Arquímedes, El Del Teorema — Jorge Alcalde Lagranja / Archimedes, A Man From Theorem by Jorge Alcalde Lagranja (spanish book edition)

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Lo que más me gustó de la obra es su carácter didáctico, las luces y sombras de la ciencia en la historia podría parecer algo aburrido pero no lo es, es una lectura recomendable, es (in)formativa y amena y podría animar a leer otros libros.

El 29 de octubre de 1998 alguien se gastó dos millones de dólares en un libro. Y ni siquiera lo quería para sí mismo. Un coleccionista anónimo ofreció esa cantidad abrumadora en la sala de subastas Christie’s de Nueva York ante la mirada atónita del variopinto personal que abarrotaba el local. Días más tarde, recogió el volumen, que en realidad era un puñado de hojas casi transparentes, desvencijadas, amarillentas, con los bordes corroídos por el tiempo y el fuego, y lo depositó para su estudio en el Museo Walters de Arte de Baltimore, donde quería que lo analizaran, lo fotografiaran y lo conservaran eternamente.
El libro contenía, y aún contiene, siete tratados escritos en griego antiguo, de uno de los cuales no existía ninguna otra copia en el mundo. ¿Valía realmente dos millones de dólares?. Aquellas páginas a punto de disolverse en el aire como las alas de una mariposa habían sido bautizadas como «Palimpsesto de Arquímedes», un texto antiguo escrito sobre pergamino donde alguien se había dedicado a reflejar algunos de los teoremas y principios ideados por el genio de Siracusa.
Cuando recibió el encargo de su rey de determinar si la corona era realmente de oro macizo, Arquímedes andaba con otras cosas en la cabeza. La definición matemática de la espiral, por ejemplo, sobre la que discutía largamente con su amigo y maestro Conón de Samos, era algo mucho más importante que los caprichos del monarca. Pero cuando un rey te encarga algo, por más que sea un rey como Hierón, apacible y democrático, amigo de sus consejeros y de fácil trato, uno debe tomarse las cosas en serio.
De manera que el dilema de la corona le asaltaba de vez en cuando. Pensaba seguramente en ello en los ratos libres para comer, en alguno de sus paseos por Siracusa o cuando se iba a dormir. Pensaba en ello, también, aquella tarde en la que decidió tomar un baño. Al introducirse en la tina de agua templada cayó en la cuenta de la cantidad de líquido que se derramaba por los bordes y se percató de que esa cantidad era proporcional al cuerpo que se sumergía: un hombre gordo desaloja más agua que uno flaco. Es decir, el agua evacuada está relacionada con la densidad del objeto que en ella se sumerge.
Cuenta la leyenda que el matemático se volvió loco de emoción y salió corriendo desnudo de la bañera mientras gritaba «¡Eureka!». Arquímedes descubrió que sumergiendo la corona de Hierón en un barreño con agua podría determinar su densidad. Así, tomó dos piezas de oro y plata del mismo peso que la corona, las introdujo en una vasija con agua hasta el borde y midió la cantidad de líquido que rebosaba con cada una de ellas.
Luego realizó la misma operación con la corona de su rey para descubrir que el líquido derramado era menor que el de la pieza de oro puro y mayor que el de la pieza de plata.
Debió anunciar al monarca que el joyero lo había engañado: había mezclado plata con su oro.
Es difícil creer que la bella historia del Eureka de Arquímedes que nos ha legado Vitruvio fuera cierta. Suponiendo que la corona de Hierón pesara un kilo y que el 75 por ciento de su peso correspondiera a oro, la diferencia de agua derramada frente a una corona de oro puro no llega a los 13 centímetros cúbicos. En una tinaja de agua, esa cantidad supone una variación de menos de un milímetro en el nivel de líquido: imposible de medir con la tecnología del siglo III a. C. e inapreciable a simple vista. Por muy buen ojo que tuviera el genio griego.

Marie Curie no se dejó encantar por los famosísimos rayos X y prefirió prestar atención a esos ignorados «rayos» invisibles del uranio que había descubierto Becquerel. Tampoco se contentó con conocer cómo esos «rayos» eran capaces de impresionar las placas fotográficas incluso a través de objetos opacos, sino que decidió conocer por qué lo hacían. Para ello, se detuvo en una propiedad más de aquella extraña radiación: los rayos ionizaban el aire a través del cual pasaban, convirtiéndolo en conductor. Midiendo la conductividad del aire expuesto a la acción de los rayos —se dijo— es posible establecer la intensidad de la radiación. Marie Curie quería comparar la intensidad en distintos compuestos de uranio y bajo diferentes condiciones para, así, conocer mejor la naturaleza de la misteriosa fosforescencia invisible. Para lograr su objetivo, Marie tuvo que acudir a un invento de otro eminente Curie. Un hermano de Pierre llamado Jacques había ideado quince años antes un nuevo modelo de electrómetro, un aparato capaz de medir corrientes eléctricas extremadamente débiles.
Marie Curie era consciente de que había revolucionado el mundo de la física y de la química, pero también de que había puesto en manos de los hombres el conocimiento de una propiedad natural que podía ser utilizada con fines nada benévolos: la radiactividad.

Newton comparó la aceleración de la Luna con la aceleración de los objetos en la Tierra, como la famosa manzana. Como creía que la causante de ambos movimientos era la misma fuerza, la gravedad, estableció una relación universal entre el empuje de esa fuerza y la distancia. Llegó a la conclusión de que la fuerza gravitacional entre la Tierra y otros objetos es inversamente proporcional a la distancia que separa el centro de nuestro planeta del centro de ese objeto. Pero la distancia no podía ser el único factor a tener en cuenta. Quizás inspirado por el tamaño de las frutas de su huerto sir Isaac intuyó que la fuerza de atracción de la gravedad dependía de la masa del objeto atraído en relación con la del objeto atrayente. Así pues, la fuerza que atrae dos cuerpos es directamente proporcional a la masa de esos cuerpos e inversamente proporcional a la distancia que los separa.
Pero lo más importante de sus hallazgos no fue solo la formulación de una ecuación que permitía medir la fuerza gravitacional entre dos objetos. La verdadera revolución newtoniana fue demostrar que aquella fórmula es universal.

Maxwell era el estudio de los gases. Una de sus aportaciones en esta disciplina se produjo por casualidad: mientras su esposa atizaba una caldera, intuyó que los gases estaban compuestos de innumerables partículas en movimiento (algo que ya había sido advertido años atrás por algunos otros científicos). Maxwell, poseedor de una habilidad matemática impresionante, fue capaz de explicar sobre el papel este fenómeno: las moléculas de los gases se encuentran a diferentes temperaturas y, al moverse y chocar, unas transfieren calor a las otras; de ese modo, la cantidad total de energía del Universo permanece constante, en un prodigioso balance de ganancias y pérdidas de energía. Maxwell estaba a un paso de proponer su teoría de unificación electromagnética.
La física de la época padecía un severo «horror al vacío», un miedo atroz a explicar cualquier modelo en el que el escenario fuera la nada. Todos los procesos energéticos, todas las fuerzas, actuaban en un andamiaje invisible, se sustentaban en una sustancia que nunca nadie fue capaz de identificar y a la que llamaban éter. No se tocaba, no se veía, no se olía…, pero existía.
La luz viajaba por el éter, la atracción magnética se sustentaba en el éter, los planetas flotaban en el éter, el fuego ardía en el éter. No había otro modo de explicar la naturaleza. El éter era el lienzo que Dios había diseñado para pintar sobre él los fenómenos físicos.
Pero el modelo de Maxwell funcionaba sin necesidad de éter, sus ecuaciones podían explicar el comportamiento de los gases, del calor y de la luz sin el lienzo divino. Así que dudó seriamente de sí mismo. ¡No podía ser! Tenía que estar equivocado: de su mente no podría haber salido una idea que cuestionara de tal modo el orden de las cosas.
Calculando la velocidad de las ondas electromagnéticas, Maxwell sentó las bases de la relación entre velocidad, masa y energía que estableció Einstein con su teoría de la relatividad. Por lo tanto, puso la primera piedra para el uso de la energía nuclear. Por último, el descubrimiento de la luz como radiación electromagnética condujo al hallazgo de otras radiaciones de la misma naturaleza, como la infrarroja o la de radio. Hoy, buena parte de nuestro conocimiento del Universo se debe a que somos capaces de construir telescopios que escrutan el cosmos en busca de radiaciones infrarrojas portadoras de información sobre fenómenos energéticos tan sorprendentes como los agujeros negros; o radiotelescopios que, desde la Tierra, escuchan las emisiones de radio de lejanísimas galaxias y, gracias a ellas, establecen distancias, composiciones y biografías de millones de estrellas. Sin duda, Maxwell propuso toda una revolución científica de consecuencias innumerables para las vidas de los seres humanos. Todo gracias a que nos enseñó que el mundo no es exactamente como lo vemos, que la luz que se refleja en los objetos es portadora de una porción de la información completa de la naturaleza. El mundo es mucho más bello visto en todas las bandas del espectro electromagnético.

Ignaz Semmelweis, fue perdiendo la lucidez y la razón. Sus escritos, en vez de buscar argumentos técnicos o científicos que corroborasen sus teorías se convirtieron en largas e injuriosas parrafadas contra todos los profesores de Obstetricia. En su desesperación llegó a pegar por sí mismo pasquines en las paredes de la ciudad advirtiendo a los padres de familia de que no debían consultar con los «agentes de la muerte», médicos y comadronas. Sus palabras se volvieron incoherentes y sin sentido.
El 30 de julio de 1865 es ingresado en un hospital psiquiátrico de Viena. Dos semanas después, a los cuarenta y siete años de edad, muere. Entre los médicos que lo conocieron, se cuenta que Ignaz había muerto del mismo mal que tantas de sus pacientes. Su sangre se había infectado: quizás en algunas de esas jornadas de locura en la sala de disecciones cuando, fuera de sí, manipulaba las vísceras de las infortunadas. Probablemente, si hubiera vivido en nuestro tiempo, un buen doctor le habría diagnosticado un episodio de alzhéimer precoz. Lo cierto es que el visionario húngaro murió sin darse cuenta de que había ganado la batalla: sus detractores estaban equivocados, él tenía razón y el mundo de la medicina había iniciado ya un camino sin retorno hacia el culto a la limpieza.

La brillante idea de Tesla había demostrado definitivamente su eficacia. La corriente alterna se convirtió en el método por excelencia para iluminar grandes espacios y hoy tenemos luz en nuestras casas gracias a ella. Si Edison hubiera vencido la guerra de las corrientes, en lugar de disfrutar de enchufes discretos en las paredes y cables soterrados en las ciudades, hoy nuestras casas y calles serían un laberinto de gruesos cables de cobre, humeantes y calientes, aquejados de múltiples averías, por los que pasaría lentamente la corriente continua.

Aquellos restos óseos que Vesalio limpiaba con mimo, aquellos esqueletos montados pieza a pieza tenían su propia alma. Es probable que fuera el alma de un asesino, un violador, un ladrón cogido con las manos en la masa. Lo más seguro es que se tratase de almas infortunadas, pobres, desfavorecidas… Los huesos de los ricos iban a parar a tumbas bien guardadas, lejos del afán de rapiña de los profanadores, los desesperados y los científicos de curiosidad insaciable como Vesalio.
Los huesos del siglo XXI tienen en su interior otro tipo de alma, y quizás empiecen a multiplicarse los esqueletos compuestos de materiales artificiales biocompatibles, animados por el alma de la biotecnología, gracias al espíritu tan insaciable como el de Vesalio de los nuevos regeneradores de tejidos.

Williamina desapareció como desaparece el fulgor de los astros más brillantes del cielo nocturno así que comienza a despuntar el primer sol de la mañana. Pero su nombre ha quedado dibujado para siempre en el espacio interestelar. Cuando recién inaugurado el siglo XXI el telescopio espacial Hubble tomó la fotografía más nítida jamás obtenida de la nebulosa Cabeza de Caballo, mostrando el aspecto de las crines grises de gas y polvo a 1500 años luz de distancia de la Tierra, todo el mundo volvió a recordar el nombre que quisieron borrar del olimpo de los descubridores: Williamina Fleming.

Maria Petrocini. El 31 de julio de 1788, Maria Magdalena Petrocini Ferretti inscribía su solicitud de licencia para la práctica quirúrgica en las oficinas del Colegio de Médicos de Florencia. Tuvo que esperar 12 días para recibir una respuesta.
Maria se había convertido en la primera mujer cirujano de su país y tenía plenos poderes para operar, exceptuando la ominosa práctica de castrar a algunos niños para convertirlos en codiciadas voces blancas para la ópera.
Tras lograr su licencia, la nueva cirujana partió a Ferrara, donde demostró a todos los profesores del hospital de Santa Anna su habilidad con el bisturí.
«Hay que reconocer que su pulso es firme, y que cuando opera un cadáver muestra un alto grado de conocimiento de la anatomía humana», decían algunos de sus colegas.
Durante su estancia en Ferrara, Maria tuvo tiempo para escribir su primer y único tratado sobre medicina. Se había preocupado especialmente por la salud de los más pequeños y, quizás siguiendo la doctrina de su maestro Nannoni, quiso revolucionar algunas de las ideas establecidas sobre el cuidado de los niños, en un mundo en el que la pediatría no existía aún como disciplina.
Los niños debían recibir baños templados, reposar tranquilos en sus casas, vestir con vestidos cómodos, dormir en camas suficientemente espaciosas. La lactancia materna (una costumbre que entonces era propia solo de mujeres que no podían permitirse un ama de cría) era, en palabras de Maria, fundamental para el desarrollo del bebé. «Toda madre debería llevar a su hijo al pecho nada más nacer y sujetarlo tiernamente para establecer los primeros lazos del indisoluble código materno».
A la nueva cirujana le preocupaba especialmente la vestimenta de los más pequeños. En su entorno era muy habitual vendar a los bebés y trasladarlos envueltos en esas vendas apretadas como pequeñas momias temblorosas y lloronas.
Maria no llegó a conocer la importancia que su obra tuvo en el mundo de la pediatría. La costumbre de vendar a los bebés empezó a declinar a finales de siglo hasta ser definitivamente erradicada. Pero ella no fue testigo de su éxito.

Jocelyn Bell, la materia está formada por minúsculas partículas que, en su manifestación básica, llamamos átomos. Estos, a su vez, constan de un núcleo formado por protones y neutrones alrededor del cual se inserta la cohorte de electrones.
En el seno de una estrella supermasiva, la gravedad es tal que comprime la materia hasta límites extremos. A medida que se van comprimiendo, los átomos pierden parte de su estructura: desaparecen los electrones y los protones. Una estrella de neutrones es aquella cuya materia ha perdido hasta el 90 por ciento de sus electrones y protones: está casi fabricada solo de neutrones.
Se trata de un tipo de materia difícil de concebir mentalmente. Una sola cucharada de café llena de ella pesaría mil millones de toneladas. Solo las estrellas más grandes tienen el privilegio de acabar sus vidas de esta manera, ya que se trata del remanente depositado en el cosmos por un astro supergigante después de agotar todo su combustible nuclear y explotar como una supernova.
Era la primera vez en la historia que se concedía un Nobel de Física a un hallazgo astronómico. Aquello era muy importante para todos los que nos dedicamos a esta ciencia.
Jocelyn superó el trago del premio Nobel con la entereza que probablemente le había dado su educación cuáquera… Hay quien puede pensar que lo hizo con una firme convicción conservadora de que aquel era el papel que le correspondía como mujer. Al menos, pocos meses después, recibió íntimamente una pequeña compensación.
El profesor Hoyle está hablando de ti». Y ahí estaba, su admirado maestro, el autor del libro que más le había influido en su carrera, defendiéndola públicamente. Admitiendo ante todo el mundo que Jocelyn Bell Burnell debía haber sido mencionada en la entrega del Premio Nobel de Física como descubridora primera de los púlsares.

What I liked the most about the work is its didactic nature, the lights and shadows of science in the story might seem boring but it is not, it is a recommended reading, it is (in) formative and enjoyable and could encourage others to read books.

On October 29, 1998, someone spent two million dollars on a book. And I did not even want it for himself. An anonymous collector offered that overwhelming amount in the auction room Christie’s in New York before the astonished look of the diverse staff that packed the place. Days later, he picked up the volume, which was actually a handful of almost transparent, rickety, yellowed leaves, corroded by time and fire, and deposited it for study at the Walters Museum of Art in Baltimore, where I wanted them to analyze it, photograph it and keep it eternally.
The book contained, and still contains, seven treatises written in ancient Greek, one of which there was no other copy in the world. Was it really worth two million dollars? Those pages about to dissolve in the air like the wings of a butterfly had been baptized as «Palimpsest of Archimedes», an ancient text written on parchment where someone had dedicated to reflect some of the theorems and principles devised by the genius of Syracuse .
When he received the order of his king to determine if the crown was really solid gold, Archimedes was with other things in mind. The mathematical definition of the spiral, for example, about which he discussed at length with his friend and teacher Conon de Samos, was something much more important than the whims of the monarch. But when a king orders something from you, even if he is a king like Hieron, peaceful and democratic, friendly with his advisors and easy to deal with, one must take things seriously.
So the dilemma of the crown assailed him from time to time. He probably thought about it in his free time to eat, in one of his walks through Syracuse or when he went to sleep. He thought about it, too, that afternoon when he decided to take a bath. As he entered the warm water tub, he realized the amount of liquid that spilled over the edges and realized that this amount was proportional to the body that was submerged: a fat man evicts more water than a skinny man. That is to say, the water evacuated is related to the density of the object that is submerged in it.
Legend has it that the mathematician went crazy with excitement and ran naked from the bathtub while shouting «Eureka!». Archimedes discovered that submerging the crown of Hieron in a basin of water could determine its density. So he took two pieces of gold and silver of the same weight as the crown, put them in a vessel with water to the edge and measured the amount of liquid that overflowed with each of them.
Then he performed the same operation with his king’s crown to discover that the spilled liquid was smaller than that of the piece of pure gold and greater than that of the piece of silver.
He had to announce to the monarch that the jeweler had deceived him: he had mixed silver with his gold.
It is difficult to believe that the beautiful story of the Eureka of Archimedes that Vitruvius bequeathed to us was true. Assuming that the crown of Hiero weighed a kilo and that 75 percent of its weight corresponded to gold, the difference of water spilled against a crown of pure gold does not reach 13 cubic centimeters. In a jar of water, that amount means a variation of less than a millimeter in the liquid level: impossible to measure with the technology of the third century a. C. and negligible to the naked eye. As good an eye as the Greek genius might have.

Marie Curie was not enchanted by the famous X-rays and preferred to pay attention to those ignored invisible «rays» of the uranium that Becquerel had discovered. Nor was he content with knowing how those «rays» were able to impress photographic plates even through opaque objects, but he decided to know why they did it. To do so, he stopped at one more property of that strange radiation: the rays ionized the air through which they passed, making him a conductor. By measuring the conductivity of the air exposed to the action of the rays, it was said, it is possible to establish the intensity of the radiation. Marie Curie wanted to compare the intensity of different uranium compounds and under different conditions, in order to better understand the nature of the mysterious invisible phosphorescence. To achieve her goal, Marie had to resort to an invention of another eminent Curie. A brother of Pierre named Jacques had devised fifteen years before a new model of electrometer, an apparatus capable of measuring extremely weak electric currents.
Marie Curie was aware that she had revolutionized the world of physics and chemistry, but also that she had placed in the hands of men the knowledge of a natural property that could be used for non-benevolent purposes: radioactivity.

Newton compared the acceleration of the Moon with the acceleration of objects on Earth, such as the famous apple. Because he believed that the cause of both movements was the same force, gravity, established a universal relationship between the thrust of that force and distance. He came to the conclusion that the gravitational force between the Earth and other objects is inversely proportional to the distance that separates the center of our planet from the center of that object. But distance could not be the only factor to be taken into account. Perhaps inspired by the size of the fruits of his orchard Sir Isaac sensed that the attractive force of gravity depended on the mass of the object attracted in relation to that of the attractive object. Thus, the force that attracts two bodies is directly proportional to the mass of those bodies and inversely proportional to the distance that separates them.
But most important of its findings was not only the formulation of an equation that allowed to measure the gravitational force between two objects. The real Newtonian revolution was to demonstrate that this formula is universal.

Maxwell was the study of gases. One of his contributions in this discipline occurred by chance: while his wife stoked a boiler, he sensed that the gases were composed of innumerable particles in motion (something that had been warned years ago by some other scientists). Maxwell, possessor of an impressive mathematical ability, was able to explain this phenomenon on paper: the molecules of the gases are at different temperatures and, when moving and colliding, some transfer heat to the others; In this way, the total amount of energy in the Universe remains constant, in a prodigious balance of energy gains and losses. Maxwell was one step away from proposing his theory of electromagnetic unification.
The physics of the time suffered a severe «horror of emptiness», an atrocious fear to explain any model in which the scenario was nothing. All the energetic processes, all the forces, acted in an invisible scaffolding, were sustained in a substance that nobody was able to identify and what they called ether. It was not touched, it could not be seen, it could not be smelled … but it existed.
The light traveled through the ether, the magnetic attraction was supported by the ether, the planets floated in the ether, the fire burned in the ether. There was no other way to explain nature. The ether was the canvas that God had designed to paint physical phenomena on him.
But Maxwell’s model worked without the need for ether, its equations could explain the behavior of gases, heat and light without the divine canvas. So he seriously doubted himself. It could not be! He had to be wrong: his mind could not have come up with an idea that would question the order of things in such a way.
Calculating the speed of electromagnetic waves, Maxwell laid the foundations of the relationship between speed, mass and energy that Einstein established with his theory of relativity. Therefore, he laid the first stone for the use of nuclear energy. Finally, the discovery of light as electromagnetic radiation led to the discovery of other radiations of the same nature, such as infrared or radio. Today, much of our knowledge of the Universe is due to the fact that we are capable of building telescopes that scan the cosmos in search of infrared radiation carrying information about energy phenomena as surprising as black holes; or radio telescopes that, from Earth, listen to radio emissions from far-off galaxies and, thanks to them, establish distances, compositions and biographies of millions of stars. Undoubtedly, Maxwell proposed a scientific revolution with innumerable consequences for the lives of human beings. All thanks to that he taught us that the world is not exactly as we see it, that the light that is reflected in the objects carries a portion of the complete information of nature. The world is much more beautiful seen in all the bands of the electromagnetic spectrum.

Ignaz Semmelweis, was losing the lucidity and the reason. His writings, instead of seeking technical or scientific arguments to corroborate his theories, became long and insulting tirades against all the teachers of Obstetrics. In his desperation he managed to paste on the walls of the city by himself warning the parents that they should not consult with the «agents of death», doctors and midwives. His words became incoherent and meaningless.
On July 30, 1865, he was admitted to a psychiatric hospital in Vienna. Two weeks later, at forty-seven years of age, he dies. Among the doctors who knew him, it is said that Ignaz had died of the same illness as so many of his patients. His blood had been infected: perhaps in some of those days of madness in the dissection room when, out of himself, manipulated the viscera of the unfortunate. Probably, if he had lived in our time, a good doctor would have diagnosed an episode of precocious Alzheimer’s. The truth is that the Hungarian visionary died without realizing that he had won the battle: his detractors were wrong, he was right and the world of medicine had already begun a path of no return to the cult of cleanliness.

Tesla’s brilliant idea had definitely proved its effectiveness. Alternating current became the method par excellence to illuminate large spaces and today we have light in our homes thanks to it. If Edison had won the war of the currents, instead of enjoying discreet plugs in the walls and underground cables in the cities, today our houses and streets would be a labyrinth of thick copper cables, smoky and hot, suffering from multiple breakdowns, through which the direct current would pass slowly.

Those skeletal remains that Vesalius cleaned with care, those skeletons mounted piece by piece had its own soul. Probably the soul of a murderer, a rapist, a thief caught with his hands in the dough. Most likely it was unfortunate souls, poor, disadvantaged … The bones of the rich went to well-guarded tombs, away from the desire of predators, desperate and scientists of insatiable curiosity as Vesalius.
The bones of the 21st century have another kind of soul in their interior, and perhaps the skeletons composed of biocompatible artificial materials, animated by the soul of biotechnology, thanks to the insatiable spirit of Vesalius from the new tissue regenerators, start multiplying. .

Williamina disappeared as the brilliance of the brightest stars of the night sky disappears, so the first sun of the morning begins to break. But his name has been drawn forever in interstellar space. When the 21st century just opened, the Hubble Space Telescope took the sharpest picture ever taken of the Horsehead nebula, showing the appearance of gray gas and dust manes 1500 light-years away from Earth, everyone returned to remember the name they wanted to erase from the Olympus of the discoverers: Williamina Fleming.

Maria Petrocini On July 31, 1788, Maria Magdalena Petrocini Ferretti registered her license application for surgical practice at the offices of the College of Physicians of Florence. He had to wait 12 days to receive a response.
Maria had become the first female surgeon in her country and had full powers to operate, except for the ominous practice of castrating some children to become coveted white voices for opera.
After obtaining her license, the new surgeon left for Ferrara, where she demonstrated to all the teachers of the Santa Anna hospital her skill with the scalpel.
«We must recognize that his pulse is firm, and that when he operates a corpse shows a high degree of knowledge of the human anatomy,» said some of his colleagues.
During her stay in Ferrara, Maria had time to write her first and only treatise on medicine. He had been especially concerned about the health of the youngest children and, perhaps following the doctrine of his teacher Nannoni, he wanted to revolutionize some of the ideas established on the care of children, in a world in which pediatrics did not yet exist as a discipline.
The children had to receive warm baths, rest quiet in their houses, dress with comfortable dresses, sleep in sufficiently spacious beds. Breastfeeding (a custom that was then unique only to women who could not afford a nurse) was, in Maria’s words, fundamental to the development of the baby. «Every mother should take her child to her breast as soon as she is born and hold him tenderly to establish the first bonds of the mother’s indissoluble code.»
The new surgeon was especially worried about the clothes of the little ones. In their environment it was very common to bandage the babies and move them wrapped in tight bandages like small trembling and weeping mummies.
Maria did not get to know the importance that her work had in the world of pediatrics. The custom of bandaging babies began to decline at the end of the century until it was finally eradicated. But she did not witness his success.

Jocelyn Bell, matter is made up of tiny particles that, in their basic manifestation, we call atoms. These, in turn, consist of a nucleus formed by protons and neutrons around which the electron cohort is inserted.
Within a supermassive star, gravity is such that it compresses matter to extreme limits. As they compress, the atoms lose part of their structure: electrons and protons disappear. A neutron star is one whose matter has lost up to 90 percent of its electrons and protons: it is almost made only of neutrons.
It is a kind of difficult matter to conceive mentally. A single spoonful of coffee full of it would weigh a billion tons. Only the biggest stars have the privilege of ending their lives in this way, since it is the remnant deposited in the cosmos by a supergiant star after exhausting all its nuclear fuel and explode as a supernova.
It was the first time in history that a Nobel Prize in Physics was awarded to an astronomical discovery. That was very important for all of us who dedicate ourselves to this science.
Jocelyn overcame the Nobel prize with the fortitude that her Quaker education had probably given her … Some may think that she did it with a firm conservative conviction that this was her role as a woman. At least, a few months later, he received a small compensation intimately.
Professor Hoyle is talking about you ». And there he was, his admired teacher, the author of the book that had most influenced his career, defending it publicly. Admitting before all the world that Jocelyn Bell Burnell should have been mentioned in the delivery of the Nobel Prize in Physics as the first discoverer of the pulsars.

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