Democracia En Venta: Cómo La Crisis Económica Ha Derrotado La Política — Loretta Napoleoni / Democrazia Vendesi (Democracy On Sale: How the Economic Crisis Has Defeated the Policy) by Loretta Napoleoni

Todos los libros de esta autora me parecen interesantes. Es un libro que explica bien las causas del fracaso de Europa como proyecto de nación unida y del Euro como moneda común y por ende, la crisis actual. Pero el lector un poco avezado percibe como algo que falla pese a razonamientos bien hilados. Personalmente pienso que los problemas que la autora denuncia son reales, pero que en otro contexto de Europa, como la de hace 40 años, podrían no serlo, y que el motivo de esto es, sencillamente, que las sociedades decaen, y la occidental es claro está en plena decadencia frente a Asia sobre todo. Es verdad que hablamos distintos lenguajes y hay otros problemas afines, pero al Imperio Romano también le pasaba eso, y se mantuvo floreciente durante unos 1000 años. Luego decayó y desapareció. Sospecho que a nuestra Europa le ha llegado la hora por vejez y porque simplemente, se abre otra era con nuevas ideas como pasó en el Renacimiento, descubrimiento de America y demás. El ordenador y el Smartphone, o la conquista del espacio, sencillamente, no son la máquina de escribir ni los altos hornos, ni carbón ni acero, como fue la CECA, embrión de la CE actual. Lo de hoy es otra dimensión donde debemos mirarnos al ombligo y más allá.

La violencia contra uno mismo o la violencia gratuita contra desconocidos, como son esas matanzas de inocentes en público, es una inquietante válvula de escape de las víctimas de la gran recesión, de la prolongada crisis económica que atenaza no solo al viejo continente, sino también al nuevo.
En tiempos de las grandes dictaduras del siglo XX la gente moría por la libertad, los derechos humanos, la justicia, la democracia, valores excelsos. Hoy se muere por deudas, por pagar los atrasos de abono al country club de la moneda común europea y por mantener los gastos de un Estado en quiebra.

La crisis de la deuda soberana no es más que el último de una larga serie de períodos críticos que desde mediados de los años setenta afligen al capitalismo occidental. En su raíz está el pésimo funcionamiento de un sistema económico que se mantiene en pie desde hace más de tres siglos y que ha ido conquistando el mundo. Hoy el modelo está en crisis porque las premisas sobre las que se asentaba, colonización y guerra, se han desmoronado, al menos en su forma primitiva. Y, por una especie de venganza de la historia, en los últimos años, somos los europeos quienes vivimos la colonización en nuestra propia casa.
La moneda única presenta una serie de indudables ventajas, por ejemplo la anulación de los costes de cambio para los países que la han adoptado. Pero son Alemania y el resto de los países ricos de Europa quienes se han beneficiado plenamente. El euro les ha dado una moneda más débil que sus propias monedas nacionales, un fenómeno que en términos comerciales se ha traducido en mayor competitividad. Mientras que a nosotros, las economías pobres de la cuenca mediterránea, nos ha traído exactamente lo contrario: una moneda más fuerte.
Alemania y los países de economía fuerte, más avanzados también tecnológicamente, se especializaron en la producción de bienes de alto valor añadido que crean más riqueza, mientras que la periferia poco competitiva se convierte en terreno de meros consumidores y de productores de bienes de bajo valor añadido como son productos agrícolas. En pocas palabras, es la diferencia que existe entre exportar maquinaria de alta tecnología y tomates en cajas.
Nadie puede negar que para los grandes bancos europeos la llegada del euro ha sido una auténtica bicoca: ha anulado el riesgo del cambio de divisas y ha abierto mercados nuevos de salida vírgenes, los de la periferia, en un momento en que las tasas mundiales de interés habían comenzado a bajar debido al 11 de septiembre.
El fallo de la Unión es no haber previsto y legislado mecanismos de reequilibrio frente a la ventaja financiera de los países más fuertes; esos mecanismos deberían haber sido los cimientos de una auténtica Unión Europea basada en principios de cohesión y colaboración solidarios. Pero los ciudadanos no están al corriente y se les ha vendido una imagen falsa, ideológica e idílica. Desde Thatcher hasta Sarkozy o a Mario Monti, políticos, tecnócratas y burócratas se valen inteligentemente de los medios para proyectar una visión de la realidad internacional repleta de apariencias positivas, y lamentablemente trufada de falsedades.

Los actuales desequilibrios nacen de la debilidad de origen del capitalismo occidental y de quien debe controlarlo. La burocracia de Bruselas se ha hecho promotora, casi sin darse cuenta, de los intereses dominantes del sistema —los de Alemania— y ha actuado igual que una burocracia imperial, contribuyendo con ello a la penetración de mercados disponibles, que, en este caso, se hallaban dentro de las fronteras de la Unión. Por ello parece aún más pertinente el concepto de canibalismo que el de colonialismo.
Basta esta simple explicación para comprender que la crisis de la deuda soberana y sus derivaciones forman parte de una crisis más amplia del capitalismo occidental, cuyas fronteras se estrechan. En un mundo que ya no es colonizable y en el que la supremacía militar cuenta cada vez menos, instituciones modernas como la UE, que apoyan el sistema europeo, se convierten al mismo tiempo en depredadoras y víctimas de sí mismas.
La crisis de la deuda soberana es fruto de un proceso de canibalización económica gestado en la Unión Europea, síntoma indiscutible del mal funcionamiento del modelo de capitalismo occidental. Hundidos los pilares de la globalización, el capitalismo europeo se ve obligado a «explotar en clave moderna» a su propia periferia. Se trata de un proceso de «colonización interna» que devora Estados miembros de la Unión, y que en sus implicaciones más trágicas lleva a sus ciudadanos a quitarse la vida en una especie de horripilante alegoría del suicidio general del sistema.

¿Adónde ha ido a parar nuestra soberanía nacional?. No es menos ingenuo ignorar el problema de la integración cultural entre países con idiomas y tradiciones distintos y pensar que se puede utilizar la casta de los burócratas y el ministerio-fortaleza de Bruselas como aglutinante cultural. Este enfoque ha funcionado al principio de la aventura comunitaria porque los países estaban traumatizados por la Segunda Guerra Mundial, en primer lugar, y, oprimidos, además, por la Guerra Fría. Pero ¿hoy es posible?.
La crisis del euro, o mejor dicho el fracaso de las políticas con vistas a resolverla, han puesto al descubierto la brecha generacional en el Viejo continente. La fractura se ensancha y amenaza con socavar el proceso de integración, porque, además, corresponde a una divergencia política. Por un lado, está la gestión cada vez más centralizada y austera que impone la crisis, cuyos costes son desempleo, crecimiento negativo y empobrecimiento. Por otro, está el aumento del populismo, del nacionalismo y de los movimientos secesionistas y racistas como el de Amanecer Dorado en Grecia, alimentados por el empobrecimiento económico, y que, desgraciadamente, calan hondo entre los jóvenes, o como el partido finlandés de los Verdes que quiere sacar al país de Eurolandia. Este es el dilema de la UE: menos democracia para salvar al euro o más democracia para salvar a Europa.
La democracia, ese maravilloso instrumento que permite al pueblo ejercer su soberanía, es el principal obstáculo para la pervivencia de ese statu quo, y por ello sufre un ataque por todos sus flancos. Mientras hacen trizas la democracia, a la población se le presentan soluciones alternativas, como la venta del patrimonio estatal o de bienes como el agua y la energía que, además de no funcionar y empobrecernos, contribuyen a disminuir la soberanía nacional. Un pueblo, un Estado, que apenas posee nada es una nación sin voz.

Los pros y los contras del euro no se evaluaron correctamente, y una de las consecuencias ha sido eliminar para las industrias del norte de Europa una posible competencia, transformándonos en un perfecto mercado primario para las exportaciones de esos países. El entramado de reglas y condiciones previas para entrar en el euro y para permanecer en él ha arrastrado a nuestra economía a una jaula, anquilosando a su vez la dinámica social. Hasta que, casi sin darnos cuenta, nos vemos privados de buena parte de nuestra soberanía nacional.
Es difícil entender en qué momento el sueño de Europa se transformó en la pesadilla de la unión monetaria.
El verdadero problema de los países de la periferia de la Unión son los desequilibrios comerciales, pero nadie quiere reconocerlo. Todos se centran en los problemas fiscales, mientras que la génesis de la crisis radica en el desequilibrio entre partidas corrientes, es decir, en el intercambio comercial intracomunitario.

Salir del euro no significaría condenarse al aislamiento, seguir una política autárquica o abandonar la Unión Europea, como tratan de hacernos creer. Se trataría de salir del euro permaneciendo en la Unión, igual que Gran Bretaña. Y como la Unión tiene que adaptarse a un mundo profundamente distinto del que la generó hace más de medio siglo, las decisiones sobre el cambio adoptadas en común podrían reforzarla, lejos de debilitarla o deslegitimizarla. No debería descartarse, por ejemplo, la hipótesis de un euro a dos velocidades. Hay que explicar a alemanes, holandeses y al electorado de los países que han salido ganando con el euro que el hecho de mantener los desequilibrios actuales, aunque a ellos les confiere mayor competitividad, erosiona a través del inevitable endeudamiento de la periferia el bienestar de toda la Unión, con efectos desastrosos también sobre la economía mundial. Es preferible márgenes más bajos en una economía estable y duradera que una riqueza ficticia basada en distorsiones monetarias.
Por tanto, es posible, siempre que se desee de verdad, conseguir condiciones en las que los bancos, en lugar de ser nocivos, sean útiles para el bienestar, el crecimiento y la vida de los ciudadanos, lo que en última instancia se traduce en hacerse el bien a sí mismos.
La colaboración entre los países que se asoman al Mediterráneo podría convertirse en el laboratorio de una nueva economía, basada en la cooperación y no en el atropello, tal vez mediante la adopción de una plataforma común de compensación… ¿un sueño?.

All books of this author seem interesting to me. It is a book that explains well the causes of the failure of Europe as a united nation project and the Euro as the common currency and, therefore, the current crisis. But the reader a little seasoned perceives as something that fails despite reasoning well spun. Personally I think that the problems that the author denounces are real, but that in another context of Europe, like 40 years ago, they might not be, and that the reason for this is simply that societies decline, and the Western is Of course it is in full decline against Asia above all. It is true that we speak different languages ​​and there are other related problems, but that also happened to the Roman Empire, and it remained flourishing for about 1000 years. Then it decayed and disappeared. I suspect that our Europe has reached its time in old age and simply because another era opens with new ideas as it happened in the Renaissance, discovery of America and so on. The computer and the Smartphone, or the conquest of space, simply are not the typewriter or the blast furnaces, or coal or steel, as was the ECSC, embryo of the current EC. Today is another dimension where we must look at the navel.

Violence against oneself or gratuitous violence against strangers, such as these massacres of innocents in public, is a disturbing escape valve for the victims of the great recession, the prolonged economic crisis that grips not only the old continent, but also to the new.
In times of the great dictatorships of the twentieth century people died for freedom, human rights, justice, democracy, high values. Today he is dying for debts, for paying the arrears of payment to the country club of the common European currency and for keeping the expenses of a bankrupt State.

The sovereign debt crisis is only the latest in a long series of critical periods that afflict western capitalism since the mid-1970s. At its root is the terrible functioning of an economic system that has stood for more than three centuries and has been conquering the world. Today the model is in crisis because the premises on which it settled, colonization and war, have crumbled, at least in its primitive form. And, for a kind of revenge of history, in recent years, we Europeans live colonization in our own home.
The single currency presents a series of undoubted advantages, for example the cancellation of the exchange costs for the countries that have adopted it. But it is Germany and the rest of the rich countries of Europe that have benefited fully. The euro has given them a weaker currency than their own national currencies, a phenomenon that in commercial terms has translated into greater competitiveness. While to us, the poor economies of the Mediterranean basin, has brought us exactly the opposite: a stronger currency.
Germany and the countries of strong economy, also more technologically advanced, specialized in the production of high value-added goods that create more wealth, while the uncompetitive periphery becomes the territory of mere consumers and producers of low-value goods. added as they are agricultural products. In short, it’s the difference between exporting high-tech machinery and tomatoes in boxes.
Nobody can deny that for the big European banks the arrival of the euro has been a real bicoca: it has canceled the risk of currency exchange and has opened new virgin exit markets, those of the periphery, at a time when the world’s interest had started to fall due to September 11.
The failure of the Union is not to have foreseen and legislated mechanisms of rebalancing against the financial advantage of the strongest countries; these mechanisms should have been the foundation of an authentic European Union based on principles of solidarity cohesion and collaboration. But the citizens are not aware and they have been sold a false, ideological and idyllic image. From Thatcher to Sarkozy or Mario Monti, politicians, technocrats and bureaucrats use intelligently the means to project a vision of international reality full of positive appearances, and unfortunately truffled with falsehoods.

The current imbalances are born from the weakness of Western capitalism origin and who should control it. The Brussels bureaucracy has become a promoter, almost without realizing it, of the dominant interests of the system – those of Germany – and has acted like an imperial bureaucracy, thereby contributing to the penetration of available markets, which, in this case, they were within the borders of the Union. For this reason, the concept of cannibalism seems even more relevant than that of colonialism.
This simple explanation is enough to understand that the sovereign debt crisis and its derivations are part of a broader crisis of Western capitalism, whose borders are narrowing. In a world that is no longer colonized and in which military supremacy counts less and less, modern institutions such as the EU, which support the European system, become at the same time predators and victims of themselves.
The sovereign debt crisis is the result of a process of economic cannibalization developed in the European Union, an indisputable symptom of the poor functioning of the Western capitalism model. Sunk the pillars of globalization, European capitalism is forced to “exploit in a modern key” to its own periphery. It is a process of “internal colonization” that devours Member States of the Union, and that in its most tragic implications leads its citizens to take their own lives in a kind of horrifying allegory of the general suicide of the system.

Where has our national sovereignty gone? It is no less naive to ignore the problem of cultural integration between countries with different languages ​​and traditions and to think that the caste of bureaucrats and the Brussels ministry-fortress can be used as a cultural agglutinant. This approach has worked at the beginning of the community adventure because the countries were traumatized by the Second World War, in the first place, and, oppressed, by the Cold War. But is it possible today?
The crisis of the euro, or rather the failure of policies with a view to solving it, have exposed the generation gap in the Old Continent. The fracture widens and threatens to undermine the process of integration, because, moreover, it corresponds to a political divergence. On the one hand, there is the increasingly centralized and austere management imposed by the crisis, whose costs are unemployment, negative growth and impoverishment. On the other hand, there is the rise of populism, nationalism and secessionist and racist movements such as the Golden Dawn in Greece, fueled by economic impoverishment, and which, unfortunately, are deeply felt among young people, or as the Finnish party of the Greens that wants to get the country out of Euroland. This is the dilemma of the EU: less democracy to save the euro or more democracy to save Europe.
Democracy, that wonderful instrument that allows the people to exercise their sovereignty, is the main obstacle to the survival of that status quo, and therefore suffers an attack on all sides. While they shatter democracy, the population is presented with alternative solutions, such as the sale of state assets or goods such as water and energy that, in addition to not functioning and impoverishing us, contribute to diminishing national sovereignty. A people, a State, that barely possesses anything is a nation without a voice.

The pros and cons of the euro were not evaluated correctly, and one of the consequences has been to eliminate potential competition for the industries of northern Europe, transforming us into a perfect primary market for the exports of those countries. The framework of rules and preconditions to enter the euro and to remain in it has dragged our economy into a cage, in turn anchoring the social dynamics. Until, almost without realizing it, we are deprived of a good part of our national sovereignty.
It is difficult to understand at what point the dream of Europe became the nightmare of the monetary union.
Trade imbalances, but nobody wants to acknowledge it. All focus on fiscal problems, while the genesis of the crisis lies in the imbalance between current items, that is, in intra-community trade.

Leaving the euro would not mean condemning ourselves to isolation, pursuing an autarkic policy or leaving the European Union, as they try to make us believe. It would be a matter of leaving the euro while remaining in the Union, like Great Britain. And since the Union has to adapt to a world that is profoundly different from the one that generated it more than half a century ago, decisions on change taken together could reinforce it, far from weakening or delegitimizing it. It should not be ruled out, for example, the hypothesis of a euro at two speeds. It is necessary to explain to Germans, Dutch and the electorate of the countries that have won out with the euro that the fact of maintaining the current imbalances, although it gives them greater competitiveness, erodes through the inevitable indebtedness of the periphery the welfare of all the Union, with disastrous effects also on the world economy. It is preferable to lower margins in a stable and lasting economy than a fictitious wealth based on monetary distortions.
Therefore, it is possible, whenever it is really desired, to obtain conditions in which banks, instead of being harmful, are useful for the welfare, growth and life of citizens, which ultimately translates into do good to themselves.
The collaboration between the countries that look out over the Mediterranean could become the laboratory of a new economy, based on cooperation and not outrage, perhaps through the adoption of a common compensation platform … a dream?.

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