they do not cover far too many of the places and geographical features discussed in the book. My second complaint is that the book is now sixteen years old, and its discussions of what in 1995 were the current situations in Ukrainian Crimea, Abkhazia, Turkey, the looming ecological disaster, etc. all cry for updated treatment.

The energy behind all these tensions and outbursts of conflict stems from President Vladimir Putin’s plan to resuscitate Russia as the old «Great Power», a great power that controlled the foreign relations of its neighbors and demanded fear and respect from the rest of the world. The West, on the other hand, chose to interpret it as a program aimed in reality at restoring the power geography of the former Soviet Union, and responding – through NATO and the European Union – with a persistent and stealthy advance in its influence towards the this in and around the Black Sea. Russia’s incursion into Georgia and its blatant (but stubbornly disproved) military support for the Ukrainian insurgents were reactions to the perception of the progress of such influence.
Today, no European or North American leader can consider the «peripheral» Black Sea. From the political point of view, it has become the danger zone in which Russia’s future relationship with the West.
The competition between these tiny autonomous republics is not only violent. It is cultural, historical, often even archaeological. Each of the fierce and small mountain people rewrites the history books that are used in the schools and transforms them into manifestos addressed to their neighbors: «We, and only we, brought you the literacy and culture in our Golden Age. two thousand years». Writing these textbooks, each in the native language and largely a work of imaginative fiction, is an expanding industry for Circassian intellectuals and Ossetians. The Russian government took a huge risk in hosting the 2014 Winter Olympiad in Krasnaia Poliana, a symbolic city for being the place where Russian armies savored their conquest of the Caucasus one hundred and fifty years ago.
Their villages have been in motion for at least five thousand years. In the same way, the beings that live in the waters of the Black Sea have lived in a state of incessant adaptation, because the climate and the flow of the rivers fluctuate and strange species invade the sea and overthrow a «natural balance» after other.

In 1680 Marsigli had also discovered one of the basic phenomena of oceanography: that currents do not depend on the law of gravity, such as the course of rivers, but on other forces such as the principles of fluid mechanics, in the present case, a barometric gradient. The advance of the heavier Mediterranean water towards the Black Sea pushed the lighter water in the opposite direction.
After Marsigli, other scientists, almost all Russians, began to investigate the strange and stubborn nature of the Black Sea. Marsigli had revealed that its water was less saline and less dense than that of the Mediterranean and had solved a mystery: why it did not lower its level even though it flowed and went through the Bosphorus. But it would be others, much later, who would discover the basic factor that makes the Black Sea unique: that it is almost totally dead.
The Black Sea is the largest planetary deposit of hydrogen sulfide. There is no life below an oscillating line that lies between 150 and 200 meters from the surface. The water is there anoxic, lacks dissolved oxygen, and is impregnated with H2S; As a good part of the Black Sea has a lot of depth, this means that ninety percent of its volume is sterile. It is not the only place where H2S is accumulating. There are anoxic areas at the bottom of the Baltic Sea and some Norwegian fjords, where water circulates little.
On the high seas, between the dolphin and porpoise banks, two species made a slow revolving migration throughout the Black Sea, and with a movement as punctual as a navigation line. One was the bonito (palamud), a member of the family of mackerel so important in food and trade that its image appears on some Byzantine coins. The other was the hamsi or anchovy of the Black Sea.
To this day, the dwindling remains of the hordes of anchovies have been breeding off the coast of Odessa during July and almost all August, and between late August and early September begin their journey around the sea, from right to left.

Crimea is a big brown diamond. It is connected to the mainland by a few tongues of land, by a natural dirt road in Perekop (to the west) and by waterways that cross the salty lagoons of Sivash (to the north and east). Crimea has three zones for history: mind, body and spirit.
The zone of the mind is the coast, the chain of colonial populations and ports that mark the coast of the Black Sea. For almost three thousand years, interrupted by conflagrations and darkness, the inhabitants of these places have kept accounts, read and written books, applied urban measures with the help of geometry, discussed literary and political issues of some distant metropolis.
The area of ​​the body is the steppe that extends to the other side of the coastal mountains. It is a kind of penillanura with greenish, trapezoidal and eroded hills. His skin is a dry mantle embroidered with herbs of pungent odor, and when the skin is cut, the earth springs up and leaves with the eastern wind.
For the mind and body of Crimea to create wealth together, it took two things: merchants on the coast with safe access to markets in the Mediterranean and beyond, and a stable political situation in the steppe. Sometimes there was agitation in the great plains; the commercial routes were closed, cultivating wheat outside the walls became dangerous, and from time to time colonial cities were looted and burned. But there was peace for long periods, especially during the time of the Scythians.
The area of ​​the body has always pressed the area of ​​the mind with impatience. The pressure has sometimes been destructive, as when the Tartars, at the end of the thirteenth century, approached the coast and plundered the Genoese metropolis of Kaffa. But the normal thing is that it was a protean urge. The category barrier between «European» settlers and «indigenous» nomads was always in disrepair and had large holes.
But between the body and the mind, between the steppe and the coast, there was a third zone: the mountains of the spirit. On the flat summits of the Shatir Dagh, or in caves hidden by trees, far above the nomads and merchants, lived communities that had lost all hope of wealth and conquest.

Two Siamese brothers named «civilization» and «barbarism» were born on the shores of the Black Sea. It was where the Greek settlers came into contact with the Scythians. A sedentary culture of small maritime city-states found a mobile culture of steppe nomads. People who lived in a place for generations, engaged in agriculture and fishing, suddenly knew people who lived in wagons and tents, and wandered through infinite horizons of grassy plains with herds of cows and horses.
«Civilization» and «barbarism» were twins that were conceived and born in the Greek imagination, above all in the Athenian imagination. These concepts, in turn, procreated a ruthless intellectual dynasty that still exerts a power
invisible in the mentality of the West. The Roman and Byzantine empires sanctified their imperial wars by presenting them as a defense of the «civilized» order against «barbarian» primitivism. The same did the Holy Roman Empire and the colonial expansions of Spain, Portugal, Holland, France, Italy, Germany and Great Britain. Few were the European nations that in the mid-twentieth century had not imagined at one time or another that they were «the vanguard of the Christian civilization of the West.
Stable populations fear nomads, but they also envy and admire them. By envying and admiring them, they invent the vagabond population that they like, again, by putting a mirror in front of them.
The Greek tragedians, once they invented the barbarians, began to exploit the «inner barbarism» of the Greeks. It may be that part of the otherness of the barbarians was that, unlike the civilized, they were morally frank; not double characters in which good nature fought with bad, but in one piece.

To feel Cossack is to suffer an unbearable identity crisis. I believe that the Cossack belongs to the category of «advanced guards»: faithful defenders of a tradition whose center is far away and which, often, has already fallen into oblivion. The Krajina Serbs (of the border) believe that they are the purest and most authentic Serbs, untainted by what happens in Belgrade, and they watch the Croatian «Germanized» and are attentive to the hypothetical attacks of Islamic fundamentalism. In Northern Ireland, the community of «loyal» Protestants proclaims themselves a bastion of authentic Britishness, with a stubborn patriot fervor that today seems antiquated, even slightly foreign, in London or Manchester.
Two hallucinatory syndromes afflict these sentinels. One is the false consciousness, the distorted and paranoid perception of the outside world.
The other syndrome is the domain. The sentinel must continually remind himself who is exercising his power over «the others.» These others, as individuals, are inherently inferior, usually because of their race or religion. But they are more numerous and represent a constant threat that can only be held at bay through the public exercise of domination.
It worked. For a hundred years, the Don Cossacks lived in a dream, the dream of the rider galloping through a world of pastures, with fear whispering in front of him, like the wind.
There was in this a sinister beauty that seized the imagination of the most unusual minds.
Force, race and male pride defined the Cossack. But then, two ends of the world arrived in the same century: the revolution of 1917 and the death of the revolution in 1991, and either of them, according to their own statements, should have sent those three values ​​to a museum. But the imperial state of Stalin, the pan-Russian jingoism surrounded by a red star, knew how to use them. And so is the post-Soviet and pre-capitalist Russia of the nineties of the twentieth century. There is demand for force across the Russian border, and often in the streets. And as the Cossacks see in this confusion a new crisis of the Russian race, they have rediscovered the male profession of war.
The resurgence of the Cossack is a catastrophe of human ecology. Not all the ecological catastrophes of the Black Sea occur in the water. Just as the entry of pollutants has decimated the variety of marine species, allowing certain seaweeds and predatory jellyfish Mnemiopsis to multiply in an excessive way, also the deportations of Stalin created a social vacuum, a monstrous demographic impoverishment in which the Cossack movement it extends today without any control.
«New Russia», the imperial province created by Catherine on the north coast of the Black Sea, was a place colonized by many peoples. Before the revolution, the traveler saw in that land a succession of ethnic groups: Tartar peoples, colonies of Russian ex-combatants and their descendants, villages of Polish expatriates, neat agricultural regions where almost all were Germans, stanitsa (posts or villages) Cossacks, Jewish shtetlach, cities and rural Greek regions, such as Mariupol or Anapa, Armenian towns and even cities, such as Nakhitchevan, which was a municipality before becoming the Armenian district of Rostov.
This hotbed of human societies was systematically destroyed between 1930 and 1950. First came the suppression of cultural rights, which together had been well taken care of in the first years after the revolution. Greek and Tartar schools, newspapers and publishing houses were closed. The anti-religious dynamics closed the synagogues, churches and mosques, and in the central square of Nakhitchevan the Armenian cathedral was dynamited, which was replaced by an immense concrete and glass building designed in the shape of a caterpillar tractor. Finally came the deportations, which reached their culmination in the postwar years, when the Germans, the Tartars and the Greeks were evicted from their homes and moved to Central Asia. And to inhabit their homes and lands they took immigrants from Russia and Ukraine.
Only the Cossacks continued to live with the confidence of those who feel deeply rooted in the place. They had been harassed and taken away from their possessions and liberties, but they were still in their homeland, and – given their curious patriotic-imperial ideology – they understood the arrival of millions of Russians and uprooted Ukrainians as a strengthening and not as a dissolution. When the communist regime collapsed, and with it central control over what was happening in the distant provinces and on the periphery of Russia, the Cossack aspiration to supremacy and domination broke ties. Almost all the «foreign» and rival populations had disappeared (few Cossacks wanted them to return or regret the Russification of the Black Sea coasts). The same as the authority of Moscow, which had once used the Cossacks to control the national groups of New Russia but had never given the Cossacks political power over others.
Politically speaking, the Cossack unit only existed at a few moments in history. They never created anything that had the stability and complexity of the Scythian kingdoms or the Crimean Tatar Khanate. When the commercial ports of the Black Sea coast were reactivated following the conquests of Peter and Catherine of Russia, the Cossacks were not able to conduct themselves as partners and protectors, as the Scythian lords of the steppe had done with the Greek cities and the Tartars with the Italians, but they were subdued. In comparison with the Indo-Iranian peoples of antiquity and with some Turkish peoples who arrived later, the Cossacks were primitive. Strength, race and masculinity are not usually values ​​of a traditional and stable society, but of bandits.

The oriental Alans had been neighbors of the Huns in Central Asia and had acquired some of their customs. One was bandaging the skull, deforming the children’s head to give it an ovoid shape, with a fugitive forehead and protruding occipital. Dragged partly by the offensive of the Huns against Europe, many oriental Alans joined their armies and entered with them in the West. Some temporarily settled next to the Elbe and – like their predecessors before – they ended up organizing and dominating the Slavic populations they found there, larger and less bellicose.
One of his conquests had a tremendous impact on later history. In an inscription found in Tanais, next to the Don, the words choroatus and chorouatos (Croatian) appear. It is as if the original term had been the name of a group of Alans who lived for a period in the steppes of Azov.
In Asia, fragments of the Alana population survived for many centuries.
The Crimean coast between Feodosia and Alushta was still called «Alania» in the Middle Ages, and there were polemics about who was the legitimate bishop of the Alans. The latter Sarmatians of the Black Sea seem to have mixed with the Crimean Goths until «Gocia» succumbed to the Turks and Tartars. The last mention of the Alans, as inhabitants of the Crimea in the time of the Tatar khanate, dates back to the 17th century, three hundred years before the Russian conquest.
Although their lords were Muslims, the Crimean Alans remained Orthodox Christians without being disturbed. In 1600 they were a small and harmless community that was practically indistinguishable from the Christian settlers who had later reached the Crimean coasts; except for one thing: they had an egg-shaped head. A thousand years after learning the practice of the Huns, the oriental Alans still bandaged the skull of their children.

An ancient multiracial community is a rich breeding ground. Bosnia was like that in the past. And Odessa, before the Bolshevik revolution, and the Lithuanian Vilna before the Second World War. The symbiosis of ethnicities, religions and languages ​​in one place has always attracted foreign visitors, and never so much as in this time of nationalist convulsions. But nostalgia is a bad historian. The symbiosis has often been more apparent than real.
Living together does not mean maturing together. Ethnic groups can coexist for centuries, practice good neighbor politics, sit on the same school bench and serve in the same imperial regiment, without losing the underlying mutual distrust. But what united these societies was not so much the consensus as the necessity: the fear of external forces. For one group, assaulting or wanting to suppress the other was to invite a catastrophic intervention by those at the top – the sending of Turkish soldiers or Cossacks – with tragic results for the community.
Consequently, when the motive of fear disappears, due to the fall of empires or tyrannies, contention also disappears. The struggles for power in faraway places, and with which the groups believe they are committed, take to the streets of the villages. Democratic politicians, when they incite the simple people to take sides and to think from the point of view of competition with the adversary, push the communities for the secret slide of their ethnic divisions. And although reluctantly at first, they split. The neighbors, known throughout their lives, with their strange-smelling foods and the strange language they speak at home, become part of an alien and hostile «they». Ancient misgivings, once confined to traditional songs and the stories of grandmothers in the kitchen, are concentrated in a paranoid politics.
To put it another way, all multiracial landscapes are fragile. Any serious tremor can modify them, produce landslides, earthquakes and blood eruptions. The populations know and fear it. But nationalism, when it explodes on the coast of the Black Sea, is usually an epidemic that comes from another place, and against this epidemic no remedy is known. Such was the fate of Abkhazia.
This small region of mountains and coast bordering Russia to the north, at the height of Sochi, and to the south with the Inguri River, was precisely one of those mixed societies. The Abkhazians, who speak a pre-Indo-European language, were already there when the first Greek settlers arrived, in the 6th century BC. C. But in 1992 they were a minority in their own land, less than twenty percent of the population. During the nineteenth century, Russians, Pontic Greeks, Armenians and immigrants from the North Caucasus had settled there, while the largest community – forty-five percent of the population – was Georgians or, rather, Georgian. mingrelios.
This death or agony of a sea was not caused by the human species. It seems that certain fanatics are annoyed that the ecology itself leads to an ecological catastrophe, without the need to resort to the expert help of humans. In any case, it was a natural action of natural forces that produced this mammoth pollution: the putrefaction of billions of tons of mud and leaves from the interior, living mud and dead microorganisms, poured into the seabed by the five great rivers of its basin since the last ice age.
It was not our fault. This is a fact, but a fact that if it were public knowledge could forgive the human species many other sins. Therefore, journalism and publicity about the situation of the Black Sea rarely speak of hydrogen sulfide. If they speak (as the UN document I quoted above), they imply that anoxia is in some way related to the crimes of humanity against the environment.
What is dying, what is being killed, is not the sea, but its inhabitants. What humans are polluting is not the main mass of water (except in the case of toxic Italian discharges), but the surface layer whose richness has shaped the prehistory and history of the Black Sea littoral. The difference is great. It is really producing something terrible and perhaps definitive. But you can not calculate the magnitude of the threat without taking action.
This depends on the possibility of convincing the polluting countries of the other part of the Danube basin – Germany, Austria, Slovakia, Hungary – to collaborate contributing money and experience. But it could happen that the cause of the Black Sea, its waters and its creatures, began to finally achieve what many millennia of human activity have not achieved so far: the union of the peoples who live around it.

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