El Conde Negro. Gloria, Revolución, Traición y El Verdadero Conde Montecristo — Tom Reiss / The Black Count: Glory, revolution, betrayal and the real Count of Monte Cristo by Tom Reiss

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La novela no solo esta llena de aventura e idealismo sino que te permite entender mas claramente el fenómeno de la Revolución Francesa y sus consecuencias en toda Europa.

Me encantó este libro. Es difícil dejar de leerlo, ya que se lee como una novela: parte de aventuras, parte de la lección de historia (y hay muchas lecciones que aprender) y parte de la biografía. Es un relato casi increíble de un hombre de raza mixta que nació en los trópicos, vivió la alta vida entre la nobleza francesa, libró batallas en glaciares y puentes montañosos, navegó a Egipto y luego fue encarcelado por las circunstancias, todo a la edad de 40.
El ganador del Premio Pulitzer de Reiss capta con gran detalle la violencia, la política cambiante y los caprichos sociales inconstantes de la Francia de fines del siglo XVIII. Se destaca al describir el complicado contexto en el que un niño «mulato» de Jeremie (en lo que hoy es Haití) se bajaría del barco con su padre aristócrata (sinvergüenza) y entraría en una sociedad francesa igualitaria daltónica. Mucho antes de engendrar a «Monte Cristo» y el novelista «Tres Mosqueteros» A. Dumas, este joven maestro «estadounidense» de muchas artes asumiría el nombre de Alex Dumas al alistarse en los primeros años de la Revolución Francesa. Y en poco tiempo, se había convertido en un general legendario cuyas aventuras y éxitos militares provocaron los celos de su cohorte y ardiente rival Napoleón.

Esta biografía histórica se basa en la vida del famoso autor, el padre de Alexandre Dumas, Thomas-Alexandre, conocido como Alex Dumas.
Después del tiempo pasado en la Guerra de Sucesión Polaca que terminó en 1738, el francés Alexandre (Antoine) Davy de la Pailleterie, un futuro marqués, salió de Francia para buscar fortuna en Saint-Domingue, la isla de La Española. En ese momento, los españoles poseían, Santo Domingo, el lado este de la isla, y los franceses poseían el oeste, Saint-Domingue (Haití). Debido a la plantación de azúcar, Saint-Domingue fue una de las islas más ricas del mundo.
Antoine se mudó con su hermano menor, Charles, quien se había casado bien y se convirtió en un plantador de azúcar muy conocido. Antoine se libró de su hermano durante una década, mantuvo a varias esclavas y se negó a trabajar. La relación de Charles y Antoine terminó violentamente. Antoine huyó con tres de los esclavos de sus hermanos, uno de los cuales era su última amante. Para resistir probablemente el arresto, Antoine se trasladó a las tierras altas, unas montañas densamente arboladas, y finalmente se estableció en Jérémie, un área aislada de Haití. Allí, cambió su nombre a Antoine de l’Isle-Antoine de la isla.
Antoine compró una amante por un precio muy alto, Marie Cessette Dumas. Marie Cessette le dio cuatro hijos. El hijo mayor fue el favorito de Antoine, Thomas-Alexandre, nacido en 1762. Cuando Antoine regresó a Francia, finalmente enviaría a Thomas-Alexandre, de quince años. Antoine vendió a Marie Cessette y sus otros tres hijos.

En Francia, Antoine se aseguró de que su hijo fuera bien educado. Thomas-Alexandre se convirtió en un excelente espadachín. Cuando era joven, Thomas-Alexandre se alistó en los dragones y rechazó el apellido de su padre, Davy de la Pailleterie, y tomó el apellido de su madre, Dumas. Nunca más sería conocido como Thomas. En cambio, usó a Alexandre (Alex) Dumas. Incluso mencionó a su padre como Antoine Dumas.
Como Teniente Coronel, Alex, que más tarde fue comisionado como General, se casó con Marie-Louise Labouret de Villers-Cotterets, Francia. Tendrían tres hijos: dos hijas y Alexandre Dumas, Jr. su último hijo, el futuro autor, nació 10 años después.

El libro está lleno de una enorme cantidad de historia francesa, algunas de las cuales incluyen al sagaz general Bonaparte. En un momento, el general Dumas y Bonaparte lucharon juntos. El general Dumas navegó a Egipto con Bonaparte.
El general Dumas parecía ser un esposo amoroso y un buen padre. En el frente, era un líder valiente, fuerte e intuitivo, imparcial hacia sus tropas. De sus hombres recibió mucha devoción y admiración. Su defecto a veces no usaba el tacto y era demasiado crítico. Tenía grandes expectativas del rendimiento de un soldado. Sin embargo, su audaz crítica hacia superiores ineptos o aquellos favorecidos por superiores le costó ascensos o falta de amabilidad más adelante en la vida.
El general Napoleón mostró una gran visión de futuro sobre sus propias ambiciones futuras. Sin embargo, parecía ser intolerante a las críticas expresadas por el general Dumas e infló su propia importancia personal cuando él y Dumas eran generales.
Napoleón estaba dispuesto a explotar cruelmente a otros para su propio beneficio, especialmente en lo que respecta al decreto de los Derechos del Hombre. Cuando Napoleón se convirtió en emperador, la ley, previamente decretada por el ex rey Luis XVI de Francia, el 4 de abril de 1792, que proporcionaba la ciudadanía para todas las propiedades que poseían hombres libres de color en las islas, se invalidó en 1800. En Francia, los matrimonios interraciales también ya que la educación interracial estaba prohibida. Las personas de color que habían vivido libres en Francia iban a ser reunidas y enviadas a las colonias. Ya no podían vivir en París o en los suburbios circundantes. Esto parece historia repitiéndose. Los ciudadanos alemanes habían experimentado esto durante la Segunda Guerra Mundial, y actualmente a los dominicanos de ascendencia haitiana se les niega la ciudadanía debido a su lugar de nacimiento.
Sin dar demasiado, esta es una excelente biografía histórica, bien escrita, llena de información y un placer de leer. La historia en Francia y en la isla, Saint-Domingue, te sorprenderá. Me tomé mi tiempo para leer este libro. Sorprendentemente, Alexandre Dumas, autor de Los tres mosqueteros, incorporó algunas de las expediciones más famosas de su padre al escribir su libro. El autor, Alexandre Dumas, expresa un genuino y tierno amor y admiración por su padre, el general Dumas. Este libro es excelente.

Alex Dumas fue un consumado militar y un hombre de gran convicción y valor moral. Famoso por su fuerza física, su destreza con la espada, su valentía y su don para salir airoso de las situaciones más difíciles, también se lo conoció por su impertinencia vulgar y sus problemas con las autoridades. Fue un general de soldados, temido por el enemigo y querido por sus hombres, un héroe en un mundo que no usaba esa palabra a la ligera.
Pero luego, víctima de las artimañas de una conspiración, terminó encarcelado en una fortaleza y envenenado por enemigos desconocidos, sin esperanza de poder apelar y relegado al olvido. No fue casual que su destino se pareciera al de ese joven marinero llamado Edmond Dantès, un hombre que estaba a punto de iniciar una carrera prometedora y de casarse con la mujer que amaba y que al final descubre que es un peón en una trama que él nunca había imaginado, encerrado sin testigos y sin juicio en la mazmorra de una fortaleza llamada castillo de If, en la isla del mismo nombre. Sin embargo, a diferencia de El conde de Montecristo, la novela que más tarde escribió su hijo, Alex Dumas no conoció en la mazmorra a ningún benefactor que lo ayudara a escapar o a descubrir un tesoro oculto. Nunca supo el porqué de sus padecimientos ni la razón de su abrupta caída de la gloria al sufrimiento. Fue una leyenda.

La palabra «esclavo», que apareció por primera vez en el siglo VIII d. C., tenía, desde el punto de vista etimológico, una connotación étnica, pues era una corrupción de slav, ya que en la época casi todos los esclavos importados a Europa eran de etnia eslava. Los eslavos se convirtieron tardíamente al cristianismo, y su condición de paganos los hacía vulnerables. Se crearon «mercados de eslavos» en toda Europa, desde Dublín a Marsella, donde las personas objeto de compraventa eran de piel blanca, como la de quienes los compraban o vendían.
El surgimiento del islam dio lugar a una gran expansión de la esclavitud, pues los ejércitos conquistadores árabes esclavizaban a todos los «infieles».
Le Code noir, el Código negro. El nombre mismo no deja duda alguna de quiénes iban a ser esclavos. El código trataba, punto por punto, las muchas maneras en que los amos blancos podían explotar a los negros africanos; aprobaba los castigos más duros y estipulaba que los esclavos no podían casarse sin el consentimiento de su amo ni legar propiedades a sus descendientes.
Sin embargo, la existencia de un código jurídico escrito —una novedad del imperio colonial francés— allanó el camino a cambios inesperados. Si había leyes para regular la esclavitud, a los amos, al menos en algunos casos, se los podía descubrir violándolas. Al articular las reglas de la dominación blanca, el código —teóricamente al menos— la limitaba, y brindaba a los negros varias oportunidades para librarse de ella. El Código negro creó lagunas jurídicas, y una de ellas fue la cuestión de las relaciones sexuales entre amos y esclavos, y la del fruto de dichas relaciones.
La vida en la capital francesa no podía ser sencilla para un joven mulato aristócrata y, como Thomas-Alexandre no tardaría en descubrir, él no era el único que gozaba de una suerte tan increíble, y tampoco el único expuesto a los riesgos cada vez mayores que esa suerte conllevaba. Había más «mixtos» en el país de los Borbones. Algunos tenían fortuna y títulos de nobleza; otros, ni dinero ni títulos. Las autoridades que rodeaban al rey habían tomado nota de su presencia —al fin y al cabo, eran personas que, por mucho que se empolvasen o se disfrazaran, no podían considerarse nativos franceses—, y no les gustó.
¿Cómo fue posible, cuando el imperio esclavista francés estaba en su apogeo, que los hijos de esclavos, hombres de color, viviesen como caballeros en París, la capital de Francia, de Europa incluso? La respuesta hay que buscarla en el hecho de que en los tribunales de Francia, no menos que en sus academias, tenía lugar desde hacía tiempo un combate igualmente admirable e inesperado.
A los filósofos de la Ilustración francesa les gustaba usar la esclavitud como símbolo de la opresión humana y, en particular, de la opresión política. «El hombre nace libre, pero está encadenado en todas partes», escribió Jean-Jacques Rousseau.
Thomas-Alexandre firmó su declaración como «Dumas Davy», una fusión de los apellidos materno y paterno que no había usado desde su primer año en Francia. Oficialmente el caso se archivó; los mariscales redactaron una declaración en virtud de la cual se aceptaba lo que habían declarado tanto el mulato como Titon, y, junto con unas fórmulas jurídicas dirigidas a prevenir cualquier posible duelo entre las partes, se dieron por satisfechos archivando el asunto. La bendita ineficiencia del reino aseguró que al hombre de color no se lo acusara de violar la Police des Noirs y se lo derivase a la policía naval, técnicamente a cargo de dichas violaciones, por no estar registrado como correspondía. Dados los amplios contactos del señor Titon en el Ministerio de la Marina, podría haberse cumplido la amenaza de hacer que arrestasen a Thomas-Alexandre, e incluso, quizá, que lo enviaran a un dépôt y lo deportaran, pero Titon prefirió no seguir acosando a su víctima y Thomas-Alexandre se marchó siendo un hombre libre.
Con todo, el primer documento que tenemos de su voz es un atestado de la policía.

El cabo Alexandre Dumas permaneció estacionado en la frontera belga, lejos de París. Allí, entre un paisaje sombrío de setos y campos de nabos y alubias, austriacos y franceses se enfrentaban en ataques transfronterizos. La base francesa de caballería más importante estaba en Maulde, ciudad donde montaron un gran campamento armado.
Dumas operó desde el campamento de Maulde. Su trabajo consistía en conducir a pequeñas unidades de dragones u otros cuerpos de caballería, por lo general unos cuatro u ocho hombres, en misiones de reconocimiento encaminadas a prevenir incursiones enemigas. La mayor parte del tiempo esas patrullas veían más vacas y ovejas que tropas austriacas, hasta que el 11 de agosto tropezaron con un destacamento de asalto. Dumas divisó a los jinetes enemigos, una fuerza considerablemente superior a la suya. Sin embargo, más que intentar escapar o evitarlos, el cabo Dumas condujo a los hombres que comandaba contra los asustados austriacos, que, sorprendidos tal vez con sólo ver a un negro de un metro ochenta y cinco de estatura que se acercaba como una flecha desde un campo de alubias belga, pronto se rindieron en masa.“Que el heroísmo del padre se corresponde con la descripción hecha por el hijo lo confirma el Moniteur Universel —el periódico de referencia de la Francia revolucionaria— en su edición del sábado 18 de agosto de 1792. Según este periódico, el cabo Dumas «cortó el paso [a los jinetes enemigos] tan hábilmente, y cayó sobre ellos con una presteza tal, que todos se rindieron con los fusiles cargados, sin haber tenido tiempo siquiera de disparar una sola vez». El hijo le ofreció al padre trece adversarios, si bien el periódico menciona sólo doce.
Tres meses más tarde, el Moniteur aún seguía hablando de las hazañas de Dumas, impresionado sobre todo por la decisión de donar su parte del botín a la nación francesa: «El ciudadano Dumas, americano, ofrece, a modo de donativo patriótico, la cantidad de 12 libras y 50 céntimos de su parte del producto de trece carabinas tomadas por él y sus compañeros de armas a doce tiroleses que hicieron prisioneros». Un gesto espléndido y patriótico, como correspondía, para un ejército que parecía brindar posibilidades ilimitadas de alcanzar la gloria.

El instituto fue algo más que una experiencia de mestizaje, y proporcionó a sus alumnos negros y blancos una de las educaciones más rigurosas del mundo, y los mejores, fuera cual fuese el color de su piel, podían examinarse para ingresar en la École Polytechnique, entonces la academia militar más elitista de Francia. Desde la perspectiva de comienzos de 1796, Alex Dumas bien podría haber supuesto que su hijo, cuando tuviera uno, asistiría a ese colegio o a uno similar. No podía saber que su hijo Alexandre, aun siendo un joven brillante, no asistiría a ningún instituto de secundaria por culpa de un hombre cuyo nombre aún no sonaba en esos días, salvo en un círculo reducido de miembros del gobierno y del Ministerio de la Guerra, pero que pronto reharía por completo Francia y la Revolución.
A principios de 1796, Carnot abrió un nuevo frente contra los austriacos en Italia, y para el cargo de general en jefe del ejército de Italia designó a un talentoso artillero corso, Napoleón Bonaparte, que acababa de hacer un gran favor al gobierno. En aquellos tiempos, muchos lo consideraron un insulto, ya que el ejército de Italia era conocido por ser un cuerpo ruinoso e infrafinanciado; pero Napoleón supo que era su oportunidad.
La degradación que humilló a Dumas resultó ser una oportunidad. Al negársele su puesto como general de división al frente de miles de hombres, quedó liberado de las tareas administrativas y políticas y volvió a encontrarse en el papel que originalmente le había ayudado a hacerse un nombre: a la cabeza de patrullas montadas, con un número reducido de hombres, en misiones de reconocimiento e interviniendo para atraer al enemigo y en terreno demasiado accidentado o peligroso para que se adentrase el ejército principal.
En enero de 1797, Napoleón reorganizó el ejército de Italia en tres columnas principales, con el objetivo de empujar a los austriacos hacia los Alpes y sacarlos de Italia. Si las columnas francesas lo conseguían, podrían incluso seguir al enemigo e irrumpir en el corazón de Austria, desde donde en un solo día se podía llegar a caballo a Viena, la capital del imperio enemigo.
El otro gran favor que Dumas hizo a Napoleón ese otoño fue ayudarle a sofocar la revuelta de El Cairo, con centro en la mezquita Al-Azhar, la principal de la ciudad, donde durante días los mulás habían predicado que, como opresores, los franceses eran peores que los mamelucos, porque eran infieles. Por tanto, se trató de una revuelta santificada y, de hecho, según decían los árabes, una exigencia de Dios y del profeta Mahoma. A pesar de las declaraciones pro musulmanas de Napoleón y sus intenciones de respetar el Corán, tanto él como los otros deístas de la revolución —o quizá a causa de esa declaración de intenciones—, muchos egipcios de a pie se declararon dispuestos a luchar contra el invasor. La revuelta estalló el 22 de octubre, y durante tres días la ciudad se cubrió de sangre con escenas escalofriantes de asesinatos, saqueos e incendios provocados.
El general ya no era el hombre que la década anterior había alcanzado la gloria. Se había ido de Egipto porque sentía que su salud se deterioraba, y tras llegar a Tarento había sufrido una «extraña parálisis» en la cara. Durante la cuarentena, las autoridades locales le habían asignado un médico, y «había empezado algunos tratamientos» para la parálisis facial. El médico siguió viendo a Dumas en la celda. Luego, el 16 de junio, a las diez de la mañana, «tras tomar un vaso de vino y una galleta en el baño, siguiendo las órdenes del médico», Dumas cayó al suelo, doblado de dolor.

Dumas no tenía duda de que el médico intentaba matarlos a los dos con todos los medios a su disposición, salvo el más obvio de todos, es decir, cortarles el cuello. Sin embargo, no es fácil determinar si los «perversos tratamientos» deben atribuirse a intenciones malévolas o si eran simplemente prácticas médicas propias de aquellos años. Al fin y al cabo, Dumas atribuyó su salvación a «cuarenta enemas aplicados en tres horas». Aunque la revolución científica del siglo XVIII había dado lugar a un gran interés por las ciencias naturales y la medicina, las novedades aún no se habían traducido en una comprensión de las enfermedades. (Algunos médicos llegaron a sostener que las cualidades de la Ilustración —urbanidad, modales refinados, mucha lectura e introspección— eran causa de enfermedades). En cambio, se estudiaba exhaustivamente la idiosincrasia constitucional de cada individuo, y de esa manera un médico podía desarrollar una cura muy personalizada para tratar, más que la enfermedad, al paciente. Era el último grito en «atención personalizada» por parte de los encargados de la atención primaria, aunque no, quizá, con los beneficios que ahora suponemos que produce ese enfoque.
Dos de los médicos que visitaron a Dumas creyeron que los síntomas —pérdida de visión y de oído, parálisis facial, el insoportable dolor de estómago— eran signos de melancolía (léase, depresión). Cuando leí el diagnóstico que aparece en sus informes, pensé: «¡Qué moderno!». Pero, de hecho, en el siglo XVIII era una costumbre muy arraigada creer que la depresión era la causa de todo, desde las infecciones hasta las afecciones cardiacas y el cáncer.
Aunque la revolución científica del siglo XVII había repudiado oficialmente esa creencia, a finales del siglo XVIII la antiquísima teoría de los humores era la base del sentido común en medicina. En el paradigma de los humores, existía entre la salud y la enfermedad un continuum en el cual cada individuo se encontraba en un momento dado. En el fondo de la enfermedad estaba el equilibrio entre los humores, esas misteriosas sustancias corporales que determinaban el bienestar; demasiado de uno o demasiado poco de otro eran la causa de una enfermedad, o de la «putrefacción» de todo el organismo. Muchos tratamientos de la época —sudores, purgas, sangrías, emesis— se concebían sobre la base de esa premisa básica.
Aparte de su penoso estado físico, Dumas descubrió algo que le pareció una prueba aún más contundente de las intenciones del médico; lo vio claramente una tarde mientras tomaba un baño y el médico lo visitó para conversar un rato mientras el general estaba en la bañera. El hombre dijo que quería hablar con el general Dumas siempre y cuando disfrutaran de una intimidad absoluta.
La persistente inquietud de Dumas sobre su mala salud y el tratamiento que recibía —en su informe dedica decenas de páginas a la tragicomedia de los largos intervalos entre las visitas de los médicos y las crueles e ineficaces «curas» que le recetaban cada vez que iban a verlo— sirvió para agudizar la idea paranoica de que unos desconocidos querían matarlo poco a poco por razones desconocidas. Para agravar aún más su sombrío estado de ánimo, el día después de la muerte del médico, Dumas despertó y encontró estrangulada a su cabra; un accidente, dijeron los guardias, aunque Dumas estaba seguro de que «habían matado al animal por miedo a que aún pudiera serme útil».

A consecuencia de la más vil de las traiciones, Alexandre Dumas construyó mundos que resucitaban los sueños de su padre y la fantástica época de gloria, honor, idealismo y emancipación por la que el general había luchado.
«Ya lo ve, padre, no he perdido ninguno de los recuerdos que me dijo que conservase. ¡Y es que, desde que llegué a la edad de la razón, su memoria vive en mí como una lámpara sagrada y sigue iluminando todas las cosas y a todos los hombres en que usted puso la mano, por más que el tiempo haya destruido esas cosas y por más que la muerte se haya llevado a esos hombres!».
Y en Francia sigue faltando un monumento que conmemore la vida del general Alexandre Dumas.

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The novel is not only full of adventure and idealism but also allows you to understand more clearly the phenomenon of the French Revolution and its consequences throughout Europe.

I loved this book. Hard to put it down, as it reads like a novel – part adventure, part history lesson (and there are many lessons to be learned) and part biography. It’s an almost unbelievable account of a mixed-race man who was born in the tropics, lived the high life among French nobility, fought battles on glaciers and mountain bridges, sailed to Egypt and was then imprisoned by circumstance – all by the age of 40.
Reiss’ Pulitzer Prize-winner captures the violence, shifting politics and fickle social cravings of late-eighteenth century France with great detail. He excels at describing the complicated context in which a ‘mulatto’ boy from Jeremie (in what is now Haiti) would step off the boat with his aristocrat (if scoundrel) father and enter a then-colorblind, egalitarian French society. Long before fathering “Monte Cristo” and “Three Musketeers” novelist A. Dumas, this young “American” master of many arts would assume the name Alex Dumas upon enlisting in the early years of the French Revolution. And in no time, he’d become a legendary general whose adventures and military successes incurred the jealousy of cohort and fiery rival Napoleon.

This historical biography is based on the life of the famous author, Alexandre Dumas’s father, Thomas-Alexandre, known as Alex Dumas.
After time spent in the War of the Polish Succession that ended in 1738, Frenchman Alexandre (Antoine) Davy de la Pailleterie, a future marquis, left France to seek his fortune in Saint-Domingue, the island of Hispaniola. At that time, the Spaniards owned, Santo Domingo, the east side of the island, and the French owned the west, Saint-Domingue (Haiti). Because of sugar planting, Saint-Domingue was one of the wealthiest islands in the world.
Antoine moved in with his younger brother, Charles, who had married well and became a well-known sugar planter. Antoine scrounged off his brother for a decade, kept several slave mistresses, and refused to work. Charles and Antoine’s relationship ended violently. Antoine fled with three of his brothers’ slaves, one of which was his latest mistress. To probably resist arrest, Antoine moved up into the highlands, a densely wooded mountains, eventually settling in Jérémie, an isolated area of Haiti. There, he changed his name to Antoine de l’Isle—Antoine of the island.
Antoine purchased a mistress for a very high price, Marie Cessette Dumas. Marie Cessette bore him four children. The eldest child was Antoine’s favorite, Thomas-Alexandre, born in 1762. When Antoine returned to France, he would eventually send for fifteen year old Thomas-Alexandre. Antoine sold Marie Cessette and their other three children.

In France, Antoine made sure his son was well educated. Thomas-Alexandre became an excellent swordsman. As a young man, Thomas-Alexandre, enlisted in the dragoons, and rejected his father’s surname, Davy de la Pailleterie, and took his mother’s surname, Dumas. He would never again be known as Thomas. Instead, he used Alexandre (Alex) Dumas. He even listed his father as Antoine Dumas.
As a Lieutenant Colonel, Alex, who was later commissioned as a General, married Marie-Louise Labouret of Villers-Cotterets, France. They would have three children: two daughters and Alexandre Dumas, Jr. their last child, the future author, was born 10 years later.

The book is filled with an enormous amount of French history, some of which includes the shrewd General Bonaparte. At one point, General Dumas and Bonaparte fought together. General Dumas sailed to Egypt with Bonaparte.
General Dumas appeared to be a loving husband and good father. On the front, he was a courageous, strong-minded, intuitive leader, unbiased toward his troops. From his men he received much devotion and admiration. His flaw was sometimes not using tact and being too critical. He had high expectations of a soldier’s performance. Yet his bold criticism toward inept superiors or those favored by superiors cost him promotions or unkindness later in life.
General Napoleon showed farsightedness concerning his own future ambitions. However, he appeared to be intolerant of criticism expressed by General Dumas, and inflated his own self-importance when he and Dumas were generals.
Napoleon was willing to cruelly exploit others for his own gain, especially concerning the Rights of Man decree. When Napoleon became emperor, the law, previously decreed by former King Louis XVI of France, April 4, 1792, which provided citizenship for all property owning free men of color on the islands, became invalid in 1800. In France, interracial marriages as well as interracial education were outlawed. People of color who had lived free in France were to be rounded up and sent back to the colonies. They could no longer live in Paris or the surrounding suburbs. This appears like history repeating itself. German citizens had experienced this during the Second World War, and currently Dominicans of Haitian descent are being denied citizenship because of their place of birth.
Without giving too much away, this is a superb historical biography, well written, full of information, and a pleasure to read. The history in France and on the island, Saint-Domingue, will amaze you. I took my time reading this book. Surprisingly, Alexandre Dumas, author of The Three Musketeers, incorporated some of his father’s famous expeditions when writing his book. The author, Alexandre Dumas, expresses a genuine, tender love and admiration for his father, General Dumas. This book is superb.

Alex Dumas was an accomplished military man and a man of great conviction and moral courage. Famous for his physical strength, his dexterity with the sword, his courage and his gift to overcome the most difficult situations, he was also known for his vulgar impertinence and his problems with the authorities. He was a general of soldiers, feared by the enemy and loved by his men, a hero in a world that did not use that word lightly.
But then, victim of the tricks of a conspiracy, ended up imprisoned in a fortress and poisoned by unknown enemies, without hope of being able to appeal and relegated to oblivion. It was no coincidence that his destiny resembled that of a young sailor named Edmond Dantès, a man who was about to start a promising career and marry the woman he loved and who finally discovers that he is a pawn in a plot that he he had never imagined, locked up without witnesses and without trial in the dungeon of a fortress called the castle of If, on the island of the same name. However, unlike The Count of Monte Cristo, the novel that later wrote his son, Alex Dumas did not know in the dungeon to any benefactor to help him escape or discover a hidden treasure. He never knew the reason for his suffering or the reason for his abrupt fall from glory to suffering. It was a legend.

The word «slave», which first appeared in the eighth century AD. C., had, from the etymological point of view, an ethnic connotation, because it was a slav corruption, since at the time almost all the slaves imported to Europe were ethnic Slavic. The Slavs were late converts to Christianity, and their status as pagans made them vulnerable. «Slavic markets» were created all over Europe, from Dublin to Marseilles, where the people being sold were white-skinned, like those who bought or sold them.
The emergence of Islam led to a great expansion of slavery, as the Arab conquering armies enslaved all «infidels.»
Le Code noir, the Black Code. The name itself leaves no doubt who would be slaves. The code dealt, point by point, with the many ways in which white masters could exploit African blacks; he approved the harshest punishments and stipulated that slaves could not marry without the consent of their master or bequeath property to their descendants.
However, the existence of a written legal code – a novelty of the French colonial empire – paved the way for unexpected changes. If there were laws to regulate slavery, the masters, at least in some cases, could be discovered violating them. By articulating the rules of white domination, the code-theoretically at least-limited it, and gave blacks several opportunities to get rid of it. The Black Code created legal loopholes, and one of them was the question of sexual relations between masters and slaves, and that of the fruit of those relationships.
Life in the French capital could not be simple for a young mulatto aristocrat and, as Thomas-Alexandre would soon discover, he was not the only one who enjoyed such incredible luck, and not the only one exposed to the increasing risks that luck entailed. There were more «mixed» in the country of the Bourbons. Some had fortune and titles of nobility; others, neither money nor titles. The authorities surrounding the king had taken note of his presence-after all, they were people who, no matter how much they powdered or disguised themselves, could not be considered French natives-and did not like them.
How was it possible, when the French slaveholding empire was at its height, that the children of slaves, men of color, live like knights in Paris, the capital of France, even of Europe? The answer must be sought in the fact that in the courts of France, no less than in their academies, an equally admirable and unexpected battle had taken place for some time.
The philosophers of the French Enlightenment liked to use slavery as a symbol of human oppression and, in particular, of political oppression. «Man is born free, but is chained everywhere,» wrote Jean-Jacques Rousseau.
Thomas-Alexandre signed his statement as «Dumas Davy», a fusion of maternal and paternal surnames that he had not used since his first year in France. Officially the case was filed; the Marshals drafted a declaration by which they accepted what both the mulatto and Titon had declared, and, together with legal formulas aimed at preventing any possible duel between the parties, they were satisfied with filing the case. The blessed inefficiency of the kingdom ensured that the colored man was not accused of violating the Police des Noirs and referring it to the naval police, technically in charge of said violations, for not being properly registered. Given Mr. Titon’s extensive contacts with the Ministry of the Navy, the threat of having Thomas-Alexandre arrested, perhaps even sent to a dépôt and deported, could have been fulfilled, but Titon chose not to continue to harass his victim and Thomas-Alexandre left as a free man.
All in all, the first document we have from his voice is a police report.

Corporal Alexandre Dumas remained stationed at the Belgian border, far from Paris. There, amid a gloomy landscape of hedges and fields of turnips and beans, Austrians and French faced each other in cross-border attacks. The most important French cavalry base was in Maulde, where they set up a large armed camp.
Dumas operated from Maulde’s camp. His job was to lead small units of dragons or other cavalry corps, usually four or eight men, on reconnaissance missions aimed at preventing enemy incursions. Most of the time these patrols saw more cows and sheep than Austrian troops, until on 11 August they encountered a detachment of assault. Dumas spotted the enemy horsemen, a force considerably superior to his own. However, rather than try to escape or avoid them, Corporal Dumas led the men he commanded against the frightened Austrians, who, surprised perhaps by just seeing a black man of six feet five inches tall, who was approaching like an arrow from a field of Belgian beans, soon surrendered en masse. «That the heroism of the father corresponds to the description made by the son is confirmed by the Moniteur Universel – the reference newspaper of revolutionary France – in its edition of Saturday, August 18 of 1792. According to this newspaper, Corporal Dumas «cut off [the enemy horsemen] so cleverly, and fell upon them with such alacrity, that all surrendered with loaded rifles, without having even had time to fire a single time». The son offered the father thirteen adversaries, although the newspaper mentions only twelve.
Three months later, the Moniteur was still talking about the exploits of Dumas, impressed above all by the decision to donate his share of the loot to the French nation: «The citizen Dumas, American, offers, as a patriotic donation, the amount of 12 pounds and 50 cents of his share of the product of thirteen carbines taken by him and his companions in arms to twelve Tyrolees who took prisoners. » A splendid and patriotic gesture, as befitted, for an army that seemed to offer unlimited possibilities for glory.

The institute was more than an experience of miscegenation, and it provided its black and white students with one of the most rigorous educations in the world, and the best ones, whatever the color of their skin, could be examined to enter the École Polytechnique, then the most elite military academy in France. From the perspective of the beginning of 1796, Alex Dumas could well have assumed that his son, when he had one, would attend that school or a similar one. He could not know that his son Alexandre, even though he was a brilliant young man, would not attend any secondary school because of a man whose name still did not sound in those days, except in a small circle of members of the government and the Ministry of War. , but that France and the Revolution would soon completely revert.
Early in 1796, Carnot opened a new front against the Austrians in Italy, and for the position of general in chief of the Italian army appointed a talented Corsican gunner, Napoleon Bonaparte, who had just done a great favor to the government. In those times, many considered it an insult, since the Italian army was known to be a ruined and underfunded body; but Napoleon knew it was his chance.
The degradation that humiliated Dumas proved to be an opportunity. When his position as division general in front of thousands of men was denied him, he was freed from administrative and political tasks and found himself again in the role that had originally helped him to make a name: at the head of mounted patrols, with a number reduced of men, in reconnaissance missions and intervening to attract the enemy and in terrain too rough or dangerous for the main army to enter.
In January 1797, Napoleon reorganized Italy’s army into three main columns, with the aim of pushing the Austrians into the Alps and out of Italy. If the French columns succeeded, they could even follow the enemy and break into the heart of Austria, from where in a single day one could arrive on horseback to Vienna, the capital of the enemy empire.
The other great favor that Dumas did to Napoleon that autumn was to help him quell the Cairo revolt, centered in the Al-Azhar mosque, the main one in the city, where for days the mullahs had preached that, as oppressors, the French They were worse than the Mamluks, because they were infidels. Therefore, it was a sanctified revolt and, in fact, according to the Arabs, a demand from God and the Prophet Muhammad. Despite Napoleon’s pro-Muslim statements and his intentions to respect the Koran, he and the other deists of the revolution – or perhaps because of that declaration of intent – many ordinary Egyptians declared themselves willing to fight against the invasive. The revolt broke out on October 22, and for three days the city was covered in blood with chilling scenes of murder, looting and arson.
The general was no longer the man who had achieved glory in the previous decade. He had left Egypt because he felt his health was deteriorating, and after arriving in Taranto he had suffered a «strange paralysis» in his face. During the quarantine, the local authorities had assigned him a doctor, and «he had started some treatments» for facial paralysis. The doctor continued to see Dumas in the cell. Then, on June 16, at ten o’clock in the morning, «after drinking a glass of wine and a cookie in the bathroom, following the doctor’s orders,» Dumas fell to the floor, doubled in pain.

Dumas had no doubt that the doctor was trying to kill them both with all the means at his disposal, except for the most obvious of all, that is, to cut off their necks. However, it is not easy to determine if the «perverse treatments» should be attributed to malevolent intentions or if they were simply medical practices typical of those years. After all, Dumas attributed his salvation to «forty enemas applied in three hours.» Although the scientific revolution of the eighteenth century had given rise to a great interest in the natural sciences and medicine, the novelties had not yet been translated into an understanding of diseases. (Some doctors came to argue that the qualities of the Enlightenment – wealth, refined manners, much reading and introspection – were the cause of disease). Instead, the constitutional idiosyncrasy of each individual was studied exhaustively, and in this way a doctor could develop a very personalized cure to treat, rather than the disease, the patient. It was the last cry in «personalized attention» from the primary caregivers, although not, perhaps, with the benefits that we now assume this approach produces.
Two of the doctors who visited Dumas believed that the symptoms – loss of vision and hearing, facial paralysis, unbearable stomach pain – were signs of melancholy (read, depression). When I read the diagnosis that appears in their reports, I thought: «How modern!» But, in fact, in the eighteenth century it was a deeply-rooted custom to believe that depression was the cause of everything from infections to heart disease and cancer.
Although the scientific revolution of the seventeenth century had officially repudiated that belief, at the end of the eighteenth century the ancient theory of humors was the basis of common sense in medicine. In the humors paradigm, there was a continuum between health and illness in which each individual was at a given moment. At the bottom of the disease was the balance between the humours, those mysterious bodily substances that determined well-being; too much of one or too little of another was the cause of an illness, or of the «putrefaction» of the whole organism. Many treatments of the time -suspenders, purges, bloodletting, emesis- were conceived on the basis of that basic premise.
Apart from his pitiful physical condition, Dumas discovered something that seemed to him an even stronger proof of the doctor’s intentions; He saw it clearly one afternoon while taking a bath and the doctor visited him to talk for a while while the general was in the bathtub. The man said he wanted to talk to General Dumas as long as they enjoyed absolute privacy.
Dumas’ lingering concern about his ill health and the treatment he received – in his report he devotes dozens of pages to the tragicomedy of the long intervals between doctor visits and the cruel and ineffective «cures» that were prescribed every time they went to see it- it served to sharpen the paranoid idea that strangers wanted to kill him little by little for unknown reasons. To further aggravate his gloomy state of mind, the day after the doctor’s death, Dumas awoke and found his goat strangled; an accident, the guards said, although Dumas was sure that «they had killed the animal for fear that it might still be useful to me.»

As a result of the vilest of betrayals, Alexandre Dumas built worlds that resurrected the dreams of his father and the fantastic era of glory, honor, idealism and emancipation for which the general had fought.
«You see, father, I have not lost any of the memories he told me to keep. And it is that, since I reached the age of reason, his memory lives in me like a sacred lamp and continues to illuminate all the things and all the men in whom you put your hand, even if time has destroyed those things and as much as death has taken those men! »
And in France there is still a monument missing that commemorates the life of General Alexandre Dumas.

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