El Triunfo Del Dinero: Cómo Las Finanzas Mueven El Mundo — Niall Ferguson / The Ascent of Money: A Financial History of the World by Niall Ferguson

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Todos los libros de este autor me parecen a destacar, en este expone con brillantez y amenidad la historia evolutiva de las finanzas.
La creación del dinero, de los bancos, los bonos del estado, la sociedad por acciones, los fondos de pensiones, los contratos de futuros, el mercado inmobiliario o los fondos de riesgo son descritos, y analizados, simultáneamente a la narración de eventos históricos relacionados.
Referencias a capítulos como la batalla de Waterloo, la Guerra de Secesión de EEUU, la 1ª Guerra Mundial, la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, la caída económica de la aristocracia inglesa, el «crac» de 1929, el New Deal, el huracán Katrina, la crisis de las hipotecas subprime, etc.. aportan claridad e interés a este ensayo.

Su capacidad para resumir la amplia extensión de la historia en el uso de un lenguaje fácil para personas no académicas se encuentra en exhibición en muchos de sus libros.
Nota: este libro no está exento de críticas, especialmente entre los economistas, que pueden ser un grupo mezquino con una amplia variedad de puntos de vista políticos. El libro tiene éxito como una narración histórica y no reclama una exposición técnico económica.
Ferguson tiene la capacidad de abrir la amplia gama de la historia con términos fáciles y muchos hechos para retratar una imagen clara. Las estadísticas pertinentes que abundan en su narrativa son particularmente útiles para aclarar la historia y el impacto del dinero. Comenzando con los prestamistas de dinero en la antigua Mesopotamia (una forma de crédito inicial), el autor nos muestra cómo el ascenso del dinero ha sido esencial para el ascenso de la humanidad.
El ascenso del dinero se describe como un proceso evolutivo con desarrollo a lo largo de la historia de nuevos medios de intercambio. Las mutaciones de capital provocan la creación de nuevos mercados y nuevos productos, que son creados por un sistema bajo el capitalismo, que proporciona crecimiento en el sistema monetario para acomodar el crecimiento económico y la expansión de la población. Un ejemplo del cambio en curso en el mundo de los negocios y la tecnología que se cita: de las 100 empresas privadas más grandes en el año 1919, solo 29 permanecieron en el top 100 en el año 2000.
El autor nos muestra el desarrollo de nuevas herramientas en el suministro de dinero de los sistemas de trueque al uso de mercancías como dinero, a las primeras monedas en la región mediterránea (600 AC), al Imperio Inca que no tenía dinero (presumiblemente aplaudido por Karl Marx pero no John Lennon), a los metales preciosos respaldados por monedas en la época de Pizarro, a la introducción de sistemas bancarios con el Imperio Medici en el siglo 15 Florencia, a la introducción de acciones, bonos, seguros y mercados monetarios internacionales, y al debacle de hipotecas subprime.
Dentro de la narración tenemos la amplia gama de muchos de los mejores economistas, incluidos Adam Smith, Friedrich von Hayek, Ludvig von Mises, Joseph Schumpeter, Karl Marx, Frank Knight, JM Keynes y Milton Friedman.
El autor afirma que la base del dinero es CONFIANZA. Las monedas nacionales, por lo tanto, flotan en valor en comparación con otras monedas, dependiendo de la confianza internacional y la estabilidad esperada. El crédito también depende del compromiso de que los préstamos se reembolsen. Según el autor, con otras cosas iguales, más «dinero» solo aumenta los precios y no enriquece a una nación.
Una teoría expuesta por varios individuos en el discurso popular es que el mundo estaría mejor si no hubiera dinero. El autor no refuta directamente este argumento, tal vez suponiendo que sus lectores estén escolarizados en economía básica. La historia económica enseña que en una cultura donde no hay dinero, se crea un sistema monetario para que los bienes y servicios puedan intercambiarse entre individuos. Solo si ningún elemento de la cultura tiene algún valor, no habría necesidad de dinero. Si algo, tal vez la vida de un individuo, tiene valor, entonces surgiría el deseo de un sistema monetario para proteger o intercambiar los elementos de valor entre los individuos. Ferguson menciona el tema «sin dinero» con respecto a Karl Marx y la civilización Inca. Poco se sabe sobre el Imperio Inca, excepto que su tiempo de prosperidad fue muy corto. El marxismo pareció florecer durante la primera mitad del siglo XX, pero pareció colapsar para fines de siglo, y muchas naciones anteriormente socialistas o socialistas volvieron a los derechos de propiedad generalizados y al capitalismo.

Hay una gran cantidad de discusión sobre el propósito de este libro: ¿es una historia de dinero, cumple una agenda del autor, describe las dificultades financieras de nuestra condición económica actual, hace todo esto? Veré cómo este libro cumple con todos estos.
En primer lugar, Ferguson nos proporciona una historia de dinero al llevarnos de tabletas usadas hace cinco mil años en Mesopotamia a las primeras monedas conocidas del año 600 aC encontradas por los arqueólogos en el Templo de Artemisa en Éfeso, a los Médicis de Italia, los Rothschild, John Law, la guerra civil estadounidense, las guerras mundiales y la burbuja inmobiliaria de la última década. Estos diferentes períodos ilustran los desarrollos y las fallas en la historia de préstamos, bancos, bonos, bienes raíces, derivados, Chimerica y los esfuerzos de la comunidad financiera para vincular términos biológicos al mundo financiero.
En segundo lugar, algunos han criticado a Ferguson por solo proporcionar una historia que respalda sus inclinaciones políticas. Se podría argumentar que esta es una historia de dinero y no de política, aunque ambas están muy entrelazadas y Ferguson sí incluye política en esta historia. Yo pensaría que Ferguson trató de minimizar el papel de la política, por lo que las críticas a la exclusión del costo humano de Pinochet podrían defenderse con estos argumentos.
En tercer lugar, la historia del dinero está llena de ejemplos del espíritu animal o la exuberancia irracional del pensamiento humano que explica la recesión más reciente. Desde los Médicis a los Rothschild, John Law a Ken Lay, la confianza pronto nos supera y, por lo tanto, explica la causa de la recesión actual.
Así que creo que Ferguson hizo un buen trabajo en general al combinar micro detalles que proporcionan una conexión táctil a desarrollos significativos en la historia del dinero y aún logra una comprensión macro del dinero. Al mirar los libros contables de los Médicis o las tabletas que se usaron para cosechas lo mantiene alerta mientras explica los desarrollos de los primeros prestamistas, por ejemplo.
Mis partes favoritas de este libro incluyen el poder de la compañía neerlandesa de las Indias Orientales en el comercio mundial, la política monetaria alemana después de la Primera Guerra Mundial, el papel de los bonos en la guerra civil estadounidense, el experimento chileno y el mercado bursátil moderno, 12 veces mayor 20 años.
Mi parte menos favorita es la explicación de que los problemas de hoy son el resultado de imprimir dinero. Según mi lectura de la situación, fueron las agencias de calificación las que permitieron la venta de la capacidad de la CDO y la compañía hipotecaria para escapar de la responsabilidad en sus prácticas crediticias. No la impresión de dinero.

Imagínese un mundo sin dinero. Durante más de cien años, los comunistas y anarquistas —por no mencionar a algunos reaccionarios extremistas, fundamentalistas religiosos y hippies— han soñado precisamente eso. Según Friedrich Engels y Karl Marx, el dinero no era más que un instrumento de explotación capitalista que reemplazaba a todas las relaciones humanas, incluidas las que se daban en el seno de la familia, por el frío «nexo monetario». Como Marx trataría de demostrar más tarde en El capital, el dinero era trabajo mercantilizado.
Hace cinco años, los miembros de la tribu nukak-makú salieron inesperadamente de la selva amazónica en San José del Guaviare, Colombia. Hasta aquella súbita aparición, los nukak habían sido una tribu olvidada por el tiempo y aislada del resto de la humanidad. Subsistían únicamente de los monos que cazaban y de la fruta que recolectaban, y desconocían la noción del dinero; de manera harto reveladora, tampoco tenían noción del futuro. Hoy viven en un claro cercano a la mencionada población y dependen para su subsistencia de las donaciones del Estado. Cuando se les pregunta si echan de menos la jungla, ellos se ríen. Después de toda una vida caminando durante todo el día de un lado a otro en busca de alimento, les parece extraordinario que unos perfectos desconocidos les den todo lo que necesitan sin pedirles nada a cambio.
Los incas no entendían la insaciable ansia de oro y plata que parecía poseer a los europeos. «Aunque toda la nieve de los Andes se convirtiera en oro, seguirían sin estar satisfechos», se quejaba Manco Cápac. Los incas no podían apreciar que, para Pizarro y sus hombres, la plata era algo más que un metal brillante y decorativo. Podía convertirse en dinero: una unidad de cuenta, una reserva de valor; en otras palabras, poder fácilmente transportable.
Para trabajar las minas, al principio los españoles pagaron un salario a los habitantes de las aldeas cercanas. Pero las condiciones de trabajo eran tan duras que a partir de finales del siglo XVI hubo que introducir un sistema de trabajo forzado, la mita, por la que se reclutaba a la fuerza a todos los hombres de entre dieciocho y cincuenta años de las 16 provincias de las tierras altas durante 17 semanas al año.
Los incas no entendían la insaciable ansia de oro y plata que parecía poseer a los europeos. «Aunque toda la nieve de los Andes se convirtiera en oro, seguirían sin estar satisfechos», se quejaba Manco Cápac. Los incas no podían apreciar que, para Pizarro y sus hombres, la plata era algo más que un metal brillante y decorativo. Podía convertirse en dinero: una unidad de cuenta, una reserva de valor; en otras palabras, poder fácilmente transportable.
Para trabajar las minas, al principio los españoles pagaron un salario a los habitantes de las aldeas cercanas. Pero las condiciones de trabajo eran tan duras que a partir de finales del siglo XVI hubo que introducir un sistema de trabajo forzado, la mita, por la que se reclutaba a la fuerza a todos los hombres de entre dieciocho y cincuenta años de las 16 provincias de las tierras altas durante 17 semanas al año.
Las monedas más antiguas conocidas datan nada menos que del año 600 a.C., y fueron descubiertas por los arqueólogos en el templo de Artemisa en Éfeso (cerca de la actual ciudad turca de Izmir). Se trata de monedas lidias de forma ovalada, fabricadas con la aleación de oro y plata conocida como electro, en las que aparece representada la cabeza de un león. Fueron estas las precursoras del tetradracma ateniense, una moneda de plata estandarizada con la cabeza de la diosa Atenea en un lado y una lechuza (asociada a ella por su supuesta sabiduría) en el reverso. En la época romana se fabricaron monedas con tres metales distintos: el áureo (de oro), el denario (de plata) y el sestercio (de bronce), que se clasificaban en ese mismo orden en función de la escasez relativa de los metales en cuestión, aunque todas llevaban la efigie del emperador reinante en un lado y las legendarias figuras de Rómulo y Remo en el otro. Las monedas no constituían un elemento exclusivo del antiguo Mediterráneo…
La tendencia a largo plazo en la antigua Mesopotamia fue la expansión de las finanzas privadas. En el siglo VI a.C. habían surgido familias, como la babilonia Egibi, que se habían convertido en poderosos terratenientes y prestamistas, con intereses comerciales en lugares tan alejados como Uruk, a más de 150 kilómetros al sur, y Persia, al este. Los miles de tablillas de arcilla de ese período que se han conservado dan fe del número de personas que en un momento u otro estuvieron en deuda con los Egibi. El hecho de que la familia prosperara durante cinco generaciones sugiere que en general cobraban sus deudas.
No sería muy correcto decir que el crédito se inventó en la antigua Mesopotamia. La mayoría de los préstamos babilónicos eran simples adelantos para los almacenes reales o religiosos, pero no fue entonces cuando se creó el crédito en el sentido moderno.
Podría afirmarse legítimamente que hasta la década de 1390 los Medici fueron más gángsteres que banqueros: un clan de poca monta, más conocido por su baja violencia que por sus altas finanzas. Entre 1343 y 1360 nada menos que cinco Medici fueron condenados a muerte por delitos graves. Entonces apareció Giovanni di Bicci de’ Medici. Este tenía el propósito de legitimar a la familia; y gracias al trabajo duro, a una vida sobria y a unos meticulosos cálculos, lo consiguió.
En 1385, Giovanni se convirtió en el director de la sucursal romana del banco que gestionaba su pariente Vieri di Cambio de’ Medici, un prestamista de Florencia. En Roma, Giovanni se labró una reputación como cambista. El papado era en muchos aspectos el cliente ideal, dado el número de monedas distintas que entraban y salían de las arcas vaticanas.
Un mundo sin dinero sería peor, mucho peor, que nuestro mundo actual. Es erróneo pensar (como hacía el shakespeariano Antonio) que todos los prestamistas de dinero no son más que sanguijuelas, que se dedican a chupar la sangre a los desventurados deudores. Puede que los usureros se comporten de ese modo, pero los bancos han evolucionado desde la época de los Medici precisamente (como dijera en sucinta frase el tercer lord Rothschild) para «facilitar el movimiento de dinero del punto A, donde está, al punto B, donde se necesita».48 El crédito y la deuda, en resumen, se hallan entre los componentes básicos del desarrollo económico, tan vital para crear la riqueza de las naciones como la minería, la industria o la telefonía móvil. La pobreza, en cambio, difícilmente resulta atribuible a las travesuras de los voraces financieros. Con frecuencia tiene más que ver con la falta de instituciones financieras, con la ausencia de bancos, que con su presencia.
La evolución de la banca fue, pues, el paso primero y esencial en el triunfo del dinero. La crisis financiera que se inició en agosto de 2007 tenía relativamente poco que ver con los préstamos bancarios tradicionales o, de hecho, con las bancarrotas, cuyo número (debido a un cambio en la ley) en realidad disminuyó ese año. Su principal causa fue el auge y caída del «crédito titularizado», que permitía a los bancos dar origen a los préstamos, pero luego reempaquetarlos y venderlos. Y eso solo fue posible debido al hecho de que al auge de los bancos le siguió el del que sería el segundo gran pilar del sistema financiero moderno: el mercado de bonos.

Tras la creación del crédito por parte de los bancos, el nacimiento del bono fue la segunda gran revolución en la historia del dinero. Los gobiernos (y las grandes empresas) emiten bonos como una manera de tomar dinero prestado de un abanico de personas e instituciones más amplio que en el caso de acudieran únicamente a los bancos.
Desde sus modestos comienzos en las ciudades-estado del norte de Italia, hace unos ochocientos años, el mercado de bonos ha crecido hasta alcanzar un tamaño inmenso. Hoy, el valor total de los bonos negociados en el ámbito internacional ronda los 18 billones de dólares. El valor de los bonos negociados en el ámbito nacional (como, por ejemplo, los bonos japoneses que están en manos de inversores japoneses) alcanza la asombrosa cifra de 50 billones de dólares. Todos, nos guste o no (y la mayoría de nosotros ni siquiera lo sabemos), nos vemos afectados por el mercado de bonos en dos importantes aspectos. En primer lugar, una gran parte del dinero que ahorramos para nuestra vejez acaba siendo invertido en el mercado de bonos. En segundo término, debido a su enorme tamaño, y a que se considera que los grandes gobiernos son los prestatarios más fiables, es el mercado de bonos el que establece los tipos de interés a largo plazo para la economía en su conjunto. Cuando los precios de los bonos caen, los tipos de interés se disparan.
Probablemente haya sido el bono de mayor éxito jamás emitido, merece la pena detenerse a examinar un poco más de cerca el famoso consol inglés. A finales del siglo XVIII era posible invertir en dos tipos de ellos: los que llevaban un cupón del 3 por ciento y los que llevaban un cupón del 5 por ciento. Por lo demás eran idénticos, dado que ambos eran bonos perpetuos, sin una fecha de vencimiento fija, que podían ser recomprados (rescatados) por el Estado solo si su precio de mercado igualaba o superaba a su valor nominal (par).
Según una leyenda muy arraigada, la familia Rothschild debía los primeros millones de su fortuna a la fructífera especulación de Nathan sobre el efecto que tendría el resultado de la batalla en el precio de los bonos ingleses. Según ciertas versiones de la historia, Nathan presenció la batalla en persona, se arriesgó a cruzar el Canal en plena tormenta para llegar a Londres antes que la noticia oficial de la victoria de Wellington, y luego, comprando bonos antes de que estos experimentaran una enorme subida de precios, se embolsó entre 20 y 135 millones de libras. Era una leyenda que posteriormente los nazis harían todo lo posible por consolidar.
La realidad, sin embargo, fue completamente distinta. Lejos de ganar dinero con la victoria de Wellington, los Rothschild casi se arruinaron por culpa de ella. Su fortuna se hizo, no gracias a Waterloo, sino a pesar de Waterloo.
Por último, a finales de 1817, cuando los precios de los bonos habían subido más de un 40 por ciento, vendió.
En una medida que todavía hoy resulta asombrosa, los Rothschild pasaron a dominar las finanzas internacionales durante el medio siglo posterior a Waterloo. Tan extraordinario les pareció este hecho a sus contemporáneos que a menudo trataron de explicarlo en términos místicos. Según una versión que data de la década de 1830, los Rothschild debían su fortuna a la posesión de un misterioso «talismán hebreo» que había permitido a Nathan Rothschild, el fundador de la casa londinense, convertirse en «el Leviatán de los mercados monetarios de Europa».

La década de 1990 les pareció a algunos observadores inquietos una especie de repetición de los locos años veinte; y de hecho la trayectoria del mercado de valores en la década de 1990 fue casi idéntica a la de 1920. En algunos aspectos, sin embargo, parecería más bien un retorno a la de 1720. El mismo papel que la Compañía del Mississippi de John Law tuvo en la burbuja que iniciara el siglo XVIII lo tendría ahora otra empresa en la que cerraría el XX. Fue esta una empresa que prometió a sus inversores riquezas más allá de sus sueños más descabellados; fue una empresa que afirmó haber reinventado completamente el sistema financiero; y fue una empresa que se aprovechó plenamente de sus impecables conexiones políticas para situarse constantemente en lo alto del mercado alcista. Esa empresa, calificada por la revista Fortune como la más innovadora de Estados Unidos durante seis años consecutivos (1996-2001), no es otra que Enron.
En su último año de existencia, Enron pagó a sus 140 altos ejecutivos una media de 5,3 millones de dólares por cabeza. Las ventas de automóviles de lujo se dispararon, como también las propiedades en River Oaks, el vecindario más exclusivo de Houston. «He pensado mucho en ello —señalaba Skilling, que en 1997 se convirtió en director de operaciones de Enron—, y lo único que importa es el dinero. […] Con dinero compras lealtades. Toda esa sensiblería no es tan importante como la pasta. Es lo que produce el rendimiento.» «En Enron el bonus suponía varios múltiplos de tu salario base —me decía Sherron Watkins cuando me encontré con ella delante de la que fuera la sede central de Enron en Houston—. En realidad estabas mal visto si recibías un porcentaje, ni que fuera el 75 por ciento de tu salario base. Vale, solo recibías un porcentaje. Pero tú querías múltiplos. Querías el doble de tu salario base, el triple, el cuádruple de tu salario base, como prima.» En la euforia de abril de 1999, el equipo de béisbol de los Houston Astros incluso rebautizó su estadio con el nombre de Campo Enron.
El único problema era que, como el Sistema de John Law, el «Sistema» de Enron era un elaborado fraude, basado en la manipulación del mercado y la doble contabilidad. Cada trimestre, los ejecutivos de Enron tenían que utilizar más cortinas de humo y más juegos de espejos para hacer que las pérdidas reales parecieran rebosantes beneficios. Skilling había llegado a lo más alto explotando nuevas técnicas financieras como la contabilidad ajustada a valor de mercado y la titularización de deudas. Pero ni siquiera el director financiero Andrew Fastow podía camuflar las pérdidas como beneficios de manera indefinida, especialmente teniendo en cuenta que ahora estaba empleando a EFE como Chewco Investments para llenarse sus propios bolsillos y también los de otros ejecutivos. A mediados de la década de 1990, los negocios internacionales de Enron, en particular, estaban sufriendo una auténtica hemorragia de dinero, sobre todo, y de manera más espectacular, tras la cancelación de un importante proyecto de generación de electricidad en el estado indio de Maharashtra.
En mayo de 2006, Lay fue declarado culpable de los diez cargos que se habían presentado contra él, que incluían los de conspiración, falsa declaración, fraude bursátil y fraude bancario. Skilling, por su parte, fue declarado culpable de dieciocho de los veintisiete cargos de los que había sido acusado. Lay murió antes de oír la sentencia mientras estaba de vacaciones en Aspen, Colorado. Skilling fue condenado a 24 años y cuatro meses de cárcel, y a devolver 26 millones de dólares al fondo de pensiones de Enron; el caso está pendiente de apelación. En total, dieciséis personas se declararon culpables de cargos relacionados con el caso Enron.
La empresa auditora Arthur Andersen quedó destruida por el escándalo. Los principales perdedores, no obstante, fueron los empleados ordinarios y los pequeños accionistas cuyos ahorros acabaron convertidos en humo, transformados en mero «aire», igual que los millones de libras francesas perdidos en el crac de las Mississippi.

El impulso financiero más básico de todos es el de ahorrar para el futuro, dado lo impredecible que este resulta. El mundo es un lugar peligroso. No hay muchos de nosotros que pasen por la vida sin tener siquiera un poco de mala suerte. Y algunos acaban teniendo mucha. A menudo es solo cuestión de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado: como el delta del Mississippi en la última semana de agosto de 2005, cuando el huracán Katrina golpeó no una, sino dos veces.
Casi todos los supervivientes del Katrina perdieron sus propiedades en el desastre, dado que casi las tres cuartas partes del total de viviendas de la ciudad resultaron dañadas. Hubo nada menos que 1,75 millones de reclamaciones por daños a propiedades y por víctimas, con unas pérdidas estimadas para las compañías de seguros de más de 41.000 millones de dólares, lo que convirtió al Katrina en la catástrofe más cara de la historia moderna de Estados Unidos.1 Pero el Katrina no solo sumergió Nueva Orleans; también puso al descubierto los defectos de un sistema de seguros que dividía la responsabilidad entre las compañías de seguros privadas, que ofrecían protección frente a los daños ocasionados por el viento, y el gobierno federal, que ofrecía protección frente a las inundaciones, siguiendo una pauta que se había elaborado tras producirse el huracán Betsy en 1965. Tras el desastre de 2005, miles de peritos de compañías de seguros se desplegaron por toda la costa de Luisiana y Mississippi. Según numerosos residentes, su trabajo no consistía en ayudar a los afligidos asegurados, sino en tratar de evitar que se les pagara afirmando que los daños que habían sufrido sus propiedades se debían a la inundación y no al viento.
Hay dos ministros de la Iglesia de Escocia a quienes cabe atribuir el mérito de inventar el primer fondo de seguros propiamente dicho hace más de doscientos cincuenta años, en 1744.
Es verdad que las compañías de seguros existían ya antes de esa fecha. Fue en los denominados «préstamos a la gruesa», con los que se aseguraba el casco de los barcos y el inicio de los seguros.
Robert Wallace, y su amigo Alexander Webster, también pastor en la vecina Tolbooth. Junto con Colin Maclaurin, profesor de matemáticas en Edimburgo, tuvieron el mérito de crear el primer fondo de seguros moderno, basado en principios actuariales y financieros correctos antes que en meras apuestas mercantiles. Dado que vivían en Auld Reekie, como se conocía entonces a la peculiarmente maloliente capital escocesa, Wallace y Webster tenían un acusado sentido de la fragilidad de la condición humana.
El fondo para las viudas de los ministros de la Iglesia de Escocia fue el primero de tales fondos, y su fundación representó una auténtica piedra angular en la historia financiera. Estableció un modelo no solo para los clérigos escoceses, sino también para cualquiera que aspirase a cubrirse ante la posibilidad de una muerte prematura. Ya antes de que el fondo fuera plenamente operativo, las universidades de Edimburgo, Glasgow y St. Andrews habían solicitado unirse a él. Durante los veinte años siguientes surgieron toda una serie de fondos similares.
Los seguros y el Estado del bienestar no constituyen la única forma de comprar protección frente a futuras conmociones. La manera inteligente de hacerlo es «protegiéndose».
Si el plan de pensiones se queda corto, no importa. Si uno se queda sin seguro médico privado, no hay que asustarse. Siempre quedará el hogar, dulce hogar.
Sin embargo, y al igual que ocurre en una póliza de seguros o un plan de pensiones, esta estrategia tiene un fallo bastante evidente. Representa una apuesta unívoca y totalmente desprotegida en un mercado concreto: el mercado inmobiliario. Por desgracia, apostar por el ladrillo y el cemento está muy lejos de ser algo tan seguro como las propias casas.

La propiedad inmobiliaria constituye el juego económico favorito del mundo desarrollado. Ninguna otra faceta de la vida financiera tiene tanto arraigo en la imaginación popular. Ninguna otra decisión relacionada con la asignación de activos ha inspirado tantas conversaciones de salón. El mercado inmobiliario es único. Todo adulto, por muy analfabeto que sea económicamente, tiene su propia opinión sobre las perspectivas futuras de dicho mercado. Hasta a los niños se les enseña a subir la escalera de la propiedad mucho antes de que lleguen a disponer de su propio dinero. Y lo que les enseñamos es, literalmente, a jugar a las propiedades inmobiliarias.
El juego que hoy conocemos con el nombre de Monopoly fue concebido inicialmente en 1903 por una mujer estadounidense, Elizabeth («Lizzie») Phillips, devota del economista radical Henry George. El sueño utópico de Phillips era un mundo cuyo único impuesto fuera el que gravara el valor territorial. Y el propósito del juego era revelar la iniquidad de un sistema social en el que una pequeña minoría de propietarios se aprovechaban de las rentas que cobraban de sus arrendatarios.
A finales de 1935 se habían vendido un cuarto de millón de unidades. En el plazo de cuatro años se habían producido versiones para Inglaterra (donde la empresa Waddington’s creó la versión de Londres, que fue la primera con la que tuve ocasión de jugar), Francia, Alemania, Italia y Austria, por más que los gobiernos fascistas se mostraran cuando menos ambivalentes con respecto a su carácter ahora descaradamente capitalista. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el juego resultaba ya tan ubicuo que la inteligencia británica pudo utilizar unidades de Monopoly suministradas por la Cruz Roja para camuflar «kits de fuga» —que incluían mapas y auténticas monedas europeas— a los prisioneros de guerra ingleses retenidos en los campos alemanes.
Tan seguro como una casa» es una expresión que se utiliza en inglés para señalar que estamos absolutamente seguros de algo; y también lo dice todo acerca de por qué las gentes de todo el mundo anhelan ser propietarias de su propia vivienda. Pero en el mundo de las finanzas la expresión tiene un significado mucho más preciso: significa que no hay nada más seguro que prestar dinero a personas con un propiedad inmobiliaria. ¿Y por qué? Pues porque si dejan de pagar el préstamo, uno les puede embargar la casa. Por algo las tierras y los edificios se consideran bienes «inmuebles», es decir, inmóviles. No es casualidad, pues, que en Estados Unidos la fuente de financiación más importante cuando se inicia una nueva empresa sea una hipoteca sobre la propia vivienda del empresario. Consecuentemente, las instituciones financieras han mostrado una desinhibición cada vez mayor a la hora de prestar dinero a personas que desean adquirir propiedades inmobiliarias.
Hay, sin embargo, otras consideraciones que hay que tener en cuenta cuando se trata de comparar la vivienda con otras formas de activos de capital. La primera es la depreciación. Las acciones no se deterioran ni necesitan reparaciones en el tejado; las casas sí. La segunda es la liquidez. Como activos, las casas resultan mucho más caras de convertir en efectivo que las acciones. La tercera es la inestabilidad. Desde la Segunda Guerra Mundial, los mercados inmobiliarios han sido mucho menos inestables que los mercados de valores (sobre todo debido a los costes de transacción asociados al mercado de bienes inmuebles). Sin embargo, ello no significa que los precios de la vivienda no se hayan desviado nunca de un constante trayecto ascendente. Así, por ejemplo, en el Reino Unido, entre 1989 y 1995 el precio de la vivienda media cayó un 18 por ciento, un descenso que, expresado en términos reales, ajustados a la inflación, fue de más de una tercera parte.
Las casas no constituyen una inversión especialmente segura. Sus precios pueden bajar además de subir. Y como ya hemos visto, las casas son activos bastante poco líquidos, lo que significa que son difíciles de vender con rapidez cuando uno tiene un apuro financiero. A los precios de las viviendas «les cuesta» bajar porque los vendedores odian tener que recortar el precio inicial de venta cuando hay una depresión; el resultado es un exceso de propiedades inmobiliarias sin vender y de gente que en otras circunstancias podría mudarse, pero que ahora permanece encadenada a los letreros de «se vende». Y ello, a su vez, significa que la propiedad de la vivienda puede tender a reducir la movilidad laboral, retardando aún más la recuperación económica. Todas estas son las desventajas de la idea de la democracia de propietarios, por muy atractivo que antaño pudiera parecer convertir a todos los inquilinos en dueños de sus casas. La cuestión que todavía sigue sin respuesta es la de si los anglosajones tenemos derecho o no a exportar este modelo de alto riesgo al resto del mundo.
La clave de la seguridad financiera debería ser una cartera de activos adecuadamente diversificada. Para adquirirla, está bien pedir prestado en anticipación de nuestras futuras ganancias. Pero no debemos caer en la tentación de apostarlo todo con un alto nivel de apalancamiento en un mercado inmobiliario que se halla muy lejos de estar exento de riesgos. Ha de haber un margen sostenible entre los costes de pedir prestado y los rendimientos de la inversión, y un equilibrio igualmente sostenible entre deuda e ingresos.

Antes solía decirse que los mercados emergentes eran aquellos lugares en los que se producían emergencias. Puede que invertir en países remotos le hiciera a uno rico, pero, cuando las cosas iban mal, también podía representar el camino más rápido hacia la ruina financiera.
El problema clave de las inversiones en ultramar, entonces como ahora, es lo difícil que les resulta a los inversores, por ejemplo de Londres o Nueva York, ver qué se trae entre manos un gobierno o un gestor de inversiones extranjero cuando hay un océano o más de por medio. Además, la mayoría de los países no occidentales contaban hasta hace bastante poco con unos sistemas judiciales poco fiables y unas normas de contabilidad distintas de las nuestras. Si un socio comercial extranjero decidía incumplir el pago de sus deudas, era muy poco lo que podía hacer un inversor situado al otro lado del mundo. En la primera época de globalización, la solución a este problema fue tan brutalmente simple como eficaz: imponer las normas europeas.
William Jardine y James Matheson fueron dos atrevidos escoceses que en 1832 montaron una sociedad mercantil en el puerto de Cantón (o Guangzhou), en el sureste de China. Una de sus mejores líneas de negocio era la de importar opio producido por el gobierno de la India.
El éxito del Fondo Quantum era abrumador. Si una persona hubiera invertido 100.000 dólares con Soros cuando este creó su segundo fondo en 1969 (llamado Doble Águila, que había sido el primer nombre de Quantum), y luego hubiera reinvertido todos los dividendos, en 1994 se habría encontrado con 130 millones de dólares, lo que representa una tasa de crecimiento anual media del 35 por ciento. Las diferencias esenciales entre los viejos y los nuevos sicarios económicos eran de una doble naturaleza: en primer lugar, la fría y calculadora ausencia de lealtad a ningún país concreto (de manera que se podía manipular impunemente tanto el dólar como la libra); y en segundo término, la mera envergadura de la cuantía de dinero que los nuevos sicarios habían de manejar. «¿Cuán grande es la posición que tienes?», le preguntó en cierta ocasión Soros a su socio Stanley Druckenmiller. «Mil millones de dólares», le respondió este. «¿Llamas a eso una posición?», fue la sardónica réplica de Soros.
Una lección importante de la historia es la de que pueden surgir grandes guerras incluso cuando la globalización económica está muy avanzada y la posición hegemónica de un imperio angloparlante parece bastante segura. Una segunda lección importante es la de que, cuanto más tiempo pasa el mundo sin un gran conflicto, más difícil resulta imaginar uno (y, quizá, más fácil resulta que estalle uno). Una tercera y última lección es la de que, cuando una crisis afecta a inversores confiados, produce un trastorno mucho mayor que cuando se ceba en inversores ya curtidos. Como hemos visto repetidamente, las crisis realmente grandes apenas llegan a formar parte del recuerdo viviente de los actuales ejecutivos bancarios, gestores de fondos y agentes de bolsa. Así, por ejemplo, la carrera media de un alto directivo de Wall Street es de poco más de veinticinco años.

En términos evolutivos, esta crisis ha causado ya una gran extinción. Los bancos de inversión estadounidenses, antaño actores dominantes en Wall Street, han desaparecido: o bien han ido a la quiebra (como Lehman Brothers), o bien han sido absorbidos por bancos comerciales (Bear Stearns y Merrill Lynch), o bien se han visto obligados a convertirse en holdings bancarios para sobrevivir (Goldman Sachs y Morgan Stanley). Paralelamente, también las aseguradoras de bonos parecen destinadas a desaparecer. En otros sectores financieros lo que se produce es un descenso de población en lugar de una extinción directa. Parece improbable que esta crisis pase sin que se produzcan nuevas fusiones y adquisiciones por parte de bancos comerciales a ambos lados del Atlántico, dado que los relativamente fuertes podrían devorar a los relativamente débiles. De hecho, Ken Lewis, de Bank of America, predijo el año pasado que solo la mitad de los 8.500 bancos de Estados Unidos sobreviviría a la crisis. Sin embargo, las propias dificultades de Lewis desde su compra de Merrill Lynch apenas ofrecen incentivos a otros compradores potenciales. El número de fondos de riesgo se reducirá en al menos una tercera parte en la medida en que los más débiles sean abandonados por los inversores o absorbidos por los más fuertes.
También parece posible que surjan formas completamente nuevas de institución financiera a raíz de la crisis.
La intención declarada de la mayoría de reguladores es la de mantener la estabilidad en el sector de los servicios financieros, protegiendo así a los consumidores a los que sirven los bancos y a la economía «real» a la que la industria sustenta. A las compañías pertenecientes a los sectores no financieros se las considera sistémicamente menos importantes para el conjunto de la economía y menos cruciales para la subsistencia del consumidor. El colapso de una gran institución financiera, especialmente aquel en el que los clientes minoristas pierden sus depósitos, constituye, pues, un acontecimiento que cualquier regulador (y político) desea evitar a toda costa. Una vieja cuestión que ha resurgido desde agosto de 2007 es hasta qué punto las garantías explícitas e implícitas para rescatar a los bancos crean un problema de riesgo moral, alentando una excesiva asunción de riesgos basada en el presupuesto de que el Estado intervendrá para evitar la falta de liquidez e incluso la insolvencia si una determinada institución se considera demasiado grande como para permitir que fracase, bien por ser esta demasiado sensible políticamente o porque resulte demasiado probable que arrastre a un montón de otras empresas en su caída.
Toda conmoción en el sistema financiero ha de producir víctimas. Abandonada a sí misma la selección natural debería darse prisa en eliminar a las instituciones más débiles del mercado, que normalmente son engullidas por las que tienen éxito. Pero la mayoría de las crisis también dar lugar a nuevas normas y regulaciones, dado que los legisladores y reguladores se apresuran a estabilizar el sistema financiero y a proteger al consumidor/votante. El aspecto crucial es que la posibilidad de extinción no puede ni debe eliminarse por unas reglas excesivamente cautas.
El precio del rescate por parte del Estado es el control por parte del Estado, y los bancos estadounidenses ya están viendo limitada su libertad de acción en lo relativo a la retribución de sus ejecutivos y la contratación de extranjeros. ¿Podría esto señalar un retorno a la clase de control gubernamental de las finanzas que no se veía desde las dos guerras mundiales? Ciertamente, hay un aspecto en el que la crisis financiera ya nos ha catapultado de vuelta a la década de 1940: una consecuencia directa de todos esos nuevos gastos será un enorme incremento del déficit público, que se prevé que en 2009 supere el 12 por ciento del PIB, o el 44 por ciento del gasto federal total.
Mientras no entendamos plenamente el origen de la especie financiera, jamás podremos comprender la verdad fundamental del dinero: que, lejos de ser «un monstruo al que hay que volver a poner en su sitio», como se quejaba recientemente el presidente alemán, los mercados financieros son como el espejo de la humanidad, que revela cada hora de cada día laborable la forma en que nos valoramos a nosotros mismos y en que valoramos los recursos del mundo que nos rodea.
No es culpa del espejo si refleja nuestras imperfecciones con tanta claridad como nuestra belleza.

BE90F842-3149-4527-9870-920AF4266BC6All books of this author seem to me to stand out, in this he exposes with brilliance and amenity the evolutionary history of the finances.
The creation of money, banks, state bonds, joint-stock companies, pension funds, futures contracts, the real estate market or risk funds are described, and analyzed, simultaneously with the narration of historical events related
References to chapters such as the Battle of Waterloo, the US Civil War, the First World War, the creation of the Dutch East India Company, the economic fall of the English aristocracy, the «crash» of 1929, the New Deal , Hurricane Katrina, the crisis of subprime mortgages, etc. .. bring clarity and interest to this essay.

His ability to summarize the broad sweep of history in using easy language for non-academics is on display in many of his books.
Note: this book is not without its critics, particularly among Economists, who can be a cantankerous lot with a wide variety of political viewpoints. The book succeeds as a historical narrative and does not lay claim to technical economic exposition.
Ferguson has the ability to open up the broad sweep of history with easy terms and lots of facts to portray a clear picture. The pertinent statistics that abound in his narrative are particularly helpful in clarifying the history and impact of money. Beginning with money lenders in ancient Mesopotamia (a beginning form of credit) the author shows us how the ascent of money has been essential to the ascent of mankind.
The ascent of money is described as an evolutionary process with development throughout history of new mediums of exchange. Capital mutations bring about the creation of new markets and new products, which are created by a system under capitalism, which provides growth in the monetary system to accommodate economic growth and expansion of the population. One example of the ongoing change in the world of business and technology that is cited: of the 100 largest private companies in the year 1919 only 29 remained in the top 100 by the year 2000.
The author shows us the development of new tools in the supply of money from barter systems to using commodities as money, to the first coins in the Mediterranean region (600BC), to the Inca Empire which had no money (presumably applauded by Karl Marx but not John Lennon), to precious metals backed by coinage in the era of Pizarro, to the introduction of banking systems with the Medici Empire in 15th Century Florence, to the introduction of stocks, bonds, insurance, and international money markets, and to the subprime mortgage debacle.
Within the narrative we get the broad sweep of many of the greatest economists including Adam Smith, Friedrich von Hayek, Ludvig von Mises, Joseph Schumpeter, Karl Marx, Frank Knight, JM Keynes, and Milton Friedman.
The Author asserts that the basis of money is TRUST. National currencies therefore float in value compared to other currencies depending upon international confidence and expected stability. Credit also is dependent upon the commitment that loans will be repaid. According to the author with other things being equal, more “money” only increases prices and does not enrich a nation.
One theory espoused by a number of individuals in popular discourse is the world would be better off if there were no money! The author does not refute this argument directly, perhaps assuming that his readers are schooled in basic economics. Economic history teaches that in a culture where there is no money, a monetary system is created in order that goods and services can be exchanged between individuals. Only if no item in the culture has any value would there be no need for money. If anything, perhaps the life of an individual, does have value then there would arise the desire for a monetary system in order to protect or exchange the items of value between individuals. Ferguson does mention the “no money” topic regarding both Karl Marx and the Inca civilization. Little is known about the Inca Empire except that its time of prosperity was very short. Marxism seemed to flourish during the first half of the twentieth century but seemed to collapse by the end of the century, with many formerly Communist or socialist nations moving back toward widespread property rights and capitalism.

There is a lot of discussion on the purpose of this book: is it a history of money, does it fulfill an agenda of the author, does it describe the financial difficulties of our current economic condition, does it do all of these? I’ll look at how this book fulfills all of these.
Firstly, Ferguson provides us with a history of money by taking us from tablets used five thousand years ago in Mesopotamia to the earliest known coins from 600 BC found by archaeologists in the Temple of Artemis at Ephesus, to the Medicis of Italy, the Rothschilds, John Law , the American civil war, the World Wars, and to the housing bubble of the latest decade. These different periods illustrate developments and the failures in the history of loans, banks, bonds, real estate, derivatives, Chimerica, and the financial community’s efforts to attach biological terms to the financial world.
Secondly, some have criticized Ferguson for only providing history that supports his political leanings. An argument could be made that this is a history of money and not politics although the two are highly intertwined and Ferguson does include politics in this history. I would think Ferguson tried to minimize the role of politics so criticisms of excluding Pinochet’s human cost could be defended on these grounds.
Thirdly, the history of money is filled with instances of the animal spirit or irrational exuberance of human thinking which explains the most recent recession. From the Medicis to the Rothschilds, John Law to Ken Lay, over confidence soon gets the better of us and therefore does explain the cause of today’s recession.
So I think Ferguson did a good job overall in combining micro details that provide a tactile connection to significant developments in the history of money and still achieves a macro understanding of money. Looking at the ledgers of the Medicis or the tablets that were used for crops keeps you on your toes while explaining the developments of the first lenders for example.
My favorite parts of this book include the Dutch United East India company’s power in world trade, German monetary policy after WW I, the role of bonds in the US civil war, the Chilean experiment, and the modern day stock market, 12 fold increase over 20 years.
My least favorite part is the explanation of today’s problems being the result of printing money. From my reading of the situation, it was the rating agencies who enabled the selling of the CDO’s and mortgage company’s ability to escape liability in their lending practices. Not the printing of money.

Imagine a world without money. For more than a hundred years, communists and anarchists – not to mention some extremist reactionaries, religious fundamentalists and hippies – have dreamed just that. According to Friedrich Engels and Karl Marx, money was no more than an instrument of capitalist exploitation that replaced all human relations, including those within the family, by the cold «monetary nexus». As Marx would try to demonstrate later in Capital, money was commodified labor.
Five years ago, members of the Nukak-Maku tribe unexpectedly left the Amazon jungle in San José del Guaviare, Colombia. Until that sudden appearance, the Nukak had been a tribe forgotten by time and isolated from the rest of humanity. They subsisted only on the monkeys they hunted and the fruit they collected, and they did not know the notion of money; In a very revealing way, they also had no notion of the future. Today they live in a clearing close to the aforementioned population and depend for their subsistence on donations from the State. When asked if they miss the jungle, they laugh. After a lifetime of walking all day from one place to another in search of food, it seems extraordinary that perfect strangers give them everything they need without asking anything in return.
The Incas did not understand the insatiable craving for gold and silver that Europeans seemed to possess. «Even if all the snow in the Andes were turned into gold, they would still not be satisfied,» complained Manco Cápac. The Incas could not appreciate that, for Pizarro and his men, silver was more than a shiny and decorative metal. It could become money: a unit of account, a store of value; in other words, easily transportable power.
To work the mines, at first the Spaniards paid a salary to the inhabitants of the nearby villages. But the working conditions were so harsh that from the end of the 16th century, a forced labor system had to be introduced, the mita, by which all men between eighteen and fifty years of the 16 provinces were forcibly recruited. from the highlands for 17 weeks a year.
The Incas did not understand the insatiable craving for gold and silver that Europeans seemed to possess. «Even if all the snow in the Andes were turned into gold, they would still not be satisfied,» complained Manco Cápac. The Incas could not appreciate that, for Pizarro and his men, silver was more than a shiny and decorative metal. It could become money: a unit of account, a store of value; in other words, easily transportable power.
To work the mines, at first the Spaniards paid a salary to the inhabitants of the nearby villages. But the working conditions were so harsh that from the end of the 16th century, a forced labor system had to be introduced, the mita, by which all men between eighteen and fifty years of the 16 provinces were forcibly recruited. from the highlands for 17 weeks a year.
The earliest known coins date back as far as 600 BC, and were discovered by archaeologists in the temple of Artemis in Ephesus (near the present Turkish city of Izmir). These are oval-shaped Lydian coins, made with the gold and silver alloy known as electro, in which the head of a lion is represented. These were the precursors of the Athenian tetradrachma, a standardized silver coin with the head of the goddess Athena on one side and an owl (associated with her for her supposed wisdom) on the reverse. In the Roman period coins were made with three different metals: the gold (gold), the denarius (silver) and sestercio (bronze), which were classified in that same order depending on the relative scarcity of metals in question, although all carried the effigy of the reigning emperor on one side and the legendary figures of Romulus and Remus on the other. The coins were not an exclusive element of the ancient Mediterranean…
The long-term trend in ancient Mesopotamia was the expansion of private finance. In the 6th century BC families had arisen, such as Egibi the Babylonians, who had become powerful landlords and moneylenders, with commercial interests as far away as Uruk, more than 150 kilometers to the south, and Persia, to the east. The thousands of clay tablets of that period that have been preserved attest to the number of people who at one time or another were in debt to the Egibi. The fact that the family prospered for five generations suggests that they generally collected their debts.
It would not be very correct to say that credit was invented in ancient Mesopotamia. Most Babylonian loans were simple advances for real or religious stores, but it was not then that credit was created in the modern sense.
It could be legitimately claimed that until the 1390s the Medici were more gangsters than bankers: a small-time clan, better known for their low violence than for their high finances. Between 1343 and 1360 no less than five Medici were sentenced to death for serious crimes. Then Giovanni di Bicci de ‘Medici appeared. This had the purpose of legitimizing the family; and thanks to hard work, a sober life and meticulous calculations, he succeeded.
In 1385, Giovanni became the director of the Roman branch of the bank managed by his relative Vieri di Cambio de ‘Medici, a moneylender from Florence. In Rome, Giovanni built a reputation as a money changer. The papacy was in many ways the ideal client, given the number of different currencies that entered and left the Vatican coffers.
A world without money would be worse, much worse, than our current world. It is wrong to think (as did the Shakespearean Antonio) that all money lenders are nothing more than leeches, who devote themselves to sucking the blood of the hapless debtors. The usurers may behave that way, but the banks have evolved since the time of the Medici precisely (as the third Lord Rothschild said in a succinct phrase) to «facilitate the movement of money from point A, where it is, to point B , where it is needed. «48 Credit and debt, in short, are among the basic components of economic development, so vital to creating the wealth of nations such as mining, industry or mobile telephony. Poverty, on the other hand, is hardly attributable to the pranks of the voracious financiers. It often has more to do with the lack of financial institutions, with the absence of banks, than with their presence.
The evolution of banking was, then, the first and essential step in the triumph of money. The financial crisis that began in August 2007 had relatively little to do with traditional bank loans or, indeed, with bankruptcies, whose number (due to a change in the law) actually declined that year. Its main cause was the rise and fall of «securitized credit,» which allowed banks to originate loans, but then repackage and sell them. And that was only possible due to the fact that the banking boom was followed by what would be the second major pillar of the modern financial system: the bond market.

After the creation of credit by banks, the birth of the bond was the second great revolution in the history of money. Governments (and large companies) issue bonds as a way to borrow money from a wider range of people and institutions than if they only went to banks.
From its modest beginnings in the city-states of northern Italy, about eight hundred years ago, the bond market has grown to an immense size. Today, the total value of bonds traded in the international arena is around 18 trillion dollars. The value of bonds traded domestically (such as, for example, Japanese bonds held by Japanese investors) reaches a staggering $ 50 trillion. Everyone, like it or not (and most of us do not even know), we are affected by the bond market in two important aspects. In the first place, a large part of the money we save for our old age ends up being invested in the bond market. Secondly, because of its enormous size, and because large governments are considered to be the most reliable borrowers, it is the bond market that sets long-term interest rates for the economy as a whole. When bond prices fall, interest rates skyrocket.
It has probably been the most successful bonus ever issued, it is worth stopping to examine a little more closely the famous English consoles. At the end of the 18th century it was possible to invest in two types of them: those with a coupon of 3 percent and those with a coupon of 5 percent. Otherwise, they were identical, since both were perpetual bonds, without a fixed maturity date, which could be repurchased (rescued) by the State only if their market price equaled or exceeded their nominal value (par).
According to a deeply rooted legend, the Rothschild family owed the first millions of their fortune to the fruitful speculation of Nathan about the effect that the outcome of the battle would have on the price of English bonds. According to certain versions of the story, Nathan witnessed the battle in person, risked crossing the Canal in the middle of a storm to get to London before the official news of Wellington’s victory, and then, buying bonds before they experienced a huge rise in prices, he pocketed between 20 and 135 million pounds. It was a legend that later the Nazis would do everything possible to consolidate.
The reality, however, was completely different. Far from earning money with Wellington’s victory, the Rothschilds almost got ruined because of her. His fortune was made, not thanks to Waterloo, but in spite of Waterloo.
Finally, at the end of 1817, when bond prices had risen more than 40 percent, he sold.
In a measure that is still astonishing today, the Rothschilds came to dominate international finance for half a century after Waterloo. So extraordinary was this fact to his contemporaries that they often tried to explain it in mystical terms. According to a version dating from the 1830s, the Rothschilds owed their fortune to the possession of a mysterious «Hebrew talisman» that had allowed Nathan Rothschild, the founder of the London house, to become «the Leviathan of the money markets of Europe».

The 1990s seemed to some restless observers a kind of repetition of the crazy twenties; and in fact the trajectory of the stock market in the 1990s was almost identical to that of 1920. In some respects, however, it would seem more like a return to the 1720’s. The same role as the John Law’s Mississippi Company had in the bubble that began the eighteenth century would now have another company in which the XX would close. It was this company that promised its investors riches beyond their wildest dreams; it was a company that claimed to have completely reinvented the financial system; and it was a company that took full advantage of its impeccable political connections to place itself constantly at the top of the bull market. That company, rated by Fortune magazine as the most innovative in the United States for six consecutive years (1996-2001), is none other than Enron.
In its last year of existence, Enron paid its top 140 executives an average of 5.3 million dollars per head. Luxury car sales soared, as did the properties at River Oaks, Houston’s most exclusive neighborhood. «I’ve thought a lot about it,» said Skilling, who became Enron’s director of operations in 1997, and the only thing that matters is money. […] With money shopping loyalties. All that sentimentality is not as important as pasta. It’s what yields. «» In Enron, the bonus was several multiples of your base salary, «Sherron Watkins told me when I met her in front of the former Enron headquarters in Houston. Actually you were frowned upon if you received a percentage, or that it was 75 percent of your base salary. Ok, you only received a percentage. But you wanted multiples. You wanted double your base salary, triple, four times your base salary, as a bonus. «In the euphoria of April 1999, the Houston Astros baseball team even renamed its stadium Campo Enron.
The only problem was that, like the John Law System, the Enron «System» was an elaborate fraud, based on market manipulation and double counting. Each quarter, Enron executives had to use more smoke screens and more sets of mirrors to make the real losses look like overflowing benefits. Skilling had reached the top by exploiting new financial techniques such as accounting adjusted to market value and securitization of debts. But even CFO Andrew Fastow could not camouflage losses as profits indefinitely, especially since he was now hiring EFE as Chewco Investments to fill his own pockets and those of other executives as well. In the mid-1990s, Enron’s international businesses, in particular, were suffering a real hemorrhaging of money, especially, and more dramatically, following the cancellation of a major electricity generation project in the Indian state of Maharashtra
In May 2006, Lay was found guilty of the ten charges that had been filed against him, including conspiracy, false statement, stock market fraud and bank fraud. Skilling, on the other hand, was found guilty of eighteen of the twenty-seven charges of which he had been charged. Lay died before hearing the sentence while on vacation in Aspen, Colorado. Skilling was sentenced to 24 years and four months in prison, and to return 26 million dollars to the Enron pension fund; the case is pending appeal. In all, sixteen people pleaded guilty to charges related to the Enron case.
The auditing company Arthur Andersen was destroyed by the scandal. The main losers, however, were the ordinary employees and the small shareholders whose savings ended up turned into smoke, transformed into mere «air,» just like the millions of French pounds lost in the crash of the Mississippi.

The most basic financial impulse of all is to save for the future, given the unpredictability that results. The world is a dangerous place. There are not many of us who go through life without even having a bit of bad luck. And some end up having a lot. Often it’s just a matter of being in the wrong place at the wrong time: like the Mississippi delta in the last week of August 2005, when Hurricane Katrina hit not once, but twice.
Almost all the survivors of Katrina lost their properties in the disaster, since almost three quarters of the total housing in the city were damaged. There were no less than 1.75 million claims for damages to property and victims, with estimated losses for insurance companies of more than 41,000 million dollars, which made Katrina the most expensive catastrophe in modern history. United States.1 But Katrina not only submerged New Orleans; It also uncovered the shortcomings of an insurance system that divided responsibility between private insurance companies, which offered protection from wind damage, and the federal government, which offered protection against flooding, following a pattern that had been developed after the occurrence of Hurricane Betsy in 1965. After the disaster of 2005, thousands of insurance experts were deployed along the coast of Louisiana and Mississippi. According to many residents, their job was not to help the afflicted insured, but to try to avoid being paid by claiming that the damage to their properties was due to flood and not wind.
There are two ministers of the Church of Scotland who can be attributed the merit of inventing the first insurance fund proper, more than two hundred and fifty years ago, in 1744.
It is true that insurance companies existed before that date. It was in the so-called «thick loans», with which the hull of the ships was insured and the insurance began.
Robert Wallace, and his friend Alexander Webster, also pastor in the neighboring Tolbooth. Together with Colin Maclaurin, professor of mathematics in Edinburgh, they had the merit of creating the first modern insurance fund, based on correct actuarial and financial principles rather than on mere commercial bets. Since they lived in Auld Reekie, as the peculiarly smelly Scottish capital was known then, Wallace and Webster had a strong sense of the fragility of the human condition.
The fund for the widows of the ministers of the Church of Scotland was the first such fund, and its foundation represented a true cornerstone in financial history. He established a model not only for Scottish clerics, but also for anyone who aspired to cover himself before the possibility of premature death. Even before the fund was fully operational, the universities of Edinburgh, Glasgow and St. Andrews had applied to join him. During the next twenty years a whole series of similar funds emerged.
Insurance and the welfare state are not the only way to buy protection against future shocks. The smart way to do it is by «protecting» yourself.
If the pension plan falls short, it does not matter. If you run out of private health insurance, do not get scared. There will always be home, sweet home.
However, and like in an insurance policy or a pension plan, this strategy has a fairly obvious failure. It represents a univocal and totally unprotected bet in a specific market: the real estate market. Unfortunately, betting on brick and cement is far from being as safe as the houses themselves.

Real estate property is the favorite economic game of the developed world. No other facet of financial life is so deeply rooted in the popular imagination. No other decision related to the allocation of assets has inspired so many room conversations. The real estate market is unique. Every adult, however economically illiterate, has his or her own opinion about the future prospects of that market. Even children are taught to climb the ladder of property long before they come to dispose of their own money. And what we teach them is, literally, to play real estate.
The game we know today as Monopoly was originally conceived in 1903 by an American woman, Elizabeth («Lizzie») Phillips, a devotee of radical economist Henry George. The utopian dream of Phillips was a world whose only tax was the one that taxed the territorial value. And the purpose of the game was to reveal the iniquity of a social system in which a small minority of owners took advantage of the rents they charged from their tenants.
By the end of 1935, a quarter of a million units had been sold. Within four years there had been versions for England (where the Waddington’s company created the London version, which was the first with which I had the opportunity to play), France, Germany, Italy and Austria, even though the fascist governments they will be at least ambivalent about their now blatantly capitalist character. When the Second World War broke out, the game was already so ubiquitous that British intelligence could use units of Monopoly supplied by the Red Cross to camouflage «escape kits» -which included maps and real European coins-to the English prisoners of war retained. in the German fields.
As safe as a house «is an expression used in English to indicate that we are absolutely sure of something; and it also says it all about why people all over the world yearn to own their own home. But in the world of finance, the expression has a much more precise meaning: it means that there is nothing safer than lending money to people with real estate property. And because? Well, because if they stop paying the loan, one can seize the house. For some reason, lands and buildings are considered «immovable» goods, that is, immobile. It is not a coincidence, then, that in the United States the most important source of financing when starting a new company is a mortgage on the entrepreneur’s own home. Consequently, financial institutions have shown a growing disinhibition when it comes to lending money to people who want to acquire real estate.
There are, however, other considerations that must be taken into account when it comes to comparing housing with other forms of capital assets. The first is depreciation. The actions do not deteriorate or need repairs on the roof; the houses yes. The second is liquidity. As assets, houses are much more expensive to convert into cash than stocks. The third is instability. Since the Second World War, real estate markets have been much less unstable than stock markets (mainly due to the transaction costs associated with the real estate market). However, this does not mean that housing prices have never deviated from a constant upward trajectory. Thus, for example, in the United Kingdom, between 1989 and 1995 the price of average housing fell by 18 percent, a decline that, expressed in real terms, adjusted for inflation, was more than a third.
Houses are not an especially safe investment. Your prices can go down in addition to upload. And as we have already seen, houses are fairly liquid assets, which means that they are difficult to sell quickly when one is in financial trouble. House prices «cost» to go down because sellers hate having to cut the initial sale price when there is a depression; the result is an excess of unsold real estate and people who might otherwise move, but who are now chained to «sell» signs. And this, in turn, means that the ownership of housing can tend to reduce labor mobility, further slowing the economic recovery. All these are the disadvantages of the idea of ​​owner democracy, however attractive it might seem to turn all tenants into owners of their homes. The question that still remains unanswered is whether Anglo-Saxons have the right or not to export this high-risk model to the rest of the world.
The key to financial security should be an adequately diversified portfolio of assets. To acquire it, it is okay to borrow in anticipation of our future earnings. But we should not be tempted to bet everything with a high level of leverage in a real estate market that is far from being free of risks. There must be a sustainable margin between the costs of borrowing and the return on investment, and an equally sustainable balance between debt and income.

It used to be said that emerging markets were those places where emergencies occur. Investing in remote countries might make you rich, but when things went wrong, it could also represent the quickest path to financial ruin.
The key problem of investing overseas, then as now, is how difficult it is for investors, for example in London or New York, to see what a government or foreign investment manager comes up with when there is an ocean or more in between. In addition, most of the non-Western countries had until quite recently with unreliable judicial systems and accounting standards different from ours. If a foreign business partner decided to default on their debts, there was very little an investor on the other side of the world could do. In the first era of globalization, the solution to this problem was as brutally simple as it was effective: imposing European standards.
William Jardine and James Matheson were two daring Scotsmen who in 1832 set up a trading company in the port of Canton (or Guangzhou), in southeastern China. One of its best business lines was to import opium produced by the government of India.
The success of the Quantum Fund was overwhelming. If a person had invested $ 100,000 with Soros when he created his second fund in 1969 (called Double Eagle, which had been the first name of Quantum), and then had reinvested all the dividends, in 1994 he would have found 130 million dollars , which represents an average annual growth rate of 35 percent. The essential differences between the old and the new economic sicarios were of a double nature: first, the cold and calculating absence of loyalty to any specific country (so that both the dollar and the pound could be manipulated with impunity); and in the second place, the mere size of the amount of money that the new assassins had to manage. «How big is the position you have?» Soros once asked partner Stanley Druckenmiller. «A billion dollars,» he answered. «Do you call that a position?» Was Soros’s sardonic retort.
An important lesson in history is that great wars can emerge even when economic globalization is well advanced and the hegemonic position of an English-speaking empire seems fairly certain. A second important lesson is that the longer the world goes by without a major conflict, the harder it is to imagine one (and, perhaps, the easier it is for one to break out). A third and final lesson is that, when a crisis affects unsuspecting investors, it produces a much greater upheaval than when it weighs on already seasoned investors. As we have seen repeatedly, really big crises barely become part of the living memory of current bank executives, fund managers and brokers. Thus, for example, the average career of a senior Wall Street executive is just over twenty-five years.

In evolutionary terms, this crisis has already caused a great extinction. The American investment banks, once dominant players on Wall Street, have disappeared: either they have gone bankrupt (like Lehman Brothers), or they have been absorbed by commercial banks (Bear Stearns and Merrill Lynch), or they have seen forced to become bank holdings to survive (Goldman Sachs and Morgan Stanley). In parallel, bond insurers also seem destined to disappear. In other financial sectors what is produced is a population decline instead of a direct extinction. It seems unlikely that this crisis will happen without further mergers and acquisitions by commercial banks on both sides of the Atlantic, since the relatively strong could devour the relatively weak. In fact, Ken Lewis of Bank of America predicted last year that only half of the 8,500 banks in the United States would survive the crisis. However, Lewis’s own difficulties since his purchase of Merrill Lynch barely offer incentives to other potential buyers. The number of risk funds will be reduced by at least a third to the extent that the weakest are abandoned by investors or absorbed by the strongest.
It also seems possible that completely new forms of financial institution emerge in the aftermath of the crisis.
The stated intention of most regulators is to maintain stability in the financial services sector, thus protecting the consumers served by the banks and the «real» economy that the industry supports. Companies belonging to the non-financial sectors are considered systemically less important for the economy as a whole and less crucial for the consumer’s subsistence. The collapse of a large financial institution, especially one in which retail customers lose their deposits, is therefore an event that any regulator (and politician) wants to avoid at all costs. An old issue that has resurfaced since August 2007 is to what extent the explicit and implicit guarantees to rescue the banks create a moral hazard problem, encouraging excessive assumption of risk based on the budget that the State will intervene to avoid the lack of liquidity and even insolvency if a certain institution is considered too large to allow it to fail, either because it is too sensitive politically or because it is too likely to drag a lot of other companies in its fall.
All commotion in the financial system must produce victims. Left to itself, natural selection should hurry to eliminate the weaker institutions of the market, which are usually swallowed by those that are successful. But most crises will also lead to new rules and regulations, as lawmakers and regulators rush to stabilize the financial system and protect the consumer / voter. The crucial aspect is that the possibility of extinction can not and should not be eliminated by excessively cautious rules.
The price of the bailout by the State is control by the State, and US banks are already limited in their freedom of action regarding the remuneration of their executives and the hiring of foreigners. Could this point to a return to the kind of government control of finance that has not been seen since the two world wars? Certainly, there is one aspect in which the financial crisis has already catapulted us back to the 1940s: a direct consequence of all these new expenses will be a huge increase in the public deficit, which is expected to exceed 12 percent in 2009 of GDP, or 44 percent of total federal spending.
Until we fully understand the origin of the financial species, we can never understand the fundamental truth of money: that, far from being «a monster that must be put back in its place», as the German president recently complained, Financial markets are like the mirror of humanity, which reveals every hour of each working day how we value ourselves and how we value the resources of the world around us.
It is not the mirror’s fault if it reflects our imperfections as clearly as our beauty.

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