Austeridad: Historia De Una Idea Peligrosa — Mark Blyth / Austerity: The History of a Dangerous Idea by Mark Blyth

Un muy buen libro bien escrito y bien fundamentado para entender la actualidad económica despojada de determinados condicionamientos políticos. Recomendable para todos los que quieren entender la raíz de los problemas actuales en Europa.
Austeridad: la historia de una idea peligrosa es exactamente lo que dice su título. El libro está dividido en 3 secciones, la primera sobre cómo llegamos aquí en términos de nuestra reciente crisis económica pre-financiera de EE. UU. Y la posterior crisis de la deuda europea para Europa, la segunda sobre la historia económica y las teorías sobre política economía y la final en un resumen y las ideas de política. Este es un excelente libro de historia económica y su análisis de la crisis financiera es muy legible e iluminador, las ideas de política son interesantes pero no hay detalles y son de alto nivel pero no analizadas en ninguna parte cerca del rigor de la segunda parte del libro .
Las tres partes del libro no son realmente iguales en importancia. La primera es una introducción rápida a la reciente historia financiera que acabamos de vivir, comienza con los EE. UU. Y cómo evolucionó el rescate de la industria financiera. Pasa por algunas de las políticas y analiza la pérdida derivada de la crisis y las estimaciones sobre el costo de oportunidad que hemos soportado como resultado. También se habla de Europa, pero se observa que la estructura de la unión monetaria sin una unión fiscal ha creado un problema mucho más grande en el que los estados miembros no tienen los recursos para recapitalizar individualmente sus bancos (dado que la base de activos de los bancos europeos la parte del PIB de cada miembro que un banco estadounidense es del PIB de los Estados Unidos). La incapacidad del sistema financiero para recapitalizarse debido a la falta de transferencias fiscales ha llevado a abrazar la austeridad como una solución que el autor considera como un fracaso.
La segunda parte es el corazón del libro y la parte más fuerte para mí. Discute historia económica a través de las edades comenzando con Locke, Hume y Smith. Es raro leer la economía con tanto enfoque en la economía política en estos días, pero es refrescante recordarnos el origen de las filosofías que a veces damos por sentadas. Se detalla el empoderamiento de las clases individuales y mercantiles en estas filosofías primitivas y se recuerda la teoría económica clásica que detalla que los ahorros son la fuente de fondos para la inversión, que es fundamental para creer en la austeridad como necesaria si el gasto gubernamental está desplazando la inversión. El libro luego analiza el siglo XIX y Ricardo y Mill y luego se detallan los estudios de casos de la Gran Depresión. Las cuentas están bien redactadas y dan una idea de la historia de las políticas económicas que estaban en el corazón de la depresión y los resultados posteriores (que no generaron crecimiento). Se discuten las filosofías de la escuela de Keynes y Austria, y también el modelo de crecimiento de Alemania que adoptó después de la segunda guerra mundial que el autor llama el ordoliberalismo. A través de este capítulo se establece el escenario para la política moderna y por qué las discusiones en Europa se enmarcan como son. La idea de que la reflación puede ocurrir a través de la austeridad a través del canal de negocios de expectativas (creer en futuros impuestos reducidos) es desacreditada y los ejemplos de casos de política fiscal contractiva son expansivos caso por caso y se demostró que fueron producto de diferentes razones.
La conclusión trata de concluir las cosas. Sí argumenta de manera convincente que la austeridad no crea crecimiento y el sistema económico en el que vivimos y el producto de la misma ha aumentado la desigualdad de riqueza y la acumulación de deuda es una función de la crisis financiera y no del despilfarro. Las políticas se mencionan casualmente y no se trabajan en detalle, sino que son fuente de reflexión. En general, el libro es una lectura digna y ofrece un buen recuento histórico de por qué la paradoja de la frugalidad es verdadera y la falacia de la composición es importante para recordar. Creo que es importante señalar que la austeridad no consiste en recortar el gasto como un medio para generar crecimiento, sino que ciertas formas de gasto pueden ser insostenibles y, por lo tanto, es necesario recortar el gasto gubernamental donde sea improductivo. Esta idea no conduce a objetivos específicos de déficit o superávit, pero si todo el gasto gubernamental se gastó en pagar a alguien para cavar un hoyo y otro para llenarlo, claramente eso es algo que debería cortarse. Es importante desacreditar al autor que se centra en la política expansiva de contracción (es decir, que el gasto público siempre excluye la inversión privada y, por lo tanto, la reducción del gasto público estimula la inversión), pero esa es la punta de una discusión mucho más importante. Las economías europeas divergieron a medida que el lado no negociable en España e Irlanda (por ejemplo) se dispararon a medida que el dinero fluía entre las economías sin aversión al riesgo. Reasignar la mano de obra desde la construcción al lado negociable es difícil y requiere un gasto fiscal promedio, pero no se trata de austeridad o austeridad, sino de reforma estructural y arreglo institucional. El mundo tiene sus problemas y las soluciones son complicadas y no se reducen a la austeridad ni a la austeridad: la mayoría de la gente no cree que sea el único tema que está en debate. La historia es excelente, pero la trivialización de la facilitación de las reformas económicas reales necesarias y la mejor forma de que la autoridad fiscal suavice ese ciclo se pasa por alto y, como resultado, debe leerse por su historia, no su política.

Los tiempos del dinero barato se han acabado, y con ellos ha terminado también la idea de que es posible resucitar el modelo de negocio por el que se regía España antes de la crisis, lo que significa que ya no es posible reproducir las formas de desarrollo que anteriormente le permitían abrirse camino en la economía global.
Las reformas han de venir del interior de la propia España, y para que consigan tener éxito será preciso que cuenten con el respaldo de los españoles. No pueden, ni deben, venir dictadas desde Bruselas. Lo triste es que sí suelen proceder de la sede administrativa de la Unión Europea (razón que explica en parte que estén abocadas al fracaso).
El liberalismo ha adquirido la costumbre de insistir, cada vez que sus políticas cosechan un fracaso, en que la culpa ha de atribuirse al país que trató de aplicarlas, pero no, en ningún caso, a las políticas mismas. Esta es la razón de que nos digan que los griegos son unos perezosos, pese a que trabajen alrededor de seiscientas horas más al año que los alemanes. Por este mismo motivo, la economía española tampoco sufre realmente un 50 por 100 de paro juvenil, puesto que todos ellos trabajan —según nos cuentan desde esa misma ideología— en los bares de tapas o en alguna otra parte. El único problema de estas afirmaciones es que no son ciertas: por eso estamos asistiendo —y esto sí es real— al desempleo y la emigración de una generación entera. Y sin embargo, la ideología continúa…

La crisis financiera europea, agravada además por el peso de su deuda externa, ha iniciado una triste peregrinación, transitando de una cumbre económica a otra, cumbres en las que únicamente se asiste al choque del ideal de la prudencia fiscal alemana con el 25 por 100 de desempleo que sufre España y con el espectáculo de un estado griego empeñado en desgarrarse a sí mismo hasta sumirse en la insolvencia y la pobreza generalizada mientras se le conceden créditos y más créditos para que continúe haciéndolo. En Estados Unidos, estos problemas se presentan bajo otra sintomatología: la que integra la suma de un esclerótico crecimiento del sector privado, un persistente desempleo, la pérdida de oportunidades de la clase media y la parálisis del estado. Si observáramos por separado cada uno de estos elementos tendríamos la impresión de estar contemplando un panorama notablemente caótico. Pero si miramos con mayor detenimiento podremos comprobar que todos estos acontecimientos se hallan íntimamente relacionados. Lo que les une es el denominador común de su presunta cura: la austeridad, es decir, la aplicación de una política basada en la reducción de los presupuestos generales del estado con vistas a lograr la promoción del crecimiento.
La austeridad es una forma de deflación voluntaria por la cual la economía entra en un proceso de ajuste basado en la reducción de los salarios, descenso de los precios y un menor gasto público —todo enfocado a una meta: la de lograr la recuperación de los índices de competitividad, algo cuya mejor y más pronta consecución exige (supuestamente) el recorte de los presupuestos del estado y la disminución de la deuda y el déficit—. Según creen quienes abogan por esa terapia, la adopción de este paquete de medidas sabrá generar una mayor «confianza empresarial», dado que el gobierno habrá dejado tanto de «copar» el mercado inversor al absorber todo el capital disponible mediante la emisión de deuda como de incrementar la deuda nacional, ya “excesivamente grande”.
La austeridad no funciona, si por «no funcionar» entendemos que a través de ella no se consigue ni la reducción de la deuda ni el fomento del crecimiento económico. Todo lo contrario: al hacer que la compra de las obligaciones de esos gobiernos en apuros resultara más arriesgada (como demuestran los intereses que se cobran), esta política de austeridad ha venido a determinar de forma indirecta que los grandes bancos europeos que han adquirido grandes paquetes de bonos estatales (fundamentalmente en Alemania, Francia y Holanda) se encuentren ahora en una situación más peligrosa que antes. Y los inversores internacionales acabarían reconociendo la realidad de este estado de cosas, dado que entre el verano y el otoño de 2011 desapareció una gran parte del volumen de préstamos que se habían venido inyectando hasta entonces desde el ámbito privado en el sector bancario europeo; circunstancia a la que se respondió con la puesta en marcha de los mecanismos que el Banco Central Europeo contempla para este tipo de situaciones, a saber, la provisión urgente de liquidez (una provisión articulada en la práctica a través de las llamadas operaciones de refinanciación a largo plazo, o LTRO, según sus siglas inglesas: «long-term refinancing operations»), el programa adicional para la inyección urgente de liquidez (o ELA, de acuerdo con sus siglas inglesas: «emergency liquidity assistance program»), y, cómo no, la exigencia de nuevos planes de austeridad.
Que la austeridad no funcione, sencillamente, es la primera razón que me lleva a afirmar que se trata de una idea peligrosa. Sin embargo, esa peligrosidad emana también de otro hecho: el de que la forma en que tanto los políticos como los medios están presentando la noción de austeridad —como amortización forzosa de algo denominado «crisis de la deuda soberana», supuestamente causada por el comportamiento de unos estados que, al parecer, se habrían dedicado a «gastar en exceso»— constituye una representación fundamentalmente errónea de los hechos. Estos problemas, incluido el de la crisis de los mercados de obligaciones, se inició en los bancos y terminará también en ellos.
El problema se revela especialmente pernicioso cuando se combina con una política de austeridad generalizada, puesto que si los sectores público y privado de un país se proponen amortizar su deuda al unísono (haciendo lo que se llama un desapalancamiento), la única forma de lograr que ese país crezca es incrementar el volumen de las exportaciones que realiza —preferiblemente en un entorno que disfrute de unos tipos de cambio inferiores— a otro estado que todavía conserve su capacidad de gasto. Ahora bien, si todo el mundo aplica la misma estrategia de contención del gasto, como está sucediendo actualmente en Europa, el proceso se vuelve contraproducente.

En resumen, tres son las razones que avalan mi afirmación de que la austeridad es una idea peligrosa: que no funciona en la práctica; que su fundamento descansa en la pretensión de que los pobres acaben pagando los errores de los ricos; y que necesita como condición la ausencia del largo brazo de la falacia de la composición, una falacia cuya presencia resulta más que patente en el mundo moderno.
Si se alberga la expectativa de que las personas de rentas más bajas tengan que pagar una cantidad desproporcionadamente grande por la existencia de un problema creado por los individuos de rentas más altas, y si los contribuyentes más prósperos se dedican a escurrir deliberadamente el bulto y a no aceptar la menor responsabilidad en la génesis del apuro, culpando al estado de los errores que ellos mismos han cometido, nos veremos en una difícil tesitura, dado que el hecho de exprimir a los pobres no sólo no va a producir ingresos suficientes como para enderezar las cosas, sino que está llamado a alumbrar una sociedad todavía más polarizada y politizada cuya situación no podrá sino venir a disminuir las posibilidades de poner en marcha una política sostenible capaz de asumir un volumen de deuda mayor y un menor crecimiento. Lo que genera la implantación de una austeridad desigual es, a partes iguales, una avalancha de dosis de populismo, nacionalismo y llamamientos a la recuperación de la consigna imperialista basada en «la adoración a Dios y el culto al oro», situación que no beneficia a nadie, ni siquiera a los situados en las más altas cumbres de renta.

La austeridad funciona del mismo modo que la economía clásica o liberal, en opinión de Keynes, esto es, como «un punto límite de las posibles posiciones de equilibrio». O dicho de otra forma: se trata de un caso especial de entre miles de millones de casos posibles. Así prosigue de hecho la reflexión de Keynes: «Y si diéramos en suponer que se verifican de facto todas las características del caso especial que se precisa [para poder postular con razón en favor de la austeridad] nos percataremos de que dicha situación […] resulta no ser la que se corresponde con la sociedad económica en la que efectivamente vivimos, lo que significa que sus lecciones se revelan en último término engañosas, en incluso desastrosas, si intentamos aplicarlas a los hechos que la experiencia nos coloca ante los ojos». Constatamos por tanto, una vez más, que se han olvidado las conclusiones que nos permitieron extraer las circunstancias vividas a lo largo de la década de 1930. Y ese olvido es posiblemente la razón más sólida que nos permite afirmar que la austeridad continúa siendo una idea extremadamente peligrosa. Y para comprender qué es lo que hemos acabado olvidando.
La austeridad no sólo se reveló inoperante en el Japón, sino que generó la peor depresión de toda la historia japonesa, desatando asimismo una campaña de asesinatos contra los banqueros y los políticos, y poniendo finalmente el poder en manos de «aquellos magníficos tipos que nos trajeron Pearl Harbor». Ahora bien, si ya ha quedado usted convencido de que todo cuanto hemos referido hasta el momento basta para demostrar que la austeridad es efectivamente una idea peligrosa, aguarde solamente a comprobar lo que sucedió en la Francia de esa misma época.

El período de entreguerras nos ha enseñado unas cuantas lecciones, y muy valiosas, acerca de los motivos que determinan que la austeridad no funcione y de que su aplicación acabe siendo una idea peligrosa. El primer problema consiste en aceptar una mala idea: la vinculada con la pretensión de edificar la totalidad del orden monetario internacional sobre la base de un sistema que muestra una tendencia inherente a la deflación y cuyo funcionamiento resulta además inviable en una democracia. El segundo problema es que Einstein tenía razón. Si el hecho de hacer una y otra vez la misma cosa, esperando al mismo tiempo obtener resultados diferentes, es la definición misma de la demencia, lo cierto es que la reiterada administración de sucesivas dosis de austeridad en un país y en otro y en otro…, hasta la extenuación, fue realmente una locura. De ese empeño no habría de salir nada bueno.
Cuando los líderes mundiales, tan entusiasmadamente proclives a legitimar los perjuicios y la afectación que ya han introducido en las vidas de millones de conciudadanos suyos, buscan ejemplos como estos para reivindicar sus acciones, aplaudiendo las políticas de estos países como si la generación de miseria fuera merecedora de palmas, hemos de preguntarnos qué es la circunstancia más relevante que todo esto nos muestra. Y la respuesta es que la austeridad sigue siendo una ideología inmune a los hechos y cualquier forma de refutación empírica fundamental. Esta es la razón de que siga siendo, pese a todos los materiales probatorios que podamos reunir en su contra, una idea extremadamente peligrosa.

La decisión de rescatar a los bancos desembocó en un grave endeudamiento de los estados. La deuda generó la crisis. Y la crisis ha alumbrado esta austeridad. Quizá hubiésemos podido evitar esta secuencia —pues, como hemos mostrado en el presente libro, hubo momentos en que pudimos elegir—. La austeridad no constituía una fatalidad inevitable; pese a que su raíz causal residiera en la existencia de un sistema bancario que, siendo excesivamente grande como para juzgar asumible su rescate, se hallaba además atrapado en un nefasto dispositivo financiero compuesto por un sistema monetario que viene a ser una versión modernizada del patrón oro y que parece haber limitado toda opción a la consabida receta consistente en «inyectar liquidez desde el banco central, reducir al máximo los presupuestos, y ponerse a rezar». La cuestión es: ¿podían haberse hecho las cosas de otra manera?.
Parte de la explicación que sigue es fruto de una conjetura: la de que pudiera darse el caso de que el modelo de negocio de la banca de inversiones estuviese agonizando. De ser así, todo el dinero que estamos gastando, y que ya hemos perdido, en la recesión, se habría despilfarrado de facto en un sistema que quizá se encuentre de todas formas embarcado en una fase de declive terminal. La segunda parte de dicha explicación viene a resumirse en un nuevo relato de ajustes fiscales: el vivido en dos pequeños países como Islandia e Irlanda. Uno de ellos optó por dejar que sus bancos quebraran, y lo cierto es que ahora su economía va viento en popa, especialmente si la comparamos con la que predomina en la eurozona. El otro acudió al rescate de sus entidades financieras, condenándose así, a causa de esa decisión, a tener que vivir una generación de penalidades.
Si eliminamos tanto el respaldo de liquidez proporcionado por los bancos centrales como la búsqueda de rendimientos de los inversores, lo que nos queda es un problema todavía irresuelto. Sólo se pueden generar burbujas de esta magnitud si existen activos que se encuentran infravalorados, o que al menos susciten en los inversores la percepción de hallarse por debajo de su valor real —teniendo que darse asimismo otra condición: la de tener la capacidad de actuar como combustible para inflar la burbuja—. De hecho, si nos retrotraemos a principios de la década de 1980, lo que descubrimos es que los valores de renta variable estadounidenses se pasaron toda una generación describiendo una curva plana.
En los dos últimos años, tanto los precios de las acciones bancarias como la capitalización bursátil de esas mismas entidades han caído de forma drástica. Los ingresos obtenidos en cada categoría de activo se están desplomando. La suscripción de títulos se ha contraído y el número de transacciones no es ya el acostumbrado. Los costes fijos están aumentando, las obligaciones se encogen y el conjunto del sector se está reduciendo de tamaño. Entretanto, todo el crecimiento que todavía subsiste parece querer centrarse más en la banca minorista que en la banca de inversión. Sin embargo, la banca minorista depende de forma más directa de la economía real, que es justamente la que se está contrayendo a causa de la austeridad. En resumen, es posible que hayamos empobrecido a unos cuantos millones de personas para salvar a una industria de dudosa utilidad social que ahora resulta estar en las últimas. Esta es una reflexión que no sólo nos deja consternados, sino que sugiere que, a fin de cuentas, habríamos hecho realmente mejor no rescatando a las entidades financieras.
Islandia ha hecho algo más que salir adelante al dejar que sus bancos fueran a la quiebra, puesto que, al hacerlo, ha conseguido además una economía más sana y una sociedad más igualitaria. Pese a que Irlanda sea un país pequeño, y aunque Islandia tenga, literalmente, las dimensiones de una ciudad —y de una ciudad pequeña por cierto—, es posible que todavía podamos extraer de su vivencia dos lecciones clave para la historia natural de la austeridad. En primer lugar, cuando uno aplica unas medidas diametralmente opuestas a las que predica el manual estratégico de la austeridad lo que se consigue no es sólo sobrevivir, sino también prosperar. En segundo lugar, hay otra lección —y esta es de capital importancia—: no rescaten a sus bancos.

A lo largo de los próximos años tanto la represión fiscal como el incremento de los impuestos a los tramos de ingresos más altos de la distribución económica se conviertan en parte del paisaje. Las vigentes negociaciones (al menos en el momento en el que escribo estas líneas) que se están llevando a cabo en relación con el incremento de los impuestos y como uno de los elementos destinados a la búsqueda de una solución a la debacle que supondría que Estados Unidos se despeñara por el abismo fiscal que se cierne en el horizonte de 2013 son simplemente el inicio de ese proceso al que apunto. Así es como vamos a batallar con nuestras deudas: mediante los impuestos y no con medidas de austeridad. Y lo vamos a hacer así no porque la austeridad sea injusta, que lo es, ni porque el número de deudores sea superior al de acreedores, que también sucede, ni porque la democracia muestre tendencia a la inflación, cosa que no es cierta, sino porque la austeridad, sencillamente, no funciona.

A well-written and well-founded book to understand the economic news devoid of certain political conditions. Recommended for all those who want to understand the root of the current problems in Europe.
Austerity – The history of a dangerous idea, is exactly what its title states. The book is split into 3 sections the first one being on how we got here in terms of our recent economic history pre-financial crisis for the US and the subsequent european debt crisis for europe, the second being on the economic history and theories on political economy and the final on a summary and policy ideas. This is an excellent economic history book and its analysis of the financial crisis is very readable and illuminating, the policy ideas are interesting but there is no detail and they are high level but not analysed in anywhere near the rigour of the second part of the book.
The three parts of the book arent really equal in importance. The first is a quick introduction to the recent financial history we just lived through, it starts with the US and how the bailing out of the financial industry evolved. It goes through some of the politics and discusses the loss arising from the crisis and estimates on the opportunity cost we have endured as a result. Europe is also discussed but it is noted that the structure of the monetary union without a fiscal union has created a much larger problem in which the member states dont have the resources to individually recapitalize their banks (given the asset base of European banks is much larger share of each member’s GDP than a US bank is of US GDP). The inability for the financial system to recapitalize given the lack of fiscal transfers has led to the embracing of austerity as a solution which the author goes on to discuss as failing.
The second part is the heart of the book and the strongest part for me. It discusses economic history through the ages starting with Locke, Hume and Smith. It is rare to read economics with as much focus on political economy these days, but it is refreshing to remind ourselves of the origin of the philosophies we sometimes take for granted. Empowering the individual and merchant classes in these early philosophies is detailed and one gets reminded of classical economic theory detailing that savings are the source of funds for investment which is at the heart of believing in austerity as necessary if government spending is crowding out investment. The book then discusses the 19th century and Ricardo and Mill and then the case studies of the Great Depression are detailed. The accounts are well written and give a sense of the history of the economic policies that were at the heart of the depression and the subsequent outcomes (which did not generate growth). Keynes and Austrian school philosophies are discussed and so is the growth model of Germany that it embraced after the second world war which the author calls ordoliberalism. Through this chapter the stage is set for modern day politics and why the discussions in Europe are framed as they are. The idea that reflation can happen through austerity via the expectations channel of business (believing in future reduced taxes) is debunked and the case examples of contractionary fiscal policy being expansionary are exampled case by case and shown to have been the product of different reasons.
The conclusion tries to wrap things up. It does argue convincingly that austerity does not create growth and the economic system we have been living in and the product of has increased wealth inequality and the build up in debt is a function of the financial crisis not profligacy. The policies are mentioned casually and not really worked through in detail but provide food for thought. All in all the book is a worthy read and gives a good historical account of why the paradox of thrift is true and the fallacy of composition is important to remember. I think it is important to note that austerity is not always about cutting expenditure as a means to create growth it is that certain forms of expenditure might be unsustainable and therefore government spending needs to be cut where unproductive. This idea doesnt lead to specific deficit or surplus targets but if all government expenditure was spent on paying somebody to dig a hole and another to fill it, clearly that is something that should be cut. The author focusing on the expansionary contractionary policy is important to debunk (ie that government expenditure always crowds out private investment and therefore reducing government spending spurs investment) but that is the tip of a much more important discussion. European economies diverged as the nontradeable side in Spain and Ireland (for example) ballooned as money flowed between economies without risk aversion. To reallocate labour from construction to the tradeable side is difficult and requires fiscal expenditure to average out but thats not about austerity or not austerity, its about structural reform and institutional arrangement. The world has its problems and the solutions are complicated and dont boil down to austerity or not austerity – most people dont believe that is the only issue that is up for debate. The history is excellent but the trivialization of facilitation of the real economic reforms needed and how best for fiscal authority to smooth that cycle are glossed over and as a result this should be read for its history, not its policy.

The times of cheap money are over, and with them has also ended the idea that it is possible to resuscitate the business model that governed Spain before the crisis, which means that it is no longer possible to reproduce the forms of development that previously allowed him to make his way in the global economy.
The reforms have to come from within Spain itself, and in order to succeed, it will be necessary to have the support of the Spaniards. They can not, and should not, come dictated from Brussels. The sad thing is that they usually come from the administrative headquarters of the European Union (a reason that explains in part that they are doomed to failure).
Liberalism has acquired the habit of insisting, whenever its policies reap a failure, that the blame must be attributed to the country that tried to apply them, but not, in any case, to the policies themselves. This is why they tell us that the Greeks are lazy, even though they work about six hundred hours a year more than the Germans. For this same reason, the Spanish economy does not really suffer 50 percent of youth unemployment, since all of them work -as they tell us from that same ideology- in tapas bars or elsewhere. The only problem with these claims is that they are not true: that is why we are assisting – and this is true – unemployment and the emigration of a whole generation. And yet, the ideology continues …

The European financial crisis, aggravated also by the weight of its external debt, has started a sad pilgrimage, moving from one economic summit to another, summits in which only the shock of the ideal of German fiscal prudence is witnessed with 25%. of unemployment that Spain suffers and with the spectacle of a Greek state intent on tearing itself apart until it collapses into insolvency and widespread poverty while credits and more credits are granted to it to continue doing so. In the United States, these problems are presented under another symptomatology: the one that integrates the sum of a sclerotic growth of the private sector, a persistent unemployment, the loss of opportunities of the middle class and the paralysis of the state. If we looked at each of these elements separately, we would have the impression of contemplating a remarkably chaotic panorama. But if we look more closely we can verify that all these events are intimately related. What unites them is the common denominator of their presumed cure: austerity, that is, the application of a policy based on the reduction of the general budgets of the state with a view to achieving the promotion of growth.
Austerity is a form of voluntary deflation by which the economy enters into an adjustment process based on the reduction of wages, falling prices and lower public spending-all focused on one goal: to achieve the recovery of Competitiveness indexes, something whose better and faster achievement demands (supposedly) the reduction of state budgets and the reduction of debt and deficit. According to those who advocate this therapy, the adoption of this package of measures will generate greater “business confidence”, given that the government will have stopped “coping” the investment market by absorbing all the available capital through the issuance of debt. to increase the national debt, already “excessively large”.
Austerity does not work, if by “not working” we understand that through it neither the reduction of the debt nor the promotion of economic growth is achieved. Quite the opposite: by making the purchase of the obligations of those governments in distress more risky (as evidenced by the interest charged), this policy of austerity has come to determine indirectly that large European banks that have acquired large State bond packages (mainly in Germany, France and the Netherlands) are now in a more dangerous situation than before. And international investors would end up recognizing the reality of this state of affairs, given that between the summer and autumn of 2011 a large part of the volume of loans that had been injected until then from the private sphere in the European banking sector disappeared; This circumstance was met with the implementation of the mechanisms that the European Central Bank contemplates for this type of situation, namely, the urgent provision of liquidity (a provision articulated in practice through the so-called refinancing operations to long term, or LTRO, according to its English acronym: “long-term refinancing operations”), the additional program for the urgent injection of liquidity (or ELA, according to its abbreviations: “emergency liquidity assistance program”), and, Of course, the demand for new austerity plans.
That austerity does not work, simply, is the first reason that leads me to say that it is a dangerous idea. However, this danger also emanates from another fact: the way in which both politicians and the media are presenting the notion of austerity – as a forced amortization of something called “sovereign debt crisis”, supposedly caused by the behavior of some states that, apparently, would have been dedicated to “spending excessively” – constitutes a fundamentally erroneous representation of the facts. These problems, including that of the bond markets crisis, started in the banks and will also end in them.
The problem is particularly pernicious when combined with a policy of generalized austerity, since if the public and private sectors of a country intend to amortize their debt in unison (doing what is called a deleveraging), the only way to achieve that country grows is to increase the volume of exports that it performs – preferably in an environment that enjoys lower exchange rates – to another state that still retains its spending capacity. Now, if everyone applies the same cost containment strategy, as is currently happening in Europe, the process becomes counterproductive.

In summary, there are three reasons that support my claim that austerity is a dangerous idea: that it does not work in practice; that its foundation rests on the pretense that the poor end up paying for the mistakes of the rich; and that he needs as a condition the absence of the long arm of the fallacy of composition, a fallacy whose presence is more than evident in the modern world.
If the expectation is that lower-income people have to pay a disproportionately large amount for the existence of a problem created by higher-income individuals, and if the more affluent taxpayers deliberately drain the bundle, they will no longer accept the slightest responsibility in the genesis of the predicament, blaming the state for the mistakes that they themselves have committed, we will find ourselves in a difficult position, since the act of squeezing the poor will not only produce enough income to straighten the things, but it is called to light a society even more polarized and politicized whose situation can only come to diminish the possibilities of implementing a sustainable policy capable of assuming a larger volume of debt and less growth. What generates the implementation of unequal austerity is, in equal parts, an avalanche of doses of populism, nationalism and calls for the recovery of the imperialist slogan based on “the adoration of God and the cult of gold”, a situation that does not benefit nobody, not even those located in the highest peaks of income.

Austerity works in the same way as classical or liberal economics, in Keynes’ view, that is, as “a limit point of possible positions of equilibrium.” Or put another way: it is a special case among billions of possible cases. Thus Keynes’s reflection continues in fact: “And if we were to suppose that all the characteristics of the special case required are verifiable de facto [in order to be able to postulate correctly in favor of austerity] we will realize that this situation […] it turns out not to be the one that corresponds to the economic society in which we actually live, which means that its lessons are ultimately deceitful, even disastrous, if we try to apply them to the facts that experience puts before our eyes ». We therefore observe, once again, that the conclusions that allowed us to extract the circumstances lived through the 1930s have been forgotten. And that forgetfulness is possibly the most solid reason that allows us to affirm that austerity continues to be an idea extremely dangerous And to understand what we have ended up forgetting.
Austerity not only proved ineffective in Japan, it generated the worst depression in all Japanese history, also unleashing a campaign of assassinations against bankers and politicians, and finally putting power in the hands of “those magnificent types who They brought Pearl Harbor. ” Now, if you have already been convinced that everything we have said so far is enough to show that austerity is indeed a dangerous idea, wait only to verify what happened in France at the same time.

The period between the wars has taught us a few lessons, and very valuable ones, about the reasons that determine that austerity does not work and that its application ends up being a dangerous idea. The first problem is to accept a bad idea: that linked to the pretension to build the whole of the international monetary order on the basis of a system that shows an inherent tendency to deflation and whose functioning is also unfeasible in a democracy. The second problem is that Einstein was right. If the fact of doing the same thing over and over again, expecting at the same time to obtain different results, is the very definition of dementia, the certain thing is that the repeated administration of successive doses of austerity in one country and in another and in another …, until the exhaustion, was really crazy. Nothing good would come of that effort.
When the world leaders, so enthusiastically prone to legitimize the damage and affectation that they have already introduced into the lives of millions of their fellow citizens, look for examples like these to vindicate their actions, applauding the policies of these countries as if the generation of misery were deserving of palms, we have to ask ourselves what is the most relevant circumstance that all this shows us. And the answer is that austerity remains an ideology immune to the facts and any form of fundamental empirical refutation. This is why it remains, despite all the probative materials we can muster against it, an extremely dangerous idea.

The decision to rescue the banks led to serious indebtedness by the states. The debt generated the crisis. And the crisis has illuminated this austerity. Perhaps we could have avoided this sequence-for, as we have shown in this book, there were moments when we could choose. Austerity was not an inevitable fatality; even though its root cause resided in the existence of a banking system that, being too large to judge its rescue acceptable, was also trapped in a nefarious financial device composed of a monetary system that becomes a modernized version of the gold standard and that seems to have limited any option to the usual recipe consisting of “injecting liquidity from the central bank, reducing budgets to the maximum, and starting to pray”. The question is: could things have been done differently?
Part of the explanation that follows is the result of a conjecture: that it could be the case that the business model of the investment bank was agonizing. If so, all the money that we are spending, and that we have already lost, in the recession, would have been squandered de facto in a system that may still be embarked on a phase of terminal decline. The second part of this explanation comes to be summarized in a new account of fiscal adjustments: the one lived in two small countries such as Iceland and Ireland. One of them chose to let his banks go bankrupt, and the truth is that now his economy is going from strength to strength, especially if we compare it with the one that predominates in the eurozone. The other came to the rescue of their financial institutions, condemning himself, because of that decision, to have to live a generation of penalties.
If we eliminate both the liquidity support provided by central banks and the search for returns from investors, what remains is a problem that is still unresolved. Only bubbles of this magnitude can be generated if there are assets that are undervalued, or that at least arouse in the investors the perception of being below their real value – having to also have another condition: that of having the capacity to act as fuel to inflate the bubble. In fact, if we go back to the beginning of the 1980s, what we discovered is that US equity securities spent a whole generation describing a flat curve.
In the last two years, both the prices of bank shares and the market capitalization of these same entities have fallen drastically. The income obtained in each asset category is collapsing. The subscription of securities has been contracted and the number of transactions is no longer customary. Fixed costs are increasing, obligations shrink and the whole sector is shrinking. Meanwhile, all the growth that still exists seems to want to focus more on retail banking than on investment banking. However, retail banking depends more directly on the real economy, which is precisely the one that is contracting because of austerity. In short, we may have impoverished a few million people to save an industry of dubious social utility that now turns out to be the last. This is a reflection that not only leaves us dismayed, but suggests that, in the end, we would have done really better not by rescuing the financial entities.
Iceland has done more than move forward by letting its banks go bankrupt, since by doing so, it has also achieved a healthier economy and a more egalitarian society. Although Ireland is a small country, and although Iceland has, literally, the dimensions of a city – and of a small city by the way – we may still be able to draw from its experience two key lessons for the natural history of austerity . In the first place, when one applies diametrically opposed measures to those preached by the strategic austerity manual, what is achieved is not only to survive, but also to prosper. Second, there is another lesson – and this one is of paramount importance – do not rescue your banks.

Over the next few years, both fiscal repression and increased taxes on the higher income brackets of the economic distribution become part of the landscape. The current negotiations (at least at the time that I write these lines) that are being carried out in relation to the increase of taxes and as one of the elements destined to the search of a solution to the debacle that would suppose that States United is thrown by the fiscal cliff that looms in the horizon of 2013 are simply the beginning of that process to which I point. This is how we are going to battle our debts: through taxes and not with austerity measures. And we will do so not because austerity is unjust, that it is, nor because the number of debtors is greater than that of creditors, which also happens, nor because democracy shows a tendency to inflation, which is not true, but because austerity simply does not work.

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