Un Guardia Civil En La Selva — Gustau Nerín / A Civil Guard (Police Corps) In The Jungle by Gustau Nerín

Una visión de cómo las potencias coloniales han destrozado la formación de países en su propio beneficio. Este libro recoge la gran desconocida del Imperio Español, Guinea Ecuatorial. No es de extrañar el odio que nos profesan tantos países a los occidentales.

Los fang sufrían la ofensiva colonial desde tres frentes: los alemanes atacaban por el Norte, los franceses por el Sur y los españoles por el Oeste, desde la costa. Hacía mucho tiempo que los franceses habían penetrado hasta el mismo corazón del país fang y habían incorporado las tierras de varios clanes a la colonia de Gabón. En medio del país fang, a orillas del río Ogoué, los colonizadores fundaron una nueva ciudad que, solamente por su nombre, constituía todo un símbolo de dominación: Franceville. Mientras tanto, los alemanes también avanzaban a buen ritmo por Camerún. En 1889, en el país de los ewondo (una etnia cercana a los fang), las fuerzas germánicas instalaron la capital de la colonia: Yaundé. Desde allí fueron progresando hacia el Sur, rumbo a la frontera con la Guinea Española. En el año 1900, a pocos kilómetros del límite de la colonia hispana, los alemanes erigieron el puesto militar de Ambam. En 1912, mientras la posesión española seguía siendo una frondosa selva, Camerún ya disponía de sólidas infraestructuras coloniales: los coches podían ir desde la costa hasta la lejana Yaundé.
Pero los fang no aceptaban sumisamente la dominación occidental: en 1899 declararon la guerra a los alemanes. La Guinea Continental Española —posesión que luego recibiría el nombre de Río Muni— fue uno de los últimos territorios africanos conquistados por los europeos. Allí, decenas de miles de fang habían conseguido librarse de las influencias occidentales.
En 1914, los fang de la colonia hispana aún no habían renunciado a sus derechos. Obligaban a los blancos que cruzaran su territorio a pagarles derechos de aduana. Impedían el paso de las expediciones geográficas y les exigían regalos. Expulsaban de su territorio a aquellos europeos que no respetaran sus reglas. Mientras en las regiones colindantes los negros se veían obligados a trabajar en plantaciones, en minas o en explotaciones forestales, los fang del Muni conservaban su antigua forma de vida. Eran los últimos africanos libres.
Aquello ocurría porque la Guinea Continental Española no había nacido en un buen momento para España. El reparto oficial del territorio se había llevado a cabo en 1900, mediante el tratado hispanofrancés de París. Dos años antes, España había perdido las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Ángel Barrera, con un presupuesto muy limitado y escasos efectivos armados, lo tenía muy mal para conquistar el territorio continental. Por eso optó por la denominada política «de atracción», que consistía en establecer pactos con ciertos líderes locales, que, a cambio de ayudas, se convertían en aliados de los españoles y contribuían al mantenimiento de la estabilidad en las zonas del litoral del Muni. El gobernador tenía la esperanza de propagar la política de atracción por todo el territorio y garantizar así la sumisión de los fang (los «pamues» o «pamúes», según la nomenclatura de la época). Aseguraba que los negros eran como niños, y que «tratándoles con cariño se hace de ellos lo que se quiere». En el fondo, Barrera tenía cierta simpatía por los fang.
En realidad, mientras la Administración española decidía si había que actuar o no en el Muni, las empresas privadas no tenían ni la menor duda al respecto: desde finales del siglo xix, algunas compañías habían empezado a efectuar negocios sobre el terreno (hasta entonces sólo se habían implantado en las islas cercanas a la costa). Comerciaban sobre todo con marfil, madera y caucho. Los fang obtenían, a cambio de dichos productos, ciertos bienes de primera necesidad: herramientas y especialmente sal, un producto muy apreciado. También compraban armas, que empleaban tanto para la caza como para la guerra (los convenios internacionales en contra de la venta de armas a los africanos fueron sistemáticamente saboteados hasta la Primera Guerra Mundial). Cada hombre fang tenía, como mínimo, un fusil de chispa, fabricado expresamente en Europa para el mercado africano. Aquellas armas se utilizaban con la denominada pólvora «de trata», un producto de escasa calidad, muy poco eficaz.
Ángel Barrera lo tuvo claro desde el principio: aquello, a largo plazo, acarrearía problemas para la Guinea Española. El gobernador temía que los africanos, gracias a su implicación en el conflicto mundial, obtuviesen armas modernas con las que derrotar a sus colonizadores. España corría el riesgo de perder su colonia incluso antes de haber acabado de conquistarla. Barrera deseaba que los alemanes de Camerún capitulasen rápidamente, para evitar que la región siguiera desestabilizándose. Le preocupaban las «funestas consecuencias en el espíritu del indígena» que podía tener el conflicto. A medida que avanzaba la guerra, se vio obligado a constatar que «el respeto que al blanco tenían los pamúes se ha perdido, y se les ha enseñado que pueden matar al blanco, y robarle, y quemar sus propiedades». La situación le resultaba tan desagradable que llegó a pedir su relevo. Peno el Ministerio de Estado no aceptó su dimisión porque consideraba a Barrera alguien imprescindible para la colonia.

Uno de los aspectos esenciales para la consolidación de la hegemonía española en el conjunto del Muni era la abolición de los derechos territoriales de los clanes fang. Según el derecho fang, los habitantes de un pueblo podían cobrar tasas a quienquiera que cruzase sus dominios. Los autóctonos solían exigir algún «regalo» y, a cambio, ofrecían alimentos al viajero. Si éste se negaba a entregar algo, le saqueaban. Aquellos derechos de paso, para los españoles, eran intolerables, ya que obstaculizaban la colonización. Algunos fang no querían ir a trabajar a Fernando Poo porque temían que, al volver, les robasen las mercancías compradas con las ganancias de dos años de duro trabajo. Y el comercio se veía muy dificultado, ya que, para compensar los derechos de paso abonados a los jefes de cada aldea, los mercaderes encarecían sus productos.
Barrera ordenó a Ayala que persiguiera a los jefes que cobraran aduanas de ese tipo (él lo llamaba «robar», aunque para los fang no constituyese delito). Al recibir noticias de que se habían cobrado derechos de paso en un sitio, Ayala ordenaba llamar al dirigente del poblado en cuyo territorio se habían producido los hechos.
Ayala convirtió Mikomeseng en su hogar. Pasaba largas temporadas en el puesto de la Guardia Colonial o viajando por las inexploradas selvas del interior. Rara vez podía desplazarse a Bata. Durante su estancia en el destacamento, probablemente nunca tuvo ocasión de ir con ninguna blanca: en la Guinea Continental tan sólo había 13 mujeres occidentales (y 74 hombres). El teniente, para superar la soledad, mantuvo un idilio con una mujer fang. No era un caso excepcional: los colonos solían mantener relaciones con mujeres negras. El propio Barrera tenía fama de mujeriego, y en Santa Isabel se aseguraba que, pese a su avanzada edad, aún iba detrás de las negras. En la metrópolis aquellas relaciones se juzgaban con severidad, pero en la colonia eran habituales, aunque en principio los blancos pretiriesen a las mujeres blancas. El periodista Julio Arija, «heraldo infatigable y romántico de las grandezas de Fernando Poo», reconocía sin paños calientes que al principio las negras le daban asco.
Los casos de corrupción eran omnipresentes, pero rara vez acababan con sanciones. En una ocasión, un funcionario acusado de haberse embolsado fondos públicos se encargó personalmente de que desapareciese el expediente que le incriminaba. Y luego se jactaba en público de haberlo hecho.
Barí era promovía a quien le parecía, sin fijarse en criterios burocráticos. Así, por ejemplo, un individuo que había llegado a Guinea como supervisor del almacén de la Administración acabó ejerciendo de gobernador interino.

Ayala logró convertir Mikomeseng en un pequeño centro comercial. A pesar de todo, el interior del Muni no experimentó un crecimiento acelerado, como algunos preveían. Aquello se debía, en gran medida, a las raquíticas inversiones estatales y a la inexistencia de iniciativas del sector privado en aquella parte de la colonia. Con los medios que tenía a su disposición, Ayala no podía conseguir más de lo que consiguió. Sin duda era un buen gestor. Pero su labor colonizadora, en la época, se valoró muy poco. Ni siquiera en Fernando Poo interesaba en exceso lo que el teniente pudiera lograr en el remoto interior del país. En Santa Isabel, la fundación de Ebibeyín mereció tan sólo un breve de cuatro líneas en el anodino periódico de la colonia. En la metrópolis, nadie sabía nada de aquel teniente que se había convertido en dueño y señor de la vida de decenas de miles de negros.
Las quejas en contra de Ayala y de sus socios eran algo nuevo. De hecho, hasta entonces los únicos que habían denunciado repetidamente sus actuaciones habían sido los misioneros. En 1922, poco después de la llegada del teniente a Mikomeseng, el vicario apostólico de la colonia ya había dirigido un escrito a Ángel Barrera en el que le reprochaba que se secuestrara gente para llevar a cabo trabajos colectivos en aquella circunscripción (aunque, paralelamente, La Guinea Española, la revista de los claretianos, publicara un artículo que constituía un elogio desmedido del teniente). El gobernador, ante las quejas del obispo, amonestó a Ayala y al subgobernador de Bata.
Los misioneros instigaron al uso de la violencia en contra de los fang que se negaran a aceptar el colonialismo (los «salvajes»). Defendieron el encarcelamiento de los líderes fang contrarios a España. Exigieron a Barrera y a Núñez de Prado que la Guardia Colonial reprimiera la poligamia e impusiera el modelo familiar occidental mediante «el miedo y la obediencia». Elogiaron públicamente la quema de poblados rebeldes. Una vez incluso consideraron positivo que se exhibiera al aire libre, durante días, el cadáver del jefe de un poblado que se había rebelado contra los españoles. Y, en otra ocasión, la revista de los claretianos anunció, complacida, que los guardias coloniales habían atacado una zona rebelde y habían realizado un «escarmiento» «satisfactorio»: «hicieron once muertos, arrasaron pueblos y plantaciones y cogieron muchos prisioneros».
La Guinea Española, en varias ocasiones, se mostró partidaria de los trabajos forzados, bajo el pretexto de que los africanos eran holgazanes por naturaleza.

Dicen que Mikomeseng, la ciudad que sufrió las mayores atrocidades de Ayala, recibió una maldición del oficial: continuaría siendo presidida, hasta el fin de los tiempos, por administradores despiadados. Y la maldición se cumplió. Tras Ayala llegaría el violento y conflictivo Carrasco de Egaña. Y, más tarde, se sucederían administradores coloniales especialmente sádicos y criminales. Los más viejos habitantes del distrito aún tiemblan al recordar a José Moreno, a quien llamaban Kaa Adjap («No bromea»), y a Víctor Suances, Elang Ngorn («El que asa»: le llamaban así porque torturaba a sus presos poniéndolos encima de una superficie metálica sobre el fuego). En la Guinea de los años cuarenta y cincuenta se decía que aquellos kapitas («capitanes») tenían más poder en su distrito que Franco en España. En la colonia hubo muchos gestores brutales; pero entre ellos destacan, por su ferocidad, quienes sucedieron a Ayala al frente de Mikomeseng.
Ni siquiera la independencia pudo terminar con la maldición de Ayala. Mikomeseng volvería a sufrir la bárbara actuación de varios torturadores, que ocuparían los más altos cargos militares y políticos del distrito. Algunos podrían haber competido, por su crueldad, con los kapitas de la colonia. El dolor, en Guinea Ecuatorial, no acabó tras la descolonización.
Hay quien dice que Mikomeseng es la ciudad más triste del país. Hace décadas que el principal edificio de la localidad es una gran leprosería, en la que vive enfermos de toda la nación: llenos de llagas, sin dedos, cubiertos de vendajes… Frente a la leprosería, sobre una pequeña colina, se halla el cuartel militar, en el mismo lugar en que Ayala ordenó construir el antiguo destacamento. Es un recinto enorme, organizado en tomo a un extenso patio, en cuyo centro hay una vieja acacia, inmensa, completamente seca. Es el árbol que utilizaba Ayala para ahorcar a sus víctimas, un árbol que aún provoca escalofríos en los ancianos que conocen su historia. A escasos metros del campamento se construyó el estadio deportivo de la ciudad, donde el equipo local suele jugar a fútbol. Según se dice, está situado sobre las fosas comunes que Ayala llenó con los cadáveres de los osumu. Allí, sin nada que los recuerde —ni una placa siquiera—, se amontonan los cuerpos de los fang que defendieron su libertad con más firmeza.

Libros comentados del autor en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/20/blanco-bueno-busca-negro-pobre-gustau-nerin/

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A vision of how the colonial powers have destroyed the formation of countries for their own benefit. This book collects the great unknown of the Spanish Empire, Equatorial Guinea. No wonder the hatred that so many countries profess to us Westerners.

The Fang suffered the colonial offensive from three fronts: the Germans attacked in the North, the French in the South and the Spaniards in the West, from the coast. It had been a long time since the French had penetrated to the very heart of the Fang country and had incorporated the lands of several clans into the colony of Gabon. In the middle of the Fang country, on the banks of the Ogoué River, the colonizers founded a new city that, by name alone, was a symbol of domination: Franceville. Meanwhile, the Germans were also advancing at a good pace through Cameroon. In 1889, in the country of the Ewondo (an ethnic group close to the Fang), the Germanic forces installed the capital of the colony: Yaoundé. From there they progressed towards the South, towards the border with Spanish Guinea. In the year 1900, a few kilometers from the boundary of the Hispanic colony, the Germans erected the military post of Ambam. In 1912, while the Spanish possession was still a lush jungle, Cameroon already had solid colonial infrastructures: cars could go from the coast to the distant Yaoundé.
But the Fang did not submissively accept Western domination: in 1899 they declared war on the Germans. The Spanish Continental Guinea -possession that later would receive the name of Muni River- was one of the last African territories conquered by the Europeans. There, tens of thousands of Fang had managed to get rid of Western influences.
In 1914, the Fang of the Hispanic colony had not yet renounced their rights. They obliged whites to cross their territory to pay them customs duties. They prevented the passage of geographical expeditions and demanded gifts from them. They expelled from their territory those Europeans who did not respect their rules. While in the surrounding regions blacks were forced to work in plantations, in mines or in forestry, the fang of the Muni retained their old way of life. They were the last free Africans.
That happened because the Spanish Continental Guinea had not been born at a good time for Spain. The official distribution of the territory had been carried out in 1900, through the Hispano-French treaty of Paris. Two years earlier, Spain had lost the colonies of Cuba, Puerto Rico and the Philippines.

Angel Barrera, with a very limited budget and few armed troops, had very badly to conquer the continental territory. That is why he opted for the so-called “attraction” policy, which consisted in establishing pacts with certain local leaders, who, in exchange for aid, became allies of the Spaniards and contributed to the maintenance of stability in the Muni littoral areas. . The governor hoped to spread the policy of attraction throughout the territory and thus guarantee the submission of the fang (the “pamues” or “pamúes”, according to the nomenclature of the time). He claimed that blacks were like children, and that “treating them with love makes them what they want”. In the background, Barrera had some sympathy for the Fang.
In fact, while the Spanish Administration decided whether or not to act in the Muni, private companies did not have the slightest doubt about it: since the late nineteenth century, some companies had started doing business in the field (until then only they had been implanted in the islands near the coast). They traded mostly with ivory, wood and rubber. The Fang obtained, in exchange for said products, certain goods of first necessity: tools and especially salt, a very appreciated product. They also bought weapons, which they used both for hunting and for war (international agreements against the sale of arms to Africans were systematically sabotaged until the First World War). Each Fang man had at least one spark gun, made expressly in Europe for the African market. Those weapons were used with the so-called gunpowder “of trafficking”, a product of poor quality, very ineffective.
Ángel Barrera was clear from the beginning: that, in the long term, would cause problems for Spanish Guinea. The governor feared that the Africans, thanks to their involvement in the world conflict, would obtain modern weapons with which to defeat their colonizers. Spain risked losing its colony even before it had finished conquering it. Barrera wanted the Germans in Cameroon to capitulate quickly, to prevent the region from continuing to destabilize. He was concerned about the “dire consequences in the spirit of the indigenous” that the conflict could have. As the war progressed, he was forced to note that “the respect that the pamús had for the target has been lost, and they have been taught that they can kill the target, and rob him, and burn his property.” The situation was so unpleasant that he came to ask for his relief. However, the Ministry of State did not accept his resignation because he considered Barrera someone indispensable for the colony.

One of the essential aspects for the consolidation of the Spanish hegemony in the whole of the Muni was the abolition of the territorial rights of the fang clans. According to Fang law, the inhabitants of a town could charge fees to whoever crossed their domains. The natives used to demand some “gift” and, in exchange, offered food to the traveler. If he refused to give something, they looted him. Those rights of way, for Spaniards, were intolerable, since they impeded colonization. Some fang did not want to go to work at Fernando Poo because they feared that, when they returned, they would steal the goods bought with the profits of two years of hard work. And the trade was very difficult, since to compensate the rights of way paid to the heads of each village, the merchants made their products more expensive.
Barrera ordered Ayala to chase the bosses to charge customs of that type (he called it “stealing,” although for the Fang it was not a crime). Upon receiving news that rights of way had been charged in a site, Ayala ordered to call the leader of the town in whose territory the events had taken place.
Ayala turned Mikomeseng into his home. He spent long periods at the Colonial Guard post or traveling through the unexplored jungles of the interior. Rarely could he move to Bata. During his stay in the detachment, probably never had occasion to go with any white: in Continental Guinea there were only 13 Western women (and 74 men). The lieutenant, to overcome the loneliness, maintained an idyll with a fang woman. It was not an exceptional case: the settlers used to maintain relations with black women. Barrera himself had a reputation as a womanizer, and in Santa Isabel he made sure that, despite his advanced age, he was still behind blacks. In the metropolis those relations were judged with severity, but in the colony they were habitual, although in principle the targets pretiriesen to the white women. The journalist Julio Arija, “indefatigable and romantic herald of the greatness of Fernando Poo”, recognized without hot cloths that at the beginning the black ones disgusted him.
Corruption cases were omnipresent, but rarely ended with sanctions. On one occasion, an official accused of having pocketed public funds personally took care of the disappearance of the file that incriminated him. And then he boasted in public that he had done it.
Barí was promoting who he thought, without paying attention to bureaucratic criteria. Thus, for example, an individual who had arrived in Guinea as supervisor of the Administration’s warehouse ended up acting as interim governor.

Ayala managed to turn Mikomeseng into a small shopping center. In spite of everything, the interior of the Muni did not experience an accelerated growth, as some anticipated. This was due, in large part, to the stingy state investments and the lack of private sector initiatives in that part of the colony. With the means at his disposal, Ayala could not get more than he got. Without a doubt, he was a good manager. But his colonizing work, at the time, was valued very little. Not even in Fernando Poo was he too interested in what the lieutenant could achieve in the remote interior of the country. In Santa Isabel, the foundation of Ebibeyín deserved only a brief of four lines in the bland newspaper of the colony. In the metropolis, nobody knew anything about that lieutenant who had become the master and lord of the lives of tens of thousands of blacks.
The complaints against Ayala and its partners were something new. In fact, until then the only ones who had repeatedly denounced their actions had been the missionaries. In 1922, shortly after the arrival of the lieutenant to Mikomeseng, the apostolic vicar of the colony had already sent a letter to Ángel Barrera in which he reproached him for kidnapping people to carry out collective work in that district (although, in parallel, The Spanish Guinea, the magazine of the Claretians, published an article that was an excessive praise of the lieutenant). The governor, in response to the bishop’s complaints, admonished Ayala and the deputy governor of Bata.
The missionaries instigated the use of violence against the Fang who refused to accept colonialism (the “savages”). They defended the imprisonment of fang leaders against Spain. They demanded to Barrera and Núñez de Prado that the Colonial Guard repress the polygamy and impose the Western family model through “fear and obedience.” They publicly praised the burning of rebel villages. Once they even considered positive that the corpse of the head of a town that had rebelled against the Spaniards was exhibited outdoors for days. And, on another occasion, the Claretian magazine announced, pleased, that the colonial guards had attacked a rebel zone and had carried out a “satisfactory” “lesson”: “they killed eleven people, destroyed villages and plantations, and took many prisoners.”
The Spanish Guinea, in several occasions, was in favor of forced labor, under the pretext that the Africans were lazy by nature.

They say that Mikomeseng, the city that suffered the greatest atrocities of Ayala, received a curse from the officer: it would continue to be presided over, until the end of time, by ruthless administrators. And the curse was fulfilled. After Ayala came the violent and conflictive Carrasco de Egaña. And, later, colonial administrators, especially sadists and criminals, would happen. The oldest inhabitants of the district still tremble when remembering José Moreno, whom they called Kaa Adjap (“No joke”), and Víctor Suances, Elang Ngorn (“He who roasts”: they called him that because he tortured his prisoners by putting them on top of him). a metal surface over the fire). In Guinea in the 1940s and 1950s it was said that those Kapitas (“captains”) had more power in their district than Franco in Spain. In the colony there were many brutal managers; but among them they stand out, by their ferocity, who happened to Ayala to the front of Mikomeseng.
Not even independence could end the curse of Ayala. Mikomeseng would again suffer the barbarous performance of several torturers, who would occupy the highest military and political positions in the district. Some could have competed, because of their cruelty, with the Kapitas of the colony. The pain in Equatorial Guinea did not end after decolonization.
Some people say that Mikomeseng is the saddest city in the country. Decades ago that the main building of the town is a large leprosarium, in which lives sick of the whole nation: full of sores, without fingers, covered with bandages … In front of the leper colony, on a small hill, is the military barracks, in the same place where Ayala ordered the construction of the old detachment. It is a huge enclosure, organized around an extensive patio, in the center of which there is an old acacia, immense, completely dry. It is the tree that Ayala used to hang his victims, a tree that still causes chills in the elderly who know their history. A few meters from the camp was built the sports stadium of the city, where the local team usually plays football. It is said that it is located on the common graves that Ayala filled with the corpses of the osumu. There, with nothing to remember them-not even a plaque-the bodies of the fangs who defended their freedom with more firmness are piled up.

Books from the author commented in the blog:

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