El Fin De La Ciencia — Manuel Lozano Leyva / The End Of Science by Manuel Lozano Leyva (spanish book edition)

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El profesor Lozano nos trae un libro sumamente interesante y ameno. Aborda una gran cantidad de tópicos de manera muy erudita y con una visión amplia, siempre colocando todos los puntos de vista aunque manifiesta el suyo. Es imparcial al describir pero expresa su opinión sobre el asunto.
El libro tiene tres partes, siendo la última la que aborda cuales son los tópicos en los que falta un desarrollo científico. O sea, no hay tal final de la ciencia. En la segunda parte describe las amenazas e a la ciencia: las astrología, las seudociencias y otras. Y en la primera parte habla del entorno en el cual se desarrollan las ciencias, de particular interés el análisis que hace de las universidades, realidad con la cual estoy de acuerdo en su totalidad.
En resumen, excelente libro, pero el título conduce a posibles errores.

Ciencia: «Cualquiera de las actividades intelectuales relacionadas con el mundo físico y sus fenómenos que conllevan observaciones objetivas y experimentación sistemática». Exacto. Se confirma nuestra sospecha: los anglosajones (la Británica empezó siendo escocesa y ahora es norteamericana) son muy cuidadosos con lo que se refiere a la ciencia. Casi todas las palabras diferentes de esta definición a las españolas son clave y fundamentales, pero seguramente la más importante es experimentación. Téngase en cuenta que lo que de verdad singulariza a la ciencia es que si se hace un experimento que lleva a unos resultados y se comunica a los demás cómo se ha hecho, cualquiera, con los mismos medios y el mismo procedimiento, puede repetirlo y obtener exactamente los mismos resultados.
Sobre la tecnología del período helenístico, no sólo la de Arquímedes, quedan muy pocos testimonios, pero los que han llegado hasta nosotros indican que la ingeniería mecánica, la óptica e incluso el estudio de los efectos del vapor alcanzaron cotas bastante altas. Sin embargo, la hegemonía de Roma en los ámbitos sociales, políticos y militares supeditó la ciencia y la tecnología griegas. En el primer caso, prácticamente la ignoró, un síntoma de lo cual es que no hay traducción alguna.
Durante los dos primeros siglos de nuestra era, la ciencia aún tenía un nivel aceptable, por más que hubiera descendido dramáticamente desde el período helenístico. La biblioteca y el museo de Alejandría aún constituían un centro de referencia, pero un fenómeno se iba abriendo paso sutil e irremisiblemente: la combinación del lenguaje científico con creencias irracionales, o sea, la pseudociencia. Tres casos fueron paradigmáticos. La alquimia surgió de la contaminación del conocimiento natural de los compuestos, por ejemplo de la metalurgia, con la magia y la religión. La astrología fue el único río al que fue a parar todo el caudal de conocimiento astronómico, terminando en el único objetivo de elaborar horóscopos para predecir el futuro. La matemática tuvo una regresión hacia la magia pitagórica, con lo que resulta que la incomprensión o el desprecio de la ciencia helenística dieron lugar al retroceso en el tiempo. De Arquímedes y sus coetáneos (III a.C.) se retrocedió a Aristóteles, después a Platón (IV a.C.) y siguiendo hacia atrás, se llegó a Pitágoras (V a.C.) recreándose su obra en toda su brujería y secretismo. La última persona que mantuvo encendida la llama de la ciencia griega, no sólo de la auténtica matemática, fue Hipatía, por lo que su linchamiento bien puede considerarse el triunfo de la irracionalidad sobre la ciencia y la tecnología europeas, cuya máxima expresión la alcanzó en el siglo III a.C., lo cual significa que el declive inexorable duró ocho siglos.

La razón práctica aludida de la observación del cielo era el establecimiento de calendarios, porque saber a ciencia cierta en qué momento del año se encuentra uno, sobre todo si es gobernante o agricultor, favorece la recaudación de impuestos y las tareas agrícolas. Aparte, claro está, de la astrología, es decir, la posibilidad de adivinar el futuro de individuos y empresas, sobre todo si los primeros son reyes y las segundas guerras.
Las estrellas errantes sí que eran interesantes. Los que después se llamaron planetas, que para los antiguos eran cinco por la sencilla razón de que son los únicos que se ven a simple vista, seguían unos caminos análogos pero raros y a destiempo. Tras muchísimas observaciones, parecía que transitaban por una senda común más o menos ancha por la esfera celeste describiendo un extraño bucle, retrocediendo primero y reencontrando su camino después. El tiempo que tardaba cada uno no tenía nada en común. Era lógico que aquello fascinara a las mentes más preclaras o curiosas de todas las civilizaciones en todo momento y lugar.

El ritmo al que crecen la ciencia y la tecnología, así como los inmensos frutos que dan, exige que todos los países organicen su propia comunidad investigadora. El tamaño y la excelencia de ésta suelen ser proporcionales a su grado de desarrollo. Hay tres motivos fundamentales para ello: el cultural, el económico y el político. Veamos someramente los peligros internos a los que está sometida dicha comunidad investigadora, por lo que detallaré algo más las críticas que se han podido detectar cuando he descrito en el capítulo anterior sus características esenciales.
Desde el punto de vista cultural, la ciencia desempeña un papel parecido al de las artes, las humanidades, la instrucción pública, etcétera. Por eso, en primera instancia, los científicos de un país son importantes para que la sociedad en que se insertan se vea influida por la ciencia. Así pues, es necesaria la divulgación científica de calidad hacia los no especialistas, porque, ya lo he apuntado, en una democracia actual es difícil ejercer los derechos ciudadanos sin una información científica mínima. No es sólo porque es el pueblo el que a través de sus representantes ha de financiar a dicha comunidad científica, sino porque los resultados de la investigación van a repercutir directamente en él.
La universidad española sigue teniendo prestigio social y la formación profesional presenta carencias notables, sobre todo porque un puesto escolar de este nivel educativo suele ser mucho más caro que el de muchas facultades universitarias. Una gran parte de los estudiantes de secundaria optan por matricularse en la universidad. Para ello tienen que pasar una prueba llamada de selectividad. Este examen no sirve para seleccionar estudiantes, porque lo aprueban prácticamente todos los que se presentan, sino para que éstos seleccionen la carrera que van a estudiar.
(Clientelismo) Ésta es otra palabra relativamente mal usada cuando se analizan los defectos de la comunidad científica. La práctica de recompensar a los partidarios, discípulos y científicamente allegados la he englobado más bien en la endogamia, por ser aquélla su principal consecuencia. Sin embargo, la raíz de la palabreja nos puede servir para poner de manifiesto otro de los peligros generados internamente por la organización científica y técnica de un país. Se trata de su conversión en cliente de modo muy distinto, pero no tanto, a como se convierte en cliente un estudiante. De quién y cuáles son las consecuencias es lo que trataremos de dilucidar a continuación.
Toda investigación, incluida la teórica y en ella la matemática, exige un equipamiento y una instrumentación.

Nada más tomar posesión de sus cargos, los políticos declaran su amor apasionado por la ciencia ofreciendo solemnes promesas; nada más escucharlas, los científicos opinan con desdén que muy bien, pero lo que hay que hacer es soltar dinero por parte de la administración y dejar que sean ellos los que organicen el asunto, porque es demasiado complejo para dejarlo en manos de políticos. A continuación, indefectiblemente, tanto unos como otros centran sus cuitas y pesares en la empresa privada. ¿Cómo podría llegar al arrebato una relación apasionada sin un tercero? Ya he hablado de la deseable relación entre la investigación y la empresa privada, así que centrémonos sólo en la relación entre la administración y la comunidad investigadora. Es bueno, muy bueno, que surjan estos amores ciegos, pero como el matrimonio está para eso, para devolver la vista, lo aconsejable es que tanto los políticos como los científicos entren en una relación apacible, cariñosa y duradera.
En tiempos de bonanza económica, a los políticos les suele quedar muy lucido aumentar los presupuestos dedicados a la ciencia. Nada hay que objetar, obviamente. El problema surge en cuanto aparecen síntomas, los más ligeros síntomas, de crisis económica, porque casi lo primero que se recortan son esos presupuestos. En otras palabras, se sigue considerando la investigación como un lujo. Sin embargo, una reflexión algo más profunda puede mostrar que es justo lo contrario lo que debería hacerse.
En tiempos de crisis, una vez que los políticos hayan asegurado que nadie, absolutamente nadie pase necesidad básica y las prestaciones sociales se mantengan incólumes por mucho que se racionalicen sus costes, tendrían que acercarse a la universidad y a los organismos públicos de investigación, en nuestro caso el CSIC, y preguntar. Los mejores grupos de investigación les darían ideas que quizá les asombrarían. En primer lugar, potenciando las grandes instalaciones científicas con que ya cuente el país. Después surgirían propuestas de otras nuevas que el poder político analizaría y filtraría con realismo. Estos proyectos darían trabajo a infinidad de trabajadores de todas las ramas y sentarían las bases del futuro.
Hay otro vicio en la comunidad científica que habría que desterrar. Ya he apuntado que no se ha dado ningún caso de corrupción económica en la ciencia nacional o extranjera. Es muy grato escribir lo anterior, sobre todo en una época tan aciaga como las que nos ha tocado vivir en muchos países europeos y, en particular, en España. Pero que los científicos sean honrados casi por naturaleza no significa que gasten bien el dinero público. Ya he dicho que existe el consumismo en la ciencia, pero eso es relativamente inocente y fácil de controlar. También tiene su lógica que todo científico no sólo reclame permanentemente más dinero, sino que considere sin duda alguna ni derecho a réplica que su línea de investigación es la más importante y merecedora de atención, esto es, de financiación, que ninguna otra. Sigue siendo una actitud inocua que provoca más ternura que inquietud, aunque a veces se llegue a la exasperación. Los problemas surgen cuando la financiación se relaciona con la mediocridad y la irrelevancia, porque entonces es cuando se llega al auténtico derroche. Quizá sea duro lo que sigue a continuación, pero así ocurre. España, sin ir más lejos, es uno de los países desarrollados con menor porcentaje del PIB destinado a la investigación. Si éste aumentara considerablemente en poco tiempo, la mayor parte del aumento se derrocharía. La comunidad científica sería incapaz de absorber y gastar razonablemente ese aumento. Dicho de otro modo, hay grupos de investigación que han desarrollado una habilidad magistral en la captación de recursos públicos por cumplir al mínimo, y más formalmente que otra cosa, los requisitos exigibles por las convocatorias públicas. Cuanto más dinero se ponga en juego, más captarán, pero sin aumentar un ápice su rendimiento científico, de manera que a partir de un determinado umbral comenzaría el derroche.
El carácter pseudocientífico denostado por parte de la comunidad universitaria lo convierten inmediatamente en discutible, y por lo tanto la libertad de cátedra ampara su enseñanza. Si el gobierno además incentiva la captación de fondos de instituciones y empresas privadas, como debe ser, pues miel sobre hojuelas. La guinda la puede poner la administración de justicia. Un juzgado de instrucción de Albacete impuso una multa de 204 euros a un catedrático de la Universidad de Castilla La Mancha por llamar «vulgares estafadores» a los organizadores de un seminario de espiritismo que acogió su campus en 2009. La reunión de médiums y parapsicólogos se llamaba «Vida después de la vida» y el catedrático, citémoslo como reconocimiento y honra, don Fernando Cuartero.
Así se concibe la idea de que la universidad ha de ser el reflejo de la sociedad y no justamente lo contrario, que una universidad excelente es la que debe imprimir tal dinamismo cultural y científico a la sociedad que la financia que sea ésta la que llegue a estar influida positivamente por aquélla.
Al final, en lo que queda todo es en una degradación de la institución, un quebrantamiento de la verdadera ciencia y un empobrecimiento de la sociedad, llevándola por el camino de la superstición y la ignorancia.

La ciencia no es de derechas ni de izquierdas, aunque los científicos y la investigación sí que se pueden calificar como tales en infinidad de casos. Pongamos algunos ejemplos con ánimo distendido. La eugenesia, o intento de mejorar la raza humana aplicando la genética, obviamente es de ultraderecha; la epidemiología tropical es de izquierdas. Los precientíficos alquimistas, que buscaban transmutar metales innobles en oro y el elixir de la larga vida para enriquecerse y vivir eternamente ellos o quienes les pagaran bien, eran de derechas; Lavoisier, que acabó con ellos creando la química, era de izquierdas, y eso que lo guillotinaron unos revolucionarios. A veces la cosa se complica. Los coautores de la teoría de la evolución fueron un aristócrata, Darwin, y un maestro de escuela, Wallace. El primero se metió con Dios a cuenta del antepasado homínido del hombre; el segundo estaba a favor del sufragio femenino, pero era muy religioso. ¿Quién era el de izquierdas y el de derechas? Einstein era un pacifista de izquierdas que abogó por la construcción de la bomba atómica. Heisenberg fue un derechista que, según sostuvo él una vez terminada la guerra y perdida por los alemanes, impidió que la tuviera Hitler…
El negacionismo científico se manifiesta hoy día de múltiples formas que incluyen desde simples actitudes propiciadas por la incultura hasta campañas producto de complejas operaciones jurídico-empresariales. Dos ejemplos de estos extremos pueden ser la negación por una persona de algún diagnóstico médico hasta la negación de los efectos nocivos del tabaco en campañas truculentas que pueden tener como medio desde ciertas revistas médicas hasta la publicidad más o menos encubierta. Piénsese que en este último ejemplo no todos los países están igual de protegidos legalmente contra ellas, y que en infinidad de zonas del planeta depauperadas o bajo regímenes dictatoriales las empresas multinacionales tabaqueras encuentran pocas dificultades para explayarse sin escrúpulos.
Pero todo esto, en rigor, no entraña un peligro para la ciencia. El problema de verdad surge cuando el negacionismo científico adquiere tintes amenazadores no sólo para la ciencia, sino para la humanidad en general, entre otras cosas porque se asocia a una de las grandes opciones ideológicas que detentan el poder político, el conservadurismo.
Los protagonistas de las consecuencias sociales de la ciencia y la tecnología son dos: los políticos y los científicos. De la valía y competencia de unos y otros depende todo.
La diferencia esencial es que el método de selección de los componentes de ambos grupos es absolutamente dispar y las decisiones, como es lógico y democrático, han de tomarlas sólo los políticos. Éstos deben ser conscientes en todo momento de que ellos están en puestos de poder político por las razones que saben mejor que nadie: cooptación de la dirección del partido, resultado de acuerdos varios entre colegas, incluso en algunos sistemas y cargos, pueden haber sido elegidos democráticamente por las bases de su partido o directamente por el pueblo con conocimiento a fondo. Esto sólo suele ser el caso de los alcaldes de pueblos pequeños y medianos.
Los científicos, por su parte, son (o deben haber sido) resultado de una larguísima carrera cuajada de elementos de control y selección como he explicado en su momento. Además, suelen estar agrupados en instituciones públicas como universidades, organismos públicos de investigación, etcétera. Es tarea esencial de los políticos asesorarse de estas instituciones y es tarea esencial de los científicos explicarse de manera inteligible.

Una vez que se han pergeñado las amenazas a que está sometida la ciencia que puedan llevarla a su fin, tratemos de definir los fines, esto es, los objetivos fundamentales que ha de cumplir. El primero, y consecuencia ineludible de lo anterior, es defenderse de los peligros que la acechan. Para ello, la ciencia no tiene mejor aliada que la sociedad civil, es decir, el pueblo llano y soberano. Así pues, la tesis fundamental que se va a defender es que la ciencia es tan esencial para el devenir humano que la prosperidad de éste va a ir en paralelo al progreso de aquélla. Dicho de otro modo, la evolución de la ciencia se ha ido haciendo inherente a la evolución de la sociedad, y esa convergencia es la que hay que estrechar cada vez más. Tanto, que vamos a usar el término coevolución, el cual es un concepto biológico referido a la adaptación evolutiva de distintas especies, normalmente en beneficio de ambas.
La ciencia y la tecnología suponen hoy día una fuerza productiva tan esencial que, como he dicho, los países la afrontan con unos presupuestos que se miden en porcentaje del producto interior bruto. Se llevan a cabo también proyectos tan costosos que han de ser internacionales e incluso, como en el caso de la fusión nuclear, mundiales. Es lógico, por tanto, que se establezcan planes y programas detallados de las líneas prioritarias que se han de desarrollar. Nada hay que objetar a una planificación estratégica, por más que en algunos casos se trate de desarrollar las velas y la «luz de gas» de los que hablaremos pronto. Lo que no pueden olvidar los gobernantes, como he tratado de demostrar en los apartados anteriores, es que la investigación orientada jamás ha podido competir en eficacia en cuanto a creación de riqueza con aquella cuyo motor ha sido exclusivamente la curiosidad. Jamás. Pero tampoco han de olvidar los científicos «puros» que la investigación planificada a la escala que se desarrolla hoy la ciencia y la tecnología ha de estar dirigida políticamente.

Uno puede sentirse a veces confundido cuando escucha, lee o ve en los medios de comunicación las posibles consecuencias del cambio climático. La sorpresa puede venir por dos vías. La primera es que aunque esas consecuencias se suelen presentar como catastróficas siempre, lo lógico es considerar que la gravedad de las mismas dependerá mucho de dónde viva a quien le afecte.
Los planes de expansión de fuentes renovables de energía también tienen que conllevar estudios sobre el devenir del clima, porque, por ejemplo, el aumento de fenómenos meteorológicos extremos, como huracanes, tifones, inundaciones, pluviosidad, etcétera, puede inutilizar fácilmente esos mecanismos energéticos en determinadas zonas.
Los medios de transporte tendrán que estar basados en un cambio de logística, porque los combustibles fósiles y, en general, las mercancías y los bienes de equipo no podrán tener el flujo tan intenso que tienen ahora ni seguramente será necesario; en cambio, los productos agrícolas y el agua potable y de riego exigirán mayor movilidad.
Por mucho que el cambio climático esté sometido a incertidumbres, la incidencia que puede tener en el devenir de la humanidad es tan decisiva que la ciencia tiene que hacer un esfuerzo portentoso en su dilucidación para que los políticos no puedan hacer caso omiso a sus conclusiones como en buena medida todavía hacen.
Respecto al agua dulce hay que hacer una consideración final fundamental. El uso que le da la humanidad al 70 por ciento del agua que aprovecha es para la agricultura. Esto, en un mundo tan intercomunicado como el actual, y más que lo estará en el futuro, supone una gran ventaja, porque el trasiego de alimentos puede concebirse como transporte de agua potable. El asunto no es baladí, porque puede conllevar una optimización del consumo de agua.

Que nadie tema a la genética, porque sus logros en un ambiente culto y democrático sólo nos ofrecerán alegrías. Si aun así persiste el temor, lo que hay que hacer no es impedir el progreso que significa la ciencia, sino sostener firme y ardientemente la cultura y la democracia.
Todo el temor que se fomente acerca del uso de las tecnologías para aumentar el bienestar social sólo de unos pocos, su inutilidad para la mayoría y su peligro potencial para todos, puede dar escasos frutos, porque ese miedo y esa prevención son inútiles. Toda la tecnología viable se desarrollará porque es inherente a la evolución de la humanidad. Desde las hachas neolíticas y el fuego hasta el radar y las vacunas, la ciencia y los avances tecnológicos se han podido utilizar para el progreso y el bienestar tanto como para la injusticia y la guerra. Lo que hay que intentar por todos los medios es evitar estas últimas, no tratar de poner freno a la ciencia y a la tecnología.
Otra división un poco más sutil de las posibles tecnologías emergentes es en graduales o radicales.
Además, puestos a soñar en lo que nos deparará el futuro en cuanto al avance de la ciencia y la tecnología, quizá sea mejor acudir a los escritores antes que a los científicos, aunque bien pensado, puede que estos últimos sean los mayores soñadores que dan las sociedades. Es responsabilidad de todas las personas estar atentas a los avances científicos, entendiéndolos y mostrando un espítitu crítico hacia ellos, por mucho cariño con que lo envuelvan. Los frutos de la ciencia y la tecnología se desenvolverán en una sociedad culta, justa y democrática como peces multicolores en bellos arrecifes coralinos. No hay más que vigilar y cuidarse de los tiburones, porque si los peligros que acechan a la ciencia no la llevan a su fin, jamás alcanzará sus fines porque son infinitos.

Professor Lozano brings us an extremely interesting and enjoyable book. He tackles a large number of topics in a very scholarly manner and with a broad vision, always placing all points of view although he manifests his own. He is impartial in describing but expresses his opinion on the matter.
The book has three parts, with the last one addressing the topics in which scientific development is lacking. That is, there is no such end of science. In the second part he describes the threats to science: astrology, pseudoscience and others. And in the first part he talks about the environment in which the sciences are developed, of particular interest the analysis he makes of the universities, reality with which I agree in its entirety.
In summary, excellent book, but the title leads to possible errors.

Science: «Any of the intellectual activities related to the physical world and its phenomena that involve objective observations and systematic experimentation». Exact. Our suspicion is confirmed: the Anglo-Saxons (the British began being Scottish and now is American) are very careful with regard to science. Almost all the different words of this definition to the Spanish are key and fundamental, but surely the most important is experimentation. Keep in mind that what really distinguishes science is that if an experiment is conducted that leads to results and communicates to others how it has been done, anyone, with the same means and the same procedure, can repeat it and obtain exactly the same results.
On the technology of the Hellenistic period, not only that of Archimedes, there are very few testimonies, but those that have reached us indicate that mechanical engineering, optics and even the study of the effects of steam reached quite high levels. However, the hegemony of Rome in the social, political and military areas made Greek science and technology subject. In the first case, he practically ignored it, a symptom of which is that there is no translation.
During the first two centuries of our era, science still had an acceptable level, although it would have fallen dramatically since the Hellenistic period. The library and the museum of Alexandria still constituted a center of reference, but a phenomenon was subtly and irremediably breaking through: the combination of scientific language with irrational beliefs, that is, pseudoscience. Three cases were paradigmatic. Alchemy arose from the contamination of natural knowledge of the compounds, for example metallurgy, magic and religion. Astrology was the only river to which the entire flow of astronomical knowledge ended up, ending in the sole objective of making horoscopes to predict the future. The mathematics had a regression towards the Pythagorean magic, with what it turns out that the incomprehension or contempt of the Hellenistic science gave rise to the backward movement in the time. Archimedes and his contemporaries (III a.C.) retreated to Aristotle, then to Plato (IV a.C.) and going back, came to Pythagoras (V a.C.) recreating his work in all its witchcraft and secrecy. The last person who kept the flame of Greek science burning, not only of authentic mathematics, was Hypatia, so his lynching can be considered the triumph of irrationality over European science and technology, whose maximum expression reached it in the third century BC, which means that the inexorable decline lasted eight centuries.

The practical reason alluded to the observation of the sky was the establishment of calendars, because to know for sure at what time of the year one is, especially if he is a governor or farmer, favors the collection of taxes and agricultural tasks. Apart, of course, from astrology, that is, the possibility of guessing the future of individuals and companies, especially if the former are kings and the second wars.
The wandering stars were interesting. Those who later called themselves planets, which for the ancients were five for the simple reason that they are the only ones seen with the naked eye, followed similar but rare and untimely paths. After many observations, it seemed that they were traveling along a common path more or less wide across the celestial sphere describing a strange loop, retreating first and rediscovering their path later. The time it took each had nothing in common. It was logical that it would fascinate the most preclear or curious minds of all civilizations at all times and places.

The pace at which science and technology grow, as well as the immense fruits they produce, requires that all countries organize their own research community. The size and excellence of this are usually proportional to their level of development. There are three fundamental reasons for this: the cultural, the economic and the political. Let’s look briefly at the internal dangers to which this research community is subject, so I will detail a bit more the criticisms that have been detected when I described in the previous chapter its essential characteristics.
From a cultural point of view, science plays a role similar to that of the arts, the humanities, public instruction, and so on. Therefore, in the first instance, the scientists of a country are important so that the society in which they are inserted is influenced by science. Therefore, it is necessary to disseminate scientific quality to non-specialists, because, as I have already pointed out, in a current democracy it is difficult to exercise citizens’ rights without minimal scientific information. It is not only because it is the people who, through their representatives, have to finance this scientific community, but because the results of the research will have a direct impact on it.
The Spanish university continues to have social prestige and vocational training shows notable shortcomings, especially since a school post at this level of education is usually much more expensive than many university faculties. A large part of high school students choose to enroll in college. For this they have to pass a test called selectivity. This test does not serve to select students, because it is approved by practically all those who present themselves, but for them to select the career they are going to study.
(Clientelism) This is another word relatively misused when analyzing the shortcomings of the scientific community. The practice of rewarding supporters, disciples and scientifically close associates has included rather inbreeding, as this is its main consequence. However, the root of the word can help us to highlight another of the dangers generated internally by the scientific and technical organization of a country. It is about becoming a client in a very different way, but not so much, as a student becomes a client. Who and what are the consequences is what we will try to elucidate below.
All research, including theoretical and mathematics, requires equipment and instrumentation.

As soon as they take office, politicians declare their passionate love for science by offering solemn promises; Just listen to them, the scientists say with disdain that very well, but what you have to do is loose money from the administration and let them be the ones to organize the matter, because it is too complex to leave it in the hands of politicians. Then, unfailingly, both focus their troubles and regrets in private enterprise. How could a passionate relationship without a third party reach a rapture? I have already discussed the desirable relationship between research and private enterprise, so let’s focus only on the relationship between the administration and the research community. It is good, very good, that these blind loves arise, but since marriage is for that, to restore sight, it is advisable that both politicians and scientists enter into a peaceful, affectionate and lasting relationship.
In times of economic bonanza, politicians usually find it very lucid to increase budgets dedicated to science. Nothing to object, obviously. The problem arises when symptoms appear, the slightest symptoms, economic crisis, because almost the first thing that are cut are those budgets. In other words, research is still considered a luxury. However, a somewhat deeper reflection may show that it is just the opposite that should be done.
In times of crisis, once politicians have ensured that no one, absolutely no one passes basic need and social benefits remain untouched no matter how much their costs are rationalized, they would have to approach the university and public research organizations, in our case the CSIC, and ask. The best research groups would give them ideas that might astonish them. First, by strengthening the large scientific facilities that already have the country. Then there would be proposals for new ones that political power would analyze and filter with realism. These projects would give work to countless workers from all branches and lay the foundations of the future.
There is another vice in the scientific community that should be banished. I have already pointed out that there has been no case of economic corruption in national or foreign science. It is very pleasant to write the above, especially in a time as unfortunate as those that we have had to live in many European countries and, in particular, in Spain. But that scientists are honored almost by nature does not mean that they spend public money well. I have already said that there is consumerism in science, but that is relatively innocent and easy to control. It also has its logic that every scientist not only permanently claims more money, but that he / she considers without doubt or right to reply that his line of research is the most important and deserving of attention, that is, of financing, than any other. It is still an innocuous attitude that provokes more tenderness than restlessness, although sometimes it reaches exasperation. Problems arise when funding is related to mediocrity and irrelevance, because that is when the real waste is reached. What follows next may be hard, but it does. Spain, without going any further, is one of the developed countries with the lowest percentage of GDP destined for research. If it increases considerably in a short time, most of the increase will be wasted. The scientific community would be unable to absorb and spend that increase reasonably. In other words, there are research groups that have developed a masterful skill in attracting public resources for meeting the minimum requirements, and more formally than anything else, for the requirements demanded by public calls. The more money is put into play, the more they will capture, but without increasing one iota its scientific performance, so that from a certain threshold, waste would begin.
The pseudoscientific character reviled by the university community makes it immediately debatable, and therefore the freedom of chair protects its teaching. If the government also encourages the raising of funds from private institutions and companies, as it should be, honey on chips. The icing on the cake can be the administration of justice. A court of instruction of Albacete imposed a fine of 204 euros to a professor at the University of Castilla La Mancha for calling «vulgar swindlers» the organizers of a spiritualism seminar that hosted its campus in 2009. The meeting of mediums and parapsychologists called «Life after life» and the professor, let’s quote him as recognition and honor, Mr. Fernando Cuartero.
This is how the idea is conceived that the university must be the reflection of society and not just the opposite, that an excellent university is the one that should print such cultural and scientific dynamism to the society that finances it, whatever it may be. to be positively influenced by that one.
In the end, what remains is a degradation of the institution, a breakdown of true science and an impoverishment of society, leading it down the path of superstition and ignorance.

Science is not right or left, although scientists and research can be described as such in countless cases. Let’s give some examples with a relaxed spirit. Eugenics, or attempt to improve the human race by applying genetics, is obviously right-wing; Tropical epidemiology is left-wing. The alchemist pre-scientists, who sought to transmute ignoble metals into gold and the elixir of long life to enrich themselves and to live eternally for them or for those who paid them well, were on the right; Lavoisier, who killed them by creating chemistry, was leftist, and that was what some revolutionaries guillotined. Sometimes things get complicated. The coauthors of the theory of evolution were an aristocrat, Darwin, and a school teacher, Wallace. The first one got involved with God on account of the hominid ancestor of man; the second was in favor of women’s suffrage, but it was very religious. Who was the left and the right? Einstein was a leftist pacifist who advocated the construction of the atomic bomb. Heisenberg was a rightist who, according to him once the war ended and lost by the Germans, prevented Hitler from having it …
Scientific denialism nowadays manifests itself in multiple forms that range from simple attitudes fostered by the lack of culture to campaigns produced by complex legal-business operations. Two examples of these extremes can be the denial by a person of some medical diagnosis to the denial of the harmful effects of tobacco in tricky campaigns that can have as medium from certain medical journals to more or less covert advertising. Consider that in this last example, not all countries are equally legally protected against them, and that in countless areas of the planet depauperate or under dictatorial regimes tobacco multinational companies find few difficulties to expand without scruples.
But all this, strictly speaking, does not entail a danger to science. The problem really arises when scientific denial acquires threatening dyes not only for science, but for humanity in general, among other things because it is associated with one of the great ideological options that hold political power, conservatism.
The protagonists of the social consequences of science and technology are two: politicians and scientists. Everything depends on the worth and competence of one and the other.
The essential difference is that the method of selecting the components of both groups is completely different and the decisions, as is logical and democratic, must be made only by politicians. They must be aware at all times that they are in positions of political power for the reasons they know better than anyone: co-optation of the party leadership, the result of various agreements between colleagues, even in some systems and positions, may have been chosen democratically by the bases of his party or directly by the people with thorough knowledge. This is usually only the case of the mayors of small and medium-sized towns.
Scientists, on the other hand, are (or should have been) the result of a very long race of elements of control and selection, as I explained at the time. In addition, they are usually grouped in public institutions such as universities, public research organizations, and so on. It is an essential task for politicians to take advice from these institutions and it is an essential task for scientists to explain themselves intelligibly.

Once the threats to which the science is submitted that can bring it to an end have been designed, let’s try to define the ends, that is, the fundamental objectives that must be met. The first, and inescapable consequence of the above, is to defend against the dangers that lie in wait for it. For this, science has no better ally than civil society, that is, the common and sovereign people. Thus, the fundamental thesis that is going to be defended is that science is so essential for the human future that its prosperity will go parallel to the progress of the former. In other words, the evolution of science has become inherent in the evolution of society, and that convergence is the one that has to be narrowed more and more. So much so, that we are going to use the term coevolution, which is a biological concept referring to the evolutionary adaptation of different species, usually for the benefit of both.
Today, science and technology represent such an essential productive force that, as I have said, countries confront it with budgets that are measured as a percentage of gross domestic product. Projects are also carried out that are so expensive that they have to be international and even, as in the case of nuclear fusion, worldwide. It is logical, therefore, that detailed plans and programs of the priority lines to be developed be established. There is nothing to object to strategic planning, even if in some cases it is a matter of developing the candles and the «gas light» that we will talk about soon. What the rulers can not forget, as I have tried to show in the previous sections, is that oriented research has never been able to compete effectively in terms of creating wealth with that whose engine has been exclusively curiosity. Never. But the «pure» scientists must not forget that the planned research on the scale that science and technology develops today must be politically directed.

One can sometimes feel confused when listening, reading or seeing in the media the possible consequences of climate change. The surprise can come in two ways. The first is that although these consequences are usually presented as catastrophic, the logical thing to do is to consider that the seriousness of the same will depend a lot on where the person who lives affects them.
Plans for the expansion of renewable sources of energy also have to involve studies on the future of climate, because, for example, the increase in extreme weather events, such as hurricanes, typhoons, floods, rainfall, etc., can easily disable these energy mechanisms. certain areas.
The means of transport will have to be based on a change in logistics, because fossil fuels and, in general, merchandise and capital goods will not be able to have the intense flow they now have, nor will it be necessary; On the other hand, agricultural products and drinking and irrigation water will require greater mobility.
As much as climate change is subject to uncertainties, the impact it can have on the future of humanity is so decisive that science has to make a prodigious effort in its elucidation so that politicians can not ignore their conclusions as To a large extent they still do.
Regarding fresh water, a fundamental final consideration must be made. The use that humanity gives to 70 percent of the water it uses is for agriculture. This, in a world as intercommunicated as today, and more so in the future, is a great advantage, because the transfer of food can be conceived as a transport of drinking water. The matter is not trivial, because it can lead to an optimization of water consumption.

That nobody fears the genetics, because their achievements in a cultured and democratic environment will only offer us joys. If fear persists, what must be done is not to impede the progress that science means, but to firmly and ardently sustain culture and democracy.
All the fear that is fostered about the use of technologies to increase the social welfare of only a few, its uselessness for the majority and its potential danger for all, can bear little fruit, because that fear and prevention are useless. All viable technology will be developed because it is inherent in the evolution of humanity. From neolithic axes and fire to radar and vaccines, science and technological advances have been used for progress and well-being as well as for injustice and war. What you have to try by all means is to avoid the latter, not try to curb science and technology.
Another slightly more subtle division of possible emerging technologies is in gradual or radical ones.
In addition, to dream of what the future will bring us in terms of advancing science and technology, it may be better to go to writers before scientists, although well thought, these latter may be the greatest dreamers who give the societies. It is the responsibility of all people to be attentive to scientific advances, understanding them and showing a critical spirit towards them, no matter how much love they involve it. The fruits of science and technology will unfold in a cultured, just and democratic society like multi-colored fish in beautiful coral reefs. There is nothing more to watch and take care of sharks, because if the dangers that threaten science do not bring it to an end, it will never reach its ends because they are infinite.

2 pensamientos en “El Fin De La Ciencia — Manuel Lozano Leyva / The End Of Science by Manuel Lozano Leyva (spanish book edition)

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