Yemen. La Clave Olvidada Del Mundo Árabe (1911-2011) — Francisco Veiga & Zahonero & Terán / Yemen. The Forgotten Key of the Arab World (1911-2011) by Francisco Veiga & Zahonero & Terán (spanish book edition)

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Yemen se desangra en una cruenta guerra civil. Pocos saben de su existencia y muchos menos conocen las razones que la han provocado. Los medios de comunicación callan y la poca información que nos llega resulta generalmente insatisfactoria. ¿Qué pasa en ese remoto y olvidado país árabe que antaño se bañaba en café y hoy se consume en qat?
Para resolver satisfactoriamente esta cuestión contamos con un magnífico libro que repasa la historia yemení desde los lejanos tiempos de dominación otomana hasta las recientes protestas de la Primavera Árabe. Con una escrupulosa imparcialidad (un aplauso por ello) y de forma amena, Veiga, Zahonero y Terán analizan la construcción de un territorio extremadamente complejo y su encaje en un Oriente Medio cambiante y, muchas veces, hostil.
Recomendado para todo aquel que quiera adquirir un conocimiento general de la historia de Yemen y comprender las razones de su virulento presente (y probable futuro).

Yemen es una sociedad tribal, en la que una parte notable de su población hasta hace bien poco practicaba el nomadismo; sin embargo, también tiene una agricultura rica y variada, que ha hecho posible que sus ciudades se encuentren entre los asentamientos humanos habitados más antiguos de la historia.
Este carácter tribal, es quizás el rasgo fundamental de la historia y de la cultura política yemení, ya que a diferencia de otros países del área nunca ha contado con un poder central suficientemente fuerte para poder controlar de forma efectiva a las tribus y a sus jeques. Esto sucedió en el pasado, tanto en el norte, donde los turcos primero y los imanes después sólo pudieron imponer un control muy precario sobre las tribus, como en el sur, que era, dejando aparte la colonia de Adén, un mero protectorado sobre unidades tribales.
Hoy en día, el hecho tribal impregna todos los ámbitos de la sociedad yemení y muy en especial el político, haciendo muy difícil a veces la gobernabilidad del país.

La expedición otomana sobre Arabia fue desde el principio una operación puramente estratégica, destinada a anular a los decadentes mamelucos que recibían apoyo de los principales enemigos de los turcos en aquellos tiempos: los persas safávidas. Y en un primer momento, la dominación otomana ni siquiera se extendió hasta Yemen.
Curiosamente, allí había llegado la flota mameluca sólo dos años antes, en 1515, comandada por Husayn al-Kurdi. El motivo que había movido a los mamelucos hasta aquellas costas había sido, asimismo, estratégico.
Los mamelucos habían puesto las bases para convertir Yemen en una base para las operaciones en el océano Índico contra los portugueses. Sin embargo, en 1517 su propio estado colapsó. El Hiyaz se proclamó parte del Imperio otomano, pero en Yemen la situación continuó, de facto, tal como estaba: con las fuerzas mamelucas establecidas en la franja meridional del país, y los imanes zaydíes controlando el centro del país, después de recuperar la ciudad de Saná.
El escenario se presentaba bien curioso. Los mamelucos de Yemen decidieron reunir sus fuerzas y buscar refugio en Zabid. Trataron de instaurar un reino propio: un nuevo jefe, titulado Emir Iskandar, aceptó el sometimiento nominal al Imperio otomano y se convirtió en el primer gobernador de Yemen que dependía de las autoridades otomanas.
Así que Estambul no mostró demasiado interés por Yemen, al menos inicialmente.
Yemen era uno de los centros de cultura y civilización árabes anterior a la llegada del islam. La mejor expresión era la célebre leyenda de la reina de Saba, culta y rica que regala más de cuatro toneladas de oro al rey Salomón en su visita al reino de Israel. De la pujanza del Yemen hablaba Tolomeo refiriéndose a su prosperidad con ese nombre de Eudaimon Arabia, que los latinos traducirían como Arabia Felix. Durante decenios, la imagen de Yemen se asociaría a la de una especie de reino de Jauja del cual procedían las caravanas cargadas de incienso, mirra, especies y láudano; o de oro, marfil y seda.

La presencia otomana en Yemen pareció languidecer en paralelo a la lucha por el Índico. A lo largo de los años cuarenta del siglo XVI, los turcos no lograron dominar completamente el país. Los zaydíes mantenían el control de las montañas del norte, liderados por sus imanes. Los zaydíes, mayormente radicados en Yemen, son una escuela de pensamiento chii, compuesta seguidores de Zayd ibn Alí (695-740), nieto del mártir Husein ibn Alí, hijo de Alí, sobrino y yerno del profeta y primer imán chii. Esta escuela fue introducida en Yemen por Yahya ibn Husayn al-Hadi ila al-Haq cuando fue llamado por líderes tribales de Saada y Nayrán para que mediara en una de sus disputas intertribales. En 893 fundó el primer estado zaydí, inaugurando de esta manera un sistema que duraría más de mil años y que privilegiaba a una nueva clase social: los sada, descendientes del profeta.
Los otomanos pronto aprendieron lo difícil que resultaba gobernar todo Yemen para cualquier potencia extranjera. La orografía era complicada, el país bastante extenso (en la actualidad, casi 528.000 kilómetros cuadrados, mayor que España, con algo más de 504.000) y la autoridad política extraordinariamente segmentada en tribus muy antiguas, reinos y dinastías. Por ello, a finales del siglo XVI, los otomanos no pretendían controlar de forma directa la totalidad del país yemení, sino más bien lo que más les interesaba: los puertos, por su valor estratégico y comercial; y la producción cafetera, que estaba cobrando una gran importancia. Además, había que contar con la recaudación de impuestos para sostener a la administración otomana local —especialmente los pachás, casi siempre deseosos de hacer fortuna— y a las tropas.
Para mayor complicación, Yemen seguía dependiendo, en parte, de Egipto. La expulsión de los otomanos reactivó la centralidad estratégica de Yemen en su vertiente más tradicional: la comercial. En un estudio específico sobre el tráfico de café entre Yemen y Estambul, Jane Hathaway se asombra de la vitalidad que conservó aún después de la expulsión de los otomanos. De hecho, las grandes fortunas, especialmente en Egipto, se hicieron precisamente a partir de ese acontecimiento. Y a lo largo del siglo XVII, el flujo de café hacia el corazón del Imperio otomano no cesó de crecer, alcanzando máximos y enriqueciendo a los imanes yemeníes, que percibían una cuarta parte del total de las ventas al por menor. Ellos controlaban la producción del grano en las tierras altas meridionales de Yemen, pero los comerciantes egipcios eran los responsables de las redes de transporte en el mar Rojo, operadas por navíos indios. Por cierto, éstos solían ser oficiales jenízaros, que inicialmente se ocupaban de custodiar a los peregrinos que transitaban en dirección a La Meca, pero que en su faceta de comerciantes cafeteros, se ocupaban también de conseguir las oportunas rebajas en las aduanas del imperio.
A la par que el café yemení perdía competitividad, las parcelas se dedicaban al cultivo de otra planta estimulante: el qat, cuyas hojas contienen catinona, molécula que tiene la misma configuración absoluta que la anfetamina, aunque mucho menos tóxica que ésta. Esta planta, que crece sobre todo entre los 1.000 y los 2.400 metros de altura, era de origen etíope, pero se adaptaba muy bien a la orografía yemení y con el tiempo se transformó en la droga nacional, masticada diariamente por la gran mayoría de la población adulta, sobre todo la masculina.
Para los yemeníes, los orígenes del consumo de qat, igual que el café, se asociaban a las mismas prácticas místico-religiosas, y no falta quien atribuye el descubrimiento de las propiedades estimulantes de esas plantas a la misma persona: un sufí llamado Alí ibn Umar al-Shadhili, que residía cerca de Muja en el siglo XIV.
En todo caso, parece bastante lógico considerar que el qat ocupó las parcelas cultivables que dejaba libre la demanda decreciente del café, con lo cual ayudó a mantener fijada en la tierra a una importante masa de campesinos, sustituyendo la demanda exterior del café por la interior de la catinona. Y eso también contribuía a que los imánes apoyados por las tribus zaydíes conservaran un papel hegemónico sobre las tribus suníes dedicadas a la agricultura.

Yemen tuvo su propia gran guerra interior, que no coincidió con la Primera Guerra Mundial, ni en el tiempo, ni en los alineamientos. De hecho, Yemen pasó por las dos guerras mundiales, centrales en el siglo XX, como un lejano Shangri-La, ajeno y distante. Sin embargo, si bien Yemen se mantenía al margen, el mundo ya no estaba al margen del remoto país árabe. Y si bien el imán seguía viviendo y actuando más o menos como siempre, y tras la derrota y retirada otomanas, el país parecía regresar al siglo XVIII, de hecho, esta vez la definición del nuevo estado no vendría de dentro, sino del exterior.
Los saudíes avanzaron rápidamente hacia el sur y tomaron el vital puerto yemení de Hodeida con fuerzas bien armadas que incluían algunos vehículos blindados e incluso carros de combate. Sin embargo, su progresión hacia el interior se vio dificultada por las montañas, donde toda la experiencia que les faltaba a los saudíes la poseían los yemeníes. La guerra amenazaba con quedar en tablas y rápidamente se iniciaron conversaciones que concluyeron en junio, con el intercambio del puerto de Hodeida por la provincia de Nayran.
Al final este conflicto trajo algunos beneficios para Yemen, por cuanto la firma de algunos tratados ratificó la entidad internacional del nuevo Estado. Hubo uno curioso: el acuerdo de 1926 con Italia, cuyas ambiciones en África Oriental la proyectaban hacia el mar Rojo y las costas arábigas. Ese mismo año, Yahya Muhamad Hamid al-Din se proclamó monarca del reino mutawakilí de Yemen, consiguiendo el reconocimiento internacional para el nuevo Estado, fecha de gran relevancia.
Pero, sobre todo, tuvo su trascendencia el doble juego de tratados firmados en 1934. Por un lado, en el Tratado de Saná (febrero de 1934), se dibujó una frontera en firme con los ingleses establecidos en Adén, con los cuales habían tenido lugar una serie de fricciones. Más tarde, por el Tratado de Taif, en mayo de ese mismo año, se puso rápido fin a la guerra saudí-yemení y se estableció una frontera negociada entre ambos contendientes.
Al mismo tiempo que se desvirtuaban los tradicionales mecanismos de control, el nuevo estado se edificaba a partir de una mezcla de elementos institucionales heterogéneos y muy basados en el patrimonialismo. Es cierto que el imán Yahya introdujo los primeros ministerios, pero de ellos se hacían cargo varios de sus hijos o hermanos. Como asesor para cuestiones internacionales y permanente ministro de Asuntos Exteriores sui generis, el imán contaba con un viejo y bilioso diplomático otomano que había permanecido en Yemen: Ragip Bey.
No era la única herencia del antiguo imperio que el imán Yahya había aprovechado: las leyes otomanas también fueron mantenidas, al menos en parte, porque resultaban más prácticas para administrar un estado mínimamente moderno que la simple aplicación de la sharia. Además, en centros urbanos, y principalmente en la capitalina Saná, las leyes otomanas gozaron de un mayor apoyo social. Por otra parte, eran aplicadas por la jerarquía judicial institucionalizada, controlada por el imán, que asimismo lo ejercía sobre los waqf o fundaciones piadosas privadas, los impuestos, el comercio y la educación —íntimamente ligada a las mezquitas—, como perfecto ejemplo de micromanagement en el que el imán llegaba a autorizar personalmente la compra de tizas para las escuelas.
En un muy corto periodo de tiempo, los nuevos estados árabes laicos y las monarquías teocráticas (Arabia y Yemen) pasaban a actuar conjuntamente en un foro que, si bien tenía una influencia internacional aún limitada, generó tensiones, alianzas y subordinaciones. Así, la capital de la Liga quedaba establecida en El Cairo, pero el predominio de los hachemíes fue contestado por libaneses, saudíes y nacionalistas sirios, lo que obligó a elaborar un segundo borrador constituyente.
En ese contexto, el imán Yahya ya no podía aspirar a que Yemen siguiera viviendo en su particular «espléndido aislamiento». De hecho, él mismo iba a pagar con su vida el viraje hacia la nueva situación.

El nuevo Estado yemení nació en unas condiciones más que precarias. Con la salida de los británicos se cerró la base militar y toda una serie de negocios en Adén, que supusieron la pérdida de más de 20.000 puestos de trabajo, la emigración de unas 200.000 personas y la caída continuada del 15% del PNB en 1968 y 1969. Además, Gran Bretaña no cumplió con las ayudas que había prometido y el recién país dejó de percibir el 60% de los ingresos estatales. Los restos de la presencia británica desaparecieron con rapidez: apenas las mascotas abandonadas por las calles y una legión de niñeras somalíes dedicadas muchas de ellas a la mendicidad.
El nuevo país era notablemente extenso: 339.970 km², esto es, más grande que Italia (301.338 km²) y, por supuesto, que la República Árabe del Yemen o Yemen del Norte.
La diversidad socio-económica y cultural de la nueva república explicaba por sí misma varios de los diferentes problemas que tuvo el régimen en los siguientes veintidós años, hasta la unificación yemení. Máxime teniendo en cuenta que el FLN, rebautizado como Frente Nacional (FN), estaba compuesto por unos 3.000-4.000 militantes de entre veintitantos y treinta y pocos años de edad, sin experiencia de gobierno alguna. El mismo FN, como institución, tenía cuatro años y medio de existencia y arrastraba numerosas contradicciones políticas internas. El problema que suponía la dificultad de gobernar el variopinto Yemen del Sur se complicaba más, si cabe, debido al fenómeno tribal, que el régimen intentó abolir, al menos oficialmente, pero que repercutía constantemente en las crisis que aquejaban periódicamente a la cúpula del poder, en las cuales el componente tribal de unos y otros no dejaba de jugar su papel, mezclado —o disfrazado— en ocasiones con cuestiones ideológicas.
Las relaciones con los hermanos de la República Árabe del Yemen, al norte, aportaban otro elemento desestabilizador; al que se sumaban las que debían mantenerse con el resto de los países árabes.
Después, en abril de 1986, tuvo lugar el accidente nuclear de Chernóbil, y la atención de la directiva soviética se concentró en las consecuencias políticas de esa catástrofe, y en buscar una salida pactada con Washington a la Guerra Fría. Como parte de esa operación, la retirada de tropas de Afganistán se convirtió en un objetivo preferente. Y en ese marco, la República Democrática Popular de Yemen fue abandonada a su suerte.

La economía se había deteriorado mucho tras la unificación: entre mayo de 1990 y la primavera de 1991, el desempleo alcanzó el 35% y los precios se cuadruplicaron. En medio de ese desastroso panorama, el petróleo era la única fuente de ingresos del país en esos momentos. Pero el negocio del crudo estaba en manos de Saleh y los suyos, y el presidente lo utilizaba en su intensiva práctica de la política clientelar, para recompensar y comprar lealtades. A la vez que ahogaba las instituciones del sur, desamparando a miles de funcionarios, Saleh destinaba su política de captación a importantes líderes de la RDPY, algunos de los cuales comenzaron a militar en el CGP. A tal efecto jugó un papel importante la firma YECO (Yemen Economic Corporation), compañía ligada a los intereses de la familia de Saleh y de la alta clase funcionarial del régimen. Formada inicialmente para gestionar compras de material militar, fue reestructurada para convertirse en el interlocutor de socios extranjeros interesados en invertir en Yemen, así como para gestionar las propiedades expropiadas tanto en el norte como en el sur. Asimismo esta compañía se encargaba de canalizar los beneficios obtenidos del contrabando de combustible refinado.
El problema para Yemen era que el crecimiento económico no podía seguir al demográfico; incluso sin la prevaricación y la corrupción, las posibilidades del país no podían sobrellevar el incremento de la población. El petróleo, escaso —unos 400.000 barriles al día— y destinado a agotarse en poco tiempo, no podía levantar al país como la vecina Arabia Saudí, con sus 8.000.000 de barriles diarios. En Yemen, el 70% de la población activa vivía del campo, pero la carencia de agua era un hándicap fundamental.
La producción propia de alimentos no bastaba para cubrir las necesidades de la población. En torno al año 2000, las necesidades mensuales de grano ascendían a unas 80.000 toneladas, de las cuales sólo entre 15 y 20.000 eran producidas localmente. Por si eso no fuera ya bastante problema, el desmesurado consumo de qat, popularizado entre la sociedad yemení en la década de 1970 del desarrollo, se convirtió en una lacra económica muy difícil de gestionar. Veinte años más tarde, la droga había pasado a desempeñar una función social central en la cultura yemení, con un peligroso componente adictivo. Para algunos era una manera de distraer el hambre en un país cada vez más pobre; para
otros, tenía uno efectos paliativos de la conflictividad social en un país tan problemático como Yemen.

Uno de los componentes más importantes del «sistema Saleh» de gobierno consistió en potenciar el islamismo político. Era lógico que sucediera en parte porque la eclosión del islamismo corrió en paralelo al triunfo de la revolución iraní en 1979, que dio lugar a la República Islámica de Irán. Es de notar que precisamente por entonces Saleh acababa de llegar a la presidencia, por lo que su experiencia de poder entroncó necesariamente con el auge del islamismo a escala internacional. Y también con la aportación yemení a la guerra antisoviética en Afganistán (1979-1989), en forma de muyahidines reclutados en las madrasas y enviados al frente como parte del operativo logístico denominado Operación Ciclón.
La promoción del islamismo le proporcionaba a Saleh importantes rendimientos políticos, y eso tanto en política interior como internacional.
Por un lado, la proyección política de la religión, reconvertida en islamismo moderno, contribuía a diluir el legado histórico de los imanes zaydíes como defensores y depositarios de la ley islámica. Se suponía que eso debilitaría aún más la posición de la antigua clase dirigente; los sada, quienes durante el imanato habían gozado de importantes prerrogativas gracias a su condición de descendientes del profeta. Más importante aún, Saleh lanzó a los islamistas contra el sur «marxista»: la fecha en que fue creado el partido Al-Islah, tras la unificación, resulta elocuente, 13 de septiembre de 1990.
El segundo efecto fue la ya relatada contribución de los islamistas en la guerra contra el Sur. No fue masiva, ni siquiera muy numerosa, pero tuvo un protagonismo político innegable, mientras que, significativamente, las tribus intervinieron muy escasamente en el conflicto. En el sur, no era de extrañar: los líderes socialistas habían sido muy agresivos con las élites tribales, sobre todo con las de Jawlán, cuyos jeques habían sido asesinados a principios de la década de 1970. Se pensaba, pues, que los Bakil y los Madhiy del Sur lucharían en bloque contra los del Norte, pero no fue así. En el norte se produjeron rencillas dentro de la confederación Hashid.
El tercer beneficio que obtenía el régimen de Saleh con su apoyo a los islamistas de Islah era el respaldo más o menos indirecto de Washington. Desde antes de que se produjera la invasión soviética de Afganistán, en los últimos días de 1979, los estadounidenses apoyaban a los muyahidines de todas las tendencias, mientras fueran antisoviéticos; lo cual incluía a los islamistas. En la última década de la Guerra Fría, el recurso a utilizar el islamismo contra los soviéticos se extendía al aprovechamiento en ese sentido de movimientos políticos o cívicos politizados a partir de sus creencias religiosas.

Sin embargo, Arabia Saudí, el principal aliado árabe de Estados Unidos, no sólo no se implicó en ese mismo sentido, sino que apoyó activamente a Yemen del Sur, lo cual resultaba ser una iniciativa bastante extraña. En parte, ello era debido a que desde Riad todavía no se había perdonado el apoyo a Saddam Hussein en 1990, y cualquier iniciativa de castigo o desestabilización era bienvenida. Pero a ese sentimiento de animadversión contribuía, sin duda, el que Osama bin Laden estuviera intentando asentar en Yemen una base para Al-Qaeda, organización que por entonces estaba en periodo de formación.
A la vez, justamente por entonces, estaba en su apogeo la pelea entre Osama bin Laden y los Saud.
A comienzos de 1997, cuatro emisarios de Bin Laden se entrevistaron en Saná con veinte importantes jeques tribales yemeníes, a fin de estudiar la posibilidad de establecer en el país el centro de mando de la organización, preferiblemente en las montañas de noroeste. Sin embargo, no se llegó a ningún acuerdo, en parte porque los jeques le pidieron que no emprendiera acciones políticas o militares contra terceros países, pero también porque no podían garantizar su seguridad, teniendo al lado a Arabia Saudí. Ante la disyuntiva, el líder de Al-Qaeda optó por permanecer en Afganistán, país al que se había trasladado tras ser presionado para salir de Sudán, en mayo de 1996.
A pesar de las reticencias de los jeques tribales, Bin Laden no renunció a utilizar el territorio yemení como teatro de operaciones contra los americanos. Los yemeníes le consideraban uno de los suyos: así lo expresaron los jeques en 1997 y así lo sentían cuatro años más tarde muchas personas de extracción humilde deslumbradas por el hecho de que alguien hubiera podido planificar un ataque contra el corazón de la mayor superpotencia del mundo desde un lugar como Afganistán; un hombre que había renunciado a la vida cómoda y a las riquezas para desencadenar la guerra santa.
Más allá de estos intentos del presidente Saleh por deslegitimar la causa sureña y tratar de vincular a Al-Hirak con el terrorismo internacional, lo importante de este movimiento era que recogía el legítimo descontento de la población del sur y a pesar de que Al-Hirak evolucionó hasta llegar a exigir la opción federalista o secesionista, las críticas a la gestión de Saleh, a la corrupción y al nepotismo coincidían con las que ya se gestaban en el resto del país. De hecho, iban a enlazar con las protestas de la Primavera Árabe en Yemen, en enero de 2011.

Según iba transcurriendo el año 2010, se hacía evidente que el régimen se descomponía bajo el peso aplastante de los problemas que se habían venido multiplicando en los últimos años y que no se habían solucionado, sino sólo arrinconado, maquillado o traspasado a terceros.
En medio de todo ello, los yemeníes se enfrentaban a su porvenir inmediato con angustia y pesimismo. «Parece como si el gobierno yemení fuera adicto a la guerra» —escribía el 10 de abril de 2010 el editor del Yemen Post.
La crisis económica mundial ya se había desencadenado desde hacía un año y medio, y el magro sistema bancario yemení estaba desbordado. La capitalización era baja, y el índice de morosidad, muy elevado. El crédito era prácticamente inexistente porque la mayor parte de la economía local operaba en efectivo; además, los bancos lo restringían a un selecto grupo de consumidores y empresas. Pero, aun así, muchos de los bancos eran técnicamente insolventes.
Aunque, sobre todo, el déficit público era crónico porque el Estado subvencionaba la política clientelar del régimen por diversas vías, sin haber logrado crear un sistema fiscal mínimamente eficaz. Una de ellas era la subvención oficial de la gasolina diésel, que se llevaba ella sola una cuarta parte del presupuesto anual, dado que el ciudadano lo adquiría a mitad de su precio real, pero debía ser importado. Una parte de ese diésel era revendido en África por funcionarios que se embolsaban como beneficio personal hasta un 30% del valor de la subvención.
A comienzos del siglo XXI, el cultivo y el consumo del qat en Yemen arrojaba cifras espectaculares. Vivían de él casi seis millones de personas, entre productores y distribuidores; esto era: el 29,3% de la población. Y lo consumían diariamente durante varias horas, el 72% de los hombres yemeníes (sólo el 32,6% de las mujeres), lo que suponía entre el 11 y el 17% de los ingresos de cada familia yemení en un país muy pobre.
Como agravante, la producción de petróleo comenzó a decaer apreciablemente desde 2003, y siete años más tarde estaba a niveles de 1994: 250.000 barriles/día. Eso suponía que Yemen estaba por debajo de otros productores como Vietnam (338.400), Guinea Ecuatorial (346.000), Siria (400.400), Egipto (680.500) o el vecino Omán (816.000).
El cuarto agujero presupuestario de consideración que desangraba al gobierno era el mantenimiento del masivo sector público. El crecimiento del funcionariado en Yemen había sido rápido, en paralelo a la creación del Estado moderno, desde la proclamación de la República —y durante el periodo de la RDPY— y sobre todo conforme se llevaba a cabo la unificación del país y simultáneamente se asentaba el régimen de Saleh: en 1990 se contaban 168.000 funcionarios; 203.000, al año siguiente, y 546.732, en 2009.
Con todo, el problema no radicaba tanto en el número de funcionarios si no en el porcentaje de «dobles perceptores» y de «trabajadores fantasma»; esto es, empleados públicos con diferentes nóminas y otros que nunca acudían al trabajo.

El espectacular incremento en la campaña de asesinatos selectivos, en general, es que sólo en parte tienen que ver con la realidad de Yemen. En buena medida, la estrategia americana no deja de ser la reiterada ofuscación, en toda una serie de guerras, por llevar a sus últimas consecuencias la doctrina del poder aéreo desarrollada por el general Billy Mitchell en los años veinte del siglo pasado. El gran desafío del siglo XXI parecer ser ganar la batalla al terrorismo mediante aviones-robot. De hecho, la fascinación por matar a personas por control remoto —en palabras de Ross Newland, supervisor del programa Predator para la CIA— no ha hecho sino vaciar a la Agencia de su sentido último como servicio de inteligencia: promover relaciones para conseguir información estratégica, y no indisponer a pakistaníes o yemeníes en contra de Estados Unidos.
En conjunto, la estrategia contiene una puerilidad de fondo que ya señaló Eric Hobsbawn referida a la implicación estadounidense en Oriente Medio, y en especial en la desastrosa guerra de Irak. Para este historiador, la política americana en relación con los países de Oriente Medio estaba hecha más de reclamos publicitarios. Y el peligro real, aparte de la militarización de la propia vida ciudadana, es la desestabilización sistemática de la política internacional.

Dicen que no hace mucho, Mahoma regresó a la tierra guiado por un malak, un ángel, para ver qué había cambiado en el transcurso del tiempo y cuando estuvo en Europa no reconoció nada, eso mismo le ocurrió cuando visitó América y Asia, luego el ángel le condujo a Yemen, y al llegar a Bab al-Yaman, las puertas del zoco más importante de Saná, Mahoma exclamó: «Oh, está exactamente igual».
Cuento popular

A lo largo de la historia, Yemen ha sido, gracias a su excepcional ubicación, un espacio clave de varias estrategias cruzadas, pero éstas nunca han revertido en su propio beneficio; sin embargo, Yemen cuenta con interesantes herramientas derivadas de una cultura que combina lo moderno con lo tradicional y ancestral, y con una dilatada experiencia como laboratorio político del mundo árabe. En ese sentido, es muy relevante empezar a «entender» Yemen, en tanto que encierra numerosas claves que podrían ayudarnos a comprender mejor la realidad actual y pasada del mundo árabe.

Yemen bleeds in a bloody civil war. Few know of its existence and many less know the reasons that have caused it. The media are silent and the little information that reaches us is generally unsatisfactory. What happens in that remote and forgotten Arab country that once bathed in coffee and today is consumed in qat?
To satisfactorily resolve this issue we have a magnificent book that reviews Yemeni history from the distant times of Ottoman domination to the recent protests of the Arab Spring. With scrupulous impartiality (applause for it) and in an entertaining way, Veiga, Zahonero and Terán analyze the construction of an extremely complex territory and its fit in a changing and, often, hostile Middle East.
Recommended for anyone who wants to acquire a general knowledge of the history of Yemen and understand the reasons for its virulent present (and probable future).

Yemen is a tribal society, in which a notable part of its population until very recently practiced nomadism; however, it also has a rich and varied agriculture, which has made it possible for its cities to be among the oldest inhabited human settlements in history.
This tribal character is perhaps the fundamental feature of Yemeni history and political culture, since unlike other countries in the area it has never had a central power strong enough to effectively control the tribes and their sheikhs. This happened in the past, both in the north, where the Turks first and the imams afterwards could only impose a very precarious control on the tribes, as in the south, which was, apart from the colony of Aden, a mere protectorate on units tribal
Nowadays, the tribal fact permeates all areas of Yemeni society and especially the political one, making the country’s governance sometimes very difficult.

The Ottoman expedition on Arabia was from the beginning a purely strategic operation, destined to annul the decadent Mamluks who received support from the main enemies of the Turks at that time: the Safavid Persians. And at first, the Ottoman domination did not even extend to Yemen.
Curiously, the Mameluke fleet had arrived there only two years earlier, in 1515, commanded by Husayn al-Kurdi. The motive that had moved the Mamluks to those shores had also been strategic.
The Mamluks had laid the foundations to make Yemen a base for operations in the Indian Ocean against the Portuguese. However, in 1517 his own state collapsed. The Hijaz proclaimed itself part of the Ottoman Empire, but in Yemen the situation continued, de facto, as it was: with the Mamluk forces established in the southern part of the country, and the Zaydi magnets controlling the center of the country, after recovering the city of Sana
The scenario was very curious. The Mamluks of Yemen decided to gather their forces and seek refuge in Zabid. They tried to establish a kingdom of their own: a new leader, Emir Iskandar, accepted the nominal submission to the Ottoman Empire and became the first governor of Yemen that depended on the Ottoman authorities.
So Istanbul did not show much interest in Yemen, at least initially.
Yemen was one of the centers of Arab culture and civilization prior to the arrival of Islam. The best expression was the famous legend of the Queen of Sheba, cultured and rich who gives more than four tons of gold to King Solomon on his visit to the kingdom of Israel. Of the strength of Yemen, Ptolemy spoke of his prosperity under the name of Eudaimon Arabia, which the Latins would translate as Arabia Felix. For decades, the image of Yemen would be associated with that of a kind of Jauja kingdom from which came caravans laden with incense, myrrh, spices and laudanum; or gold, ivory and silk.

The Ottoman presence in Yemen seemed to languish in parallel to the struggle for the Indian Ocean. Throughout the forties of the sixteenth century, the Turks failed to completely dominate the country. The Zaydis maintained control of the northern mountains, led by their imams. The Zaydies, mostly based in Yemen, are a Chi school of thought, composed of followers of Zayd ibn Ali (695-740), grandson of the martyr Hussein ibn Ali, son of Ali, nephew and son-in-law of the prophet and first Chii imam. This school was introduced in Yemen by Yahya ibn Husayn al-Hadi ila al-Haq when he was called by tribal leaders of Saada and Nayran to mediate in one of his intertribal disputes. In 893 he founded the first zaydi state, inaugurating in this way a system that would last more than a thousand years and that privileged a new social class: the sada, descendants of the prophet.
The Ottomans soon learned how difficult it was to rule all of Yemen for any foreign power. The orography was complicated, the country quite extensive (currently, almost 528,000 square kilometers, greater than Spain, with just over 504,000) and political authority extraordinarily segmented into very ancient tribes, kingdoms and dynasties. Therefore, at the end of the sixteenth century, the Ottomans did not intend to directly control the entire Yemeni country, but rather what most interested them: the ports, for their strategic and commercial value; and coffee production, which was becoming very important. In addition, it was necessary to count on the collection of taxes to support the local Ottoman administration -especially the Pashas, ​​almost always eager to make their fortune- and the troops.
To make matters worse, Yemen continued to depend, in part, on Egypt. The expulsion of the Ottomans reactivated the strategic centrality of Yemen in its more traditional aspect: the commercial one. In a specific study on coffee trafficking between Yemen and Istanbul, Jane Hathaway is amazed at the vitality that she retained even after the expulsion of the Ottomans. In fact, the great fortunes, especially in Egypt, were made precisely from that event. And throughout the seventeenth century, the flow of coffee to the heart of the Ottoman Empire did not stop growing, peaking and enriching the Yemeni magnets, which received a quarter of total retail sales. They controlled the production of grain in the southern highlands of Yemen, but Egyptian merchants were responsible for the transport networks in the Red Sea, operated by Indian vessels. By the way, these used to be janissary officers, who were initially responsible for guarding the pilgrims who were traveling to Mecca, but in their role as coffee merchants, were also engaged in getting the appropriate discounts at the customs of the empire.
At the same time that the Yemeni coffee lost competitiveness, the plots were dedicated to the cultivation of another stimulating plant: the qat, whose leaves contain cathinone, a molecule that has the same absolute configuration as amphetamine, although much less toxic than this one. This plant, which grows mainly between 1,000 and 2,400 meters high, was of Ethiopian origin, but it adapted very well to the Yemeni orography and over time became the national drug, chewed daily by the vast majority of the population. adult population, especially the male population.
For Yemenis, the origins of qat consumption, like coffee, were associated with the same mystic-religious practices, and there is no shortage who attributes the discovery of the stimulating properties of these plants to the same person: a Sufi named Ali ibn Umar al-Shadhili, who resided near Muja in the 14th century.
In any case, it seems quite logical to consider that the qat occupied the cultivable plots that freed the declining demand for coffee, which helped to keep an important mass of peasants on the land, replacing the external demand for coffee with the interior of cathinone. And that also contributed to the imams supported by the Zaydi tribes retaining a hegemonic role over the Sunni tribes engaged in agriculture.

Yemen had its own great internal war, which did not coincide with the First World War, neither in time nor in the alignments. In fact, Yemen went through the two world wars, central in the 20th century, like a distant Shangri-La, alien and distant. However, while Yemen remained on the sidelines, the world was no longer on the sidelines of the remote Arab country. And while the Imam continued to live and act more or less as usual, and after the Ottoman defeat and retreat, the country seemed to return to the eighteenth century, in fact, this time the definition of the new state would not come from within, but from outside.
The Saudis moved rapidly southwards and took the vital Yemeni port of Hodeida with well-armed forces that included some armored vehicles and even tanks. However, their progression into the interior was hampered by the mountains, where all the experience that the Saudis lacked was the Yemenis. The war threatened to fall on the boards and conversations that ended in June quickly began, with the exchange of the Hodeida port through the province of Nayran.
In the end, this conflict brought some benefits for Yemen, since the signing of some treaties ratified the international entity of the new State. There was one curious: the agreement of 1926 with Italy, whose ambitions in East Africa projected towards the Red Sea and the Arabian coasts. That same year, Yahya Muhamad Hamid al-Din proclaimed himself monarch of the mutawakilí kingdom of Yemen, obtaining international recognition for the new State, date of great relevance.
But, above all, its transcendence had the double set of treaties signed in 1934. On the one hand, in the Treaty of Sana (February 1934), a firm border was drawn with the English established in Aden, with which they had had place a series of frictions. Later, by the Treaty of Taif, in May of that same year, the Saudi-Yemeni war quickly came to an end and a negotiated frontier was established between the two contenders.
At the same time that the traditional mechanisms of control were distorted, the new state was built from a mixture of heterogeneous institutional elements and very based on patrimonialism. It is true that Imam Yahya introduced the first ministries, but several of his sons or brothers were responsible for them. As advisor for international affairs and permanent sui generis foreign minister, the imam had an old and bilious Ottoman diplomat who had remained in Yemen: Ragip Bey.
It was not the only legacy of the old empire that the Yahya Imam had taken advantage of: the Ottoman laws were also maintained, at least in part, because they were more practical for managing a minimally modern state than the simple application of sharia. In addition, in urban centers, and mainly in the capital Sana, Ottoman laws enjoyed greater social support. On the other hand, they were applied by the institutionalized judicial hierarchy, controlled by the imam, which also exercised it over waqf or private pious foundations, taxes, commerce and education-intimately linked to mosques-as a perfect example of micromanagement in which the magnet came to personally authorize the purchase of chalk for schools.
In a very short period of time, the new secular Arab states and theocratic monarchies (Arabia and Yemen) began to act together in a forum that, although it had an international influence still limited, generated tensions, alliances and subordinations. Thus, the capital of the League was established in Cairo, but the predominance of the Hashemites was answered by Lebanese, Saudis and Syrian nationalists, forcing a second draft constitution.
In that context, Imam Yahya could no longer hope that Yemen would continue to live in its particular «splendid isolation». In fact, he was going to pay with his life the turn towards the new situation.

The new Yemeni State was born in precarious conditions. With the departure of the British the military base and a whole series of businesses in Aden were closed, which meant the loss of more than 20,000 jobs, the emigration of some 200,000 people and the continued fall of 15% of GNP in 1968 and 1969. In addition, Great Britain did not comply with the aid it had promised and the new country stopped receiving 60% of state revenues. The remains of the British presence quickly disappeared: just the pets abandoned by the streets and a legion of Somali nannies dedicated many of them to begging.
The new country was remarkably extensive: 339,970 km², that is, larger than Italy (301,338 km²) and, of course, the Arab Republic of Yemen or North Yemen.
The socio-economic and cultural diversity of the new republic itself explained several of the different problems that the regime had in the following twenty-two years, until the Yemeni unification. Especially taking into account that the FLN, renamed the National Front (FN), was composed of some 3,000-4,000 militants between 20 and 30 years old, with no experience of any government. The same FN, as an institution, had four and a half years of existence and dragged numerous internal political contradictions. The problem of the difficulty of governing the colorful South Yemen was further complicated, if possible, by the tribal phenomenon, which the regime tried to abolish, at least officially, but which had a constant impact on the crises that periodically afflicted the upper echelons of power. , in which the tribal component of each other did not stop playing its role, mixed -or disguised- sometimes with ideological issues.
Relations with the brothers of the Arab Republic of Yemen, to the north, provided another destabilizing element; to which were added those that should remain with the rest of the Arab countries.
Then, in April 1986, the Chernobyl nuclear accident took place, and the attention of the Soviet leadership focused on the political consequences of that catastrophe, and on seeking a solution agreed with Washington to the Cold War. As part of that operation, the withdrawal of troops from Afghanistan became a preferred goal. And in that framework, the People’s Democratic Republic of Yemen was abandoned to its fate.

The economy had deteriorated greatly after unification: between May 1990 and the spring of 1991, unemployment reached 35% and prices quadrupled. In the midst of this disastrous scenario, oil was the only source of income for the country at that time. But the oil business was in the hands of Saleh and his people, and the president used it in his intensive practice of client politics, to reward and buy loyalties. While drowning the institutions of the south, forsaking thousands of officials, Saleh devoted its policy of recruitment to important leaders of the PDRY, some of which began to military in the CGP. For this purpose, YECO (Yemen Economic Corporation), a company linked to the interests of Saleh’s family and of the high civil service class of the regime, played an important role. Initially formed to manage purchases of military equipment, it was restructured to become the interlocutor of foreign partners interested in investing in Yemen, as well as to manage expropriated properties both in the north and in the south. Likewise, this company was in charge of channeling the profits obtained from the contraband of refined fuel.
The problem for Yemen was that economic growth could not follow the demographic; Even without prevarication and corruption, the possibilities of the country could not cope with the increase in population. The oil, scarce – about 400,000 barrels a day – and destined to be exhausted in a short time, could not raise the country like neighboring Saudi Arabia, with its 8,000,000 barrels per day. In Yemen, 70% of the active population lived in the countryside, but lack of water was a fundamental handicap.
Own production of food was not enough to cover the needs of the population. Around the year 2000, the monthly needs for grain amounted to about 80,000 tons, of which only between 15 and 20,000 tons were produced locally. As if that were not already enough of a problem, the excessive consumption of qat, popularized among Yemeni society in the 1970s, became an economic scourge that was very difficult to manage. Twenty years later, the drug had become a central social function in the Yemeni culture, with a dangerous addictive component. For some it was a way to distract hunger in an increasingly poor country; for
others, had a palliative effect of social conflict in a country as problematic as Yemen.

One of the most important components of the «Saleh system» of government was to enhance political Islamism. It was logical that it happened partly because the emergence of Islamism ran parallel to the triumph of the Iranian revolution in 1979, which gave rise to the Islamic Republic of Iran. It is noteworthy that just then Saleh had just reached the presidency, so his experience of power necessarily linked to the rise of Islamism on an international scale. And also with the Yemeni contribution to the anti-Soviet war in Afghanistan (1979-1989), in the form of mujahideen recruited from the madrasas and sent to the front as part of the logistic operation called Operation Cyclone.
The promotion of Islamism gave Saleh important political returns, and that both in domestic and international politics.
On the one hand, the political projection of religion, converted into modern Islamism, contributed to dilute the historical legacy of the Zaydi Imams as defenders and depositories of Islamic law. This was supposed to further weaken the position of the old ruling class; the sada, who during the imanato had enjoyed important prerogatives thanks to their status as descendants of the prophet. More importantly, Saleh launched the Islamists against the «Marxist» south: the date on which the Al-Islah party was created, after the unification, is eloquent, September 13, 1990.
The second effect was the already reported contribution of the Islamists in the war against the South. It was not massive, not even very numerous, but it had an undeniable political protagonism, while, significantly, the tribes intervened very scarcely in the conflict. In the south, it was not surprising: socialist leaders had been very aggressive with tribal elites, especially with those of Jawlán, whose sheikhs had been killed in the early 1970s. It was thought, then, that the Bakil and the Madhiy of the South would fight in block against those of the North, but it was not like that. In the north there were disputes within the Hashid confederation.
The third benefit obtained by the Saleh regime with its support for Islah Islamists was Washington’s more or less indirect support. Since before the Soviet invasion of Afghanistan, in the last days of 1979, the Americans supported the mujahideen of all tendencies, while they were anti-Soviet; which included the Islamists. In the last decade of the Cold War, the recourse to use Islam against the Soviets extended to the use in that sense of political or civic movements politicized from their religious beliefs.

However, Saudi Arabia, the main Arab ally of the United States, not only was not involved in that same sense, but actively supported South Yemen, which turned out to be a rather strange initiative. In part, that was because Riyadh had not yet been forgiven for supporting Saddam Hussein in 1990, and any initiative for punishment or destabilization was welcome. But that sentiment of animosity undoubtedly contributed to the fact that Osama bin Laden was trying to establish a base in Yemen for Al-Qaeda, an organization that was then undergoing training.
At the same time, just then, the fight between Osama bin Laden and the Saud was in full swing.
At the beginning of 1997, four bin Laden emissaries met in Sanaa with twenty important Yemeni tribal sheikhs, in order to study the possibility of establishing in the country the command center of the organization, preferably in the mountains of the northwest. However, no agreement was reached, in part because the sheikhs asked him not to take political or military action against third countries, but also because they could not guarantee his security, having Saudi Arabia by his side. Given the dilemma, the leader of Al-Qaeda chose to remain in Afghanistan, a country to which he had moved after being pressured to leave Sudan in May 1996.
Despite the reluctance of the tribal sheikhs, Bin Laden did not renounce using the Yemeni territory as a theater of operations against the Americans. The Yemenis considered him one of their own: that is what the sheikhs said in 1997, and four years later many people of humble extraction felt dazzled by the fact that someone could have planned an attack on the heart of the world’s greatest superpower. from a place like Afghanistan; a man who had given up comfortable life and wealth to unleash holy war.
Beyond these attempts by President Saleh to delegitimize the southern cause and try to link Al-Hirak with international terrorism, the important thing about this movement was that it picked up the legitimate discontent of the southern population and despite the fact that Al-Hirak evolved until they came to demand the federalist or secessionist option, criticism of Saleh’s management, corruption and nepotism coincided with those that were already taking place in the rest of the country. In fact, they were going to link up with the Arab Spring protests in Yemen in January 2011.

As the year 2010 went by, it became clear that the regime was decomposing under the crushing weight of the problems that had been multiplying in recent years and had not been solved, but only cornered, made up or transferred to third parties.
In the midst of all this, the Yemenis faced their immediate future with anguish and pessimism. «It looks as if the Yemeni government was addicted to war,» the editor of the Yemen Post wrote on April 10, 2010.
The global economic crisis had already been unleashed for a year and a half, and the meager Yemeni banking system was overflowing. The capitalization was low, and the delinquency rate was very high. Credit was practically non-existent because most of the local economy operated in cash; In addition, banks restricted it to a select group of consumers and companies. But even so, many of the banks were technically insolvent.
Although, above all, the public deficit was chronic because the State subsidized the clientelist policy of the regime in different ways, without having managed to create a minimally effective fiscal system. One of them was the official subsidy of diesel gasoline, which alone took a quarter of the annual budget, since the citizen acquired it half of its real price, but it had to be imported. A part of that diesel was resold in Africa by officials who pocketed as personal benefit up to 30% of the value of the subsidy.
At the beginning of the 21st century, the cultivation and consumption of qat in Yemen showed spectacular figures. Nearly six million people lived there, between producers and distributors; this was: 29.3% of the population. And they consumed it daily for several hours, 72% of the Yemeni men (only 32.6% of the women), which meant between 11 and 17% of the income of each Yemeni family in a very poor country.
As an aggravating factor, oil production began to decline significantly since 2003, and seven years later it was at 1994 levels: 250,000 barrels / day. That meant that Yemen was below other producers such as Vietnam (338,400), Equatorial Guinea (346,000), Syria (400,400), Egypt (680,500) or neighboring Oman (816,000).
The fourth budget hole of consideration that bled the government was the maintenance of the massive public sector. The growth of the civil service in Yemen had been rapid, in parallel with the creation of the modern State, since the proclamation of the Republic – and during the period of the RDPY – and especially as the unification of the country was carried out and simultaneously settled the Saleh regime: in 1990 there were 168,000 officials; 203,000, the following year, and 546,732, in 2009.
However, the problem did not lie so much in the number of officials but in the percentage of «double perceivers» and «ghost workers»; that is, public employees with different payrolls and others who never went to work.

The spectacular increase in the selective assassination campaign, in general, is that they only partly have to do with the reality of Yemen. To a large extent, the American strategy does not cease to be the repeated obfuscation, in a whole series of wars, to bring to its ultimate consequences the doctrine of air power developed by General Billy Mitchell in the 1920s. The great challenge of the 21st century seems to be to win the battle against terrorism by robot aircraft. In fact, the fascination with killing people by remote control – in the words of Ross Newland, supervisor of the Predator program for the CIA – has only served to empty the Agency of its ultimate meaning as an intelligence service: to promote relations to obtain strategic information , and not to alienate Pakistanis or Yemenis against the United States.
Taken as a whole, the strategy contains a basic puerility that Eric Hobsbawn already pointed out about the US involvement in the Middle East, and especially in the disastrous war in Iraq. For this historian, the American policy in relation to the countries of the Middle East was made more than advertising claims. And the real danger, apart from the militarization of one’s own civic life, is the systematic destabilization of international politics.

They say that not long ago, Muhammad returned to earth guided by a malak, an angel, to see what had changed in the course of time and when he was in Europe he did not recognize anything, that same thing happened when he visited America and Asia, then the Angel led him to Yemen, and upon reaching Bab al-Yaman, the doors of the most important souk in Sana’a, Mohammed exclaimed: «Oh, it is exactly the same.»
Popular tale
Throughout history, Yemen has been, thanks to its exceptional location, a key space of several crossed strategies, but these have never reverted to their own benefit; However, Yemen has interesting tools derived from a culture that combines the modern with the traditional and ancestral, and with extensive experience as a political laboratory of the Arab world. In that sense, it is very important to start «understanding» Yemen, as it contains many keys that could help us to better understand the current and past reality of the Arab world.

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