George Lucas: Una Vida — Brian Jay Jones / George Lucas: A Life by Brian Jay Jones

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No soy un lector imparcial aquí; Soy un gran admirador de George Lucas y leo esto con gusto. Se señaló que mucho de este material está disponible en otro lado si se toma el tiempo para cavar y encontrarlo. Eso es cierto, pero la mayoría de nosotros no tenemos tiempo y Jones sí. Ha escrito una mirada informativa sobre uno de los mejores cineastas de todos los tiempos aquí y los fanáticos son mejores para eso.
Mi única queja es que esta no es una biografía autorizada. Eso, por supuesto, no es culpa de Jones y él hace bien en superar eso. Lucas es un hombre notoriamente privado y, aunque no hay nada verdaderamente innovador aquí, el libro revela un retrato claro de The Maker. Yo diría “verrugas y todo”, pero, un crédito para Lucas, no hay controversia aparte de que él es un poco gruñón a veces.
En resumen, realmente disfruté esta biografía y la recomendé a cualquiera que sea fanático de la película y de cómo piense un cineasta. Por supuesto, a los fanáticos de Star Wars e Indiana Jones (no tanto Indy como me hubiera gustado aquí) les encantará.

Esto es lo mejor de la biografía de Lucas disponible, aunque es un poco prolijo ya veces más que un poco seco. Realmente, realmente, realmente desearía que los autores entrevisten a The Man en lugar de confiar en las entrevistas con sus amigos, colegas, críticos y material previamente publicado. Lucas vela celosamente por su privacidad, pero no he visto evidencia de que este o los anteriores biógrafos siquiera hayan intentado reunirse con él. Aún así, si compra solo una biografía de Lucas, que sea esta.
Jones profundiza en la vida y las producciones de Lucas más que cualquier otro escritor. Uno se pregunta de vez en cuando si le gusta su tema, aunque su crítica a Lucas es bastante estándar, incluso por sus fanáticos. Hace un trabajo mejor que justo tratando de entrar en la psique de Lucas y por qué hace lo que hace. Creo que tiene razón cuando parece sugerir que Lucas se enamoró de su propio éxito a veces, y estaba tan decidido a satisfacer sus propios deseos de una caja de juguetes que olvida o simplemente ignora los deseos de su legión de admiradores.
Jones no permite que Lucas salga con la suya, dando lo que tal vez sea la primera explicación abierta y objetiva del divorcio de Marcia, y su búsqueda no solo para castigar a su ex esposa sino también para destruirla. Lamentablemente, tuvo éxito; ella ha desaparecido de la industria del cine. Sus amigos en conjunto nunca podrían contratarla, a pesar de su currículum ganador de la Academia, y los estudios de renombre probablemente la incluyeron en la lista negra con la esperanza de obtener un éxito de taquilla de Lucas algún día.
El futuro de Lucas es incierto. Vendió Lucasfilm a Disney y completó su viaje al Lado Oscuro vendiendo su propia conciencia. Tenía que saber que Disney, especialmente, terminaría con sus personajes y abandonaría sus argumentos para poder hacer lo que quisieran con la franquicia. Dio su tratamiento de la historia como parte de la venta, pero no lo hizo bien por los fanáticos que, literalmente, se han mantenido leales a él durante décadas y se aseguran de que la destrucción completa de su universo no haya sucedido.
Aún así … George Lucas revolucionó su industria al ayudar con la destrucción del viejo sistema de estudio, y abrió un camino de oportunidad para futuros cineastas que podrían haber atacado a The Machine sin éxito. Él, al igual que Gene Rodenberry, se ha inmortalizado en la historia de la cultura pop. Que la fuerza esté con él.

Su desazón se debía en parte a que tenía la impresión de haber perdido el control sobre su propia película. Echaba la culpa a la mezquindad de los ejecutivos de la Twentieth Century Fox, que habían ido escamoteando recursos a cada paso, negándole el dinero que necesitaba para asegurarse de que todo funcionara. Pero estos se mostraban escépticos; la ciencia ficción, insistían, era un género muerto, y requería accesorios, vestuario y efectos especiales que resultaban caros. En lo que concernía al estudio, Lucas podía arreglárselas con un presupuesto limitado e ir solucionando los problemas con sus robots sobre la marcha. «Se dio simplemente el caso de que la Fox no quiso poner el dinero hasta que fue demasiado tarde —refunfuñaría Lucas—. Cada día perdíamos alrededor de una hora con esos robots, y no habríamos malgastado todo ese tiempo si hubiéramos contado con otras seis semanas para terminarlos, probarlos y tenerlos en funcionamiento antes de empezar».
No fueron solo los robots de control remoto los que dieron problemas. Anthony Daniels, un actor muy británico de formación clásica en el que había recaído el papel del androide de protocolo C-3PO, sufría mucho dentro de su reluciente disfraz de plástico dorado que no le encajaba bien y desde donde no podía ver ni oír gran cosa. Con cada movimiento que hacía se pinchaba o se cortaba —«cubriéndome de cicatrices y arañazos».
Si La guerra de las galaxias funcionaba, algo tendría que cambiar forzosamente: él controlaría el dinero.
Aun así, había ciertas cosas que él nunca controlaría, por mucho que quisiera. Las totalmente impredecibles condiciones meteorológicas de Túnez, por ejemplo, no estaban haciendo más fácil la producción. Durante la primera semana de rodaje se puso a llover sobre el valle Nefta de Túnez por primera vez en siete años, y no paró en cuatro días. El equipo y los vehículos se quedaron atascados en el barro, y fue necesario pedir ayuda al ejército tunecino para sacarlos. Por las mañanas a menudo hacía frío, y por la tarde, un calor abrasador.
Poco más de un año antes de la fecha prevista para su estreno en los cines (si algún día lograba llegar a la gran pantalla), el proyecto de Las guerras de las galaxias era un desastre e iba a ser un espanto de película.
Lucas estaba convencido de ello.

Lucas prefería los cómics de ciencia ficción a los de superhéroes. «Me gustaban las aventuras en el espacio», admitió. Aunque es muy posible que le fascinaran las artísticas historias con giro de ciencia ficción del suntuoso Wally Wood en las increíblemente populares historietas Weird Science de EC Comics, él prefería al más colorido policía intergaláctico de DC Comics, Tommy Tomorrow, que se había hecho un hueco permanente en las últimas páginas de Action Comics de Superman. Plummer creyó entender las preferencias de su amigo. «Una de las cosas que salieron de ellos… fueron los valores que tanta importancia tenían para nosotros —señaló—. Estaban los buenos y los malos. Creo que dejaron una fuerte impronta en él».
Sin embargo, si Lucas tuviera que elegir un personaje favorito, no se encontraría en las páginas de un cómic de ciencia ficción; sería más bien Tío Gilito, el pariente trotamundos del Pato Donald que protagonizaba su propio cómic, Walt Disney’s Uncle Scrooge, publicado mensualmente por Dell. Las historias de Tío Gilito, escritas y dibujadas por Carl Barks, eran inteligentes, divertidas y realmente sofisticadas.
A Lucas todo eso le parecía emocionante e inspirador. «Para mí, Tío Gilito […] es el perfecto exponente de la psique estadounidense —señaló—. Hay tantas cosas en él que son precisamente la esencia de Estados Unidos que resulta asombroso». Las lecciones que aprendió de Tío Gilito forjarían en cierta medida el tipo de artista y hombre de negocios en que se convertiría en el futuro: conservador y resuelto, que creía firmemente en su visión y luchaba con garra por ella, al mismo tiempo que albergaba cierta nostalgia de tiempos mejores que podrían o no haber existido. Años después, ya en camino de amasar una fortuna que rivalizaría con la de Gilito, una de las primeras obras de arte que compró fue un dibujo original de Carl Barks de una historieta de Tío Gilito, un tímido guiño de reconocimiento a su antecesor en cuatro colores.
Había otro artista que le fascinaba y que hacía la clase de «narración en imágenes» que admiraba en Barks, aunque en un formato algo diferente. Cuando tenía oportunidad, buscaba números del Saturday Evening Post solo para estudiar atentamente las magníficas portadas fotorrealistas del ilustrador Norman Rockwell.

George Lucas, heredero de una tienda de artículos de papelería, superviviente de un accidente de automóvil y amante de la fotografía y del cine, estaba trabajando oficialmente —aunque por los pelos— en la industria del cine. El chico de Modesto, California tenía estrella.
A primera vista no parecían tener mucho en común. A diferencia de Lucas, Coppola había crecido en un hogar que toleraba e incluso alentaba la expresión artística. El padre de Coppola, Carmine, era un músico de la Orquesta Sinfónica de Detroit que casualmente estaba tocando la flauta en el programa de radio The Ford Sunday Evening Hour la noche que nació Francis, el 7 de abril de 1939, de ahí que le pusiera como segundo nombre el del patrocinador del programa. En el hogar de Coppola, a diferencia de en el de Lucas, habría pocas discusiones entre padre e hijo, y cuando este contrajo la polio a los diez años, su padre casi «murió» de la angustia, una muestra de emoción que no habría sido propia de George Lucas sénior. Francis se recuperaría de la enfermedad después de casi un año en cuarentena haciendo reposo en la cama de su habitación, una reclusión que nunca olvidó. «Parte de la razón por la que me metería en el negocio del cine fue esa sensación de aislamiento», diría después.
Lucas se aburría. Coppola era una buena compañía, pero él quería hacer algo más que «observar». Ya había tenido suficiente esa primavera durante la producción de El oro de Mackenna. Así que empezó a dejar el plató de exteriores —y a Coppola— para husmear por el edificio de animación vacío en busca de restos de película abandonados que pudiera utilizar para hacer un corto. «Las cámaras seguían en su sitio, así que se me ocurrió que encontraría fragmentos de película y que pasaría los seis meses que debía trabajar allí haciendo una película de animación».
Coppola reparó en la ausencia del joven y no le hizo gracia. «¿Qué estás haciendo? —le preguntó—. ¿No soy lo bastante entretenido para ti?». Cuando Lucas le explicó que prefería actuar a observar, Coppola asintió comprensivo y le nombró su asistente administrativo, prometiéndole 3000 dólares por seis meses de trabajo. Lucas pasó a hacerse cargo de muchos de los detalles del día a día en el plató, tomando diligentemente fotografías para asegurar la continuidad en el atrezzo y el mobiliario en una variedad de tomas, pero Coppola esperaba más del joven que no tardaría en ver como su protegido.

Lucas se ofendió. «Los críticos son los vándalos de nuestra época, como los que ensucian las paredes con pintura de espray», se quejó. Se comprometió a dejar de prestar atención a sus opiniones; los metió en el mismo saco que a esos ejecutivos desapasionados que no sabían nada de cine y aun así le decían: «¡Pon a los bichos raros primero!». ¿Quiénes eran ellos para opinar? «Me dije: “Al demonio los críticos”».
Los amigos intentaron mostrarse comprensivos y apoyarlo. «George consideraba que había logrado hacer una película no solo visualmente emocionante, sino además con mensaje —señaló Matthew Robbins—. Le decepcionó que no hubiera público para el cine artístico estadounidense».
THX «estaba muy bien hecha. Pero era un plomazo», afirmó.
Marcia coincidió con él. «Cuando THX fracasó, nunca dije: “Ya lo decía yo”, pero sí le recordé mi advertencia de que no implicaba al público emocionalmente». Lucas no soportaba esa clase de críticas. «Implicar emocionalmente al público es fácil —replicó—. Cualquiera puede hacerlo con los ojos cerrados. Coge un gatito y haz que alguien le retuerza el cuello». Pero Marcia se mostró tan insistente que George acabó levantando las manos en un fingido gesto de rendición.
«Te demostraré lo fácil que es —anunció—. Haré una película que implique emocionalmente al público».

Flash, lo había puesto en camino sin saberlo hacia La guerra de las galaxias. De hecho, Flash Gordon no aparecería en la gran pantalla hasta 1980 en un bodrio producido por Dino De Laurentiis, que intentó sacar tajada de la moda de ciencia ficción que había generado Lucas con La guerra de las galaxias. A este no le pasó inadvertida la ironía.
Pero él aún no estaba preparado para hacer otra película de ciencia ficción. «Después de THX se me tenía por un director frío y raro, el clásico tipo colgado por la ciencia ficción que va por ahí con una calculadora. Y yo no soy así en absoluto», comentaría después. Además de Marcia, Coppola también lo había desafiado a hacer algo distinto.
Lucas aceptó el desafío. «Si lo que quieren es una comedia humana y cálida, la tendrán, aunque solo sea para demostrarles que puedo hacerla». Creía saber exactamente cómo proceder. Más tarde diría que fue su creciente interés por la antropología lo que impulsó American Graffiti. «Estaba fascinado con los rituales de apareamiento modernos de la juventud estadounidense, que bailaban en coches en lugar de en la plaza del pueblo o en las otras formas en que las sociedades han hecho esas cosas», explicaría a los periodistas cuarenta años después. Pero probablemente solo era cierto en parte. Más que nada, el escritor que odiaba escribir tomaba el camino más fácil: contar algo inspirado en su vida, como le había aconsejado Coppola. «Si eres guionista y director —diría—, haces películas sobre lo que conoces». En su caso, nunca tuvo dudas sobre qué escribir: «Al crecer en Modesto, pasé años paseando en coche por la calle Diez, y estaba fascinado con ello».
Lucas nunca cambiaría el título, por muchas objeciones que pusiera el estudio; incluso Coppola presionaría a los actores y a los miembros del equipo de rodaje para que discurrieran una alternativa, y él mismo propuso Rock Around the Block. Pero Lucas sabía exactamente lo que significaba el título. Esa película era en sí misma un graffiti americano, un momento único en el tiempo.
Lucas acabó de filmar American Graffiti el viernes 4 de agosto de 1972. Como tal vez cabía esperar, las dos últimas semanas se habían visto entorpecidas por un fallo mecánico tras otro: un tensor roto que dificultó la filmación de una escena peligrosa, una película sobreexpuesta que requirió una larga serie de tomas nuevas y un neumático pinchado que dejó en tierra al avión de la última escena. Aunque Lucas había animado la última semana de rodaje con un baile de graduación en el gimnasio del instituto Tamalpais —Coppola estuvo presente, y Marcia también apareció—, se alegró de que acabara. «No hay dinero que pague todo lo que tienes que aguantar para hacer una película —se quejaría al New York Times—. Es agotador. Horrible. Acabas físicamente enfermo.
Sin embargo, tenía un tratamiento de dos páginas escrito a mano en un cuaderno, y un título, garabateado en cursiva en el centro de la portada: The Star Wars.

Lucas se tomaba el guion de La guerra de las galaxias como un empleo a tiempo completo, subiendo pesadamente las escaleras hasta su cuarto de escritura todas las mañanas a las nueve, donde se dejaba caer despacio en su silla ante su escritorio de madera y miraba una hoja en blanco durante horas, esperando que llegaran las palabras. «Estoy sentado a mi mesa ocho horas al día, pase lo que pase, aunque no escriba nada —explicó—.
Podría decirse que La guerra de las galaxias se debió en parte a Coppola.
A finales de 1972, con American Graffiti en la fase de posproducción, Lucas estaba listo para trabajar en su próximo proyecto, que no tenía ninguna duda de que sería Apocalypse Now. Para él, el hecho de que todavía perteneciera a Coppola solo era un detalle técnico. «Lo único que hizo Francis fue tomar un proyecto en el que yo estaba trabajando y utilizarlo como baza en unas negociaciones, y de pronto era suyo», se quejó. En lo que a él concernía la intención era lo que contaba, y tenía toda la intención de convertir Apocalypse en su próxima película, enviando el guion a varios estudios. Para su sorpresa, «prácticamente llegó a un acuerdo» con la Columbia.
Si Coppola hubiera optado por negociar en lugar de cerrarse en banda, el siguiente proyecto de Lucas podría haber sido perfectamente Apocalypse Now, y La guerra de las galaxias habría seguido siendo una cláusula añadida a un contrato que podría o no desarrollarse más adelante. En lugar de ello Lucas abandonó de mala gana el proyecto, quejándose de la tacañería de Coppola. La guerra de las galaxias nacería, por lo tanto, de la necesidad de llenar un vacío tanto creativo como financiero. «Tenía deudas —diría Lucas—. Necesitaba desesperadamente trabajar. No sabía qué iba a ocurrir con [American] Graffiti». Suspendido Apocalypse Now, Lucas se volvió hacia su único otro proyecto viable, el que seguía incluido en su acuerdo con la Universal. «Y me dije ¿qué demonios? Tengo que hacer algo. Empezaré a trabajar en La guerra de las galaxias».
Solo que en ese momento no era La guerra de las galaxias. Ni de lejos.
Cuando Lucas se sentó a escribir en febrero de 1973 en su pequeña oficina de Mill Valley, lo único que tenía era el atisbo de una idea.
El 17 de abril Lucas empezó a escribir otro tratamiento y este lo tituló The Star Wars. En él narraba el combate espacial que quería ver, así como un argumento más desarrollado que canalizaba fragmentos de Flash Gordon y de La fortaleza escondida de Kurosawa. Lucas volcó en ese borrador todo lo que siempre le había encantado de las series de los sábados por la mañana, con muchas persecuciones, casi colisiones, criaturas exóticas y proezas en general. De La fortaleza escondida tomó varios puntos clave del argumento, a saber: una princesa a la que un general sabio y marcado por la guerra escolta a través de un territorio enemigo y, aún más importante, dos burócratas que se pelean y hablan de forma deshilvanada para servir como contrapunto cómico.
Luke Skywalker hace su primera aparición, aunque en ese borrador inicial es un general entrado en años que protege a una joven princesa en el planeta Aquilae. La princesa y él se topan con dos burócratas discutidores que han escapado de una fortaleza espacial en órbita, y los cuatro viajan hasta un puerto espacial para buscar un piloto que los lleve al planeta Ophuchi.

Otro amigo cuya opinión valoraba y cuya compañía cada vez disfrutaba más era Steven Spielberg. En el verano de 1974 Spielberg estaba haciendo Tiburón para la Universal, un proyecto protagonizado por un tiburón mecánico gigante que todavía estaban construyendo en un hangar al norte de Hollywood. Una tarde Spielberg llevó a Lucas, Milius y Scorsese al hangar para que echaran un vistazo al tiburón a medio construir, todavía sobre puntales y suspendido de eslingas. La criatura era enorme, tanto que Milius pensó que los artesanos «se estaban pasando». Mientras Lucas miraba los guiones gráficos que los artistas estaban utilizando como referencia, sintió envidia. «Si eres capaz de introducir la mitad de todo esto en una película —le dijo a Spielberg—, tendrás el mayor éxito de la historia». (No se equivocó: poco después de su estreno en 1975, Tiburón se convertiría en la película más taquillera de todos los tiempos, al menos hasta que Lucas la superó con La guerra de las galaxias dos años después).
La Fox se tomó su tiempo para responder a las dos exigencias de Lucas; aunque la explotación del merchandising y los derechos sobre posibles segundas partes o secuelas eran, por lo general, cláusulas menores, la Fox quería asegurarse de que no las cedían sin más. Pero al final le dieron la razón a Ladd. Accedieron a renunciar a los derechos de secuela y del merchandising por lo barato que les había salido conseguir al director de American Graffiti. «George no vino ni una sola vez para decir: “Ahora valgo diez veces más que cuando firmamos el trato” —contaba Ladd—. Su actitud era: “Hice un trato y seguiré adelante con él”». Como lo expresó Lucas: «No pedí otro millón de dólares, solo los derechos del merchandising. Y la Fox creyó que era un trato justo». La Fox aún no estaba preparada para redactar los contratos —todavía tenían pendiente fijar el presupuesto final de la película—, pero por lo menos volvía a moverse algo. Y nadie, ni siquiera Lucas, advirtió que, al asegurarse los derechos del merchandising y de secuela, acababa de negociar para sí una cláusula de mil millones de dólares. Décadas después el ejecutivo de la Fox “Gareth Wigan sacudiría la cabeza lleno de admiración ante el instinto y la audacia de Lucas. «George tuvo una gran visión de futuro. El estudio no. No sabía que el mundo estaba cambiando. George sí lo sabía. Mejor dicho, él lo cambió».

Tenía en mente a un actor famoso para el papel de Ben Kenobi, el actor inglés Alec Guinness, y pidió a la directora de reparto Dianne Crittenden que le concertara una cita con él, que se encontraba en Los Ángeles terminando el rodaje de Un cadáver a los postres. Crittenden se las compuso para hacerle llegar a su camerino una copia de la última versión del guion, junto con varias ilustraciones de McQuarrie. Guinness se enfadó desde el primer momento; no le gustaba que le impusieran guiones, y tenía muchas dudas acerca de la ciencia ficción. Pero se disponía a producir una obra de teatro en Londres y necesitaba el dinero. Contemplando La guerra de las galaxias como un mero cheque, accedió a quedar con Lucas.
Es ciencia ficción, lo que me hace dudar, pero la dirigirá Paul [sic] Lucas que hizo American Graffiti, lo que me dice que debería aceptar. Es un papel importante. Una boba historia fantástica, pero podría ser interesante». Lucas y él seguirían hablando, y Ladd se quedó satisfecho cuando por fin se incorporó al reparto un nombre reconocible. «Guinness no vendía entradas por sí solo —diría—, pero era tranquilizador tenerlo en la película».
Williams, tal vez más que ningún otro colaborador, quien infundiría en La guerra de las galaxias la atmósfera de emoción y solemnidad que Lucas imaginó, y su partitura se convertiría en un icono: el estruendo de los metales del tema de apertura sería aplaudido por los espectadores a lo largo de siete películas, y la saga continúa. Lucas siempre expresaría abiertamente su admiración. «Está allá arriba con Buddy Holly y los Drifters», diría de él, el mayor elogio que podía hacer a un músico.

No hay indicios de que Lucas tuviera previsto que Darth Vader fuera Anakin Skywalker o el padre de Luke y Leia, gemelos separados al nacer. Aunque en el transcurso de tres décadas perpetuaría un ejercicio de retrocontinuidad al afirmar que lo había planeado así desde el principio, en 1975 todavía era clara su intención de que Vader y el padre de Luke fueran dos personajes distintos. La historia de los orígenes de Vader trataba «de Ben, el padre de Luke y Vader cuando eran jóvenes caballeros Jedi. Vader mata al padre de Luke, y entonces Ben y Vader se enfrentan, como acaban de hacerlo en La guerra de las galaxias, y Ben casi mata a Vader». En cuanto al nombre de «Vader», Lucas hacía que vader coincidiera lingüísticamente con el término «padre» en alemán, pero debía de haberlo oído a diario en el instituto Downey, donde tenía un compañero en un curso superior, un atleta de la selección All-Conference llamado Gary Vader. Para Lucas, a quien le encantaba su sonoridad, era un apellido demasiado bueno para no utilizarlo.
En el fondo —confesó años después— jamás creí que fuéramos a ganar dinero con La guerra de las galaxias».

No llevaban ni dos semanas rodando La guerra de las galaxias cuando George Lucas se vio preparado para matar a sir Alec Guinness.
«Es todo un shock para un actor tener que oír: “Ya sé que tienes un papel importante… pero he decidido matarte”», diría a un periodista de Rolling Stone en 1977. Para él, sin embargo, matar al personaje de Guinness, Obi-Wan Kenobi, era crucial para la película, pues enmendaba lo que creía que era un gran defecto del último borrador de su cambiante guion. «No había verdadera amenaza en la Estrella de la Muerte», explicaría. En su último borrador, Kenobi sobrevivía a su duelo con sables de luz contra Darth Vader al retirarse por una puerta blindada que se cerraba de golpe a sus espaldas. Eso no solo dejaba a Vader «en ridículo», como lo expresaría Lucas, sino que convertía el asalto a la Estrella de la Muerte en poco más que un allanamiento galáctico, con Vader como un tendero desconcertado que agitaba el puño de rabia a los héroes que escapaban ilesos. «Era una tontería —afirmó con rotundidad—. Entraban corriendo en la Estrella de la Muerte, se hacían con el control y volvían a salir…
Desde el primer día La guerra de las galaxias sería una producción plagada de problemas que reventaría el presupuesto, dejaría a Lucas mental y físicamente exhausto, y pondría a prueba la paciencia de los ejecutivos de la Fox de tal modo que el estudio estuvo a punto de suspender la película del todo. «Me había olvidado de lo imposible que es hacer películas —escribió un hastiado Lucas a Marcia durante el rodaje—. Me deprimo mucho, pero supongo que de alguna manera la acabaré».
Pero lo que más le decepcionó a Lucas fue la sensación de estar perdiendo el control sobre su propia película. En parte se debía al tamaño del equipo de rodaje que se necesitaba para filmar una película de diez millones de dólares. No era American Graffiti, una película de 700 000 filmada en veintiocho días en las calles de Petaluma con un equipo de menos de veinte personas; para La guerra de las galaxias se necesitaban más de novecientas. «Cuanto mayor es el proyecto, menos tiempo tienes para ocuparte de los detalles —diría Kurtz—. En una película de menor tamaño puedes hacerlo todo tú». Así le habría gustado a Lucas que fuera; con un equipo tan grande, era imposible controlarlo todo.

Los críticos sugirieron que la película de Lucas tenía un esquema muy simple, y no en el buen sentido. «El gran éxito comercial La guerra de las galaxias es una de las películas más racistas que se han producido nunca», escribió Walter Bremond en el periódico afroamericano New Journal and Guide bajo el titular «La guerra de las galaxias y los negros». «La fuerza del mal en La guerra de las galaxias va totalmente de negro y tiene la voz de un negro. […] Ese personaje contribuye a reforzar el viejo estereotipo de que lo negro es malvado». Otro periodista negro señaló que los dos androides actuaban y eran tratados como esclavos, hasta que eran vendidos a un joven blanco que se convertía en su amo. El actor Raymond St. Jacques se mostró particularmente virulento en su condena. «La terrible revelación —decía— [es] que en los imperios espaciales galácticos del futuro los negros… no existirán».
Lucas, pese a sus palabras sensatas, ya estaba pensando en otra cosa. El contrato de La guerra de las galaxias llevaba incorporado un reloj que avanzaba: una cláusula estipulaba que si Lucas no había puesto en marcha su secuela en dos años, los derechos revertirían a la Fox, que podría hacer con ellos lo que quisiera. Por un momento Lucas consideró dejar que el estudio se ocupara de ella. «Al principio me planteé vender todo a la Fox y que hicieran con ello lo que les placiera. Yo me quedaría con mi porcentaje y me iría a casa, y no volvería a pensar nunca más en La guerra de las galaxias», contó Lucas a un entrevistador en 1979. Pero había visto a Spielberg declinar la oportunidad de colaborar en la secuela de Tiburón.
Para la secuela intentaría hacer realidad la mayor parte de este, y eso pasaba por tener el máximo control, empezando tal vez por la pieza clave de la cinematografía: la financiación. Mientras La guerra de las galaxias batía récords y recaudaba dinero a raudales, a Lucas le dio rabia que la Fox se embolsara el 60 por ciento de los beneficios por no hacer absolutamente nada, a su modo de ver. De hecho, La guerra de las galaxias generó tantos ingresos a la Fox en un plazo tan corto de tiempo que sus acciones se volvieron las más activas de Wall Street, duplicando su valor, y convirtiendo el estudio —y a su presidente Dennis Stanfill— en una fuerza a tener en cuenta.
El Imperio contraataca empezaba a tomar forma sobre el papel cuando Lucas puso en marcha la producción. Los ingresos del merchandising entraban con regularidad en Black Falcon, que inmediatamente los hacía llegar a Chapter II, IL&M y una nueva filial que Lucas había creado hacía poco para Ben Burtt: Sprocket Systems, dedicada enteramente al sonido.
Incluso los que conocían bien a Lucas se quedaron horrorizados ante su obstinada determinación de financiar él mismo toda la película. Una cosa era defender tu independencia y otra muy distinta arruinarte. Pero a esas personas se les escapaba algo: Lucas no estaba pagando por la película; estaba pagando por su propia libertad creativa. «Era la oportunidad perfecta para independizarme del sistema de Hollywood», diría. No habría comenúmeros escatimándole dinero, negándole lo que necesitaba para rodar la toma perfecta; aún mejor, no habría ejecutivos del estudio mirando por encima de su hombro.
Aun siendo totalmente independiente de Hollywood, El Imperio contraataca solo era un medio para alcanzar un fin mayor. La verdadera libertad creativa de Lucas residía en el Skywalker Ranch. Ya estaba dibujando edificios en cuadernos o trozos de papel como había dibujado coches en el instituto. De hecho, las paredes de Parkhouse estaban cubiertas de planos y bocetos, y Lucas disfrutaba enseñándolos y explayándose con entusiasmo sobre el rancho a todo el que lo escuchaba; y eso incluía a Irvin Kershner, que acudió para hablar de El Imperio y acabó hablando más sobre el imperio de Lucas. «Era un sueño realmente extraordinario —comentó—. Se habían ganado tantísimos millones en el negocio del cine, y nadie los había invertido de nuevo en una biblioteca de investigación, en reunir a directores y crear un entorno donde la pasión por el cine abriera nuevas dimensiones».

La guerra de las galaxias había nacido del amor de Lucas por los cómics, los cuentos de hadas y las series de los sábados por la mañana, era su manera, tal como había dicho entonces, de dar a una nueva generación su propia mitología. No habría desenlaces agridulces, no matarían a ninguno de los personajes principales, no habría héroes que se volvían malos. «Lo que se persigue con esta película… es que uno se sienta elevado, emocional y espiritualmente, y totalmente bien con respecto a la vida —le explicó a Kasdan—. Es lo más grande que podremos hacer jamás».
No todo el mundo compartía su optimismo. «George tiene inclinación por los finales felices», soltó Harrison Ford con un suspiro. Hasta Hamill, el fan de los cómics que casi siempre daba al argumento el beneficio de la duda, admitió que estaba algo decepcionado con la falta de peso de esa tercera secuela, y se quejó a Lucas de que «todo parecía muy fácil». Lucas sonrió. «Así son los cuentos de hadas».
Steven Spielberg no estaba tan seguro de si Lucas podría retirarse; ya había oído todo eso antes. «Cada vez que George hace una película, habla de retirarse y de no volver a trabajar —diría—. Pero en cuanto la acaba, ya está pensando en la siguiente. Lo veo dirigiendo Lucasfilm y haciendo de tres a cinco películas al año, y algún día volviendo a dirigir, que creo que es lo suyo. Creo que su destino está detrás de una cámara».
Pero Lucas insistió en que hablaba en serio, sobre todo en lo que se refería a la saga galáctica. «Veo las tres películas de La guerra de las galaxias como capítulos de un libro. Ahora que el libro se ha terminado, lo he guardado en un cajón». Por lo que a él respectaba, no volvería a sacar del cajón ese libro en particular. Nunca más.

¿Y si ampliaba el prólogo de La última cruzada y mostraba a Indy desde que era niño hasta los veintipocos años, en aventuras que lo llevaban a conocer a figuras famosas de la historia? Sería una verdadera oportunidad para educar e inspirar, y corregir algunos de los problemas del sistema educativo que creía que le habían hecho fracasar a él como estudiante.
Lucas ya estaba explorando métodos de aprendizaje interactivo, formando equipo con Apple y National Geographic para crear un videodisco interactivo llamado GTV: A Geographic Perspective on American History, que consistiría en cuarenta vídeos sobre acontecimientos históricos. La asociación con la MTV fue deliberada; los vídeos de GTV eran una combinación de vídeo musical, musical educativo animado a lo Schoolhouse Rock y sketch humorístico. También incluían en el paquete un programa llamado Showmaker —«una especie de sistema de edición de vídeos júnior», declaró alegremente Lucas— con el que los alumnos podrían realizar sus propios cortometrajes utilizando las imágenes y los vídeos del disco.
El joven Indiana Jones era algo más que una iniciativa educativa; para Lucas era una especie de experimento en cine digital. En el transcurso de la década anterior había puesto al servicio de otros la tecnología de cine digital que había desarrollado, pero aún no la había utilizado seriamente en un proyecto suyo. Cuando inevitablemente surgían preguntas acerca de futuros episodios de La guerra de las galaxias, a menudo señalaba que esas películas se apoyaban mucho en los efectos especiales, lo que las hacía muy caras; además, construir los mundos que imaginaba a menudo excedía las capacidades de cualquier plató de Hollywood o Elstree. Pero ¿y si creaba esos efectos especiales y esos platós digitalmente? Con El joven Indiana Jones empezaría a experimentar con la tecnología digital que tenía a mano, utilizando el ordenador para llenar escenas de multitudes convirtiendo a diez actores en una masa de doscientos, o generando fondos digitales en lugar de usar los matte paintings que llevaba tanto tiempo crear.

Cuanto más éxito tenía Lucasfilm, más bramaba y despotricaba Lucas contra la maquinaria de Hollywood. Aun siendo el jefe de una compañía de mil millones de dólares, seguía viéndose a sí mismo como un pequeño tipo incomprendido. Su compañía, insistía, solo era «una casucha de barro fuera del castillo». El sistema de los estudios de cine había muerto, proclamó. «Murió… cuando las corporaciones tomaron el relevo. Los jefes de los estudios de pronto se convirtieron en agentes, abogados y contables», personas que estaban «más interesadas en opciones sobre acciones que en hacer buenas películas». Como Luke Skywalker y los rebeldes que, con todo en contra, combatían al Imperio, él lideraba un pequeño grupo de revolucionarios que se habían plantado frente a la máquina despiadada y sin rostro de Hollywood. «Nos ven como proscritos, como esos tipos chiflados que arman alboroto allá arriba porque quieren libertad creativa», declaró Lucas para el New York Times. «Allá arriba no tenemos accionistas ni dividendos. Todo lo que gano lo reinvierto en hacer algo más. Si nos equivocamos es el fin». En el fondo, añadió, adoptando el tono del hippie radical que muchos creían que era, «hemos aprendido una norma que surgió de los años sesenta: adquirir los medios de producción».
Todo sonaba claramente revolucionario, pero Carrie Fisher sabía más. «El Skywalker [Ranch] —observó con ironía— es el lugar donde George se pone a inventar las reglas».
Lucas había empezado a diseñar los cambios digitales que quería introducir en La guerra de las galaxias varios años atrás, en una reunión de 1993 con McCallum y un equipo de IL&M dirigido por Dennis Muren. En esa ocasión se había quejado de la secuencia de la cantina, con la que seguía descontento veinte años después y de la que responsabilizaba directamente a los tacaños ejecutivos de la Fox que le habían negado el dinero para terminar varias criaturas. Con la tecnología digital a su disposición, esperaba eliminar algunos de los monstruos con máscara de goma dictados por su presupuesto minúsculo y llenar la cantina de la clase de criaturas exóticas que había imaginado desde el principio. También seguía lamentando no haber podido incluir la conversación de Han Solo con Jabba el Hutt en el muelle 94, y esperaba ahora incorporar en la escena descartada un Jabba digital.

En 1998 Lucas presentó al Presidio Trust su propuesta de abrir un complejo digital, pujando frente a varias promotoras inmobiliarias locales, entre ellas la poderosa Shorenstein Company. El director de Lucasfilm, Gordon Radley, defendió con convicción el proyecto, asegurando a los escépticos que «no se trata de La guerra de las galaxias» y comparando el complejo propuesto con una comuna de artistas. Lucas tenía previsto conservar la planta pequeña y construir todo con los materiales más respetuosos posibles con el medio ambiente, pero muchos de los vecinos no estaban tan seguros. «No creo que el interés público se vea beneficiado teniendo a Lucas como inquilino», arguyó un crítico, aunque admitió que «sería más agradable tener a Lucas que a un puñado de capitalistas emprendedores».
Esas objeciones, aunque se hacían oír, eran minoritarias. El 14 de junio de 1999 el Presidio Trust aprobó los planes de Lucas de convertir el Letterman en un centro de artes digitales.

La época en que se estrenó el Episodio I, en mayo de 1999, Lucas llevaba casi un año escribiendo el guion del II. Se le estaba resistiendo más que los otros, sobre todo porque la segunda película sería sobre todo una historia de amor, impulsada por los personajes y el diálogo, y ni lo uno ni lo otro eran su punto fuerte. Según sus cálculos, le llevaría catorce o quince borradores antes de sentirse lo bastante cómodo con el guion como para pasarle a su asistente sus páginas escritas a mano a fin de que las mecanografiara. En el centro de la página del título, con fecha del 13 de marzo de 2000, había garabateado:
EPISODIO II
LA GRAN AVENTURA DE JAR JAR
El jocoso título era la forma que tenía Lucas de señalar que se había tomado en serio una de las críticas clave a La amenaza fantasma.
Había decidido dejar de utilizar película y anunció públicamente que el Episodio II sería filmado enteramente de forma digital. Después de revisar con atención la pequeña parte de material digital que había rodado durante La amenaza fantasma —duelos con sable de luz de seis minutos de duración—, estaba convencido de que era tan nítido y estable como el celuloide.
Habría otra diferencia significativa en su forma de abordar el Episodio II: por primera vez la producción de una película de La guerra de las galaxias no se haría en Londres, aunque todavía tenía intención de filmar unas pocas secuencias en Elstree. En su lugar había establecido las oficinas de la JAK Productions en Australia, en los recién inaugurados Fox Studios de Sidney; tan recién inaugurados, de hecho, que el Episodio II sería la primera película importante que se rodara allí. Una vez más, Lucas había alquilado todas las instalaciones para bastante tiempo, lo que le permitiría dejar los decorados intactos durante la posproducción para tomas adicionales o nuevo material.
Se equivocó. La venganza de los Sith batió el récord de recaudación de taquilla en el primer día de estreno con 50 millones de dólares, llegando ese fin de semana a los 108 millones y a los 848 millones a nivel mundial. Además, los temas más siniestros de la película no parecieron echar atrás ni a los fans ni a los críticos; de hecho, muchos pensaron que Lucas volvía a estar en forma. A. O. Scott, que se había cargado los Episodios I y II en el New York Times, pensó que el III no solo era el mejor de las precuelas sino aún mejor que la saga original. El crítico de Variety también pensó que Lucas se había redimido después de la decepción de las dos primeras películas, declarando que «a pesar de los distintos grados de pérdida de fe que había cundido entre los fans a raíz de Amenaza y Clones, la mayoría se verán lo bastante inspirados para creer de nuevo».

Si Lucas había sido uno de los cineastas con más éxito del mundo, con la venta de Lucasfilm se convirtió en uno extraordinariamente rico. En 2015 Forbes lo situaría en el número noventa y cuatro de su lista de las cuatrocientas personas más ricas de Estados Unidos, con una fortuna estimada en 5000 millones de dólares. A Lucas le pareció un poco vergonzoso todo. «Nunca he sido un tipo al que le mueva el dinero —dijo para Businessweek—. Me mueve más el cine, y la mayor parte del dinero que hice con él lo utilicé para intentar mantener el control creativo sobre mis películas».
En enero de 2015 Lucas sorprendió a todos lanzando, a través de la máquina distribuidora de Disney, la fantasía musical animada por ordenador Strange Magic. La película, que era su interpretación del Sueño de una noche de verano de Shakespeare, estaba dedicada a sus hijas, y llevaba años queriendo hacerla. Con una banda sonora de rock and roll clásico —el título lo había tomado de una canción de la ELO—, era como American Graffiti pero con hadas y criaturas de ciénaga, y una moraleja de cuento sobre no juzgar a los demás por su apariencia. Estrenada con poco bombo —aunque con un cartel que recordaba al público que procedía «de la mente de George Lucas»—, Strange Magic recibió críticas ambivalentes y al cabo de dos semanas desapareció de cartel.
Lucas vio cómo La guerra de las galaxias se iba de casa sin él; El despertar de la Fuerza batió casi todos los récords de taquilla al estrenarse en diciembre de 2015, y ascendió de forma continuada hasta superar los 2000 millones de ingresos en todo el mundo. El Episodio VIII —todavía sin nombre a mediados de 2016— está programado para 2017, y lo seguirá el IX en 2019.

«No puedo evitar tener la sensación de que a George Lucas nunca se le ha reconocido del todo en la industria por sus extraordinarias innovaciones —comentó el director Peter Jackson—. Es el Thomas Edison de la industria del cine moderno».
Lucas, a quien los años le han suavizado el carácter, rechazó alegremente esa idea. Sabía lo que había hecho. Sabía cuál era su sitio y parecía cómodo en él. Cuando el entrevistador Charlie Rose le preguntó en diciembre de 2015 cuál creía que podía ser la primera frase de su obituario, Lucas ofreció tal vez el mejor resumen de su larga carrera, o al menos la clase de respuesta en tres palabras que uno espera de alguien tan modesto y audaz a la vez.
—Lo he intentado —dijo riendo.

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I am not an unbiased reader here; I’m a huge George Lucas fan and read this with relish. One reviewer pointed out that a lot of this material is available elsewhere if you take the time to dig and find it. That’s true but most of us don’t have the time and Jones did. He has written an informative look at one of the greatest filmmakers of all-time here and the fans are better for it.
My only complaint is that this isn’t an authorized biography. That, of course, is no fault of Jones’ and he does well to overcome that. Lucas is a notoriously private man and, while there’s nothing really groundbreaking here, the book reveals a clear portrait of The Maker. I’d say “warts and all” but, a credit to Lucas, there’s no controversy other than he’s kinda grouchy sometimes.
In short, I really enjoyed this biography and recommend it to anyone who’s a fan of film and how a filmmaker thinks. Of course Star Wars and Indiana Jones fans (not as much Indy as I would have liked here though) will love it!

This is the best of the Lucas bios available, although it’s a bit wordy and sometimes more than a bit dry. I really, really, really wish authors would interview The Man himself instead of relying on interviews with his friends, colleagues, critics and previously-published material. Lucas zealously guides his privacy, but I’ve seen no evidence that this or previous biographers even tried for a sit-down with him. Still, if you buy just one Lucas bio, let it be this one.
Jones goes deeper into Lucas’ life and productions than any other writer. One does wonder from time to time if he likes his subject, although his criticism of Lucas is pretty much standard, even by his fans. He does a better than fair job of trying to get into Lucas’ psyche and why he does what he does. I believe he’s right when he seems to hint that Lucas fell in love with his own success at times, and was so determined to indulge his own desires for a toybox that he either forgets or just plain ignores the wishes of his legion of fans.
Jones doesn’t let Lucas get away with his shortcomings, giving what is perhaps the first open and factual account of the divorce from Marcia, and his quest to not only punish his former wife but destroy her. Sadly, he succeeded; she has disappeared from the film industry. Their joint friends could never hire her, despite her Academy-award-winning resume, and the big-name studios probably blacklisted her in hopes of getting a Lucas blockbuster someday.
Lucas’ future is uncertain. He sold Lucasfilm to Disney, and completed his journey to the Dark Side by selling out his own conscience. He had to know that Disney, especially, would terminate his characters and abandon his storylines so they could do whatever they wish with the franchise. He gave his story treatments up as part of the sale, yet failed to do right by the fans who have, literally, remained loyal to him for decades, and ensure the complete destruction of his universe didn’t happen.
Still….George Lucas revolutionized his industry by assisting with the destruction of the old studio system, and blazed a trail of opportunity for future filmmakers who might have raged against The Machine with no success. He, like Gene Rodenberry, has immortalized himself in pop culture history. May the force be with him.

His uneasiness was partly due to the feeling that he had lost control of his own movie. He blamed the pettiness of Twentieth Century Fox executives, who had been stealing resources at every step, denying him the money he needed to make sure everything worked. But these were skeptical; Science fiction, they insisted, was a dead genre, and required accessories, costumes, and special effects that were expensive. As far as the study was concerned, Lucas could cope with a limited budget and solve problems with his robots on the fly. “It was simply the case that Fox did not want to put the money until it was too late,” Lucas would grumble. Every day we lost about an hour with those robots, and we would not have wasted all that time if we had had another six weeks to finish them, try them out and have them up and running before we started ».
It was not just the remote control robots that gave problems. Anthony Daniels, a very British actor of classical training in which he had fallen the role of the protocol droid C-3PO, suffered a lot in his gleaming golden plastic disguise that did not fit well and where he could not see or hear much . With every movement he made, he pricked himself or cut himself – “covering me with scars and scratches.”
If Star Wars worked, something would have to change: he would control the money.
Even so, there were certain things that he would never control, however much he wanted to. The totally unpredictable weather conditions in Tunisia, for example, were not making production easier. During the first week of filming, it rained over the Nefta valley of Tunisia for the first time in seven years, and it did not stop in four days. The equipment and the vehicles were stuck in the mud, and it was necessary to ask the Tunisian army for help to get them out. In the mornings it was often cold, and in the afternoon, a scorching heat.
A little more than a year before the scheduled date for its release in theaters (if someday it made it to the big screen), the project of Star Wars was a disaster and it was going to be a movie horror.
Lucas was convinced of that.

Lucas preferred science fiction comics to those of superheroes. “I liked adventures in space,” he admitted. While it’s quite possible that he was fascinated by the sci-fi art stories of the sumptuous Wally Wood in EC Comics ‘incredibly popular Weird Science comics, he preferred DC Comics’ most colorful intergalactic cop, Tommy Tomorrow, who had carved a niche for himself. permanent on the last pages of Superman’s Action Comics. Plummer thought he understood his friend’s preferences. “One of the things that came out of them … were the values ​​that were so important for us,” he said. There were the good guys and the bad guys. I think they left a strong imprint on him ».
However, if Lucas had to choose a favorite character, it would not be found in the pages of a science fiction comic; it would be rather Uncle Scrooge, the wanderer relative of Donald Duck who starred in his own comic book, Walt Disney’s Uncle Scrooge, published monthly by Dell. The stories of Uncle Scrooge, written and drawn by Carl Barks, were intelligent, funny and really sophisticated.
To Lucas, all this seemed exciting and inspiring. “For me, Uncle Gilito […] is the perfect exponent of the American psyche,” he pointed out. There are so many things in it that are precisely the essence of the United States that is amazing. ” The lessons he learned from Uncle Gilito would forge to some extent the kind of artist and businessman he would become in the future: conservative and resolute, who believed firmly in his vision and fought for it, at the same time that he harbored a certain nostalgia for better times that may or may not have existed. Years later, already on track to amass a fortune that would rival that of Gilito, one of the first works of art he bought was an original drawing by Carl Barks of a cartoon by Uncle Scrooge, a timid wink of recognition to his predecessor in four colors.
There was another artist who fascinated him and who did the kind of “storytelling” that he admired in Barks, albeit in a somewhat different format. When I had a chance, I was looking for Saturday Evening Post numbers just to study attentively the magnificent photorealistic covers of the illustrator Norman Rockwell.

George Lucas, heir to a stationery store, survivor of a car accident and a lover of photography and film, was working officially – albeit by the hair – in the film industry. The boy from Modesto, California had a star.
At first glance they did not seem to have much in common. Unlike Lucas, Coppola had grown up in a home that tolerated and even encouraged artistic expression. Coppola’s father, Carmine, was a musician of the Detroit Symphony Orchestra who happened to be playing the flute on the radio program The Ford Sunday Evening Hour the night Francis was born, on April 7, 1939, hence he put him as the second name of the sponsor of the program. In Coppola’s home, unlike in Lucas’s, there would be little discussion between father and son, and when he contracted polio at age ten, his father almost “died” of the anguish, a show of emotion that would not have owned by George Lucas senior. Francis would recover from the illness after almost a year in quarantine by resting in the bed of his room, a seclusion he never forgot. “Part of the reason why I would get into the movie business was that sense of isolation,” I would say later.
Lucas was bored. Coppola was a good company, but he wanted to do more than “observe.” He had had enough that spring during the production of Mackenna’s Gold. So he started leaving the outdoor set-and Coppola-to snoop through the empty animation building in search of abandoned film remains that he could use to make a short film. “The cameras were still in place, so it occurred to me that I would find movie clips and that I would spend the six months I had to work there making an animated film.”
Coppola noticed the young man’s absence and did not like it. “What are you doing? He asked. Am I not entertaining enough for you? ” When Lucas explained that he preferred to act to observe, Coppola nodded sympathetically and named him his administrative assistant, promising him $ 3,000 for six months of work. Lucas went on to take care of many of the day-to-day details on the set, diligently taking photographs to ensure continuity in props and furniture in a variety of shots, but Coppola expected more from the young man who would soon see his protected.

Lucas was offended. “The critics are the vandals of our time, like the ones who dirty the walls with spray paint,” he complained. He promised to stop paying attention to his opinions; he put them in the same bag as those dispassionate executives who did not know anything about movies and still said to him: “Put the weirdos first!” Who were they to say? «I said to myself:” To the devil the critics “».
The friends tried to be understanding and support him. “George considered that he had managed to make a film not only visually exciting, but also with a message,” said Matthew Robbins. He was disappointed that there was no public for the American artistic cinema ».
THX “was very well made. But it was a big blow, “he said.
Marcia agreed with him. “When THX failed, I never said” I already said it “, but I did remind him of my warning that he did not involve the audience emotionally». Lucas could not stand that kind of criticism. “Involving the public emotionally is easy,” he replied. Anyone can do it with closed eyes. Take a kitten and have someone twist his neck. ” But Marcia was so insistent that George ended up raising his hands in a feigned gesture of surrender.
“I’ll show you how easy it is,” he announced. I will make a film that emotionally involves the audience ».

Flash, I had put it on the road unknowingly towards Star Wars. In fact, Flash Gordon would not appear on the big screen until 1980 in a mess produced by Dino De Laurentiis, who tried to take a slice of the science fiction fashion that Lucas had generated with Star Wars. This irony did not go unnoticed.
But he was not yet ready to make another science fiction movie. “After THX I was considered a cold and weird director, the classic guy hung by science fiction who goes around with a calculator. And I’m not like that at all, “he would comment later. Besides Marcia, Coppola had also challenged him to do something different.
Lucas accepted the challenge. “If what they want is a human and warm comedy, they will have it, if only to show them that I can do it.” I thought I knew exactly how to proceed. Later he would say that it was his growing interest in anthropology that drove American Graffiti. “I was fascinated with the modern mating rituals of the American youth, who danced in cars instead of in the town square or in the other ways in which societies have done those things,” he would explain to journalists forty years later. But it was probably only partly true. More than anything, the writer who hated to write took the easiest way: to tell something inspired by his life, as Coppola had advised him. “If you are a scriptwriter and director,” he would say, “you make films about what you know.” In his case, he never had any doubts about what to write: “Growing up in Modesto, I spent years walking by car on Tenth Street, and I was fascinated with it.”
Lucas would never change the title, no matter how many objections the study made; even Coppola would put pressure on the actors and the crew members to make an alternative, and he himself proposed Rock Around the Block. But Lucas knew exactly what the title meant. That movie was in itself an American graffiti, a unique moment in time.
Lucas finished filming American Graffiti on Friday, August 4, 1972. As might have been expected, the last two weeks had been hampered by one mechanical failure after another: a broken tensioner that made it difficult to shoot a dangerous scene, an overexposed movie which required a long series of new shots and a punctured tire that left the plane of the last scene grounded. Although Lucas had animated the last week of shooting with a prom in the gymnasium of the Tamalpais high school – Oppola was present, and Marcia also appeared – he was glad it was over. “There’s no money to pay for everything you have to put up to make a movie,” he would complain to the New York Times. It is exhausting. Horrible. You end physically sick.
However, it had a two-page handwritten treatment in a notebook, and a title, scribbled in italics in the center of the cover: The Star Wars.

Lucas took the script of Star Wars as a full-time job, lumbering up the stairs to his writing room every morning at nine o’clock, where he dropped slowly into his chair at his wooden desk and watched a Blank sheet for hours, waiting for the words to arrive. “I’m sitting at my table eight hours a day, whatever happens, even if I do not write anything,” he explained.
It could be said that Star Wars was partly due to Coppola.
At the end of 1972, with American Graffiti in the post-production phase, Lucas was ready to work on his next project, which he had no doubt would be Apocalypse Now. For him, the fact that he still belonged to Coppola was only a technical detail. “The only thing Francis did was take a project that I was working on and use it as a bargaining chip in negotiations, and it was suddenly his,” he complained. As far as he was concerned, the intention was what counted, and he had every intention of converting Apocalypse into his next film, sending the script to several studios. To his surprise, he “practically reached an agreement” with Columbia.
If Coppola had chosen to negotiate rather than close in band, Lucas’s next project could have been perfectly Apocalypse Now, and Star Wars would have remained a clause added to a contract that might or might not develop later. Instead, Lucas reluctantly abandoned the project, complaining about Coppola’s stinginess. The war of the galaxies would be born, therefore, from the need to fill a void both creative and financial. “I had debts,” Lucas would say. I desperately needed to work. I did not know what was going to happen with [American] Graffiti. ” Suspended Apocalypse Now, Lucas turned to his only other viable project, which was still included in his agreement with the Universal. «And I said to myself, what the hell? I have to do something. I’ll start working on Star Wars. ”
Only at that time it was not Star Wars. Now here near.
When Lucas sat down to write in February 1973 in his little Mill Valley office, all he had was the glimpse of an idea.
On April 17, Lucas started writing another treatment and this was called The Star Wars. In it he narrated the space combat he wanted to see, as well as a more developed plot that channeled fragments of Flash Gordon and Kurosawa’s The Hidden Fortress. Lucas overturned in that draft everything that he had always loved in the series on Saturday mornings, with many chases, almost collisions, exotic creatures and feats in general. From The Hidden Fortress took several key points of the plot, namely: a princess to whom a wise general and war-marked escort through enemy territory and, most importantly, two bureaucrats who fight and talk in a disjointed fashion to serve as a comic counterpoint.
Luke Skywalker makes his first appearance, although in that initial draft is an elderly general who protects a young princess on the planet Aquilae. The princess and he run into two argumentative bureaucrats who have escaped from a space fortress in orbit, and the four travel to a spaceport to find a pilot to take them to the planet Ophuchi.

Another friend whose opinion he valued and whose company he enjoyed the most was Steven Spielberg. In the summer of 1974 Spielberg was making Shark for the Universal, a project featuring a giant mechanical shark that they were still building in a hangar north of Hollywood. One afternoon Spielberg took Lucas, Milius and Scorsese to the hangar to have a look at the half-built shark, still on struts and suspended from slings. The creature was huge, so much so that Milius thought the artisans “were passing by.” While Lucas looked at the graphic scripts that the artists were using as a reference, he felt envious. “If you are able to put half of all this into a movie,” he told Spielberg, “you will have the greatest success in history.” (He was not wrong: shortly after its premiere in 1975, Tiburón would become the highest grossing film of all time, at least until Lucas surpassed it with Star Wars two years later).
Fox took her time to respond to Lucas’s two demands; Although the exploitation of merchandising and the rights over possible second parties or sequels were, in general, minor clauses, Fox wanted to make sure that they did not simply give them up. But in the end they agreed with Ladd. They agreed to renounce the rights to the sequel and to the merchandising because of how cheap it had been to get the director of American Graffiti. “George did not come once to say,” Now I’m worth ten times more than when we signed the deal, “Ladd said. His attitude was: “I made a deal and I will continue with him” ». As Lucas put it: “I did not ask for another million dollars, just the merchandising rights. And Fox thought it was a fair deal. ” Fox was not yet ready to draft the contracts – they still had to fix the final budget of the film – but at least something was moving again. And no one, not even Lucas, warned that by securing the merchandising and sequel rights, he had just negotiated a billion-dollar clause for himself. Decades later the executive of the Fox “Gareth Wigan would shake the head full of admiration before the instinct and the audacity of Lucas. «George had a great vision of the future. The study no. I did not know that the world was changing. George did know. Rather, he changed it. ”

He had in mind a famous actor for the role of Ben Kenobi, the English actor Alec Guinness, and asked the casting director Dianne Crittenden to make an appointment with him, who was in Los Angeles finishing the filming of A Corpse desserts. Crittenden managed to make a copy of the latest version of the script, along with several McQuarrie illustrations, come to his dressing room. Guinness was angry from the first moment; He did not like being scripted, and he had many doubts about science fiction. But he was preparing to produce a play in London and he needed the money. Contemplating the war of the galaxies like a mere check, agreed to stay with Lucas.
It’s science fiction, which makes me doubt, but it will be directed by Paul [sic] Lucas who did American Graffiti, which tells me that I should accept. It is an important role. A silly fantastic story, but it could be interesting ». Lucas and he would continue talking, and Ladd was satisfied when a recognizable name was finally incorporated into the cast. “Guinness did not sell tickets on its own,” he would say, “but it was reassuring to have it in the movie.”
Williams, perhaps more than any other collaborator, who would infuse in Star Wars the atmosphere of emotion and solemnity that Lucas imagined, and his score would become an icon: the roar of the metal of the opening theme would be applauded by the viewers throughout seven movies, and the saga continues. Lucas would always openly express his admiration. “He’s up there with Buddy Holly and the Drifters,” he would say, the highest compliment he could make to a musician.

There are no indications that Lucas had foreseen that Darth Vader was Anakin Skywalker or the father of Luke and Leia, twins separated at birth. Although over the course of three decades he would perpetuate a retrocontinuity exercise by claiming that he had planned it from the beginning, in 1975 his intention that Vader and Luke’s father were two different characters was still clear. The story of Vader’s origins was “about Ben, Luke’s father and Vader when they were young Jedi knights. Vader kills Luke’s father, and then Ben and Vader clash, as they just did in Star Wars, and Ben almost killed Vader. ” As for the name of “Vader,” Lucas had vader coincided linguistically with the term “father” in German, but he must have heard it every day at the Downey Institute, where he had a partner in a superior course, an athlete of the national team. All-Conference called Gary Vader. For Lucas, who loved his sonority, it was too good a name not to use it.
In the end – he confessed years later – I never thought that we were going to make money with Star Wars ».

They had not been filming Star Wars for two weeks when George Lucas was prepared to kill Sir Alec Guinness.
“It’s a shock for an actor to have to hear:” I know you have an important role … but I’ve decided to kill you “, he would say to a Rolling Stone journalist in 1977. For him, however, to kill the Guinness character, Obi-Wan Kenobi was crucial to the film, amending what he thought was a major flaw in the last draft of his changing script. “There was no real threat in the Death Star,” he would explain. In his latest draft, Kenobi survived his lightsaber duel against Darth Vader by retreating through an armored door that slammed behind him. That not only left Vader “ridiculous,” as Lucas would put it, but turned the assault on the Death Star into little more than a galactic break-in, with Vader like a baffled shopkeeper waving his fist at the heroes who escaped unharmed. “It was silly,” he said flatly. They ran into the Death Star, they took control and they went out again …
From the first day, Star Wars would be a production plagued with problems that would burst the budget, leave Lucas mentally and physically exhausted, and put the patience of the Fox executives to the test in such a way that the study was on the verge of suspend the movie altogether. “I had forgotten how impossible it is to make movies,” wrote a jaded Lucas to Marcia during the filming. I get depressed, but I guess I’ll finish it somehow ».
But what disappointed Lucas most was the feeling of losing control over his own movie. It was partly due to the size of the shooting crew that was needed to shoot a ten-million-dollar movie. It was not American Graffiti, a 700,000 film shot in twenty-eight days in the streets of Petaluma with a team of less than twenty people; for Star Wars, more than nine hundred were needed. “The bigger the project, the less time you have to deal with the details,” Kurtz would say. You can do everything in a smaller movie ». That’s how Lucas would have liked it to be; With such a large team, it was impossible to control everything.

Critics suggested that Lucas’s film had a very simple scheme, and not in a good way. “The great commercial success Star Wars is one of the most racist films ever produced,” wrote Walter Bremond in the African-American newspaper New Journal and Guide under the headline “Star Wars and Blacks.” “The force of evil in Star Wars goes completely black and has the voice of a black man. […] That character helps to reinforce the old stereotype that black is evil. ” Another black journalist pointed out that the two androids acted and were treated like slaves, until they were sold to a young white man who became his master. Actor Raymond St. Jacques was particularly virulent in his conviction. “The terrible revelation,” he said, “[is] that in the galactic space empires of the future, the blacks … will not exist.”
Lucas, despite his sensible words, was already thinking about something else. The Star Wars contract had a built-in clock: a clause stipulated that if Lucas had not launched his sequel in two years, the rights would revert to Fox, who could do whatever he wanted with them. For a moment Lucas considered letting the studio take care of her. “At first I thought about selling everything to Fox and doing what they pleased with it. I would keep my percentage and go home, and never think again about Star Wars, “Lucas told an interviewer in 1979. But he had seen Spielberg decline the opportunity to collaborate in the sequel to Jaws. .
For the sequel would try to make most of this reality, and that happened to have the maximum control, perhaps starting with the key piece of cinematography: financing. While Star Wars broke records and raised money in abundance, Lucas was angry that Fox would pocket 60 percent of the profits for doing absolutely nothing, in his view. In fact, Star Wars generated so much revenue for Fox in such a short period of time that its actions became the most active on Wall Street, doubling its value, and turning the studio – and its president Dennis Stanfill – into a force to take into account.
The Empire counterattack was beginning to take shape on paper when Lucas started production. Merchandising proceeds regularly entered Black Falcon, which immediately sent them to Chapter II, IL & M and a new subsidiary that Lucas had recently created for Ben Burtt: Sprocket Systems, entirely dedicated to sound.
Even those who knew Lucas well were horrified by his stubborn determination to finance the entire film himself. It was one thing to defend your independence and quite another to ruin you. But those people missed something: Lucas was not paying for the movie; He was paying for his own creative freedom. “It was the perfect opportunity to become independent of the Hollywood system,” he would say. There would be no commentaries sparing him money, denying him what he needed to shoot the perfect shot; Even better, there would be no studio executives looking over his shoulder.
Even being totally independent of Hollywood, The Empire Strikes Back was only a means to a greater end. Lucas’s true creative freedom resided in the Skywalker Ranch. He was already drawing buildings in notebooks or pieces of paper as he had drawn cars in the institute. In fact, the walls of Parkhouse were covered with plans and sketches, and Lucas enjoyed teaching them and enthusiastically expounding on the ranch to everyone who listened to him; and that included Irvin Kershner, who came to talk about The Empire and ended up talking more about Lucas’s empire. “It was a truly extraordinary dream,” he said. They had won so many millions in the film business, and no one had invested them again in a research library, in bringing together directors and creating an environment where the passion for cinema opened up new dimensions”.

Star Wars had been born of Lucas’s love for comics, fairy tales and Saturday morning series, it was his way, as he had said then, of giving a new generation his own mythology. There would be no bittersweet outcomes, they would not kill any of the main characters, there would be no heroes who turned bad. “What is pursued with this film … is that you feel elevated, emotionally and spiritually, and totally well with respect to life,” he explained to Kasdan. It is the greatest thing we can ever do ».
Not everyone shared his optimism. “George has a penchant for happy endings,” Harrison Ford said with a sigh. Even Hamill, the comics fan who almost always gave the argument the benefit of the doubt, admitted that he was somewhat disappointed with the lack of weight of that third sequel, and complained to Lucas that “everything seemed very easy”. Lucas smiled. “That’s how fairy tales are.”
Steven Spielberg was not so sure if Lucas could retire; I had heard all of that before. “Every time George makes a movie, he talks about retiring and not going back to work,” he would say. But once it’s over, you’re already thinking about the next one. I see him directing Lucasfilm and doing three to five films a year, and someday directing again, which I think is his thing. I think his destiny is behind a camera. ”
But Lucas insisted that he was serious, especially when it came to the galactic saga. «I see the three Star Wars movies as chapters of a book. Now that the book is finished, I have kept it in a drawer ». As far as he was concerned, he would not take that particular book out of the drawer again. Never more.

What if he extended the prologue to The Last Crusade and showed Indy from his childhood until he was in his early twenties, on adventures that led him to meet famous figures in history? It would be a real opportunity to educate and inspire, and correct some of the problems of the educational system that he believed had made him fail as a student.
Lucas was already exploring interactive learning methods, teaming up with Apple and National Geographic to create an interactive videodisc called GTV: A Geographic Perspective on American History, which would consist of forty videos about historical events. The association with MTV was deliberate; the GTV videos were a combination of music video, educational musical animated to Schoolhouse Rock and humorous sketch. They also included in the package a program called Showmaker – “a sort of junior video editing system,” Lucas said blithely – with which the students could make their own short films using the images and videos on the disc.
The young Indiana Jones was more than an educational initiative; for Lucas it was a kind of experiment in digital cinema. In the course of the previous decade he had placed the digital cinema technology he had developed at the service of others, but he had not yet used it seriously in a project of his. When questions inevitably arose about future episodes of Star Wars, he often pointed out that those films relied heavily on special effects, which made them very expensive; In addition, building the worlds I imagined often exceeded the capabilities of any Hollywood or Elstree set. But what if I created those special effects and those sets digitally? With the young Indiana Jones, he would start experimenting with the digital technology he had on hand, using the computer to fill the scenes of crowds turning ten actors into a mass of two hundred, or generating digital backgrounds instead of using the matte paintings he had been doing for so long create.

The more successful Lucasfilm was, the louder and louder Lucas ranted against the Hollywood machine. Even being the head of a billion-dollar company, he still saw himself as a misunderstood little guy. His company, he insisted, was only “a mud hut outside the castle.” The system of film studios had died, he proclaimed. «He died … when the corporations took over. The heads of the studios suddenly became agents, lawyers and accountants, “people who were” more interested in stock options than making good movies. ” Like Luke Skywalker and the rebels who, against everything, fought the Empire, he led a small group of revolutionaries who had stood in front of the ruthless, faceless Hollywood machine. “They see us as outlaws, like those crazy guys who make a fuss up there because they want creative freedom,” Lucas told the New York Times. “Up there we do not have shareholders or dividends. Everything I earn I reinvest in doing something else. If we make a mistake, it is the end ». In the end, he added, adopting the tone of the radical hippie that many believed it was, “we have learned a rule that emerged from the sixties: acquire the means of production.”
Everything sounded clearly revolutionary, but Carrie Fisher knew more. “The Skywalker [Ranch],” he observed wryly, “is the place where George starts inventing the rules.”
Lucas had started designing the digital changes he wanted to introduce in Star Wars several years ago, at a 1993 meeting with McCallum and an IL & M team led by Dennis Muren. On that occasion he had complained about the sequence of the canteen, with which he was still unhappy twenty years later and which directly blamed Fox’s stingy executives who had denied him the money to finish several creatures. With digital technology at his disposal, he hoped to eliminate some of the rubber-masked monsters dictated by his minuscule budget and fill the canteen with the kind of exotic creatures he had imagined from the beginning. He also continued to regret not having been able to include Han Solo’s conversation with Jabba the Hutt on Pier 94, and he was now hoping to incorporate a digital Jabba into the discarded scene.

In 1998 Lucas presented to the Presidio Trust his proposal to open a digital complex, bidding against several local real estate promoters, among them the powerful Shorenstein Company. Lucasfilm’s director, Gordon Radley, defended the project with conviction, assuring the skeptics that “it is not about Star Wars” and comparing the proposed complex with an artists’ community. Lucas planned to keep the small plant and build everything with the most respectful materials possible with the environment, but many of the neighbors were not so sure. “I do not think the public interest will benefit from having Lucas as a tenant,” one critic argued, although he admitted that “it would be more pleasant to have Lucas than a handful of entrepreneurial capitalists.”
Those objections, although they were heard, were a minority. On June 14, 1999, the Presidio Trust approved Lucas’ plans to turn the Letterman into a digital arts center.

The time that Episode I premiered, in May of 1999, Lucas had been writing the II script for almost a year. He was resisting more than the others, especially because the second film would be mostly a love story, driven by the characters and dialogue, and neither one nor the other was his strong point. According to his calculations, it would take him fourteen or fifteen drafts before he felt comfortable enough with the script to pass on to his assistant his handwritten pages for typing. In the center of the title page, dated March 13, 2000, he had scrawled:
EPISODE II
THE GREAT ADVENTURE OF JAR JAR
The jocular title was Lucas’s way of pointing out that he had taken one of the key criticisms of The Phantom Menace seriously.
He had decided to stop using film and publicly announced that Episode II would be filmed entirely digitally. After carefully reviewing the small part of digital material he had shot during The Phantom Menace – six-minute lightsaber matches – he was convinced he was as sharp and stable as celluloid.
There would be another significant difference in his approach to Episode II: for the first time the production of a Star Wars movie would not be made in London, although he still intended to shoot a few sequences in Elstree. Instead he had established the offices of JAK Productions in Australia, at the newly opened Fox Studios in Sydney; so recently inaugurated, in fact, that Episode II would be the first important film to be shot there. Once again, Lucas had rented all the installations for quite some time, which would allow him to leave the sets intact during post-production for additional shots or new material.
He was wrong. Revenge of the Sith beat the record of box office collection on the first day of release with 50 million dollars, reaching that weekend to 108 million and 848 million worldwide. In addition, the most sinister themes of the film did not seem to take back neither the fans nor the critics; in fact, many thought that Lucas was back in shape. A. O. Scott, who had loaded Episodes I and II in the New York Times, thought that the III was not only the best of the prequels but even better than the original saga. The Variety critic also thought that Lucas had redeemed himself after the disappointment of the first two films, declaring that “despite the varying degrees of loss of faith that had spread among fans in the wake of Threat and Clones, most of they will be inspired enough to believe again».

If Lucas had been one of the most successful filmmakers in the world, with the sale of Lucasfilm he became extraordinarily rich. In 2015 Forbes would rank it ninety-four on its list of the four hundred richest people in the United States, with a fortune estimated at $ 5 billion. It seemed a little embarrassing to Lucas. “I’ve never been a guy whose money moves him,” he said to Businessweek. The cinema moves me more, and most of the money I made with it was used to try to maintain creative control over my films ».
In January 2015, Lucas surprised everyone by launching, through the Disney distribution machine, the computer-animated musical fantasy Strange Magic. The film, which was her interpretation of Shakespeare’s Midsummer Night’s Dream, was dedicated to her daughters, and she had wanted to do it for years. With a classic rock and roll soundtrack-the title had been taken from an ELO song-it was like American Graffiti but with fairies and swamp creatures, and a fairytale moral about not judging others by their appearance. Released with little hype – although with a sign that reminded the audience that came from “the mind of George Lucas” – Strange Magic received mixed criticism and after two weeks disappeared from the bill.
Lucas saw how Star Wars left home without him; The awakening of the Force beat almost all the box office records when it premiered in December 2015, and climbed continuously to exceed the 2 billion revenue worldwide. Episode VIII – still unnamed in mid-2016 – is scheduled for 2017, and will be followed by IX in 2019.

“I can not help feeling that George Lucas has never been fully recognized in the industry for his extraordinary innovations,” commented director Peter Jackson. He is the Thomas Edison of the modern cinema industry ».
Lucas, to whom the years have softened his character, cheerfully rejected that idea. He knew what he had done. He knew his place and seemed comfortable in it. When interviewer Charlie Rose asked him in December 2015 what he thought could be the first sentence of his obituary, Lucas offered perhaps the best summary of his long career, or at least the kind of three-word answer one expects from someone so modest and audacious at the same time.

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